martes, 30 de septiembre de 2014

POQUITA COSA

Hoy queremos recordar, quizas, uno de los mejores, si no el mejor, cuento en nuestra opinion, del gran escritor ruso Anton Chejov. Poquita Cosa, logra, con su simpleza pero no carente de profundidad, darnos un certero golpe a nuestra manera de ver las cosass. ¡Qué fácil es en este mundo ser fuerte!, dice la ultima frase de este cuento, y es, quizas, la que resume todo el cuento.




            Hace unos día invité a Yulia Vasilievna, la institutriz de mis hijos, a que pasara a mi despacho. Teníamos que ajustar cuentas.

-Siéntese, Yulia Vasilievna -le dije-. Arreglemos nuestras cuentas. A usted seguramente le hará falta dinero, pero es usted tan ceremoniosa que no lo pedirá por sí misma... Veamos... Nos habíamos puesto de acuerdo en treinta rublos por mes...

-En cuarenta...

-No. En treinta... Lo tengo apuntado. Siempre le he pagado a las institutrices treinta rublos... Veamos... Ha estado usted con nosotros dos meses...

-Dos meses y cinco días...

-Dos meses redondos. Lo tengo apuntado. Le corresponden por lo tanto sesenta rublos... Pero hay que descontarle nueve domingos... pues los domingos usted no le ha dado clase a Kolia, sólo ha paseado... más tres días de fiesta...

A Yulia Vasilievna se le encendió el rostro y se puso a tironear el volante de su vestido, pero... ¡ni palabra!

-Tres días de fiesta... Por consiguiente descontamos doce rublos... Durante cuatro días Kolia estuvo enfermo y no tuvo clases... usted se las dio sólo a Varia... Hubo tres días que usted anduvo con dolor de muela y mi esposa le permitió descansar después de la comida... Doce y siete suman diecinueve. Al descontarlos queda un saldo de... hum... de cuarenta y un rublos... ¿no es cierto?

El ojo izquierdo de Yulia Vasilievna enrojeció y lo vi empañado de humedad. Su mentón se estremeció. Rompió a toser nerviosamente, se sonó la nariz, pero... ¡ni palabra!

-En víspera de Año Nuevo usted rompió una taza de té con platito. Descontamos dos rublos... Claro que la taza vale más... es una reliquia de la familia... pero ¡que Dios la perdone! ¡Hemos perdido tanto ya! Además, debido a su falta de atención, Kolia se subió a un árbol y se desgarró la chaquetita... Le descontamos diez... También por su descuido, la camarera le robó a Varia los botines... Usted es quien debe vigilarlo todo. Usted recibe sueldo... Así que le descontamos cinco más... El diez de enero usted tomó prestados diez rublos.

-No los tomé -musitó Yulia Vasilievna.

-¡Pero si lo tengo apuntado!

-Bueno, sea así, está bien.

-A cuarenta y uno le restamos veintisiete, nos queda un saldo de catorce...

Sus dos ojos se le llenaron de lágrimas...

Sobre la naricita larga, bonita, aparecieron gotas de sudor. ¡Pobre muchacha!

-Sólo una vez tomé -dijo con voz trémula-... le pedí prestados a su esposa tres rublos... Nunca más lo hice...

-¿Qué me dice? ¡Y yo que no los tenía apuntados! A catorce le restamos tres y nos queda un saldo de once... ¡He aquí su dinero, muchacha! Tres... tres... uno y uno... ¡sírvase!

Y le tendí once rublos... Ella los cogió con dedos temblorosos y se los metió en el bolsillo.

-Merci -murmuró.

Yo pegué un salto y me eché a caminar por el cuarto. No podía contener mi indignación.

-¿Por qué me da las gracias? -le pregunté.

-Por el dinero.

-¡Pero si la he desplumado! ¡Demonios! ¡La he asaltado! ¡La he robado! ¿Por quémerci?

-En otros sitios ni siquiera me daban...

-¿No le daban? ¡Pues no es extraño! Yo he bromeado con usted... le he dado una cruel lección... ¡Le daré sus ochenta rublos enteritos! ¡Ahí están preparados en un sobre para usted! ¿Pero es que se puede ser tan tímida? ¿Por qué no protesta usted? ¿Por qué calla? ¿Es que se puede vivir en este mundo sin mostrar los dientes? ¿Es que se puede ser tan poquita cosa?

Ella sonrió débilmente y en su rostro leí: "¡Se puede!"



Le pedí disculpas por la cruel lección y le entregué, para su gran asombro, los ochenta rublos. Tímidamente balbuceó su merci y salió... La seguí con la mirada y pensé: ¡Qué fácil es en este mundo ser fuerte!





lunes, 29 de septiembre de 2014

MOONTAUK MX

La banda de esta semana en Experimental Lunch, proviene desde Mexico. Su nomre es Moontauk y desde el 2012 ha dado a conocer su sonido influido por el post rock, y el funk. 

















Nota extraida desde http://rockactivist.com/blog/artista-propuesta-moontauk/





          Moontauk es una banda originaria de Satélite, al norte de la ciudad de Mexico, la cual se inicia como un proyecto electrónico conformado a duo por Juan Co y Jl Minchaca a mediados del 2012. Paulatinamente se fueron integrando músicos interesados en el proyecto, como Gerbenny Oswyn en el bajo, Ricardo Mendoza en la batería y Paco Escobedo en la guitarra, definiendo su alineación en 2013.

Ideado desde una perspectiva de participación colectiva, la banda ha colaborado con distintos músicos que acompañan algunas presentaciones en vivo, además de visuales creados por los mismos integrantes que complementan la experiencia.

Explorando los terrenos del post-rock, trip hop y funk, entre otros, se ha gestado una combinación rítmica y oscura que los integrantes denominan: Freestyle, que se caracteriza por manipular gadgets como base en la composición. Inspirados principalmente por la ciencia ficción y la idea de habitar nuevos mundos, graban su primer Ep homónimo en los estudios SuperNova con la masterizacion de Héctor Page y producido por Gil Santiago Rangel, quien también dirige el video sencillo de la banda titulado Lost Forest.


El sonido de Moontauk se define por atmósferas melancólicas y bajos estridentes que acompañados de sonidos galácticos, trazan la visión del humanoide que habita el presente. ¿Quieres que sean Artista Propuesta RockActivist? Comparte la nota.



Los dejamos con Lost Forest














domingo, 28 de septiembre de 2014

EFECTO BOMBA (TRABAJO AUDIOVISUAL DE JERSON CORTEZ)

Para hoy domingo, El equipo de Experimental Lunch, tiene el agrado de mostrar el ultimo trabajo de Jerson Cortez, realizador audiovisual, llamado Efecto Bomba, que busca promover a MORET (Movimiento Revolucionario Textil)




Biografia de Jerson Cortez





       Jerson Cortez es un realizador audiovisual independiente y estudio en chile comunicación audiovisual. Sus primeros trabajos, sin embargo, estuvieron mas ligados a la fotografía, realizando una exposición auto gestionada junto a su amigo Alexis. El tema fue ¿ desarrollo o progreso? Trataba de Maria, una pobladora que trabajaba de la recolección y vivía al lado del rio Mapocho, a la que le expropiaron su hogar sin pagar nada por su terreno. Mientras estudiaba y antes de terminar su carrera Jerson decidio embarcarce en un proyecto propio: la realización de un programa infantil, postulando al fondo del consejo nacional de tv de chile, un año trabajando junto a sus amigos que también se habían embarcado al sueño de tener algo concreto, cámaras, un espacio, un sistema de trabajo planteado por ellos. Se llego a la misma final. Luego Jerson comenzo a trabajar en algunas productoras como editor. Después estudio en Buenos Aires fabricación de marimba, donde pudo conocer a personas relacionadas al estilo de arte que el queria realizar. 




Hace poco tiempo Jerson creo un canal de youtube . La idea es ayudar a organizar de forma audiovisual las diferentes disciplinas del arte escénico o callejero, priorizando el arte corporal. Baile , circo , danza, tatuadores , desnudos, etc. Estando consciente de la necesidad de ayudar a la creación de redes para los artistas no financiados ni provenientes de círculos aristócratas. Además conocer artistas de otras culturas. La premisa es , conocerse para organizarnos y trabajar! 










Bueno, sin mas preambulo, los dejamos con este pequeno corto llamado Efecto Bomba:








sábado, 27 de septiembre de 2014

EL ENCUENTRO

Nuevamente tenemos el agrado de mostrarles otro relato de Roberto Areque, gran escritor venezolano. En esta oportunidad, el relato elegido es El Encuentro









                       La tarde caía y el sol en su muerte dejaba su rastro sobre un cielo parcialmente nublado y cansado, pero nadie lo notaba y ambos caminaban por la avenida Bolívar en direcciones opuestas; ella regresaba del trabajo y él de la panadería. Entonces, justo antes de cruzar la esquina de la calle que bordea el liceo “Cecilio Acosta”, ella lo vio y él se percató de que alguien lo observaba. De inmediato él apreció su figura, cabello y rostro, y siguió el camino impregnado con la estela de un aroma inconfundible y delicado. En ese instante quiso decir “Hola”, pero no. De haberlo hecho ella habría correspondido y, ante la inesperada respuesta, él tropezaría con el borde de la calzada. Por su parte ella detendría su andar ante el traspié del desconocido y sucedería una de dos cosas; trataría de asistirlo o se quedaría a mitad de camino a la espera del impacto de un camión.

Si se asume que hubiese tenido la gentileza de asistir a un desconocido, aun sabiendo que el tropezón no pasaría a mayores, ella habría entablado una conversación con un tipo de mediana estatura, ojos negros, cabello lacio y tez morena. También cedido su número telefónico y después de varias semanas se encontrarían una tarde de Julio en el cine del único centro comercial más o menos decente que había en Maturín. Si se toma en cuenta la fecha y la disponibilidad de películas que, en cuanto a calidad, costo y gusto, pudiesen satisfacer sus expectativas habrían escogido “Tomorrow Edge” la cual estaba protagonizada por el actor preferido de ella y, según él, una flaca que no estaba nada mal. 

Con el paso del tiempo y la conjugación de una serie de factores inherentes al cortejo ambos se enamorarían, comenzarían una relación con sus altos y bajos, risas y lágrimas, peleas y reconciliaciones y muchas otras cosas más bajo la mesa como infidelidades, celos e inseguridades. Ella conocería a los progenitores de él y su suegra no le simpatizaría, él a los de ella y su suegro lo vería con cara de perro. Poco a poco los amigos de ella desaparecerían y las amigas de él pasarían al anonimato. Es muy probable que al poco tiempo de haber comenzado a emerger sentimientos de dependencia emocional se presentaran algún tipo de inconvenientes. Si él no fuese una persona desconfiada y ella lo suficientemente madura como para lidiar con algunos tipos de situaciones relacionados con los celos todo durante los primeros 5 años de amores hubiese funcionado perfectamente. Claro, es evidente que habría una que otra indiscreción por parte de ambos, no obstante, pasarían desapercibidas; nadie ve la diminuta roca mientras se yace frente a la montaña. Y es algo razonable, una piedra no es un obstáculo ni su presencia resulta majestuosa ante la figura del Everest. De allí que al caminar levantamos el pie y le pasamos por encima sin perder de vista el objetivo. Eso sería lo que ella haría si se hubiese enamorado, lo mismo que hace todo el mundo: cerrar los ojos y ver lo que se desea ver.

Entonces si él no hubiese dicho “hola”- tal como sucedió- nunca más se verían, menos enamorarse ni tendrían una relación que desembocaría en la firma de un documento que más o menos precisa mutua propiedad y exclusividad sexual, amorosa y espiritual hasta que la muerte los separe.

Al tiempo ambos comprarían una estructura hecha a base de concreto, metal y vidrio que los protegería del clima. Y la engalanarían, además insertarían otras estructuras blandas, duras, coloridas, brillosas y frágiles que tendrían funciones estéticas y, en muy pocos casos, prácticas. A ese lugar lo llamarían Hogar y, sin decirlo, se propondrían morir allí. Claro, es posible que a lo largo de su vida cambiasen de sitio en varias oportunidades en la búsqueda de la ansiada y absurda perfección. También es factible que se conformaran con lo que encontraron y se las arreglaran para sentirse cómodos. 

Su vida conyugal sería sencilla. En un principio ambos trabajarían, luego decidirían reproducirse y tener algo que se denomina familia – con todo y mascota -. En ese caso ella dejaría su trabajo, él asumiría los gastos del hogar. Pero antes de eso es probable que ella lo pillara en alguna indiscreción con una compañera de trabajo. No una indiscreción, digamos que los encontró desnudos uno encima del otro realizando un acoplamiento con sus órganos sexuales. Entonces hasta allí llegaría todo, no habría hogar ni familia ni mascota. No obstante, asumiendo que ella no fuese una persona rencorosa y él lo suficientemente sabio para valorar lo que podría perder si no buscaba la reconciliación, él gastaría cerca de la mitad de su salario en rosas, chocolates y muñequitos con el fin de obtener el perdón. Pero éste no provendría de allí sino de la rutina; la costumbre de verlo por las mañanas, por las noches, al conversar, bañarse y otras cosas más que la obligarían a, no sin antes echarle en cara el error cometido y una que otra rabieta pública, recibirlo nuevamente dentro de la estructura hecha mayormente de concreto que llamaban hogar o casa. Él buscaría el olvido y ella lo contrario, entonces, en la medida de lo posible, él se las arreglaría para ir a vacacionar por un lugar extranjero. Y por allá, en tierras foráneas, él sembraría la semilla que significaría la continuidad de sus genes en la tierra; tendrían dos niños. Nacería el primero, y sería niña. Luego buscarían el varoncito, y llegaría después de 762 días. Lo llamaría igual que a su padre aunque en el fondo detestaba estar con él por cuestiones relacionadas a su infancia que aparentemente no recordaba, pero definieron su conducta. Todo esto no sucedería pasado algunos años de haberse visto en aquel cruce. Este par de desconocidos pudieron haber conformado una linda familia y, repito, no sucedió.

***

Los años pasan, lentamente pero pasan. Son como gotas que caen en un vaso gigante, y lo colman. Después de superar las infidelidades, el hastío, la rutina y alguno que otro problema económico ellos envejecerían. La primera señal la sentiría ella; un día se miraría en el espejo y vería una cana en su cabello, la arrancaría; luego una arruga, usaría más maquillaje y después varias canas, las teñiría. Con el tiempo ya ni le importaría. Lo de él sería diferente; lo invitarían a un juego de fútbol y al llegar a su casa no dormiría por los dolores en la espalda y tendría que ir al médico; se haría exámenes y le informarían que debería cuidar su dieta y otras cosas más. No obstante, aún se sentiría joven. Un día un chico lo llamaría Señor y eso le haría entender que ya no estaba para esos trotes. Asimismo comprendería que usar zapatos de goma y dejarse una cola en el cabello no era muy apropiado para su edad. En cuanto a los nuevos miembros; repetirían los mismos errores que sus padres en su juventud, y ellos los verían caerse y levantarse una y otra vez, ella no se cansaría de decir: “Te lo dije, pero no me haces caso” y él no le pararía bolas porque pensaría que son unas cabezas duras. Ella en una oportunidad encontró al menor viendo una película para adultos, él a su hija encerrada en la habitación junto a un chico. Harían lo posible para formarlos como buenos ciudadanos. Pagarían su educación y los verían partir con sus respectivas parejas. A él no le simpatizaría su nuero – tendría pinta de malandro- y a ella su nuera – le veía cara de puta-. Pero los aceptarían y, de vez en cuando, les llevarían los nietos o llamarían para saber de su salud, aunque la mayor parte del tiempo permanecerían solos y aislados en la estructura de concreto que construyeron y decoraron con el paso de los días, y que desaparecería con ellos. Eventualmente él moriría, ella unos años después. Pero siempre con la satisfacción de haber encontrado lo que todos buscan y nadie aprecia.



Con todo y lo lindo que pudiese ser esta historia hay que ser franco; nada de esto sucedió. Simplemente se vieron cierta tarde de un día normal en una de mil calles en una ciudad promedio. A él le pareció una chica atractiva, a ella un tipo peculiar. Y eso sería todo, un par de segundos y se acabó. Pues toda historia comienza por un comienzo y termina por un final, pero aquí no existe. Nunca sucedió, se basa en la vaga esperanza de que se amontonaran una serie de ingredientes que devendrían en lo que se podría llamar una vida y un amor. Pues entre vivir, morir y ser olvidado el último, al no ser lo uno ni lo otro, es el peor. Y precisamente esto fue lo que sucedió, ambos se olvidaron. Sin embargo, me alegra pensar que, entre infinitos mundos y vidas, cabe la posibilidad de que en alguno de esos universos paralelos la providencia conspiró para que sucediera lo que he mencionado y ellos terminaron siendo infelizmente felices por el resto de sus días.   








viernes, 26 de septiembre de 2014

NO REALMENTE

Para este viernes 26 de septiembre, Experimental Lunch vuelve a tener el honor de poder publicar algo de esta gran narradora mexicana de nombre Veronica Pinciotti. Esta vez el relato elegido es No Realmente, espero que lo disfruten.













        Lourdes llamó para avisarme que el sábado siguiente irían a ver a Sheila; me instaba a ir con ellas, aunque todas sabían que Sheila y yo… bueno, no era buena idea que ella y yo nos viésemos las caras. Sin embargo, Sheila había dado a luz recién. ¿Y qué? A mí no me importaba, yo estuve en contra de ello todo el tiempo, fue eso, incluso, por lo que peleamos, porque yo dije: es de mal gusto procrear, y Sheila, que ya estaba embarazada en aquel entonces, bueno… Todas se pusieron de parte de Sheila. Decían que yo era una bruja amargada sin instintos maternales. Mantuve mi postura cuando la barriga de Sheila confirmó su embarazo. Se lo repetí en su cara. Le dije: yo no voy a felicitarte, es de mal gusto procrear. Sheila se ofendió muchísimo. Esperaba que todos solaparan su estupidez y le desearan felicidad y dijeran cosas como los niños son un regalo de Dios, etc. ¿Por qué hablo de estupidez? Porque fue un acto estúpido. No lo planeó. Se embarazó de su novio sin desearlo, como si en nuestros tiempos no hubiese suficiente información, como una María de pueblo, como un animal. No, como un animal no, los animales son inteligentes y no se reproducen más allá de las capacidades de su especie. Fue un error. No hay otra realidad, aunque después la quieran cubrir con Dios y destino y tonteras de esas. Sheila tenía diecisiete años.



Antes de que naciera la cría, el novio de Sheila la abandonó. No podía esperarse otra cosa: fue un error y huyó de su error. Si todo esto estaba realmente en los planes de Dios, que Dios tan hijoputa. Sheila se convirtió, en ese momento, en un punto porcentual, en una estadística: el porcentaje de madres solteras, menores de edad, en 2014 no disminuye. Sheila era todo contra lo que luchaban los centros de salud, las campañas de planificación familiar, los programas de concientización de las adolescentes. Sheila era parte del problema que buscaban erradicar. A pesar de ello, Lourdes y las demás deseaban felicitarle. Sí, gracias por traer más gente al mundo, gracias por superpoblar, por reproducir la pobreza, por convertir al género humano en una plaga.



En una ocasión, cuando me riñeron por mi postura ante el embarazo de nuestra amiga, expuse la metáfora del cuarto de baño de Asimov, que leímos en clase en octavo grado. Todas la habían olvidado. Es algo así:



“Si dos personas viven en un apartamento y hay dos cuartos de baño, entonces los dos tienen libertad para usar el cuarto de baño cuantas veces quieran y pueden estar en el cuarto de baño todo el tiempo que deseen y para lo que deseen usarlo. Y todo el mundo cree en el derecho a cuarto de baño y en la libertad a usarlo cuando le apetezca, nadie está en contra de eso, todos creemos que debería estar hasta en la Constitución.



Pero si hay veintidós personas en el apartamento y solamente dos cuartos de baño, no importa cuánto crea la gente en la libertad y el derecho a cuarto de baño, porque tales cosas no existen. Entonces hay que establecer turno para cada persona para usar el baño, se tienen que establecer normas como que no puedes usarlo para cortarte las uñas, solo para necesidades y ducharte, lo que tendrás que hacer en poco tiempo… tienes que golpear la puerta para entrar… “¿Aún no estás listo?”… y así.



De la misma manera la democracia no sobrevive cuando hay superpoblación. La dignidad humana no puede sobrevivir a ello. La comodidad y la decencia no pueden sobrevivir a ello. A medida que crece la población planetaria el valor de una vida no solamente declina, sino que al final desaparece. Ya no importa si alguien muere. Cuanta más gente hay, menos importa cada individuo.”



Se rieron de mí, dijeron que eso no importaba ante el milagro de la vida, de Dios, etc. Expliqué que todo ese rollo del milagro de Dios, Dios mismo, y la idea de que procrear es bueno, es una idea que conviene al gobierno y que fomenta a través de la televisión, porque mientras más seamos, más fácil es controlarnos, pues las masas son torpes, la calidad de vida disminuye y tenemos más necesidades que nos condicionan, como la necesidad del transporte público, del servicio de luz y agua, de comunicación, etc. La educación, los salarios, todo se menosprecia porque ahora hay mucha gente que puede educarse y proponerse para un empleo. A ellas no parecía importarles nada. Estaban más fascinadas con la idea de hacer una fiesta a Sheila, un intercambio de regalos y de comprar ropita para bebé. Yo dije: ustedes son estúpidas. Eso fue el acabose. No volví a ver a Lourdes, ni a las otras chicas y mucho menos a Sheila.



Creo que pasaron cinco meses desde aquello. Ahora, Lourdes llamaba para decirme que el hijo de Sheila había nacido e irían a verla el sábado. Por supuesto, me negué. No lo hice por orgullo, lo hice porque realmente me importaba poco si Sheila se había embarazado y todo eso, o si ahora tendría que trabajar y sufrir para sacar a delante a su hijo, o lo que sea. Me importaba poco e incluso, estaba molesta con ella por haber sido tan tonta: ¿dónde quedaba toda la educación que supuestamente adquirimos en el colegio, en el seno de nuestras familias de clase media, en los libros que leímos? ¿De qué sirve leer si vas a continuar pensando como alguien que no lee? Dije a Lourdes que no asistiría y me reclamó hostilidad. Bueno, dije, ustedes me rechazaron por pensar como pienso y me vetaron de su grupo de amigas, Lou. Se defendió diciendo que aquello no era cierto. ¿Cómo no iba a ser cierto? ¿Cómo podía olvidarse de las cosas, mentir, o fingir (?) retraso mental? ¿De verdad pensaba que yo no había notado su descarado rechazo a mis ideas y mi persona? En cinco meses no llamaron para salir, como hacíamos antes, ni me dirigieron la palabra en el colegio. ¿Qué querían de mí? Vamos, le dije, ¿para qué quieren que yo vaya? Lourdes no supo responder, quizá en el fondo sabía que actuaba por compromiso y no por convicción. Anda, respondió, quizá ahora Sheila y tú puedan hacer las paces.





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Lo intenté. Después de todo, Sheila había sido una vieja amiga y aunque las cosas se le habían regado de las manos, no era culpa suya del to… Vamos, ¿cómo no iba a ser culpa suya?, ¿es que de verdad no puedo hacerlo con un maldito condón? No sé. Asistí a a la reunión el sábado, donde Sheila nos presentó a su cría. Había mucha familia y nosotras, las amigas. Todos se plantaban frente a Sheila, que reposaba en cama, con el bebé en brazos, y le miraban a ella y a l bebé y exclamaban todas esas cosas que se exclaman en este tipo de situaciones. Yo me resistía a acercarme demasiado.



Hubo un momento que una señora cogió al niño y lo cargó. Lo paseó un poco y luego, lo colocó en brazos de otra señora, que hizo lo mismo. Pasaron al niño por los brazos de todos los presentes y todos exclamaban una vez más lo bello que era, o lo afortunado que era, o sentenciaban su parecido familiar y discutían esto como si fuese muy importante saber a quién se parecía exactamente. Cuando llegó mi turno, cosa que no puede evitar, lo cogí tímidamente, y titubeando dije: ay, qué niño tan… ¿pesado? Se hizo un silencio, de un par de segundos, y Lourdes se apresuró a quitarme al niño. Lo cargó, lo pesó en brazos y dijo: Dios, sí, es muy pesado, ¡qué sano está! Yo traté de exclamar que era un niño muy bonito, pero no lo era. No era culpa suya, su padre era un hombre muy feo y, caray, los recién nacidos nunca han sido precisamente bellos.



Me largué de allí lo antes posible. No lo soportaba. Luego, llamó Lourdes al día siguiente para anunciarme que Sheila estaba muy agradecida conmigo por haber asistido. Mandaba decir que me perdonaba. Durante la reunión Sheila y yo no hablamos. Le saludé de la manera menos pretenciosa y no me despedí de ella cuando partí de su casa. Estaba segura que aquello la ofendería mucho. Sin embargo, mandaba decir que me perdonaba, y que ya entendería yo cuando tuviese hijos. No sé de dónde sacó que parir aquel producto la dotaba de una madurez y una inteligencia superior. De una historia de vida superior. Si fue por idiota que acabó postrada en esa cama, con esa vida bajo su responsabilidad. ¿Cómo un acto tan inmaduro: reproducirte a los diecisiete años, puede convertirte en alguien más maduro? Ahora se daba el lujo de perdonar mis ofensas y se las daba de sabedora de la vida, etc. Yo no iba a tragarme su cuento. Si creía que ser madre la aventajaba con respecto a las otras chicas, estaba muy equivocada, ser madre soltera la mostraba tal cuál era: tonta, impulsiva, poco previsora, inmadura, borrega. Contesté a Lourdes que muchas gracias, y que en adelante no las volvería a ver ni a ella ni a Sheila ni a todas las chicas. Lourdes ofreció disculpas si me habían ofendido en algo. Acepté las disculpas y me alejé de ellas porque no iban a aportar nada positivo a mi vida.



Después de ello, me enteré que comenzaron a llamarme engreída y orgullosa. También, que Martha, una de las chicas, había seguido los pasos de Sheila y estaba preñada de un chico de veinte años, sin educación, sin oficio y sin ganas de ser padre. También la felicitaron, la rodearon de halagos y le solaparon su error. Era increíble mirar cómo tapaban todo con el pretexto de Dios y sus milagros. Un milagro es algo que pasa extraordinariamente, no algo que pasa una vez cada catorce segundos, según la estadística.





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Luego de eso, no volví a tener amigas. No realmente.










jueves, 25 de septiembre de 2014

KATHARINE COOPER

Tenemos el agrado este Jueves de mostrar algo del trabajo fotografico de la sudafricana Katharine Cooper. Premiada artista de una sensibilidad notable

























martes, 23 de septiembre de 2014

ALMUERZO Y DUDAS


Este Martes queriamos recordar a uno de los grandes escritores de todos los tiempos. El Uruguayo Mario Benedetti. En esta oportunidad, quisimos destacar el cuento Almuerzo y Dudas
















           El hombre se detuvo frente a la vidriera, pero su atención no fue atraída por el alegre maniquí sino por su propio aspecto reflejado en los cristales. Se ajustó la corbata, se acomodó el gacho. De pronto vio la imagen de la mujer junto a la suya.

-Hola, Matilde -dijo y se dio vuelta.

La mujer sonrió y le tendió la mano.

-No sabía que los hombres fueran tan presumidos.

Él se rió, mostrando los dientes.

-Pero a esta hora -dijo ella- usted tendría que estar trabajando.

-Tendría. Pero salí en comisión.

Él le dedicó una insistente mirada de reconocimiento, de puesta al día.

-Además -dijo- estaba casi seguro de que usted pasaría por aquí.

-Me encontró por casualidad. Yo no hago más este camino. Ahora suelo bajarme en Convención.

Se alejaron de la vidriera y caminaron juntos. Al llegar a la esquina, esperaron la luz verde. Después cruzaron.

-¿Dispone de un rato? -preguntó él.

-Sí.

-¿Le pido entonces que almuerce conmigo? ¿O también esta vez se va a negar?

-Pídamelo. Claro que... no sé si está bien.

Él no contestó. Tomaron por Colonia y se detuvieron frente a un restorán. Ella examinó la lista, con más atención de la que merecía.

-Aquí se come bien -dijo él.

Entraron. En el fondo había una mesa libre. Él la ayudó a quitarse el abrigo.

Después de examinarlos durante unos minutos, el mozo se acercó. Pidieron jamón cocido y que marcharan dos churrascos. Con papas fritas.

-¿Qué quiso decir con que no sabe si está bien?

-Pavadas. Eso de que es casado y qué sé yo.

-Ah.

Ella puso manteca sobre la mitad de un pancito marsellés. En la mano derecha tenía una mancha de tinta.

-Nunca hemos conversado francamente -dijo-. Usted y yo.

-Nunca. Es tan difícil. Sin embargo, nos hemos dicho muchas veces las mismas cosas.

-¿No le parece que sería el momento de hablar de otras? ¿O de las mismas, pero sin engañarnos?

Pasó una mujer hacia el fondo y saludó. Él se mordió los labios.

-¿Amiga de su mujer? -preguntó ella.

-Sí.

-Me gustaría que lo rezongaran.

Él eligió una galleta y la partió, con el puño cerrado.

-Quisiera conocerla -dijo ella.

-¿A quién? ¿A esa que pasó?

-No. A su mujer.

Él sonrió. Por primera vez, los músculos de la cara se le aflojaron.

-Amanda es buena. No tan linda como usted, claro.

-No sea hipócrita. Yo sé cómo soy.

-Yo también sé cómo es.

Él mozo trajo el jamón. Miró a ambos inquisidoramente y acarició la servilleta. «Gracias», dijo él, y el mozo se alejó.

-¿Cómo es estar casado? -preguntó ella.

Él tosió sin ganas, pero no dijo nada. Entonces ella se miró las manos.

-Debía haberme lavado. Mire qué mugre...

La mano de él se movió sobre el mantel hasta posarse sobre la mancha.

-Ya no se ve más.

Ella se dedicó a mirar el plato y él entonces retiró la mano.

-Siempre pensé que con usted me sentiría cómoda -dijo la mujer-, que podría hablar sencillamente, sin darle una imagen falsa, una especie de foto retocada.

-Y a otras personas, ¿les da esa imagen falsa?

-Supongo que sí.

-Bueno, esto me favorece, ¿verdad?

-Supongo que sí.

Él se quedó con el tenedor a medio camino. Luego mordió el trocito de jamón.

-Prefiero la foto sin retoques.

-¿Para qué?

-Dice «¿para qué?» como si sólo dijera «¿por qué?», con el mismo tonito de inocencia.

Ella no dijo nada.

-Bueno, para verla -agregó él-. Con esos retoques ya no sería usted.

-¿Y eso importa?

-Puede importar.

El mozo llevó los platos, demorándose. El pidió agua mineral. «¿Con limón?» «Bueno, con limón.»

-La quiere, ¿eh? -preguntó ella. -¿A Amanda?

-Sí.

-Naturalmente. Son nueve años.

-No sea vulgar. ¿Qué tienen que ver los años?

-Bueno, parece que usted también cree que los años convierten el amor en costumbre.

-¿Y no es así?

-Es. Pero no significa un punto en contra, como usted piensa.

Ella se sirvió agua mineral. Después le sirvió a él.

-¿Qué sabe usted de lo que yo pienso? Los hombres siempre se creen psicólogos, siempre están descubriendo complejos.

Él sonrió sobre el pan con manteca.

-No es un punto en contra -dijo- porque el hábito también tiene su fuerza. Es muy importante para un hombre que la mujer le planche las camisas como a él le gustan, o no le eche al arroz más sal de la que conviene, o no se ponga guaranga a media noche, justamente cuando uno la precisa.

Ella se pasó la servilleta por los labios que tenía limpios.

-En cambio a usted le gusta ponerse guarango al mediodía.

Él optó por reírse. El mozo se acercó con los churrascos, recomendó que hicieran un tajito en la carne a ver si estaba cruda, hizo un comentario sobre las papas fritas y se retiró con una mueca que hacía quince años había sido sonrisa.

-Vamos, no se enoje -dijo él-. Quise explicarle que el hábito vale por sí mismo, pero también influye en la conciencia.

-¿Nada menos?

-Fíjese un poco. Si uno no es un idiota, se da cuenta de que la costumbre conyugal lava de a poco el interés.

-¡Oh!

-Que uno va tomando las cosas con cierta desaprensión, que la novedad desaparece, en fin, que el amor se va encasillando cada vez más en fechas, en gestos, en horarios.

-¿Y eso está mal?

-Realmente, no lo sé.

-¿Cómo? ¿Y la famosa conciencia?

-Ah, sí. A eso iba. Lo que pasa es que usted me mira y me distrae.

-Bueno, le prometo mirar las papas fritas.

-Quería decir que, en el fondo, uno tiene noticias de esa mecanización, de ese automatismo. Uno sabe que una mujer como usted, una mujer que es otra vez lo nuevo, tiene sobre la esposa una ventaja en cierto modo desleal.

Ella dejó de comer y depositó cuidadosamente los cubiertos sobre el plato.

-No me interprete mal -dijo él-. La esposa es algo conocido, rigurosamente conocido. No hay aventura, ¿entiende? Otra mujer..

-Yo, por ejemplo.

-Otra mujer, aunque más adelante esté condenada a caer en el hábito, tiene por ahora la ventaja de la novedad. Uno vuelve a esperar con ansia cierta hora del día, cierta puerta que se abre, cierto ómnibus que llega, cierto almuerzo en el Centro. Bah, uno vuelve a sentirse joven, y eso, de vez en cuando, es necesario.

-¿Y la conciencia?

-La conciencia aparece el día menos pensado, cuando uno va a abrir la puerta de calle o cuando se está afeitando y se mira distraídamente en el espejo. No sé si me entiende. Primero se tiene una idea de cómo será la felicidad, pero después se van aceptando correcciones a esa idea, y sólo cuando ha hecho todas las correcciones posibles, uno se da cuenta de que se ha estado haciendo trampas.

«¿Algún postrecito?», preguntó el mozo, misteriosamente aparecido sobre la cabeza de la mujer. «Dos natillas a la española», dijo ella. Él no protestó. Esperó que el mozo se alejara, para seguir hablando.

-Es igual a esos tipos que hacen solitarios y se estafan a sí mismos.

-Esa misma comparación me la hizo el verano pasado, en La Floresta. Pero entonces la aplicaba a otra cosa.

Ella abrió la cartera, sacó el espejito y se arregló el pelo.

-¿Quiere que le diga qué impresión me causa su discurso?

-Bueno.

-Me parece un poco ridículo, ¿sabe?

-Es ridículo. De eso estoy seguro.

-Mire, no sería ridículo si usted se lo dijera a sí mismo. Pero no olvide que me lo está diciendo a mi.

El mozo depositó sobre la mesa las natillas a la española. Él pidió la cuenta con un gesto.

-Mire, Matilde -dijo-. Vamos a no andar con rodeos. Usted sabe que me gusta mucho.

-¿Qué es esto? ¿Una declaración? ¿Un armisticio?

-Usted siempre lo supo, desde el comienzo.

-Está bien, pero, ¿qué es lo que supe?

-Que está en condiciones de conseguirlo todo.

-Ah sí... ¿y quién es todo? ¿Usted?

Él se encogió de hombros, movió los labios pero no dijo nada, después resopló más que suspiró, y agitó un billete con la mano izquierda.

El mozo se acercó con la cuenta y fue dejando el vuelto sobre el platillo, sin perderse ni un gesto, sin descuidar ni una sola mirada. Recogió la propina, dijo «gracias» y se alejó caminando hacia atrás.

-Estoy seguro de que usted no lo va a hacer -dijo él-, pero si ahora me dijera «venga», yo sé que iría. Usted no lo va a hacer, porque lógicamente no quiere cargar con el peso muerto de mi conciencia, y además, porque si lo hiciera no sería lo que yo pienso que es.

Ella fue moviendo la mano manchada hasta posarla tranquilamente sobre la de él. Lo miró fijo, como si quisiera traspasarlo.

-No se preocupe -dijo, después de un silencio, y retiró la mano-. Por lo visto usted lo sabe todo.

Se puso de pie y él la ayudó a ponerse el abrigo. Cuando salían, el mozo hizo una ceremoniosa inclinación de cabeza. Él la acompañó hasta la esquina. Durante un rato estuvieron callados. Pero antes de subir al ómnibus, ella sonrió con los labios apretados, y dijo: «Gracias por la comida. » Después se fue.






lunes, 22 de septiembre de 2014

GEMIDOS NECROFILICOS

La banda de esta semana en Experimental Lunch, es nada menos que Gemidos Necrofilicos, excelente banda de nuestra region, ya muy conocida dentro de la escena Gotica y post - punk





      Gemidos Necrofilicos es una banda bastante especial. Desde su creacion, en el 2008, su sonido se caracterizo por provocar diversas opiniones y reacciones dentro de la escena local de Coquimbo. 

Muchos no entendian al principio lo que estaban oyendo. Para gran parte del publico, equivocadamente creo, solo eran extranos y aterradores sonidos, prenados de letras sin sentido. Sin embargo, el grupo no desespero y continuo fiel a su estilo, madurandolo, hasta lo que escuchamos hoy en dia, terminando por convertirse en una banda de calidad y respetada por todos. 

 Influida por grandes bandas como The Damned, velvet underground, The Adicts, Joy division, o Bauhaus, la banda define su sonido como Post-Punk y Death Rock y se ha mantenido fiel a el, haciendole honor a sus tremendas influencias.



El grupo esta conformado por los siguientes integrantes:



Sebastian After - Guitarra & Voz

Enano Necrofilico - Guitarra

Ante-a Stairs - Teclado y coros


Los vamos a dejar con Disorder











domingo, 21 de septiembre de 2014

FYTO MANGA

Este Domingo queremos recordar algo del trabajo del gran dijuante serenense Fyto Manga, extraordinario artista recordado por sus comics y por sus apariciones en Bakania en la TV.

















A finales de los 90 en CHV daban un programa llamado Bakania, donde Fyto Manga era uno de los panelista que hablaba sobre los comics japoneses, animaciones, y enseñaba a dibujar mangas, entre otras cosas, un programa de culto, que uno que otro “ñoño” recuerda con cariño. Hoy, Fyto sigue abocado a su gran pasión, la realización de comics, además imparte una cátedra de dibujo en una universidad de la capital.




El destacado ilustrador y comunicador audiovisual estuvo impartiendo un taller de “manga” en el Centro de Extensión de la ULS y participó como jurado en el concurso de Cosplay, el cual convocó a cientos de jóvenes que se disfrazaron de sus personales de animación favoritos. Ver nota del concurso.




En este sentido, Fyto Manga valoró la realización del concurso ya que según señala hay pocas oportunidades para este tipo de eventos. “No hay instancias tan significativas, pero apenas las hay ya ven como llenan salas, ellos tienen una increíble capacidad de comunicar cosas con este arte, ya sea mediante la gráfica, mediante el disfraz y lo mejor de todo que es una cultura súper sana.”




Aqui algo del trabajo de Fyto Manga




















sábado, 20 de septiembre de 2014

LA NAUSEA


Para este Sabado 20 de septiembre, queriamos volver a destacar a Eva Medina, espanola y gran narradora. En esta oportunidad, tenemos el privilegio de publicar La Nausea, corto pero excelente relato. No dejen pasar la oportunidad de leerlo.







           Cuando desperté, ya había oscurecido. Me quedé frente al espejo del baño. Examiné mis ojos, bajando con la presión del índice el párpado inferior y después subiendo el superior; primero el izquierdo, luego el derecho. No vi nada para alarmarme. El blanco del ojo, normal, no tendía al amarillo, y las venas, ninguna más roja que otra. Me tranquilizaba hacer esto, como si a través de los ojos hiciera una especie de escáner y comprobase que todos mis órganos funcionaban bien. 

Preparé una cafetera. Mientras se hacía, pasé a la habitación de mis padres. Hacía tiempo que no entraba. Todo seguía igual; solo el polvo se había asentado formando una capa fina, homogénea, casi transparente. Pensé en esas motas uniéndose hasta formar esa alfombra, tejida de bichos microscópicos. Miré las fotos. Mis padres parecían pedirme que les sacara de allí. Sentí escalofríos. El silbido de la cafetera me alarmó. Al salir, cerré la puerta. 

Con la taza de café en la mano, me acerqué a la ventana del salón. Retiré la cortina amarillenta y miré tras el cristal. El gris de las nubes se fundía con esa capa grisácea del humo de fábricas y coches. En el alféizar, seguían mis plantas, algo más secas. Las observé. El verde oscuro de hojas alargadas, con forma de lanza. Un verde más claro con franjas amarillas en hojas dentadas. Espinas pequeñas, muy finas, casi transparentes, de cactus carnosos. Agujas más gruesas. Sentí un vacío pesado y una opresión de pecho extraña, como si hubiesen cosido mis pulmones convirtiéndolos en uno y, a través de ese pulmón encogido, no podía respirar, no sabía cómo hacerlo. Abrí la ventana, asomándome. Me ahogaba. Parecía que mis pulmones se pegaban a la tráquea, replegándose. Me quedé quieta, intentando no pensar; se me pasaría. 

Me senté. Los olores a fritos, que subían por la ventana, dejaron de oler. El olor a antiguo de la casa se transformó en un olor insípido que desazonaba. Y los perros ladraban tanto…



Cuando miré el televisor, el negro de la pantalla me deslumbró. Tenía un brillo crudo, afilado, casi insoportable. Toqué los brazos del sillón, rodeándolos con mis dedos, aferrándome al material; esa superficie pinchaba, como los pelos fuertes y duros de un jabalí disecado. Solté las manos. Las pastillas. ¿Efectos secundarios? No miraría prospectos. Se me pasaría, seguro que se me pasaría.

viernes, 19 de septiembre de 2014

RON DE CALDAS

Salmoneo Gutierrez es un poeta y escritor mexicano, mas especificamente del D.F. Su historia con la literatura es mas bien singular, pese a tener estudios en letras hispanicas en la U.N.A.M. se le define mas bien como un autodidacta. Entre sus trabajos se encuentran publicaciones para revistas como Revista Innombrable y es autor del libro Más o menos así es el hombre, de WR Ediciones. Hoy queremos mostrar algo de su trabajo y hemos elegido Ron De Caldas. Buen relato y apropiado para esta semana llena de fiestas.








               El poeta Mauricio Arcila bebe el último trago de la botella. La botella contiene ron. Un ron que Arcila ha traído desde Colombia. Toda la noche lo ha presumido; es un poeta colombiano radicado en DF, y ha dicho: es el mejor ron que van a probar en toda su jodida vida. Petrozza ha asimilado el comentario como una broma, como algo positivo, algo chusco. Sin embargo, al resto, no le ha parecido que Arcila debiese decir algo así. Le perdonan: Arcila es un poeta colombiano venido a Df, y un borracho pendenciero, igual que Petrozza; les perdonan todas sus sandeces porque ellos son así. Así, quiere decir que Petrozza y Arcila están públicamente licenciados para burlarse en la cara de las personas, para decir lo que piensan (generalmente piensan puras borrachadas pesimistas, agrias y cínicas), para emborracharse y pregonar su adicción al alcohol y otras sustancias, para no pagar las cuentas, para declamar a las mujeres los poemas más obscenos, para quejarse del gobierno y de cualquier situación política, en el más amplio sentido de la palabra, para decidir qué beber, dónde, cuándo, a qué hora, con quién, y un largo etcétera que los coloca, increíblemente, en un elevado papel social; al menos, dentro de la sociedad de los poetas y escritores de su círculo de poetas y escritores, al que llaman La Pelusa Roma. Es un papel que se han granjeado gracias a una larga resistencia y a una constante batalla en contra de todo.



La botella ha sido bebida, casi en su totalidad, por Martin Petrozza y Mauricio Arcila; los demás han sido convidados pero han rechazado, con excepción de un trago (para quitarse de encima la insistencia de Arcila). Les gusta el ron. No les gusta la forma en que Arcila y Petrozza beben y en que Arcila dice: es el mejor ron que van a probar en toda su jodida vida, ni el modo en que ríe Petrozza y apoya a Arcila en todo, ni cómo éstos dos se entienden bien y hacen de la reunión una reunión de dos; crean un mundo de camaradería elitista, porque, en realidad, sólo ellos dos caben en dicho mundo. Solo ellos dos, y cualquiera que tenga el valor de declararse públicamente un borracho pendenciero, cosa que muy pocos están dispuestos a hacer frente a las chicas. Las chicas, por supuesto, quedan exentas de la posibilidad, si quiera, de entrar al juego de los poetas. Son chicas. No beben más de la cuenta, no rondan las calles de la colonia de madrugada, no beben en bares de mala muerte, no escriben textos horribles y beligerantes sobre todas las cosas que ven y les conmueven, o que ven y les seducen, o les importan un pito. No usan la palabra pito. No beben ron, ni están dispuestas a escuchar que es el mejor ron que van a probar en toda su jodida vida. Lo que más desean en este momento es irse. Dejar a los patanes y adentrarse a las dulces mieles de sus efímeros sueños de princesas, recostadas en los lechos de sus alcobas. No son unas princesas, pero eso no es algo que van a confesar delante de Arcila y de Petrozza. Su preocupación más grande es no ser violadas. Todo el tiempo están al cuidado de ello. No salen solas. Se citan con amigos de confianza. No san su número a desconocidos. No beben hasta perderse. No separan las piernas más de lo necesario.



Antes de la botella han bebido cerveza, en casa de Arcila, a donde fue convocado Martin Petrozza; es la primera vez que Petrozza visita la casa de Arcila, en la colonia Condesa, en avenida Nuevo León. Ha ido a pie. Le ha llovido durante el trayecto. Ha comprado cigarrillos durante el trayecto. Ha fumado tres cigarrillos. Le ha acompañado su novia, la editora y promotora cultural Simona F. Juntos, han llegado a casa del poeta colombiano sin ninguna esperanza. Simona sabe de antemano que en todas las veladas de Petrozza llega, más tarde o más temprano, inevitablemente, el fracaso. El fracaso quiere decir: Petrozza molido y tirado, o Petrozza gritando que todo es absurdo y cruel, o Petrozza cagado de los calzones, o embarrado al culo de alguna otra chica. Petrozza en sus momentos más bajos. La parte más oscura y deprimente del viejo Petrozza. Aquella parte que se empeña en mostrar en sus textos, rechazo tras rechazo.



Antes de la llegada de las chicas, los poetas y Simona F. escuchan música. Es uno de los discos grabados por Arcila, en su natal Colombia, hace cuatro o cinco años, cuando era vocalista de un grupo de Black Metal. Algo para taparse los oídos, desde la perspectiva de Simona, pero algo totalmente melodioso y bueno, según Petrozza, quien antaño también fue fanático de la música Metal y de los grupos satánicos. En el video hay imágenes de muerte, de oscuridad, de paganismo, y una chica desnuda, que es, siempre, lo que más interesa a Petrozza.



Cuando las chicas llegan, apagan el video. Las chicas son cuatro. Dos de ellas hermanas. Anteriormente han salido con Arcila y con Petrozza y han vivido buenos y malos tiempos; el más significativo, la noche en que Arcila pegó a Leonel, un payaso que quiso seducir a Mariana en la cara del poeta, a sabiendas que el poeta la cortejaba hace tiempo. Petrozza detuvo a Arcila. Petrozza es un hombre duro, pero al mismo tiempo, un pacifista. No propicia ni justifica la violencia a menos de ser necesarísima. Para Petrozza, los pleitos por mujeres no valen la pena al grado de pegarse, porque mujeres hay muchas y ninguna (excepto su amada Simona F.), es completamente fiel. La mayoría de las mujeres, según la experiencia mundana del escritor, son interesadas, cachondas, desubicadas, histéricas, histriónicas, acomplejadas, hipocondríacas, desequilibradas, y un sinnúmero más de adjetivos parecidos, que no mencionaré por respeto al género femenino, pero que Petrozza divulga y, paradójicamente, atren a las féminas a involucrarse con él y con sus modo de vida antisocial (lo cual comprueba, de cierto modo, que Petrozza tiene razón). Otra, es amiga de las hermanas y también ha vivido con La Pelusa de la Roma más de un par de aventuras a la luz de una luna borracha. A la cuarta y última no la han visto nunca antes, es amiga de la tercera, y no hay nada que decir sobre ella, excepto que encaja perfectamente en el concepto femenino del viejo Petrozza, donde encajan todas las mujeres, más a fuerza unas que otras (excepto su musa inspiradora, Simona F.).



Son las once de la noche. Mauricio recibe la llamada de un viejo colega, un artista visual que no pertenece a La Pelusa de la Roma, pero al que desean incluir, si de deja, a ella. Le invita a una fiesta. La fiesta es en Campeche, en la colonia Roma. Mauricio anuncia la invitación a los presentes. Todos aceptan. Incluso Simona, que prefiere largarse a casa, dejar a Petrozza en su borrachera y dormir toda la noche y gran parte de la mañana, cosa que disfruta hacer más que nada en la vida. Mauricio responde que irán, pero al saber la situación: siete personas (dos hombres y cinco mujeres), el anfitrión de la fiesta se retracta: no puede, o no desea, recibir a tanta gente en su casa. Las mujeres se deprimen. No lo pueden creer, pero es así. Petrozza y Arcila no se sorprenden, están acostumbrados al rechazo y les importa poco. Tienen cerveza. No les importa nada más.



Ante el rechazo general de las presentes a la negativa de salir de casa de Arcila y hacer algo más interesante, el poeta anuncia que tiene un regalo para todos. Las hermanas no se sorprenden, están seguras que se trata de churros de marihuana. Simona desea que no se trate de churros de marihuana. Petrozza sabe perfectamente que un regalo de un amigo como Arcila sólo puede ser una cosa: alcohol, o dinero para comprar alcohol. El regalo es alcohol. Una botella de ron traída desde Colombia. El mejor ron que van a probar en toda su jodida vida. Nadie se entusiasma, excepto Petrozza. Arcila deja la botella sobre la mesa y cuenta la historia del ron, que es una historia pobre y sin fundamento. Un ron Bacardi tiene más historia. Sin embargo, no es un ron Bacardi. No. Es un ron de Caldas. Es un ron fuerte. Es un ron perfecto para los poetas porque es dulce y agrio, engañoso, y muy pendenciero. Arcila sirve caballitos de ron a las mujeres. En primera instancia lo rechazan. Arcila trae un vaso con agua y lo acerca a ellas. Les dice que beban un trago de agua y antes de pasar el agua, se empinen el caballito de ron. Mariana es la primera en hacerlo. Hace muecas. Luego, exclama que el ron es dulce y está bueno. Las otras chicas no quieren probarlo. Petrozza hace buches con un trago de cerveza y les arrebata un caballito. Bebe el ron combinado con cerveza. Exclama: está bien. Simona le dice que por amor a Dios no beba ron con cerveza porque es ella quien soportará los malestares y la borrachera. Petrozza se excusa so pretexto de la alta finura del ron, cosa que por supuesto no tiene idea y no le importa. Las chicas, poco a poco, comienzan a probar el ron. También, poco a poco, comienzan a dejar los caballitos sobre la mesa o la repisa o sobre el estéreo. Conforme la noche avanza, Petrozza los descubre todos y los bebe. Le sorprende encontrarse caballitos de ron por toda la casa, pero no hace demasiadas conjeturas.



En algún momento de la velada, Petrozza y Simona se alejan. Asoman sus cuerpos por una ventana y charlan sobre cualquier cosa. Detrás de ellos, Arcila seduce a Mariana. La lleva aparte y se besa con ella. Las chicas restantes hablan entre sí. Una de ellas saca de su bolso otro bolso, uno más pequeño. Lo abre. Dentro hay una hierba, parecida a la marihuana, pero a la que llama rush. Pregunta si alguien sabe qué es el rush, o cómo lo describiría, porque ella, bueno, se lo dieron, no lo ha probado, o lo ha probado muy poco. Nadie sabe qué es el rush, ni les interesa. La chica guarda aquella hierba en el bolso, que guarda en el otro bolso, y se calla. Los poetas están ocupados. Las chicas bailan y eligen canciones en el ordenador. Beben poco.



La noche pasa sobre las cabezas de los poetas. El alcohol también. Los trastorna. Arcila habla con las chicas. Les recita poemas oscuros. Las chicas no lo toman a bien. Desean irse. La cerveza se termina y se van. Se excusan. Se levantan. Arcila las acompaña a la puerta de salida.



Simona y Petrozza quedan solos. Se besan. Se prometen amor. Se abrazan. Se comprenden en silencio. Son polos opuestos, pero se aman. Petrozza es adicto. Simona es pura, está limpia, y a pesar de ello, comprende y entrevé cierta nobleza en el escritor.



Arcila regresa. Ha tardado más de quince minutos. Ha acompañado a las chicas al coche y se ha besado por una vez más con Mariana, debajo de un árbol, en la oscuridad.



Simona se despide. Caerá dormida sobre el sofá. La noche es de los poetas. Ponen música Metal y bailan al son de los compases cincompados. Poco más tarde, cuando no hay ron ni cerveza ni luna, Petrozza para y se despide. 





Arcila les despide al pie del edificio. Simona y Petrozza caminan a la primera luz del día. En casa, hacen el amor sobre el suelo. Al terminar, Simona trae un cubo de plástico. Si Petrozza tiene necesidad de vomitar, puede hacerlo en el cubo. Esto es la Pelusa de la Roma. Esto es Petrozza en una borrachera. Esto es el amor de Simona. Esto es Whisky en las rocas.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

LOS HERMANOS DE MOWGLI

Queremos, para este 17 de septiembre, recordar a uno de los grandes escritores de todos los tiempos. Rudyard Kipling, famoso por su libro de la selva y otras geniales narraciones, nos regala este relato llamado Los Hermanos de Mowgli





         Eran las siete de una cálida tarde en las colinas de Seeonee cuando Papá Lobo se despertó de su descanso diario, se rascó, bostezó y estiró sus patas, una tras otra, para sacarse de encima la sensación de somnolencia. Mamá Loba estaba tumbada con su gran hocico gris entre sus cuatro cachorros, torpes y gritones, y la luna brillaba a la entrada de la caverna donde vivían.

-¡Aurgh! -dijo Papá Lobo-. Es la hora de ir a cazar de nuevo.

Se disponía a lanzarse colina abajo cuando una pequeña sombra con una espesa cola cruzó el umbral y exclamó:

-¡Que la suerte te acompañe, jefe de los lobos; y que la suerte y poderosos dientes blancos acom pañen a tus hijos, que nunca tengan que olvidar el hambre en este mundo!

Era el chacal, Tabaqui el lameplatos, desprecia do por los lobos de la India porque siempre se mete en todo, cuenta historias y come andrajos y pedazos de cuero de las basuras del pueblo. Pero también le temen porque Tabaqui, más que nadie en la selva, es propenso a volverse loco, y entonces se ol vida de que haya tenido miedo alguna vez y corre por el bosque mordiendo todo lo que se encuentra en su camino. Incluso el tigre corre yse esconde cuando Tabaqui se vuelve loco, porque la locura es lo más desagradable que puede sucederle a una criatura salvaje. Nosotros lo llamamos hidrofobia, pero ellos lo llaman dewanee (la locura) y salen corríendo.

-Bien, entra y mira -dijo fríamente Papá Lobo-, pero aquí no hay comida.

-No para un lobo –dijo Tabaqui-, pero para un pobre como yo incluso un hueso seco es un gran festín. ¿Quién es el Guidur-log (el pueblo chacal) para escoger y elegir?

Se apresuró hacia el final de la caverna donde encontró el hueso de un gamo con algo de carne y se sentó a roerlo felizmente.

-Muchísimas gracias por esta rica comida –dijo relamiéndose los labios-. ¡Qué bonitos son tus nobles hijos! ¡Qué grandes son sus ojos! ¡Y qué jóvenes! Además…, además, tengo que acordarme de que los hijos del rey son hombres desde que nacen.

Tabaqui sabía tan bien como cualquier otro que no hay nada menos oportuno que elogiar a los niños delante de ellos mismos; y pudo comprobar que Papá y Mamá Loba se encontraban en una situación incómoda.

Tabaqui se quedó quieto, regocijándose por el daño que había causado, y dijo rencorosamente:

-Shere Khan el Grande se ha trasladado de zona de caza. En la próxima luna cazará por estas colinas, según me dijo.

-¡No tiene derecho! -dijo enfadado Papá Lobo-. Según la Ley de la Selva no tiene derecho a cambiar su zona sin la debida advertencia. Va a asustar la caza en diez millas a la redonda, y yo… yo, actualmente, tengo que cazar por dos.

-Su madre no le llamó Lungri (el Cojo) sin motivo -dijo en voz baja Mamá Loba-. Es cojo de una pata desde que nació. Por eso sólo ha podido cazar ganado. Los habitantes de Waingunga están enfadados con él, y ahora ha venido aquí a hacer que se enfaden nuestros habitantes. Recorrerán la selva buscándole cuando esté lejos y nosotros y nuestros hijos tendremos que correr cuando quemen las hierbas. Por eso ¡se lo agradecemos a Shere Khan!

-¿Le hablo de vuestra gratitud? -dijo Tabaqui-.

-¡Fuera! -dijo con enfado Papá Lobo-. Lárgate a cazar con tu amo. Ya has hecho suficiente daño por esta noche.

-Ya me voy -dijo Tabaqui tranquilamente-. Se puede escuchar a Shere Khan abajo en la espesura. Debería haberme guardado para mí esta noticia.

Papá Lobo escuchó y, abajo, en el valle que llegaba hasta un pequeño río, oyó el lamento seco, enojado y pérfido de un tigre que no había cazado nada y que no le importaba si toda la selva se enteraba de ello.

-¡Imbécil! -dijo Papá Lobo-. ¡Comenzar el trabajo nocturno con este ruido! ¿Es que no sabe que nuestros gamos son como los gordos bueyes de Waingunga?

-Chist. No son ni bueyes ni gamos lo que caza esta noche -dijo Mamá Loba-. Es un hombre.

El gemido se había convertido en un zumbante ronroneo que parecía venir de cada rincón del lugar. Era aquel ruido que desconcierta a los leñadores y a los gitanos que viven a la intemperie y que a veces hace que corran incluso hacia la misma boca del tigre.

-¡El hombre! -dijo Papá Lobo mostrando toda su blanca dentadura-. ¡Fu! ¿No hay suficientes escarabajos y ranas en los depósitos, que tiene que comerse a un hombre y, encima, en nuestra tierra?

La Ley de la Selva, que nunca ordena nada sin tener motivo, prohíbe a todas las fieras comer hombres, excepto para mostrar a sus hijos cómo matar, pero entonces deben salir a cazar fuera de la zona de caza de su tribu o manada. La única razón existente es que matar a un hombre significa, tarde o temprano, la llegada de hombres blancos sobre elefantes, con armas, y cientos de hombres de color con gongs, cohetes y antorchas. Es entonces cuando en la selva todo el mundo sufre. La razón que dan las fieras entre sí es que el hombre es el ser más débil e indefenso de todos los seres vivos y no es digno de un cazador tocarle. También dicen’ y esto es cierto, que los que comen hombres se vuelven sarnosos y pierden sus dientes.

El rugido se hacía más intenso y terminó con un «¡Aaaar!» a pleno pulmón, propio del tigre cuando ataca.

Entonces se escuchó un aullido, extraño en un tigre, que provenía de Shere Khan.

-Ha fallado –dijo Mamá Loba-, ¿qué es eso?

Papá Lobo corrió algunos pasos hacia fuera y oyó a Shere Khan murmurando y gruñendo salvajemente mientras se revolcaba en la maleza.

-El imbécil no ha tenido mejor idea que saltar por encima del fuego de los leñadores y se ha quemado las pezuñas -dijo Papá-Lobo con un gruñido-. Tabaqui está con él.

-Algo está subiendo por la colina -dijo Mamá Loba girando una oreja-. ¡Prepárate!

Los matorrales crujieron levemente en la espesura y Papá Lobo se agachó, preparado para saltar. Si hubierais estado observando habríais visto lo más maravilloso del mundo, el lobo se detuvo cuando estaba en medio del salto. Brincó antes de ver hacia qué iba a dar el salto y entonces intentó detenerse. El resultado fue que salió disparado sobre un metro o metro y medio de altura, cayendo casi en el mismo lugar donde había dado el salto.

-¡Un hombre! -exclamó-. ¡Un cachorro de hombre! ¡Mira!

Tenía delante de él, apoyado de pie en una rama baja, un bebé desnudo, moreno, que apenas caminaba, lo más dulce y mono que nunca había habidode noche en la caverna de un lobo. Miró la cara de Papá Lobo y se rió.

-¿Esto es un cachorro humano? –dijo Mamá Loba-. Nunca había visto uno. Tráelo aquí.

Un lobo, acostumbrado a trasladar sus propios cachorros, puede, si es necesario, llevar un huevo en la boca sin romperlo. Y así, las mandíbulas de Papá Lobo se cerraron en la espalda del niño sin que un solo diente marcara su piel y lo dejó junto con sus cachorros.

-¡Qué pequeño! ¡Qué desnudo! ¡Y qué valiente! -dijo Mamá Loba dulcemente.

El bebé se hacía espacio entre los cachorros para sentir más el calor.

-¡A¡á! Está comiendo su comida con los demás. ¿Así que esto es un cachorro de hombre? ¿Pues a ver si alguna vez ha habido algún lobo que pudiera enorgullecerse de tener un cachorro humano entre los suyos?

-Alguna vez he oído hablar de ello, pero nunca en nuestra manada ni en mis tiempos –dijo Papá Lobo-. Está completamente sin pelo y podría matarlo simplemente tocándolo con mi pata. Pero fíjate, mira hacia arriba y no tiene miedo.

La luz de la luna quedó interrumpida en la boca de la caverna por la gran cabeza cuadrada y los hombros de Shere Khan que asomaban por la entrada. Tabaqui chillaba detrás de él:

-¡Señor, señor, se ha metido aquí!

-Shere Khan, es un gran honor para nosotros –dijo Papá Lobo, pero sus ojos estaban enfurecidos-. ¿Qué necesita Shere Khan?

-Mi presa. Un cachorro humano vino hacia aquí -dijo Shere Khan-. Sus padres han huido. Dádmelo a mí.

Shere Khan había saltado por encima del fuego de los leñadores, como Papá Lobo había dicho, y estaba furioso por el dolor de sus pezuñas quemadas. Pero Papá Lobo sabía que la entrada de la caverna era demasiado estrecha para que un tigre pudiera entrar, incluso por la parte en la que él se encontraba. Los hombros y las patas delanteras de Shere Khan tenían que encogerse demasiado para entrar, como tendría que hacer un hombre si intentara meterse dentro de un bidón.

-Los lobos son seres libres -dijo Papá Lobo-. Obedecen órdenes del jefe de la manada y no de cualquier cazador rallado de ganado. El cachorro humano es nuestro, incluso para matarlo, si así lo decidimos.

-¡Decidimos, no decidimos! ¿Qué significa todo esto de decidir? ¡Por el toro que maté! ¿Tengo que estar oliendo vuestra madriguera de perro por lo que en justicia me pertenece? ¡Soy yo, Shere Khan, quien habla!

El rugido del tigre llenó la caverna como un trueno. Mamá Loba se separó de los cachorros y se adelantó, sus ojos, como dos lunas verdes en la oscuridad, se enfrentaron a los ojos llameantes de Shere Khan.

-Y ésta soy yo, Raksha (el Demonio), quien responde. El cachorro humano es mío, Lungri, ¡mío y sólo mío! No será asesinado. Vivirá para correr con la manada y para cazar con la manada y al final, mira, cazador de cachorros desnudos, comedor de ranas, asesino de peces, ¡él te cazará a ti! Así que ahora apártate, o por el sambur que maté (yo no como ganado hambriento) vuelve con tu madre, ¡fiera quemada de la selva, más coja aún que cuando llegó a este mundo! ¡Vete!

Papá Lobo miró asombrado. Casi había olvidado los tiempos en los que él ganaba a Mamá Loba en las peleas abiertas con otros cinco lobos, cuando ella correteaba por la manada y no se -llamaba Demon por simple cumplido. Shere Khan podía enfrentarse a Papá Lobo, pero no podía ir en contra de Mamá Loba, porque sabía que donde se encontraba ella tenía todas las ventajas del territorio y lucharía hasta la muerte. Así pues, se retiró de la entrada de la caverna refunfuñando, y cuando ya estaba fuera gritó:

-¡Cada perro ladra en su propio patio! Ya veremos qué dirá la manada de lo de criar cachorros humanos. El cachorro es mío y por mis dientes que volverá a mí, ¡ladrones con rabo!

Mamá Loba se acomodó entre sus cachorros y Papá Lobo le dijo gravemente:

-Shere Khan dice muchas verdades. El cachorro debe ser mostrado a la manada. ¿Todavía quieres quedártelo., mamá?

-¡Quedán-nelo! –dijo ella suspirando-. Llegó desnudo, por la noche, solo y muy hambriento, ¡pero no tenía miedo! Mira, ya ha desplazado a uno de mis bebés. Y ese carnicero cojo lo habría matado y habría huido de Waingunga, mientras los habitantes, como venganza, vendrían aquí a la caza. ¿Quedármelo? Ten por seguro que me lo quedaré. Descansa tranquilo, ranita. Oh, tú, Mowgli, por Mowgli la rana te llamaré así, ya llegarán los días en los que cazarás a Shere Khan como él te habría cazado a ti.

-¿Pero qué dirá nuestra manada? -preguntó Papá Lobo.

La Ley de la Selva deja muy claro que cualquier lobo, cuando se casa, puede retirarse de la manada a la que pertenece, pero cuando sus cachorros son lo suficientemente mayores como para mantenerse en pie, debe llevarlos ante el Consejo de la manada, que, por lo general, suele tener lugar una vez al mes, cuando hay luna llena, para que sean identificados. Después de esta inspección, los cachorros son libres de correr por donde ellos quieran y hasta que no maten su primer gamo no hay excusa aceptable que defienda que un lobo mayor mate a alguno de ellos. El castigo es la muerte en el mismo lugar donde se encuentre al asesino, y si pensáis por un instante en esto veréis que así debe ser.

Papá Lobo esperó a que sus cachorros pudieran corretear un poco y entonces, la noche en que tuvo lugar la reunión, los llevó, junto con Mowgli y Mamá Loba, a la Roca del Consejo, una cima de una colina cubierta de rocas y piedras donde podían esconderse un centenar de lobos.

Akela, el gran Lobo Solitario gris que lideraba toda la manada gracias a su fuerza y habilidad, estaba tumbado a lo largo de su roca, y debajo de él permanecían sentados cuarenta lobos o más de todos los colores y tamaños, desde veteranos de color tejón que podían enfrentarse solos con un gamo, hasta los jóvenes negros de tres años que creían que podían. El Lobo Solitario era el jefe desde hacía un año. En su juventud fue dos veces presa de una trampa y una vez fue apaleado y dado por muerto, así que él conocía las costumbres y los usos de los hombres. Se habló muy poco en la reunión de la Roca. Los cachorros tropezaban entre ellos en el centro del círculo que formaban, sentados, sus padres y madres, y de vez en cuando un lobo adulto se acercaba a alguno de los cachorros, lo miraba cuidadosamente y volvía a su lugar sin hacer ruido. A veces, alguna madre tenía que empujar a su cachorro para exponerlo a la luz de la luna y asegurarse de que no había pasado inadvertido. Akela gritaba desde su roca:

-Todos conocéis la Ley, todos conocéis la Ley, ¡mirad bien, lobos!

Al final (y a Mamá Loba se le erizaban los pelos del cuello al acercarse el momento), Papá Lobo empujó hacia el centro a «Mowgli la Rana», como ellos lo llamaban, donde permaneció sentado riendo y jugando con algunas piedrecillas que brillaban con la luz de la luna.

Akela no levantaba la cabeza de sus patas, pero seguía con sus monótonos gritos:

-¡Mirad bien!

Un ensordecedor rugido provenía de detrás de las rocas, era la voz de Shere Khan que gritaba:

-El cachorro es mío, dádrnelo. ¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con un cachorro humano?

Akela ni siquiera movía sus orejas, todo lo que decía era:

-¡Mirad bien, lobos! ¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con las órdenes de cualquiera que no sea el mismo Pueblo? ¡Mirad bien!

Se escuchaba un coro de profundos gruñidos y un lobo joven, de unos cuatros años, hizo llegar a Akela la pregunta de Shere Khan:

-¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con un cachorro humano?

Ahora bien, la Ley de la Selva afirma que si hay cualquier disputa relacionada con el derecho que tiene un cachorro a ser aceptado por la manada, éste debe ser defendido al menos por dos miembros de la misma que no sean ni su padre ni su madre.

-¿Quién habla en favor de este cachorro? -preguntó Akela-. ¿De entre el Pueblo Libre quién habla en su favor?

No hubo ninguna respuesta y Mamá Loba se preparó para lo que sabía que iba a ser su última disputa, si es que el asunto llegaba a ser disputado.

Entonces, la única criatura de otra especie con permiso para participar en el Consejo de la manada, Baloo, el oso pardo dormilón que enseña a los lobeznos la Ley de la Selva, el viejo Baloo, que puede ir y venir cuando le place, porque sólo come nueces, raíces y miel, se levantó sobre sus dos patas traseras y gruñó:

-¿El cachorro humano, el cachorro humano? -dijo-. Yo hablo en favor del cachorro humano. No hay nada malo en un cachorro humano. No tengo facilidad de palabra, pero digo la verdad. Dejémosle que corretee con la manada y que se sume a los demás. Yo mismo le instruiré.

-Todavía necesitamos a alguien más -dijo Akela-. Baloo ha hablado y él es el maestro de nuestros jóvenes cachorros. ¿Quién más habla aparte de Baloo?

Una sombra oscura cayó sobre el círculo. Era Bagheera, la pantera negra, toda ella de un negro de tinta, pero con sus marcas de pantera que, según como estuviera expuesta a la luz, parecían unas ondas de seda. Todo el mundo conocía a Bagheera y nadie se atrevía a cruzar por su camino porque era tan astuta como Tabaqui, tan audaz como el búfalo salvaje y tan desenfrenada como el elefante herido. Pero tenía una voz tan dulce como la miel natural que gotea de un árbol y una piel más fina que el plumón.

-Oh, Akela, y vosotros, Pueblo Libre -dijo como susurrando-, no tengo ningún derecho en vuestra asamblea, pero la Ley de la Selva dice que si surge alguna duda no relacionada con alguna muerte pero sí con algún nuevo cachorro, la vida de éste puede ser comprada a cualquier precio. Y la Ley no dice quién puede o no puede pagar este-precio. ¿Tengo razón?

-¡Bien, bien! -dijeron los lobos jóvenes, siempre hambrientos-. Escuchad a Bagheera. El cachorro puede ser comprado a cualquier precio. Es la Ley.

-Sabiendo que no tengo ningún derecho a hablar aquí, os pido que me dejéis hacerlo.

-Habla, pues -gritaron unas veinte voces.

-Matar a un cachorro desnudo es una vergüenza. Además, os puede servir de gran ayuda cuando sea mayor. Baloo ha hablado en su defensa. Por eso añadiré a sus palabras un toro, uno gordo, recién matado, a menos de media legua de aquí, si aceptáis al cachorro humano de acuerdo con la Ley. ¿Tan difícil es?

Surgió el clamor de una veintena de voces diciendo:

-¿Qué más da? Se morirá con las lluvias del inviemo, se abrasará con el sol del verano. ¿Qué daño nos puede causar una rana desnuda? Dejémosle corretear con la manada. ¿Dónde está el toro, Bagheera? Aceptémosle.

Entonces se escuchó el profundo aullido de Akela, que gritaba:

-¡Mirad bien, mirad bien, oh lobos!

Mowgli todavía estaba interesado en las piedrecillas y no se dio cuenta de que los lobos se acercaban uno a uno hacia él, para observarlo. Al final todos bajaron de la colina en busca del toro muerto y sólo se quedaron Akela, Bagheera, Baloo y los lobos que apoyaban a Mowgli. Shere Khan siguió gruñendo durante la noche, ya que estaba muy enfadado porque Mowgli no le había sido entregado.

-Sí, ruge bien -le dijo Bagheera en su propia cara-. 0 no sé nada del hombre o llegará el día en que esa cosa desnuda hará que rujas en otro tono.

-Bien hecho -dijo Akela—. Los hombres y sus cachorros son muy listos. Con el tiempo nos será de gran ayuda.

-Es verdad, una ayuda en caso de necesidad, porque nadie puede esperar ser el jefe de la manada para siempre -dijo Bagheera.

Akela no dijo nada. Estaba pensando en ese día que llega a todos los jefes de manada, cuando pierden la fuerza y se van debilitando cada vez más, hasta que al final son matados por los mismos lobos y surge un nuevo jefe, para ser matado cuando le llegue el turno.

-Llévatelo -le dijo a Papá Lobo-, y adiéstralo como le corresponde a un miembro del Pueblo Libre.

Y así es como Mowgli fue aceptado en la manada de lobos de Seeonee, por el precio de un toro y las buenas palabras de Baloo.

Ahora debéis contentaros saltando diez u once años e imaginando la vida tan maravillosa que Mowgli pasó entre los lobos, porque si tuviera que ser escrita llenaría demasiados libros. Creció con los lobeznos, aunque ellos, desde luego, se hicieron lobos adultos casi antes de que él dejara la primera infancia y Papá Lobo le enseñó sus tareas y el significado de la Selva, hasta que cada crujido de la hierba, cada soplo del aire cálido nocturno, cada nota de los búhos sobre su cabeza, cada ruido producido por las garras de los murciélagos sostenidos por un instante en un árbol, cada rumor provocado por 1 os pececillos que saltan en la charca, significaran para él tanto como puede significar el trabajo de oficina para un hombre de negocios. Cuando no estaba aprendiendo, se tumbaba al sol y dormía, y comía y volvía a dormir; cuando se sentía sucio o tenía calor, nadaba en las charcas de la selva; y cuando quería miel (Baloo le había dicho que la miel y las nueces son tan buenas al paladar como la carne cruda) trepaba a un árbol para conseguirla, ya que Bagheera le había enseñado cómo hacerlo. Bagheera se tumbaba sobre una rama y le decía:

-Ven aquí, hermanito.

Y al principio Mowgli se agarraba como un perezoso, pero después se balanceaba por las ramas casi tan audazmente como el mono gris. También ocupó su lugar en el Consejo de la Roca cuando se reunía la manada y allí descubrió que, si miraba fijamente a los ojos de un lobo, éste se veía forzado a bajar la vista y, por eso, solía hacerlo para divertirse. Algunas veces arrancaba las largas espinas de la piel de sus amigos, porque los lobos sufren enormemente por las espinas y los cadillos que se les clavan entre el pelo.

Por la noche bajaba por la colina hasta los campos cultivados y observaba con cuidado a los campesinos dentro de sus cabañas, pero desconfiaba de los hombres, porque Bagheera le enseñó una caja cuadrada, con una abertura que se hundía, escondida tan hábilmente entre la maleza que casi entró en ella, y le dijo que era una trampa. Le gustaba más que ninguna otra cosa en el mundo adentrarse con Bagheera en el corazón cálido y oscuro de la selva, dormir a lo largo del soñoliento día y, por la noche, observar cómo la pantera efectuaba su caza. Ella mataba a diestro y siniestro cuando él tenía hambre, y así hacía Mowgli, pero con una excepción: cuando el chico fue lo suficientemente mayor como para entender según qué cosas, Bagheera le explicó que no tenía que tocar el ganado, Porque él mismo había sido admitido en la manada a cambio de la vida de un toro.

-Toda la selva te pertenece -dijo Bagheera- y puedes matar todo lo que tu fuerza te permita matar; pero, por la memoria del toro que sirvió para comprar tu vida, nunca debes matar o comerte ninguna cabeza de ganado, joven o vieja. Ésta es la Ley de la Selva.

Mowgli obedeció fielmente.

Y él crecía, y crecía fuerte, como debe crecer cualquier chico que no es consciente de que está aprendiendo cualquier lección y que no tiene otra cosa en qué pensar en este mundo que no sea la comida.

Mamá Loba le dijo una o dos veces que Shere Khan no era una criatura en la que poder confiar y que algún día él tendría que matarlo. Pero así como un lobezno se habría acordado de aquel consejo en todo momento, Mowgli lo olvidaba porque era simplemente un niño, aunque se habría calificado a sí mismo de lobo si hubiera podido hablar en cualquier lengua humana.

Shere Khan siempre le salía al paso en la selva, ya que como Akela cada vez era más viejo y más débil, el tigre cojo se había hecho muy amigo de los lobos más jóvenes de la manada, que le seguían para recoger sus sobras, algo que Akela nunca habría permitido si se hubiera atrevido a imponer su autoridad hasta el extremó adecuado. En estos casos, Shere Khan los adulaba y se hacía el sorprendido ante la idea de que tan jóvenes y excelentes cazadores se contentaran con ser liderados por un lobo moribundo’ y por un cachorro humano.

-Me cuentan -dijo Shere Khan- que en el Consejo no os atrevéis a mirarle a los ojos.

Y los lobos jóvenes gruñían y erizaban el pelo.

Bagheera, que tenía ojos y oídos por todas partes, sabía algo de esto y le dijo a Mowgli, una o dos veces y con palabras muy distintas, que algún día Shere Khan intentaría matarle. Mowgli le contestó riendo:

-Tengo la manada y te tengo a ti y a Baloo que, aunque es muy perezoso, podría dar algún golpe en mi defensa. ¿De qué tendría que tener miedo?

Un día muy caluroso a Bagheera se le ocurrió una nueva idea por algo que había oído. Quizá Ikki, el puerco espín se lo había dicho. Se lo dijo a Mowgli cuando se encontraban en la zona más profunda de la selva, mientras la cabeza del chico reposaba sobre la negra piel de Bagheera:

-Hermanito, ¿cuántas veces te he dicho que Shere Khan es tu enemigo?

-Tantas veces como frutos tiene esta palmera -dijo Mowgli, que, evidentemente, no sabía contar—. ¿Por qué lo dices? Tengo sueño, Bagheera, y Shere Khan tiene la cola larga pero habla poco, como Mao, el pavo real.

-Pero ahora no es hora de dormir. Baloo lo sabe, yo lo sé, la manada lo sabe e incluso los tontos e inútiles ciervos lo saben. Tabaqui también te lo ha dicho.

-¡Oh, oh! -dijo Mowgli-. Tabaqui me vino no hace mucho y mie dijo de una manera muy grosera que yo era un cachorro humano desnudo y que no servía para desenterrar raíces, pero cogí a Tabaqui por la cola y le golpeé un par de veces contra la palmera para enseñarle buenos modales.

-Eso fue una tontería porque, aunque Tabaqui sea un chismoso, te habría dicho algo que te interesa mucho. Abre esos ojos, hermanito. Shere Khan no se atreve a matarte en la selva, pero recuerda, Akela es muy mayor, y pronto llegará el día en que no Podrá matar su gamo y entonces ya no podrá seguir siendo el jefe. Muchos de los lobos que te observaron cuando fuiste llevado por primera vez al Consejo también son mayores, y los lobos jóvenes creen, tal y como Shere Khan les ha enseñado, que en la manada no hay lugar para un cachorro humano. En poco tiempo te habrás convertido en un hombre.

-¿Qué es un hombre si no puede correr con sus hermanos? -preguntó Mowgli-. Yo nací en la selva. He obedecido la Ley de la Selva y no hay ni un lobo de los nuestros de cuyas patas no haya arrancado alguna espina. ¡Seguro que son mis hermanos!

Bagheera se tumbó del todo y medio cerró sus ojos.

-Hermanito –dijo-, toca esto bajo mi mandíbula.

Mowgli puso su oscura y fuerte mano bajo la sedosa mejilla de Bagheera, donde los enormes y redondos músculos quedaban escondidos entre el brillante pelaje, y percibió un pequeño vacío.

-No hay nadie en la selva que sepa que yo, Bagheera, llevo esta marca, la marca del collar. Y aún más, hermanito, yo nací entre los hombres y fue entre ellos donde murió mi madre, en las jaulas del palacio del rey en Oodeypore. Por eso pagué tu precio en el Consejo cuando eras un cachorrillo desnudo. Sí, yo también nací entre hombres. Nunca había visto la selva. Ellos me alimentaban detrás de unos barrotes con un platillo de hierro hasta que una noche sentí que yo era Bagheera, la pantera, y no un juguete para los hombres, así que rompí la estúpida cerradura de un zarpazo y me escapé. En la selva he llegado a ser más terrible que Shere Khan porque aprendí las costumbres de los hombres. ¿No es así?

-Sí –dijo Mowgli-, toda la selva teme a Bagheera…. toda excepto Mowgli.

-Oh, tú eres un cachorro humano –dijo la negra pantera muy tiernamente-, y así como yo he vuelto a mi selva, tú, al final, deberás volver con los hombres, que son tus hermanos, si antes no eres asesinado en el Consejo.

-¿Pero por qué…, pero por qué va a querer matarme nadie? -preguntó Mowgli.

-Mírame –dijo Bagheera, y Mowgli la miró fijamente a los ojos.

La gran pantera volvió su cabeza al cabo de medio minuto.

-Por esto -dijo, poniendo su pata encima de las hojas-. Ni siquiera yo puedo mirarte a los ojos y eso que nací entre humanos y te quiero, hermanito. Los demás te odian porque sus ojos no pueden cruzarse con los tuyos, porque eres sabio, porque puedes extraer las espinas de sus patas…. porque eres un hombre.

-Yo no sabía todo esto -dijo Mowgli con resentimiento, frunciendo sus negras y pobladas cejas.

-¿Qué es la Ley de la Selva? Pega primero y después avisa. Por su propia conveniencia saben que eres un hombre. Pero sé sabio. Mi corazón me dice que cuando Akela pierda su última matanza, Y cada caza le cuesta cada vez más, la manada se

Volverá contra él y contra ti. Convocarán un Consejo en la Roca y después…. y después… ¡ya lo tengo! -dijo Bagheera levantándose de un salto-. Ve rápidamente a las cabañas de los hombres en el valle y coge algo de la flor roja que cultivan allí, así, cuando llegue el momento, habrás conseguido un amigo mejor que yo o que Baloo o que todos los que te quieren de la manada. Ve a por la flor roja.

Bagheera, al decir las flores rojas, se refiere al fuego, ninguna criatura de la selva llamará al fuego por su propio nombre. Todas las fieras viven mortalmente atemorizadas por él e inventan cientos de nombres para describirlo.

-¿La flor roja? -dijo Mowgli-. Crece fuera de sus cabañas a la hora del crepúsculo. Conseguiré alguna.

-¡Ahora habla el cachorro humano! -dijo Bagheera con orgullo-. Recuerda que crece en unas macetas pequeñas. Coges una rápidamente y la guardas para cuando llegue el momento de necesitarla.

-¡Bien! -dijo Mowgli-. Ya voy, ¿pero estás segura, Bagheera mía? -alargó su brazo alrededor del espléndido cuello y miró fijamente sus grandes ojos-. ¿Estas segura de que esto es cosa de Shere Khan?

-Por la cerradura rota que me liberó, estoy segura, hermanito.

-Entonces, por el toro que compró mi vida, saldaré cuentas con Shere Khan por ello, incluso puede que pague un poco más -dijo Mowgli, y salió disparado.

-¡Esto es un hombre, todo un hombre! -se dijo Bagheera mientras volvía a tumbarse-. ¡oh, Shere Khan, nunca has estado en una caza más negra que la de esta rana cazadora, al menos desde hace diez años!

Mowgli se encontraba ya alejado de la selva, corriendo rápidamente y con el corazón ardiendo en su interior. Llegó a la caverna a la hora en que comenzaba a aparecer la niebla del crepúsculo, tomó aliento y miró hacia el valle. Los cachorros estaban fuera, pero Mamá Loba, en la parte trasera de la caverna, sabía por el modo de respirar que algo le ocurría a su rana.

-¿Qué ocurre, hijo? -preguntó ella.

-Habladurías de murciélago propias de Shere Khan -respondió él-. Esta noche voy a cazar a los campos de cultivo.

Y se adentró hacia los arbustos, hacia el riachuelo hasta el pie del valle. Allí se detuvo, porque oyó el gritó de la manada que estaba cazando, el rugido del sambur cuando es perseguido y el ronquido del gamo acorralado. A continuación oyó los traviesos y amargos aullidos de los lobos jóvenes:

-¡Akela, Akela! Dejad que el Lobo Solitario muestre su fuerza, idejadle espacio al jefe de la manada! ¡Salta, Akela!

El Lobo Solitario debió de saltar y equivocarse en el intento porque Mowgli oyó el ruido de sus dientes y un gañido cuando el sambur le arrastró por el suelo, empujándole con sus patas delanteras.

Ya no esperó más y fue a ver qué sucedía los gritos disminuían débilmente detrás de él conforme se iba acercando a los campos de cultivo donde vivían los campesinos.

-Bagheera tenía razón -dijo entre jadeos mientras se metía entre unos forrajes que estaban cerca de la ventana de una cabaña-. Mañana será un gran día, para Akela y para mí.

Entonces pegó su cara a la ventana y vio el fuego en la chimenea. Vio que la esposa del campesino se levantaba por la noche y alimentaba el fuego con unos pedazos de algo de color negro. Al llegar la mañana con su niebla blanca y fría, vio al hijo del campesino recoger una maceta de mimbre con tierra en su interior, llena de pedazos de carbón ardiendo, ponerla debajo de su manta y salir a atender a las vacas del establo.

–Eso es todo? -dijo Mowgli-. Si un cachorro puede hacerlo, no hay nada que temer.

Así que giró la esquina rápidamente y se encontró con el chico, le arrebató la maceta de sus manos y desapareció en la niebla mientras el chico gritaba atemorizado.

-Se parecen mucho a mí -dijo Mowgli, soplando la maceta como había visto que lo hacía la mujer-. Esto se morirá si no le doy algo para comer.

Y echó ramitas y cortezas dentro de las cosas rojas. A medio camino hacia la colina se encontró con Bagheera, sobre cuya piel brillaba como destellos de luna el rocío de la mañana.

-Akela ha errado el golpe –dijo la pantera-. Ayer por la noche lo habrían matado, pero también te necesitaban a ti. Te estuvieron buscando por la colina.

-Estuve por las tierras de cultivo. Estoy listo ¡Mira!

Mowgli alzó la maceta de fuego.

-¡Bien! He visto que los hombres meten un palo seco dentro de esa cosa, y en un momento la flor. roja florece por las puntas. ¿No tienes miedo?

-No. ¿Por qué tendría que tenerlo? Ahora recuerdo, si es que no fue un sueño, cómo, antes de que yo fuera lobo, me tumbaba al lado de la flor roja y era cálida y placentera.

Mowgli se pasó todo ese día sentado en la caverna, cuidando de su maceta de fuego y poniendo en su interior ramas secas para ver cómo quedaban. Encontró una rama de su agrado y por la noche, cuando Tabaqui llegó a la caverna y le dijo con muy malos modales que su presencia era requerida en el Consejo de la Roca, él se rió hasta que Tabaqui se fue. Entonces Mowgli se dirigió hacia el Consejo, todavía riéndose.

Akela, el Lobo Solitario , estaba tumbado a un lado de su roca como señal de que el liderazgo de la manada estaba vacante y Shere Khan, con su séquito de lobos carroñeros, se paseaba de aquí para allá con un aire de satisfacción. Bagheera estaba tumbada junto a Mowgli y la maceta de fuego se encontraba entre las rodillas de éste. Cuando se encontraron todos reunidos, Shere Khan comenzó a hablar, algo que nunca se habría atrevido a hacer cuando Akela estaba en sus mejores tiempos.

-No tiene derecho -susurró Bagheera-. Díselo. Es hijo de perro. Estará atemorizado.

Mowgli se levantó de golpe.

-Pueblo Libre -gritó-, ¿es Shere Khan el nuevo jefe de la manada? ¿Qué tiene que ver un tigre con nuestro liderazgo?

-Viendo que el puesto está todavía vacante y ya que se me ha pedido que tome la palabra… –comenzó Shere Khan.

-¿Quién lo ha pedido? -preguntó Mowgli-. ¿Es que acaso nos hemos vuelto todos chacales para adular a este cazador de ganado? La vacante de jefe de la manada sólo concierne a la misma manada.

Hubo un griterío que decía:

-¡Silencio cachorro humano! Dejémosle hablar. Él ha mantenido nuestra Ley.

Y, al final, los más adultos de la manada vociferaron:

-Dejad que hable el Lobo Muerto.

Cuando el jefe de la manada yerra en su caza, se le llama Lobo Muerto el tiempo que le queda de vida, que no es mucho.

Akela levantó con pesadez su vieja cabeza:

-Pueblo Libre, y también vosotros, chacales de Shere Khan, durante doce estaciones os he guiado en la caza y en todo este tiempo ninguno de vosotros ha caído en ninguna trampa o ha sido herido. Ahora he errado en mi caza, ya sabéis cómo ocurrió. Sabéis que me llevasteis delante de un gamo que no había sido previamente cansado para dar a conocer mi flaqueza. Lo hicisteis de una forma muy inteligente. Tenéis el derecho de matarme ahora, aquí mismo, en el Consejo de la Roca. Por lo tanto, sólo os pregunto ¿cómo llega el final de un Lobo Solitario? Tengo el derecho, según la Ley de la Selva, de que vengáis a mí uno a uno.

Se produjo un largo silencio, ya que ni un solo lobo se atrevía a luchar a muerte contra Akela. Entonces Shere Khan gruñó:

_¡Bah! ¿Qué podemos hacer con este imbécil sin dientes? ¡Está condenado a muerte! Es el cachorro humano el que ha vivido demasiado, Pueblo Libre, y era mi carne desde el principio. Dádmelo. Estoy harto de esa estupidez de hombre-lobo. Durante diez estaciones no ha hecho más que darnos problemas en la selva. Dadme el cachorro humano o me quedaré para siempre cazando por aquí y no os daré ni un simple hueso. ¡Él es un hombre, un hijo de hombre, y lo odio hasta la médula de mis huesos!

Entonces más de la mitad de la manada aulló:

-¡Un hombre, un hombre! ¿Qué tiene que ver un hombre entre nosotros? ¡Dejémosle que se marche con los suyos!

-¿Y hacer que toda la gente de los pueblos se vuelva en nuestra contra ? -gritó Shere Khan-. ¡No! Dádmelo a mí, es un hombre y nadie. puede mirarle fijamente a los ojos.

Akela alzó de nuevo su cabeza y dijo:

-Ha estado comiendo de nuestra comida. Ha estado durmiendo con nosotros. Nos ha estado enseñando. No ha roto ninguna norma de la Ley de la Selva.

-Además, yo pague un toro por él cuando fue aceptado. El valor de un toro no es mucho, pero el honor de Bagheera es algo por lo que quizá lucharía -dijo la pantera con su voz más mansa.

-¡Un toro que fue pagado hace diez años! -gruñó la manada-. ¿Qué nos importan los huesos de hace diez años?

-¿0 qué os importa una promesa? –dijo Bagheera; sus dientes blancos quedaron descubiertos tras sus labios-. ¡Bien sois llamados Pueblo Libre!

-Ningún cachorro humano puede corretear con los habitantes de la selva -gritó Shere Khan-. iDádmelo a mí!

-Es nuestro hermano en todos los sentidos, menos en la sangre -prosiguió Akela-, ¡y lo mataríais aquí! De verdad, ya he vivido demasiado. Algunos de vosotros coméis ganado y de otros he oído que, bajo las enseñanzas de Shere Khan, os paseáis por la oscuridad de la noche y robáis niños de las mismas puertas de las casas de los campesinos. Por lo tanto, puedo reconoceros como cobardes, y es a cobardes a quienes me estoy dirigiendo. Es cierto que debo morir y que mi vida no tiene ningún valor, por eso la ofrecería en lugar de la del cachorro humano. Pero, por el alma del honor de la manada (un pequeño asunto del que os habéis olvidado desde que no tenéis jefe) os prometo que si permitís que el cachorro humano se marche al lugar al que pertenece, no os desafiaré, cuando llegue la hora de mi muerte, mostrándoos mis dientes. Moriré sin pelear, ya que al menos así salvaré tres vidas de la manada. No puedo hacer más, pero sí vosotros queréis, puedo salvaros de la vergüenza que significa matar a un hermano que no ha cometido ningún error, un hermano que fue defendido y: comprado para nuestra manada de acuerdo con la, Ley de la Selva.

-¡Es un hombre…, un hombre…. un hombre! -gruñó la manada.

Y la mayoría de los lobos comenzaron a agruparse alrededor de Shere Khan, cuya cola empezaba a agitarse.

-Ahora el asunto está en tus manos -le dijo Bagheera a Mowgli-, lo único que podemos hacer es luchar.

Mowgli se puso en pie con la maceta de fuego entre sus manos. Entonces estiró sus brazos y bostezó delante del Consejo. Pero estaba furioso, con rabia y dolor, porque los lobos, comportándose corno tales, nunca le habían dicho lo mucho que le odiaban.

-¡Escuchad! -gritó-. No es necesaria esta charla de perros. Esta noche ya me habéis dicho demasiadas veces que soy un hombre y, a pesar de que yo habría sido un lobo entre vosotros hasta el final de mi vida, siento que vuestras palabras son ciertas. Así que ya no os volveré a considerar como mis hermanos, sino como sag (perros), como haría cualquier hombre. Lo que hagáis o dejéis de hacer no está en vuestra mano decirlo. Esto sólo me concierne a mi y para que podáis ver el asunto más claramente, yo, el hombre, os he traído un poco de flor roja, perros, para que os asustéis.

Arrojó la maceta de fuego al suelo y algunos pedazos de carbón rojo prendieron en un montón de musgo seco, mientras todo el Consejo se echaba hacia atrás, aterrorizado ante las crecientes llamas.

Mowgli lanzó su rama muerta al fuego, hasta que se encendió y chisporroteó y la hizo girar sobre su cabeza y entre los atemorizados lobos.

-Tú eres el jefe -dijo Bagheera en voz baja—. Salva a Akela de su muerte. Siempre ha sido tu amigo.

Akela, el viejo e imponente lobo que nunca en su vida ha pedido merced a nadie, lanzó una mirada piadosa a Mowgli mientras el chico permanecía en pie todo desnudo, con su oscuro pelo largo agitándose sobre sus hombros a la luz de la reluciente rama que hacía que las sombras saltaran y temblaran.

-¡Bueno! -dijo Mowgli mirando lentamente a su alrededor-. Ya veo que sois perros. Me marcho de entre vosotros y me voy con los míos, si es que son los míos. Se me ha cerrado la selva y tengo que olvidar vuestra compañía y vuestra conversación, pero seré más bondadoso que vosotros porque era vuestro hermano en todo, excepto en la sangre, y os prometo que cuando sea un hombre entre los hombres no os delataré a ellos como vosotros me habéis delatado a mí.

Dio una patada al fuego y las chispas aumentaron.

-No debe haber ningún tipo de guerra entre nosotros en la manada, pero tengo una deuda que saldar antes de irme.

Se dirigió apresuradamente hacia donde Shere Khan se encontraba sentado y parpadeando estúpidamente delante de las llamas, y lo cogió por el mechón de pelo de su barba. Bagheera le siguió por si ocurría algún accidente.

-¡Levántate, perro! -gritó Mowgli-. ¡Levántate cuando habla un hombre o quemaré tu piel!

Las orejas de Shere Khan se quedaron bajas, como pegadas a su cabeza, y cerró sus ojos, ya que tenía muy cerca la rama ardiente.

-Este cazador de ganado dijo que me mataría en el Consejo porque no lo hizo cuando yo era un cachorro. Entonces, así es como nosotros pegamos a los perros cuando nos hacemos hombres. ¡Mueve un bigote, Lungri, y te meteré por la garganta la flor roja!

Golpeó a Shere Khan en la cabeza con la rama y el tigre lloriqueó y gimoteó en una agonía aterradora.

-¡Bah! Gato de la selva chamuscado. ¡Ahora camina! Pero recuerda, cuando vuelva de nuevo al Consejo de la Roca, vendré como hombre y con la piel de Shere Khan cubriendo mi cabeza. En cuanto al resto de vosotros, Akela queda libre para vivir como le plazca. No le mataréis porque ésa no es mi voluntad. Tampoco creo que tengáis que permanecer aquí más tiempo, con la lengua fuera como si fuerais algo más que perros expulsados por mí, así que ¡marchad!

El fuego ardía vigorosamente al final de la rama, Mowgli comenzó a batirla a derecha e izquierda alrededor del círculo y los lobos huyeron aullando por las chispas que quemaban sus pieles. Al final, sólo quedaron Akela, Baghe-era y unos diez lobos que estaban de parte de Mowgli. Entonces Mowgli comenzó a sentir en su interior una tristeza como nunca antes había sentido en su vida, tomó aliento, sollozó y las lágrimas empezaron a correr por su cara.

-¿Qué es esto? ¿Qué es esto? -dijo-. No deseo abandonar la selva y no sé que es esto. ¿Me estoy muriendo, Bagheera?

-No hermanito. Sólo son lágrimas, como las de los hombres -dijo Bagheera-. Ahora sé que eres un hombre y no un cachorro, de ahora en adelante la selva se ha cerrado para ti. Déjalas que caigan, Mowgli. Son sólo lágrimas.

Así que Mowgli se sentó y lloró como si su corazón se hubiera roto. Nunca antes en su vida había llorado.

-Ahora –dijo-, me iré con los hombres, pero antes debo despedirme de mi madre.

Se dirigió hacia la caverna donde ella vivía con Papá Lobo y lloró sobre su piel, mientras los cuatro lobeznos aullaban tristemente.

-¿No me olvidaréis? -preguntó Mowgli.

-Nunca mientras podamos seguir una pista –dijeron los lobeznos-, vuelve al pie de la colina cuando seas un hombre y hablaremos contigo, y por la noche iremos a los campos de cultivo para jugar contigo.

-¡Vuelve pronto! -dijo Papá Lobo-. ¡Oh, ranita sabia, vuelve pronto, porque tu madre y yo nos estamos haciendo viejos!

-Vuelve pronto -dijo Mamá Loba-. Hijito mío desnudo, porque, escucha, hijo del hombre, te he querido más de lo que nunca he querido a mis propios lobeznos.

-Volveré, seguro -dijo Mowgli-, y cuando vuelva será para extender sobre la Roca del Consejo la piel de Shere K-han. ¡No me olvidéis! ¡Decid a todos en la selva que nunca se olviden de mí!

Comenzaba a despuntar el alba cuando Mowgli, comenzó a bajar solo por la colina para encontrarse con esos misteriosos seres llamados hombres.



CANCIÓN DE CAZA DE LA MANADA DE SEEONEE



Al despuntar el alba, el sambur baló.
¡Una vez, dos veces, y una vez más!
Y un gamo saltó, y un gamo saltó
del estanque, en el bosque,
donde el ciervo salvaje va a beber.
Todo esto lo he visto explorando solo.
¡Una vez, dos veces, y una vez más!

Al despuntar el alba, el sambur baló.
¡Una vez, dos veces, y una vez más!
Y un lobo volvió atrás, y un lobo volvió atrás
llevando las noticias a la manada que espera,
y buscábamos y encontrábamos
y aullábamos siguiendo sus huellas.
¡Una vez, dos veces, y una vez más!

Al despuntar el alba, la manada de lobos aulló.
¡Una vez, dos veces, y una vez más!
¡Pies en la selva que no dejan huella!
¡Ojos que pueden ver en la oscuridad,
en la oscuridad!
¡Lengua, sácale la lengua! ¡Escucha, oh, escucha!
¡Una vez, dos veces, y una vez más!