viernes, 30 de enero de 2015

UN BUEN DIA

Destacamos una vez mas el trabajo narrativo del mexicano Martin Petrozza. En esta oportunidad,  hemos elegido Un Buen Dia.












            Todos los días, al amanecer, despertaba sin abrir los ojos. En estado somnoliento me cogía la pija y me masturbaba pensando en E. Al terminar descansaba unos pocos minutos y luego de ello me levantaba a tomar la ducha y a alistarme para un nuevo día en Toyota. Allí es donde trabajaba, y donde trabajaba E. Por aquel entonces vivía en la calle de Hidalgo, en Tlalpan Centro, y me emborrachaba en Elogro o La Revolución, y escribía y bebía cafés en Café La Selva.



E. Era alta, de tez blanca, ojos grandes y negros y un cuerpo bastante agradable. Solía meterse en pantalones pegados a sus muslos y usar botas altas de tacón de aguja, ya sabes, todas esas cosas que hacen lucir a las mujeres como unas brujas sexuales. Sus colores favoritos para vestir eran el blanco y el negro. Se maquillaba solo con delineador negro; el contraste con su piel pálida creaba el efecto de una ninfa de la oscuridad. Su cabello era largo y lacio y eso también era un atractivo suyo porque un cabello largo y abundante y oscuro es un símbolo sexual. E. tenía todos los símbolos sexuales que una mujer puede tener, incluidas un par de deliciosas peras blancas, suficientemente grandes, sin llegar a lo vulgar, ni demasiado pequeñas para no notarlas. Un culo bien formado y respingado hacía juego con aquellas muñecas. La mirada de E. era hipnótica. Lo más atractivo de ella era que, a pesar de todos sus atributos, era una niña y lo sabías porque se reía y te tocaba el hombro, no tenía aquellos complejos de las mujeres guapas, y si se lo decías no se creía que ella fuese realmente guapa ni se daba aires ni nada; salía contigo aunque tuviese cara de perro o fueses tímido. Esto último es lo que tenía a todos los hombres enamorados de E. No había uno solo que no creyera secretamente que tenía una oportunidad, que lo creyera verdaderamente porque E. le había sonreído o porque le había aceptado una invitación a tomar un trago, o porque había aceptado que la llevasen a casa en coche.



A las once de la mañana llegaba a Toyota y debía esperar una hora o así para verla. E. solía presentarse hasta medio día cuando menos. A su llegada la miraba y sentía correr toda mi sangre a través de mis venas y mis arterías y acumularse en una sola parte. Le saludaba de lejos y luego venía y me pegaba un beso en la mejilla y me decía Qué hay. Se sentaba a mi lado. Me sonreía y movía su lengua y sus labios mientras hablaba y yo no podía dejar de imaginarla con esa boca suya en mí. La deseaba vehementemente. Incluso, mientras escribo esto, Dios… Su solo recuerdo… Era realmente la chica más sexual que he conocido en mi vida. Si hacía calor enrojecía su cara y se despeinaba ligeramente, como alguien que ha hecho el amor, o hace el amor, y eso me hacía enrojecer a mí y decirle: E., Dios santo, vamos afuera, nena, anda, vamos a dar a un paseo, ¿vale? E. sabía lo que deseaba, se lo había dicho infinidad de veces. Le decía: anda, nena, vamos a besarnos a la camioneta, y le guiñaba el ojo. Todos en la agencia lo sabían: Petrozza se come a E.



E. era madre de una niña de tres años. El padre de esa niña les había abandonado y las dificultades económicas de estas situaciones obligan a las mujeres más guapas a tomar acciones deplorables, que los cerdos como yo solemos aprovechar. Íbamos a la camioneta y nos besábamos, y si prometía ayudarle a fin de mes, también podía ser que hiciésemos algo más. Le decía: venga, nena, estoy por cobrar la venta de un Camry, anda: hoy por mí, mañana por ti. E. no se molestaba ni se sentía humillada. Estoy seguro que lo hubiese hecho de cualquier modo, porque, además de ser una niña, era una niña cachonda. Ella misma me había contado de más de tres hombres antes de mí, que trabajaron en la agencia y renunciaron, con los que se había acostado por dinero. Era natural incluso para hablar de ello. Decía: si te portas bien, puedo darte algo de esto. Se tocaba las peras o sacaba la lengua y la hacía girar en círculos mientras entrecerraba los ojos y tú te corrías porque no había nada más que se pudiese hacer ante aquello. A veces pensaba: ¿cuánto semen habrá tragado E. en toda su vida? Una vez se lo pregunté y se cagó de risa. Dijo: Dios, no lo sé, ¡qué clase de pregunta es esa! Me interesa, de verdad, dije. ¿Ah, sí?, ¿por qué te interesa? No lo sé, dije, probablemente no se llegue a nada con la respuesta, pero tampoco se llega a nada con saber que el ochenta y siete por cien de la población mundial es pobre. E. no tenía humor para mis ironías. Las ignoraba totalmente y en vez de eso me besaba o me tocaba y yo olvidaba absolutamente todo lo que no tuviese que ver con mi sistema nervioso. Todas las terminaciones nerviosas concentradas en mi glande, entre sus labios, eran para mí todo el Universo. No necesitaba nada más; hubiese renunciado a mi primogenitura por un plato más de esto. ¡Sí, Señor!



Cuando el paseo terminaba, podía olvidarme de E. el resto del día. La miraba y no me interesaba. En su lugar miraba a C., la recepcionista de la agencia, que también era una mujer para correrse con sólo verla. Su mayor atributo era un trasero del tamaño de dos buenos culos promedio. A veces también me masturbaba pensando en ella. Sin embargo, C. no tenía la magia de E. O, quizá, sea mejor decir: C. no tenía la necesidad de E. No debía acostarse con nadie por dinero. No es que E. fuese prostituta declarada, vamos, era el tipo de amiga que te pega una mamada y espera que al día siguiente la invites a desayunar, o que le estires un billete cuando llegue a ti con el rollo de su hija, etc. Un hombre no puede negarse a ello a menos que sea un verdadero hijo de puta. Incluso siéndolo, no puedes negarte porque al día siguiente querrás más, y sabes que de una u otra forma debes pagar; esas cosas nunca son gratuitas, se pagan siempre, con desayunos, con dinero, con matrimonios o con enfermedades venéreas. En todo caso, yo solía invitar los desayunos a E. Era una cosa casi deprimente. Se me acercaba con el chisme de que no había desayunado y no podría comer porque los gastos de su hija eran muy fuertes. Era curioso mirar a una chica tan guapa mendigar un perro caliente o una torta de salchicha y una coca cola. Tenía cierto estilo para hacerlo, pero en el fondo ambos sabíamos de qué iba la cosa.



Llegué a encariñarme con E. Llegué sentir por ella algo más que deseo. No significa que dejase de desearla o de pegarle en la cara cuando hacíamos aquello, o de gritarle o dejarla a media madrugada en la calle porque me emborrachaba y me desesperaba de estar con ella: era una mujer que llegado a cierto punto, podía tocarte los cojones y hacerte desear hacerla desaparecer.



Si estábamos en horas laborales, cogíamos un coche muestra y conducíamos hasta un aparcamiento. Allí, E. me sacaba la cosa y me exprimía el jugo de las bolas con la boca, hasta tres veces. Era realmente buena y después de algo así podías dedicarte al celibato porque no ibas a necesitar nada más en tu vida. Si salíamos por la noche, después del trabajo, me lo hacía detrás de un par de arbustos, sobre Miramontes, o en el estacionamiento de Galerías Coapa, o sobre Calzada de las Bombas, o en los sanitarios de un bar en Acoxpa.



En una ocasión me lo hizo en el estacionamiento de Coaplaza, mientras un par de chicas nos miraban desde lejos. E. no podía verlas, pero yo sí. Estaban justo de frente a mí. Las miraba descaradamente y ellas me miraban descaradamente a mí y reían y yo reía y no dejamos de mirarnos hasta que me corrí y E. se alzó. Las chicas desaparecieron. Si algo hubiese interrumpido mi eyaculación, hubiese corrido tras las chicas porque un par de chicas no se quedan a ver aquello a menos que sean tan jodidamente pervertidas como uno. Pero me corrí y no tuve energías ni de seguir pensado en ello. Ojalá me hubiese acercado a ellas y todo eso.



En otra ocasión, en que bebimos más de la cuenta, nos acostamos sobre el lodo de unas jardineras en la esquina de Miramontes y Brujas, donde está Bancomer, que, de hecho, es al lado de la Toyota donde trabajábamos. Compramos un par de cervezas más y las bebimos en aquel pasto, sentados, mirando la oscuridad de la madrugada. Luego, la abracé y la besé y nos recostamos poco a poco, sin pensarlo, y de uno momento a otro teníamos los pantalones debajo y estaba a punto de montarla desde atrás, por ese ojete suyo, y antes de que entrase toda mi carne en la suya, escuchamos la sirena de una patrulla. Del susto recobramos la entereza. Nos separamos y nos subimos los pantalones tan de prisa que no podría explicar cómo lo hicimos tan rápido. Nos sentamos como pudimos y dijimos a los oficiales, que llegaron a pie hasta nosotros, que estábamos bebiendo cerveza. Nos declaramos culpables de ello, sin que lo preguntasen, con tal de no hablar de lo otro. Tuve que dar a los oficiales doscientos pesos para que nos dejasen ir. Uno de ellos dijo: lindo culo, compadre, no lo trates así. Yo no dije nada, estaba aturdido y no entendí nada de ello sino hasta después. Cuando se fueron, E. me riñó sobremanera por haber dado el dinero a esos cerdos. En realidad, se enojó porque ella contaba con que yo le diera ese dinero a ella. Aquella madrugada cogí un taxi y dejé a E. en medio de la fría noche, borracha y enojada.



Al día siguiente no me habló en toda la mañana. Lo hizo hasta la tarde, cuando me miró comprando perros calientes. Se acercó a mí y preguntó si pensaba invitarla o la dejaría desamparada como anoche, como el padre su hija, etc. Le compré un par de perros calientes y en adelante volvimos a estar inmersos en nuestra extraña relación de amor, sexo y prostitución.



La niña de E. no tenía ninguna de las características de su madre. Había salido todo lo posible a su padre, Dios. Era morena y de rasgos toscos. Era una niña fea y sería una mujer fea y una anciana fea y debería luchar el doble por sobrevivir. Si su madre no tuviese los encantos que tenía, probablemente ella y su hija estarían muertas. ¿Qué harás tú para sacar adelante a tus hijos?, pensé mientras miraba a la hija de E., una tarde que la llevó a Toyota. La niña, sin embargo, era simpática. Pero en este mundo cruel no basta con ser simpático. Hay que chupar pollas, literal o metafóricamente, para llegar a algo.



Como ya dije, yo no era el único pretendiente de E. Era, a lo más, su cliente más frecuente. En ocasiones, después de haberla invitado a desayunar o a comer o a ambas, le miraba subirse al coche de alguno y largarse. En aquellos momentos le odiaba. Casi todos eran trabajadores de Toyota o clientes de Toyota, y en contadas ocasiones, hombres que no sé de dónde demonios sacaba. Jamás le preguntaba algo al respecto porque me hacía el duro y me decía a mí mismo que no me incumbía y que ella no era para mí nada más que sexo. Por supuesto, me estaba mintiendo, como me había mentido casi toda mi vida respecto a mis sentimientos con las mujeres.



Una mañana E. me contó que el día anterior, un anciano de sesenta años, que estaba enamorado de ella, le había propuesto arreglarle la dentadura. E. era bella por fuera, aunque por dentro tenía los dientes de un tiburón. Esto no se interponía en su belleza porque a ningún hombre va a interesarle aquello. Sin embargo, E. deseaba arreglarse los dientes desde hace muchos años, siempre sin poder hacerlo. Confesó estar tentada. A cambio, debía irse a vivir con él a un departamento de lujo en Colonia del Valle. Le animé a que lo hiciera, total, él podía darle más que yo y era, hasta cierto punto, un acto bondadoso de su parte arreglar aquel defecto de E. Le dije que sería tonta si negaba la oferta. Dijo que lo pensaría, y al día siguiente dijo que lo había pensado: no lo haría. Por su hija. Su hija era el escudo de todos sus complejos. No lo haría porque en el fondo sabía que aquello era mentira, que ningún anciano le arreglaría nada: se la follaría tanto como pudiese alargar la promesa y luego la desecharía como lo habían hecho todos los hombres, y como lo haría yo, cuatro meses más tarde. También estaba la opción de arriesgarse. Entonces supe que E. era cobarde, y ella sabía que lo era, y sabía que yo sabía que lo era y por eso podía confesarse conmigo y guardarme cariño a pesar de todo, a pesar que yo también le tratase como aquel anciano y todos los hombres, etc., pero con la diferencia de que yo le escuchaba realmente y me interesaba por ella.



En una de mis borracheras, le propuse matrimonio a E. Estaba cansado de verla salir con otros hombres y estaba tan borracho que estaba dispuesto a casarme con ella y vivir con ella y con su hija y soportar todo lo que implicaba liarse con una mujer como E. Afortunadamente, me rechazó y dijo que yo estaba loco y borracho, pero sobretodo loco, porque de algún modo, había mucha sinceridad en mi propuesta y lo notaba: si ella hubiese aceptado, al día siguiente no me hubiese negado a hacerlo ni me hubiese escondido para no dar la cara. E. se compadecía de mí. Me consideraba un hombre solitario y necesitado. Lo era. Lo más que E. podía hacer por mí era chuparme la pija. En ese sentido, ambos rascábamos nuestras espaldas mientras encontrábamos quien nos acogiese verdaderamente. 



Me estaba enamorando de E. A pesar de su filosofía de vida, de su cría y de su manera de beber. Escribí un poema sobre sus ojos y se lo di. También le di una rosa y una blusa que vimos un mes antes en una tienda de ropa de la cual dijo que era muy bonita. Ya sabes, con la esperanza, o con la certeza, de que algún día se la comprase. E. lo tenía previsto. Su juego consistía en enamorarme y darme sólo lo necesario para mantenerme detrás de ella sin comprometerse y sacarme todos los desayunos y todo el dinero que pudiese. Después de la propuesta matrimonial, comenzó a comportarse más distante, pero también, a pedir más y más. Cada semana me venía con el rollo de su sufrimiento. Una tarde dijo que la habían echado de casa; E. vivía en casa de sus padres, en el pueblo de San Miguel, en el cerro del Ajusco. Sus padres estaban hartos de ella porque era una borracha, una puta y una madre desobligada. Los padres de E. eran pobres. A penas podían solventar los gastos propios y los que generaba la niña. E. se esforzaba todo lo que podía, pero su juventud era más fuerte (tenía veinte años) y caía en tentación cada noche. De irse con alguno, de beber, de sacar algún billete y de no llegar a casa en toda la noche y en todo el día siguiente, y así, quizá hasta dos o tres noches corridas. Conmigo no lograba mucho. Después de rogarme por dos o tres horas, le estiraba un billete de cien pesos. Al menos era más de lo que cualquier otro hubiese dado por nada. Sin embargo, ya me lo cobraría más adelante, de eso podía estar seguro.



Del poema se rió. E. no era una chica apegada a las letras ni entendía nada que tuviese que ver con libros. No leía absolutamente nada y era algo de lo que estaba orgullosa: llamaba cerebritos a los que solían leer. Así, me llamaba cerebrito porque yo siempre tenía un libro conmigo, en algún lado: en el bolsillo, metido en el pantalón en la parte del culo, sobre el escritorio, en las manos, en la mesa del bar, en todos lados. Yo le incitaba a leer pero era imposible. Un día llegó a Toyota con un libro: Cómo ser una mujer cabrona, o algo. Dios, le dije, tira eso al caño por amor a Dios. Tú ya eres una mujer cabrona.



Así eran mis días con E. y mi relación con ella, y mi vida en general, antes de conocer a Simona.





Un buen día, conocí a Simona y me fui con ella a Cuernavaca, y me ennovié con ella y llamé a E. y le dije que podían darle por culo: había encontrado el amor verdadero. Se rió de mí, pero esta vez fue verdad y pude dejar de masturbarme pensando en ella; comencé a masturbarme pensando en Simona, mirando sus fotografías, y además, Simona leía libros y sabía recitar poemas y sostener una conversación sobre literatura. E. reía y decía que estaba loco y esa mujer no podía ser el amor de mi vida; me maldecía, me lloraba por dinero (deseaba saber que aún podía sacarme dinero: que aún podía manipularme con su sexo). Me llamaba por las noches, llorando, para que la rescatase de su padre que le pegaba, y fingía enfermedades, y prometía que si volvía con ella me haría tantas mamadas como yo quisiera, o que me dejaría penetrarla por el ano, etc., pero aquel buen día, sin más, abandoné el trabajo en Toyota y a E., y al Centro de Tlalpan, y a toda mi vida en el sur, y mi vida con E., y me fui con Simona y nunca más volví. 





Simona dijo: un buen día, cabronazo, me harás esto a mí, ¿no es cierto?













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