martes, 27 de mayo de 2014

ENTREVISTA A DIEGO ZUNIGA

Hoy Martes recordamos una entrevista realizada por la revista replica al joven escritor diego Zuniga, autor, entre otros, de novelas como Camanchaca y de cuentos como moonwatch.










               Alguna vez hice entrevistas y también me las hicieron. Pero las cosas cambiaron. Recuerdo que estaba terminando una clase de guión en la Facultad de Comunicaciones de la UC, ordenando mis cosas para irme, cuando irrumpió en la sala una joven estudiante muy guapa, con una grabadora digital en las manos, y me preguntó si yo era Luis López-Aliaga. Saqué pecho, engolé un poco la voz y respondí que sí, en qué podía ayudarla. La chica me miró muy tierna e inocente y me dijo: “es que estoy haciendo un perfil de Diego Zúñiga y me dijeron que usted lo conocía”. Ahí fue que me di cuenta de que las cosas habían cambiado. El “usted”, claro, fue lo más doloroso.



Ahora me pidieron que entrevistara a escritores y él es el escritor a quien tengo más cerca. Diego Zúñiga, 26 años, autor del fenómeno llamado Camanchaca, novela traducida, reeditada, comentada con entusiasmo en muchas partes del mundo. Ahora, por ejemplo, aparecerá su edición francesa en Christian Bourgois Editeur, traducida por el mismo traductor de Bolaño. Y luego, en abril de 2014, la esperada novela nueva: Racimo, reciente Premio Consejo Nacional del Libro y la Lectura. Lo tengo más cerca, aunque estamos lejos. Él en Santiago y yo en Buenos Aires, así es que la entrevista se realiza por chat. Una conversación como muchas de las que hemos tenido, pero que ahora se hace pública.







LLA: Eres periodista. Trabajas en cultura de Qué pasa ¿Cómo escritor, qué tan importante te parece “estar al día” en literatura, la actualidad literaria, digamos?



DZ: Si no eres periodista, si no trabajas en una sección de cultura, me parece que no tiene ninguna relevancia. Ninguna. Sin embargo, sí me parece importante que uno nunca deje de ser curioso. El escritor que pierde la curiosidad está muerto. Y la curiosidad tiene que ver con estar despierto frente a cosas que suceden, a libros que aparecen, a libros que se reeditan. Tiene que ver con leer a los contemporáneos. Ahí hay riesgo como lector. Si vamos a pasar toda la vida leyendo y releyendo a Henry James, no sé, no me parece bien.



LLA: Saber lo que están haciendo otros al mismo tiempo que tú.



DZ: Exacto. Piensa en Lihn, por ejemplo. O en Bolaño. O en Fogwill. Yo he descubierto muchas lecturas gracias a esos tres. Porque eran escritores que se arriesgaban, que buscaban en los libros que estaban saliendo o en los libros olvidados, algo que los sorprendiera, siempre.



LLA: Pero hay también algo medio espurio en eso de nombrar autores para imponerlos e imponerse. Y entonces el tipo X nombra al tipo Z y salimos todos a comprar sus libros.



DZ: A mí me pasa lo siguiente: hay lectores en los que confío. Escritores-lectores a los que uno va conociendo. Yo le debo a Bolaño lecturas como Wilcock o Di Benedetto. O Rey Rosa, por ejemplo..



LLA: Estoy leyendo a María Moreno, un texto que se llama “Pronunciarás mi nombre en vano” y habla de eso, de cómo hay formas y formas de nombrar. Se ríe un poco de Bolaño y lo que llama su “alquimia nombradora”.



DZ: Uno confía en Bolaño porque lo lees en sus ensayos, en sus columnas, y ves algo ahí, una estética, una sensibilidad que a mí me parece valiosa. Por ejemplo, es difícil leer el texto que le dedicó a Castellanos Moya y no sentir entusiasmo.



LLA: Pero volviendo al periodismo como escuela ¿De qué manera crees que determina tu forma de acercarte a las historias que cuentas?



DZ: No estoy seguro, pero creo que el periodismo te ayuda a salirte un poco de ti mismo. Te ayuda a conocer otros mundos, otras historias, a conversar con otras personas. Supongo que eso después puede traducirse a la literatura.



LLA: ¿Y en el vinculo con lo que llaman “la realidad”? El periodismo trabaja con eso diría que exclusivamente, ¿o no?



DZ: Yo creo en la ficción. Sé que puede sonar un poco ingenuo y evidente, pero creo absolutamente en la ficción y en el género de la novela. Creo que la ficción llega a lugares que el periodismo no va a poder llegar nunca. Digo ficción y estoy tentado de decir Literatura, pero también considero que lo que hacen periodistas como Leila Guerriero, Cristóbal Peña, Martín Caparrós es literatura, y ellos hacen no ficción, entonces todo se enreda un poco. A mí me interesa la realidad, pero claro, eso suena como algo conservador. ¿Por qué suena tan parecido “escritor realista” con “escritor de derecha”?



LLA: El realismo ha agarrado una mala fama increíble últimamente, lo que supone que nadie se hace cargo de lo que opinaba Levrero del realismo. Él se definía, tajante, como un escritor realista.



DZ: Claro. Y si hay una literatura que no es conservadora, es la de Levrero. Es un poco contradictorio el asunto.



LLA: Bueno, Camanchaca es una novela realista. ¿Recuerdas las circunstancias, el impulso o la necesidad que te llevó a escribirla ?



DZ: Yo recuerdo que me obsesioné con escribir una novela sobre un padre y un hijo. Quería -necesitaba- escribir eso. Y llegó la primera imagen, la enumeración…



LLA: De los autos del viejo.



DZ: Claro. Pero la verdad es que tengo poca claridad de esos días. De hecho, por ejemplo, creo que no le comenté nunca a nadie esta idea. Yo había escrito otra novela -”Malasia”, que era muy mala- y me había quedado con eso. Pero la historia de Camanchaca surgió de pronto, sin mucho pensarlo, algo más intuitivo. Me gustaría tener claridad del momento, pero no sé….



LLA: Tiene que ver con tu historia, ¿no?



DZ: Claro. Va a sonar un poco cursi, pero es algo que estaba ahí, adentro.



LLA: Eso. Y necesitaba salir. Suena cursi, pero parece verdad. ¿Y cómo apareció lo fragmentario enCamanchaca?



DZ: No lo tengo muy claro. A veces creo que es una herencia del cuento norteamericano. Si miras los cuentos de Cheever o de Lorrie Morre o de Yates, por ejemplo, son historias largas en las que se usa mucho el fragmento. El asunto es que yo sentí que ése recurso había que extremarlo porque el personaje -la voz del personaje, que me parece que es lo más importante de la novela- lo exigía. Ese personaje tenía problemas para expresarse, para hablar, para decir. Entonces lo fragmentario respondía a eso, creo. Pero en la práctica escribí el primer fragmento, puse punto aparte y comencé otro y así fue armándose. Y me di cuenta de que funcionaba. Y seguí y seguí.



LLA: ¿Cómo has tomado todo lo ocurrido con Camanchaca? Porque doy por descartado que lo esperaras.



DZ: Es raro lo que ha pasado. Es cierto, no lo esperaba. Lo que pasa es que publiqué la novela sin pensar mucho en nada, la verdad. Era un primer libro. Era un momento en el que las editoriales independientes recién empezaban a tener más relevancia. Y nada, no esperaba que el libro tuviera tanta vida, tantas vidas.



LLA: ¿En qué momento dijiste, si lo dijiste, guau, parece que pasa algo heavy?



DZ: Mira. Son dos o tres cosas. Primero, que varios amigos cercanos, a los que admiro y respeto mucho como lectores, me escribieron y me felicitaron y me comentaron el libro. No me dijeron sólo que les había gustado, sino que dieron motivos y también encontraron reparos, lo que me pareció que hablaba de un comentario sincero, más allá de la amistad. Lo otro fue que recibí un mail de una escritora -de la que no daré su nombre por pudor- a quien no conocía -pero que admiraba y admiro muchísimo-, en el que me escribía muy generosamente sobre la novela. Y ahí sentí que ya el libro se me había ido de las manos, en el fondo. Quiero decir, ella no era mi amiga ni mi cercano, no es chilena, le regalaron la novela, le gustó y muy decidida me escribió. Y eso fue raro y fue bonito, la verdad.



LLA: Creo que sería bueno saber quién es esa escritora, si no puedo suponer que es J.K Rowling.



DZ: No vende tantos libros como Rowling, pero sin duda es más talentosa. Pero no, me da pudor. Lo que quiero decirte, en el fondo, es que ese gesto me descolocó, y luego se repitió con otras personas muy generosas que se han topado con el libro y que lo recomiendan. Si por algo se ha difundido la novela es por el boca a boca.



LLA: ¿Y de parte de tus compañeros de generación? Digo ¿existe esa generación para empezar?



DZ: No, no sé si existe esa generación. No pienso en eso. Imagino que cuando hablan de “generación”, se trata de autores que nacieron en los 80, ese detalle nos une y algunas lecturas, todos publicamos entre 2009 y 2011, y no sé qué más. Entre ellos Camanchaca tuvo una buena recepción. Y supongo que tampoco imaginaron que el libro iba a tener la vida que tuvo. Habría que preguntarle a ellos.



LLA: Pero usemos la fórmula Bolaño, la “alquimia nombradora”, digamos, y nombra dos o tres de ellos que consideres imprescindibles.



DZ: Voy a nombrar a dos que me parece que no han tenido toda la atención que se merecen. Dos autores y dos libros: Alameda tras las rejas, de Rodrigo Olavarría y Leyendo a Vila-Matas, de Gonzalo Maier. Son dos libros que disfruté mucho su lectura. También está Víctor López, que aunque no es narrador, sus libros de poesía -que son muy narrativos por momentos- me parecen imprescindibles.



LLA: La mayoría de esos narradores que nacieron en los ochenta partieron publicando un libro de cuentos. Pienso en Pablo Toro, en Simón Soto, en Daniel Hidalgo. Tú partiste de una con una novela ¿Ves en eso alguna diferencia?



DZ: Desde que empecé a escribir, a los 15 años, quise hacer una novela. Siempre. Leía, por sobre todo, novelas, quería escribir una, y creo que miro el mundo desde ese lugar. Descubrí los cuentos después, y me gustan tanto como las novelas, sin duda, y estoy trabajando en un libro de cuentos -que se llamará “Niños héroes”. Pero trabajo muy lentamente, porque le tengo mucho respeto al género. Por eso admiro a varios de los jóvenes que han sacado libros de cuentos que son realmente buenos.



LLA: ¿Eres básicamente un novelista entonces?



DZ: Un novelista. Me gusta esa idea, pero en realidad tampoco pienso tanto en los géneros. Vamos a probar con el cuento y algún día me gustaría probar con el ensayo, y algún día mezclarlo todo. Con la poesía no, eso sí. Ahí el respeto es sacro.



LLA: Por otro lado, la mayoría de tus compañeros de generación tiene particular interés en las series de tv y eso. Y, hasta donde yo sé, tú no. ¿Marca eso alguna diferencia?



DZ: No sé si marca alguna diferencia. O sí: ellos están disfrutando de una fiesta a la que llegué tarde, y cuesta divertirse en un lugar así. Me gusta el cine, eso sí, que algo tiene que ver con esa fiesta, claro.



LLA: Recuerdo que cuando publiqué Cuestión de astronomía, todos los comentarios, más o menos positivos, terminaban con una sentencia del tipo: pero vamos a ver que nos ofrece el autor en el futuro… Básicamente, una amenaza. Una expectativa que nunca cumplí, por supuesto. ¿Cómo te sientes para lo que viene? ¿Cómo te manejas con esas expectativas que se despertaron con Camanchaca?



DZ: Es una situación rara, porque antes de Camanchaca yo venía escribiendo otra novela. Una novela en la que ficcionalizaba el caso del psicópata de Alto Hospicio. La empecé a trabajar en 2008. Y entonces, de pronto, apareció Camanchaca, y esa otra novela quedó ahí, detenida. Una vez que publiqué Camanchaca volví a trabajar la novela, y he estado en eso todo este tiempo. Eso determina todo, creo. Si no hubiera estado trabajando en esa novela, quizá todo sería distinto, más difícil, porque no he pensado mucho en esas expectativas. A veces algún amigo o alguna persona te pregunta cuándo vas a sacar un libro nuevo. A veces se siente esa presión, pero la verdad es que disfruté mucho el proceso de escritura: estar encerrado, escribiendo y escribiendo. Ahí, en ese momento, creo que sólo importa el texto, la historia, los personajes, las palabras. Las expectativas seguramente me harán ruido cuando se acerque la fecha de lanzamiento. La ansiedad.



LLA: Esa novela es Racimo.



DZ: Claro. Es el título tentativo de la novela. A veces creo que debe llamarse así, a veces no.



LLA: Está el caso de las niñas de Alto Hospicio, o sea, “basada en hechos reales”.



DZ: Pero no es una novela que sea sólo esa crónica. Me interesaban otras cosas. Me interesaba la intimidad de los personajes y, en especial, la intimidad del protagonista, que es un hombre que tiene una pérdida y que se escapa, buscando otra vida, aunque finalmente siempre la pérdida esté ahí.



LLA: Él es fotógrafo ¿Alguna razón en especial para que sea fotógrafo?



DZ: Me gustan los implementos, los detalles que te permiten explorar las estructuras narrativas. Me gusta la idea de que él ande con su cámara tratando de dejar registro de la realidad. Así como en Camanchaca estaba la radio, las grabaciones, aquí están las fotografías.



LLA: Y otra vez el norte, el desierto, esa niebla que lo vuelve todo difuso.



DZ: Otra vez ese escenario, aunque todo sea completamente distinto.



LLA: No tanto, creo yo. Hay algo fuerte que comparten, esa sensación de desamparo, de inocencia acechada. Antes el adolescente, el narrador, ahora estas niñas que desaparecen y que nadie hace nada realmente por encontrarlas. El abuso como tema vuelve las dos novelas profundamente políticas, contingentes incluso ¿Lo ves así?



DZ: No había pensado en esa relación entre las dos, pero sí, tienes razón. Está el abuso ahí, pero claro, no desde un lugar político tan explícito. En el caso de “Racimo” es más evidente, porque la desaparición de esas niñas fue un tema político, una negligencia de la que nadie se hizo cargo. En el caso de Camanchaca el tema es algo más íntimo-familiar, pero sí, también está ahí. Una de las cosas que no esperaba con la novela es el hecho de ver cómo se lee desde afuera, y eso fue algo que también me sorprendió mucho. En la traducción italiana se recalcó mucho que era una novela de postdictadura, y me parece una lectura posible e interesante, claro. Las lecturas que llegaron de Argentina también. Pero claro, aquí nadie hizo referencia a eso, se habló de una novela intimista, etc. A mí me interesan los relatos políticos que no trabajan desde el panfleto. Me interesa, por ejemplo, lo que ha hecho Felix Bruzzone y Mariana Enríquez con el tema de la dictadura y los desaparecidos allá en Argentina. Creo que ellos abrieron caminos para abordar temas tan delicados y manoseados, sin caer en lugares comunes. Me gustaría hacer algo parecido a lo que han hecho ellos en ese sentido. Hombres maravillosos y vulnerables, de Pablo Toro también va por ahí.



LLA: Ya, pero lo de Toro es completamente distinto.



DZ: No lo veo tan así. Uno de los mejores cuentos de “Hombres…” es “El proceso”, y ahí el tema político está debajo, o atrás, pero lo configura todo. Claro, no es “Vendaval”, que es más evidente, pero en “El proceso” me gusta eso: que los años noventa, que la transición, que Pinochet están como un ruido de fondo que determinan todo, creo yo.



LLA: Hay en ese cuento una escena de la niña prostituyéndose, la hija del narrador si no me equivoco. Esa es la imagen misma del abuso. Ahí quizás hay un parentesco con tus novelas. El abuso del que tiene el poder, del grande contra el desvalido.




DZ: Creo que es difícil no escribir contra el poder. Digo, en este momento en particular, en Chile. O quizás siempre.








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