viernes, 31 de octubre de 2014

TAGETES ERECTA


Directamente desde el D.F. nos llega Tagetes Erecta, nuevo poema de David Vera, joven mexicano que intenta hacerse un nombre en el siempre dificil y exigente mundo de la poesia.










Se vienen los muertos
todos contentos del Mictlán,
borrachines desdichados
de carrera larga al Mezcal.

Es una tarde de otoño,
el sol apenas calienta,
y las hojitas muertas se caen;
saben que la señora muerte estará contenta.

Hay una cantina donde hubieron disparos,
donde el tequila se sirve a más de dos,
y el pulque es la mera miel de la conquista,
José Alfredo y Agustín se fugan los días Dos.

Diego ya no ama a Frida y eso qué importa,
hoy se viene la la Doña con todo y escote.
entre copal y mirra me refiero a María,
hasta Polanco se prepara, pues hoy toca mole.

de pensar en tantos olores y sabores,
la verdad es que hasta se me pone erecta,
no se espanten ni hagan las ilusiones,
por supuesto hablo del día de la Tagetes Erecta.






jueves, 30 de octubre de 2014

ALEJANDRO OLIVARES

El fotografo de esta semana es Alejandro Olivares, una de las promesas de la fotografia Chilena, quien trabaja hace cinco años como editor fotográfico de la revista The Clinic.

Su serie Living Periferia es un ensayo personal en el cual lleva trabajando varios años. En ella se muestra el espacio en que se desenvuelve un grupo de jóvenes en algunos de los barrios más peligrosos de Chile, principalmente en la periferia santiaguina.






















martes, 28 de octubre de 2014

EL DESVAN

Hoy Martes queremos recordar el trabajo de, quizas, el mas grande poeta del siglo XX Se trta de Ezra Pound Poeta y ensayista norteamericano nacido en Hailey, Idaho, en 1885, fue un gran promotor de dos grandes movimientos de vanguardia: el imaginismo y el vorticismo. Murio en Venecia en 1972. Los dejamos con su poema El Desvan







Ven, apiadémonos de los que tienen más fortuna que nosotros.
Ven, amiga, y recuerda
que los ricos tienen mayordomos en vez de amigos,
y nosotros tenemos amigos en vez de mayordomos.
Ven, apiadémonos de los casados y de los solteros.

La aurora entra con sus pies diminutos
como una dorada Pavlova,
y yo estoy cerca de mi deseo.
Nada hay en la vida que sea mejor
que esta hora de limpia frescura,
la hora de despertarnos juntos.







lunes, 27 de octubre de 2014

LOS PYTS

Los Pyts (abreviacion de Preciso y Tengo Sed) es la banda elegida para esta semana en Experimental Lunch. Esta banda de Coquimbo ha logrado, despues de grandes esfuerzos, darse a conocer en la escena local y mostrarse al pais como una banda de gran proyeccion. El pasado 30 de agosto, la banda lanzo su primera producción discográfica, un EP de seis temas que promete encantar a quien lo escuche.

Nota extraida desde http://diarioeldia.cl/articulo/pyts-cosechando-sus-primeros-frutos





        A simple vista, la carrera de la música pareciera ser placentera y glamorosa, sin embargo, quienes han emprendido este camino saben que tras los buenos resultados hay una cantidad infinita de trabajo y esfuerzo, motivado sólo por el talento y las ganas de salir adelante.

Bien lo saben Matías Hernández, Francisco Rivera, Raúl López y Pablo Toro, integrantes del grupo PYTS, en su mayoría, egresados de la carrera de Música y oriundos de Coquimbo, quienes, luego de mucho trabajo, ya están viendo surgir sus primeros frutos.

El próximo viernes 30 de agosto, la banda lanzará su primera producción discográfica, un EP de seis temas que promete encantar a quien lo escuche. En relación a esto, Matías Hernández, guitarrista de PYTS, comentó que “vamos a lanzar nuestro primer trabajo que es un adelanto del disco que queremos grabar para el próximo año”. El músico también destacó que para crear este material musical fueron necesarios cinco meses de grabación y producción, en los que el objetivo fue “desde el primer año en que establecimos la formación actual, nuestra idea ha sido tocar temas de nuestra autoría en los conciertos, así ha sido hasta el día de hoy”.
Y es que, los PYTS han pasado por distintos cambios para llegar a ser lo que hoy son, así lo explicó Francisco Rivera, guitarrista y vocalista de la banda, quien dijo que “cuando nos iniciamos como grupo no teníamos una formación típica, es decir, no utilizábamos ni bajo eléctrico ni batería”, y agregó, “lo hicimos porque queríamos dar un toque acústico a nuestra música”. En ese entonces, Matías y Francisco, eran acompañados de otros dos músicos, quienes, por cosas del destino, dejaron la agrupación.

Así fue como con el tiempo se integró el baterista Raúl López y el bajista Pablo Toro dando origen a la agrupación actual de los PYTS. UN NOMBRE CURISOSO. PYTS no es el nombre original de la banda, sino abreviación. Francisco Rivera cuenta que “el nombre de nuestro grupo incluye a dos personajes, ‘Preciso’ y ‘Tengo Sed’, que están basados en unos amigos míos”, y explicó que“uno de ellos siempre llegaba en el momento preciso en el que el otro tenía sed, y así nació el nombre”.

Sin embargo, Preciso y Tengo Sed era una denominación que causa distintas reacciones en la gente, “las personas creían que el nombre sólo hacía relación al alcohol, sin embargo, hay otros tipos de sed”, enfatizó Rivera, aclarando que “uno también puede estar sediento de conocimiento, incluso tenemos un tema que habla de la sed de volver a un tiempo antiguo donde uno lo pasó mejor o la nostalgia de ser un niño y no tener preocupaciones”.

El músico también manifestó que decidieron abreviar el nombre para que “no fuera tan chocante para la gente”.

IDEAS PARA EL FUTURO. Los integrantes del grupo PYTS son enfáticos en destacar que su metodología de trabajo es dar un paso a la vez, “lo primero que queríamos era formar un grupo, luego quisimos crear canciones, grabarlas, hacer un disco y así, de a poco, vamos logrando las metas que nos imponemos”, dijo Rivera.

El último de sus objetivos estaría a punto de cumplirse, pues este viernes 30 de agosto en la Casa de las Artes de Coquimbo, la banda lanzará su primer trabajo musical en un show gratuito que comenzará a las 21:30 horas y en donde actuarán junto a sus amigos Edgar Malebrán y Jaime Plaza.

Primer trabajo musical

1. Pánico y locura
2. Me cuesta tanto hablar de libertad
3. Magnetismo ancestral
4. Negras sombras
5. Contando el final
6. Yampa-k



Los dejamos con Yampa - K










domingo, 26 de octubre de 2014

PAZ ALVIAL

Paz Alvial es una artista y profesora chilena que desde hace mas de una decada reside en nuestra region, mas precisamente en La Serena. Ha participado en diversas exposiciones junto a destacados artistas regionales y nacionales y hoy hemos querido dar una mirada a su trabajo































sábado, 25 de octubre de 2014

LAS CUITAS DEL JOVEN DAVO

Para este sabado 25 de octubre, queremos mostrar nuevamente algo del trabajo literario del peruano Davo Guzman. En esta oportunidad queremos invitarlos a disfrutar de su poesia y el poema Las Cuitas del Joven Davo







Daniela se llevó mi primer beso,

para todos fue mi primer amor.

Hoy no recuerdo ni su apellido

ni de sus ojos el color,

solo recuerdo el pan con queso

que adornó el último beso

un verano,

cuando aún era un niño.





Lady quería ser religiosa,

el llamado de Dios sentía.

Yo sentía el llamado divino

de salvarla de solitario destino.

Comí sus labios carnosos,

bebí de sus cántaros de leche.

Exploré su santo sepulcro.

Cuando no quise ir a misa

no me arrancó más la camisa.





María era delicada y perfecta,

la mujer ideal para mi,

leíamos juntos en las tardes

y dormíamos desnudos porque sí.

Un buen día todo terminó,

no entendía que es lo que pasó.

Luego me enteré

que me cambió por una mujer.





Por último esta Graciela,

la mugre de mi uña larga.

Por dios que sí la amaba.

Pero no soportó la carga

de mi pasado pendenciero

y, con dolor y esmero

me dejó en plena calle

con un anillo,

como un florero.









viernes, 24 de octubre de 2014

HACE DIEZ AÑOS

Para iniciar de buena forma este fin de semana, los invitamos a leer este relato del mexicano Martin Petrozza llamado HACE DIEZ AÑOS














         Hace diez años que F. se dedica al viejo arte de escribir. Es escritor. Hace diez años que F. escribe relatos breves. Haces diez años que F. no cambia su vieja lata a la que llama coche. Por supuesto, es un escritor fracasado. Tiene veintiocho años, vive en un piso sucio y descuidado en una colonia sucia y descuidada, es ateo, no se interesa por la política, a la que considera juego de cerdos, y jamás ha participado en algún concurso literario bajo pretextos tan fantásticos como la certeza, venida de quién sabe dónde, de que los concursos literarios están amañados en su contra. Todos tienen más posibilidad de ganar que él porque él no tiene dinero, amigos literatos, ni relaciones con agentes editoriales. El talento, claro está, es otra cosa. Pero en esos concursos no se gana con talento, según F., que se lee con religiosidad todos los premiados de los concursos literarios de la ciudad, a los que siempre considera por debajo de sus propias capacidades intelectuales.



Ha publicado, principalmente en revistas locales cuya existencia es un milagro o un castigo de Dios, gracias a la ineptitud de algunos editores (él mismo cree firmemente que las publicaciones de sus textos son un error). Sin embargo, hace diez años que F. no deja de escribir. Lo hace constantemente mientras bebe cerveza y fuma cigarrillos. A veces escucha rocanrol mientras escribe. Sus textos son sucios, llenos de personajes que nadie quisiese conocer en persona, ni siquiera otros desadaptados mentales, y todos ellos narran las historias más grotescas que sólo a la mente de un escritor como F. se le podrían ocurrir. Ha recibido por ellos muy pocas felicitaciones y muchos insultos. Lo han llamado depravado, enfermo, psicópata, misógino, marginado, maricón, infantil, suicida, descarado, cínico, hijo de puta, malparido. Lo han llamado de muchas maneras porque, a pesar de su poca aceptación en el mundo de las letras, F. tiene un pequeño grupo de seguidores, fanáticos y (F. no se explica el género de estas gentes) lectores empeñados en leerle con el único fin de criticarlo. Recibe cartas anónimas, correos electrónicos, mensajes en el contestador telefónico. En un par de ocasiones, amenazas de muerte. Los lectores de F. suelen sentirse ofendidos porque F. escribe desde la barricada de su punto de vista sin medir el impacto de sus palabras en una sociedad entregada al cuidado de las apariencias, y eso, es como dejar caer bombas sobre ciudades. Al menos, ese es el motivo por el que F. apuesta que sus lectores se ofenden al leerle. Un modo sencillo de entenderlo es confesar que F. suele ser ofensivo en cada palabra, aunque, honor a quien honor merece, sepa ofender con cierto estilo.



Después de diez años de escribir, lo ha aceptado: F. es uno de esos escritores que jamás brillarán en sociedad. El único camino de estos bichos, su único modo de asirse a la vida, de enfrentarse a la vida, es seguir escribiendo pese a todo. El único modo de escupir a la cara de los escritores de fama y renombre es no rendirse, a pesar de que hace diez años se siga utilizando la misma chaqueta de cuero, regalo de alguna mujer ligada en la adolescencia, y el mismo par de zapatos.



2



Una mañana cualquiera, F. recibe la llamada. Es Lidia F., editora de la sección de literatura de TRASH, una publicación incipiente de corto tiraje. Lidia ha leído los relatos de F. Los ha seguido de cerca; confiesa que hacerlo le ha costado mucho trabajo, sobre todo por que F. cambia de seudónimo tantas veces como le viene en gana. Sin embargo, Lidia ha logrado mirar la esencia de su literatura y ha dado al blanco. F. escucha todo esto por el auricular. No está acostumbrado a que alguien hable de sus textos como su literatura. Lidia le ofrece una columna mensual en TRASH. Hay un silencio expectante. Luego, increíblemente, F. tiene que pensarlo. Hay ciertas cosas que no le agradan de este asunto. Primero, que la revista se llame TRASH. Segundo, que el nombre de la revista esté escrito inglés. Y tercero, le parece esotérica, misteriosa y divinamente sospechoso que Lidia se apellide F. Lidia debe cortar la llamada, al parecer, marcó desde su automóvil mientras conducía hacia su trabajo y se enfrenta a un cruce particularmente peligroso. F. está de acuerdo. Lidia promete llamar más tarde, para conocer la respuesta definitiva de F.



Nunca antes F. se había sentido tan importante. Cuelga el auricular, recostado sobre su viejo sofá, como un gran señor. Se levanta. Coge una cerveza de la nevera y la destapa. Antes de dar la primera bocanada, enciende un cigarrillo. Siente ganas de llamar a M., su ex mujer, y contarle que una revista… ¿nacional?.. ¿internacional?... una revista de renombre, pero que M. no conoce porque no le gusta leer, ha leído su literatura y le quieren dentro. Siente ganas de hacerlo, pero no lo hace porque… bueno… ya lo ha hecho antes, mintiendo, y ahora que es verdad, ahora que es verdad, Dios, ¡qué importa lo que M. Piense de él!



Por la noche, F. se sienta ante el ordenador. Se pone una cerveza y enciende un cigarrillo. Está a punto de comenzar. Lidia F. ha llamado por la tarde, le ha dado cita en las oficinas corporativas de TRASH, y le ha pedido que se presente con su último texto, inédito. F. suele publicar en un sitio virtual de su autoría. Desde su desgastado asiento se coloca, como una gallina, a empollar. Lanza textos como huevos una gallina. No le importa corregir, recortar o leer siquiera los textos terminados. Algunos van con pedacillos de mierda, y para F., mejor. Pero esta vez escribirá para TRASH. Debe ser cuidadoso. Debe hacer esas cosas que se ha leído que hacen los escritores famosos. Se lo toma con calma. Piensa cada una de las palabras antes de ponerlas. Incluso busca sinónimos en el ordenador. Cuida que las sílabas no se repitan en las palabras de un mismo enunciado. Piensa dos veces antes de colocar una coma o un punto y seguido. Lee y relee cada párrafo escrito. Se aburre mortalmente, pero al fin, tiene un comienzo. Ha leído por ahí que los comienzos son la parte más importante de un texto, el anzuelo que atrapa lectores. A él siempre le ha importado un higo. Escribe con soltura, sin pensarlo demasiado, sin tirar anzuelos, sin hacer juegos retóricos o lo que él considera hacer trampas, fuegos fatuos, textos de fantasía. Su meta como escritor es escribir, y uno no puede escribir, escribir de verdad, con tantos adornos. Un texto así es como una mujerzuela maquillada.



Los siguientes minutos marcarán el destino, si es que existe un destino, de F. en el mundo de las letras. Él no lo sabe, nunca ha mirado siquiera la revista TRASH, pero, aun con ese nombre TRASH es una revista editada por Grupo Editorial ALIANZA. En otras palabras, es una revista importante.



Antes de la una de la madrugada, no puede más. No ha bebido lo suficiente, o no está de humor, o ha invertido más tiempo en cuidarse de errores que en escribir. No logra pasar de las dos cuartillas, ni hacer de la historia una historia contundente. Así llama F. a sus historias: contundentes.



Se pone una cerveza más. Se pasea por la estancia mientras bebe y piensa. Puede desistir. Siempre está la opción de desistir. Su sueño nunca ha sido ser columnista de una revista, ni publicar en medios impresos populares. Ni siquiera ser un escritor reconocido. Ser un escritor reconocido, dar entrevistas, publicar en editoriales, todo eso va en contra de sus principios. Lo que F. quiere es ser leído por lectores de verdad. Nunca ha sabido explicarse qué es un lector de verdad, pero sospecha que es alguien que no lee lo que dictan los medios, las grandes editoriales, los escritores hechos. Por supuesto, desde su perspectiva, un lector de verdad sería alguien que lee a F. No importa que tan bajo, que tan desconocido o malo sea un escritor, siempre anidará en él el mayor de los orgullos, incluso disfrazado de modestia, rebeldía o testarudez.



Finalmente decide comenzar de cero. Coloca el culo sobre su viejo asiento. Mueve las nalgas, se acomoda bien, se asienta bien, se clava en el banquillo y desde lo más profundo de su alma se deja llevar por sus demonios internos. Escribe a toda velocidad, sin cuestionar tema, estructura, motivación, fondo o forma del relato. Es decir, escribe al estilo F.



Cuarenta minutos después; cuarenta minutos de ininterrumpido tecleo, presiona la tecla print. De la impresora de deslizan suavemente catorce cuartillas, que pesan como el plomo.



No tiene que beber una última cerveza para dormir; esa noche, F. duerme como quien ha boxeado contra King Kong.



3



En la oficina de TRASH su presencia provoca rechazo. No están acostumbrados a tratar con escritores de verdad, piensa F., quien considera que un escritor de verdad debe, a menos que sea marica, poner todo su empeño en vestirse como un indigente, oler como un indigente, beber como un indigente y, en general, ser un indigente, con la diferencia de que un escritor, escribe.



Le hacen esperar. Finalmente, Lidia F. le recibe. Lidia parece ser la única que no se incomoda con la apariencia de F. Esto, levanta las sospechas de F. Según su entendimiento, sólo hay dos tipos de comportamiento venidos de la gente normal para con un escritor de verdad, a saber, el abierto rechazo, o la hipocresía de un rechazo encubierto.



Nunca antes se han mirado. F. es justo como Lidia lo imaginó, muy parecido a los textos que escribe: sucio, desentendido y patán. Lidia, en cambio, dista mucho de la mujer en la imaginación de F. La imaginaba bella. F. suele imaginar bellas a todas las mujeres.



Lidia le lleva dentro. Le presenta con los editores de la revista, con los integrantes del Consejo Editorial y con las personas responsables de el trámite de sus pagos mensuales. F. jamás ha cobrado por un relato, así que esta parte no le impresiona. Nada que puedan darle por un texto suyo satisfará sus expectativas, así que pueden guardarse la plata. A menos que sean cientos de miles de pesos, puede continuar malviviendo. Todo lo que desea es estamparle en la cara a M. una publicación decente con su nombre impreso en alguna parte. 



Lidia habla maravillas de F. Explica a la gente de TRASH de dónde ha sacado a este escritor. En las manos tiene un sobre con algunos textos que ha impreso. Los ha sacado del sitio virtual de F. A F. le impresiona la facilidad con que alguien podría robar su trabajo, pero se despreocupa pensando que nadie querría robar su trabajo.



Uno de los editores muestra cierto interés incrédulo y pregunta a F. cuál es su motivación para escribir. F. tarda en contestar. No tiene idea de cuál es su motivación para escribir. Para F. escribir es tan cotidiano y vital como rascarse la comezón. ¿Cuál es la motivación de alguien que se rasca? Lidia le mira. Hay optimismo en su mirada. Hay credulidad y deseo. Hay ilusión. Quizá, hay esperanza. Otro editor pregunta: ¿hace cuánto que escribe, dónde ha publicado, cuál es su currículo? Esta pregunta es más sencilla. F. responde sinceramente. Hace diez años, ninguno. Los editores le miran sorprendidos. Luego miran a Lidia. La miran como a una niña empeñada en hacer dinero con niñerías. El objetivo de TRASH es convertirse en una revista seria y de renombre, no en un fanzine barato, y eso se logra publicando escritores con talento. Al parecer, no es la primera vez que Lidia F. intenta publicar a un mamarracho. Como busca-talentos deja mucho que desear, según la opinión de los editores. Pero Lidia no se rinde. Probablemente, lo que nadie, ni siquiera Lidia sepa, es que ella es una lectora de verdad. Algo así únicamente podría saberlo F., pero no es un momento adecuado para que F. elucubre sobre este tema. Lo mejor que puede hacer F. es callar.



Lidia, sabiendo que su tiempo (en realidad el tiempo de F.) está contado, decide ir directo a los hechos. No puede juzgarse a un escritor por su aspecto o su currículo. El único modo de juzgar a un escritor es leyéndolo. Lidia pide a F. que lea ante todos el texto que ha traído.



F. lo tiene en las manos. El texto está impreso en hojas y las hojas están allí, entre sus manos, dobladas al menos cuatro veces. F. desdobla las hojas torpemente. Las separa. Lee algunas de ellas en voz baja. Están revueltas, no sabe cuál es la hoja primera ni la que le sigue ni la última. Los editores le miran, impacientes. Lidia le mire y sonríe. No lo había notado: Lidia F. tiene una sonrisa muy bella. No es una mala persona. Es, quizá, la mejor persona que F. ha conocido a lo largo de estos últimos diez años de escribir. La única persona capaz de encontrar en la literatura de F. un talento equiparable con el de Ernest Hemingway, o Richard Ford, o Raymond Carver, o Tom Wolfe. La única persona en el universo capaz y dispuesta a colocar a F. como columnista en cualquier revista. Lidia F. es la veta, la brecha, el primer escalón en la carrera profesional (?) de F. como escritor.



F. comienza a leer el texto. El texto se intitula Zorra buscona. Los editores no prestan demasiada atención. Mejor así, piensa F. La historia sucede en la misma ciudad donde se encuentra F. y toda esta gente, en el mismo lugar y fecha y F. es el protagonista de la historia. Los personajes son él mismo, como suele ser en la literatura de F. y una chica nombrada L., que representa, evidentemente, a Lidia F. Lidia F. es, sin necesidad de indagar, la zorra buscona. Es un texto contundente de principio a fin, sin lugar a dudas. Tan contundente que cada palabra escrita es como un puñetazo para la chica que escucha, que trajo aquí a F. y que le ha presentado como una promesa de la literatura sucia. F. no sabe, no podría explicar a ciencia cierta por qué lo ha hecho, por qué lo hizo, por que no para de leer. Los editores están asombrados. El texto fluye. El texto fluye verdaderamente.



Lidia no puede soportarlo. No puede creerlo. Esto se ha convertido en un mal sueño. ¿Cómo es que llegaron a esto? Los editores de TRASH sonríen. Los editores de TRASH están como locos. Les gusta. Encuentran apasionamiento en cada palabra. Un hombre que no teme mostrar su lado más perverso, piensa uno de los editores. Un escritor que escribe desde el intestino grueso, piensa otro. Las cabezas de estos hombres maquinan publicidad. Podrían darle un lugar a F. en la revista. Convertirlo en una leyenda, un mito, un personaje capaz de escribir las cosas más directas, groseras y brutales, y hacer, milagrosamente, que todas estas cosas fluyan como el agua de un río. F. podrá ser un pésimo escritor, pero una cosa es cierta: tiene un par de huevos. Pararse allí, frente a Lidia, leer un texto así, Dios, eso es tener cojones. Morder la mano que te brinda ayuda. Maquiavélico, audaz y contundente. Un escritor contundente.



Los editores están hipnotizados. Le miran y no lo creen. Un hombrecillo, vestido con pantalones caqui, zapatos de cuero, camisa a rayas desabotonada, sin peinar y con aspecto de haberse bebido todo el licor de la ciudad de una sentada, ha escrito un texto intitulado Zorra buscona, insultando deliberadamente a Lidia F., Directora General, Productora Ejecutiva e hija de Polo F., socio mayoritario de Grupo Editorial ALIANZA, sin la menor vergüenza. Por supuesto, F. no sabe que Lidia es una personalidad importante en el mundo editorial. Para él, es una mujer que ha llamado desde algún lugar y la ha imaginado bella, sucia y buscona. F. se ha parado allí y ha leído un texto que narra y describe cómo ese señor se “follaría” a esa “cachorra calentorra” por el culo, al que nombra “caño”, con su pene, al que nombra “destapa-caño”, y le “sacaría el alma y la mierda” en menos de lo que ella grita “oh, por Dios”. Además, lo ha hecho con un descaro y un cinismo que rayan en lo ingenuo, en lo noble y franco, o como él mismo lo ha llamado: escribir con la franqueza de una señora gorda que se desnuda ante el espejo.



F. termina de leer. Los editores demoran en reaccionar; cuando lo hacen, no echan a F. patas, como esperaría. Le estrechan la mano y le hacen firmar inmediatamente un documento donde se obliga a entregar un texto mensual inédito para TRASH. Le felicitan. Le halagan. Le piden, por favor, que escriba sobre el cheque, él mismo, la cantidad que desea cobrar por este primer texto y en adelante. Le ponen un bolígrafo en la mano. Le dicen Señor.



4



A la mañana siguiente F. despierta sobre el suelo de su piso. Bebió tanto anoche que no llegó a la cama. Se levanta. Se frota la cara. Va la sanitario. Orina. Coge una cerveza de la nevera y se echa un chorro sobre la cabeza. Salpica la cabeza como un perro. Bebe el resto de un trago. Camina hasta el teléfono. Lo coge. Duda. En el bolsillo de su camisa está el cheque de TRASH. Cuelga el auricular. Saca el cheque y lo mira. Un cheque a su nombre.



Sale de casa. Camina por el barrio sin saber qué hacer. Por primera vez en diez años F. no sabe qué hacer. Se desplaza a pie, como antes, pero nada es como antes. Las casas siguen allí, pero esta vez no son las mismas casas. La gente es la misma, pero todos lucen como vistos por primera vez.



Entra al Banco. Se forma en la fila. La gente le mira con rechazo. Huele a cerveza. Huele a borracho. Un hombre del banco se acerca y le cuestiona. F. le mira sin decir nada. Luego de un par de segundo le estira el cheque. El hombre lo mira. Es un cheque por tres mil quinientos pesos. No es una cantidad que impresione, pero si F. contara cómo lo ganó… Es el turno de F. Entrega el cheque a la cajera. La cajera le pide alguna identificación. F. duda, pero afortunadamente la identificación está allí, en la billetera. Luego de unos segundos, F. recibe la pasta.



5



No ha sabido nada de Lidia. Piensa que debe odiarle. No ha sabido nada de Lidia ni de TRASH. Probablemente lo hayan pensado mejor, piensa.



Recibe la llamada mientras se encuentra en el excusado. Es Lidia. Le saluda cordialmente y le dice que justo en ese momento pensaba en ella. Lidia sonríe y pregunta qué pensaba. Hay un silencio. En realidad, no desea saber qué pensaba. Teme saberlo, teme ser la protagonista de otro texto como el anterior. F. desea disculparse pero no sabe hacerlo, no es su estilo. Hablan del clima, un clima frío por aquellos días, con mucha lluvia. Luego, Lidia le invita a cenar. F. acepta, es parte de su credo; negar una invitación a comer es imperdonable en la religión de F. Lidia queda en pasar por él si le da su dirección. F. da la dirección de su piso. Arreglan la cita a las ocho de la noche. Silencio. F. tose y dice, bueno, está muy bien. Lidia dice, sí. F. sonríe y dice, sí. Silencio. Bueno, dice Lidia, entonces a las ocho. Sí, responde F. En tu casa, dice Lidia. Sí, en mi casa, contesta F. A las ocho, dice Lidia. Sí, a las ocho, en mi casa, dice F. Cuelgan el teléfono sin despedirse.



6



Lidia le recoge a las ocho en punto. Viene en un coche nuevo. F. no conoce la marca del coche porque no conoce la marca de ningún coche, pero es un coche muy lujoso. Le hace subir al asiento copiloto. Se saludan con un beso en la mejilla. Lidia huele a perfume. F. huele a una mezcla de sudor, cerveza y humo de cigarrillo. Lidia pregunta a dónde desea cenar. F. alza los hombros. Lidia insiste en que F. proponga un sitio. Un sitio de su predilección. F. lo piensa y cae en cuenta que hace más de cinco años que no visita un solo restaurante. Piensa en uno que ha mirado andando por allí. Es un sitio caro, al estilo de Lidia. Comienza a guiarla. Le dice que gire a la derecha y luego siga de frete hasta la avenida.



Durante el trayecto no hablan demasiado. F. no es bueno hablando con mujeres y Lidia no sabe cómo tratar a F. Esta disgustada por el texto, pero al mismo tiempo le interesa conocer a F. Lidia pregunta si prefiere escuchar música. F. alza los hombros. Lidia enciende el estéreo. Es música pop. Lidia confiesa que ama la música pop. F. confiesa que odia la música pop, y casi toda la música. Lidia no se intimida. Cambia si quieres, dice, a mí me gusta toda clase de música. F. no cambia. Dice, a mi no me gusta ninguna, así que es igual.



F. señala el restaurante. Es allí, dice, a lado de la tienda de discos. Lidia no lo ve. Allí, dice F., pasando el semáforo, de lado derecho, junto a la tienda de discos. Lidia lo mira. Se orilla. Entran al aparcamiento.



En el restaurante, la gente de seguridad mira a F. y se acercan, pero luego miran a Lidia y les abren las puertas respetuosamente, pero sin dejar de dudar sobre F. Le siguen con la mirada.



Es un restaurante italiano. Toman asiento. Se miran a los ojos. Lidia sonríe. F. no sonríe, es como mirara a una estatua, sin expresiones. Lidia pregunta si siempre es tan serio. F. alza los hombros. Lidia le mira detenidamente. Le inspecciona. F. se deja hacer. Lidia dice: ¿sabes?, tienes un par de cejas muy atractivas, si te arreglases un poco podrías ser un hombre muy apuesto. F. alza los hombros. ¿Y por qué querría ser apuesto? Lidia ríe, no lo puede creer, pero tampoco tiene una respuesta certera. No lo sé, dice, todo mundo quiere ser apuesto. Hay un silencio. F. mira por la ventana. Ha comenzado a llover. ¿A ti te gustaría ser una mujer apuesta?, pregunta F. de pronto. Lidia se asombra: ¿le está diciendo que no es una chica apuesta? Tras unos segundos se tranquiliza, se sincera (eso es lo que disfruta de estar con F., que se puede hablar sinceramente, sin miramientos, sin intenciones de impresionar). Sí, dice tímidamente. F. la mira detenidamente. Lidia se incomoda, se siente inspeccionada. Tengo la nariz muy grande, dice riendo… y mis orejas… están muy despegadas de la cara, ¿sabes?... no me gustan mis labios, son muy delgados y… F. no deja de mirarla. Sigue las palabras de Lidia. Finalmente dice: tienes una cara muy bella, si tan solo dejaras de tratar de ser apuesta lograrías mucho más. Eso no tiene sentido, dice Lidia. Sí, lo tiene, contesta F. Por ejemplo, esa chica de allá, continúa, la del escote. Lidia voltea y mira. Hay una chica muy atractiva con un escote impresionante y unas tetas que se asoman como atardeceres. Esa, dice F., seguramente sería una mujer terriblemente atractiva si no se empeñara tanto en serlo. Ya es muy atractiva, dice Lidia. No, responde F., no lo es. No es para nada atractiva. Lidia le mira. Piensa que F. es una buena persona en el fondo. Una persona sincera, y ese es su único error. Un error que se paga caro en una sociedad de hipocresía. Lidia sonríe, ríe mucho, ríe como no había reído desde hace mucho tiempo. Se siente cómo, entendida y feliz. F. también se siente cómodo. Lidia parece ser una chica estupenda si se le conoce a fondo. No puede quejarse, le ha subido a su coche lujoso, le ha invitado a salir y no le juzga por su aspecto.



El mesero se acerca a la mesa. Pregunta si desean ordenar. Lidia coge la carta y comienza a enlistar su orden. Mientras tanto, F. piensa en todo esto. Hace más de dos años que F. no sale con una mujer. Es sorprendente, piensa F., pero también piensa que hace más de diez años que no publica, y eso es más sorprendente: diez años, y un buen día…










jueves, 23 de octubre de 2014

PAZ ERRAZURIZ

Este jueves, vamos a recordar algo de la gran artista nacional Paz Errazuriz. Su gran trayectoria y la profundidad y sensibilidad de sus trabajos la han convertido en una fotografa de gran prestigio en el pais





















martes, 21 de octubre de 2014

BUENA SUERTE

Queremos en esta oportunidad, recordar algo del genial trabajo de uno de los poetas mas reconocidos del estados unidos y por que no de la historia. Figura insigne del movimiento artistico llamado Beat generation, Allen Ginsberg supo, en este simple poema, dar una muestra de lo maravillosa que es la vida



Tengo suerte de tener los cinco dedos en la mano derecha

Suerte de hacer pipí sin que me duela mucho

Suerte que los intestinos se muevan.

Suerte, duermo de noche en una cama de capitán, siesta a media 

tarde

Suerte de pasear por First Avenue

Suerte de ganar un par de cien mil al año

cantando Eli Eli, escribiendo lo que se me pasa por la cabeza, 

grabando garabatos primordiales, 

enseñando en un colegio budista, sacándole fotos con la Leica a la

parada del bus 

Por la ventana de mis ojos

Oigo sirenas de ambulancias, huelo ajo y orín, pruebo nísperos y 

lenguado, camino descalzo por el piso del loft, algo 

insensibilizadas las plantas de los pies

Suerte que puedo pensar y que el cielo puede nevar




lunes, 20 de octubre de 2014

EJECUCION

Ejecucion es el nombre de la banda de esta semana. Su interesante fusion de thrash y death metal los han hecho destacarse desde hace un tiempo






       Ejecucion es una banda Coquimbana, que tiene una interesante propuesta musical. Se destaca en ellos las grandes influencias que se demuestra en su musica cargada de fusion entre trhash y death metal. Durante el 2013 esta banda dio a conocer su demo que lleva por título "Tu peor enemigo". Esta producción está compuesta de 4 temas que suman aproximadamente unos 17 minutos en total. Los temas están cargados de un potente thrash core como base, mezcla de lo que se hacía a comienzos de la década de los noventa y de lo que se ha hecho en el nuevo milenio por bandas que han fusionado a destajo estilos crossover con thrash y death metal, aunque éste material posee variadas influencias cuando se trata de profundizar en detalles respecto a su música. Contundente propuesta que esperamos nos entregue mas temas pronto

Miembros de la banda:

Rodrigo Santander (Chistin)

Cristian Guzman (Payaso) 

Alex Contreras (Cabezonxale) 

Rodrigo Luza (Peluca)

Los dejamos entonces con su demo "Tu peor enemigo"










domingo, 19 de octubre de 2014

BETINA LEVIN

Para hoy domingo, queremos compartir algo del trabajo de esta emergente artista nacional llamada Betina Levin. Su trabajo innovador refleja una gran fuerza y sensibilidad, propias de quien es apasionado por el arte.

























sábado, 18 de octubre de 2014

DEBERES IMAGINARIOS

Desde Venezuela, Angelica Guevara, que ya antes nos habia entregado una de sus mejores cronicas, nos sorprende con un bello poema Deberes Imaginarios, ojala les guste.















Somos masa,

Nos transportamos así

Como seres alienados



Sin fijar siquiera

La vista en ningún lado



Nos convertimos

En un bulto

De nosotros mismos,

De nuestras preocupaciones

Disfrazadas, vacías,

Sin importancia.



Simplemente ególatras.



Aunque,

Nos autodestruimos

Con mentira “agradable”

A nuestra absurda mentalidad

-mentalidad que ni os pertenece-



Que fue formada por sistemas

Siendo así,

Simple masa andante

Sin pensamiento propio,

Solo una masa –Inexistente-



De preocupaciones



IMAGINARIAS





viernes, 17 de octubre de 2014

DESPUÉS DE TODO ERA COSA SUYA


Comenzamos este fin de semana de la mejor forma, Queremos mostrar otro trabajo del mexicano Salmoneo Guttierrez. Esta vez, el relato elegido es Despues de todo, era cosa suya. Gran relato, misteriosamente dedicado a Julia.
















       La última vez que la vi fue en el cuarto de baño de la casa de Martin Petrozza. Había ido a visitar a mi viejo amigo, y lo primero que hice fue pedir permiso de entrar al baño. Petrozza dijo que sí, sin ganas, pero no advirtió que dentro estaba ella. Quizá él tampoco sabía que estaba dentro; llevaba unos días hospedad en cada de Martin y bueno, como él mismo dijo, no la andaba vigilando a cada rato. Abrí la puerta del cuarto, y allí estaba ella, sentada en el excusado, con las pantaletas debajo, la cabeza metida entre los brazos. No gritó ni dijo nada. Lloraba. Llamé a Petrozza y ambos nos paramos en la puerta, y ella no decía nada.

 Luego de eso no volvía verla, porque aquella tarde me cité con Estela, allí, en casa de Petrozza, y justo cuando se limpió  la cara e iba a decir algo, sonó mi teléfono. Era Estala, que no sabía cómo llegar a casa de Petrozza y tuve que recogerla en Calzada de Tlalpan. Es decir, tuve que salir de allí inmediatamente.

 Cuando regresé, se había ido. Pregunté a Petrozza qué había sido de ella. Alzó los hombros y dijo: se fue. Estela y Petrozza se saludaron (después de aquella borrachera  eran amigos). Acto seguido, Estela preguntó si hablábamos de Julia. Asentí con la cabeza y le conté: la encontramos llorando en el baño, y… se ha ido, completó Petrozza, y yo no lo podía creer. Tampoco creía que Petrozza la hubiese dejado ir así como así. Estela me echó una mirada, cómo diciendo ¿por qué lo hizo?

  Nos sentamos en la sala, que era un solo sillón, Estela y yo. Petrozza tomó asiento en una silla, frente a nosotros, y encendió un cigarrillo. Fumaba tranquilo, como si ver llorar a Julia no le impresionara. Supuse que la habría visto llorar un montón de veces; es cierto que Julia últimamente andaba triste. El caso es que fuimos allí precisamente para ver a Julia, y ahora no estaba. Peor aún, Petrozza lucía sin humor de hablar.

 A los pocos minutos tocaron la puerta. Era Guillermo, que también había quedado en casa de Martin para ver a Julia. Todos sabíamos que estaba allí, que llevaba tres días o así, y deseábamos ayudarla. Guillermo entró, nos saludó, y se sentó en el piso (ya no había más mobiliario). Entonces Petrozza fue a la cocina, y desde allí gritó si apetecíamos un trago. Guillermo hizo una mueca, dudando, y finalmente dijo bueno, pues sí. Yo grité que lo mismo y Estela me susurró que pidiera por ella un vaso con agua. Lo hice, pero Petrozza gritó que no tenía agua. Regresó de la cocina con cuatro cervezas. Nos dio una a cada uno, incluida Estela, y le dijo: una no es ninguna. 

 Bebimos sin hablar. Nadie deseaba, en el fondo, hablar de Julia. Es algo de lo que habíamos hablado muchas veces, y la verdad, cansaba. Siempre era el mismo cuento, el cuento del suicidio. La muerte siempre está más cerca de lo que uno cree. Llevamos tantos años evitando el tema de la muerte, que cuando alguien anuncia que se quitará la vida, no sabemos qué hacer. Sin embargo, mucha gente se quita la vida. Julia no sería la primera en el mundo. Incluso Petrozza lo intentó, eso de quitarse la vida, no hace mucho. Pero es distinto, Petrozza no lo anunció, no mintió. Un buen día tuvimos que ir al hospital porque se había vaciado un bote de medicinas. Cómo sobrevivió es un milagro. Cuando pensamos en ello, sólo decimos: hierba mala nunca muere. Pero Petrozza no es una hierba, y las hierbas malas también mueren. Ahora Julia, que lo había anunciado decenas de veces, jamás había dado el paso. La teoría de Petrozza era que jamás lo haría, que alguien que amenaza es como el perro que ladra, pero no muerde. No podía negar que en todo caso, Petrozza era el más experimentado de nosotros en aquellos menesteres. Lo que no quita que me preocupase como si la muerte de Julia fuese el fin del mundo. La quería, de algún modo; y además, no es necesario querer para acongojarse por alguien que está a punto de morir.

 En algún momento llamó Verónica, al móvil de Guillermo. Éste contesto, y supimos que era ella porque antes de hacerlo, susurró: es Vero. Escuchamos la llamada, atentos. Sólo pudimos recoger algunos monosílabos de Guillermo, afirmativos y negativos, y las palabras bueno, bien, gracias y bye. Cuando terminó la llamada, Estela se lanzó sobre él preguntando qué había dicho. Guillermo respondió que nada, que sólo preguntó si estábamos allí (en casa de Petrozza), y que no podría venir. A nadie sorprendió, ya lo esperábamos, y ahora que Julia se había ido, no tenía caso que viniera ni ella ni nadie.

2

Estela puso la cerveza en la mesa de centro, y dijo que no podíamos perder el tiempo (estaba nerviosa). Propuso salir, cómo es que podíamos quedarnos allí bebiendo y con los brazos cruzados, buscar a Julia e impedir que cometiese alguna estupidez. Siempre que alguno se refería al suicidio preferiría los eufemismos, cometer alguna estupidez, hacer una locura, perder la cabeza, etc. El único que hablaba franco era Petrozza. Dijo: no me jodas, no la encontraremos, y además, no va a pegarse un tiro en la cabeza, sobre todo porque no tiene con qué. Guillermo rio (de nervios), y comentó que no sólo podía pegarse un tiro, sino aventarse a las vías del Metro. No hay ningún Metro cerca, dijo Petrozza, para cuando llegue a alguno, estará tranquila. Esas cosas pueden hacerse sólo en un momento, un instante preciso en que se pierde la razón, pero para ello hay que estar de humor, y uno puede estar de humor si al mismo tiempo teme. No hay que temer para quitarse la vida, y Julia teme todo el tiempo. Acto seguido, bebió un largo y lento trago de cerveza. Nadie dijo nada. Yo no lo hice porque no tenía nada que decir, en cierto modo Petrozza tenía razón; en el fondo de mí, deseaba que tuviese razón.

 El ambiente era de tensión, excepto por Martin, que lucía tan tranquilo como si Julia hubiese dicho voy a la tienda, regreso. Julia no era amiga nuestra, pero nos atormentaba saber que una persona a la que conocíamos, podía… cometer una locura. Julia era amante de Petrozza, de hace una par de semanas, y desde que la conoció ella estaba con el rollo de no soportar la vida. La conocimos todos, el mismo día, en que fuimos a beber a la cantina Jalisciense del centro de Tlalpan. Petrozza fue el primero en verla, o el primero en prestarle atención. La señaló y dijo: esas es la mía. A primera vista Julia ya anunciaba su desequilibrio. Iba vestida toda de negro, y maquilada de negro. Era rubia, y era guapa, y bebía sola. Petrozza se levantó, la invitó a beber con nosotros. No sé porque aceptó; desde el inicio nos platicó que no tenía amigos, que odiaba a la gente, y que no tenía sueños de vida. Hablaba poco y siempre que lo hacía era sobre lo mucho que odiaba algo: el sistema, la música de moda, las chicas bonitas y bobas, y sobre todo a las personas. Petrozza estuvo de acuerdo, notoriamente para ligar, y comentó que él odiaba al ser humano tanto como ella. No mentía, nos lo había dicho antes, pero ahora exageraba para gradar a Julia. Bebimos un  de copas, y en algún momento Petrozza anunció que iría a fumar fuera. Julia, para su fortuna, también fumaba, así que salió con él, que le invitó un cigarro. Tardaron demasiado, más de lo que dura un Delciados, y cuando regresaron a la mesa, reían. Reían mucho; Julia dijo que Petrozza era el único que podía hacerla reír en este mundo de porquería. Es decir, hubo algo. Entre ellos, y todos supimos que nuestro amigo lo lograría.
 Guillermo terminó con la cerveza y fue a la cocina por otra. Desde allí preguntó si queríamos más, y todos aceptamos, menos Estela, que no podía acabarse ni la primera. Estaba muy consternada. Me susurró un par de veces que fuésemos (ella y yo) a buscar a Julia. Yo contestaba, que no, que no tenía caso. No la encontraríamos.

 Al poco tiempo nos enteramos que Petrozza estaba saliendo con ella, y a todos nos alegó porque Julia realmente parecía necesitar a alguien. A alguien como Petrozza, que no la tomara por loca y la comprendiera en su odio por todo. Así fue como salimos un par de veces más con él y con ella. A beber, en casa de Petrozza. Las veladas con Julia siempre fueron oscuras. Hacía sonar en el estéreo grupos de rock depresivo, y recitaba poemas de Baudelaire. Cuando bebía de más, se ausentaba. Estaba allí, sentada con nosotros, pero ida; pensando en quien sabe qué cosas. Luego, de la nada, gritaba que había demasiado ruido, que por amor a Dios calláramos. Creo que fueron estos desplantes los que hicieron que dejáramos de salir con ella. A nadie apetecía callarse sólo porque Julia estaba mal. Se metía a la habitación de Petrozza y se encerraba. Petrozza iba con ella, ve tú a saber a qué, y salía en unos diez minutos a con nosotros. Se sentaba y cuando preguntábamos qué tenía, decía que nada, que la dejáramos en paz. La velada seguía normal, pero era molesto soportar las crisis de una desconocida. Sin embargo, ahora no podíamos quitarnos de encima la culpa de la depresión de Julia. No éramos culpables, pero tanto peca el que comete el delito, como el que lo ve y no dice nada.

 Estela se levantó. Nos grito que éramos desalmados, que una persona estaba allá fuera, pensando en…en ya saben en qué, dijo, y nosotros bebiendo como si no pasara nada. Tuve que levantarme y abrazarla, decirle que Petrozza tenía razón, que no haría nada malo. Pero estela estaba alterada, me quitó de encima de ella y abrió la puerta. Gritó: iré con ustedes o sin ustedes. Esperó un par de segundos, a ver qué reacción tomábamos. Petrozza bebió, no dijo nada. Dando a entender que le importaba poco. Guillermo pestañeó y miró a Petrozza. No obtuvo respuesta. Luego me miró a mí, que debí tener cara de súplica. Trató de calmar a Estela diciendo que ya había pasado mucho tiempo, que encontrarla era como encontrar una aguja en un pajal: imposible. Estela me miró. Conocía aquella mirada, así que salí con ella.

3

Ella era la que me arrastraba. Salimos a la calle, y dije: bueno, ¿por dónde quieres empezar? Estela no dijo nada, echó a andar en alguna dirección, y yo seguí detrás, maldiciendo mi suerte, porque siendo sinceros, no tenía la mínima esperanza de dar con Julia.

 Cuando Petrozza nos advirtió que Julia estaba quedándose con él, dejamos de ir a visitarlo. Julia siempre estaba en ese humor negro y extraño, no sé cómo Petrozza podía soportarla todo el tiempo, pero también pensaba que ese cabrón era capaz de soportarlo todo con tal de acostarse con una mujer.

 Peinamos la zona, caminado entre todas las calles, sin éxito. No sé qué mosca le picó a Estela, se lo tomaba muy en serio, eso de buscar y salvar a una persona. Es muy probable que no hiciera nada, como decía Petrozza. Petrozza nos platicó de cómo una vez, en casa suya, Julia se puso muy mal. Comenzó a llorar y a decir que iba a matarse. Le preguntamos por qué no llamó en ese momento, pero dijo, tranquilo, que no creía que lo hiciera. La crisis le vino durante la ducha. Ella y Petrozza habían echo el amor, y Julia tomó una ducha. Petrozza estaba fuera y entró porque la escuchó aventar cosas. Aventó la crema para el cuerpo, el envase de champú y todas las cosas. Rompió el espejo de baño, y cuando él entro ella estaba echada, llorando, en el suelo, con el chorro de agua cayéndole encima. Petrozza no se inmutó, encendió un cigarrillo desde la puerta del cuarto de baño, y le dijo qué había olvidado aventar la pasta dental. Julia no rio, iba en serio. Pero Petrozza no quería caer en el juego. Se acercó a ella y la levantó. Cerró las llaves del agua y le dijo que con él no iba a jugar a la niña incomprendida, si quería matarse ya podía hacerlo. Él mismo cogió un vidrio, de los que estaban en el suelo, y se lo estiró. Le dijo: anda, si quieres matarte, mátate, me importa un carajo. Esto hizo regresar a Julia a sus cabales. Abrazó a Petrozza con todas sus fuerzas y lloró a moco tendido. Luego de eso, pasaron unos días de tranquilidad. Julia estaba de buen humor y no hablaba más de quitarse la vida.

 Caminamos unos cuarenta minutos, metiéndonos en todas las calles que según Estela Julia pudo tomar. Hasta que me di por vencido, le pedí que descansáramos. Estela debió estar cansada también porque aceptó sin decir nada. Nos sentamos en una banca de parque. La abracé y le pedí perdón. Confesé que yo deseaba salir también, pero con mis amigos allí, tan apáticos… no sé. Le hice ver que ella era buena, que su bondad superaba por mucho a la mía y la de Petrozza y Guillermo, pero que no podíamos hacer nada. Estela se echó a llorar sobre mi hombro.

 La segunda escena fue un día en que Julia llegó a casa de su amante, totalmente drogada. Petrozza la recibió y le preparó café. Julia no hablaba. Se dejaba hacer. La sentó en el sofá y le estiró una taza con café. Julia dio un sorbo, pero luego aventó la taza. Quemó al bueno de Petrozza, en la pierna, y éste gritó que ya estaba bien de pendejadas. Deseó pegarle, por la quemada, pero se contuvo y la abrazó. Estuvieron así un rato. Abrazados. Julia llorando y Petrozza sobándole la espalda y susurrando que todo estaba bien, que ya había pasado. Entonces nos llamó, a Guillermo, a Verónica y a mí. Dijo que ya no soportaba a esta mujer, que un día sería él el que se quitase la vida para zafarse de Julia. Lo que es yo, lo calmé. Le dije que entendiera, que Julia estaba un poco loca, y que debía alejarse de ella poco a poco. En el instante siguiente me arrepentí. No debía alejarse ahora, eso es lo que menos necesitaba alguien como Julia. Así que le propuse que todos fuésemos a hablar con ella, a consolarla y hacerle ver que podía tener amigos en nosotros. Estuvo de acuerdo, porque, vamos… Petrozza es bueno el fondo, a pesar de su apatía. Así fue como aquel día llegamos todos (dejando a un lado a Verónica, que no llegó).

 Estela dejó de llorar y se calmó. Cuando estuvo bien le sugerí que regresáramos, ya habíamos hecho todo lo que podíamos hacer.

4

Una vez de regreso, Petrozza y Guillermo seguían bebiendo. Ahora hablaban, pero no de Julia, sino de cualquier cosa, como amigos, como si Julia no existiese.

 Guillermo nos preguntó si habías dado con ella. Estela no contestó, era obvio. Yo dije que no, y alcé los hombros. Espero que esté bien, fue todo lo que Guillermo pudo decir, y se echó un trago de cerveza. Habían bebido bastante, sobre la mesa y sobre el suelo había al menos quince latas de cerveza. Y en el sofá, un seis de Tecates nuevo. O sea, que habían salido, a la tienda, y habían comprado. Cuando Estela lo miró, dijo: no lo puedo creer.

 Rendido, bebí con ellos y hablé de cosas. No mencionamos a Julia en todo ese tiempo, hasta que, de improvisó, sonó el móvil de Petrozza. Lo dejó sonar un tiempo. Es Julia, dijo riendo, como diciendo: se los dije, no haría nada. Estela le gritó que contestara. Contestó, por la orden de estal más que por ganas. Todos paramos la oreja, deseábamos saber qué había pasado, dónde estaba y si estaba bien. Al menos, estaba viva.


 Petrozza se levantó y fue a la cocina, por instinto, pero también porque no quería que escucháramos. Sin embargo lo hicimos, las paredes de una casa no son tan fuertes como los gritos de Petrozza. Le escuchamos gritar ¡no quiero saber nada más de ti, ya te pueden dar por culo! Todos nos miramos, y dejamos de hacerlo, para mirar a Petrozza, cuando regresó a la sala. ¿Y bien?, preguntó Guillermo. Pues nada, respondió Petrozza, la he mandado al diablo. Estela brincó, dijo que cómo pudo. Petrozza se defendió diciendo que él no era su ángel de la guarda. Hubo un silencio, ni Guillermo ni yo deseábamos contrariarlo, después de todo era cosa suya.




martes, 14 de octubre de 2014

UN HOMBRE

Charles Bukowsky es el escritor elegido para este dia martes. Su prosa directa y profunda dejo una gran marca en la literatura mundial. Hoy lo recordamos con uno de sus grandes relatos, Un Hombre.





            George estaba recostado en su remolque, sobre su espalda, viendo el pequeño televisor portátil. Sus platos de la cena estaban sucios, los del desayuno estaban sucios, necesitaba afeitarse, y la ceniza de su cigarrillo caía sobre su camiseta. Algo de la ceniza todavía estaba encendida. En ocasiones, la ceniza encendida fallaba al caer en su camiseta y caía en su piel, entonces él maldecía, apartándola de un manotazo.

Llamaron a la puerta del remolque. Lentamente se puso de pie y atendió al llamado. Era Constance: tenía un quinto de whiskey sin abrir en una bolsa.

-George, dejé a ese hijo de puta, no podía soportar más a ese hijo de puta.

-Siéntate.

George abrió la botella, tomó dos vasos, los llenó a la tercera parte con whiskey, y dos tercios con agua. Se sentó en la cama junto a Constance. Ella tomó un cigarrillo de su bolso y lo encendió. Estaba ebria y sus manos temblaban.

-También me llevé su maldito dinero. Tomé su maldito dinero y me fui mientras él estaba en el trabajo. No sabes lo que he sufrido con ese hijo de puta.

-Dame un cigarrillo -dijo George. Ella se lo pasó y al acercarse a él, George puso su brazo alrededor de ella, la atrajo hacia él y la besó.

-Hijo de puta, te eché de menos.

-Yo he echado de menos esas lindas piernas tuyas, Connie. En verdad eché de menos tus lindas piernas.

-¿Todavía te gustan?

-Me excito sólo de verlas.

-Nunca podré hacerlo con un chico universitario -dijo Connie-. Son tan blandos, tan sosos. Y él mantenía su casa limpia. George, era como tener una sirvienta. Lo hacía todo. El lugar estaba inmaculado. Uno podía comer estofado directamente del basurero. Él era antiséptico, eso es lo que era.

-Bebe, te sentirás mejor.

-Y no podía hacer el amor.

-¿Quieres decir que no se le paraba?

-Oh, sí se le paraba, la tenía parada todo el tiempo. Pero no sabía cómo hacer feliz a una mujer, tú sabes. No sabía qué hacer. Todo ese dinero, toda esa educación, era un inútil.

-Yo desearía haber tenido educación universitaria.

-No la necesitas. Tú tienes todo lo que necesitas, George.

-Sólo soy un lacayo. Todos los trabajos de mierda.

-Dije que tienes todo lo que necesitas, George. Tú sabes cómo hacer feliz a una mujer.

-¿Sí?

-Sí. ¿y sabes qué más? ¡Su madre venía de visita! Dos o tres veces a la semana. Y se sentaba ahí mirándome, pretendiendo que yo le agradaba, pero todo el tiempo me trataba como si fuera una puta. ¡Como si fuera una puta mala que quería robarle a su hijo! ¡Su precioso Wallace! ¡Cristo! ¡Qué desastre! Él decía que me quería. Y yo decía, “¡Mírame el coño, Walter!” Y él no lo miraba. Él decía, “No quiero ver esa cosa.” ¡Esa cosa! ¡Así lo llamó! ¿Tú no le tienes miedo a mi coño, verdad George?

-Aún no me ha mordido.

-Pero tú lo has mordido, lo has mordisqueado, ¿no es así, George?

-Supongo que sí.

-Y lo has lamido. ¿Chupado?

-Supongo que sí.

-Lo sabes malditamente bien, George, sabes lo que has hecho.

-¿Cuánto dinero sacaste?

-Seiscientos dólares.

-No me gusta la gente que le roba a otra gente, Connie.

-Por eso es que eres un jodido lavaplatos. Eres honesto. Pero él es tan imbécil, George. Y puede darse ese lujo, y yo me lo he ganado… él y su madre y su amor, su madre-amor, sus limpios tazones y baños y bolsas dispensadoras y sus refrescantes de aliento y lociones para después de afeitarse y sus rarezas y su preciosa forma de amar. Todo para él, ya entiendes, ¡todo para él! Tú sabes lo que una mujer quiere, George.

-Gracias por el whiskey, Connie. Dame otro cigarrillo.

George llenó nuevamente los vasos.

-Eché de menos tus piernas, Connie. En verdad eché de menos esas piernas. Me gusta la forma en que usas esas zapatillas de tacón alto. Me vuelven loco. Estas mujeres modernas no saben lo que se pierden. El tacón alto acentúa la pantorrilla, la cadera, el culo; le pone ritmo al caminar. ¡Eso realmente me enciende!

-Hablas como un poeta, George. En ocasiones hablas justo así. Eres todo un señor lavaplatos.

-¿Sabes lo que me gustaría hacer?

-¿Qué?

-Me gustaría azotarte con mi cinturón las piernas, el culo, las caderas. Me gustaría hacerte temblar y llorar y cuando estés temblando y llorando te abofetearía con él por puro amor.

-No quiero eso, George. Nunca antes me habías hablado así. Siempre has sido bueno conmigo.

-Súbete el vestido.

-¿Qué?

-Súbete el vestido, quiero verte más las piernas.

-Te gustan mis piernas, ¿verdad, George?

-¡Deja que la luz brille en ellas!

Constance se subió el vestido.

-Dios santo, mierda -dijo George.

-¿Te gustan mis piernas?

-¡Me encantan tus piernas!

Entonces George se inclinó en la cama y abofeteó duramente el rostro de Constance. El cigarrillo se le escapó de los labios.

-¿Por qué hiciste eso?

-¡Te tiraste a Walter! ¡Te tiraste a Walter!

-¿Y qué demonios?

-¡Así que súbete más el vestido!

-¡No!

-¡Haz lo que digo!

Geroge la abofeteó otra vez, más fuerte. Constance se subió la falda.

-¡Súbelo hasta bajo las bragas! -gritó George-. ¡En realidad no quiero ver las bragas!

-Cristo, George, ¿qué es lo que te ocurre?

-¡Te tiraste a Walter!

-George, por Dios, te has vuelto loco. Quiero irme. ¡Déjame salir de aquí, George!

-¡No te muevas o te mato!

-¿Me matarías?

-¡Lo juro!

George se puso de pie y se sirvió un trago de whiskey puro, lo bebió, y se sentó junto a Constance. Él tomó el cigarrillo encendido y lo sostuvo contra la muñeca de ella.

Ella gritó. Él lo sostuvo ahí, firmemente, y luego lo retiró.

-Soy un hombre, nena. ¿Lo entiendes?

-Ya sé que eres un hombre, George.

-Mira, ¡echa un ojo a mis músculos! -George se puso de pie y flexionó ambos brazos-. Hermosos, ¿eh, nena? ¡Mira ese músculo! ¡Siéntelo! ¡Siéntelo!

Constance tocó uno de los brazos, luego el otro.

-Sí, tienes un cuerpo hermoso, George.

-Soy un hombre. Seré un lavaplatos pero soy un hombre, un hombre de verdad.

-Lo sé, George.

-No soy el blanducho que tú dejaste.

-Lo sé.

-Y también sé cantar. Tienes que oír mi voz.

Constance estaba sentada ahí. George comenzó a cantar “El Río del Viejo”. Luego cantó “Nadie sabe los problemas que he visto”. Cantó “Dios Bendiga a América” deteniéndose varias veces y riendo. Después se sentó junto a Constance. Dijo:

-Connie, tienes unas piernas hermosas.

Pidió otro cigarrillo. Lo fumó, tomó otros dos tragos, luego puso su cabeza sobre las piernas de Connie, sobre las medias, en su vientre, y dijo:

-Connie, supongo que no soy bueno, supongo que estoy loco, lamento haberte golpeado, lamento haberte quemado con el cigarrillo.

Constance estaba sentada ahí. Pasó sus dedos por el cabello de George, acariciándolo, calmándolo. Muy pronto se durmió. Ella esperó un poco más. Luego levantó su cabeza de sus piernas y la colocó sobre la almohada, levantó sus piernas y las colocó sobre la cama. Ella se puso de pie, caminó hacia la botella, se sirvió un buen trago de whiskey en su vaso, añadió un toque de agua y lo bebió hasta el fondo. Caminó hacia la puerta del remolque, la abrió, salió, cerró. Caminó por el patio trasero, abrió la puerta de la cerca, caminó por la callejuela bajo la luna de la una de la mañana. El cielo estaba libre de nubes. El cielo nublado también estaba ahí arriba. Salió hacia el boulevard y caminó hacia el este y llegó hasta la entrada del Blue Mirror. Entró y ahí estaba Walter sentado solo y borracho al final de la barra. Caminó hasta ahí y se sentó junto a él.

-¿Me echaste de menos, nene? -preguntó ella.

Walter levantó la vista. La reconoció. No respondió. Miró al cantinero y el cantinero caminó hacia ellos. Los tres se conocían bien.