viernes, 24 de febrero de 2012

Spaghetti Sexual II

Damos la bienvenida a este espacio con este primer relato, espero sea de su agrado

(Por Gonzalo Vilo)

Se desnudó de inmediato y en sus manos ya tenía el paquete de spaghetties abierto. Víctor la contemplaba abstraído, y aunque quería fingir indiferencia, era obvio que ese cuerpo redondo, adiposo, blanquecino, lo excitaba, lo aturdía, le enfermaba, le reventaba los huevos. Ese ombligo por ejemplo, ese agujero negro, aquel punto enigmático que naufragaba solitario sobre aquella vastedad celulítica, para el era como si allí se concentrara la belleza, toda la sensualidad no descrita de aquella hembra.
Por eso no podía, la verdad, dejar de mirarlo, de contemplarlo y entonces metía su dedo grasiento, sucio, con aquella uña larga y escarbaba con la experiencia de años, de días enteros, para rescatar toda esa mugre que el chupaba como si fuera el semen que chupaba por las tardes donde Patricio, ese que absorbía y que luego dejaba salir por la nariz en una técnica desarrollada en China y adquirida por el como parte de un intercambio cultural.
 Si, aquello del ombligo de Cecilia era extraordinario, increíble, pero ese ombligo, si bien exquisito, no era lo que más le calentaba de ella. No,  ni se comparaba con lo otro, con eso del spaghetti, que le fascinaba aun más. Lo del spaghetti, lo del spaghetti, la conchedesumadre, lo que hacía doña Cecilia con el spaghetti. Era una cosa de locos lo que hacia esa mujer con el Spaghetti, no se puede creer. Meterse todo eso, en eso tan pequeño, tan estrecho, tan prieto, siempre le asombraba y le excitaba y más aun si había sangre y más aun si había dolor, y más aun si ella lloraba, si gritaba, si reía, si gozaba, por que eso era vida, no esa mierda de lugares comunes, esa aburrida cotidianeidad chamuscada, oxidada, que estamos obligados a soportar, aparentando con nuestras caretas sórdidas lo que esperan los otros que seamos. Los de afuera, esos imbéciles, esos imbéciles, esos imbéciles. Si, eso era vida, señores, eso era vida.
Sentido común, sobriedad, pedían seriedad, piden seriedad, no dejan de pedirlo, de vanagloriarse de poseerla, seriedad, seriedad, a la mierda. Reptiles  que hablan de moral, ja, a Víctor le daban ganas de mear, de sacar su pene inflado de orina y mearlos a todos, señoras y señores, sin distinción, por que el no era machista, no señor, creía en la igualdad de sexos, así que, mearlos a todos, con gracia, hasta las ultimas gotas, y luego sacudirse el pene en frente de ellos y salpicarlos a todos, a todos por igual, por que el no era ni racista ni clasista, no señor, a todos por igual. Malditos imbéciles, seriedad, moral, a las reconchadesumadre.
No, a la mierda con eso. Eso del Spaghetti era la raja, valía la pena vivir por eso, soportarlos a todos, caminar calles enteras, kilómetros de aflicción, de tristeza, observar cielos y universos inciertos, llenos de dolor, valía la pena soportarlo, todo, eso,         ,incluso eso,        , ese dolor,       , angustia, era bacán, y solo ella podía hacerlo, solo ella y el lo sabía.
Cuando ella sacaba el paquete de la alacena y se lo mostraba, orgullosa, el buscaba la cámara y filmaba todo lo que ella hacía. Filmaba rollos enteros, horas y horas de lo mismo, hasta con acercamientos profundos sobre aquella abertura, aquella ranura milimétrica, carnosa y ondulada, peluda, por que no se depilaba muy seguido la cochina de mierda, pero igual era hermosa, y filmaba y luego analizaba, los rollos,  por horas antes de mandárselos a los alemanes, a esos hijos de puta de los alemanes, que no pudieron ganar el mundial en su propia casa, pero que igual tienen buen gusto, cultural, cultura, de cultura, por que ven de todo, y están chalados.
Allá iban a parar los videos, pero Víctor primero los analizaba, en su computador, reclinado sobre su silla mientras se pegaba una paja de aquellas. Horas y horas, horas y horas, analizando. Horas y horas, pajero, por horas, hasta que todo terminaba en un alarido y todo chorreado de semen, la misma pantalla del computador, pegajosa, el Mouse, el parlante, el maldito CPU, todo quedaba lleno de semen, como una lluvia orgásmica, todo, y el simplemente se quedaba allí, observando toda su obra de arte y se lamentaba por no haberla filmado. A los holandeses les hubiera encantado, le decía doña Cecilia, cuando el le se lo contaba, y el se lamentaba, por que sabía que ella tenía razón.
En fin, allí estaba ahora Doña Cecilia, con los Spaghetties en la mano, desnuda, sentada sobre el sofá con las piernas abiertas, y Víctor se relamía mientras posaba la cámara sobre su hombro. Entonces ella introducía aquel grueso montón de Spaghetties en su pequeña ranura y poco a poco esta iba cediendo, dócil, entrenada, cordial. Ella hacía gestos hacia la cámara, sacaba la lengua, gemía, , se tocaba las tetas, esas enormes tetas que caían sobre ese inmenso monte que era su vientre y luego se reía, y se tocaba su cabello corto y semi cano y volvía a gemir y a reír, mientras aquella gruesa tropa de Spaghetties avanzaba sin piedad, sin temor por aquellas profundidades insondables y cavernosas.
Víctor apenas si podía mantener la cámara fija sobre su hombro tenso y sudaba a mares. Lo que estaba viendo era mágico y quizás lo que más le gustaba era que nadie sospechaba nada. Ni los vecinos, ni la familia, nadie se había dado cuenta. Doña Cecilia era la estrella de culto del cine europeo y vivía allí, en el barrio, y para todos ellos seguía siendo doña Cecilia, la madre del moncho y de la Luisa y la esposa de Don Ramiro, la abnegada dueña de casa, la que iba y venía de la feria, la que preparaba el almuerzo, puntual, exquisito. La que cocinaba aquellos spaghetties deliciosos, que hacía que todos se rechuparan los dedos.
Precisamente, luego de hacer todo eso con el Spaghetti, Doña Cecilia se levantaba e iba a buscar la olla. Siempre lo hacía y le gustaba pasearse desnuda frente a la cámara, mostrando aquel culo enorme. La llenaba de agua y encendía el fuego de la cocina. Víctor entonces la seguía hasta allí y la veía depositar en la olla aquellos finos spaghetties que segundos antes habían explorado la vastedad enigmática. Ella lo echaba todo allí. A veces agregaba algunas especies, algunos aliños, algo de carne, pero por lo general los Spaghetties se preparaban solos. Esta vez fue lo mismo, y Víctor se sonreía, por que de pronto se había dado cuenta que se le estaba revolviendo la tripa.
Algunos minutos después, cuando ella estimó que los spaghetties estaban listos, le hizo un gesto a Víctor y este de inmediato dejó la cámara a un lado y comenzó a desvestirse. Doña Cecilia rápidamente empezó a ordenar la mesa. Puso los platos, los cubiertos, la bebida, todo, mientras Víctor, ya desnudo, seguía filmando. Entonces ella trajo la olla con los Spaghetties y repartió equitativamente un poco en cada plato. Víctor sin mucho preámbulo fue a sentarse y dejó la cámara sobre la mesa. Ambos entonces le hicieron un gesto y  comenzaron a comer aquellos spaghetties. 
 La cámara filmó por casi media hora lo que fue ese almuerzo y luego, al terminar, y esta era la parte que más les gustaba a los alemanes, Víctor se iba al baño y dejaba la cámara encendida. Entonces doña Cecilia se ponía  a bailar, desnuda y cogía la salsa de tomate, el Ketchup, y se la echaba encima y luego esperaba, sobre el sofá, a que Víctor la limpiase con la lengua. Aquella era una de las partes centrales del espectáculo, al menos de las que le tocaba interpretar a Víctor, y por ello el necesitaba prepararse tanto mental como físicamente. En el baño se mojaba el pelo y se afeitaba y luego se ponía la capa y la mascara de chancho, entonces salía convertido en otra persona y sabía que la cámara y el momento eran suyos. Esta vez hizo lo mismo, aunque no quiso afeitarse. Salio del baño así no más, con la patilla gruesa, rasposa, y comenzó a avanzar hacia doña Cecilia mientras bailaba sin ningún respeto por la estética, dando pequeño saltos, hasta llegar a ese cuerpo embetunado en salsa.
Durante el desarrollo de esta parte de la película había que estar muy pendientes del tiempo. La idea era que terminasen justo antes de que don Ramiro llegara a comerse los Spagheties, así que Doña Cecilia era la encargada de ir viendo la hora, mientras la lengua de Víctor recorría cada rincón de aquel cuerpo curvo y añejo.
Aquello era el deleite de los alemanes. Y Víctor, cuando revisaba aquella parte de la película, siempre se imaginaba a los alemanes explotando en una erupción de leche agria que quedaba pegada al techo. El podía entenderlos, podía apreciar cual era la magia que ellos veían en esa particular escena. El morbo que les causaba ver acercarse al dueño de casa, al cornudo hombre de la casa, al esforzado trabajador hijo de puta, que se iba a encontrar con aquella imagen delirante y que seguramente explotaría en un huracán de pasiones desbocadas, vengando con lo que le quedaba de virilidad su buen nombre y el de la familia. Su buen nombre, su virilidad, las pelotas enfermas y atrofiadas que ya no le servían para nada, pero que eran lo único que tenía, lo único que le quedaba , el único lugar donde los Armani boys no se lo habían cagado.
Por eso, cuando estaba en la mejor parte, tuvo que detenerse abruptamente. Oyó pasos afuera y el sonido de unas llaves.  Era el momento, la señal bendita que el bueno de Don Ramiro había elegido para anunciar su llegada. Entonces, desnudos ambos, Doña Cecilia y Víctor corrían de un lado para el otro trayendo y llevando cosas; ella vistiéndose y el huyendo hacia el patio, con los pantalones en la mano y la camisa semi abierta, dejando ver todo, saltando el muro a duras penas y rogando por que una vez más Doña Cecilia supiera hacer su trabajo y lograse ocultar la cámara, ese ojo indiscreto e insensato de los benditos alemanes.
Pero no había de que preocuparse, Doña Cecilia sabía hacer bien su trabajo. Sabía colocar la cámara en el lugar preciso, al lado del gomero que Don Ramiro siempre ignoraba, o que ella creía que ignoraba, para después empezar a distraerlo hablándole de lo de siempre, de los temas caseros de siempre, para que el se deleitara y no notara ni la cámara ni el sabor de aquellos tibios Spaghetties.
Pero ellos amigos, subestimaban un poco a Don Ramiro. Todos lo subestimábamos. Le habíamos entregado cualidades y características que no tenía, o que al menos el jamás había querido poseer. No sólo le encantaba el sabor de aquellos Spaghetties, que, y dejándose de huevadas, lo ponían caliente, tan caliente como antes, si no que a su vez. aquellos húmedos y brillantes Spaghetties le recordaban su juventud, su pasado, le abrían una puerta a aquella felicidad perdida, a un olor, a una fragancia extraviada hacía tantos años, y ya no necesitaba las malditas pastillas, no, ya no más, ya no mas. Por eso el se lo comía todo, obediente, y en dos minutos en los cuales ni siquiera hablaba, ni siquiera se dejaba espacio para tomar un poco de vino, nada, dejaba el plato reluciente, brillante, totalmente limpio. Y entonces, esperaba el postre, que Doña Cecilia se apuraba  en ir a buscar dentro del refri, y era allí cuando Don Ramiro miraba a la cámara, aunque se hacía el que no la veía, la miraba no mirándola y entonces veía a su mujer llegando con el postre, vestida como la puta que siempre había sido, con ese vestido de mierda, floreado, con ese delantal hipócrita, con esa blusa negra grasienta, y entonces el la tomaba y la violaba encima de la mesa. – Que te has creído india e mierda – Le gritaba. Y aquello era el deleite de los alemanes, que veían así justificados tantos euros invertidos o gastados, como quiera usted llamarlo, en aquella película. Y entonces Don Ramiro se llevaba a Doña Cecilia entre gritos, entre gritos, entre gritos, entre gritos, y la cámara quedaba sola, detrás del gomero insulso y apuntando fijamente hacia el florero solitario. Allí donde alguna vez existió la cordura, la seriedad, la moralidad, el tranquilo disfrute de un almuerzo matrimonial, un matrimonio de oro, ahora solo dejaba ver los despojos, el último arrebato de furia de aquel huracán ensimismado.