domingo, 31 de agosto de 2014

MATTHIAS WEISCHER

Hoy Domingo llega a Experimental Lunch todo el particular estilo del aleman Matthias Weischer y sus casas sonadas. 































sábado, 30 de agosto de 2014

SER EL OTRO

Este Sabado tenemos el agarado de presentar a una nueva autora de gran prestigio. Eva Maria Medina es una madrilena licenciada de filologia inglesa. Ha obtenido varios premios literarios por varios de sus cuentos y ha publicado un libro de relatos llamado sombras, por editorial Groelandia. Hoy nos presenta su relato Ser El Otro 




¿Me sucedió algo que quizá, por el hecho de no saber cómo vivir, viví como si fuese otra cosa?

CLARICE LISPECTOR, La pasión según G.H.




            Es una mujer corriente, pero hay algo en ella que me arrastra. Noto que mis ojos empiezan a escrutarla de arriba abajo, acercando y alejando el objetivo; acercándolo, alejándolo, acercándolo, alejándolo. Su chaqueta negra oculta un cuerpo consumido, nada atractivo. Pelo castaño, largo, separado por una línea central recta. Nariz aguileña, trozos de carne casi inexistentes moviendo su boca. ¿Es esto lo que busco? No, creo que no. Oigo el sonido del zoom acercándose a unos ojos que parpadean. ¡Su mirada, es su mirada, que ha vuelto de un lugar árido, oscuro, frío, muy frío! Mis ojos se dirigen a ella, abstrayéndose del resto de realidad cercana. Un, dos, tres. Ya está, ya es mía.

La mujer de chaqueta negra y nariz aguileña grita. Sus ojos, de un azul muy claro, casi blanco, me acechan preguntándome qué ha pasado. No contesto y salgo.



Llego a otro andén. Ruido de raíles chirriantes. El tren estaciona. Se abren las puertas. El movimiento de la masa me introduce en el vagón. 

Cuando el espacio se desahoga, me fijo en un chico que está de pie, agarrado a la barra metálica. Me atrae, algo me atrae. Me sujeto a la misma barra, y me oigo: moreno, nariz chata; no, no es eso. Los ojos, la boca. Tampoco. Miro sus manos. Entonces surgen las imágenes, tiesas, arrítmicas, de unos dedos enguantados negros sobre otros marrones. La misma atmósfera pesada. Siento que mis dedos se mueven, intentando rozar los del chico. No me lo puedo quitar de la cabeza. 



En la calle, lo veo hablando con un amigo. Me quedo detrás. Doy pasos cortos, miro con frecuencia el reloj, y me apoyo en la pared.

Lo miro, examinando a modo de autopsia cada detalle, radiografiando su interior para extraer aquello que busco. Tenso los dedos, los aprieto, los estiro. Su figura dentro de mi pupila, ocupándola, haciéndose más grande; negra, cada vez más negra. 

Un golpe seco. El chico yace en el suelo. Su amigo intenta reanimarlo. Gente alrededor. Corro, preguntándome qué le habré quitado. ¿Qué me atrajo de él? Subía las escaleras del metro deprisa, de dos en dos; esos dedos al agarrarse a la barra, los brazos, los músculos tensos…



Entro en un parque. Una niña salta, otros se columpian. Un niño, de unos cinco años, juega a la guerra con sus dedos. Lo observo. Se da cuenta y me sonríe. Le devuelvo la sonrisa y le enseño un papel y un lápiz que saco del bolsillo trasero del pantalón. Hago un dibujo. El niño se acerca y lo mira. Oigo: «Columpios, mamá, yo, señor». Con los ojos humedecidos, lo levanto, sentándolo en mis piernas. Trotes de caballo. El niño se ríe. Arriba abajo, arriba abajo. Viene una mujer que coge al pequeño, arropándolo en su pecho. «Degenerado. Aprovecharse así de un niño. ¡Yo os encerraba a todos! ¡Pervertido!». No digo nada; solo bajo la cabeza. «Te lo tengo dicho, no te alejes ni juegues con extraños; menudo susto, ¡y deja de berrear, me vas a dejar sorda!». 



Bajo la calle sonriendo. Me fijo en dos adolescentes. Se besan, caminan, se vuelven a besar y entran en una cafetería. Los sigo.

Son como lapas; como no paren de besarse imposible averiguar lo que quiero. Me lo están poniendo difícil, ¡críos de mierda! 

Me acerco a ellos.

−Perdonad que os moleste, ¿no tendréis un cigarro?

−No –dice él.

−No fumamos –responde ella.

−Mejor, mejor… 

Vuelvo a la barra, y los miro. La chica tiene algo, no es guapa, pero tiene algo. Se me cae el café, que limpio con servilletas. Una voz me dice que son sus labios lo que deseo. Unos labios carnosos, grandes, con esa forma perfecta, como los pintó Rossetti: capaces de las mayores desgracias. Te los voy a quitar, princesa. Sudo. El sudor por la frente, las cejas. Son casi míos. Me pertenecen, ya son parte de mí. Un grito, la chica. Sus labios sangran. El camarero la atiende. El chico, paralizado. Ella continúa gritando. Salgo del bar, sintiendo que algo me falta. ¡El pelo del chico! Lo quiero, esa melena rubia va a ser mía, ¡mía! 



Cuando llego a casa, me tumbo en el sofá. Me quedo dormido. 

Al despertar, siento un ligero temblor, que desecho estirando brazos y piernas. Voy al baño. Me echo agua en la cara, bebo del grifo y me miro al espejo. Llevo una peluca rubia, lentillas de un azul muy claro; mi boca, pintada de un rojo chillón corrido por los bordes, y unas hombreras debajo de la camiseta. La imagen me paraliza. ¿Qué era aquello, una broma?

Mientras pienso qué hacer, me fijo en una luz roja e intermitente que sale del dormitorio. Retiro la cortina, escondiéndome detrás, y veo una furgoneta; con esa luz tan molesta. ¿La policía? El chico podría haber muerto, la mujer quedarse ciega, el niño sin alegría, los adolescentes…

Llaman a la puerta. La peluca, al suelo. Me quito las lentillas. Me limpio la boca con la mano, y tiro las hombreras. Las ideas se me amontonan. Las desecho. 

Llego a la puerta, con los oídos latiendo. Miro por la mirilla y pregunto. Me llaman por mi nombre. Dicen que abra. La policía, pienso. Corro. Me cogen antes de llegar a la escalera. «No he sido, yo no he sido», grito. Me dicen que ya lo saben. 

«Pórtate bien», oigo, «y no te pondremos la camisa». Uno de ellos se sienta a mi lado. Es un hombre corriente, pero hay algo en él que me arrastra. Noto que mis ojos empiezan a escrutarlo de arriba abajo, acercando y alejando el objetivo; acercándolo, alejándolo, acercándolo, alejándolo. Su chaqueta y pantalones blancos... 

Eva María Medina





BIOGRAFÍA





Eva María Medina (Madrid, 1971) es licenciada en Filología Inglesa por la Universidad Complutense de Madrid. Autora del libro de relatos Sombras (Editorial Groenlandia, 2013), y coautora de Relatos en Libertad (Editado por Anuesca, 2014) y de Letras Adolescentes (Colección Especiales, Editorial Letralia, 2012). Ha obtenido diversos premios literarios por sus cuentos, que han sido publicados en distintas revistas literarias, españolas y latinoamericanas ‒Letralia, OtroLunes, Cinosargo, Entropía, Almiar, Narrativas…‒, y en diversas antologías. La revista La Ira de Morfeo editó un número especial con algunos de sus relatos. Relojes muertos es su primera novela. En la actualidad está ultimando la escritura de su segunda novela, Asesinos de palomas.












viernes, 29 de agosto de 2014

NO REALMENTE

Nuevamente Veronica Pinciotti, nos vuelve a regalar algo mas de su talento. En esta oportunidad, esta mexicana nos presenta No Realmente, buen relato que recomendamos bastante 














            

                Lourdes llamó para avisarme que el sábado siguiente irían a ver a Sheila; me instaba a ir con ellas, aunque todas sabían que Sheila y yo… bueno, no era buena idea que ella y yo nos viésemos las caras. Sin embargo, Sheila había dado a luz recién. ¿Y qué? A mí no me importaba, yo estuve en contra de ello todo el tiempo, fue eso, incluso, por lo que peleamos, porque yo dije: es de mal gusto procrear, y Sheila, que ya estaba embarazada en aquel entonces, bueno… Todas se pusieron de parte de Sheila. Decían que yo era una bruja amargada sin instintos maternales. Mantuve mi postura cuando la barriga de Sheila confirmó su embarazo. Se lo repetí en su cara. Le dije: yo no voy a felicitarte, es de mal gusto procrear. Sheila se ofendió muchísimo. Esperaba que todos solaparan su estupidez y le desearan felicidad y dijeran cosas como los niños son un regalo de Dios, etc. ¿Por qué hablo de estupidez? Porque fue un acto estúpido. No lo planeó. Se embarazó de su novio sin desearlo, como si en nuestros tiempos no hubiese suficiente información, como una María de pueblo, como un animal. No, como un animal no, los animales son inteligentes y no se reproducen más allá de las capacidades de su especie. Fue un error. No hay otra realidad, aunque después la quieran cubrir con Dios y destino y tonteras de esas. Sheila tenía diecisiete años.



Antes de que naciera la cría, el novio de Sheila la abandonó. No podía esperarse otra cosa: fue un error y huyó de su error. Si todo esto estaba realmente en los planes de Dios, que Dios tan hijoputa. Sheila se convirtió, en ese momento, en un punto porcentual, en una estadística: el porcentaje de madres solteras, menores de edad, en 2014 no disminuye. Sheila era todo contra lo que luchaban los centros de salud, las campañas de planificación familiar, los programas de concientización de las adolescentes. Sheila era parte del problema que buscaban erradicar. A pesar de ello, Lourdes y las demás deseaban felicitarle. Sí, gracias por traer más gente al mundo, gracias por superpoblar, por reproducir la pobreza, por convertir al género humano en una plaga.



En una ocasión, cuando me riñeron por mi postura ante el embarazo de nuestra amiga, expuse la metáfora del cuarto de baño de Asimov, que leímos en clase en octavo grado. Todas la habían olvidado. Es algo así:



“Si dos personas viven en un apartamento y hay dos cuartos de baño, entonces los dos tienen libertad para usar el cuarto de baño cuantas veces quieran y pueden estar en el cuarto de baño todo el tiempo que deseen y para lo que deseen usarlo. Y todo el mundo cree en el derecho a cuarto de baño y en la libertad a usarlo cuando le apetezca, nadie está en contra de eso, todos creemos que debería estar hasta en la Constitución.



Pero si hay veintidós personas en el apartamento y solamente dos cuartos de baño, no importa cuánto crea la gente en la libertad y el derecho a cuarto de baño, porque tales cosas no existen. Entonces hay que establecer turno para cada persona para usar el baño, se tienen que establecer normas como que no puedes usarlo para cortarte las uñas, solo para necesidades y ducharte, lo que tendrás que hacer en poco tiempo… tienes que golpear la puerta para entrar… “¿Aún no estás listo?”… y así.



De la misma manera la democracia no sobrevive cuando hay superpoblación. La dignidad humana no puede sobrevivir a ello. La comodidad y la decencia no pueden sobrevivir a ello. A medida que crece la población planetaria el valor de una vida no solamente declina, sino que al final desaparece. Ya no importa si alguien muere. Cuanta más gente hay, menos importa cada individuo.”



Se rieron de mí, dijeron que eso no importaba ante el milagro de la vida, de Dios, etc. Expliqué que todo ese rollo del milagro de Dios, Dios mismo, y la idea de que procrear es bueno, es una idea que conviene al gobierno y que fomenta a través de la televisión, porque mientras más seamos, más fácil es controlarnos, pues las masas son torpes, la calidad de vida disminuye y tenemos más necesidades que nos condicionan, como la necesidad del transporte público, del servicio de luz y agua, de comunicación, etc. La educación, los salarios, todo se menosprecia porque ahora hay mucha gente que puede educarse y proponerse para un empleo. A ellas no parecía importarles nada. Estaban más fascinadas con la idea de hacer una fiesta a Sheila, un intercambio de regalos y de comprar ropita para bebé. Yo dije: ustedes son estúpidas. Eso fue el acabose. No volví a ver a Lourdes, ni a las otras chicas y mucho menos a Sheila.



Creo que pasaron cinco meses desde aquello. Ahora, Lourdes llamaba para decirme que el hijo de Sheila había nacido e irían a verla el sábado. Por supuesto, me negué. No lo hice por orgullo, lo hice porque realmente me importaba poco si Sheila se había embarazado y todo eso, o si ahora tendría que trabajar y sufrir para sacar a delante a su hijo, o lo que sea. Me importaba poco e incluso, estaba molesta con ella por haber sido tan tonta: ¿dónde quedaba toda la educación que supuestamente adquirimos en el colegio, en el seno de nuestras familias de clase media, en los libros que leímos? ¿De qué sirve leer si vas a continuar pensando como alguien que no lee? Dije a Lourdes que no asistiría y me reclamó hostilidad. Bueno, dije, ustedes me rechazaron por pensar como pienso y me vetaron de su grupo de amigas, Lou. Se defendió diciendo que aquello no era cierto. ¿Cómo no iba a ser cierto? ¿Cómo podía olvidarse de las cosas, mentir, o fingir (?) retraso mental? ¿De verdad pensaba que yo no había notado su descarado rechazo a mis ideas y mi persona? En cinco meses no llamaron para salir, como hacíamos antes, ni me dirigieron la palabra en el colegio. ¿Qué querían de mí? Vamos, le dije, ¿para qué quieren que yo vaya? Lourdes no supo responder, quizá en el fondo sabía que actuaba por compromiso y no por convicción. Anda, respondió, quizá ahora Sheila y tú puedan hacer las paces.





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Lo intenté. Después de todo, Sheila había sido una vieja amiga y aunque las cosas se le habían regado de las manos, no era culpa suya del to… Vamos, ¿cómo no iba a ser culpa suya?, ¿es que de verdad no puedo hacerlo con un maldito condón? No sé. Asistí a a la reunión el sábado, donde Sheila nos presentó a su cría. Había mucha familia y nosotras, las amigas. Todos se plantaban frente a Sheila, que reposaba en cama, con el bebé en brazos, y le miraban a ella y a l bebé y exclamaban todas esas cosas que se exclaman en este tipo de situaciones. Yo me resistía a acercarme demasiado.



Hubo un momento que una señora cogió al niño y lo cargó. Lo paseó un poco y luego, lo colocó en brazos de otra señora, que hizo lo mismo. Pasaron al niño por los brazos de todos los presentes y todos exclamaban una vez más lo bello que era, o lo afortunado que era, o sentenciaban su parecido familiar y discutían esto como si fuese muy importante saber a quién se parecía exactamente. Cuando llegó mi turno, cosa que no puede evitar, lo cogí tímidamente, y titubeando dije: ay, qué niño tan… ¿pesado? Se hizo un silencio, de un par de segundos, y Lourdes se apresuró a quitarme al niño. Lo cargó, lo pesó en brazos y dijo: Dios, sí, es muy pesado, ¡qué sano está! Yo traté de exclamar que era un niño muy bonito, pero no lo era. No era culpa suya, su padre era un hombre muy feo y, caray, los recién nacidos nunca han sido precisamente bellos.



Me largué de allí lo antes posible. No lo soportaba. Luego, llamó Lourdes al día siguiente para anunciarme que Sheila estaba muy agradecida conmigo por haber asistido. Mandaba decir que me perdonaba. Durante la reunión Sheila y yo no hablamos. Le saludé de la manera menos pretenciosa y no me despedí de ella cuando partí de su casa. Estaba segura que aquello la ofendería mucho. Sin embargo, mandaba decir que me perdonaba, y que ya entendería yo cuando tuviese hijos. No sé de dónde sacó que parir aquel producto la dotaba de una madurez y una inteligencia superior. De una historia de vida superior. Si fue por idiota que acabó postrada en esa cama, con esa vida bajo su responsabilidad. ¿Cómo un acto tan inmaduro: reproducirte a los diecisiete años, puede convertirte en alguien más maduro? Ahora se daba el lujo de perdonar mis ofensas y se las daba de sabedora de la vida, etc. Yo no iba a tragarme su cuento. Si creía que ser madre la aventajaba con respecto a las otras chicas, estaba muy equivocada, ser madre soltera la mostraba tal cuál era: tonta, impulsiva, poco previsora, inmadura, borrega. Contesté a Lourdes que muchas gracias, y que en adelante no las volvería a ver ni a ella ni a Sheila ni a todas las chicas. Lourdes ofreció disculpas si me habían ofendido en algo. Acepté las disculpas y me alejé de ellas porque no iban a aportar nada positivo a mi vida.



Después de ello, me enteré que comenzaron a llamarme engreída y orgullosa. También, que Martha, una de las chicas, había seguido los pasos de Sheila y estaba preñada de un chico de veinte años, sin educación, sin oficio y sin ganas de ser padre. También la felicitaron, la rodearon de halagos y le solaparon su error. Era increíble mirar cómo tapaban todo con el pretexto de Dios y sus milagros. Un milagro es algo que pasa extraordinariamente, no algo que pasa una vez cada catorce segundos, según la estadística.



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Luego de eso, no volví a tener amigas. No realmente.












jueves, 28 de agosto de 2014

BRIAN BRESS FOTOGRAFO

Brian Bress es un fotografo y cineasta norteamericano que vive en Los Angeles California. Aqui presentamos algo de su singular trabajo fotografico



















martes, 26 de agosto de 2014

CHUFA


El dia de hoy, queremos recordar a una gran autora de nuestro pais. Alejandra Costamagna, es una escritora y periodista, que a lo lago de su trayectoria ha publicado las novelas En voz baja, Ciudadano en retiro, Cansado ya del sol y Dile que no estoy (finalista del Premio Planeta-Casa de América 2007), y los libros de cuentosMalas noches y Últimos fuegos. En 2003 obtuvo la beca del International Writing Program de la Universidad de Iowa y, en Alemania, el Premio Anna Seghers 2008 al mejor autor latinoamericano del año. En esta oportunidad quisimos recordar a el Chufa, uno de sus mejores relatos.





                     Se llama Roberto Soto pero, nadie sabe muy bien por qué, le dicen Chufa. No llega a los veinte años, tiene el pelo liso y muy grueso y unos pómulos abusivamente hundidos. Una cara filuda tiene. Una cara, se diría, chupada por el propio filo de sus hendiduras. Chufa nació en el sur y ahora, a las ocho de una noche de diciembre, está en la capital. Después de la muerte de sus padres no le quedó otra salida. O sí: podría haber azotado calles en el sur. Prefirió azotarlas en el centro, en la latitud 33 o por ahí, y entonces subió a un bus provincial, llegó a la capital de la región, subió a un bus nacional, llegó a la capital del país y aquí está: en el rodoviario, como llama la gente ahora al terminal de buses, con un par de billetes y algunas monedas sueltas en el bolsillo, y la intuición de hallarse en la mitad de un hormiguero, de ser él mismo una hormiga cualquiera. Peor: una hormiga cualquiera y sin trayectoria definida. Chufa mira a un perro amarillo y piensa que los perros del sur tienen el pelo más liso que los del centro. El perro que él mira, sin embargo, es excepcionalmente crespo. No es que todos los perros capitalinos luzcan rulos de mulato. Pero eso el muchacho aún no lo sabe. A Chufa le gustan los perros. Si ahora mismo se sacara el suéter, uno podría ver que su polera tiene estampado el dibujo de un perro. Es un perro siberiano, y lo curioso de la ilustración es que el perro lleva a un hombre amarrado de una correa. Lo lleva de paseo. 

Chufa está cansado y se sienta en un banquito de la estación a comer un pan que ha traído del sur. Al frente se instala un viejo pascuero. Saca una radiocasete de un bolso y aprieta play. Pascua feliz para todos: el estribillo retumba en la estación de buses mientras el viejo hace karaoke con una sonrisa inestable. Sus labios, en esa postura, parecen un trocito de bistec mal cortado. Chufa lo mira y siente ganas de cantar. Pero no canta: en realidad le carga cantar.

Las siguientes son horas de espera. ¿De espera de qué? Chufa no lo sabe, pero su actitud es la de alguien que espera con paciencia, con infinita y tranquila y casi zen paciencia. Una actitud más propia de Séneca o de algún griego arcaico que de un muchacho de provincias estacionado de súbito en la gran capital. En algún minuto de la tarde decide que ya es hora de moverse y saca del bolsillo del pantalón un papel arrugado, una hojita de bloc roñosa o quizás una servilleta, y se dirige hacia un teléfono público. Mira el número anotado en el papelito, echa una moneda en el aparato y disca el número. Aló, tío. El tío se muestra extrañado por la presencia del sobrino. ¿Dónde estás?, pregunta. Acá. ¿Acá en la capital? ¿Y qué estás haciendo acá? El hombre sabe de la muerte de los padres de Chufa, pero esto no se lo esperaba. Esto: la llegada repentina de su sobrino a la capital, a su casa, puede que a su vida. Sin embargo, el tío no es ningún demonio y al final le dice bueno, ya; vente, Chufita, vente. Desde el otro lado del teléfono le da las indicaciones para llegar a su casa. Tienes que tomar la micro equis en la esquina equis y bajarte en la calle equis. Chufa corta la llamada y trata de retener las últimas señas: el número de la casa, los nombres de las calles. La verdad es que las indicaciones le parecen dificilísimas de seguir. No tiene la más remota idea de dónde está parado; no sabe ni cuál es el norte siquiera. A la mierda con el tío, piensa. Pero qué va a hacer: el tío es su hormiga más conocida en este hormiguero. En el teléfono que ocupó hace unos segundos ahora hay un hombre calvo hablando sin mucho ánimo. Cada palabra sale de su boca como un soplo difuso. Lo último que oye Chufa es "te vas a acostumbrar, Negro, te lo digo yo". Después corta. El muchacho se acerca al hombre y le pregunta por la calle equis o por la micro equis o por la esquina equis. El hombre exhala lo que parece su último soplido y dice: "Camina dos cuadras hacia allá, hijo, y ahí preguntas". Chufa no sabe por qué el desconocido lo ha llamado hijo. No le gusta que lo llamen hijo. Su padre, de hecho, jamás lo llamó hijo. Chufa, Chufita, a lo más Roberto en un par de ocasiones. Nunca hijo. Chufa camina las dos cuadras y pregunta. Está, en efecto, en la calle equis. Se detiene en una esquina a esperar que pase la micro equis. En el paradero hay un viejo pascuero sin barba. Puede que venga de regreso, se le ocurre. O de la Pascua anterior. De cualquier manera no está para la fiesta de esta noche, eso es seguro.

La micro equis pasa a los pocos minutos. El muchacho sube y camina haciendo equilibrio por el pasillo. El pavimento está roto y la micro da saltos de coctelera. Hacia el final del pasillo cree ver a otro viejo pascuero. Pero no está seguro. A lo mejor, piensa, la barba blanca y el traje rojo son casualidades. Chufa mira por la ventana con entusiasmo o con algo parecido al entusiasmo, acaso tratando de atrapar a otro repentino pascuero en su minuto de acción. Se le ocurre que la ciudad es un festival de viejos pascueros. Viejos y en su mayoría tristes (y se diría también miserables) pascueros. Ya es de noche. No lleva mucho rato de viaje (pongamos, veinte minutos) cuando la mujer joven que va sentada enfrente se acerca y le habla. Es raro lo que dice. A Chufa le parece raro. Esto es lo que dice: oye, ¿tú estás muy apurado por llegar? Desde luego, Chufa no tiene ni un apuro. A la mujer se le aproxima ahora un hombre y juntos comienzan a interrogarlo. No, no está apurado; sí, claro que le gustaría ganarse unos pesitos; no, en principio no tiene planes. No sabe a qué vienen las preguntas de la pareja, en verdad ignora si interrogatorios como éste son comunes en esta ciudad, en este barrio al menos. O en estas micros nocturnas de la capital. Después de un rato de divagaciones, al fin le explican lo que quieren de él. A estas alturas Chufa se ha dado cuenta –o cree haberse dado cuenta– de que los desconocidos no son traficantes de órganos ni asaltantes de bancos ni cafiches desvelados que pretendan meterlo en su negocio de Navidad. No. Es todo mucho más simple y raro a la vez: el hombre y la mujer quieren pasar la Nochebuena en un pueblo de la costa y van en esta micro camino de la estación de trenes. Hasta ahí todo bien. El problema es que les ha entrado una duda: ¿han apagado o no el fuego de uno de los quemadores de la cocina de su departamento? Después de tostar un pan, ella no recuerda haber cortado el gas. Pero a lo mejor lo hizo y fue un acto mecánico. Puede que sí, puede que no. El caso es que la duda no les permite seguir viajando tranquilos. Lo que quieren, lo que le ofrecen a Chufa, es que vaya al departamento, vea si el fuego está prendido y lo corte si es necesario. Y si no, nada: que se vaya y buenas noches los pastores. Por supuesto, le ofrecen dinero como recompensa. Mientras Chufa lo piensa, la mujer le hace una confesión. Dice: ¿sabes qué? Nos morimos de ganas de comer mirando el mar. ¿Y cómo entro?, pregunta el muchacho de improviso. Te pasamos una copia de las llaves y se las das después a la vecina. Chufa sabe que debe decir sí, es obvio que tiene que aceptar ya la repentina y acaso milagrosa oferta que le han hecho. Pero algo, un instinto de indecisión muy primario, le hace vacilar. Y se pone a inventar, como un perfecto fabulador.

Inventa el muchacho en la micro que tiene una familia y que debe llegar a cenar con ellos esta noche de Navidad. La pareja le cree y asegura comprenderlo. Entonces aumentan la oferta. En la cabeza de Chufa se aparece inesperadamente la imagen del tío. A lo mejor, recapacita en silencio, puede pasar unos días en el departamentito y olvidarse del tío. A la mierda un rato el tío. Quedarse en el departamento, que imagina con balcón y almohadas de pluma, y llamar al tío desde la tina. Llevar el teléfono inalámbrico a la tina y llamarlo entre la espuma y las sales de baño, chapoteando y bebiendo un trago con hielo. Tío, estoy muy bien acá, no necesito tus enredadas explicaciones ni tu casa en la calle equis ni nada. En realidad no necesito tu gentileza. Toma. El tío escuchará un tuuut y luego vendrá una especie de culpa muy antigua. La culpa del miembro de una tribu que un día cualquiera ha abandonado el clan, se le ocurre a Chufa en la micro, mientras la imagen de la tina, la espuma de la tina sobre todo, se va alejando de su cabeza. El tío permanece ahí, sin embargo, como la esquina mal cortada de un dibujo infantil. La mujer interrumpe sus divagaciones: ¿y? ¿Aceptas el trato o no? Y, sí, Chufa saca de su cabeza al tío, abre los ojos y acepta. La mujer se pone muy alegre, al muchacho le da la impresión de que es una adolescente rabiosamente feliz. El hombre la mira como se mira a una mascota, como orgulloso de las gracias de su animalito. Chufa no puede evitar pensar en un perro cuando la mujer le pregunta qué hará con el dinero. Un perro siberiano. Eso hará con el dinero, dice: comprar un perro siberiano. Bonito regalo de Pascua, comenta él. Y después dice ya, niño, en la otra esquina tienes que bajarte. Y ella: gracias, oh, muchas gracias.

Lo que viene a continuación es como una cinta acelerada. Es Chufa en el interior de su propia cinta acelerada y dichosa. Baja de la micro, no le cuesta dar con la calle, encuentra el edificio, sube los cuatro pisos, introduce la llave en la cerradura, abre, entra en el departamento. En el living hay un silencio con grillos. Enciende una lámpara: lo primero que ve es la enciclopedia de perros. Después, la colección de autitos (todos escarabajos Volkswagen: qué cosa rara, piensa) sobre una repisa. El gas no está abierto, y sobre el tostador hay una marraqueta que Chufa se lleva a la boca como por instinto. Después ve un pedazo de chorizo y lo corta con un cuchillo carnicero. Pone el embutido sobre el resto del pan y da un mordisco grande, se diría rabioso. El refrigerador no contiene muchas provisiones, pero al revisar la parte de arriba da con un pollo congelado, que saca inmediatamente y guarda en una bolsa plástica. Vuelve al living y acomoda la bolsa con el pollo junto a la enciclopedia de perros mientras termina de masticar atropelladamente el pan con chorizo. Las primeras cortesías de su primera noche en la capital, divaga. Sus pensamientos van de un lado a otro y él no hace nada por ordenarlos. Está feliz, el muchacho. No sabe si sentarse a mirar el libro o seguir el paseo por la casa. Sin que él lo quiera, el tío vuelve a su cabeza. Es obvio que debe llamarlo, se dice y comienza a buscar el teléfono. Pero el teléfono no aparece por ningún lado. No hay teléfono en el departamento. Tampoco hay balcón ni almohadas de pluma, pero qué importa: hay un libro de perros y hay una tina que ahora empieza a ser llenada con agua tibia. No hay sales de baño pero sí espuma, y un capítulo dedicado a los siberianos. Es primera vez que Chufa entra en una tina llena de agua espumosa, y ahora lo hace con la enciclopedia de perros en las manos. Se mojan las páginas, pero qué importa. Quince minutos bastan para repasar la personalidad y los cuidados básicos de un siberiano. Cuando termina el baño de tina, y una vez vestido con sus mismas y únicas ropas, Chufa desprende de un tirón las hojas de la letra S de la enciclopedia, las dobla y las guarda en la bolsa del pollo congelado que ha dejado en el living. Está en eso, decidiendo qué hacer, cuando oye la puerta y luego unas voces y un hola en voz alta, como si fuera obvio que alguien va a responder; que él, Chufa, va a responder con otro hola muy natural y casi festivo. ¿Qué es esto?, se pregunta. Y, como en un flechazo, piensa en correr a la cocina, agarrar el cuchillo carnicero del mesón y enterrárselo al sujeto que repentinamente se atreve a interrumpir su prematura felicidad. Pero lo que hace y lo que dice es otra cosa: hola, hola. Al frente tiene ahora a la mujer y al hombre del microbús, que lo saludan nuevamente y le ofrecen una disculpa. Como si fueran allegados que vienen a romper su solitario equilibrio. La mujer le explica que antes de llegar a la estación se dieron cuenta de que habían olvidado los pasajes. Ya ves, dice el hombre que ahora abraza a la mujer por la espalda, tenemos pajaritos en la cabeza. Y se ríe. Ella también se ríe. Al muchacho no le queda otra: se ríe, con una risa tan inestable como la del viejo pascuero que ha visto hace unas horas en la estación de buses. En todo caso, yo ya me iba, miente Chufa. Si quieres te quedas a cenar con nosotros, ofrece muy amable la mujer. No, no, muchísimas gracias. Ah, y el gas no estaba abierto, les informa. Ellos vuelven a reírse. Se ríen de todo, piensa Chufa. Y repite, nervioso: yo ya me iba, en serio. Mi familia me debe estar esperando. ¿Cómo te llamabas? Roberto, pero me dicen Chufa. ¿Por qué te dicen Chufa? Es una historia larga. Su voz ha sonado como la de un infeliz. Bonito en todo caso, dice el hombre, solo por llenar un silencio minúsculo pero notorio que se les ha cruzado de golpe. Todo lo hallan bonito, piensa Chufa en medio del silencio. Bueno, anda no más, si estás apurado, resuelve la mujer. Y se despiden y chao, chao, Pascua feliz para todos.

Antes de salir, el muchacho vuelve a pensar en el cuchillo carnicero, pero es solo una imagen. Una imagen, en todo caso, que deja una estela como un hilito muy delgado y que lo lleva a pensar en el sur y en eso de azotar calles, de azotarlas mejor en la capital. De azotar pollos ajenos, de azotar desconocidos. Eso es la capital, se dice mientras camina hacia la avenida donde pasan los microbuses. ¿Eso qué? No lo sabe: la frase ha sido arrojada al aire sin ningún razonamiento previo. Una vez arriba de la máquina mira el pollo adentro de la bolsa y piensa que no está mal para ser su primera Navidad en estas latitudes. Ahora tiene que encontrar un lugar donde prepararlo. Donde preparar el pollo. Pero la verdad de las cosas es que no tiene muchas opciones. Chufa supone que el tío se alegrará de ver a su sobrino en su casa y con un pollo en la mano.


lunes, 25 de agosto de 2014

MORFINA

La banda de esta semana proviene desde la provincia del Limari. Estos Ovallinos de nombre Morfina, nos han sorprendido con su porpuesta que mezcla el metal con elementos experimentales y de rock alternativo. Estan a punto de sacar un nuevo disco, asi que desde aca les damos todo el apoyo.




        Morfina es un cuarteto originado desde un principio en la provincia del Limarí en la ciudad de Ovalle y que actualmente nos desenvolvemos en la Cuidad de La Serena y el puerto de Coquimbo. Somos una Banda de estilo experimental mas bien ecléctica que busca innovar con rítmicas simples pero con diversos contratiempos, siempre con la inquietud de crear un sonido propio y original; nuestras letras de temáticas sociales hablan de abuso, violencia, decepción y sueños.


Morfina es una banda que divide sus influencias entre el Metal y el rock alternativo. En guitarra y voz, tiene a Francisco Cortes, en batería a Bastián Ramírez, y en bajo y voz a Nora Espinoza.


Los dejamos con Inestable








domingo, 24 de agosto de 2014

VINCENT VAN GOGH

Hoy Domingo queremos recordar a uno de los artistas que mas han sobresalido en la historia del arte y la pintura. Vincnt Van Gogh es su nombre y a continuacion recordaremos algo de su extenso y presti
gioso trabajo























sábado, 23 de agosto de 2014

NO PODIA LLEVAR A RAPHA A CASA

Para hoy Sabado volvemos a publicar otro trabajo del escritor mexicano Martin Petrozza. En esta oportunidad hemos elegido el relato, No Podia Llevar  Rapha a Casa









           No podía llevar a Rapha a casa porque el año pasado, o antepasado (no recuerdo), vomitó en medio de la sala y mi mujer le odiaba por eso (encima, mi mujer resbaló con la cosa de Rapha. Por supuesto, estaba borracho. Lo mismo que todos, excepto mi mujer. Yo había presentado un libro la misma noche, y tras la presentación, algunos vinieron a casa, a festejar, y bueno… Rapha no fue el único vetado aquella noche).

Mi mujer era muy ideática, bastaba un detalle para granjearse su odio; su amor era mucho más difícil de conquistar, y su humor era el perro guardián de su corazón (yo solía provocar a ese perro). Llevaba tres años tratando de conquistar su amor… a veces vislumbraba una veta de esperanza. Simona me amaba, pero quiero decir: ganar su amor incondicional, eterno, sin dudas ni titubeos. Podía ganar su amor una noche, pero nada aseguraba que al día siguiente, al mes siguiente, al año o década siguiente… Ella misma lo repetía: “El amor no es eterno”. Quizá tenía razón, pero a mí me importaba poco, había jurado amarla hasta la muerte (la vida de un hombre no es eterna) y en eso me empeñaba todos los días. En eso, y claro, en mantener mi estilo de vida, que era, a saber, trabajar lo menos posible, beber lo más posible, y leer y escribir por las noches envuelto en una nube de humo de tabaco… Ya, tenía razones para odiarme. A pesar de ello seguía conmigo. No puedo decir que Simona no me amase; lo que no significa que no fuese un caso duro. Ambos lo éramos: el caso más duro de nuestras vidas, mutuamente. En medio de todo eso, nos amábamos de un modo honesto y puro. El amor es algo más complejo que un cuento de hadas: hay que lidiar todos los días con el amor de nuestra vida, y con su humanidad.

El caso es que estaba con él, con Rapha, y eran las cinco de la madrugada (mi mujer estaría furiosa) y no podía llegar a casa con el bueno de Rapha sin que me echasen fuera, o al menos, sin que me descojonasen. Podía hacerme el duro y reclamar mi hombría con gritos y alegatos pero la verdad, hace mucho tiempo aprendí que pelear con una mujer es un caso perdido de antemano; no hay poder humano, lógica, razón o circunstancia que les haga ceder. Incluso si saben que tienes razón, no lo aceptarán.

Vagamos por las calles de la colonia en espera del amanecer. En realidad, en espera de la apertura del transporte público, para que Rapha pudiese partir. Podía dejarlo ahí, en la calle, en medio de la fría madrugada, pero no soy esa clase de hijo de puta. Soy la clase de hijo de puta que no llega a casa con su mujer (idiota). Eso sí, para no hacerla pasar el disgusto de meter a su peor enemigo a casa. Era un dilema, y como cada ocasión que un dilema se presentaba en mi vida, terminaba haciendo las cosas del peor modo posible.

El frío calaba los huesos. Yo estaba a una cuadra de mi apartamento, y me atormentaba con la idea de abandonar a Rapha, o de subir y discutir con Simona. Me decía: ¡tú eres Martin Petrozza! Bueno, yo era Martin Petrozza; Había escrito un montón de textos sobre infinidad de mamarrachadas; tenía fama de duro, por resumir, y no podía ir allá y gritar a Simona que ésta también era mi casa y Rapha mi amigo. El problema radica en que los textos que se ha leído la gente están escritos en pretérito. Ahora era Martin Petrozza, un tío que no deseaba, una vez más, perder a su mujer. He perdido suficientes mujeres en la vida para saber que no existe la mujer perfecta ni el amor predestinado. El amor perfecto y predestinado es aquel que se cultiva día a día. Cualquiera puede ser la mujer de nuestra vida si estamos dispuestos a que así sea. Esta disposición implica una selección. A esta selección la llaman Cupido, destino, o Dios.

Yo no tenía Cupido, ni destino ni Dios. Todo estaba en mis manos. Si Rapha pisaba un centímetro cuadrado de aquel apartamento, yo estaría perdido.

2

Me encontré con Raphael y Mauricio en el bar de una librería en Álvaro Obregón. No llevaban mucho tiempo cuando llegué, pero habían bebido algo y estaban alegres y entusiasmados; recién llamaron para invitarme a un show sadomasoquista en un antro de la Roma. Esto es lo que los tenía entusiasmados a tope, aunque, desde que lo escuché, dudé mucho de la veracidad de sus palabras. Tanto, que antes de llegar con ellos me di una vuelta por el sitio donde sería el evento, eché un ojo y lo supe: esto es un juego de niños. No quería desanimarlos, así que evité comentarios al respecto y me dejé llevar por la conversación que entablaron antes mi llegada.

En ese momento, Raphael comentaba a Mauricio que en esta misma librería se vendían mis libros, aunque él no lo creyera, y me lo preguntaron a mí para confirmar. Asentí con la cabeza. Luego se burlaron diciendo que vender era mucho decir, porque no había vendido uno desde hace meses. No estaban lejos de la verdad y no los desmentí; de cualquier modo, podían burlarse todo lo que quisieran.

Bebimos un par de jarras de cerveza allí, y charlamos sobre la edición de la revista Innombrable, de la que Mauricio era dueño y de sus intenciones de lanzara finalmente. Hasta ahora, no había nacido. Por supuesto, me ofrecí para ayudarlo en lo que necesitase y todo ese rollo amigable y de camaradería entre colegas de oficio, o entre poetas, o entre artistas (o entre seres humanos). También le prometí que enviaría un par de textos. El prometió que yo estaría dentro, que aceptaría mi ayuda y mis textos serían bienvenidos siempre, y todas esas cosas que se prometen los escritores entre sí.

Luego partimos de ahí, porque ya no aguantaban las ganas de ver mujeres enfundadas en cuero negro, pegando a mujeres desnudas o a hombres desnudos, o ve tú a saber qué imaginaba este par. Por mi parte, no deseando ser demasiado pesimista, guardaba pequeña esperanza de ver, al menos, un par de tetas o nalgas.

3

Antes de asistir, fuimos a otro bar, tras mi insistencia (y mi intención de no ir a gastar los pesos a donde no). Estuvimos poco tiempo; Mauricio y Rapha no creían en mi elección, que era el bar de Sanborns. Sin embargo, he pasado buenas tardes ahí. Encima, todo el tiempo hay promociones que lo hacen un bar competitivo con respecto a los bares que aparentan ser más económicos. Eso, sin contar que uno come gratis allí. El bar de Sanborns, utilizado inteligentemente, es una opción estupenda para beber solo.

Sea como fuera, no les agradó la idea, ni el lugar ni el ambiente a los poetas, y tuvimos que salir de ahí para ir al evento que les calentaba los pitos.

El evento duró dos o tres horas, con cervezas de sesenta pesos. La decepción fue tan grande que no podría expresarla correctamente si me alargase en hacerlo. Fue tan sencillo como esto: ¡no pudimos ver ni una pierna desnuda en toda la noche! Un programa de Disney Chanel hubiese sido más cachondo (¡con esas niñas conductoras en shortes!). Las chicas que presentaron eran hijas de mami; una, ¡incluso venía con la madre!, que estaba en la mesa frente a nosotros. No era complicado imaginar a la hija diciendo: “venga, ma, que es un evento sano, déjame participar, no es como tú imaginas; ¡es más!, si no me crees acompáñame para que veas”, etc. En pocas palabras: una farsa de evento. ¿Y por esto despreciaron una velada interesante, con posibilidades de todo, en el bar de Sanborns? O una noche de juerga en cualquier otro bar, con mujeres menos exhibicionistas, pero más dispuestas, o más calientes, o más libres.

Por supuesto, me quejé con Mauricio y Raphael toda la noche. Rapha me apoyó, y Mauricio se disculpó por habernos invitado a una mierda así (él fue el primero engañado). Sin embargo, sus disculpas no bastaron para darnos ánimo ni hicieron que las mujeres se quitaran las ropas.

A pesar de ello, nos quedamos hasta el final.

4

Caminamos dos calles o así hasta que lo vimos: una bandera de Colombia. Una bandera grande. Colgaba de una varilla de metal, horizontalmente, desde una casa enorme; de gente de dinero. Mauricio, que era colombiano, comenzó a injuriarla, porque odiaba Colombia (lo mismo que los mexicanos odian México, etc.).

Ya íbamos bebidos. Lo suficiente para que naciera en mí un odio venido de quién sabe dónde (probablemente la infancia) y corriera a colgarme de aquella cosa hasta deshacerla. No quería ver esa maldita bandera, no quería que en esa casa viviera gente colombiana, extranjera, con dinero, en mi país. No quería, sobre todo, ver esa maldita cosa hondeándose en aires mexicanos, altiva y orgullosa de sus culos colombianos.

Vamos, no tengo algo en contra de Colombia ni otro país, menos si es latinoamericano, excepto Estados Unidos, y aquella noche, sencillamente iba bebido hasta la coronilla.

A Mauricio y Raphael les gustó mi acto. Me daban ánimo con gritos que he olvidado, y esa bandera, y quizá la puerta de la casa, las plantas del jardín de la casa, la reja de ese jardín, hubiesen terminado hechos polvo, de no ser porque un tío salió de la nada y nos interrumpió. Nos detuvo con un grito, y luego, poetas al fin y al cabo, nos defendimos con palabras, y no con puños. Alegué que Mauricio era colombiano y tenía derecho a rasgar los símbolos patrios de su país, un país de guerra y sufrimiento. Mauricio me apoyó, creo que con la excusa de la política colombiana, etc., pero a este hombre no le importaba nada, excepto los daños. 

Como no entendería con palabras, tuve que acercarme a él (a riesgo de que me golpeara) y abrazarlo. Sí, le abracé y le dije: ya, hermano, todos nos vamos a morir. Lo dije de un modo desinteresado y hasta cariñoso. Sin embargo, no comprendió, o no quiso comprender; volvió a los gritos y reclamos. Viendo la situación, hice señales a mis camaradas para que se alejaran y me dejasen solo con este hombre, cosa que hicieron muy lentamente, más lentamente de lo que yo hubiese deseado y cuando estuvieron a cierta distancia, tomé al hombre por el cuello, como a un compadre y le dije: yo soy mexicano igual que tú (no estoy seguro que él fuera mexicano pero igual lo dije), y tú no tienes por qué defender la bandera de otro país, antes que a un hermano y compatriota. Me miró atónito. ¡Y si lo haces, alcé la voz, le voy a decir a ese hijoputa parce, que venga y te rompa el culo! Mauricio era un tío de metro noventa, corpulento y vestido con texanos y chamarra de cuero, de motorista. Acto seguido, me separé de él, del hombre, y caminé como quien nada debe hasta donde mis colegas. No volví a escuchar un solo grito o reclamo hasta la esquina de la calle venidera, que nos sacó a la glorieta de Cibeles (otro monumento extranjero del que contuvimos las ganas porque Rapahael deseaba comprar cerveza en algún lado antes de morir de desesperación). 

5

Compramos una tercia de cervezas más y las bebimos hasta que dieron las cuatro de la madrugada y Mauricio propuso volver a casa. Nuestros ánimos estaban deshechos, así que aceptamos la propuesta y caminamos hasta Insurgentes, y luego hasta Querétaro, donde me despedí de Mauricio y le deseé suerte. Después de hacerlo miré a Rapha, parado como el que más, y comprendí que esto no había llegado a su fin. Aún debía hacerme cargo del bueno de Rapha, es decir, beber hasta las seis o siete de la mañana, o llevarlo a casa.

Pero no podía llevar a Rapha a casa porque el año pasado, o antepasado…













viernes, 22 de agosto de 2014

MAX.


David Vera es un poeta mexicano del D.F. Hace poco nos ha presentado varios de sus trabajos y nos han parecidos muy buenos. En esta ocasion, queriamos dejarlos con  MAX.  Espero que lo disfruten.














Los espejos se vuelven el terror de la vida luego de ti,
luego de las baldosas mojadas que se resbalan en mis pies,
ante de los dólares que no ganaré, antes de que mi vida empiece,
al final de los días y al inicio de las noches donde la luz no entra.

A cualquier modo, para ti, soy amorfo, deforme,
el hijo abortado de Fitzgerald;
el día que quieres olvidar,
el bajista de la banda.

y me ahogo en botellas cuando quiero ahogarme entre tus piernas,
y maldigo la ciudad que me crió, y alabo tu respiración cansada,
y no veo el mañana, y no deseo el mañana, pues no hay mañana.

El sueño californiano que se pierde en hierba mala,
que irá a realizarse o morir,
que me hará lamer el suelo de tu realidad,
que te arrodillará. No para lo que espero.

Las drogas consumidas con anhelo de volverte fuerte,
ahora raspan la cara contra sí mismas,
se corroen entre gente que te aprecia con signos en sus ojos,
que hacia ti se mueven, bailandote, calentandote.

Entonces mis palabras no sirven en tu plato de fonda mexicana,
ni en tu belleza perdida junto a tu talento por dinero,
se pierden las palabras en una vida realizada,
entre ilusiones genéricas, contratadas para hacerse baches en lluvias de Julio.

Pues ya no se oye el canto de lo que fue la hija prodigio,
ni gemidos ni sollozos, ni carne ni pescado.
Se oyen los precios hablando por su talento,
se oyen lamentos de la generación postmoderna.






jueves, 21 de agosto de 2014

LEONARDO INFANTE FOTOGRAFIA

Leonardo Infante es fotógrafo, escritor, Licenciado en Historia y Teoría del Arte, miembro y ex presidente de la Asociación de Fotógrafos Independendientes. Al alero de la Corporación Cultural Fotoespacio.cl, dirige el proyecto “Santiago Fotográfico, 7 miradas sobre Santiago”, el que desde abril ha desembarcado en la Galería de Arte Posada del Corregidor, dependiente del Departamento de Cultura de la I. Municipalidad de Santiago.

















martes, 19 de agosto de 2014

HISTORIA DE UN COMPUTADOR


Tenemos el agrado de  recordar uno de los grandes relatos de este promisorio escritor chileno. Historia de un computador, refleja muy bien el estilo fresco de Alejandro Zambra,






          Fue comprado el 15 de marzo del año 2000, en cuatrocientos ochenta mil pesos, pagaderos en doce cheques que Max llenó con impaciencia, como si obedeciera a un impulso y no a una decisión responsable. Trató de acomodar las cajas en el maletero de un taxi, pero no había espacio suficiente, por lo que hubo que usar pitillas y hasta un aparatoso pulpo para asegurar la carga. Vivía en el centro de Santiago, a diez cuadras de la multitienda, en un departamento oscuro y estrecho de dos ambientes. Arrinconó como pudo la pesada cpu bajo la mesa del comedor y tendió los cables de forma más o menos armónica. Desde entonces el teclado, el monitor, el mouse y los parlantes compartieron mesa con peligrosas tazas de café y ceniceros vaciados sólo de tarde en tarde.

Al comienzo Max ocupaba únicamente el procesador de texto y la verdad es que no demasiado: ni siquiera llenaba los renglones, pues escribía breves líneas que él llamaba versos libres. Los versos libres crecían de dos en dos, aunque era frecuente que Max los borrara y comenzara de nuevo. Se valía, simultáneamente, de un cuaderno y de una pluma que al primer descuido regó de tinta el sector inferior derecho del teclado. Además de esa mancha, el teclado debió soportar una persistente lluvia de cenizas. Max casi nunca alcanzaba el plato que usaba para fumar, y fumaba mucho mientras escribía, o más bien escribía poco mientras fumaba mucho, pues su velocidad como fumador era notablemente mayor que su velocidad como escritor. Años más tarde la acumulación de mugre causaría la pérdida de la vocal a y de la consonante t, lo que naturalmente condujo, tras varios días de caos, al reemplazo del teclado. Pero eso sucedió después, y lo mejor será respetar, de ahora en adelante, la secuencia de los hechos.

La llegada del invierno aumentó considerablemente el uso del computador. Incluso a veces, a falta de una estufa, Max evadía el frío acariciando, de rodillas, la cpu, cuyo leve rugido muy pronto constituyó un sonido hogareño, que tendía a encontrarse y a confundirse con la ronquera del refrigerador y con las voces y bocinas que llegaban desde afuera. Max ya no usaba solamente el procesador de texto: con torpeza y constancia había descubierto programas muy sencillos que permitían resultados para él asombrosos, como la grabación de voces –mediante un escuálido micrófono que, en un comienzo, había desatendido– o la programación de rebuscadas sesiones de música. Seguía, en todo caso, con las líneas a medias de sus poemas, que nunca imprimía, tal vez porque nunca los consideraba terminados.

Las pocas mujeres que durante esos meses visitaron el departamento se iban antes del amanecer, sin siquiera ducharse o tomar desayuno y en general no regresaban. Pero de pronto hubo una que sí se quedó a dormir y luego también a desayunar. Llamémosla Claudia. Una mañana, al salir de la ducha, Claudia se detuvo ante la pantalla apagada, buscando arrugas incipientes u otras marcas o manchas esquivas. Era bella, sin duda: la cara morena, los labios ni delgados ni muy gruesos, el cuello fino, los ojos verdes y oscuros. El pelo le llegaba hasta los hombros mojados: las puntas parecían numerosos alfileres clavados en los huesos. Su cuerpo cabía dos o tres veces en una toalla inmensa que ella misma había llevado a casa de Max. Semanas más tarde Claudia llevó también un espejo para el baño, pero igualmente conservó la costumbre de mirarse en la pantalla, a pesar de lo difícil que era encontrar, en el reflejo, información suficiente.

Después de tirar toda la mañana, Max solía quedarse dormido. A Claudia le costaba dormir con luz de día, de manera que iba al computador y jugaba veloces solitarios o cautelosos buscaminas o partidas de ajedrez en nivel intermedio. Ya casi al anochecer él despertaba y se quedaba a su lado, aconsejando la jugada siguiente o simplemente acariciando el pelo y la espalda de la jugadora desnuda. Con la mano derecha Claudia atenazaba el mouse, pero dejaba caer una sonrisa que autorizaba, que pedía más caricias. Tal vez jugaba mejor cuando él la acompañaba. Al terminar la partida se sentaba encima de Max para empezar un polvo lento y largo. Las extrañas luces del protector de pantalla dibujaban líneas inconstantes en los hombros, en la espalda, en las nalgas y en los casi perfectos muslos de Claudia.

A veces hacían sitio en la mesa para tomar, decía ella, un desayuno como la gente. El teclado y el monitor pasaban al suelo, expuestos a los pisotones y al impacto de minúsculos restos de pan, pero sumando y restando la presencia de Claudia favorecía al computador: no era ella una maniática del aseo, pero cada tanto lo limpiaba con líquido para vidrios y paños de cocina. El comportamiento de la máquina era, por cierto, ejemplar. No le exigían mucho, ni siquiera se conectaban a internet, pero hay computadores que fallan a la menor provocación. Durante ese tiempo la verdad es que Windows siempre se inició correctamente.

El 30 de diciembre de 2001, a casi dos años de su adquisición, el computador fue embalado y trasladado a un departamento un poco más grande en la comuna de Ñuñoa. El entorno era ahora bastante más decoroso, pues le asignaron una habitación individual y habilitaron un escritorio gracias a una antigua puerta y dos caballetes medio cojos pero eficaces. Fue aquella, si cabe la expresión, una época dorada, en especial por el renovado interés de Claudia, que de los solitarios y las interminables partidas de ajedrez pasó a actividades más sofisticadas. Conectó una cámara digital, por ejemplo, que contenía decenas de fotos de un viaje reciente. En esas imágenes Claudia posaba con el mar de fondo o en el interior de una habitación de madera. Un sombrero mexicano y un inmenso crucifijo caían contra la única almohada de una cama sin respaldo, muy estrecha, flanqueada por dos veladores atiborrados de botellas de cerveza y conchas que cumplían la función de ceniceros. Claudia aparecía seria o conteniendo apenas la risa, con escasa o ninguna ropa, fumando hierba, bebiendo, tapándose los pechos o enseñándolos con tímida malicia. Había también algunas fotos que mostraban únicamente el roquerío o el oleaje o el sol apagándose en el horizonte, como si el fotógrafo hubiera intentado postales en vez de recuerdos. Sólo en dos fotos aparecía Max. Sólo en una salían ambos, abrazados, sonriendo con el típico fondo de un restaurante costero.

Pasó días ordenando esas imágenes: renombraba los archivos con frases tal vez demasiado largas, que solían terminar en signos de exclamación o puntos suspensivos, y enseguida las agrupaba en varias carpetas, como si correspondieran a viajes distintos.

Ahora Max y Claudia vivían juntos, pero no siempre coincidían: él trabajaba de noche y ella vendía seguros y también estudiaba una especie de postítulo o posgrado o diplomado o quizás el último año de alguna eterna licenciatura. Volvía a casa cuando Max se disponía a partir y el poco tiempo en común lo destinaban a tirar, aunque a veces solamente reían frente a las tazas de café. Antes de acostarse Claudia lo llamaba al trabajo y hablaban largo, pues al parecer el trabajo de Max consistía, justamente, en hablar por teléfono, o en esperar urgentes y remotas llamadas telefónicas que nunca llegaban. Tu verdadero trabajo es hablar por teléfono conmigo, le dijo Claudia una noche, con el auricular apenas equilibrado en el hombro derecho. Luego rió con una especie de resuello, como si quisiera toser y la tos no saliera o se entrelazara con la risa.






lunes, 18 de agosto de 2014

REVEALER

La banda de esta semana se llama Revealer. Se definen como Metal Core y son de La Serena








Resena extraida desde 
http://rockdesdelaivdimension.blogspot.com/


         En esta oportunidad destacamos el trabajo realizado por la banda REVEALER de La Serena, que seguro ya muchos en mas de alguna tocata se habrán encontrado, pues este jóven grupo muestra una gran motivación por hacer las cosas bien, ya sea por mantener un pulcro trabajo en la web, tener una cierta constancia en fechas en vivo, y lo más importante, mostrar una fuerte vehemencia en su aporte musical a nuestra escena rock. 

      Se definen como metal core, pero más bien suena a thrash/death europeo, y muy en la onda contemporánea debido a la inclusión de elementos adicionales (entre ellos lo "core") que le dan melodía y una consistencia muy interesante. Buena contribución a nuestro vasto movimiento regional.


Los dejamos con Sin Retroceder







sábado, 16 de agosto de 2014

BUFANDAS

Bufandas, un relato futbolero, del tablon, es la nueva entrega del espanol Rafael Guerrero. No duden en leerlo













           “¡Fin del partido! ¡El Real Madrid es campeón de Copa! ¡Qué grande es el fútbol! Nunca me cansaré de repetirlo. ¡Qué grande es el fútbol!

¡El estadio es una marea de bufandas blancas entonando el nombre del protagonista en una sola voz: ‘Kuti, Kuti’, ‘El Diablo Merengue’, ‘El Látigo Kuti’!, ¿de qué remoto lugar nigeriano ha venido este muchacho delgado como un alambre para convertirse en el castigo de los azulgrana?, ¡El Santiago Bernabéu va a explotar, ‘Kuti, Kuti’, todo es un coro del balompié, un triunfo del deporte!

¡Sobre la línea de gol, levantando los brazos en un vínculo mágico con la afición, el delantero corre hacia las gradas para celebrar la victoria junto a los que más se lo merecen…!”

Joseph Odejayi, alias Kuti, siente el viento que recorre el estadio sobre su camiseta sudada. Los espíritus Owuamapu han viajado desde el delta del Níger para convertirlo en el centro del mundo. El Diablo merengue, el hombre que llegó de lejos, mira su piel negra y piensa en los ojos fieros de Charles Obamanga, su amigo; rememora la cara redonda y el cuerpo robusto de los hombres valientes de su raza; su hermano de sangre, su familia. Las imágenes que todavía conserva de aquella época, donde el tiempo se ha convertido en una bruma que desdibuja los detalles, que los esconde con un engaño de la memoria, evocan el recuerdo vago de aquel muchacho de sonrisa amplia y modales bruscos con el que compartió la adolescencia, antes de que la rabia que invade a los hombres cuando sopla el viento del harmatán le convirtiera, como a tantos otros de sus paisanos, en los olvidados y ejecutores del horror.



—… Así no ganamos…

—¿Pero qué dices? No digas más mierdas y dale —exclamaba Charly.



Soccer Shit era el campo deportivo del barrio; un arrabal de tierra y pies desnudos donde los jóvenes de la tribu Ijaw jugaban con una pelota de trapo. Soccer Shit, en Warri Town, acaso el suburbio de chabolas de adobe más poblado de la ciudad; a la vera del mercado en el que los viejos chalaneaban al calor de una conversación y un té de yerbabuena, su piel ajada en las arrugas que el limo áspero del río y el sol les tatuaban a fuego como seña de identidad. Todo era un estallido de humanidad envuelta en una nube de polvo rojo que se masticaba como un chicle hecho de arena y regaliz; un proscenio africano de brazos y saludos; una celebración diaria de caras sudadas y risas.

La refinería de petróleo quedaba detrás, en la ribera, sus cimientos lamidos por las negras aguas del Níger. “Su fábrica”, así la llamaban, tras el humo de chimeneas infinitas, siempre custodiada por algunos matones blancos que todos conocían por sus nombres y apellidos, aquella mole gris de hormigón y hierro delimitaba senderos, en los que la vida iba y venía, a lo largo de los conductos que canalizaban el petróleo en todas direcciones; hacia Lagos enfilando al norte; por el este, rectilíneos como serpientes de metal, a la costa donde los petroleros engullían miles de toneladas de crudo. Sus muros y alambradas de espino constituían la frontera que separaba los distritos de los dos pueblos enemistados itsekiri e ijaw.



—…Nunca vayas allí sin un AK 47. Los itsekiri ayudan a los ladrones.

—En el fútbol no hay enemigos Charly, sólo contrincantes.

—No existe un valle o montaña, o una brizna de hierba, donde nuestros enemigos no sean nuestros enemigos.

—No digas tonterías.

—Tu gente es lo primero, Kuti, mamarracho. No el fútbol.

—Lo será, Charly. Algún día estaremos muy lejos de aquí.

—Ya no tenemos 11 años. Mira sus tuberías de mierda.



“… Espectacular. ¿Qué edad tiene este muchacho? Sin duda estamos contemplando una de las figuras más destacadas del fútbol actual.

El fulgurante ascenso de Kuti, el diablo merengue, el mediapunta que ha puesto de rodillas al Barcelona de Messi, no ha hecho nada más que empezar su…”



—¿Y estas botas?

—Póntelas. Viene un ojeador—le dijo el entrenador del equipo de juveniles.



Las deportivas eran incómodas y demasiado nuevas; los tacos le impedían manejar sus pantorrillas con soltura. Miró a las bandas nervioso, pero no vio a nadie que pudiera valorar su fútbol; las oportunidades de los blancos sólo eran un asunto de los itsekiri. Hizo lo que mejor se le daba sin preocuparse, y terminado el partido quisieron charlar un rato con él. Era un hombre blanco de tez morena; lucía un peinado a raya milimétrica lamido hacia atrás por la brillantina; se presentó como un ojeador de un club de fútbol español importante: “¿Cuántos años tienes?” “Juegas bien…” “Estamos interesados…” “En quince días tienes noticias mías…”.

Quince días, dos semanas, demasiado tiempo para un lugar como Nigeria. Allí las horas transcurren lentas, indolentes, cada fracción te hiere la piel; el calor tropical y la humedad del río embotan el corazón, y ya sólo queda el odio contra ti mismo por haber nacido rodeado de miseria, por ser un guijarro más en esta tierra violenta donde la sangre se desborda por las riberas del Níger. Él residía allí, el reloj movía las manecillas como si fueran cuchillas, lo supo desde que empezaron los cantos nocturnos, con las proclamas violentas y los rostros contraídos de sus amigos; la impotencia, el odio, la rabia acumulada durante años, pronto provocarían la rebelión de los que habían rechinado los dientes durante demasiado tiempo.



“…Está claro que Odejayi es un mediapunta ideal; rompe, llega, asiste, organiza, y prueba el disparo. Perfecto en los pases largos a Ronaldo….”



Crecía desde el río una densa niebla caliente que uno podía saborear, asfixiarse con el olor salobre que flotaba desde las aguas pantanosas de caña y fango de la orilla. Aparecieron por las esquinas de las chozas, al principio cautos, por las calles llenas de socavones y charcos, una marea de gente que se fue transformando en la turba armada con machetes y fusiles viejos.



“…¿Imprime un ritmo demasiado fuerte? No sé, a mi me parece que eso es bueno. Si éste no ha sido el mejor partido que le he visto jugar, va a faltar poco. No, no, no estoy de acuerdo contigo…”



—Acaso crees que los de la refinería no van a volver con más soldados. Ellos tienen el apoyo del Gobierno. ¿Qué piensas que vas a conseguir?

—Lucharé por la dignidad de mi pueblo. Todo está podrido, Joseph. No somos un escupitajo.

—¿Qué dignidad hay en la sangre derramada? Eso se llama muerte.

—Dedícate al fútbol y déjame en paz.



No supo qué contestar. Charles se fue recogiendo el machete de su padre, y cuando enfilaba sus pasos por la calle donde siempre habían jugado de niños, se dio la vuelta.



—La próxima vez que te vea sólo serás basura.



Joseph intuía que el planeta era una pelota girando en caída libre, sólo se necesitaba un buen futbolista para detenerla con el pie, un regateo al contrario, el colofón noble de la competición con el pitido final del árbitro, más el intercambio de camisetas entre los equipos contrincantes. Joseph lo intuía, pero la realidad sólo le devolvió un deseo inútil; una ansiedad y un anhelo.



“…¿Pero vosotros sabéis..? Sí, sí, que está promocionado de segunda división ya lo sé. ¿Pero en qué equipos ha jugado? …, me refiero a conocidos…Claro, viene de Nigeria, creo que de la capital…”



Quince días. Autobús vía Lagos. Le acompañaba otra joven promesa del fútbol nigeriano; se llamaba Víctor. Lucía en el cuello, como un tesoro, una bufanda desgastada del Real Madrid, con el escudo y el nombre bordados sobre la tela. Era un niño itsekiri tan negro y delgado como él. Resultaba ineludible la amistad de los dos a través de la afición compartida.

La guagua que les dirigía a Lagos era un cacharro pequeño achuchado por los años de funcionamiento; los colores vivos con los que estaba pintada trataban de ocultar los chichones de la chapa y el óxido del guardabarros. Era una furgoneta brava cruzando en vaivenes los caminos, a veces definidos, en otras ocasiones el conductor inventaba veredas donde sólo existía la maleza y su pericia al volante. El paisaje se diversificada entre un terreno árido, donde la lluvia no tocaba el suelo, y la selva cerrada, que, orillando el mar, ofrecía a la vista las palmeras y manglares, las colecciones de acacias, y una fauna variopinta, siempre en huida por el asfixiado quejido del motor del vehículo.



El miliciano les dio el alto cuando la noche estaba envolviendo los árboles que cercaban el camino como un muro. Eran rebeldes ijaw escondidos en la espesura; deambulaban huyendo del ejército como las fieras del cazador, al acecho ante cualquier posibilidad de saqueo que les permitiera sobrevivir. Hubo un murmullo de preocupación entre los pasajeros, y la cara del compañero de viaje de Joseph se tornó en un gesto extraño, una mirada perdida del que intuye la amenaza.



—¡Abajo!



Fueron saliendo del vehículo; cabizbajos por el miedo, ninguno de ellos se hubiera atrevido a mirarlos a la cara; sabían bien, por las conversaciones murmuradas en los cafetines, lo que eran capaces de hacer aquellos hombres embrutecidos, que vagaban sufriendo el calor húmedo del pantanal; siempre huyendo como leones heridos en manada; acorralados pero llenos de furia.

Todos los pasajeros pertenecían a otras tribus neutrales, excepto Víctor, por lo que parecía improbable que tomaran represalias contra ellos, más allá del robo. Les pusieron en fila, los fueron inspeccionando uno a uno con las manos sobre la nuca. Ninguno de los prófugos sobrepasaba la veintena; lucían bandoleras de proyectiles y armas de fuego; algunos llevaban las gorras del ejército rebelde de liberación ijaw.

Joseph pudo reconocer la cara redonda y la mirada fiera de su amigo Charles Obamanga frente a él; conversaba con un grupo de milicianos. Una cicatriz purulenta le atravesaba el mentón.



—Charly…



Oscureciendo la noche, negro sobre negro, tenía la mirada cansada, los ojos brillantes por la fiebre, ahora tristes, desolados, le respondió con una inflexión de voz que no pudo reconocer, era un ladrido de hiena plagado de insultos. Quiso entender aquellas palabras estructuradas en un vómito de rabia, pero escrutando el fondo de aquellos ojos turbios, desconocidos para Joseph, aquellos ojos extraños que habían vaciado las cuencas de su amigo, dos parásitos llegados para nublar el nervio óptico con una cortina de sangre, pudo darse cuenta de que las palabras no tenían nada que ver con él. Charles miraba a Víctor con inquina; una sonrisa torcida se dibujaba acompañando la protuberancia que le recorría el mentón. Su cara redonda fruncía una mueca tensa a lo largo de la cicatriz, enmarcando un gesto viejo. Abocado a la vejez, sin haber pasado por hombre. Tenía la arruga espiritual que expresaba su desgracia con nombre de mujer bella, con el contorno femenino que deslizaba su figura a lo largo del Atlántico, para deslumbrar con la exuberancia de su fronda, de este lugar recóndito, de sus ríos, de la explosión de colores y polvo que uno podía encontrar en sus campos.



—Miradlo.

Lo sabían, le odiaban por haber vivido en un distrito opuesto separado por los oleoductos de la refinería, la fábrica constituyéndose como el centro del mundo de dos pueblos dominados por la avaricia que llegó con los billetes americanos. En el otro hemisferio del planeta la sociedad daba vueltas y vueltas atiborrada de progreso, pero aquí las miradas torcidas atravesaban a Víctor, que lloró amargamente ante los que reían esbozando una sonrisa llena de nada, pletórica de derrota y desesperación.

Le arrastraron tirándole de la bufanda. Todo el esfuerzo del muchacho consistió en sujetarse el trapo, en un intento de respirar, pese a la tela que apretaba su tráquea mientras le rebozaban por la tierra. Intentó revolverse cuando tres de los rebeldes le alzaron a la altura de una rama.



—¡Sólo es un muchacho!



Sólo el horror. El horror. Ninguno de ellos se dio la vuelta para responder a Joseph, espetarle algún insulto o un mal gesto, un golpe, nada; miraban el nudo corredizo apretando la nuca; la asfixia; la bufanda tensa atada en el árbol; el balanceo desesperado durante unos minutos del niño itsekiri que quiso jugar al fútbol; el cuello partido; las letras bordadas en la prenda, bailando a izquierda y derecha, junto al rostro hinchado: Real Madrid.



“¡Ahí está El Demonio merengue, El látigo Kuti, y en su paseo triunfal recoge la bufanda que le ofrece un aficionado, para ondearla al viento mientras da la vuelta por el campo entre los aplausos del público!”