sábado, 3 de mayo de 2014

HELENA


El autor de hoy nos visita desde Mexico. Su nombre es Jorge Daniel Ferrera y nos regala este sordido relato llamado HELENA. Jorge Ferrera no solo se ha destacado en Mexico por escribir relatos, si no que cuenta a su haber con varios ensayos publicados en varias revistas mexicanas. Creemos firmemente que sera de vuestro gusto.






            Me gustaba Helena porque parecía una muñeca. Sus ojos, su mandíbula, sus hombros delgados, todo en ella estaba dispuesto como en una cuidadosa manufactura. Pero la verdad, yo adoraba su vagina, su vagina estrecha e irritante y su boca de acrílico que me lloraba suplicando “Libérame Álvaro, libérame Álvaro y arráncame este gusano que roe mi cabeza, yo siento cómo muerde aquí en mi cabeza.” Entonces yo la tomaba del pecho y me masturbaba con ella hasta que amaneciera, hasta que lentamente perdiera el brillo en los ojos y se le gastara la vida. Eventualmente, como suele ocurrir en estos casos, al cabo de los días tuvimos tres hermosos hijos. Ellos me recordaban mucho a su madre, tenían esa mirada intensa que hacían olvidar su enfermedad degenerativa, que hacían de sus noches de insomnio y dolores de cabeza, un infierno menos insoportable y angustioso. Sin embargo, una mañana al regresar del trabajo, encontré a Helena en su camastro bronceándose. 


-¿Y los niños?- le pregunté preocupado del silencio inusual que hacía en el interior de la casa.
-Están en la escuela-me respondió con una sonrisa que me pareció cariñosa. 
-Helena-le tomé con fuerza de la mano- Eso no es posible, hoy es domingo. 

De golpe, comencé a buscarlos, sin saber por qué me dirigí a la piscina, una alarmante corazonada me decía que allí estaban. Y en efecto, sus cuerpos flotaban inertes en medio de las hojas amarillas, con sus cabellos largos cubriéndoles sus preciosas caras. Desde luego, me abalancé llorando, incrédulo de lo que veía, gritándole a Dios que no fuera verdad, que me los devolviera. 

Aún no sé con qué fuerzas salí de la piscina. Suavemente fui acomodando a los niños uno por uno en el suelo. Una rabia tremenda me embargaba. Helena se acercó y me abrazó amorosamente del cuello. Sus ojos tenían esa expresión de infinita ternura. Por qué lloras me dijo, ¿No se ven preciosos? Pongámoslos en la mesa y vistámoslos de muñecas, se verán aún más hermosos. Entonces yo la tomé de la cintura y sin que se diera cuenta saqué el arma y le disparé en el vientre. Ella me miró a los ojos asombrada, como agradecida que la había asesinado, que por fin podría enterrarse en las vitrinas pobladas de recuerdos, observando tal vez mis andanzas de gusano, escuchando a ratos mis vehementes respiraciones de corazón de pila.

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