sábado, 10 de mayo de 2014

GIGES Y CANDAULES

Rodrigo Niebla es un mexicano estudiante de biologia de la universidad autonoma de Mexico. Hoy Sabado nos presenta un relato llamado GIGES Y CAUDALES. Creemos que demuestra gran talento y vale la pena leerlo. 














“No siempre las cosas son lo que parecen…” -Gayo Julio Fedro.



             En la mañana del día previo a su muerte, el último de los heráclidas terminaba de uncir su cuerpo con exquisitos aceites. En el horizonte, el ancho y basto mar se agitaba en calma bajo un despejado cielo. Y una suave y cálida briza entraba a través de las ventanas del tálamo real cuando tocaron la puerta. Candaules, rey de toda Ligia, preguntó: “¿Quién llama?”. Soy Giges, señor –respondió la voz detrás de la puerta-, he venido como me lo ordenó. El rey abrió inmediatamente. Entra –dijo-. Al ingresar Giges a la habitación, el rey cerró inmediatamente la puerta tras de sí. Escúchame con atención Giges –dijo Candaules- sé de buena fuente que esta noche ingresarán a mi habitación para matarme. Espera y escóndete aquí toda la noche para protegerme; y si todo va bien, márchate en cuanto el sol salga. Sólo en ti podría confiar mi vida. Pero…- Giges no pudo terminar la frase-. No te preocupes por la reina –lo interrumpió el rey-, ella no dormirá esta noche conmigo, ya he hablado con ella. Al caer la noche, Giges todavía permanecía oculto tras las cortinas de la habitación real cuando, de súbito, a través de las suaves telas que lo ocultaban de la vista de cualquier mortal, vio entrar por la puerta la figura desnuda de la reina. Era hermosa. Y lejos de observar su cuerpo con el mismo ímpetu y deseo con que cualquier hombre mira a una mujer desnuda, Giges contempló la silueta de la reina como se contempla una obra de arte, en silencio, entregando todos los sentidos a lo que, como creación divina, se muestra ante los ojos. Y así, Giges vio a la reina irse a la cama y caer rendida en los brazos del rey.

A la mañana siguiente, Giges, completamente desesperado, solicitó audiencia inmediata con el rey. Una vez que los guardias lo condujeron hasta el trono y lo dejaron a solas con Candaules, éste le ganó la palabra antes de que Giges pudiese increparle. No me preguntes por qué lo hice –dijo el rey-, lo sabrás en un momento. Primero quiero hablarte de nuestra historia como amigos. Junto a ti he soportado el embiste de numerosos enemigos; juntos hemos luchado en combates donde más de una vez vimos a la muerte de frente. Pero nunca te has enfrentado a algo parecido como a lo que voy a hablarte: Eso que te deja totalmente expuesto y vulnerable, y al mismo tiempo te hace sentir el hombre más capaz que existe en el mundo. He vivido con eso desde la primera vez que la vi. Me basto verla para saber que junto a ella libraría mis más grandes batallas, y que verla cada mañana al despertar llenaría mis ojos de brillo como nunca jamás podrán hacerlo todas las riquezas del mundo. Basta el amor de una mujer para convertir a un simple hombre en rey. Giges, totalmente embelesado y con la mirada completamente sumida en los labios del rey como intentando leerlos, escuchaba atentamente las palabras de Candaules que continuaba hablando. El problema es que yo soy rey dos veces. Y el hombre, sin importar quién sea, no resiste mucho tiempo la duplicidad, sólo puede ser uno, el resto es ficción. Por eso los dioses son siempre dioses, y los hombres son hombres, porque al final no existe nadie que soporte el peso que implica llevar una doble vida; no hay ningún loco en este mundo que se atreva a morir dos veces. Yo pretendí ser rey de hombres, pero me bastaba ser rey por tener amor. Ahora ya es muy tarde para renunciar a ello. No puedo seguir con ambos; he de despedirme de los dos. El costo de llevar dos vidas es muy caro, es imposible pagarlo en vida porque es muy corta; debo morir porque sólo en la eternidad de la muerte se logra liquidar esta deuda. Pero no puedo morir por mano propia, no soy tan fuerte. No me creo tan libre como para quitarme la vida. Por eso até tu destino al mío la noche de ayer al hacerte ver el cuerpo desnudo de la mujer que más amo sobre esta tierra. Sé que tú no tienes ánimos de morirte, pero ella vio tu silueta en medio de la noche. Lo sé porque vi sus ojos siguiéndote al salir de la recámara; lo sé porque escuché su llanto y me quedé dormido escuchándolo… No hay vuelta atrás, Giges, si rechazas mi petición, esa, la que ya tácitamente comienza a tomar forma en tu mente, vas a morir en manos de los guardias que enviaré a tu casa este misma tarde. Sin embargo, si haces lo que te suplico y quiero que hagas, sólo el aviso de mi muerte llegará a tu puerta el día de mañana. Giges, roto por completo el hechizo que lo mantenía en silencio, tuvo el intento de decir algo, pero el rey tapó su boca con su mano y habló. No digas nada –dijo-. Tan sólo piénsalo. Si aceptas, te espero esta noche en la recámara baja del palacio, si no, no intentes escapar, porque te perseguiré por todo el mundo hasta dar contigo, y cuando te encuentre, te traeré de vuelta; y en el altar, por el honor de mi esposa, te sacrificaré.



Cuando llegó la noche, el rey se encontraba ya en la recámara. El corazón le latía tan rápido y tan fuerte, que pensó despertaría a todos. El tiempo pasaba lento, muy lento, tanto que el rey podía sentir la tierra rotar bajo la planta de sus pies descalzos. Comenzaba a dudar de Giges. En su mente decía: “Tal vez huyó”, “Sí, es casi seguro. Partió en algún barco de mercaderes que zarpó antes de que la noche llegara, y ahora se abre camino en medio del sosegado mar”, “Todo se viene abajo, ya todo mi plan se viene aba…”. Se detuvo entonces, la puerta que se encontraba a sus espaldas se abrió. De entre la oscuridad emergió la silueta de Giges, y cuando la luz de las velas tocó su rostro, le fue imposible contener el llanto. Se dejó vencer, su mano sostenía una daga que cayó al suelo junto él. ¡No puedo matarte! ¡Más que un rey, eres para mí un amigo! –gritó Giges tirado en el suelo-. Su rostro se inclinó, sus manos temblaban. No quiero matarte, antes bien prefiero encontrar aquí la muerte contigo –dijo Giges sollozando-. Ambos callaron. Candaules sabía que eso era imposible, algo dentro de sí ya estaba muerto, algo se había quebrado desde la noche anterior e imposible era ya repararlo. Desde entonces, muerto por dentro, el rey sabía que sólo faltaba morir por fuera, y ésta era la hora, éste era el lugar. Pero Giges –dijo Candaules con una voz que apenas se escuchaba-, ambos sabemos que cuando el carruaje anuncie la llegada de un nuevo día con rayos hirientes que espetan las costas de la tierra, un alma habrá descendido ya a la eterna morada del Hades. Sé lo que, motivado por un deseo propio, he hecho, y conozco lo que sucederá conmigo… Un pétreo silencio inundó la habitación, tan sólo se escuchaban las olas del mar danzando bajo la luna. Candaules dirigió su mirada hacia la ventana, donde la inmensidad de la noche se detenía tras la luz de las velas, y luego de un respiro, continuó. Tú vas a matarme –dijo-. Quiero que sea tu mano y sólo tu mano la que me traiga la muerte. Las manos del rey tomaron el rostro de Giges y sus ojos buscaron sus ojos. Giges –dijo-, te miro a los ojos y no es a ti a quien veo en mi última noche sobre el mundo; detrás de tus pupilas está ella sonriéndome, y ya sus brazos se abren para recibirme esta noche… Calló. El sonido del mar volvía a apoderarse de la cámara. Una ligera sonrisa se dibujó en el rostro del heráclida mientras sus ojos se cerraban. Y así, el rey viajó lejos dentro de sí: Con imágenes de la memoria evocó su vida, y revivió cada uno de sus días con sus respectivas lágrimas y risas. Se preguntó cuándo fue que el destino se le escapó de las manos, cómo se permitió engañarse a sí mismo al querer gobernar a los hombres, cuando lo único que deseaba era dominar su corazón. Por más que buscó, no encontró respuesta para estas preguntas, y la verdad es que ya no tenía respuestas para nada. Apretó sus ojos fuertemente para asegurarse de que al abrirlos despertaría de un sueño, si es que todo esto era un sueño. Cuando abrió los ojos todavía era de noche. Allá, a lo lejos, el tenue sonido del mar se le antojaba infinito. Seguía sosteniendo la cabeza de Giges. Tomó aire, respiró con calma y buscó las palabras. Infinita es mi suerte –dijo-, pocos son los hombres que miran de frente a su asesino. Y el mío me brinda paz en mi hora última, pues nadie podrá decir jamás que cerré los ojos mediante la homicida arma de mis enemigos. Se hablará de mí diciendo que morí por mano amiga, pero no víctima de la traición ni de la envidia, sino como blanco del eterno e insoslayable azote de los hombres, el destino. El rey tomó la mano de Giges que empuñaba la daga y la colocó suavemente en su pecho, donde su corazón latía con calma, como si no sospechase ya la cercanía de su fin. Hazlo –dijo el rey-, estoy listo. Es hora, Giges…Y estas fueron las palabras finales pronunciadas por Candaules, el último de los heráclidas. Después, todo fue silencio, todo se sumió en la más profunda calma, incluso el mar se mantuvo mudo. Al llegar el alba, un cielo color carmesí se dibujada entre nubes que se deslizaban y aves que elevaban el vuelo. En el interior del palacio, el cuerpo sin vida del otrora rey fue recogido, bañado y ataviado por sirvientes. Antes del medio día una pira funeraria, rodeada por gente de todo el reino, se elevaba entre las escarpadas costas de la Ligia. Al final, cuando todos se habían marchado y ya no quedaba nadie, cuando las llamas volvieron por completo cenizas y humo la carne, una suave brisa sopló, elevando el humo entre el viento hasta más allá de los cielos y entregando las cenizas al mar, donde bajo las tiernas caricias de las olas, lentamente se disolvieron.












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