sábado, 17 de mayo de 2014

EL CUERPO


Este Sabado volvemos a publicar un relato de este joven mexicano llamado Daniel Ferrera. Estudiante de la universidad autonoma de yucatan, destaca tambien por su faceta de ensayista y por ser colaborador permanente de la revista delatripa. 









  

              El joven reconoció que había muerto cuando notó la indiferencia de la gente. Era demasiado astuto como para ignorar que era invisible ante los demás. Durante su infancia había leído muchísimo sobre el Doppelganger, la idea de que en algún punto- y en algún tiempo- existía un ser idéntico a él. Pero ahora no le obsesionaban esos detalles, quería regocijarse del encuentro, de la revelación, quería, en suma, extasiarse del abominable espectáculo de su muerte. Por tal motivo, observó con paciencia la llegada del oficial y de los paramédicos, seguido de los peritos y carropatrullas. Afuera, ya una muchedumbre esperaba ansiosa la visión de su cadáver. 



El oficial entró a la casa y miró detenidamente el cuerpo. Debajo de una mesa pudo ver una botella de vino y un cuaderno de notas. 



-Señora -pronunció amablemente el oficial- ¿El chico vivía sólo o con alguien? – 

-No… no -alcanzó a espetar la que parecía ser su madre- El niño vivía sólo conmigo.-



El oficial se detuvo unos instantes, asintió con la cabeza y torció ligeramente la boca, luego, la miró contemplativo. Algo no encajaba en el rompecabezas, la casa aparentaba ser muy agradable como para vivir con preocupaciones: los muebles estaban limpios, los frascos y libros ordenados, las copas y vajillas permanecían impecables. El oficial frunció el ceño, se limpió la nariz y volvió a interrogar.



-¿No sabe-masculló con aspereza-si el joven tenía problemas, no advirtió algo… inusual en los recientes días?-



-Pues… mi hijo era un muchachito perfectamente normal, casi no salía de la casa, no se metía con nadie, le encantaba quedarse a escribir. Sí, eso hacía. Se pasaba las noches escribiendo.



El oficial tomó apunte y se apretó los labios. Después, buscó en su bolsillo.



-¿Dice usted que se pasaba las noches escribiendo? ¿Y no sabe qué es lo que escribía?-



-¡Cuentos!-respondió la señora-¡Escribía esos malditos cuentos!-



De golpe, el oficial recordó el cuaderno. Sabía que allí encontraría la clave de su muerte. Se dirigió de prisa a la mesa, apartó la botella de vino y levantó el cuaderno de notas. Tras revisar las primeras hojas, leyó el título de un cuento. Era la extraña historia de un joven que había recibido la visita de un ser idéntico a él. Luego de reconocerse mutuamente, los dos comprendían que no era admisible que compartieran el mismo tiempo y el mismo espacio. Si el universo había conspirado para semejante burla, entonces era la obligación de uno de los dos dejar de existir. Acordaron fingir la muerte del otro: colgaron a uno de la punta de un madero.



El oficial cerró el cuaderno de notas, miró a la señora distraído y luego de unos segundos mintió. Dijo:”Aquí sólo hay historias señora, meras fantasías de escritores.”





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