viernes, 23 de mayo de 2014

RAFAEL GUERRERO SENTARSE O NO SENTARSE

Este dia viernes tenemos el agrado de presentar a un nuevo autor espanol. Su nombre es Rafael Guerrero, de Madrid. Hoy nos muestra uno de sus relatos llamado   SENTARSE O NO SENTARSE.














           El señor Manhattan tenía una mentalidad extravagante. Tras su angulada apariencia de huesos infinitos, y la estatura escandinava de un escocés de las tierras altas, el jubilado mantenía ciertos diálogos con personajes ficticios que resultaban inapropiados para un hombre de su edad. 

Pero en lo que respecta a comportamientos raros, su mujer, la señora Paine, no le iba a la zaga en absoluto. Aquella anciana dama, de porte rechoncho y una cordillera montañosa sobre las caderas, poseía, bajo la cara maquillada como el lienzo de un cuadro impresionista lleno de coloridos aderezos cosméticos, un envoltorio 
de piel tan delgada como el papel de fumar, muy a tono con la personalidad sumergida en imposibles viajes hacia la incongruencia que tenía. 

Desde su jubilación, la honorable viejecita había decidido conocer mundo, y en su listado de experiencias se hallaban los 33 museos parisinos recorridos en 18 horas, o las aventuras fluviales en el Rhin, a través de los 120 castillos Nibelungos, con un estudio detallado de torres, almenas, elegantes tapices, y algún que otro sesudo apunte histórico sobre princesas, dragones, y nobles bigotudos germanos al rescate de damas en peligro. Ni que decir de las estimulantes vacaciones que ahora comenzaban en Lisboa. 


—Estoy pensando, Richard, que podríamos establecer una ruta empezando por el 

recorrido de estas amplias avenidas lisboetas. ¿Has visto qué bellos azulejos hay en 

aquellos balcones? Esto va a ser muy emocionante. 

—Sí, querida. 

—¿No estás de acuerdo?, o debo entender que la cara que pones de aburrimiento es 

tan sólo circunstancial. 

—Pensé que tal vez podríamos descansar en alguna terraza. —Lo importante es la plaza de los Restauradores. Deja el whisky para más tarde. 

Treinta y siete avenidas después, donde su mujer trataba de inventar imposibles perspectivas de contemplación sobre aquellas amplias avenidas y sus balcones, el señor Manhattan empezaba a estar cansado de tanta culturización involuntaria, de tanto abatimiento pedestre a través de los muros, cuadros, monumentos, plazas y calles, y de la imposible sucesión de todo tipo de azulejos de cerámica vidriada que los edificios de aquella bonita ciudad se empeñaban en mostrar al acecho entre las elegantes marquesinas. 

Terminado el primer día, el señor Manhattan reflexionó taciturno sobre la siguiente semana de incursiones heroicas hacia el espantoso aburrimiento que su mujer había planificado. Las preocupaciones de la señora Paine eran muchomás funcionales. 

Necesitaba recorrer urgentemente los diecisiete mejores museos de Lisboa si deseaba obtener una visión completa de la cultura nacional, que le habría de mostrar de manera certera, casi perfecta, el secreto del alma portuguesa y su historia, más un listado de personajes insignes de la capital que apuntaría ordenadamente en un cuadernito que siempre guardaba en el bolsillo trasero de los pantalones. 

Al día siguiente, alrededor de las cinco de la tarde, y cuando los rayos del sol acuchillaban sin piedad las aceras del Chiado, la estimulada viejecita decidió localizar un par de tiendas de encaje, de renombre internacional en las modernas reuniones de jubiladas. 

A mano derecha de la plaza de Luis de Camoens, cuando la señora Paine se hallaba a la caza de misterios turísticos ocultos, el señor Manhattan observó una terraza agradable a la sombra de la fachada de un edificio elegante, sin azulejos, donde un par de palabras anunciaban, sobre una marquesina en forma de arco, el nombre exótico del bar A brasileira. Una estatua de bronce, sentada a una de las mesas del extremo izquierdo, representaba a un hombre alto y delgado provisto de un sombrero al estilo portugués. Era una decoración peculiar; vestía, grabado sobre su cuerpo escueto de metal, un pantalón y chaqueta; la blusa adornada con una pajarita. 

Aprovechando que su mujer se distraía enumerando uno por uno los artículos en venta de un escaparate, el señor Manhattan decidió de manera furtiva abalanzarse sobre una silla bajo un toldo acogedor, como acompañante en la mesa de aquella decoración metálica tan singular. 

—¿Pero qué haces? 
—Estoy muy cansado Susan. Me duelen los pies, y creo que me estoy mareando. 
—Si quieres tomar una copa podrías esperar a que vayamos a la tienda y... 
—No. No puedo más. A lo mejor tengo fiebre—comentó el hombre tocándose la frente con los dedos—. No me encuentro demasiado bien, querida.

La mujer se sentó al lado de su marido. 
—Pues yo te veo muy bien. 
—Acércate tú sola a las tiendas que te recomendó Mildred. Así no te molesto. 
—A mí lo que me molesta no es eso. Además, yo no voy a ir a las tiendas porque lo diga Mildred. 
—Estoy cansado. Ya soy una persona mayor. 
—Tenemos la misma edad, Richard 
— Te puedo asegurar, querida mía, que estás en forma. Estás llena de curiosidad por las cosas; concretamente, por todas las cosas. 

—Odio cuando te pones así, Richard. 
—No odies tanto, que no es bueno para la salud. 
—¿Has descansado ya? —dijo la mujer impaciente. 

Pero el señor Manhattan no había descansado ya, y estaba decidido a no moverse de la silla. 

—¿Has visto qué curioso? —dijo, señalando la estatua sentada frente a él. 
—La conozco perfectamente—aseveró su esposa—. Es Pessoa. Nació en 1888 en Portugal, pero siendo muy joven su madre se casó con un diplomático portugués afincado en Sudáfrica. De esta influencia anglosajona... 

—Por Dios, Susan, no me digas que te has aprendido la guía turística. ¿No te marchabas ya? 
La señora Paine no tenía ganas de perder el tiempo escuchando las digresiones incomprensibles de Richard, siempre inútiles en el objetivo de su discurso. 

No, cuando estaba a punto de encontrar la joya de la corona: un conjunto de mantelerías realizadas a bolillo por un artesano de Vila Do Conde, con tienda en una pequeña calle que ya tenía 
localizada con una cruz en el mapa; unas piezas admirables que todas sus amigas del vecindario envidiarían. 

—En un rato te recojo. 

Richard la observó desplazarse a lo largo de las aceras, por donde tranquilamente deambulaba mirando las balconadas, o las preciosas marquesinas que un tal Don Pantuflo había mandado realizar, más diez minutos de análisis minucioso de los jacintos que ocupaban los laterales de un monumento. Todavía tuvo tiempo para acercarse a su esposo de nuevo y comentarle la belleza exultante de la creación floral, más una breve descripción de la fecha en que la construyeron, y terminar apuntando un detalle histórico sobre los amores que mantuvieron allí la princesa Leoncia con un naviero 
Senegalés de muy alta cuna llamado Gugurrián, y bla, bla, bla , etc., etc., etc… 

Y después se fue. Y él se olvidó de ella. Porque necesitaba olvidarlo todo. Ser invisible. 

Deseaba integrarse en la naturaleza urbana de una plaza coqueta, donde, sentado con una copa de oporto en la mano, podría admirar el bullicio de la gente; de aquellos portugueses que le mostrarían, en una sola calle, la musicalidad del idioma en el tránsito de las querencias vecinales de cada individuo; podría oír el bullicio de la calle con lasvoces lisboetas de los paseantes; entretenerse pausadamente con la escena de una mujer sacudiendo las miguitas del mantel desde la ventana, a la par entretenida en una 
conversación espontánea con la vecina que regresaba del mercado con la bolsa de la compra. ¿Para qué tantos museos, monumentos, plazas y jardines? Todos recorridos en un listado que cumplir con un tiempo preciso, escaso, el cerebro ansiando poder retener en un vistazo lo inabarcable. Él sólo debía sentarse allí y admirar las peculiaridades pequeñas, los detalles casi imperceptibles que sucedían próximos a su silla.

 Sólo tenía que dejar de existir, lo que no era un asunto difícil para él, siempre ejerciendo la función de sombra silenciosa desde que se casaron en Beauly-Inverness. 

—Por lo que deduzco parece ser usted americano. 

—Escocés; pero llevo residiendo en Nueva York más de cuarenta y cinco años. 

—¿Y nos conocemos de algo? —Permítame que me presente, mi nombre es Richard Manhattan—saludó el señor 

Manhattan mientras agarraba la fría mano de la estatua de bronce. 

—Mi nombre es Alberto Caeiro, y como podrá comprobar soy una estatua. Poco 

tengo que contarle. No he mantenido una conversación desde que me hicieron. 

—Encantado de hablar con usted. 

—En realidad todavía no hemos conversado de nada. Además creo no conocerle… 

—Mi nombre es Richard Manhattan y … 

—Sí, sí, eso ya me lo dijo usted. Yo también me siento muy encantado. Me llamo 

Alberto Caeiro, y como podrá comprobar soy una estatua. 

—¿Usted es escritor, no? 

—Yo sólo soy una estatua; una estatua en el desierto que hay bajo mi piel. No tengo 

el gusto de conocer a ningún escritor. 

—Pero me consta que usted es Pessoa. Nacido en Lisboa, el 1888, y…y…etcétera, 

etcétera. 

—No tengo el gusto de conocer a ese señor. Aunque ahora que me lo menciona,… sí que parece sonarme de algo. Sería el momento ideal para cruzarme de piernas, agarrarme la barbilla y reflexionar, pero como podrá comprobar usted, no me puedo mover. 

Un camarero con chaquetilla blanca y servilleta en el antebrazo se acercó con la mejor 

de sus sonrisas y cara de pocos amigos. Era un hombrecillo nervioso, moreno y de poca estatura, un bigotillo le temblaba bajo las narices como poseído de vida propia.— Sorry, but you are not allowed to sit here. 

—¿Perdón? —le dijo el señor Manhattan sin entender lo que decía. 

—Le está diciendo que la gente normal no conversa con estatuas de bronce en lugares públicos —le dijo la estatua de bronce. 

—Sorry, but you are not allowed to sit here. —El bigotillo del camarero estaba a punto de pegar un salto sobre la acera. 

El señor Manhattan comprendió inmediatamente, al observar las destrezas acrobáticas 

de los músculos de su cara, que aquel hombre trataba de cambiarle de mesa. Pero él se encontraba allí en la gloria. Por nada del mundo deseaba ningunearse ante la presencia del bigotillo ridículo. 

—No, por favor; yo quería dos oportos ¿Comprende? O-POR-TOS —dijo el señor Manhattan, mientras se giraba para preguntar a su nuevo amigo—:señor Caeiro, 

¿podría invitarle a una copa? 

—Me encantaría, pero últimamente me cuesta bastante digerir los líquidos. 

—No se preocupe. Creo que me beberé los dos a su salud. —El jubilado teatralizó el acto de llevarse un vaso a los labios—. O-POR-TOS; ¿comprende? 

Las canillas del camarero empezaron a temblar al mismo ritmo que el bigote recortado. 

Aquel gesto era una afrenta poco tolerable; un desprecio irónico fuera de lugar. 

Armándose de paciencia le espetó de nuevo el estribillo. 

—Sorry, but you are not allowed to... 

—¡¡¡¡Me quiere usted dar dos oportos, la leche!!!! El camero zigzagueó en retirada hacia el interior del bar. El señor Manhattan tan sólo quería descansar. Tan sólo quería estar sin ser nada definido.

 Acaso no había estado toda la vida cambiando sus opiniones por las de otras personas, convencido, en un engaño cómodo al que se sometía voluntariamente, de la validez de los otros puntos de vista. 

De esa manera había podido ser alguien completamente prescindible en las relaciones que se establecen en sociedad; qué importancia tenía todo eso para un hombre solitario y contemplativo. Todo lo demás, los cuadros, los museos, las bellezas 
históricas atrincheradas entre los recovecos de Lisboa, se podían ir a la mierda. 

Con esta silla era suficiente. Y en compañía de aquella estatua parlante podría estar para siempre, y diluirse entre las hojas de los castaños y el canto de las palomas. 

—Estimado señor Pessoa. Creo que ha llegado el momento de disiparse. 

—Perdón, pero me llamo Alberto Caeiro. 

El atardecer sereno estaba cayendo cuando el señor Manhattan empezó a soltar humillo desde su cuerpo. Al principio la nube que ascendía directamente desde su piel era indefinida y sin forma, como el vapor que suelta el agua hirviendo cuando sube desde la 
cazuela hacia la campana extractora. 

Él se dio cuenta del extraño percance, pero no le preocupó. Es más, estaba en la gloria, y soltar aquella emanación perfumada le empezaba a parecer placentero.

 Más adelante, el vapor que salía desde su interior empezó a condensarse gradualmente en robustas espirales que ascendían como fumarolas volcánicas a punto de estallar. Richard observó complacido por el suceso que el asunto le hacía mucha gracia; por fin podría mezclarse con el aire, y pensar en el lugar de los otros, de cualquiera de los otros, también en el lugar de su agradecida estatua compañera. La gente empezó a arremolinarse a su alrededor espantada. El incendio, o la niebla, o aquella nube rara, envolvían peligrosamente a aquel delgado y elegante señor, hasta que todo su cuerpo desapareció tras un cúmulo grisáceo con olor a pelo chamuscado. 

Los bomberos no tardaron en acudir a la urgencia avisados por un hombrecillo de ridículo bigote y chaleco blanco, que no paraba de pasear muy nervioso de un lado a otro mientras volcaban el agua de sus mangueras sobre la silla metálica.

 Aquel salvamento fue fallido. El señor Manhattan se había gasificado, y en su lugar tan sólo quedaba una mancha oscura y algunas cenizas. 

Cuando la señora Paine regresó a recoger a su marido se encontró a todo el mundo alterado. La honorable viejecita escuchó las explicaciones de la autoridad, pero como no entendía nada, miró su reloj impaciente, recogió las cenizas que le dieron, y se despidió 
con toda la cortesía de la que era capaz, de vuelta a Nueva York para visitar las numerosas funerarias donde sin duda podría comprar una refinada urna, y quién sabe, quizás pudiera estar decorada con bellos azulejos portugueses.

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