sábado, 31 de mayo de 2014

FLAME TENDER, HABLEMOS DE AMOR AMELIE





Este dia Sabado, volvemos a publicar a esta espanola que se hace llamar FLAME TENDER. En esta oportunidad, nos muestra su poema HABLEMOS DE AMOR AMELIE.







Suenan las suaves notas del piano, Amélie,

zarpo sobre un mar incierto de dudas,

lleno de miedos y deseos.

La tranquilidad y la paz que me transmites,

con tu mirada inalcanzable,

tu semblante firme, y vivaz,

revive en mi la flor que,

vi morir hace mil primaveras.

¿Cuándo volveré a dar el paso?

Ese paso que lleva al desatino,

el destino de un amor prohibido.

Ese amor que podemos acariciar,

sin llegar a poseer por completo,

ese amor que te hace temblar,

y te roba besos en la madrugada.

Hablemos de amor, Amélie,

seré la guía de tus pasos,

el zapato que pasees al caminar,

la mano que sostenga tu cabeza y,

tu orgullo infantil.

Seré el asta de tu bandera,

y el resonar de tu tambor.

Seré el principio de tu intermedio,

antes de tu final.

viernes, 30 de mayo de 2014

GONZALO VILO, UNA TARDE X

Este viernes, volvemos a publicar un relato de Gonzalo Vilo. Esta vez les queremos presentar UNA TARDE X. que sigue el estilo sordido de sus anteriores trabajos








               Con el Julián estábamos sentados sobre un par de piedras de aquel lote vacío que quedaba al lado del canal, justo donde ahora hay una iglesia evangélica. Ese día le habíamos fumado toda la cajetilla de derby a mi vieja y el seguía enrollando el papelillo del lucazo de paragua que siempre le comprábamos al Costa afuera del colegio. Yo miraba por arriba del portón por si pasaban los pacos, pero no se veían más que autos a la carrera y señoras con coches y bolsas llenas de verduras o de pan, así que volteé tranquilo hacia donde estaba a mi amigo. 



- No anda nadie – Le dije – Hacelo luego -. 



El Julián lamió los últimos bordes del papelillo y luego sacó su encendedor. Cubrió el fuego con su mano y le dio una profunda piteada al caño. Cuando votó el aire, tosió un poco y me lo entregó. 



- Dale – Me dijo. 



Tomé el encendedor y el caño y lo prendí. Voté el aire en silencio y miré a mi amigo para devolvérselo. El estiró su mano, impaciente. Sin embargo, justo cuando sus dedos iban a tomar el papelillo, de la nada apareció aquella cosa chica, negra y fea, que nos lo quitó de un mordisco. Con el Julián lo perseguimos y lo acorralamos, pero él no nos dejaba acercarnos, gruñéndonos enrabiado. Después volvió a huir y, al llegar al canal, dejó caer el caño, el cual se perdió de inmediato en las profundidades de aquel fétido torrente. 



- Perro conchetumare – Gritó el Julián. 



Yo le di una patada y el perro chico salió aullando entre la maleza y los escombros. Después se escondió detrás de una bolsa de basura. 



Con resignación nos volvimos a sentar. Volados a medias, el Julián seguía puteando al perro mientras le tiraba piedras. Yo, que ya no estaba enojado, vi que el animal salía con timidez de su escondite y volvía acercarse. Busqué en mi mochila un pedazo de pan para dárselo, pero mi amigo me tomó del brazo. 



- Espérate – Me dijo – Hay algo que quiero hacer -. 



Se levantó y llamó al perrito. Con un gesto de su mano me pidió que le pasara el pedazo de pan y yo se lo di al tiro, sin imaginarme nada. El lo llamó de nuevo y el quiltro, dudoso por los piedrazos de hace un rato, se acercó a él con lentitud. Mi amigo le mostró el pan y lo volvió a llamar. Esta vez el animal pareció mas entusiasmado y comenzó a mover la cola, pero seguía muy lejos de nosotros. 



- Ven poh hueon – Le gritó mi amigo. 



Yo, a todo esto, seguía sentado y observaba al perro y al Julián, riéndome de este último al ver que no le hacían caso. Enojado, mi amigo me hizo callar, y luego se jugó la última carta, dejando caer el pedazo de pan a pocos centímetros de donde estaba. Con ternura volvió a llamar al animal y, este, ya confiado, fue hasta él, sospechando apenas lo que le esperaba. 



Sin perder un instante, mi amigo lo tomó con ambas manos y con fuerza lo aferró a su pecho. El otro aulló e intentó zafarse, pero no lo consiguió. 



- No seay malo hueón – Le dije al Julián – Déjalo hueón -. 



Mi amigo, sin embargo, lo retorcía y le pegaba en la cabeza con su mano abierta. 



- Perro conchetumare – Le gritaba – No te gustó huear -. 



Caminó un poco más allá y luego tomó un alambre del suelo. Yo me levanté y lo seguí con la mirada. Tenía un mal presentimiento sobre lo que iba a hacer. 



- Hueón – Volví a gritarle al Julián – Déjalo hueón, si mañana le compro otro al Costa -. 



Pero mi amigo no pareció escucharme y posó al pequeño animal sobre una gran piedra. Luego dobló el alambre y lo enrolló a través de su cuello, para luego, con un fuerte y decidido movimiento de su mano, comenzar a ahorcarlo. El perro pataleaba y aullaba desesperado, sin poder hacer nada para defenderse. 



Comencé a correr hacia ellos y, al llegar, le di un empujón al Julián. Mi amigo cayó al suelo y se quedó en el piso como si hubiese recibido un disparo. Yo apenas si me fijé en el y fui de inmediato adonde estaba el perro. Lamentablemente, cuando lo tomé, este ya no se movía, así que retrocedí asustado, sin saber que mierda hacer. 



- ¿Qué chucha hiciste ahueonao? – Le grité al Julián – Te poni hueón -. 



Mi amigo no dijo nada. Solo sacudió un poco su uniforme y se acercó al perro, volviéndolo a tomar entre sus brazos. Caminó con el hacia otro lugar y dobló por donde se juntaban varios escombros y basura. Allí lo vi tirar al animal. 



Me acerqué corriendo hacia el. Tenía ganas de gritarle unas cuantas chuchadas, pero un olor nauseabundo me dejó mudo. 



Me tapé la nariz y miré a mi alrededor. Por todas partes veía bultos oscuros e inmóviles. Le puse atención a uno en especial. Era un gato gordo y estaba tirado sobre unas piedras. Se encontraba en evidente estado de descomposición. 



- El viernes ese gato culiao me botó la botella de vino – Me confesó el Julián – Estuve dos horas tratando de pillarlo -. 



Lo miré extrañado, sin saber que decir. 



- Mira la paloma que esta Allah – Me dijo apuntando hacia un rincón lleno de basura – El Sábado me cagó la polera cuando venía por aquí cerca. Le hice una trampa con una caja de cartón y una pita y le fui tirando migas de pan, hasta que bajó a comérselas….después le corté la cabeza con la cortaplumas…. saltó cualquier chocolate…jajaja -. 



Sentí que iba a vomitar, así que giré y comencé a caminar para salir luego de aquel agujero. El Julián me seguía hablando, pero yo ya no le hacía caso. Detrás mío quedaban las sombras de una docena de cuerpos fétidos, de cuyas muertes no quería saber ya nada más. 



En la calle me despedí. El se quedó en el paradero esperando su micro, y yo crucé hasta la avenida Gabriela, donde estaba mi casa. El me hablaba, pero yo ni siquiera quise voltear hacia atrás, y allí se quedo, hablando solo. 



Obviamente, nunca más le volví a hablar. 





jueves, 29 de mayo de 2014

TREY RATCLIFF

Como todos los jueves, le damos un espacio a la fotografia. Hoy hablaremos de uno de sus exponentes, Trey Ratcliff. La especialidad de Trey son las fotos en HDR, de alto rango dinámico (High Dynamic Range). Aunque este tipo de arte no es muy realista, es fascinante de una manera completamente diferente. Trey combina varias fotos con diferentes tiempos de exposición, para poder resaltar todas las luces y sombras, ampliando el rango dinámico. Su obra es muy singular y ha viajado por todo el mundo (Nueva York, Italia, Canadá, Islandia, Rusia, Ucrania, etc.)

Aqui parte de su trabajo.





















miércoles, 28 de mayo de 2014

CHARLES BUKOWSKY KID STARDUST EN EL MATADERO



Hoy tenemos el agrado de recordar a Charles Bukowsky y su relato Kid Stardust en el matadero. Genial relato que refleja el drama de la clase trabajadora.



















           La suerte me había vuelto a abandonar y estaba demasiado nervioso por el exceso de bebida; desquiciado, débil; demasiado deprimido para encontrar uno de mis trabajos habituales como
recadero o mozo de almacén con qué tapar agujeros y reponerme un poco. así que bajé al matadero y entré en la oficina.
¿no te he visto ya?, preguntó el tipo.
no, mentí yo.
había estado allí dos o tres años antes, había pasado por todo el papeleo, revisión médica y demás, y me habían llevado escaleras abajo, cuatro plantas, y cada vez hacía más frío y los suelos estaban cubiertos de un lustre de sangre, suelos verdes, paredes verdes. me habían explicado mi trabajo, que era apretar un botón y luego por un agujero de la pared salía un ruido como un estruendo de defensas o elefantes desplomándose, y llegaba la cosa... algo muerto, mucho, sangriento, y el tipo me dijo, lo coges y lo echas al camión y luego aprietas el timbre y ya llega otro, y después se largó. cuando vi que se iba me quité la bata, el casco metálico, las botas (tres números menos que el que yo uso), subí otra vez la escalera y me largué de allí. y ahora estaba de vuelta, tronado otra vez. pareces un poco viejo para el trabajo.
quiero endurecerme. necesito trabajo duro, muy duro, mentí.
¿y puedes aguantarlo?
Otra cosa no tendré, pero coraje si. fui boxeador. y bueno.
¿ah sí?
Si.
Vaya, se te nota en la cara. debieron darte duro.
de lo de la cara no hagas caso. yo tenía un juego de brazos magnífico. todavía lo tengo. lo de la cara es porque tuve que hacer algunos tongos y tenia que parecer verdad. 
Sigo el boxeo. no recuerdo tu nombre.
Peleaba con otro nombre, Kid Stardust.
¿Kid Stardust? no recuerdo a ningún Kid Stardust.
peleé en América del Sur, en Africa, en Europa, en las Islas, en ciudades pequeñas.
Por eso hay ese hueco en mi historial de trabajo no me gusta poner que fui boxeador porque la gente cree que hablo en broma o que miento. lo dejo en blanco y se acabó.
Vale, vale, sube a que te hagan la revisión médica. mañana a las nueve y medía te pondremos a trabajar. ¿dices que quieres trabajo duro?
Bueno, si tenéis otra cosa
No, en este momento no. sabes, aparentas cerca de cincuenta. no sé sí darte el trabajo. No nos gusta la gente que nos hace perder el tiempo.
Yo no soy gente: soy Kid Stardust.
Vale, vale, dijo riendo, ¡te pondremos a TRABAJAR!

No me gustó el tono.
dos días después crucé la puerta y entré en el garito de madera y le enseñé a un viejo la tarjeta con mí nombre: Henry Charles Bukowski, hijo, y el viejo me mandó al muelle de descarga: tenía que ver a Thurman. Fui hasta allí. había una fila de hombres sentados en un banco de madera y me miraron como si fuese un homosexual o una canasta de baloncesto. yo les miré con lo que supuse tranquilo desdén y mascullé con mi mejor acento golfo:

Dónde está Thurman. tengo que ver a ese tío.
alguien señaló.
¿Thurman?
¿Sí?
trabajo para ti.
¿Sí?
sí.
me miró.
¿y las botas?
¿botas?
No tengo, dije.
Sacó un par de botas de debajo del banco y me las dió. viejas, duras, tiesas. me las puse. la historia de siempre: tres números menos. me encogían y me espachurraban los dedos.
Luego me dio una ensangrentada bata y un casco metálico. allí me quedé de pie mientras él encendía un cigarrillo. tiró la cerilla con un floreo tranquilo y varonil. Vamos.
Eran todos negros y cuando me acerqué me miraron como si fueran musulmanes negros. yo mido casi uno ochenta, pero todos eran más altos que yo, y, si no más altos, por lo menos dos o tres veces más anchos.
¡Charley! aulló Thurman.
Charley, pensé. Charley, como yo. qué bien.
sudaba ya bajo el casco metálico.
¡¡dale TRABAJO!!
dios mío oh dios mío. ¿qué había sido de las noches plácidas y dulces? ¿por qué no le pasa esto a Walter Winchey que cree en el sistema americano? ¿no era yo uno de los
estudiantes de antropología más inteligentes de mi promoción? ¿qué pasó?
Charley me llevó hasta un camión vacío de media manzana de largo que había en el muelle.
Espera aquí.
Luego llegaron corriendo algunos de los musulmanes negros con carretillas pintadas de un blanco grumoso y sórdido, un blanco que parecía mezclado. con mierda de pollo. y cada carretilla estaba cargada con montañas de jamones que flotaban en sangre acuosa y fina. no, no flotaban en sangre, se asentaban en ella, como plomo, como balas de cañón, como muerte. uno de los tipos saltó al camión detrás de mí y el otro empezó a tirarme los jamones y yo los cogía y se los tiraba al que estaba detrás de mí que se volvía y echaba el jamón en la caja. los jamones venían deprisa, DEPRISA, y pesaban, pesaban cada vez más. en cuanto lanzaba un jamón y me volvía, ya había otro de camino hacía mí por el aire. comprendí que querían reventarme. pronto sudaba y sudaba como si se hubiesen abierto grifos, y me dolía la espalda y me dolían las muñecas, y me dolían los brazos, me dolía todo y había agotado hasta el último gramo de energía. apenas podía ver, apenas podía obligarme a agarrar un jamón más y lanzarlo, un jamón más y lanzarlo. 

Estaba embadurnado de sangre y seguía agarrando el suave muerto pesado FLUMP con mis manos, el jamón cedía un poco, como un culo de mujer, y estaba demasiado débil para hablar y decir eh, qué demonios pasa, amigos... los jamones seguían llegando y yo giraba, clavado, como un hombre clavado en una cruz bajo el casco metálico, y ellos seguían trayendo a toda prisa carretillas llenas de jamones jamones jamones y al fin todas se vaciaron, y yo me quedé allí tambaleante, respirando la amarillenta luz eléctrica. era de noche en el infierno. bueno, siempre me había gustado el trabajo
nocturno.
¡vamos!
me llevaron a otro local. arriba en el aire en una gran compuerta elevada en la pared del extremo había media ternera, o quizá fuese una ternera entera, sí, eran terneras enteras ahora que lo pienso, las cuatro patas, y una de ellas salía del agujero sujeta en un gancho,
recién asesinada, y se paró justo sobre mí, colgada allí justo sobre mi cabeza de aquel gancho.
Acaban de asesinarla, pensé, han asesinado a ese maldito bicho. ¿cómo pueden distinguir un hombre de una ternera? ¿cómo saben que yo no soy una ternera?
VENGA... ¡MENEALA!
¿Menéala?
Eso es: ¡BAILA CON ELLA!
¿Qué?
¡Pero qué coño pasa! ¡GEORGE, ven aquí!
George se puso debajo de la ternera muerta. la agarró. UNO. corrió hacia adelante. DOS. corrió hacia atrás. TRES. corrió hacia delante mucho más. la ternera quedó casi paralela al suelo. alguien apretó un botón y George quedó abrazado a ella. lista para las carnicerías del mundo. lista para las bien descansadas chismosas y chifladas amas de casa del mundo a las dos en punto de la tarde con sus batas de casa, chupando cigarrillos manchados de carmín y sintiendo casi nada. me pusieron debajo de la ternera siguiente.
UNO.
DOS.
TRES.
la tenía. sus huesos muertos contra mis huesos vivos. su carne muerta contra mi carne
viva, y el hueso y el peso me aplastaban; pensé en óperas de Wagner, pensé en cerveza fría,
pensé en un lindo chochito sentado frente a mí en un sofá con las piernas alzadas y cruzadas y yo tengo una copa en la mano y hablo lenta pausadamente abriéndome paso hacia ella y hacia la mente en blanco de su cuerpo y Charley aulló ¡CUELGALA DEL CAMION! caminé hacia el camión. por la aversión a la derrota que me inculcaron de muchacho en los patios escolares de Norteamérica supe que no debía dejar que la ternera cayera al suelo, porque eso demostraría que era un cobarde, que no era un hombre y que, en consecuencia, nada merecía, sólo burlas y risas y golpes, en Norteamérica tienes que ser un ganador, no hay otra salida, y tienes que aprender a luchar porque sí y se acabó, sin preguntas, y además sí soltaba la ternera quizá tuviera que volver a recogerla. además se ensuciaría. yo no quería que se ensuciase. o más bien... ellos no querían que se ensuciase.
Llegué al camión.
¡CUELGALA!
el gancho que pendía del techo estaba tan romo como un pulgar sin uña. dejabas que el trasero de la ternera se deslizase hacia atrás e ibas a por lo de arriba, empujabas la parte de arriba contra el gancho una y otra vez pero el gancho no enganchaba. ¡¡MADRE MIA!! era todo cartílago y grasa, duro, duro.
¡VAMOS! ¡VAMOS!
Utilicé mi última reserva y el gancho enganchó, era una hermosa visión, un milagro. el gancho clavado, aquella ternera colgando allí sola completamente separada de mi hombro, colgando para el chismorreo bata de casa y carnicería.
¡MUEVETE!
Un negro de unos ciento quince kilos, insolente, áspero, frío, criminal, entró, colgó su ternera tranquilamente y me miró de arriba abajo.
¡Aquí trabajamos en cadena!
Vale, campeón.
me puse delante de él. otra ternera me esperaba. cada una que agarraba estaba seguro de que sería la última que podría agarrar. pero me decía.
Una más
Sólo una más
Luego lo dejo. A la mierda.
Ellos estaban esperando que me rajara. lo veía en sus ojos, en sus sonrisas cuando creían que no miraba. no quería darles el placer de la victoria. agarré otra ternera. como el campeón que hace el último esfuerzo, agarré otra ternera. pasaron dos horas y entonces alguien gritó DESCANSO.

Lo había conseguido. un descanso de diez minutos, un poco de café y ya no podrían derrotarme. fui tras ellos hada un carrito que alguien había traído. vi elevarse el vapor del café en la noche; vi los bollos y los cigarrillos y las pastas y los emparedados bajo la luz eléctrica.
¡EH, TU!
Era Charley. Charley, como yo.
¿ sí, Charley?
Antes de tomarte el descanso, lleva ese camión a la parada dieciocho. Era el camión que acabábamos de cargar, el de media manzana de largo. la parada dieciocho quedaba al otro extremo del patio.
Conseguí abrir la puerta y subir a la cabina. tenía un asiento blando de suave piel y era tan agradable que me di cuenta de que si me descuidaba caería dormido allí mismo, yo no era un camionero. miré por abajo y vi como media docena de mandos, palancas, frenos, pedales y demás. di vuelta a la llave y conseguí encender el motor. fui probando pedales y palancas hasta que el camión empezó a rodar y entonces lo llevé hasta el fondo del patio, hasta la parada dieciocho, pensando constantemente: cuando vuelva, ya no estará el carrito. era una tragedia para mí, una verdadera tragedia. aparqué el camión, apagué el motor y quedé allí sentado unos instantes paladeando la suave delicia del asiento de piel. luego abrí la puerta y salí. no acerté con el escalón o lo que fuese y caí al suelo con mi bata ensangrentada y mi maldito casco metálico como si me hubiesen pegado un tiro. no me hice daño, ni siquiera lo sentí.
 Me levanté justo a tiempo para ver cómo se alejaba el carrito y cruzaba la puerta camino de la calle.
Les vi dirigirse de nuevo al muelle riendo y encendiendo cigarrillos.
me quité las botas, me quité la bata, me quité el casco metálico y fui hasta el garito del patio de entrada, tiré bata, casco y botas por encima del mostrador. El viejo me miró:
Vaya, así que dejas esta BUENA colocación...
Diles que me manden por correo el cheque de mis dos horas de trabajo o si no que se lo metan en el culo ¡me da igual!

Salí. crucé la calle hasta un bar mejicano y bebí una cerveza. luego cogí el autobús y volví a casa. el patio escolar norteamericano me había derrotado otra vez.




martes, 27 de mayo de 2014

ENTREVISTA A DIEGO ZUNIGA

Hoy Martes recordamos una entrevista realizada por la revista replica al joven escritor diego Zuniga, autor, entre otros, de novelas como Camanchaca y de cuentos como moonwatch.










               Alguna vez hice entrevistas y también me las hicieron. Pero las cosas cambiaron. Recuerdo que estaba terminando una clase de guión en la Facultad de Comunicaciones de la UC, ordenando mis cosas para irme, cuando irrumpió en la sala una joven estudiante muy guapa, con una grabadora digital en las manos, y me preguntó si yo era Luis López-Aliaga. Saqué pecho, engolé un poco la voz y respondí que sí, en qué podía ayudarla. La chica me miró muy tierna e inocente y me dijo: “es que estoy haciendo un perfil de Diego Zúñiga y me dijeron que usted lo conocía”. Ahí fue que me di cuenta de que las cosas habían cambiado. El “usted”, claro, fue lo más doloroso.



Ahora me pidieron que entrevistara a escritores y él es el escritor a quien tengo más cerca. Diego Zúñiga, 26 años, autor del fenómeno llamado Camanchaca, novela traducida, reeditada, comentada con entusiasmo en muchas partes del mundo. Ahora, por ejemplo, aparecerá su edición francesa en Christian Bourgois Editeur, traducida por el mismo traductor de Bolaño. Y luego, en abril de 2014, la esperada novela nueva: Racimo, reciente Premio Consejo Nacional del Libro y la Lectura. Lo tengo más cerca, aunque estamos lejos. Él en Santiago y yo en Buenos Aires, así es que la entrevista se realiza por chat. Una conversación como muchas de las que hemos tenido, pero que ahora se hace pública.







LLA: Eres periodista. Trabajas en cultura de Qué pasa ¿Cómo escritor, qué tan importante te parece “estar al día” en literatura, la actualidad literaria, digamos?



DZ: Si no eres periodista, si no trabajas en una sección de cultura, me parece que no tiene ninguna relevancia. Ninguna. Sin embargo, sí me parece importante que uno nunca deje de ser curioso. El escritor que pierde la curiosidad está muerto. Y la curiosidad tiene que ver con estar despierto frente a cosas que suceden, a libros que aparecen, a libros que se reeditan. Tiene que ver con leer a los contemporáneos. Ahí hay riesgo como lector. Si vamos a pasar toda la vida leyendo y releyendo a Henry James, no sé, no me parece bien.



LLA: Saber lo que están haciendo otros al mismo tiempo que tú.



DZ: Exacto. Piensa en Lihn, por ejemplo. O en Bolaño. O en Fogwill. Yo he descubierto muchas lecturas gracias a esos tres. Porque eran escritores que se arriesgaban, que buscaban en los libros que estaban saliendo o en los libros olvidados, algo que los sorprendiera, siempre.



LLA: Pero hay también algo medio espurio en eso de nombrar autores para imponerlos e imponerse. Y entonces el tipo X nombra al tipo Z y salimos todos a comprar sus libros.



DZ: A mí me pasa lo siguiente: hay lectores en los que confío. Escritores-lectores a los que uno va conociendo. Yo le debo a Bolaño lecturas como Wilcock o Di Benedetto. O Rey Rosa, por ejemplo..



LLA: Estoy leyendo a María Moreno, un texto que se llama “Pronunciarás mi nombre en vano” y habla de eso, de cómo hay formas y formas de nombrar. Se ríe un poco de Bolaño y lo que llama su “alquimia nombradora”.



DZ: Uno confía en Bolaño porque lo lees en sus ensayos, en sus columnas, y ves algo ahí, una estética, una sensibilidad que a mí me parece valiosa. Por ejemplo, es difícil leer el texto que le dedicó a Castellanos Moya y no sentir entusiasmo.



LLA: Pero volviendo al periodismo como escuela ¿De qué manera crees que determina tu forma de acercarte a las historias que cuentas?



DZ: No estoy seguro, pero creo que el periodismo te ayuda a salirte un poco de ti mismo. Te ayuda a conocer otros mundos, otras historias, a conversar con otras personas. Supongo que eso después puede traducirse a la literatura.



LLA: ¿Y en el vinculo con lo que llaman “la realidad”? El periodismo trabaja con eso diría que exclusivamente, ¿o no?



DZ: Yo creo en la ficción. Sé que puede sonar un poco ingenuo y evidente, pero creo absolutamente en la ficción y en el género de la novela. Creo que la ficción llega a lugares que el periodismo no va a poder llegar nunca. Digo ficción y estoy tentado de decir Literatura, pero también considero que lo que hacen periodistas como Leila Guerriero, Cristóbal Peña, Martín Caparrós es literatura, y ellos hacen no ficción, entonces todo se enreda un poco. A mí me interesa la realidad, pero claro, eso suena como algo conservador. ¿Por qué suena tan parecido “escritor realista” con “escritor de derecha”?



LLA: El realismo ha agarrado una mala fama increíble últimamente, lo que supone que nadie se hace cargo de lo que opinaba Levrero del realismo. Él se definía, tajante, como un escritor realista.



DZ: Claro. Y si hay una literatura que no es conservadora, es la de Levrero. Es un poco contradictorio el asunto.



LLA: Bueno, Camanchaca es una novela realista. ¿Recuerdas las circunstancias, el impulso o la necesidad que te llevó a escribirla ?



DZ: Yo recuerdo que me obsesioné con escribir una novela sobre un padre y un hijo. Quería -necesitaba- escribir eso. Y llegó la primera imagen, la enumeración…



LLA: De los autos del viejo.



DZ: Claro. Pero la verdad es que tengo poca claridad de esos días. De hecho, por ejemplo, creo que no le comenté nunca a nadie esta idea. Yo había escrito otra novela -”Malasia”, que era muy mala- y me había quedado con eso. Pero la historia de Camanchaca surgió de pronto, sin mucho pensarlo, algo más intuitivo. Me gustaría tener claridad del momento, pero no sé….



LLA: Tiene que ver con tu historia, ¿no?



DZ: Claro. Va a sonar un poco cursi, pero es algo que estaba ahí, adentro.



LLA: Eso. Y necesitaba salir. Suena cursi, pero parece verdad. ¿Y cómo apareció lo fragmentario enCamanchaca?



DZ: No lo tengo muy claro. A veces creo que es una herencia del cuento norteamericano. Si miras los cuentos de Cheever o de Lorrie Morre o de Yates, por ejemplo, son historias largas en las que se usa mucho el fragmento. El asunto es que yo sentí que ése recurso había que extremarlo porque el personaje -la voz del personaje, que me parece que es lo más importante de la novela- lo exigía. Ese personaje tenía problemas para expresarse, para hablar, para decir. Entonces lo fragmentario respondía a eso, creo. Pero en la práctica escribí el primer fragmento, puse punto aparte y comencé otro y así fue armándose. Y me di cuenta de que funcionaba. Y seguí y seguí.



LLA: ¿Cómo has tomado todo lo ocurrido con Camanchaca? Porque doy por descartado que lo esperaras.



DZ: Es raro lo que ha pasado. Es cierto, no lo esperaba. Lo que pasa es que publiqué la novela sin pensar mucho en nada, la verdad. Era un primer libro. Era un momento en el que las editoriales independientes recién empezaban a tener más relevancia. Y nada, no esperaba que el libro tuviera tanta vida, tantas vidas.



LLA: ¿En qué momento dijiste, si lo dijiste, guau, parece que pasa algo heavy?



DZ: Mira. Son dos o tres cosas. Primero, que varios amigos cercanos, a los que admiro y respeto mucho como lectores, me escribieron y me felicitaron y me comentaron el libro. No me dijeron sólo que les había gustado, sino que dieron motivos y también encontraron reparos, lo que me pareció que hablaba de un comentario sincero, más allá de la amistad. Lo otro fue que recibí un mail de una escritora -de la que no daré su nombre por pudor- a quien no conocía -pero que admiraba y admiro muchísimo-, en el que me escribía muy generosamente sobre la novela. Y ahí sentí que ya el libro se me había ido de las manos, en el fondo. Quiero decir, ella no era mi amiga ni mi cercano, no es chilena, le regalaron la novela, le gustó y muy decidida me escribió. Y eso fue raro y fue bonito, la verdad.



LLA: Creo que sería bueno saber quién es esa escritora, si no puedo suponer que es J.K Rowling.



DZ: No vende tantos libros como Rowling, pero sin duda es más talentosa. Pero no, me da pudor. Lo que quiero decirte, en el fondo, es que ese gesto me descolocó, y luego se repitió con otras personas muy generosas que se han topado con el libro y que lo recomiendan. Si por algo se ha difundido la novela es por el boca a boca.



LLA: ¿Y de parte de tus compañeros de generación? Digo ¿existe esa generación para empezar?



DZ: No, no sé si existe esa generación. No pienso en eso. Imagino que cuando hablan de “generación”, se trata de autores que nacieron en los 80, ese detalle nos une y algunas lecturas, todos publicamos entre 2009 y 2011, y no sé qué más. Entre ellos Camanchaca tuvo una buena recepción. Y supongo que tampoco imaginaron que el libro iba a tener la vida que tuvo. Habría que preguntarle a ellos.



LLA: Pero usemos la fórmula Bolaño, la “alquimia nombradora”, digamos, y nombra dos o tres de ellos que consideres imprescindibles.



DZ: Voy a nombrar a dos que me parece que no han tenido toda la atención que se merecen. Dos autores y dos libros: Alameda tras las rejas, de Rodrigo Olavarría y Leyendo a Vila-Matas, de Gonzalo Maier. Son dos libros que disfruté mucho su lectura. También está Víctor López, que aunque no es narrador, sus libros de poesía -que son muy narrativos por momentos- me parecen imprescindibles.



LLA: La mayoría de esos narradores que nacieron en los ochenta partieron publicando un libro de cuentos. Pienso en Pablo Toro, en Simón Soto, en Daniel Hidalgo. Tú partiste de una con una novela ¿Ves en eso alguna diferencia?



DZ: Desde que empecé a escribir, a los 15 años, quise hacer una novela. Siempre. Leía, por sobre todo, novelas, quería escribir una, y creo que miro el mundo desde ese lugar. Descubrí los cuentos después, y me gustan tanto como las novelas, sin duda, y estoy trabajando en un libro de cuentos -que se llamará “Niños héroes”. Pero trabajo muy lentamente, porque le tengo mucho respeto al género. Por eso admiro a varios de los jóvenes que han sacado libros de cuentos que son realmente buenos.



LLA: ¿Eres básicamente un novelista entonces?



DZ: Un novelista. Me gusta esa idea, pero en realidad tampoco pienso tanto en los géneros. Vamos a probar con el cuento y algún día me gustaría probar con el ensayo, y algún día mezclarlo todo. Con la poesía no, eso sí. Ahí el respeto es sacro.



LLA: Por otro lado, la mayoría de tus compañeros de generación tiene particular interés en las series de tv y eso. Y, hasta donde yo sé, tú no. ¿Marca eso alguna diferencia?



DZ: No sé si marca alguna diferencia. O sí: ellos están disfrutando de una fiesta a la que llegué tarde, y cuesta divertirse en un lugar así. Me gusta el cine, eso sí, que algo tiene que ver con esa fiesta, claro.



LLA: Recuerdo que cuando publiqué Cuestión de astronomía, todos los comentarios, más o menos positivos, terminaban con una sentencia del tipo: pero vamos a ver que nos ofrece el autor en el futuro… Básicamente, una amenaza. Una expectativa que nunca cumplí, por supuesto. ¿Cómo te sientes para lo que viene? ¿Cómo te manejas con esas expectativas que se despertaron con Camanchaca?



DZ: Es una situación rara, porque antes de Camanchaca yo venía escribiendo otra novela. Una novela en la que ficcionalizaba el caso del psicópata de Alto Hospicio. La empecé a trabajar en 2008. Y entonces, de pronto, apareció Camanchaca, y esa otra novela quedó ahí, detenida. Una vez que publiqué Camanchaca volví a trabajar la novela, y he estado en eso todo este tiempo. Eso determina todo, creo. Si no hubiera estado trabajando en esa novela, quizá todo sería distinto, más difícil, porque no he pensado mucho en esas expectativas. A veces algún amigo o alguna persona te pregunta cuándo vas a sacar un libro nuevo. A veces se siente esa presión, pero la verdad es que disfruté mucho el proceso de escritura: estar encerrado, escribiendo y escribiendo. Ahí, en ese momento, creo que sólo importa el texto, la historia, los personajes, las palabras. Las expectativas seguramente me harán ruido cuando se acerque la fecha de lanzamiento. La ansiedad.



LLA: Esa novela es Racimo.



DZ: Claro. Es el título tentativo de la novela. A veces creo que debe llamarse así, a veces no.



LLA: Está el caso de las niñas de Alto Hospicio, o sea, “basada en hechos reales”.



DZ: Pero no es una novela que sea sólo esa crónica. Me interesaban otras cosas. Me interesaba la intimidad de los personajes y, en especial, la intimidad del protagonista, que es un hombre que tiene una pérdida y que se escapa, buscando otra vida, aunque finalmente siempre la pérdida esté ahí.



LLA: Él es fotógrafo ¿Alguna razón en especial para que sea fotógrafo?



DZ: Me gustan los implementos, los detalles que te permiten explorar las estructuras narrativas. Me gusta la idea de que él ande con su cámara tratando de dejar registro de la realidad. Así como en Camanchaca estaba la radio, las grabaciones, aquí están las fotografías.



LLA: Y otra vez el norte, el desierto, esa niebla que lo vuelve todo difuso.



DZ: Otra vez ese escenario, aunque todo sea completamente distinto.



LLA: No tanto, creo yo. Hay algo fuerte que comparten, esa sensación de desamparo, de inocencia acechada. Antes el adolescente, el narrador, ahora estas niñas que desaparecen y que nadie hace nada realmente por encontrarlas. El abuso como tema vuelve las dos novelas profundamente políticas, contingentes incluso ¿Lo ves así?



DZ: No había pensado en esa relación entre las dos, pero sí, tienes razón. Está el abuso ahí, pero claro, no desde un lugar político tan explícito. En el caso de “Racimo” es más evidente, porque la desaparición de esas niñas fue un tema político, una negligencia de la que nadie se hizo cargo. En el caso de Camanchaca el tema es algo más íntimo-familiar, pero sí, también está ahí. Una de las cosas que no esperaba con la novela es el hecho de ver cómo se lee desde afuera, y eso fue algo que también me sorprendió mucho. En la traducción italiana se recalcó mucho que era una novela de postdictadura, y me parece una lectura posible e interesante, claro. Las lecturas que llegaron de Argentina también. Pero claro, aquí nadie hizo referencia a eso, se habló de una novela intimista, etc. A mí me interesan los relatos políticos que no trabajan desde el panfleto. Me interesa, por ejemplo, lo que ha hecho Felix Bruzzone y Mariana Enríquez con el tema de la dictadura y los desaparecidos allá en Argentina. Creo que ellos abrieron caminos para abordar temas tan delicados y manoseados, sin caer en lugares comunes. Me gustaría hacer algo parecido a lo que han hecho ellos en ese sentido. Hombres maravillosos y vulnerables, de Pablo Toro también va por ahí.



LLA: Ya, pero lo de Toro es completamente distinto.



DZ: No lo veo tan así. Uno de los mejores cuentos de “Hombres…” es “El proceso”, y ahí el tema político está debajo, o atrás, pero lo configura todo. Claro, no es “Vendaval”, que es más evidente, pero en “El proceso” me gusta eso: que los años noventa, que la transición, que Pinochet están como un ruido de fondo que determinan todo, creo yo.



LLA: Hay en ese cuento una escena de la niña prostituyéndose, la hija del narrador si no me equivoco. Esa es la imagen misma del abuso. Ahí quizás hay un parentesco con tus novelas. El abuso del que tiene el poder, del grande contra el desvalido.




DZ: Creo que es difícil no escribir contra el poder. Digo, en este momento en particular, en Chile. O quizás siempre.








lunes, 26 de mayo de 2014

RAMIRES!

Esta emana tenemos el agrado de recordar a una banda chilena llamada RAMIRES!. Su sonido duro y al directo, los llevo en su tiempo a ser considerados una de las mayores promesas del rock nacional. He aqui nuestro pequeno homenaje


Resena extraida desde http://www.artenorte.cl/



            Hay bandas en la vida de cada persona que se transforman en su "Fetiche", en tu preferida. Sin quererlo te llegan al alma y te mueven comocon una licuadora tu sangre.

Generalmente eso me pasa, sobre todo si la Banda en cuestión no es masivamente conocida por los medios " ENTENDIDOS DEL TEMA"


Para mi Ramires! lo fue.

Digo fue, porque según algunas fuentes (musicapopular.cl) me enteroque están disueltos, hace ya hace un par de años.

Guitarras desgarradoras, letras al grano, la definición más pura de lo que es Vivir ROCK, una neoguerrilla, o una Guerrilla contra tanta "FIGURA" extranjera que viene a Chile a realizar su negocio y sonreir.

Desde esta Humilde vitrina agradecemos a Ramires Himself (voz y guitarra), El Camino Cruz (guitarra), Agent Mitnik (bajo) y Matt Lee Rock (batería) por haber aportado su grano de arena a la "ROLLA" nacional, a veces tan extranjera en sus conceptos y gustos musicales.

"También he tocado en lugares peores / Pero de mi lado estaban las canciones / Y cuando me muera no quiero ir al cielo / Al infierno voy".

Adjunto video de su presentación en el DOMO de Bahía Inglesa el verano del 2006, donde estuvimos los precisos no más, los que llevamos el rock en los latidos.


Los dejamos con Accion




sábado, 24 de mayo de 2014

TANATOS, ALLI



Nuevamente presentamos el trabajo de Tanatos, joven proveniente del pueblo de Rivadavia, en la cuarta region de Chile. El poema que publicamos hoy tiene por nombre ALLI, y sigue fielmente el estilo de todo su trabajo.














Son destellos que no debería ver.

Sonidos que no debería escuchar.

A veces todo parece un resplandor.

Una luz tenue y tan breve y pequeña como un pestañeo.

Y otras, es una larga danza,

una ronda tétrica.

Una cruza dantesca de mis peores horrores y miedos.



Sabía que todo era verdad.

Sabía que no estaba loco.

Dios mío, esos susurros, esos ruidos, no eran un invento.

Estaban cerca.

Siempre estuvieron allí, junto a mi.

Observándome.




viernes, 23 de mayo de 2014

RAFAEL GUERRERO SENTARSE O NO SENTARSE

Este dia viernes tenemos el agrado de presentar a un nuevo autor espanol. Su nombre es Rafael Guerrero, de Madrid. Hoy nos muestra uno de sus relatos llamado   SENTARSE O NO SENTARSE.














           El señor Manhattan tenía una mentalidad extravagante. Tras su angulada apariencia de huesos infinitos, y la estatura escandinava de un escocés de las tierras altas, el jubilado mantenía ciertos diálogos con personajes ficticios que resultaban inapropiados para un hombre de su edad. 

Pero en lo que respecta a comportamientos raros, su mujer, la señora Paine, no le iba a la zaga en absoluto. Aquella anciana dama, de porte rechoncho y una cordillera montañosa sobre las caderas, poseía, bajo la cara maquillada como el lienzo de un cuadro impresionista lleno de coloridos aderezos cosméticos, un envoltorio 
de piel tan delgada como el papel de fumar, muy a tono con la personalidad sumergida en imposibles viajes hacia la incongruencia que tenía. 

Desde su jubilación, la honorable viejecita había decidido conocer mundo, y en su listado de experiencias se hallaban los 33 museos parisinos recorridos en 18 horas, o las aventuras fluviales en el Rhin, a través de los 120 castillos Nibelungos, con un estudio detallado de torres, almenas, elegantes tapices, y algún que otro sesudo apunte histórico sobre princesas, dragones, y nobles bigotudos germanos al rescate de damas en peligro. Ni que decir de las estimulantes vacaciones que ahora comenzaban en Lisboa. 


—Estoy pensando, Richard, que podríamos establecer una ruta empezando por el 

recorrido de estas amplias avenidas lisboetas. ¿Has visto qué bellos azulejos hay en 

aquellos balcones? Esto va a ser muy emocionante. 

—Sí, querida. 

—¿No estás de acuerdo?, o debo entender que la cara que pones de aburrimiento es 

tan sólo circunstancial. 

—Pensé que tal vez podríamos descansar en alguna terraza. —Lo importante es la plaza de los Restauradores. Deja el whisky para más tarde. 

Treinta y siete avenidas después, donde su mujer trataba de inventar imposibles perspectivas de contemplación sobre aquellas amplias avenidas y sus balcones, el señor Manhattan empezaba a estar cansado de tanta culturización involuntaria, de tanto abatimiento pedestre a través de los muros, cuadros, monumentos, plazas y calles, y de la imposible sucesión de todo tipo de azulejos de cerámica vidriada que los edificios de aquella bonita ciudad se empeñaban en mostrar al acecho entre las elegantes marquesinas. 

Terminado el primer día, el señor Manhattan reflexionó taciturno sobre la siguiente semana de incursiones heroicas hacia el espantoso aburrimiento que su mujer había planificado. Las preocupaciones de la señora Paine eran muchomás funcionales. 

Necesitaba recorrer urgentemente los diecisiete mejores museos de Lisboa si deseaba obtener una visión completa de la cultura nacional, que le habría de mostrar de manera certera, casi perfecta, el secreto del alma portuguesa y su historia, más un listado de personajes insignes de la capital que apuntaría ordenadamente en un cuadernito que siempre guardaba en el bolsillo trasero de los pantalones. 

Al día siguiente, alrededor de las cinco de la tarde, y cuando los rayos del sol acuchillaban sin piedad las aceras del Chiado, la estimulada viejecita decidió localizar un par de tiendas de encaje, de renombre internacional en las modernas reuniones de jubiladas. 

A mano derecha de la plaza de Luis de Camoens, cuando la señora Paine se hallaba a la caza de misterios turísticos ocultos, el señor Manhattan observó una terraza agradable a la sombra de la fachada de un edificio elegante, sin azulejos, donde un par de palabras anunciaban, sobre una marquesina en forma de arco, el nombre exótico del bar A brasileira. Una estatua de bronce, sentada a una de las mesas del extremo izquierdo, representaba a un hombre alto y delgado provisto de un sombrero al estilo portugués. Era una decoración peculiar; vestía, grabado sobre su cuerpo escueto de metal, un pantalón y chaqueta; la blusa adornada con una pajarita. 

Aprovechando que su mujer se distraía enumerando uno por uno los artículos en venta de un escaparate, el señor Manhattan decidió de manera furtiva abalanzarse sobre una silla bajo un toldo acogedor, como acompañante en la mesa de aquella decoración metálica tan singular. 

—¿Pero qué haces? 
—Estoy muy cansado Susan. Me duelen los pies, y creo que me estoy mareando. 
—Si quieres tomar una copa podrías esperar a que vayamos a la tienda y... 
—No. No puedo más. A lo mejor tengo fiebre—comentó el hombre tocándose la frente con los dedos—. No me encuentro demasiado bien, querida.

La mujer se sentó al lado de su marido. 
—Pues yo te veo muy bien. 
—Acércate tú sola a las tiendas que te recomendó Mildred. Así no te molesto. 
—A mí lo que me molesta no es eso. Además, yo no voy a ir a las tiendas porque lo diga Mildred. 
—Estoy cansado. Ya soy una persona mayor. 
—Tenemos la misma edad, Richard 
— Te puedo asegurar, querida mía, que estás en forma. Estás llena de curiosidad por las cosas; concretamente, por todas las cosas. 

—Odio cuando te pones así, Richard. 
—No odies tanto, que no es bueno para la salud. 
—¿Has descansado ya? —dijo la mujer impaciente. 

Pero el señor Manhattan no había descansado ya, y estaba decidido a no moverse de la silla. 

—¿Has visto qué curioso? —dijo, señalando la estatua sentada frente a él. 
—La conozco perfectamente—aseveró su esposa—. Es Pessoa. Nació en 1888 en Portugal, pero siendo muy joven su madre se casó con un diplomático portugués afincado en Sudáfrica. De esta influencia anglosajona... 

—Por Dios, Susan, no me digas que te has aprendido la guía turística. ¿No te marchabas ya? 
La señora Paine no tenía ganas de perder el tiempo escuchando las digresiones incomprensibles de Richard, siempre inútiles en el objetivo de su discurso. 

No, cuando estaba a punto de encontrar la joya de la corona: un conjunto de mantelerías realizadas a bolillo por un artesano de Vila Do Conde, con tienda en una pequeña calle que ya tenía 
localizada con una cruz en el mapa; unas piezas admirables que todas sus amigas del vecindario envidiarían. 

—En un rato te recojo. 

Richard la observó desplazarse a lo largo de las aceras, por donde tranquilamente deambulaba mirando las balconadas, o las preciosas marquesinas que un tal Don Pantuflo había mandado realizar, más diez minutos de análisis minucioso de los jacintos que ocupaban los laterales de un monumento. Todavía tuvo tiempo para acercarse a su esposo de nuevo y comentarle la belleza exultante de la creación floral, más una breve descripción de la fecha en que la construyeron, y terminar apuntando un detalle histórico sobre los amores que mantuvieron allí la princesa Leoncia con un naviero 
Senegalés de muy alta cuna llamado Gugurrián, y bla, bla, bla , etc., etc., etc… 

Y después se fue. Y él se olvidó de ella. Porque necesitaba olvidarlo todo. Ser invisible. 

Deseaba integrarse en la naturaleza urbana de una plaza coqueta, donde, sentado con una copa de oporto en la mano, podría admirar el bullicio de la gente; de aquellos portugueses que le mostrarían, en una sola calle, la musicalidad del idioma en el tránsito de las querencias vecinales de cada individuo; podría oír el bullicio de la calle con lasvoces lisboetas de los paseantes; entretenerse pausadamente con la escena de una mujer sacudiendo las miguitas del mantel desde la ventana, a la par entretenida en una 
conversación espontánea con la vecina que regresaba del mercado con la bolsa de la compra. ¿Para qué tantos museos, monumentos, plazas y jardines? Todos recorridos en un listado que cumplir con un tiempo preciso, escaso, el cerebro ansiando poder retener en un vistazo lo inabarcable. Él sólo debía sentarse allí y admirar las peculiaridades pequeñas, los detalles casi imperceptibles que sucedían próximos a su silla.

 Sólo tenía que dejar de existir, lo que no era un asunto difícil para él, siempre ejerciendo la función de sombra silenciosa desde que se casaron en Beauly-Inverness. 

—Por lo que deduzco parece ser usted americano. 

—Escocés; pero llevo residiendo en Nueva York más de cuarenta y cinco años. 

—¿Y nos conocemos de algo? —Permítame que me presente, mi nombre es Richard Manhattan—saludó el señor 

Manhattan mientras agarraba la fría mano de la estatua de bronce. 

—Mi nombre es Alberto Caeiro, y como podrá comprobar soy una estatua. Poco 

tengo que contarle. No he mantenido una conversación desde que me hicieron. 

—Encantado de hablar con usted. 

—En realidad todavía no hemos conversado de nada. Además creo no conocerle… 

—Mi nombre es Richard Manhattan y … 

—Sí, sí, eso ya me lo dijo usted. Yo también me siento muy encantado. Me llamo 

Alberto Caeiro, y como podrá comprobar soy una estatua. 

—¿Usted es escritor, no? 

—Yo sólo soy una estatua; una estatua en el desierto que hay bajo mi piel. No tengo 

el gusto de conocer a ningún escritor. 

—Pero me consta que usted es Pessoa. Nacido en Lisboa, el 1888, y…y…etcétera, 

etcétera. 

—No tengo el gusto de conocer a ese señor. Aunque ahora que me lo menciona,… sí que parece sonarme de algo. Sería el momento ideal para cruzarme de piernas, agarrarme la barbilla y reflexionar, pero como podrá comprobar usted, no me puedo mover. 

Un camarero con chaquetilla blanca y servilleta en el antebrazo se acercó con la mejor 

de sus sonrisas y cara de pocos amigos. Era un hombrecillo nervioso, moreno y de poca estatura, un bigotillo le temblaba bajo las narices como poseído de vida propia.— Sorry, but you are not allowed to sit here. 

—¿Perdón? —le dijo el señor Manhattan sin entender lo que decía. 

—Le está diciendo que la gente normal no conversa con estatuas de bronce en lugares públicos —le dijo la estatua de bronce. 

—Sorry, but you are not allowed to sit here. —El bigotillo del camarero estaba a punto de pegar un salto sobre la acera. 

El señor Manhattan comprendió inmediatamente, al observar las destrezas acrobáticas 

de los músculos de su cara, que aquel hombre trataba de cambiarle de mesa. Pero él se encontraba allí en la gloria. Por nada del mundo deseaba ningunearse ante la presencia del bigotillo ridículo. 

—No, por favor; yo quería dos oportos ¿Comprende? O-POR-TOS —dijo el señor Manhattan, mientras se giraba para preguntar a su nuevo amigo—:señor Caeiro, 

¿podría invitarle a una copa? 

—Me encantaría, pero últimamente me cuesta bastante digerir los líquidos. 

—No se preocupe. Creo que me beberé los dos a su salud. —El jubilado teatralizó el acto de llevarse un vaso a los labios—. O-POR-TOS; ¿comprende? 

Las canillas del camarero empezaron a temblar al mismo ritmo que el bigote recortado. 

Aquel gesto era una afrenta poco tolerable; un desprecio irónico fuera de lugar. 

Armándose de paciencia le espetó de nuevo el estribillo. 

—Sorry, but you are not allowed to... 

—¡¡¡¡Me quiere usted dar dos oportos, la leche!!!! El camero zigzagueó en retirada hacia el interior del bar. El señor Manhattan tan sólo quería descansar. Tan sólo quería estar sin ser nada definido.

 Acaso no había estado toda la vida cambiando sus opiniones por las de otras personas, convencido, en un engaño cómodo al que se sometía voluntariamente, de la validez de los otros puntos de vista. 

De esa manera había podido ser alguien completamente prescindible en las relaciones que se establecen en sociedad; qué importancia tenía todo eso para un hombre solitario y contemplativo. Todo lo demás, los cuadros, los museos, las bellezas 
históricas atrincheradas entre los recovecos de Lisboa, se podían ir a la mierda. 

Con esta silla era suficiente. Y en compañía de aquella estatua parlante podría estar para siempre, y diluirse entre las hojas de los castaños y el canto de las palomas. 

—Estimado señor Pessoa. Creo que ha llegado el momento de disiparse. 

—Perdón, pero me llamo Alberto Caeiro. 

El atardecer sereno estaba cayendo cuando el señor Manhattan empezó a soltar humillo desde su cuerpo. Al principio la nube que ascendía directamente desde su piel era indefinida y sin forma, como el vapor que suelta el agua hirviendo cuando sube desde la 
cazuela hacia la campana extractora. 

Él se dio cuenta del extraño percance, pero no le preocupó. Es más, estaba en la gloria, y soltar aquella emanación perfumada le empezaba a parecer placentero.

 Más adelante, el vapor que salía desde su interior empezó a condensarse gradualmente en robustas espirales que ascendían como fumarolas volcánicas a punto de estallar. Richard observó complacido por el suceso que el asunto le hacía mucha gracia; por fin podría mezclarse con el aire, y pensar en el lugar de los otros, de cualquiera de los otros, también en el lugar de su agradecida estatua compañera. La gente empezó a arremolinarse a su alrededor espantada. El incendio, o la niebla, o aquella nube rara, envolvían peligrosamente a aquel delgado y elegante señor, hasta que todo su cuerpo desapareció tras un cúmulo grisáceo con olor a pelo chamuscado. 

Los bomberos no tardaron en acudir a la urgencia avisados por un hombrecillo de ridículo bigote y chaleco blanco, que no paraba de pasear muy nervioso de un lado a otro mientras volcaban el agua de sus mangueras sobre la silla metálica.

 Aquel salvamento fue fallido. El señor Manhattan se había gasificado, y en su lugar tan sólo quedaba una mancha oscura y algunas cenizas. 

Cuando la señora Paine regresó a recoger a su marido se encontró a todo el mundo alterado. La honorable viejecita escuchó las explicaciones de la autoridad, pero como no entendía nada, miró su reloj impaciente, recogió las cenizas que le dieron, y se despidió 
con toda la cortesía de la que era capaz, de vuelta a Nueva York para visitar las numerosas funerarias donde sin duda podría comprar una refinada urna, y quién sabe, quizás pudiera estar decorada con bellos azulejos portugueses.

miércoles, 21 de mayo de 2014

CANDELA KRUP

 Como todos los jueves, publicamos el trabajo fotografico o visual de algun artista emergente o ya conocido. La elegida de hoy es la argentina Candela Krup, quien ya fue publicada meses atras por nosotros con su trabajo casipueblos. Hoy nos toca presentarla con estas fotografias de su proyecto BRYNED


















PERFECTA SENORITA DE PATRICIA HIGHSMITH


Hoy tenemos el agrado de recordar a una autora de gran prestigio. Su nombre; Patricia Highsmith, duena de un estilo controversial para su epoca, supo sobresalir con sus historias llenas de misterio. Hoy recordamos uno de sus cuentos 






PERFECTA SENORITA








             Theodora, o Thea como la llamaban, era la perfecta señorita desde que nació. Lo decían todos los que la habían visto desde los primeros meses de su vida, cuando la llevaban en un cochecito forrado de raso blanco. Dormía cuando debía dormir. Al despertar, sonreía a los extraños. Casi nunca mojaba los pañales. Fue facilísimo enseñarle las buenas costumbres higiénicas y aprendió a hablar extraordinariamente pronto. A continuación, aprendió a leer cuando apenas tenía dos años. Y siempre hizo gala de buenos modales. A los tres años empezó a hacer reverencias al ser presentada a la gente. Se lo enseñó su madre, naturalmente, pero Thea se desenvolvía en la etiqueta como un pato en el agua.

-Gracias, lo he pasado maravillosamente -decía con locuacidad, a los cuatro años, inclinándose en una reverencia de despedida al salir de una fiesta infantil. Volvía a su casa con su vestido almidonado tan impecable como cuando se lo puso. Cuidaba muchísimo su pelo y sus uñas. Nunca estaba sucia, y cuando veía a otros niños corriendo y jugando, haciendo flanes de barro, cayéndose y pelándose las rodillas, pensaba que eran completamente idiotas. Thea era hija única. Otras madres más ajetreadas, con dos o tres vástagos que cuidar, alababan la obediencia y la limpieza de Thea, y eso le encantaba. Thea se complacía también con las alabanzas de su propia madre. Ella y su madre se adoraban.

Entre los contemporáneos de Thea, las pandillas empezaban a los ocho, nueve o diez años, si se puede usar la palabra pandilla para el grupo informal que recorría la urbanización en patines o bicicleta. Era una típica urbanización de clase media. Pero si un niño no participaba en las partidas de «póquer loco» que tenían lugar en el garaje de algunos de los padres, o en las correrías sin destino por las calles residenciales, ese niño no contaba. Thea no contaba, por lo que respecta a la pandilla.

-No me importa nada, porque no quiero ser uno de ellos -les dijo a sus padres.

-Thea hace trampas en los juegos. Por eso no queremos que venga con nosotros -dijo un niño de diez años en una de las clases de Historia del padre de Thea.

El padre de Thea, Ted, enseñaba en una escuela de la zona. Hacía mucho tiempo que sospechaba la verdad, pero había mantenido la boca cerrada, confiando en que la cosa mejorara. Thea era un misterio para él. ¿Cómo era posible que él, un hombre tan normal y laborioso, hubiese engendrado una mujer hecha y derecha?

-Las niñas nacen mujeres -dijo Margot, la madre de Thea-. Los niños no nacen hombres. Tienen que aprender a serlo. Pero las niñas ya tienen un carácter de mujer.

-Pero eso no es tener carácter -dijo Ted-. Eso es ser intrigante. El carácter se forma con el tiempo. Como un árbol.

Margot sonrió, tolerante, y Ted tuvo la impresión de que hablaba como un hombre de la edad de piedra, mientras que su mujer y su hija vivían en la era supersónica.

Al parecer, el principal objetivo en la vida de Thea era hacer desgraciados a sus contemporáneos. Había contado una mentira sobre otra niña, en relación con un niño, y la chiquilla había llorado y casi tuvo una depresión nerviosa. Ted no podía recordar los detalles, aunque sí había comprendido la historia cuando la oyó por primera vez, resumida por Margot. Thea había logrado echarle toda la culpa a la otra niña. Maquiavelo no lo hubiera hecho mejor.

-Lo que pasa es que ella no es una sinvergüenza -dijo Margot-. Además, puede jugar con Craig, así que no está sola.

Craig tenía diez años y vivía tres casas más allá. Pero Ted no se dio cuenta al principio de que Craig estaba aislado, y por la misma razón. Una tarde, Ted observó cómo uno de los chicos de la urbanización hacía un gesto grosero, en ominoso silencio, al cruzarse con Craig por la acera.

-¡Gusano! -respondió Craig inmediatamente.

Luego echó a correr, por si el chico lo perseguía, pero el otro se limitó a volverse y decir:

-¡Eres un mierda, igual que Thea!

No era la primera vez que Ted oía tales palabras en boca de los chicos, pero tampoco las oía con frecuencia y quedó impresionado.

-Pero, ¿qué hacen solos, Thea y Craig? -le preguntó a su mujer.

-Oh, dan paseos. No sé -dijo Margot-. Supongo que Craig está enamorado de ella.

Ted ya lo había pensado. Thea poseía una belleza de cromo que le garantizaría el éxito entre los muchachos cuando llegara a la adolescencia y, naturalmente, estaba empezando antes de tiempo. Ted no tenía ningún temor de que hiciera nada indecente, porque pertenecía al tipo de las provocativas y básicamente puritanas.

A lo que se dedicaban Thea y Craig por entonces era a observar la excavación de un refugio subterráneo con túnel y dos chimeneas en un solar a una milla de distancia aproximadamente. Thea y Craig iban allí en bicicleta, se ocultaban detrás de unos arbustos cercanos y espiaban riéndose por lo bajo. Más o menos una docena de los miembros de la pandilla estaban trabajando como peones, sacando cubos de tierra, recogiendo leña y preparando papas asadas con sal y mantequilla, punto culminante de todo esfuerzo, alrededor de las seis de la tarde. Thea y Craig tenían la intención de esperar hasta que la excavación y la decoración estuvieran terminadas y luego se proponían destruirlo todo.

Mientras tanto a Thea y a Craig se les ocurrió lo que ellos llamaban «un nuevo juego de pelota», que era su clave para decir una mala pasada. Enviaron una nota mecanografiada a la mayor bocazas de la escuela, Verónica, diciendo que una niña llamada Jennifer iba a dar una fiesta sorpresa por su cumpleaños en determinada fecha, y por favor, díselo a todo el mundo, pero no se lo digas a Jennifer. Supuestamente la carta era de la madre de Jennifer. Entonces Thea y Craig se escondieron detrás de los setos y observaron a sus compañeros del colegio presentándose en casa de Jennifer, algunos vestidos con sus mejores galas, casi todos llevando regalos, mientras Jennifer se sentía cada vez más violenta, de pie en la puerta de su casa, diciendo que ella no sabía nada de la fiesta. Como la familia de Jennifer tenía dinero, todos los chicos habían pensado pasar una tarde estupenda.

Cuando el túnel, la cueva, las chimeneas y las hornacinas para las velas estuvieron acabadas, Thea y Craig fingieron tener dolor de tripas un día, en sus respectivas casas, y no fueron al colegio. Por previo acuerdo se escaparon y se reunieron a las once de la mañana en sus bicicletas. Fueron al refugio y se pusieron a saltar al unísono sobre el techo del túnel hasta que se hundió. Entonces rompieron las chimeneas y esparcieron la leña tan cuidadosamente recogida. Incluso encontraron la reserva de papas y sal y la tiraron en el bosque. Luego regresaron a casa en sus bicicletas.

Dos días más tarde, un jueves que era día de clases, Craig fue encontrado a las cinco de la tarde detrás de unos olmos en el jardín de los Knobel, muerto a puñaladas que le atravesaban la garganta y el corazón. También tenía feas heridas en la cabeza, como si lo hubiesen golpeado repetidamente con piedras ásperas. Las medidas de las puñaladas demostraron que se habían utilizado por lo menos siete cuchillos diferentes.

Ted se quedó profundamente impresionado. Para entonces ya se había enterado de lo del túnel y las chimeneas destruidas. Todo el mundo sabía que Thea y Craig habían faltado al colegio el martes en que había sido destrozado el túnel. Todo el mundo sabía que Thea y Craig estaban constantemente juntos. Ted temía por la vida de su hija. La policía no pudo acusar de la muerte de Craig a ninguno de los miembros de la pandilla, y tampoco podían juzgar por asesinato u homicidio a todo un grupo. La investigación se cerró con una advertencia a todos los padres de los niños del colegio.

-Sólo porque Craig y yo faltáramos al colegio ese mismo día no quiere decir que fuésemos juntos a romper ese estúpido túnel -le dijo Thea a una amiga de su madre, que era madre de uno de los miembros de la pandilla. Thea mentía como un consumado bribón. A un adulto le resultaba difícil desmentirla.

Así que para Thea la edad de las pandillas -a su modo- terminó con la muerte de Craig. Luego vinieron los novios y el coqueteo, oportunidades de traiciones y de intrigas, y un constante río, siempre cambiante, de jóvenes entre dieciséis y veinte años, algunos de los cuales no le duraron más de cinco días.

Dejemos a Thea a los quince años, sentada frente a un espejo, acicalándose. Se siente especialmente feliz esta noche porque su más próxima rival, una chica llamada Elizabeth, acaba de tener un accidente de coche y se ha roto la nariz y la mandíbula y sufre lesiones en un ojo, por lo que ya no volverá a ser la misma. Se acerca el verano, con todos esos bailes en las terrazas y fiestas en las piscinas. Incluso corre el rumor de que Elizabeth tendrá que ponerse la dentadura inferior postiza, de tantos dientes como se rompió, pero la lesión del ojo debe ser lo más visible. En cambio Thea escapará a todas las catástrofes. Hay una divinidad que protege a las perfectas señoritas como Thea.