martes, 6 de enero de 2015

BAILANDO CON MARIJANE

Hoy Martes volvemos a publicar un nuevo cuento de este promisorio escritor chileno. Se trata de Adrian Barahona, autor del libro Relatos Biolentos, publicado por la editorial La Polla Literaria.  En esta oportunidad los dejamos con Bailando con Marijane



















             Las reuniones en su casa eran cosa habitual y placentera. Esa noche sería sólo el preámbulo porque celebraríamos en otro sitio el lanzamiento de nuestra exposición. No habíamos trabajado mucho en ella ni habíamos tenido gran éxito ni mucho menos habíamos ganado algún dinero, pero era mi primera salida a la calle, el primer golpe que creíamos le dábamos al aburrimiento. El preámbulo sería donde siempre, donde Marcela y Ernest, cerca del Mercado, rodeados de topless baratos, vagabundos y vendedores de pescado. Teníamos tres botellas de tequila, equivalente tónica, y éramos sólo un pequeño puñado sediento. Estaban por supuesto nuestros anfitriones, Ernest Bolívar y Marcela René; Janis; Natividad, una lesbi enamorada hasta la locura de Marcela junto a una chica que era su novia; el primo de Ernest, Sebastián; Cristián, el hermano de uno de mis amigos y algunos otros que no recuerdo. Con la mezcla alucinógena entre Smiths y Cecilia como banda sonora, uno tras otro corrían garganta adentro los Betty Blue, como llamábamos al tequila golpeado después de ver la película. También corrían los pitos, gruesos, bien gruesos y aromáticos, tan aromáticos como nunca más los he olido. Y la adrenalina subía y el alcohol nos hacía sentir el mundo a nuestros pies –tal como estaba con esos recién cumplidos dieciocho años– y todos nos poníamos locos y reíamos llenos de certezas. Así, en cualquier momento, cualquiera de nosotros comenzaba su espectáculo, siempre irreverentes y bellos, pero nunca tan hermosos como los de Marcela. Esa noche ella estaba más linda que nunca. Ceñida en bordados negros y transparencias, una boina roja, muy roja, que sólo cubría un poco de su cabeza y su pelo tomado atrás. Me alucinaba pensar el efecto que conseguía gastando doscientos pesos en la ropa usada de Bandera. Ella se pasaba ahí tardes enteras hasta que encontraba lo que necesitaba para su próxima performance. Esta noche nos sentó a todos en círculo y uno a uno nos fue besando con la misma pasión incendiaria que acumulaba en los labios. A Janis, a Ernest, a Cristián, a los primos, a Bonnie, a Natividad. No sé si cuando pasó por mi boca se quedó un instante más o para mí ese beso fue eterno. Luego, ya satisfecha, sabiéndose dueña del juego, se sentó en medio de nosotros y junto al macetero que contenía su planta de marihuana, comenzó a bailar.

Al principio fue una danza simple, algunos círculos en torno a la planta, algunas contorsiones y vaivenes, pero pronto y lentamente aquella danza desnuda se transformó en el más hermoso y monumental acto de amor. Ella hacía el amor con su planta y en su planta estábamos todos ardiendo mientras su jadeo se escuchaba como susurro en nuestros oídos, al tiempo que nuestras respiraciones la alimentaban y la temperatura del lugar subía tanto que era imposible no sentirse en llamas cada vez que las miradas se cruzaban cómplices.

El espectáculo terminó con algo muy parecido a un orgasmo colectivo y concluyó esa noche para siempre. Nada podía ser igual después de lo que había pasado. Comimos algo de la pizza que se quemaba en alguno de los hornos y luego caminamos en silencio hacia la casa donde nos esperaban para celebrar el lanzamiento. Aún no era la una de la mañana pero sabíamos que la noche había 





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