jueves, 31 de julio de 2014

FOTOGRAFIAS DE PAZ ERRAZURIZ

Como todos los jueves, le damos un espacio a la fotografia. En esta ocasion la elegida es la chilena paz Errazuriz. Esta mujer, Luego de estudiar educación en el Cambridge Institute of Education, Inglaterra en 1966, y educación en la Universidad Católica de Chile en 1972, empezó su formación como fotógrafa autodidacta, la que luego perfeccionó en el International Center of Photography de Nueva York en 1993. Ademas, fue confundadora de la Asociación de Fotógrafos Independientes (AFI) y colaboradora de la revista Apsi y de diversas agencias de prensa extranjeras, ha recibido las becas Guggenheim (1986), Fundación Andes (1990), Fulbright (1992) y Fondart (1994). Además, recibió el premio Ansel Adams, otorgado por el Instituto Chileno Norteamericano de Cultura en 1995; y el Premio a la Trayectoria Art´sitica del Círculo de críticos de arte de Chile en 2005.

















martes, 29 de julio de 2014

FIORD DE OSVALDO LAMBORGHINI

Hoy Martes queremos recordar a un gran escritor argentino. Osvaldo Lamborghini es su nombre y el relato que hemos elegido es el Fiord. Osvaldo Lamborghini nació en Buenos Aires en 1940. Poco antes de cumplir los treinta años, en 1969, apareció su primer libro, El fiord que había sido escrito unos años antes. Era un delgado librito que se vendió mucho tiempo, mediante el trámite de solicitárselo discretamente al vendedor, en una sola librería de Buenos Aires. Aunque no fue nunca reeditado, recorrió un largo camino y cumplió el cometido de los grandes libros: fundar un mito.









             Y por qué, si a fin de cuentas la criatura resultó tan miserable -en lo que hace al tamaño, entendámonos- ella profería semejantes alaridos, arrancándose los pelos a manotazos y abalanzando ferozmente las nalgas contra el atigrado colchón? Arremetía, descansaba; abría las piernas y la raya vaginal se le dilataba en círculo permitiendo ver la afloración de un huevo bastante puntiagudo, que era la cabeza del chico. Después de cada pujo parecía que la cabeza iba a salir: amenazaba, pero no salía; volvíase en rápido retroceso de fusil, lo cual para la parturienta significaba la renovación centuplicada de todo su dolor. Entonces, El Loco Rodríguez, desnudo, con el látigo que daba pavor arrollado a la cintura -El Loco Rodríguez, padre del engendro remolón, aclaremos-, plantaba sus codos en el vientre de la mujer y hacía fuerza y más fuerza. Sin embargo, Carla Greta Terón no paría. Y era evidente que cada vez que el engendro practicaba su ágil retroceso, laceraba -en fin- la dulce entraña maternal, la dulce tripa que lo contenía, que no lo podía vomitar.

Se producía una nueva laceración en su baúl ventral e instantáneamente Carla Greta Terón dejaba escapar un grito horrible que hacía rechinar los flejes de la cama. El Loco Rodríguez aprovechaba la oportunidad para machacarle la boca con un puño de hierro. Así, reventábale los labios, quebrábale los dientes; éstos, perlados de sangre, yacían en gran número alrededor de la cabecera del lecho. Preso de la ira, al Loco se le combaban los bíceps, y sus ya de por sí enormes testículos agigantábanse aun más. Las venas del cuello, también, se le hinchaban y retorcían: parecían raíces de añosos árboles; un sudor espeso le bañaba las espaldas; las uñas de los pies le sangraban de tanto querer hincarse en las baldosas del piso. Todo su cuerpo magnífico brillaba, empapado. Un brillo de fraude y neón.




Hizo restallar el látigo, El Loco en varias ocasiones; empero, los gritos de Carla Greta Terón no cesaban; peor aún: tornábanse desafiantes, cobraban un no sé qué provocador. La pastosa sangre continuábale manándole de la boca y de la raya vaginal; defecaba, además, sin cesar todo el tiempo. Tratábase -confesémoslo- de una caca demasiado aguachenta, que llegaba, incluso, a amarronarle los cabellos. El Loco, en virtud de ser él quien la había preñado, cumplía la labor humanitaria de desagotar la catrera: manejaba la pala como hábil fogonero y a la mierda la tiraba al fuego.

Vino otro pujo. El Loco le bordó el cuerpo a trallazos (y dale dale dale). Le pegó también latigazos en los ojos como se estila con los caballos malleros. El huevo bastante puntiagudo, entonces, afloró un poco más, estuvo a punto de pasar a la emergencia definitiva y total. Pero no. Retrocedió, ágil, lacerante, antihigiénico. Desesperadamente El Loco se le subió encima a la Carla Greta Terón. Vimos cómo él se sobaba el pito sin disimulo, asumiendo su acto ante los otros. El pito se fue irguiendo con lentitud; su parte inferior se puso tensa, dura, maciza, hasta cobrar la exacta forma del asta de un buey. Y arrasando entró en la sangrante vagina. Carla Greta Terón relinchó una vez más: quizás pretendía desgarrarnos. Empero, ya no tenía escapatoria, ni la más mínima posibilidad de escapatoria: El Loco ya la cojía a su manera, corcoveando encima de ella, clavándole las espuelas y sin perderse la ocasión de estrellarle el cráneo contra el acerado respaldar.

"Pronto, ya, ¡quiero!", musitó Alcira Fafó, a mi lado. Yo me cubrí con las sábanas hasta la cabeza y me fui retirando, reptando, hacia los pies de nuestro camastro. Una vez allí aspiré hondamente el olor de nuestros cuerpos, que nunca lavamos. "Las fuerzas de la naturaleza se han desencadenado", dije, y me zambulií de cabeza en la concheta cascajienta de Alcira Fafó. Sebastián -digámoslo-, mi aliado y compañero, el entrañable Sebas, apareció en escena: "¡Viva el Plan de Lucha!", cacareó, desde su rincón. Yo iba a contestarle, estimulándolo, mas no pude: El Loco Rodríguez, que ya había concluido su faena con la Carla Greta Terón, comenzó a hacerme objeto -y no ojete, como dice Sebasó de una aguda penetración anal, de un rotundo vejamen sexual. Con todo, peor suerte tuvo mi pobre amigo, cuyos ojos agónicos brillaban, intermitentes, en el solitario rincón que le habíamos asignado, rincón donde yacía -todo el tiempo- entre trapos viejos y combativos periódicos que en su oportunidad abogaron por el Terror. (Como nunca le dábamos de comer parecía, el entrañable Sebas, un enfermo de anemia perniciosa, una geografía del hambre, un judío de campo de concentración-si es que alguna vez existieron los campos de concentración-, un miserable y ventrudo infante tucumano, famélico pero barrigón).

Y así, cuando advirtió que la fiestonga se iniciaba, la fiestonga de garchar, se entiende, empezó a arrastrarse con la jeta contraída hacia el camastro donde Alcira y yo nos refocilábamos, con el agregado, a mis espaldas, del abusivo Loco, nuestro Patrón: nunca le dábamos de cojer al entrañable Sebas, casto a la fuerza, recontracalentón, que ahora débilmente se arrastraba hacia el camastro, barriendo con la cara casi las baldosas, deteniéndose numerosas veces para recuperar el aliento vital, y murmurando a cada paso "CGT, CGT, CGT...", como para despistar, o, en una de esas, a modo de oración. Él se apoyaba en sus brazos -menos gruesos que palos de escoba- y con los pies se impulsaba hacia adelante, no sin cierto fervor. O mejor dicho todo fervor. Para siempre lo tengo retratado en mi memoria al extraordinario Sebastián. Juntos militamos en la Guardia Restauradora, años, años atrás.

Y yo lo miraba acercarse a pesar de que los rempujones del Loco no me dejaban mucho tiempo ni muchas ganas para la ecuánime, objetiva observación ¡Dogmático Sebastián! Su mirada era poesía, la revolución. Cada uno de sus movimientos trasuntaba un agradecimiento infinito hacia nosotros, que le íbamos a permitir -él creía- sacudirse la soledad de su carne y de su espíritu así como un perro se sacude el agua de la mar. Y si se lo permitíamos -en esa dirección su privilegiado cerebro empezó a funcionar-¡qué importaba que nunca le diéramos de comer ni de cojer! ¡Qué importaba que su estómago siempre vacío segregara esa baba verde cuya fetidez tornaba irrespirable el aire de nuestro agusanado cuarto! ¡Qué importaba que viviera entre vómitos de sangre, molestando incluso nuestro sueño porque cada una de sus arcadas era una especie de alarido sin fe! ¡Qué importaba qué!

Adelante camarada Sebastián, entrañable amigo, perro inmundo. Casi llegó a tocarnos con sus transparentes manos. Yo estaba preso en la cárcel formada por los brazos del Loco y con la cabeza sumergida en el bajo vientre de mi cajetoidea Alcira. Mi gran amor se desbordaba. Sentí en el centro en el cero de mi ser las vibraciones eyaculatorias del pijón del Loco, mientras el clítoris de Alcira Fafó, enhiesto y rugoso, me hacía sonar la campanilla, a rebato; pero vi, vi sin embargo de reojo cómo el temible, purulento Sebastián, intentaba acariciar las bien plantadas nalgas que sobre las mías galopaban, el culo de nuestro abusivo Dueño y Señor. Entonces, malévolo y dulce a la vez, con el talón le pegué al Loco desesperadas pataditas avisativas en sus fuertes pantorrillas, pataditas objetivamente alcahueteantes, caro Sebastián. Tal como yo lo esperaba (¿y era acaso para menos?) el Patrón reaccionó de inmediato. Después de echarme su guascón en mis adánicos adentros, se irguió y le aplicó un fabuloso patadón en la garganta a mi pobre amigo: de boca abajo que estaba lo puso boca arriba. Todo un espectáculo, el musculoso pie, magníficamente posado en el suelo después del golpe, recortándose nítido contra el cuello del derrotado: yo lo vi con mis propios ojos, y qué lejos aquellos tiempos, Sebastián, cuando un suboficial dado de baja por la libertadora pacientemente nos enseñaba el marxismo.

Y un hilito de baba se le escapó al entrañable Sebas por la comisura -izquierda- de los labios. Sus intermitentes ojos rodaron varias veces en una y otra dirección. Intentó limpiarse la boca con la mano, pero su extrema debilidad hizo que el gesto abortara: a la mitad de camino la mano no resistió más y sobre la panza enorme se le derrumbó. Los cuervos planearon sobre su figura, y yo, adolorido por la reciente penetración, lié con el elástico de las bombachas de Alcira Fafó una bolsa de hielo al área de mi desfloración.

Y también intercedí en un arranque de pietismo para que El Loco espantara a los pajarracos rapiñosos, aunque uno de ellos igual tuvo tiempo para arrancarle el dedo índice derecho al pobre Sebas, de un picotazo y tirón. Y eso era el dolor, todo el dolor, y no todo el dolor. Tenaces gotas de sangre brotaron de la frente de Sebastián. Yo me largué a llorar con desesperación. Como en la infancia: arrodillado en un rincón de la pieza, escondiendo la cara bajo el sobaco y aspirando el chivo olor. Las cucarachas me subían por la parte posterior de los muslos y, salvando el breve obstáculo de la bolsa de hielo, sometían mis lomos a una exhaustiva exploración. Entretanto, El Loco Rodríguez -Hijo de Puta Amo y Señor- espantaba, en efecto, a los cuervos, mas tratándolos como si fueran viejos amigos que se han puesto un poco pesados con el alcohol y los recuerdos del tiempo que se fue (y que fue mejor) cuando no era necesaria la insurrección. Y razón -como a nadie- en parte al Loco no le faltó: la atmósfera repentinamente se sobrecargó: "¡A usted lo conocí en una reunión del COR!".

Valiéndose de una enorme regla T, El Loco abrió el grisáceo ventanal del techo para que los cuervos evacuaran la deformada y deformante habitación. De uno en uno salieron, chorreando lágrimas, invocando los sagrados nombres de los caídos en la lucha, en el fragor. Y hasta con un dedo menos firmó en manifiesto el monolítico Sebas. Y El Loco del Látigo, preñador de Carla Greta Terón, desnudo como estaba salvo el orión, medio tórax afuera sacó para despedir a los oscuramente pájaros, sin rencor. En su envión: "Adiós".

Tuvo un ataque de histeria en medio de un pujo la Carla Greta Terón. Todos a una miramos hacia su lecho de parto porque ella yacente empezó a gritar: "Que se viene. Que ya está. Que se que se. Que ya estuvo. ¡Hip, Ra! ¡Hip, Ra! ¡Hip, Ra!". Explicaba en su media lengua que era inminente -y no inmierdente, como dice Sebas-, que ya paría. Y a pesar de nuestras escépticas conjeturas su cuerpo de golondrina empezó a hincharse. Mientras dilataba ella se estrujaba con las manos, de las sienes hacia abajo, para que la criatura bajara. "¡No vaya a ser que se me atranque entre los parietales!", jodió, y El Loco, ni lerdo. Ni perezoso. Le ató a las piernas una bolsa de arpillera con la boca bien abierta para que el chico de mierda cayera en su interior. Había puesto un poco de aserrín en el fondo, además, por si la cabeza se separaba del tronco. Alcira le midió la dilatación de la concha con un centímetro de modista, y luego se repajeó con una enorme vela, ella. Yo, yo me le fui al humo en seguida, al humo regodeante de Alcira, y eyaculé frotando con unción la cabeza del porongo contra la parte áspera-rajada de su talón. Y todos nos perecíamos por minetear o garchar o franelear o rompernos los culos los unos a los otros: con los porongos. Hasta el exangüe Sebastián intentó un esbozo de sonrisa lúbrica, que era una verdadera elegía a los terremotos carnales, al ejercicio o no de la procreación. Entonces apareció. Tras hacer trizas la carne rosada de la cajeta de su madre Carla Greta Terón. La cabeza raquítica. Con una boquita no mayor que el punto de un lápiz. Pero con los ojos inmensos. Inmensos de espléndidos, de tristes, de grandes: Atilio Tancredo Vacán, su cabeza emergió.

"¡Loado sea!", regurgitó El Loco cayendo de rodillas sobre un montón de turro maíz. Alcira, con los brazos abiertos, recibió un baño de luz ventanal en su cuerpo desnudo, y su vagina sonrió. Sebastián besaba mis pies enfundados en unas sucias medias negras, largas hasta las ingles, -sucias medias negras de sucio seminarista- que, junto con el escapulario, constituían toda mi vestimenta. Y previendo lo que iba a ocurrir me erguí, sin restarle un solo centímetro a mi estatura. Era un deber hacerlo, aunque la humildad taimada que me caracteriza procurara estrangularme con mis propias manos. La baba pegajosa que fluía de mi boca me mojaba el cuerpo. Rasgué, sin embargo, todos los tapices a mi alcance. A traición, claro que a traición. Mutilé las bordadas escenas del bien y del mal, deformé su sentido, mordí algunas con mis dientes mellados. A traición. Salía un juguito dulzón, asqueroso y de rechupete y con sabor dulzón. A traición. Y todos estábamos modificados por la presencia del inmodificante Atilio Tancredo Vacán. Salté en todas las direcciones: ¡una nueva relación! Y ¡en! relación. Hombre con hombre hombre con hombres hombres hombres. Atravesé incluso aros de madera llameantes, y porque El Loco quiso fornicarme al vuelo, se me resbaló -y no relajó, como dice el intraducible Sebas- la bolsa de hielo: y no, a mí no me importó: ¡no eran momentos de andar cuidando el carajo del estilo! Me puse un frac de sirviente y un collar de perro: me los saqué rapidito, ¿no es cierto? ¡Guasca en el ojo! Con los restos de los tapices por mí rasgados me llegué hasta Carla Greta Terón, que ya tenía medio monstruo afuera, y se los di. Di. Y le dije: "¡Tomá, va, Larrecontraputamadrequeterrecontraparió Hijaderremilputas!" ¡Ya! ¡Y no! Me florié luego (y no) en unos pasos canyengues, pero no pude coronar mi baile: entre prematuros estertores, Atilio Taneredo Vaeán, ya definitivamente nacido parido escupido, cayó atroden de la sabol con los brazos y las piernas aplastados contra el cuerpo, al estilo de las momias aztecas. ¡Y no estaba muerto! "Huija", grité, "hurra, hermanos, respira y mueve la cola". Sebastián batió palmas y se arrastró hasta el lavatorio, dejando como siempre limaduras de saliva en el piso; y se prendió a la goteante canilla, lamiéndola, para engañar el estómago. El Loco, que no cabía de gozo en su rayada piel, le hizo un chiste de festejación: corrió tras él, lo tomó de las casi invisibles piernas, y lo metió de cabeza en el inodoro. Y tiró la cadena varias veces como broche de oro. Me reí a más no poder, retorciéndome, a la vez me arrastraba -yo también- hacia nuestro descojonado baño. "¡Uy uy uy, qué bueno!", dije, "hacéselo otra vez; yo te ayudo, Loco". El Patrón me miró con el asco en los ojos, y provisto de súbita jeringa me aplicó una inyección de brillantina sólida: endovenosa. A los tumbos, desesperado, a punto de desmayarme vomitar o cagar hasta las tripas, fui a remodelarme a un rincón, esperando que Sebastián se permitiera algún comentario para arrancarle la piel a dentelladas, convertirlo en una pura llaga. Alcira dijo: "Yo quiero acunarlo a Atilio Taneredo Vacán; a ese chico ya se le para". "Mierda: tomá tomá y tomá: ¡es pa mí nomás!", se opuso la Carla Greta Terón. Alcira Fafó se le abalanzó para degollarla con una navaja, y como se lo impedimos le gritó, a la otra que ya se revolcaba garchando con su hijo: "ojalá que un gato rabioso se te meta en la concha y te arañe arañe arañe, la puta que te parió!"

Estallaron todos los vidrios de la casa, se hicieron añicos. La primer bola de fuego incendió la cabellera de Alcira. Esta vez, en serio, fue necesario recurrir al chiste que se le hiciera a Sebastián, que semiahogado hipaba sobre unos titulares revolucionarios. La segunda bola de fuego calcinó la mano izquierda de Carla Greta Terón. Entonces apareció mi mujer. Con nuestra hija entre los brazos, recubierta por ese aire tan suyo de engañosa juventud, emergía, lumínica y casi pura, contra el fondo del fiord.

Los buques navegaban lentamente, mugiendo, desde el río hacia el mar. La niebla esfumaba las siluetas de los estibadores; pero hasta nosotros llegaba, desde el pequeño puerto, el bordoneo de innumerables guitarras, el fino cantar de las rubias lavanderas. Una galería de retratos de poetas ingleses de fines del siglo XVIII brilló, intensamente, durante un segundo, en la oscuridad. Pero no se acabó lo que se daba. Continuó bajo otras formas, encadenándose eslabón por eslabón. No perdonando ningún vacío, convirtiendo cada eventual vacío en el punto nodal de todas las fuerzas contrarias en tensión. Por algo los vidrios se habían roto y eran bolas de fuego los ojos del lúcido, del crítico Sebastián. Tampoco era casual que mis manos rompieran el invisible aire de su contorno y, algo lastimadas, se extendieran hacia la figura de mi mujer, aunque luego se detuvieran a mitad de camino, crispadas, convertidas en dos puños increpantes, incapaces incluso de la salutación. Ella me mostró sus tobillos: dos muñones sangrantes. Ella transportaba en la mano derecha sus pies aserrados. Y me los ofrendaba a mí, a mí, que sólo me atrevía a mirarlos de reojo. Que no podía aceptarlos ni escupir sobre ellos. Que ahora miraba nuevamente hacia el fiord y veía, allá, sobre las tranquilas aguas, tranquilas y oscuras, estallar pequeños soles crepusculares entre nubes de gases, unos tras otros. Y hoces, además, desligadas eterna o momentáneamente de sus respectivos martillos, y fragmentos de burdas svásticas de alquitrán: Dios Patria Hogar; y una sonora muchedumbre -en ella yo podía distinguir con absoluto rigor el rostro de cada uno de nosotros- penetrando con banderas en la ortopédica sonrisa del Viejo Perón. No sabemos bien qué ocurrió después de Huerta Grande. Ocurrió. Vacío y punto nodal de todas las fuerzas contrarias en tensión. Ocurrió. La acción -romper- debe continuar. Y sólo engendrará acción. Mi mujer me ofrece sus pies, que manan sangre, y yo los miro. Me pregunto si yo figuro en el gran libro de los verdugos y ella en el de las víctimas. O si es al revés. O si los dos estamos inscriptos en ambos libros. Verdugos y verdugueados. No importa en definitiva: éstos son problemas para el lúcido, para el crítico Sebastián: él sabrá prenderse con su hocico de comadreja a cualquier agujero que destile humanidad. No le damos ni le daremos de comer. Ni de cojer. Jamás. Atilio Tancredo Vacán ya gatea. Chupa de la teta de su madre una telaraña que no lo nutre, seca ideología. El Loco me mira mirándome degradándome a víctima suya: entonces, ya lo estoy jodiendo. Paso a ser su verdugo. Pero no se acabó ni se acabará lo que se daba.

El Loco Rodríguez forzó con el cabo del látigo la puerta del comedor Chippendale. Tomó a Atilio Tancredo Vacán en sus brazos y se sentó a la cabecera de la mesa, acunándolo. Yo engrillé al entrañable Sebas para conducirlo al comedor; allí lo encadené a una argolla de hierro fijada en la pared especialmente para él. Quiso rehuir la cena pretextando su cáncer Alcira Fafó; a mí con esas; le hinqué, sin más, mi estilográfica en un seno, que allí quedó colgando, apenas prendida de la piel, y la obligué -y no ogarché, como dice Sebas- a sentarse a la siniestra del Loco. Quedaba por ubicar Carla Greta Terón, menester incluido en mi pliego de obligaciones porque yo era el maître. Me cuadré, sin embargo, frente al Trompa Capanga, Amo y Señor, esperando órdenes, que no tardaron en llegar. "Traigalá, nomás, rodando en su cama; la rociaremos con unas salsas para evitar que la carne la afecte", dijo, y repitió "ecte", con despectivo gesto, tras lo cual me aplicó (desprecio tras desprecio) un papirotazo en la cabeza de la garcha. Pero no hay amargura que a mí me derrote: hasta el dormitorio fui al trote, golpeándome la boca con la mano, dando alaridos, como hacen los indios. Pegué un resbalón de órdago con el apuro y la payasada, apuro plenamente justificado porque llegué justo a tiempo: Carla Greta Terón ya había llenado de agua su enorme vaso azul de material plástico, y se disponía a abrir la caja de útiles donde guardaba mortales dosis de barbitúricos. "Oh no, no", le dije, "con barbitúricos no, batracia", y la conduje hasta el ventanal del techo y le mostré el fiord grávido de luna. La tomé dulcemente de la mano y le miré el culo con fijeza obsesiva. Tragué saliva. "¿Ves?", le dije, mientras apartaba el humo con la mano para mostrarle una estremecedora asamblea de mecánicos de pie con la soga al cuello. "¿Ves?", insistí, al mismo tiempo que dejaba caer mi sinuoso perfil sobre sus redondas tetas. Un asambleísta caminaba sobre las acolchadas cabezas de los otros, profetizando: "Jamás seremos vandoristas, jamás seremos vandoristas". En seguida quedó inmóvil y empezó a cuartearse. Carla Greta Terón se desperezó como un gato y arrojó las letales pastillas al orinal. Aferré con mis dós manos la caja de útiles (era en forma de barca) y la estrujé contra mi pecho desnudo. "Si yo pudiera poseer esta caja de útiles no me importaría perder el resto", mentí. Y ella, la dulce, la incomparable Carla Greta Terón, asintió con el ondular de su hermosa cabellera. Yo me postré a sus pies y le besé las mantecosas rodillas. Empuñé mi miembro y le aparté con los dedos los pelos vaginales. Copulamos. Fue un polvacho rápido y frenético. Antes de echarnos el segundo ella me convenció de que me sacara las medias y el escapulario, mi única vestimenta. Y medias y escapulario también fueron a morir al orinal. Murieron, y ella y yo nos echamos el segundo. Perfecto. Qué lindos pechos los de Carla Greta Terón. Se los remamé hasta de leche materna empacharme. Cojer fue una gran alegría para ambos, cojer y acabar juntos, moción aprobada por unanimidad. Y cuando entré al comedor empujando la cama, yo, yo era otro.

Simultáneamente Sebastián y yo intercambiamos imperceptibles guiños con nuestros respectivos ojos (izquierdos) de la cara. Vi con alegría sonreír al entrañable Sebas, por primera vez desde que nos expulsaron de MARU: flotaba en el aire que estábamos en vísperas de grandes cambios. Tomé asiento frente al Loco y me anudé al cuello una servilleta a cuadros para no mancharme las tetillas de grasa. El Loco oprimió el botón; se escucho el previsible chasquido y del baúl tabla surgió una fuente de dos metros de diámetro. Veíase en el centro de la misma un gigantesco pavo real asado al spiedo, pero sin recurrir al vulgar expediente de quitarle sus hermosas plumas. También aparecieron docenas de botellas del tintillo de la costa que a mí me hace mover las orejas de alegría. Pero no sé por qué -o lo sé de sobra- se me cerró el estómago. Peor aún. Mis intestinos empezaron a planificar una inminente colitis. Al primer retortijón me doblé en dos y el Trompa Amo y Señor ya me miró con mala cara. "Date", me dijo, "date", repitió, "date tiempo para llegar hasta la chata: una sola vez te lo prevengo". Oh, sí: en la guerra revolucionaria uno tiene que ser ladino: "Si no es nada, si ya se me va a pasar, paisano", contesté, poniendo mi mejor cara de boludo. E ipso facto me cagué con alma y vida. Estruendosamente, para colmo. Una mueca de incontenible ira ensombreció el rostro del Loco, quien con esa habilidad que sólo puede dar la costumbre, sacó de su canana una puntera de acero y la añadió al extremo del Látigo. Pero el asombro lo detuvo, porque yo, mirándolo a los ojos y con una sonrisa de oreja a oreja, me recontracagué nuevamente. Alcira Fafó se mordió una mano para contener el grito, mientras Carla Greta Terón liberaba su angustia macheteándose con un mayúsculo consolador. Fue tremenda mi tercera deposición: salpiqué hasta el cielo raso, el cual quedó como hollado por patas de fieras, aunque era sólo mierda. Y entonces El Loco se resignó; vino hasta mí, me arrastró de los pelos por mi propia porquería, y levantó, dispuesto al castigo, el temible-hermoso LATIGO. El deseo de asegurarse una victoria aplastante, sin embargo, conspiró contra él: antes de empezar a pacificarme giró la vista para vigilar a Sebastián: lo sorprendió en cuatro patas, mostrándole airado sus verdinegros colmillos. Entonces El Loco cifró todas sus posibilidades en su rapidez de tigre. De una patada de taquito lo descuajeringó al estratégico Sebas, y luego se dedicó exclusivamente a mí. El primer LATIGAZO me arrepolló la oreja izquierda. Perdí toda mi tibieza centrista y grité, grité como un poseso: "¡Arriba los Pobres del Mundo!", y "¡Atrás, Atrás, Chancho Burgués!". El segundo me incrustó el esternón en la pared del estómago, toda cubierta de musgo. El tercero me arrancó un testículo y vi mi sangre. Con ella regando las baldosas del piso, inicié un desaforado recule en dirección al guerriloto Sebas, quien cuando estuve a su alcance me recibió con una tocadita de upite a modo de aliento y de saludo. El Señor Amo Capanga Loco levantó su látigo para estrechar vínculos conmigo por cuarta vez, y como de costumbre yo estuve en un tris de salir cagando aceite. Se me ocurrió llamar a la Sociedad Protectora del Prototraidor, pero un trallazo se me introdujo en la boca cuando la abrí para gritar: "Auxilio, socorro al cagón", a través del teléfono.

Sebastián gesticuló, muequeó, supuró, parió. Rápidamente yo tenía que definir la situación. La cantidad se transforma en calidad. O los fabulosos latigazos del Loco terminarían gustándome, era de cajón. Uno más y a la mierda la rebelión. Entonces, el lúcido, insurrecto Sebastián, volvería a pasarlas muy mal acusado de ideólogo: nuevamente para él, ayunos, lecturas censuradas, pizcas de picana, castidad, prohibidas incluso la homosexualidad a solas y la solidaria masturbación. Y tuvimos suerte, sin embargo: El Loco volvió a desviar su atención hacia Sebas, que pretendía refregarle por el rostro un panfleto recién redactado. El Patrón Rodríguez lo pateó un poco al livianito Bástian, hizo jueguito con él para obligarlo a planear por el aire; cuando Sebastián planeó, ensartóle El Loco el mango del látigo en el raquítico culo; Sebas describió su parábola profiriendo un "ah" melodioso, y postróse en un rincón luego del inevitable estrellamiento de su cráneo contra el muro: evidentemente, nuestra anterior militancia en el MRP no nos estaba sirviendo de mucho.

Patria o Muerte: reaccioné con todo. Me le prendí con los dientes del carnudo hombro al restallante Loco. Parando los ojos como un santito vi el agrandamiento de los poros de su cara, el extrañamiento de cada fibra de su piel. Como dándole un vuelco al mundo, contemplé toda su gama de fisuras. Descubrí que tenía dientes postizos, nariz de cartón, una oreja ortopédica (de sarga). Sebastián comprendió lo que estaba ocurriendo y carcajeó por mí, allá en su rincón. Atilio Tancredo Vacán fue amorosamente depositado sobre el intacto pavo y las mujeres iniciaron un baile esgrimiendo cuchillos y tenedores: ellas estaban desnudas.

La sangre del Mordido en olas se me colaba entre los dientes y me inundaba la boca. La Carla Greta Terón convertida ya en una S, en una Z, en una K o en una M rabiosa señalaba desesperada los huevos de nuestro ex amo y señor. Les pegué un rodillazo y se hicieron añicos: construidos estaban de frágil cristal. El Sebas se las ingenió como pudo para traerme la morsa. Apreté con ella la pierna derecha del Capado y comprobé con placer que la misma se encogía y enflaquecía tremendamente, hasta parecer la piernezuela despreciable de un bebé de pocos meses, algo que daba asco. El abrileño Bastián sometió su cuerpo quebrantado por el exilio a otro esfuerzo encomiable: arrastró hasta mí el descomunal revólver del Lejano Oeste que el Apretado guardaba celosamente en un cajón de ciruelas. Al entregármelo él reía como un bendito, y de puro gaucho corajudo y montonero nomás se encaprichó en montar el gatillo. Desde diez centímetros de distancia. apunté: la mira del revólver enfocaba la rodilla izquierda de Rodríguez. Oprimí el gatillo. ¡Qué infantil alegría cuando sonó el disparo! La bala se incrustó entre los quebradizos huesos sin orificio de salida. Hubo un derrame interno y -advertí- la pierna se puso negra. Repetí la operación ahora con el oído derecho del Baleado. Apreté el gatillo. Sonó el disparo. La cara, el cráneo entero del Iguez se puso negro. Ennegreciósele hasta el blanco de los ojos. Sólo la dentadura apretada-encastrada hasta crujirle de dolor permaneció blanca y luciente. "Ae ae", lo remedaron Alcira Fafó y Carla Greta Terón; y "no lo despenes pronto", me rogaron. "Y dale dale dale" mumuró haciéndose el chiquito el burguecida Bastiansebas, quien ya despojado de innecesarias reglas de seguridad, me preguntó: "¿Cómo te llamas?". "Rondibaras, Asangüi, Mihirlys", repuse, y él me tranquilizó con un rotundo "ta bien" mientras se apretaba el ombligo para que el pus saliera. Atilio Tancredo Vacán guardaba un terco silencio, pero se hacía la paja.

Y no todo era mentira, cosa prefabricada, representación dolosa en la estructura de Rodríguez, jaspeada por hermosas vetas de carne humana. Apunté a una de ellas; hice fuego con cierta tristeza; la sangre avanzó hacia mí como pidiéndome amparo. ¿Y si se lo daba? El rojo chorro en espiral se me anudó al cuello igual que una bufanda. La dogmática, lúcida Alcira, me increpó: "Rajáte ya mismo de ese repugnante-pugñoso oropel ! ". Desgarrándome, cabalgando sobre ciertas inquietudes del pasado -que al fin y al cabo existió- me rajé del oropel. Cerré los ojos e intenté continuar mi obra, en el último minuto. ¿Y si al Agonizante le propusiera un Frente, un Pacto Programático sobre la base de. Por qué no? Temblé. Ahora las riendas de la situación estaban en las manos de la implacable Alcira Fafó, Amena Forbes, Aba Fihur. Que me apartó de un empujón y clavó en la nuca del Sangrante un esterilizado punzón de cincuenta centímetros de largo. Rez murió en el acto. El revólver colgaba flojamente de mi brazo. Basti me miró a mí y yo a él: habíamos vivido para ese momento.

La habilidad de Arafó nos marginaba. Ella se movía como un pez en el agua. Con impecable y despersonalizada técnica organizó el descuartizamiento del hombre que acababa de morir; luego, hizo un rápido movimiento, imperceptible casi, para agarrar el látigo, pero, astuta se contuvo. Primero seccionó el pito, que fue a parar, dando vueltas por el aire, a las manos de Cali Griselda Tirembón; de ellas, a una sartén con aceite hirviendo. Lo que quedó de la hermosa veta de carne humana encontró su destino final en nuestro pútrido inodoro: Aicyrfó tuvo el especial cuidado de dividir la veta en pequeños trozos con su ALFILER De Marras, para luego hacerlos desaparecer sin pérdida de tiempo. Cortó también la pierna achicada y se la dio a despellejar a Alejo Varilio Basán, fanático de la masturbación. Ella se comió los ojos. Cagreta la cabeza entera. Yo, una mano crispada. El Basti lamió en su rincón trozos irreconocibles, y unas hormigas invasoras liquidaron el resto.

Sonó el gong. Era La Loca del Alfiler haciéndolo sonar. Sonó el gong. Era ella, levantando la tapa de la sartén y aspirando el aroma con fruición. Probaba con una bolita de miga de pan el ahora vitaminizado aceite y nos miraba a todos con ojos chispeantes. Golpeó otra vez el gong y luego batió palmas con el Alfiler entre los dientes. Todos nos sentamos a la mesa sin chistar. Nos sirvió a cada uno un pedazo de porongo frito, que cada uno devoró a su manera, murmurando apenas aquello de "con tu pan te lo comas". Recuerdo que me soné los mocos con los dedos y me los colgué de las pestañas, como si fueran lágrimas. Tenía perfecta conciencia.

El desesperado rumor venía de la sala. Mi mujer sometía la cerradura del ventanal del techo al trabajo de sus dientes. Sin pies, era difícil que pudiera afirmarse, abrir, luego de romper la cerradura con los dientes. Cedió la cerradura con un clanc de lo más austero. El barco partió, zarpó una vez más, luego de dejar a su única pasajera. Ella apareció en la puerta del comedor con la boca destrozada pero sin nuestra hija, que ahora seguramente aguardaba en algún lugar del puerto, otro barco, que tampoco tardaría en zarpar. Mi mujer apretó los labios. Sus ojos azules a todos nos abarcaron, en silencio. Vino hasta mí y me enseñó sus muñecas: dos muñones sangrantes. Apretaba entre las encías sus manos aserradas. Sin rabia, las escupió sobre la mesa. Hice un esfuerzo y me aproximé para verlas, verlas con los ojos bien abiertos. La izquierda se posó sobre la derecha; luego, la derecha sobre la izquierda. Tomaron una flor artificial del centro de mesa y la estrujaron. Los pétalos me golpearon en plena cara. Ella se fue, caminando de rodillas.

Las inscripciones luminosas arrojaban esporádica luz sobre nuestros rostros. "No Seremos Nunca Carne Bolchevique Dios Patria Hogar". "Dos, Tres Vietnam". "Perón Es Revolución". "Solidaridad Activa Con Las Guerrillas". "Por Un Ampliofrente Propaz". Alcira Fafó fumaba el clásico cigarrillo de sobremesa y disfrutaba. Hacía coincidir sus bocanadas de humo con los huecos de las letras, que eran de mil colores. Me lo agarró al entrañable Sebas de una oreja y lo derrumbó bajo el peso de la bandera. Yo la ayudé a incrustarle el mástil en el escuálido hombro: para él era un honor, después de todo. Así, salimos en manifestación.

lunes, 28 de julio de 2014

GUITREATOR

La banda de esta semana es una de las promesas del metal de nuestra region. Se trata de Guitreator, grupo coquimbano que con sus potentes baterias y guitarras, ha comenzado a hacerse un lugar en la escena local.










       Kutter,  Lorca, Pollo y Anita, componen esta nueva banda de metal surgida en el sector de el llano de Coquimbo. Su estilo directo y lleno de energia, ha causado una gran impresion dentro del publico oyente del buen rock, y su debut en publico en el 2013, en el pub Duna de Coquimbo, fue una grata sorpresa para todos, y en especial para los representantes de esta humilde revista, que casualmente estabamos por alli. Temas como el "Cacha guatonas" y "Loca" lograron entusiasmar de inmediato a un dificil publico como siempre lo ha sido el del Duna. 

Algunos de estos musicos han contribuido en varios otros proyectos musicales de la region, por lo que ya no son novatos. Sin embargo, se nota el compromiso con este nuevo proyecto en el cual han puesto gran parte de sus esfuerzos. 


Integrantes:

Kutter - Bajo, intentoVoz

Anita - Bateria pedales gemelos

Lorca - Guitarra eternopunteo
                                                

Pollo - Guitarra sinRitmica
                                                





Los dejamos con Loca, en vivo en el pub Duna.




domingo, 27 de julio de 2014

GUILLERMO LORCA

Este Domingo, recordamos el trabajo artistico de Guillermo Lorca. Este joven pintor chileno maneja de modo impecable la técnica hiperrealista, realizando pinturas que parecen fotografías, al estilo de grandes maestros nacionales como Claudio Bravo y Muñoz Vera













sábado, 26 de julio de 2014

A LAS INMACULADAS LLANURAS

Compartimos en esta oportunidad uno de los mas hermosos poemas del gran Raul Zurita. Este poeta chileno fue premio nacional de literatura el 2000




















i. Dejemos pasar el infinito del Desierto de Atacama

ii. Dejemos pasar la esterilidad de estos desiertos

Para que desde las piernas abiertas de mi madre se
levante una Plegaria que se cruce con el infinito del
Desierto de Atacama y mi madre no sea entonces sino
un punto de encuentro en el camino

iii. Yo mismo seré entonces una Plegaria encontrada
en el camino

iv.Yo mismo seré las piernas abiertas de mi madre

Para que cuando vean alzarse ante sus ojos los desolados
paisajes del Desierto de Atacama mi madre se concentre
en gotas de agua y sea la primera lluvia en el desierto

v. Entonces veremos aparecer el Infinito del Desierto

vi.Dado vuelta desde sí mismo hasta dar con las piernas
de mi madre.

vii. Entonces sobre el vacío del mundo se abrirá
completamente el verdor infinito del Desierto de Atacama





viernes, 25 de julio de 2014

DÍAS DE 2012

Nuevamente tenemos el agrado de publicar un nuevo relato de Veronica Pinciotti. Esta vez nos asombra con Dias de 2012. Esta mexicana es Escritora en Whisky en las rocas. Estudió Administración de empresas en el Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad de México. Ha publicado en sendas revistas impresas y digitales de latinoamérica, y es autora del libro Más o menos así es el hombre






En tributo a Roberto Bolaño. 



            En cierta ocasión Salmoneo Gutiérrez y yo asistimos a una fiesta de escritores jóvenes de la República Mexicana. Hay gente de San Luis, de Tuxtla, de Durango, de Monterrey, de Chihuahua, de Jalisco, de Guerreo, de Hidalgo, etc. 

Salmoneo proviene del Estado de México; nadie le considera provinciano, pero él siente que no debe ser tratado como chilango, no se siente chilango, y aunque no posee raíces sólidas como un chiapaneco, se niega rotundamente. Todo esto en su fuero interno, abiertamente no comenta algo al respecto, pero todo el tiempo vive, se mira a sí mismo, como una gente de provincia que viene a DF a experimentar una vida de “desenfreno intelectual” (?) (sic). Lo que eso signifique. 

En algún momento de la velada, un chico, al que llamaremos T., se levanta de su asiento y se planta frente a Salmo con intenciones sospechosamente violentas. T. es un poeta de Durango establecido en DF; ha venido a la fiesta invitado por Cu, quien organizó el evento posterior a la fiesta, donde todos estos escritores declamaron o expusieron su trabajo. T. ganó un premio de poesía el año pasado, un premio de poca monta, pero es el único poeta de Durango que ha ganado algo los últimos trece años y esto le licencia, según su perspectiva, a vanagloriarse y humillar a todos los poetas, de Durango o de cualquier parte del Globo, que no hayan ganado un premio también. Salmoneo no ha ganado un premio en toda su vida, ni siquiera ha participado en algún concurso. Esto puede ser el móvil de la ardiente ira de T. Esto, o su embriaguez, o su odio a los poetas tímidos, o una mezcla de todas las cosas. 

El recibimiento de Salmoneo es tajante. No está dispuesto a caer en el juego de T. T. hace gala de un amplio acervo poético, pero Salmo no se acompleja, por el contrario, le felicita, y cuando T. le insta a competir, Salmo se rehúsa sentenciando que la poesía no es un juego de box. Todos están de acuerdo con Salmo. T. Explota; T. es competitivo, necesita vencer para asentar su existencia. El rechazo de Salmoneo colabora al levantamiento de los puños de T. 

Cuando la pelea es inminente, intervengo. Voy hasta Salmoneo y lo llevo aparte. T. se burla de Salmo por dejarse llevar por una mujer, y de mí por defender a un amigo como una madre a un hijo. T. se burla de todos. Está borracho. Sabe que no puede retroceder, ha jugado el papel ridículo y no puede salir de ese riel. Debe llevarlo a últimas consecuencias. Suelta golpes al aire, patea una silla, golpea la pared. Todo inútil, Salmoneo no se altera y yo lo arrastro cada vez más lejos, hasta perdernos y dejar a T. como un mosquito revoloteando alrededor de una lámpara. 

Salimos de la casa de la fiesta y nos sentamos en una banca pública, en un camellón oscuro. Salmo odia a lo poetas provincianos y borrachos, aunque él mismo es un poeta provinciano y borracho, el más pobre de todos los poetas provincianos y borrachos, piensa él. Desde mi perspectiva, el incidente se asemeja más a una disputa de colegio que a un enfrentamiento mortal, o adulto, como seguramente quisiera T. que se recordase. 


En adelante no comentamos más al respecto. Tratamos de seguir con nuestras vidas, pero cuando se está inmerso en un mundo tan pequeño como lo es el mundo de las letras en México, es imposible no enterarse. 

Salmoneo me cuenta por teléfono que han encarcelado a T. Sí, dice, el tipo que intentó pegarme hace quince días. Le han detenido por posesión de drogas y por haber pegado a un hombre en la vía pública. Me parece un chisme exagerado, a uno no pueden encarcelarle por eso; detenerlo, a más, pero encarcelarlo, es decir, sentenciarlo, es muy exagerado, sobre todo en tan poco tiempo. Una sentencia por un delito como ese llevaría al menos cuatro meses de citatorios, etc. Sin embargo, Salmo se defiende asegurando que no ha puesto nada de su cosecha, ¡Todo es como lo he escuchado!, exclama. 

Es curioso enterarse de una noticia así sobre una persona que nos desagrada. Es curioso, porque, sinceramente, Salmo y yo sentimos un alivio, una felicidad, una alegría e incluso, la sensación de haber ganado algo. Lo hablamos un par de veces, francamente, sin temor a decir ¡Qué bueno, por hijoputa! 

Pensamos que sería todo, pero como un fantasma, o la leyenda de un fantasma, continuamos recibiendo noticias periódicas de T. Resultó que la gente a nuestro alrededor tenía un vínculo con T. mucho mayor de lo que jamás imaginamos. Por ejemplo, Paula, una chica escritora que Salmo y yo conocimos en febrero en un bar del Centro de la ciudad, a la que leímos por vez primera en una compilación poética de bajo presupuesto, y de la que Salmo dijo que era muy bonita, resultó ser ex novia de T. No podíamos creerlo porque de Paula teníamos un recuerdo cursi y pegajoso, y de T., bueno… Paula estaba desecha por el encierro de su ex novio, con el que aún salía en ocasiones especiales (cuando T. se emborrachaba y le llamaba suplicando que se vieran inmediatamente; Paula aceptaba porque le amaba, cosa que nos sorprendió más). 

El chisme nos seduce; a partir de ese momento solemos preguntar por T. a todos lados donde vamos, en cafés literarios, en fiestas, en reuniones, por teléfono, en cartas, en la cara de las personas relacionadas. Así, nos enteramos que T. ha salido, que Paula se ha encontrado con él y planea perdonarle y regresar, cosa que nos parece una verdadera locura. Salmo confiesa su dolor al pensar en Paula y en T. Le duele pensar en Paula, sobre todo, al lado de un hombre como T. ¿Qué es lo que habrá visto Paula en ese canalla?, pregunta. Hemos visto a Paula y a T. por separado, una sola vez en nuestras vidas, y Salmo ya los imagina juntos. Los imagina yendo al cine, a las fiestas de los amigos de Paula, a la Universidad a dar ponencias sobre literatura subversiva, cenando en cafeterías baratas a punto de la media noche. Los imagina ahora, hablando en tono íntimo; imagina a T. contándole lo horrible que es la cárcel y todas las cosas brutales a qué fue sometido en manos de esos cerdos. Imagina a Paula al borde del llanto, acariciando el pelo de T., diciéndole que en adelante no le dejará jamás y le cuidará. Los imagina haciendo el amor. Los imagina yendo a Durango, a las tierras del poeta, en busca de paz. No quiere dejar ir a Paula. 

Le propongo buscar a Cu, buscar a T., buscar a Paula. 


Cu es difícil de localizar. Es ocupado, o eso dice, y no puede recibirnos tan pronto como quisiéramos. Sale de la ciudad y regresa en dos semanas. ¡Dos semanas es demasiado!, exclama Salmoneo, ¡para ese entonces Paula ya no estará en México! Entonces busquemos a Paula directamente, digo. Salmo alza los hombros. ¡¿Y cómo?!, pregunta. ¡No sé!, respondo. 


Una noche, al caminar por el Centro de la ciudad, Salmo se encuentra con un par de escritores guerrerenses, amigos de Cu. Casi nos los reconoce, pero ellos se acercan a él y le saludan. Dicen que van a un bar, a dos cuadras de allí, e invitan a Salmo. Salmo no tiene intenciones de beber con ellos, pero el instinto o algo le obliga a ceder. 

A las diez de la noche recibo la llamada. Es Salmo. Dice estar en un bar llamado Pasagüero. Está excitadísimo. Dice estar con un par de escritores guerrerenses; una chica que hace teatro, de Jalisco; un trío de actores, de Casa Azul; un dramaturgo, de Monterrey; dos desconocidos (Salmo llama desconocidos a todos aquellos que no dedican su vida a algún arte), y… hace una pausa, toma aliento, y exclama: ¡Y T.! Me pide que vaya enseguida, que coja el coche y vuele. 


Cuando llego, encuentro a Salmo fuera del bar, fumando un cigarrillo, con la cara desencajada. ¿Qué pasa?, digo. Salmo no ha entrado, ha esperado hasta mi llegada. Se ha excusado bajo el pretexto de salir a fumar. Bueno, digo, pues vamos. ¿Estás seguro que T. … Salmo asiente con la cabeza y entramos. 

Es inevitable, hay que acercarse a T., encararse con él y saludar. T. nos recibe amablemente, muy amablemente, como si no nos hubiese visto nunca antes. ¿Está fingiendo? Es igual, le saludamos sin entusiasmo. A los pocos minutos llega una mujer. ¡Es Paula! Salmo se acerca a ella, le saluda con entusiasmo, pero Paula no lo recuerda; le estrecha la mano ecuánimemente y se va de allí. Conmigo, T. actúa como un galán. Me dice guapa y me lisonjea. ¿No me recuerdas?, pregunto abiertamente, en tono agrio, pero ríe y me da la espalda. ¿A qué juega? 

Ordenamos un par de cervezas. Nos instalamos de pie, en algún rincón del bar. No deseamos hablar con nadie. Bebemos en silencio mientras observamos a Paula. Es desinhibida. Baila, canta, bebe, brinda. No luce como la ex novia de un presidiario. T. tampoco da la impresión de haber salido de la cárcel hace menos de un mes. 

No permanecemos demasiado en aquel sitio. Un par de cervezas más, Salmo se cansa de observar. No hay nada más qué hacer. T. y Paula son desconocidos nuestros, ajenos a nuestras vidas y lejanos. Si T. ha ido a prisión, no es asunto nuestro. Quizá T. estaba bebido de más el día que amedrentó a Salmoneo, eso es todo. Quizá T. es buena persona y merece el amor de Paula. 

Salimos sin despedirnos de alguien. 

Durante el trayecto a casa Salmoneo jura que olvidará el asunto. Yo pregunto cuál asunto; no queda claro porque, a decir verdad, no ha pasado nada. Salmo contesta que el asunto de Paula. Pensé que el asunto iba de T., contesto con burla; en el fondo lo sé: Salmoneo está enamorado de Paula y odia a T. porque sale con ella, no porque le retara aquella noche. 


Dos semanas después, cuando Salmo ha comenzado a olvidar, encuentra a Paula en la estación de metro Allende. 

Él va al sur, pero la mira de lejos, la sigue, y aborda el vagón hacia el norte. Una vez dentro se acerca a ella. Desea que le reconozca… pero eso no pasa. Salmo hace un esfuerzo por comenzar. Se dirige a ella, le saluda, le sonríe. Paula responde tímidamente. Salmo se da cuenta, hasta ese momento, que Paula no va sola. Le acompaña una amiga, a la que Paula presenta como Anabel. 

Anabel es alegre y entusiasta. Dice ser estudiante de música en San Luis. Ha venido de visita a DF; es amiga de Paula y de T. porque leyó textos suyos en Internet y entablaron una amistad virtual; es la primera vez que Paula y Anabel se miran. Anabel es del tipo de personas que sueltan todo en la primera conversación. Salmoneo agradece que sea así; de otro modo el encuentro hubiese sido ridículo y embarazoso. Paula casi no interviene. Todos van de pie, cerca de la puerta, agarrados de tubos. El vagón pasa las estaciones Bellas Artes, Hidalgo, Revolución. Salmoneo no encuentra el modo de interactuar con Paula. Anabel no para de hablar, comenta que le gustaría mucho visitar el Palacio de Bellas Artes, el Centro, la colonia Roma. Salmoneo la mira y mira de reojos a Paula. Espera una señal de ella, algo que le haga saber que va por buen camino, que su intromisión no es una molestia. Llegan a la estación Popotal, donde bajan. Salmoneo baja con ellas, a unos pasos detrás. Mira la nunca de Paula. Le dice vamos, no seas así mentalmente. Se siente tonto siguiéndolas, pero no puede hacer otra cosa. Al llegar a los torniquetes, ambas voltean. Bueno, dice Paula, gracias por acompañarnos. Salmoneo se congela. No quiere despedirse de ellas, de ella; tampoco sabe qué decir o cómo actuar. Anabel le sonríe, le besa en la mejilla y le pregunta si quisiera ir con ellas al Centro el martes por la mañana. Salmoneo contesta en automático que sí, le encantaría. No deja de mirar a Paula, suplica un gramo de gentileza, pero ni ese gramo ni la señal llegan. Paula se despide de él agitando la mano en el aire y ambas atraviesan los torniquetes sin que él pueda detenerlas. 

Así, el martes por la mañana, como un robot, Salmo se levanta, toma la ducha, se viste y sale camino al Centro. Espera encontrarse con Paula.Cree que un encuentro forzado por Anabel le pondrá en mejor situación: Paula no puede mostrarse antipática todo el tiempo, en algún momento deberá reí, beber una cerveza, relajarse y quizá, abrirse a conocer a Salmo. 

Cuando llega a la entrada de la Catedral, donde se citaron, no se asombra de que Paula no esté. Le parece lógico, cree que aparecerá de un momento a otro. Saluda de beso a Anabel, que sonríe como un Sol. Acto seguido, Anabel se encamina hacia la plancha del Zócalo donde hay un espectáculo de malabares. Salmo duda, no comprende que no hay nadie a quien esperar. 

No hablan de ello, ambos actúan como si la ausencia de Paula fuese la cosa más natural. Quizá es así. Hay cosas que no podemos entender, Vero, me dice Salmoneo cuando le escucho relatar lo sucedido aquel día. 

Salmoneo y Anabel caminan por las calles del centro. Anabel confiesa su deseo de establecerse en DF, de continuar sus estudios musicales en el INBA, de comprar un oboe, de tocar en público, de pertenecer a una orquesta. Mientras escucha, Salmo piensa que Anabel es muy delgada, demasiado, aunque en proporción a su estatura, mayor que el promedio de las chicas. Es de tez blanca, cabello negro, ojos negros. Puede imaginarla perfectamente como es: una chica con botas negras, mayones negros, falda a cuadros, blusa negra, gafas de sol y boina negra. A pesar de su aspecto oscuro, es muy risueña y alegre. Anidan en su alma sueños ingenuos y bellos, como los de un niño que desconoce la crueldad del género humano. En todo eso piensa Salmo, y también en que, visto de cerca, Anabel es muy bonita. Posee la belleza de las personas simples y sinceras. Da gusto escucharle hablar de Copenhague, Viena, Praga, todos esos sitios donde su corazón ruega por tocar el oboe. 

Entran a un café de la calle Donceles. Ordena un par de americanos y baguettes de pavo. Anabel no es vegetariana, pero evita siempre que puede la carne roja. Su músico favorito es Benjamín Sharp. ¿Sabías que el oboe ha sido utilizado en composiciones de jazz y hasta de rock? Aparece en grabaciones de Gil Evans y de The moody blues. Desea instalarse en la colonia Roma pero carece de los recursos suficientes para solventar una vida en ese sitio. Sus ingresos ascienden a la benevolencia y caridad de su padre, un hombre criado para el trabajo duro, el campo, la siembra. 

Esa noche Salmo y Anabel duermen juntos en Las cruces, un hotel de paso en la colonia Merced. Un sitio del que Salmo, ahora, se arrepiente de haber llevado a su musa. 

Salmo y Anabel se miran cada dos o tres días. Asisten a museos, conciertos de la Orquesta Sinfónica, comen en cafeterías, siempre café y baguettes de pavo, hacen el amor en diferentes hoteles de la ciudad, principalmente de la zona Centro. A veces, sale a colación el tema de Paula y T., pero siempre como algo lejano, un sueño, una cosa que no está pasando realmente. Anabel y Paula no se han visto más desde la vez que Salmo las encontró en el metro. 


Después de casi cuatro meses del incidente, Salmo me invita a una reunión en casa de Cu. Algo íntimo, no demasiada gente. Salmo asiste con Anabel, pero no quiere dejar de invitarme. 

La reunión se anunció a las ocho de la tarde. Salmo, Anabel y yo llegamos a las diez. Cuando llegamos, la reunión ha tomado forma. No es la forma que esperábamos, es, más bien, la forma de un velorio. Hay once o catorce personas, entre ellos, Cu; una chica, al parecer la novia de Cu (aunque no recordamos que tuviese novia); los poetas guerrerenses del Pasagüero; un chico al que reconocemos de otro lado, pero no sabemos exactamente de dónde; dos amigos de Cu, que no tienen inclinaciones artísticas; una cantante venezolana, de la que habíamos escuchado hablar pero no habíamos visto nunca; un grupo de tres o cuatro gentes, totalmente desconocidas para nosotros, y, lo que da forma de velorio: Paula, sentada en una silla de madera junto a la ventana, fumando un cigarrillo, con los ojos rojos de llanto; y en la otra esquina, sentado sobre el suelo, como si no pasase nada, T. 

El primer impulso de Salmo es correr hacia Paula, pero le detengo. Anabel le mira, sabe que Paula no ha salid del corazón de Salmoneo, pero no reclama, prefiere ser ella quien dé el primer paso. Se acerca a Paula mientras Salmo y yo acabamos de entrar, de instalarnos. 

La situación es la siguiente: han detenido a T. una vez más. Ha golpeado a un par de adolescentes con una cadena (la cadena de su llavero) porque uno de ellos le miró cuando pegaba a Paula, en avenida México. Esta vez es irremediable, le llevarán a prisión. T. ha intentado suicidarse. Ha dicho: Antes muerto que encerrado, y ha subido a lo alto de un puente para echarse de cabeza. La policía, ahora por motivos diferentes, le ha cogido en pleno acto. Los abogados recomiendan apelar demencia a los actos violentos de T. A T. no le importa, ha jurado darse muerte antes que dejarse meter en esa jaula. 

En algún momento, no recuerdo cómo, Salmo, Anabel y yo nos separamos. 

Por mi parte, me acerco a T. Le saludo como si no estuviera enterada de nada. Me corresponde bien, demasiado bien para un hombre que tiene en encima la prisión o la muerte. Me siento a su lado, sobre el suelo, le ofrezco un vaso con vino que he servido antes de acercarme. Lo coge y lo huele. No dice nada. Luego bebe, muy despacio, como si el vino fuese una bebida desconocida de la cual desconfiar. Su semblante es de tranquilidad. Nada parecido a la vez que intentó pegar a Salmo. Es increíble pensar que este hombre es el mismo que pega a las personas. Da la impresión de alguien que controla sus emociones. Quizá sea el impacto de lo determinante, pienso. Ha intentado suicidarse y se dice que ello crea en el hombre un sentimiento de desapego, de impotencia, de aceptación, de paz, incluso. Trato de buscar en los ojos T. su locura, pero su mirada y sus ojos no esconden nada. Al menos esta vez es sincero, pienso. Detrás de mí escucho el murmullo de la gente que habla sobre la posibilidad de internar a T. 

De pronto, se acerca Anabel, con Paula. Paula se hinca ante T. Mete sus dedos entre el cabello de T. T. sonríe y se deja hacer como un perro lanudo. T. luce como alguien muy feliz y Paula comienza a sonreír también. Paula dice: Tonto, eres un tonto. Lo dice sonriendo, no en son de reclamo. T. repite: Tonto, eres un todo. T. comienza a hablar de sí mismo en tercera persona, dice: T. es el chico más tonto de todos, ¿verdad?, no puede controlarse porque es tonto del culo. Paula ríe de las bobadas de T. y un calofrío recorre mi cuerpo. Ambos están locos, pienso. Se adentran en aquel juego estúpido y se olvidan de mí. Les escucho reír, decir que T. es un cabeza de chorlito, un bobo, pero que no volverá a ser así porque está arrepentido. También escucho las voces de Cu, de su novia (si lo es) y de uno de los poetas guerrerenses. Discuten. Los poetas se niegan a entregar a T. Cu y su novia opinan diferente. De pronto noto que Anabel ha desaparecido. Me levanto del suelo y voy en busca de Salmo. 

Toda la gente habla en grupos. La mayoría habla sobre el proceder con T., pero algunos ríen y hablan de otras cosas, de películas que han visto, de música, de libros, de conocidos. 

Encuentro a Salmoneo y Anabel en la cocina. Están solos. Anabel suplica que les deje a solas. Salmo me mira; en su mirada hay consentimiento. Salgo de allí. 

Fuera, todo ha regresado a la normalidad. Paula está sobre las piernas de T. Se besan. Cu, su novia y los poetas guerrerenses brindan. Todos, en general, ríen. Es como si se hubiesen olvidado de T., o como si T. ya no tuviese problemas con la policía ni son sigo mismo. Lo último puede ser verdad, pero la policía… 

De pronto Anabel sale de la cocina. Va alterada. Trato de seguirla pero camina rápido, cruza la puerta de la casa y sale. Doy media vuelta y me topo con Salmoneo. ¡Qué ha pasado!, exclamo. Salmo me mira. Hay dolor en su mirada. Me pide que nos larguemos de inmediato. 


Catorce días después recibimos la llamada estando juntos, cosa que ya es mucha casualidad. Es Cu. Nos cita en su casa a las tres de la tarde. La voz de Cu suena como la voz de alguien que ha llorado. No quiere decirnos de qué va la cosa hasta vernos la cara. 

Asistimos puntuales. Está toda la gente que fue a casa de Cu la fiesta pasada, y algunos más que no conocemos. También hay gente de sesenta años. Son los padres de T., los padres de Paula, y familiares de Cu. Han encontrado el cuerpo de T. y de Paula en un cuarto de hotel de la colonia Portales. Han consumido LSD hasta morir. Les velarán pasado mañana.




jueves, 24 de julio de 2014

FOTOGRAFIAS DE ALVARO HOPPE

El dia de hoy queremos recordar algo del trabajo del gran fotografo Chileno Alvaro Hoppe. Este fotografo ha contribuido en revistas como 'Mensaje', 'APSI' y del diario electrónico 'El Mostrador'. Entre 1989 y 1993 fue editor fotográfico de la revista 'Página Abierta'.












martes, 22 de julio de 2014

ENTREVISTA A OSVALDO LAMBORGHINI

Pocos escritores latinoamericanos han sido tan controversiales como el argentino Osvaldo Lamborghini. Sus trabajos en donde la violencia, el sexo y la perversion aparecen como algo normal, han encontrado, obviamente, muchos mas detractores que admiradores. Sin embargo, su prosa no ha pasado inadvertida en el mundo literario. En esta oportunidad les traemos una de sus ultimas entrevistas, muy interesante por cierto, en donde revela que hay detras de sus relatos, que persigue y cuales son sus influencias.


Entrevista extraida desde 
http://golosinacanibal.blogspot.com/2005/11/el-lugar-del-artista-entrevista.html


¿La parodia es un homenaje o una violencia?

En la parodia siempre entra el odio y el amor. El odio al semejante implica también amor. La parodia sería como un amor fracasado sino fuera abyecto decir que el amor fracasa. Es un oxímoron decir amor fracasado, si hay amor ¿cómo puede haber fracaso? No se puede mimar un objeto sin amarlo.

¿Pero también se lo pervierte, se lo degrada?

Se lo degrada, pero es una creación imaginaria, nadie degrada a nadie; es la creencia del sujeto que está degradando algo, no degrada nada; ni siquiera logra degradarse él mismo.

¿Qué te proponías con "El Niño Proletario"?

Yo me proponía cosas tales como: ¿porqué salir como un estúpido a decir que estoy en contra de la burguesía? ¿Porqué no llevar a los límites y volver manifiesto lo que sería el discurso de la burguesía? ¿Qué va a quedar comprometido? Planteado en términos gramaticales: un pronombre: yo. ¿Qué quiere decir yo? En esa época yo no tenía nada que ver con Freud, no había una idea de la cosa de elidir el sujeto, cambiarlo de posición en el discurso.

¿Este trabajo es previo a tus estudios de psicoanálisis y Lacan?

Totalmente previo.

Ahí aparece un niño con un falo, ¿no?

El falo era una cosa de hinchazón española. Habría que tomar el registro del texto, es un texto donde a veces se dice pija, pero hay momentos en que no. Hay que decir falo; funcionan una prohibiciones en el momento de escribir bastante extrañas,¿no?

¿Tenías alguna teoría esbozada de la parodia en ese momento?

En el libro de mi hermano que aparece ahora está dicho con todas las letras: Parodia, genio de nuestra raza. Hay una payada entre el Sabio negro y el Sabio blanco; es la payada del Moreno con Martín Fierro. Porqué no ver toda la literatura desde El Fausto de Estanislao del Campo?: Entonces todo entra a cambiar de una manera alucinante, todo. En esos términos no es lo mismo ver a Rimbaud desde la cultura francesa. Entre la Comuna de París que es absolutamente determinante en lo que hace Rimbaud, y bueno... Es lo que sucede con el frigorífico Lisandro de la Torre. Es un tipo como nosotros; ellos la hacen de una manera y nosotros de otra. Cuando Rimbaud dice me voy, hay que entender que se viene; lo que pasa es que con el afrancesamiento uno lee que Rimbaud se va y por identificación uno se está yendo con él. No, vos no te vas con él, estás acá esperándolo. Se va quiere decir que se viene para acá; Africa, las pampas argentinas todo igual para Rimbaud.

Lo que me llamaba la atención es que para el 70-73 vos estabas en la revista Literal; en aquel momento parecía que la revista tenía un enemigo...

Sí, el populismo. Eva Perón es popular, los chicos de clase media de Filosofía y Letras, son populistas. La estética del populismo es la melancolía. Y, yo no estaba en Literal, yo hacía junto con Germán García, Literal.

¿"El Niño Proletario" es un mito populista?

No, ¿porqué un mito?

Digo, constituido por la propia literatura de Boedo. Me refiero a Larvas, por ejemplo.

¿Querés que te diga la verdad? ¿Cuál es el gran enemigo? Es González Tuñon; los albañiles que se caen de los andamios, toda esa sanata, la cosa llorona, bolche, quejosa, de lamentarse. Una ideología siempre te propicia para pelotudeces, pero también para mitos heroicos. Cuando te criás dentro de mitos heroicos me parece abyecto quejarse. Esto es poesía quejosa, hacer esta especie de orgullo de padre proletario, que se levantaba a las cinco de la mañana con sus manos callosas; que traía pan crocante a la mesa. Es hacer descansar una cultura en este pobre tipo que vino de Italia a laburar acá. Es una cosa no contra Castelnuovo; no importa lo que él piense como subjetividad. En los textos la ideología actúa, la ideología sube al escenario y representa su papel. Al nivel del cuento que aparece en Vidas Proletarias, de Castelnuovo donde al tipo, al anarquista lo persigue un oficial de investigaciones y él llega a su casa y pide a la madre que lo proteja. Entonces la madre lo protege. Es un policía dedicado a torturar a este anarquista. Esto es lo que yo le copio en "El Niño Proletario": los tres burgueses ven pasar al niño proletario y se vuelven locos y lo quieren matar, están dedicados a él. Entonces lo agarra y viene el oficial Gómez, que es el que siempre lo tortura, entonces el tipo le dice a la madre que apague las luces, entra el policía, se arma un buen ruido, se prenden las luces, y está la madre muerta, desangrándose en el suelo y el policía que se ríe y dice: quiso matarme a mí y mató a su madre. No hay, te digo, una cosa personal con Castelnuovo, más bien con la ideología liberal de izquierda, esa cosa llorosa. Es decir, que los escritos tienen que valer por el sufrimiento que venden y por las causas nobles de ese sufrimiento.

¿El texto "El Niño Proletario", es una inversión de esa actitud?

Totalmente. Ahí hay una frase suprimida: yo pienso que. A ese texto con esa frase lo destruyo, lo convierto en una porquería. "Yo pienso que" habría que terminar con esa literatura liberal de izquierda. Entonces tiramos la bola a ver qué dicen, qué van a entender; no te olvides que es de 1969, o sea hace 11 años, era mucho más difícil. Y bueno, había que explicar que uno no era un monstruo.

Es un texto provocativo, escandaloso, totalmente perverso, ¿no?

No, no es perverso, es sexual.

Pero esas cosas que intercambian, uno caga, el otro come.

Esos son los juegos que hacen los chicos, son perversos polimorfos. Hay todo un goce, en tanto se juega a la muerte de un niño; la cultura occidental consiste en matar un niño, todos pensando todo el tiempo cómo matar al niño.

¿"El Niño Proletario" es la única parodia que vos escribiste?

Todo es parodia, el último poema de mi último libro se llama "Die Verneinung" obviamente yo no sé alemán; es un artículo de Freud; por eso las comillas. En el texto mismo la parodia es un mundo. La madre Hogarth se refiere al pintor, digamos que son cuadros muy terribles. Hay partes enteras del poema que son descripciones del cuadro, los ahorcados en un panel derruido, está la cosa de Rimbaud, ¿no?

Y Neibis, ¿es un chiste?

Neibis es "Si bien" al revés. Lo pongo al revés para no cantar la bola de entrada.

Si en aquel momento renegabas de los liberales de izquierda, por ejemplo, a la mañera de González Tuñón y de los populistas que se vuelven peronistas. ¿Vos desde qué lugar lo hacías?

Si hay lugar, no hay poesía; desde ningún lugar. Toda la relación con la poesía es desde ningún lugar.

¿En aquel momento vos te podés decir de vanguardia?

Y, si querés, digamos que sí.

¿A quiénes leías entonces?

Mis epifanías fueron entonces, Hegel, ese tipo de cosas. Después no me puedo hacer el populista, el obrero. Dentro de la literatura todo, bah, todo... La vida dedicada a eso. Me acuerdo de Croce; los textos críticos a los que teníamos acceso en esa época. No estaban Barthes, Todorov, nada.

Pero, ¿en el 69 no lo conocías a Massota?

No, a Massota lo conozco después del Fiord. Al Fiord se lo lee a Massota el primer grupo lacaniano de Buenos Aires.

¿Vos conocías a los de Contorno?

¡Qué los voy a conocer en esa época! Los diez años que me lleva Massota; somos del mismo barrio, yo era un chico, para mí Massota era un dios.

¿Es irreverente la parodia?

Habría que ver a quién se le hace una parodia. En cierto sentido toda la literatura podría ser calificada de irreverente. Un escritor nunca habla de pavadas. Una de las tareas difíciles de llevar a cabo, es sacar al artista del lugar de boludo en que se lo ha colocado.




Uno escribe en función de los textos que ha leído. Lo que uno ha leído actúa como sobredeterminación. La vida es un texto, que es una sobredeterminación mayor.

Por ejemplo, Bataille explica cómo las fotos viejas llegan a tener un efecto paródico y gracioso, sin haber sido ésa su primera intención. Una cosa que me fascinaba mucho en esto de la parodia es que la prenda nacional: la bombacha, es una partida que Ascasubi, como ministro de Guerra, compra a los turcos cuando pierden la guerra de Crimea; de ahí viene la bombacha. La prenda nacional es eso. Ya está puesto el significante, ya está.

La parodia tiene que ver con los niveles de identificación agresiva. Parodia vendría a ser lo que Hegel llama pasaje de la tragedia a la comedia burguesa, es decir, de Edipo Rey al vodeville.




lunes, 21 de julio de 2014

DEVIL PRESLEY

La banda de esta semana es una de las mas importantes que han aparecido en nuestro pais. Su nombre, Devil Presley, y con su rock simple y directo han sabido hacerse un nombre en la escena local.



Resena extraida desde 
http://www.musicapopular.cl/3.0/index2.php?op=Artista&id=2376




          Adscritos a esa costumbre rockera que consiste en adoptar el nombre de una banda como apellido ficticio de sus integrantes, es también Devil Presley un grupo apegado a una música tradicional, "el rock directo y simple de los clásicos", como afirman. Es sorprendente la cantidad de alineaciones que han tocado bajo este nombre desde el inicio de la banda en 1998, tanto como la lejanía de las ciudades a las que han llegado a presentar la música pesada, eléctrica, ruda y acelerada que cultivan. Música plasmada en canciones que pueden llevar "Belcebú" y "Piscoleros" como nombres. Canciones de tatuajes, cuero y calaveras, de alcohol y mujeres.

El origen de la banda está en la reunión de Rod y Joe Presley en 1998, a los que pronto se sumaron Jesse y Chris. Con esa formación, Devil Presley se presentó en locales capitalinos como La Batuta, Laberinto y Zoom. Fue cerca de un año de actividad en vivo antes de la grabación del disco debut, Hell rock (2000). En adelante, medios como Rockaxis, Especial 35º y radio Futuro pondrían atención sobre sus pasos. Tras la publicación del álbum, Devil Presley siguió actuando hasta que un receso frenó momentáneamente su historia, en 2001.

Sin embargo no pasarían mucho tiempo inactivos: en 2002 retornaron y al año siguiente grabaron un segundo disco, Lo Errázuriz tornados (2003), con nueva dupla de bajo y guitarra y con su barrio de origen como referente. Además, continuaron subiendo a escenarios de Santiago y otras ciudades: Coquimbo, Concepción, Osorno y las lejanas Copiapó y Punta Arenas han sido testigos de esos shows.

Tras la edición de Lo Errázuriz tornados, los cambios de formación se sucederían cada año. Músicos que han pasado por Criminal, Diessel, BBs Paranoicos, Corona de Espinas yTabernarios han tocado también en Devil Presley. Con las dos últimas bandas, justamente, han comenzado a trabajar en conjunto desde 2007 bajo el nombre de "Eje del Mal", alianza que se ha traducido principalmente en organizar y difundir conciertos. 

El grupo inició el año siguiente con la edición de un tercer disco, Round 3 (2008), lanzado en enero, en el que el sonido no ha variado sustancialmente, a pesar de todos los cambios. Siempre apegados a una veta dura y tradicional del rock, es el nombre de la banda una buena seña: duros como Devil, clásicos como Presley.



Los dejamos con Aguardiente..