sábado, 7 de marzo de 2015

SOLES

Para este dia sabado, tenemos el agrado de presentar el trabajo literario de una escritora de nuestra ciudad, Coquimbo, Geraldine C. Luna, nos muestra una interesante historia con su relato Soles











- Creo en Dios Padre, todopoderoso, creador del cielo y la tierra que habrán de cubrirme al atardecer.




La inmensidad del firmamento me contempla mientras percibo la humedad de la superficie terrestre y me rodeo de hierbas y flores y me hago uno con el universo. La mañana abandona de a poco sus sueños y yo siento mis huesos haciéndose polvo estelar mientras la brisa parece mecerme y cerrarme los o
Y mi última visión es ella,
Viéndome desde las alturas con los colores del sol,
Horrorizada.


Musito su nombre mientras la pierdo de vista, mientras voy perdiendo el aliento y la sangre, mientras pierdo la movilidad. Mi cuerpo respondía sólo a ella. Sólo por ella mi existencia tuvo sentido. El significado de mi respiración y de mis latidos fue ella y un hombre no debería morir por otra causa que por su sonrisa. Pero, yo viví en ella.


Al gran escritor Jaime Venegas se le recomendó pasar una temporada en las costas tibias del país. Alejarse de la ciudad y el frío concreto, recorrer las arenas dejando atrás el tiempo, llenarse de aire puro, de brisa marina, de juegos infantiles y de descanso. Sus pesados huesos, a los casi setenta años, podían sostenerle, pero, no sin causar un dolor que había sido temática de sus últimos tres libros por casi siete años. El solitario hombre que luego de divorciarse prefirió abstenerse de amoríos que no fuesen fugaces, a regañadientes aceptó la indicación médica y llenó la valija de sus analgésicos, de libretas, de lápices y plumas, de pantalones y camisas de franela, de su pijama y de su ropa interior favorita. Ya no se sentía en edad de oponer resistencia ante ningún hombre con cierta autoridad sobre su salud. Pagó las cuentas que mantenía aún, pidió que cuidaran su casa, cogió a su perro gigante y se marchó de vacaciones de verano a un balneario no muy concurrido, a una casita pequeña de madera donde lo esperaba su máquina de escribir y todas las palabras encuadernadas de sus colegas y allí se quedó.


A Jorge Martínez se le recomendó asistir a terapia con el psicólogo del colegio, a nivelación con un profesor diferencial y a repetir cuarto año medio. No aceptó nada de eso. La soberbia de su juventud le impedía considerar la posibilidad de estar equivocado aún cuando sus padres habían visto frustrados los preparativos de la celebración de su licenciatura y habían tenido que asumir la vergüenza de la decepción. Ya no era el orgullo de la familia ni las promesas de un futuro esplendor. Era un fracasado con sueños, ideas ilógicas, delirios de inmaduro adolescente. No quería graduarse, quería ser escritor

-¿Te das cuenta de lo que dices, huevón?


- Pero sí sé perfectamente lo que estoy hablando.


- ¿Y creís que siendo escritor te vas a ganar la vida?


- No me interesa.


- No te interesa, claro, porque no te hace falta nada. Porque tus padres están vivo y crees que vas a pasarte todos los años que te quedan parasitando, pero, escúchame bien Jorge: ni yo ni tu madre vamos a durar eternamente.


- Lo sé. Ése día podré empezar a escribir y, sobre todo, a vivir.


- Pero, ¿en qué mundo vives, hijo? Las cosas no funcionan así.


La conversación en el despacho del padre parecía carecer de sentido.


- Hijo, yo no te pido que estudies por mí. No es para mí.


- ¿Entonces por qué te preocupa?


- Porque estudios es lo único que puedo dejarte.


- Padre, voy a escribir.


- Sobre mi cadáver.


- Y con tus huesos si quieres, padre.


- ¿Crees que de eso vas a vivir?


- Voy a vivir. Voy a dejar de dejar que decidan por mí.


El padre pensó que era un período de rebeldía más de un joven consentido que no hacía más que inventar una excusa jocosa e irracional para eludir la responsabilidad de su falla. Pese a ello, tomó el teléfono, hizo un par de llamadas mientras Jorge lanzaba contra la pared una y otra vez una pequeña pelota que fue torturada en muchas ocasiones anteriores. Papá se alejó del despacho y habló con su mujer al otro lado de la habitación mientras Jorge refunfuñaba en el asiento, haciendo muecas, con los pies sobre el escritorio, también lamentando su desgracia. Era rebelde, claro, pero a la vez, sabía que no había cumplido con su deber y eso le afectaba de formas que no sería jamás capaz de reconocer. No quería ser escritor. No quería ser nada más que libre algún día porque no sabía qué hacer. No sabía quién ser pero tenía conciencia de no querer ser quien estaban formando.


- ¿Así que quieres ser escritor, Jorgito?

- Voy a serlo-. Aclaró con convicción y frialdad.

- Yo creo que por ahora podrías ser ayudante de escritor.

- ¿Qué significa eso?


- Quiero que veas lo que significa la miseria de creerte artista. Vas a llegar llorando, de seguro, a terminar tu educación. Además, considera esto un castigo. No tendrás vacaciones, tendrás que trabajar.


- ¿Trabajar en qué?

- En lo que sea necesario y te ordenen.

No tomé una maleta, sino que la misma mochila que usaba para las clases y la llené con ropa ligera, un par de cuadernos a los que arranqué las hojas que tenían materia, las que guardé porque me serían útiles el año siguiente, lapiceras bic que sobraron del semestre y dejé que me abandonaran en una playa siniestramente vacía. Me arrancaron de las manos el celular y del bolsillo toda tarjeta de crédito y billete.


- Van a venir a buscarte, así que espera a que lleguen.

- ¿Quién va a venir a buscarme?

- El hombre para el que trabajarás.

- ¿Quién es? ¿Cómo se llama? ¿Tiene nombre? ¿Existe siquiera?

- Existe. Es un aclamado escritor. Vendrá. Tú espera.

- ¿Y si no llega?

- Vivirás. ¿No es eso lo que quieres? Si no llega y tienes que encontrarlo, puedes tomar eso como inspiración para tu primera novela.


Dicho esto, mi padre rió. Rió hasta exhibir la última de las tapaduras de sus sucias muelas.


- Mira, si no llega, acá está la dirección.


- No conozco acá. Nunca antes vinimos, ¿cómo esperas que encuentre la casa?

- Usted es inteligente. Sé que va a llegar. Usted quiere ser escritor, ¿no? Haga lo que tenga que hacer y déjese de llorar. Ya. Yo me tengo que ir porque más tarde tengo una reunión con el directorio. Pórtate bien Jorge. Sino, lo sabré. Reflexiona lo suficiente y sobre todo, aprende a ser el artista que quieres.


Arrancó la camioneta levantando polvo con sus neumáticos de mierda y yo quise que chocara, quise que se hiciera añicos en un accidente fatal y demencialmente violento. No tenía claro si me irritaba el que se burlara de mí, el que intentara probar mi resistencia, el que quisiera verme flaquear o el que me dejara abandonado en esta playa y pueblos de mierda sin tener nada más que una mochila con calcetas limpias.


Mientras esperaba sentí frío, así que traté de sacar una chaqueta que llevaba, la que se manchó horrendamente con tinta azul en el medio de la espalda. El reloj que traía que era el único indicio de civilización que tenía a mano me indicaba que había esperado una hora y cuarenta y seis minutos en el mismo lugar. A unos metros vi una estación de servicio. Caminé hasta ella seguro de que el viejo no vendría por mí. La bomba estaba lejos, yo en medio de la carretera, a unos pasos de una playa desierta y con una mancha gigante en la espalda que la mochila disimulaba a la perfección. Kerouac había conseguido que algún loco le llevase lejos. Yo no era Jack, yo no escaparía.


Llegué hasta la estación sin poder hablar. Me apoyé contra el mesón e intenté recobrar el aliento. La dependienta me miraba sin saber si es que iba a comprar realmente algo. Sabía que no robaría, pero, probablemente no sabía si le pediría agua o limosna. Parecía sentir asco de mí. Al menos, algo en mi imagen le repugnaba.


- Hola. Estoy buscando una dirección.

- Dígame.


Busqué el trozo de papel en el que habían apuntado la ubicación de aquel lugar al que tenía que ir, pero, en el camino lo había perdido.

- ¡Mierda!

- ¿Perdón?

- Se me perdió la dirección.


La tipa era una desconfiada crónica. Me miraba aún sin saber si debía presionar el botón para dar aviso a la policía o si debía seguir escuchándome.



- Mire, yo no soy de aquí. No quiero estar aquí. Estoy buscando a un viejo que es escritor y que no conozco. Tengo que llegar a su casa.


- La tipeja puso cara de interés.


- ¿Estás buscando a don Jaime?


- No sé.

- Jaime Venegas. Es el único escritor que viene para acá. Viene harto...a comprar cosas, cosas que necesita para escribir.

- ¿Dónde vive? -.
Me dio una descripción aproximada del cómo ubicar la casa y sonrió. Al menos había sido útil mencionar la existencia del señor y, un forastero en pésimas condiciones como yo había sumado un pequeño triunfo. Aún cansado, perdido, solo y sucio seguía pareciendo atractivo. Quizá y sí era como Jack.


Me largué hasta donde me indicaron, errático. Empezaba a oscurecer y yo me preguntaba qué tipo de enfermo mental podría pasarse tres meses metido en una casa a la orilla del mar así, en un lugar tan feo, tan muerto, tan aislado, tan seco. Caminé unos cuarenta minutos más cuando pude haber llegado en menos de quince, y encontré finalmente el maldito trozo de papel que me había dado mi padre. Toqué la puerta y oí unos pasos arrastrados, una mano cadavérica abrió mientras otra sostenía un vaso en una tenue oscuridad azulada.


- Buenas noches.

- Pasa, pasa. Siéntate por ahí-. Invitó, señalando unas sillas del comedor. Todo parecía ser de madera y me parecía más feo y anticuado que hogareño y acogedor. Las cortinas estaban cerradas y la casa olía a humedad y aislamiento. El hombre se sentó en un sillón a mirar la tele.



- ¿Es usted Venegas?

- Sí, sí. Tú debes ser Martínez.

- Sí.

- Lo estuve esperando y...

- Fui a buscarte y no estabas, hombre.

- Pero lo esperé.

- Le dije a tu padre que te dejara específicamente allí y que me esperaras, pero, no estuviste.

- Pero sí lo esperé.

- Fui con la camioneta, niño.

- No vi ninguna camioneta al llegar.

- ¿Me estás llamando mentiroso? Primero dices que no fui a buscarte y ahora dices que no tengo auto.

- No he dicho eso.

- No digas más. Tienes razón. ¿Quieres un trago?

- No. No bebo.

- Deberás empezar. Es tu primera tarea.


Y no pude pensar en otra cosa más que en el hecho de que mi padre me había metido en un hoyo con odio. Era el castigo perfecto. Perfecto como mi padre.


- ¿Te dijeron qué tienes que hacer?

- No me han dicho nada. No sé.

- Perfecto. ¿Sabes escribir a máquina?

- No.

- Tienes tres meses para aprender a mecanografiar. Mañana te entregaré el borrador que debes transcribir.

- ¿Hace cuánto escribe?- Quise preguntar.

- ¿Importa?

- No.

- ¿Tú quieres escribir?

- Quizá.

- Tu padre dice que quieres hacerlo, pero, que no podrás- Al decirlo, dejó de mirar la pantalla para observarme directo, fijo, como si pudiera traspasarme con esos ojos oscuros que eran alumbrados con la luz que provenía del televisor.


- ¿Eso dice?

- Yo creo lo mismo. No lo harás.

- Si usted puede hacerlo, ¿porque yo no?

- ¡Oh! Soberbia.

- Es la verdad.

- ¿Eso crees?

- Intentaré.

- ¿Quieres un trago?

- No, no. Gracias.

- Ven, te enseñaré tu habitación.


El hombre se levantó apenas y me guió hasta la habitación. Por un pasillo estrecho que unía esta especie de recibidor con otros lugares, pasábamos apenas. Yo estaba cansado y tenía hambre. Él empujó una puerta y me dejó allí, volviendo a su asiento y a ver su programa de quinta. Entré y acomodé mis cosas. Agradecí tener un baño propio, pero, tuve que ducharme con agua fría. No me importó mucho. Me sentía muy sucio, por lo que, era un alivio. Me parecía un sujeto muy deprimente, se veía agotado, parecía que no podía definir su edad. ¿Por qué querría aislarse así? ¿Por qué parecía tan solo? ¿Qué carajo había escrito en su vida? Tenía muchas preguntas y me formulé otras mientras me secaba y vestía. Me encontré con un perro gigante y lo supe, el tipo no podía ser tan miserable si tenía una mascota como compañía.


- Jaime.

- Jaime me dicen los amigos.

- Don Jaime.

- Don Jaime, me dicen los adultos.

- ¿Qué le digo entonces?

- Señor Venegas o quizá “amo”, “jefe”, todo eso estaría bien.


“Decadente viejo patético de mierda”, pensé



- Tengo hambre.

- Anda a la cocina y hazte algo.


Respiré profundo, conteniendo la ira.

- Gracias.


Entendí que el perro iba a comerme después de que yo matara a su dueño. Busqué en la alacena y no encontré nada. A lo más había una bolsa con pan y mantequilla en el refrigerador. Comí y luego fui a verlo otra vez. Se había quedado dormido frente al televisor, con el vaso y la botella medio llenos. Al menos ese hombre bebía un whisky decente. Eso tengo que aclararlo. Lo desperté y lo llevé a su habitación, mucho más amplia que la mía, con unos ventanales que daban hacia la playa directamente. De seguro desde allí observaba a las jóvenes en sus trajes de baño jugando o tomando el sol. De seguro ésas eran sus musas

- ¿No vas a meterme en la cama, verdad?


- No.

- Entonces lárgate y déjame solo. Ya haz hecho suficiente.

- Buenas noches señor Venegas.

- Buenas noches crío. Mañana levántate temprano que vamos a trabajar.


Me fui a mi habitación, pequeña como un laberinto para ratas, con una cama minúscula y un escritorio roñoso. Con una ventana a mi izquierda que daba a unos árboles que estaban en el patio de la casa. La luz de afuera se me colaba por la cortina y lo inundaba todo y yo no podía hacer más que mirar el techo y tratar de encontrar en ello algún tipo de distracción. Me sentía tan agotado que hasta descansar me parecía imposible y hacía calor, un calor insoportable que me hacía desear abandonar mi cuerpo, deshacerme de la carne que se humedecía repulsivamente y que se adhería a las sábanas de la pequeña cama cuya higiene me preocupaba.


Me levanté a las tres con veintidós minutos de la madrugada porque el insomnio me saturó. Caminé por la casa para terminar de conocerla y volví nuevamente al recibidor. Allí había un estante lleno de libros que revisé, sin encontrar ninguno cuyo autor fuese el aclamado señor Venegas. Comencé a dudar que realmente el hombre fuese un escritor y a considerar que si lo era, debía sentir vergüenza de su creación. Llevé entonces mis desnudos pies y mi ahora dolorido cuerpo a la cama y me dormí pronto. A la mañana siguiente, el hombre me desperto


- Ayer te dije que te levantaras temprano, niño. Ya son las siete treinta.


- Es verano.


- Estás trabajando. Date una ducha, apresúrate.



El desgraciado ladraba desde el dintel ya con un vaso en la mano a esas horas, carajo. El papel de patrón le sentaba muy bien.

Me presenté una vez aseado, apenas despierto, desesperado.


- Esto es una máquina de escribir, ¿la ves?




- La veo, señor-. Quise demostrarle arrancándole los ojos lo bien que podía ver con los míos.




- Éste es el manuscrito que debes mecanografiar. Sin errores, con las correcciones correspondientes, lo antes posible.




- ¿Aquí no se come?- Pregunté con molestia, estableciendo prioridades.




- Ve a la cocina y prepárate algo-. Soltó con desdén.




- ¿Usted no comerá?




- Ya comí.



Sospeché que mentía.



- Una vez hayas desayunado, ponte a trabajar.



Quise preguntar qué haría, pero, salió dando un portazo.

Busqué en la cocina qué comer y había pan, pan y mantequilla. Puse en la cocina la tetera mientras masticaba aquellos pedazos de masa y le daba algunos trozos a aquel perro cuya paciencia me sorprendía. Quizá era tan viejo como el dueño y por eso no se quejaba, pero, perros viejos tienen mañas, así que consideré no fiarme demasiado del animal ni tomarlo como aliado sólo por este pequeño acto de complicidad. Me preparé un té insípido y me fui a la mesa del comedor en donde me aguardaba la máquina. El borrador se titulaba “La Desierta”.



<<Aquella bahía jamás estaba despierta>>


Una frase bastante confusa y poco prometedora para iniciar lo que parecía una novela no muy extensa.



<<Javier aceptaba de buena manera el hecho de que nadie parecía estar vivo alrededor, todo parecía desaparecer, difuso, dormido. Era el escenario perfecto para un crimen, para escribir un poema o para echar raíces. Era un espacio invisible, desierto en el que se sentía dueño y forastero>>.


Si bien nunca antes había mecanografiado, no era tan difícil manejar el teclado de la máquina como resultaba complicado manejar el rodillo y adecuar el interlineado. Hoja tras hoja no conseguía un tipeo limpio en el que el color de las letras fuese uniforme, que las letras se mantuvieran en una sola maldita línea definida. Habían tildes que no se marcaban, letras que se quedaban pegadas, errores que no podía corregir una vez había presionado ya una tecla. Había pasado ya dos horas sin que pudiera terminar de transcribir una página completa del texto del viejo.


Pasaron otras dos horas más en las que Venegas no volvía, mientras yo transcribía su texto una y otra vez, intento tras intento, línea a línea y el argumento me parecía básico y triste. Si ser autor se trataba de conseguir llegar a tal nivel, era algo que de forma bastante fácil podía conseguir superar. De todos modos me dormí entre las hojas, dejando sin terminar del todo mi tarea. Para cuando llegó, borracho y con un par de bolsas de comprar que dejó tiradas en el suelo, tomó algunas de las hojas que copié y comenzó a quemarlas frente a mí mientras fumaba.


- Cópialas de nuevo. Están malas. Además, ya no quiero que diga “jamás”, quiero que diga “nunca”.

- ¿Y por eso tenía que quemarlas?


- Están pésimamente mal hechas, pero, son un avance. De todos modos, no sirven.



Luego comenzó a reír.


-¿Está usted borracho?

No me respondió y se fue a su sillón. Tomé las bolsas y las acomodé en la cocina. Tuve que hacerme de comer y le di una porción al perro. Le ofrecí al señor algo, pero, estaba completamente ausente. No sé cómo podía consumirle de tal modo estar sentado frente a la tele dejando que se le fuera el tiempo de esa forma irrecuperable, a su edad. Me pregunté qué haría yo cuando cumpliera sus años y noté que no había hecho mucho más con mi juventud que estar al pendiente de los beneficios del móvil de última generación o de todas las notificaciones que recibía desde las redes sociales con toda aquella manga de amigos imaginarios que podía sumar y creer presumir, pero que eran tan falsos como las historias que este escritor nefasto podía articular en aquella pequeña cabeza desarraigada, creyéndome superior e inteligente en mis comentarios y estados, creyendo tener el permiso de desmerecer a otros sólo porque curiosamente mis contemporáneos y yo hemos desarrollado a nivel global una tendencia a lamer nuestros anos mutuamente sólo para conseguir la fantasía de la aceptación y de la popularidad como si se tratase de un trueque. Breves instantes de felicidad instantánea como todo aquello que buscamos obtener. ¿Cómo podía entonces yo juzgarle? Quise hablarle, de todos modos. Aún estaba despierto pese a que parecía totalmente ajeno a este plano, así que tuve la osadía de dirigirle la palabra.

- ¿Por qué no hay libros suyos en casa?




- ¿Estás seguro de eso? ¿Cuánto estuviste husmeando?




- No mucho y no, no estoy seguro, pero por lo menos en esta habitación no hay ninguno.




- ¿Y para qué quiero yo mis libros? Sé que son mis escritos, pero, eso ya está hecho, no lo necesito conmigo. Apilar copias de mis propios textos sería como pedirle a la novia que dejaste que se digne a acostarse otra vez contigo, pero sin volver. Si es algo que dejaste voluntaria y conscientemente atrás, ¿para qué lo quieres de regreso? Así debería ser desarrollada la literatura y bueno, las “artes” en general.




- No le entiendo. Es decir, son suyos, son sus libros, ¿por qué no tenerlos?




- Yo sé qué dicen esos textos, quizá no a la perfección. No puedo recordarlo todo, pero, sé algo más que los lectores desconocen y eso me justifica: sé de dónde nacen esos textos y, créeme, una vez escritos, editados y publicados, niño, hay que dejarlos partir, abandonarlos, ya no son de tu propiedad, ya no son útiles, son como parásitos que te devoraron y ahora buscan otro huésped. No los quiero aún conmigo, cumplieron todos su ciclo, todos dijeron lo que debían decir.




- ¿Será así también con este nuevo texto?




- Claro. No me gusta hacer diferencias. Para mí son todos mis hijos y los quiero a todos por igual: fuera, lejos de mí.




- ¿Y por qué tiene libros de otros?




- Porque esos no son mis recuerdos. No son mis ideas, no son mis mentiras ni mis errores ni la forma en la que intento compensar la historia de mi vida haciendo modificaciones verosímiles o no en un uso ilegítimo de la “posibilidad de”. Tener textos de otros me permite poder recrearme con la desgracia de otros. Aún soy amante de la literatura. Eso es lo que me mantiene vivo, sino, no podría soportar lo real. Y es divertido, puedo reírme aún, a mi edad.




- ¿Y qué hace con esto, con sus borradores?




- Son transcritos y desechados. ¿Recuerdas tu primera lección?




- ¿Aprender a mecanografiar?




- No, el beber. La segunda lección, Martínez será ésta.




- ¿Qué? Digo, ¿cuál?




- Debes deshacerte de tu peso. La gravedad consume. Tus letras serán como lo que sale de tus gónadas, querido. Deja que otros las amen o las odien, se llenen la boca de ellas o las escupan lejos, pero, tú no te las tragues. Y la tercera es que pongas más atención. Lo sutil aún no lo captas.




Se levantó y consideró que era una buena idea arrastrar las patas hacia su cuarto.



- Oiga, ¿a dónde va?




- Estoy cansado y además, estoy ebrio. Permite que me recueste un rato. Me desperté temprano, no como tú.




- ¿Y qué hago ahora?




- Eres libre.


Pero, el hombre tenía razón. Había una sutileza en el ambiente, en los hechos, en su actitud, en el paisaje que yo no logré percibir. Consideré buena idea salir a recorrer las calles y a la vez sacar a pasear a aquel perro gigante que parecía una estatua en la casa. Aceptó su correa pese a no parecer muy interesado en salir. Caminamos por las calles cerca de la casa. Ese hoyo no era muy grande y se veía cada día más gris pese a estar soleado. No andaba mucha gente afuera y de cierta forma entonces yo suponía que los habitantes del lugar debían ser igual de abuelos que Venegas, puros jubilados retirándose a un pseudo-paraíso penoso en el que sus huesos podían perderse sin que alguien los extrañara o suficiente como para intentar rescatarlos y arrastrarlos al movimiento de la sociedad natural. Cerca de la playa había una plaza en la que me eché sobre un banco a esperar que el aburrimiento me hiciera igual de viejo que el resto para sentirme a gusto mientras el perro recorría el césped a gusto sin que arriesgara atacar o ser atacado. Extrañaba los lujos de la modernidad, debía reconocerlo. Era un perfecto castigo. Había un columpio en el que me senté y me impulsé sin fuerzas.



- A mí también me gusta venir para acá. Parece ser el lugar más joven, o sea, es diferente al resto de la arquitectura del pueblo. Estos juegos de colores contrastan con las casas.


Descubrí que la voz provenía de un rostro que había visto antes. La primera persona que me recibió en el pueblito este.


- Hola.




- Así que encontraste a don Jaime




- Sí, me fue muy útil tu ayuda. Muchas gracias.




- De nada - soltó sonriendo-. Nos ha hablado bien de ti. Fue a vernos hoy por la mañana.



Allí entendí dónde había perdido todas las horas el escritor.


- Creo que es bueno que te quedes con él por un tiempo. Igual él tiene que volver a la ciudad, pero, acá está tan solo que me da pena.

- Es un solitario por naturaleza el señor, al parecer.

- Bueno, pareciera ser que si el mundo no le ofrece un trago, no le interesa mucho nada.


Noté que realmente ella se sentía un poco triste respecto al viejo.


- Pero, no me has dicho cómo te llamas.




- Soledad. No me gusta mi nombre.




- Es bonito.

- Prefiero que me llamen Sol. Es más agradable.




- Yo soy Jorge.




- Mucho gusto Jorge. Don Jaime dice que quieres ser escritor.




- Claro- suspiré- vengo con él para aprender de su trabajo.




- Es un buen escritor. A mí me gusta mucho.




- ¿Lo has leído?




- Claro. Es de mis escritores favoritos, por eso me preocupa tanto, creo. Le tengo el cariño que se le tiene a alguien que conoces. Sé que esa idea no le gusta, pero, es lo que consigue generar.




- ¿Por qué no vas a verlo?




- No, no. Eso no estaría bien.




- Quizá puedas ir a visitarnos, Sol. Estoy seguro de que eso le gustaría.




- Ya veremos, por ahora, tengo que irme.


- Sí, yo también volveré a casa.


Me tendió la mano.

- Me alegra haberte visto, Jorge.


Cuando se marchó noté que no recordaba en qué estuve pensando antes de verla. Cuando volví a casa noté que no podía pensar en otra cosa que en esa conversación breve. Me hacía falta sociabilizar en este pueblo. Casi estaba olvidando cómo hablar y lo que significaba ver a alguien más sonreír. Venegas estaba haciéndome daño. Luego se despertó, pero yo me había visto obligado a volver a cocinar, disponer la mesa e invitarlo a comer. Yo tragaba con desesperación mi plato mientras el perro comía el suyo con la misma felicidad de estar por fin en casa. Venegas, seriamente dijo



- ¿Por qué quieres ser escritor?




- No lo sé- Solté sin procesar mientras tragaba tallarines.




- Yo creo que no quieres.




- No quiero. -Respondí con sinceridad.




- Eso es lo mejor que puedes hacer. - Dijo satisfecho.




- No quiero del todo, no sé. Aún no lo he pensado bien.




- La juventud se acaba y con ella la soberbia de creer que siempre hay tiempo para desafiar el tiempo.




- No sé si puedo. ¿Sabe? Supongo que es eso lo que me hace dudar.




- Podrías. ¿Podrías?




- No creo que sea tan difícil.




- ¿De qué estás escapando?




- No entiendo.




- ¿Es esta la idea más excéntrica que se te ocurrió? Escupiste que serías escritor porque, me da la impresión de que es lo más lejano a lo que te pidieron que fueras.




- ¿Quiere algo más? ¿Más comida? No ha cenado.

Bebió un largo sorbo, observándome.


- No quiero ser como mi padre. No quiero ser un hombre al pendiente de sus reuniones y de lo que dicen las finanzas ni de sus apariencias ni de creer que pertenece a una élite privilegiada de señores que son superiores al resto.




- ¿Y tú no crees tener los mismos aires de superioridad?




- Es posible.




- ¿Y crees que la literatura va a salvarte?




- No se trata de eso.




- Dijiste eso para irritar a tu padre.




- Algo así.




- ¿Notas que eso es triste?




- ¿Por?




- Crees que le haces daño, pero, el único que saldrá perjudicado serás tú. Mira, yo creo que siempre hay algo que hacer, ¿no? Pero, en algún momento será bueno detenerse para poder presumir que te sientes a gusto con quien haz sido. Decide siendo consecuente con eso.




- ¿Y usted se siente orgulloso?




- No. Por eso no tengo copias de mis textos. Hubiera preferido ser mejor hijo, mejor novio, mejor esposo, mejor amigo y mejor padre. Hubiera preferido vivir de forma auténtica en vez de pasarme los días sentado frente a un teclado en un intento absurdo de crear como si eso fuese a darme un título noble o un estado de santidad que hiciera que alguien me valorara. Oye, los únicos que van a valorarte son los que te aman. Escribir te obliga a ser egoísta y a estar solo. Estás rodeado del mundo, trabajando y viviendo en tu cabeza, alejado de la realidad, desconectado. Tienes la excusa continua de que tienes una idea y que no puedes dejarla porque suelen ser fugaces y tienen vida propia, pero, para darles nacimiento y existencia, tienes que ceder, arriesgar, abandonar y eso te consumirá algún día, cuando veas lo que haz perdido. Te rodearán personas que creerán que te conocen porque te han leído y las personas que en verdad te conocen serán alejadas por ti porque escribes hasta que noten que no saben nada de ti, que ya no pueden reconocerte. Y luego, sólo te queda esto: una botella y un maldito perro flojo, gigante y gordo que está contigo sólo porque no tiene un lugar mejor donde esperar a morirse.




- Lo siento.




- Jorge, esto no es una profesión. No puedes tener un horario de ocho horas usando un traje para luego irte a casa, nadie va a coronarte como empleado del mes. Esto es una dedicación. Esto lo haces todo el día, todo el año, a cada instante, toda la vida. O dejas que te mate, o esperas a morirte de viejo. Viejo y tranquilo, ¿sabes? Piensa si es eso lo que quieres.



Me levanté, fui a la cocina, lavé la loza y luego me fui a la cama.



No necesitaba ser escritor para no sentirme a gusto con quien había sido.




Pasaron unos días hasta que fue mi cumpleaños. Recibí el llamado de mi padre felicitándome.




- ¿Haz aprendido algo?




- Oh, claro. Este hombre es un mago con las palabras. No sabes lo útil que me ha sido escucharlo. ¿Cuándo me quitarás el castigo?




- Nadie te está castigando. Estoy permitiendo que te eduques en lo que te interesa. Si no quieres educación formal y escritor es lo que quieres ser, nadie podría enseñarte mejor que él. Mira, tu madre te manda saludos y te hemos enviado un regalo. Ojalá te guste.




- Mándame mi celular.




- Adiós hijo. Que estés bien.




- Oye, sácame de aquí. Todos los días vuelvo a escribir a máquina el mismo texto mientras este señor no hace más que beber y yo le recojo la mierda al perro.




- ¿Volverás al colegio?




- ¿Es esto un chantaje?




- Haz lo que quieras, Jorge. Si quieres salir de ahí, busca cómo hacerlo.



Cuando colgué el teléfono, Venegas estaba a mi lado extendiendo el paquete que me habían enviado mis padres.



- Éste es tu regalo. No esperes que te haga una fiesta después de que me llamaste “viejo de mierda”.




- Yo no le he dicho eso.




- No trates de convencerme, Jorgito.


Me fui a mi habitación, terriblemente frustrado. Tenía casi quince días metido en esa casa y estaba volviéndome loco. No estaba aprendiendo nada, Venegas no escribía un carajo ni tampoco me enseñaba a hacerlo. Dudaba de que en verdad hubiera escrito alguna vez y constantemente esperaba una lección digna. Abrí el paquete entonces y era una gorda libreta con una pluma para que pudiese cultivar el ejercicio de la literatura. Lancé la libreta contra la pared, furioso. Quería irme a mi casa a ver a mis amigos, a poder vacacionar como lo hace la gente normal, a descansar en vez de estar metido en esta casa tipeando un texto que este hombre modificaba a diario, pero que jamás terminaba. Tenía rabia contra mi padre y me sentía decepcionado de mi madre por permitirle hacer algo tan estúpido como aislarme de esta forma y forzarme a vivir la vida de un abuelo. Noté que había llorado cuando mis lágrimas comenzaron a secarse sobre mi rostro. Me había quedado dormido.



Venegas tocó la puerta de mi habitación.




- Oye niño, ¿puedes salir un rato? Deberías venir a comer. No es bueno pasarse el cumpleaños encerrado.




- No tengo hambre.




- Oh, sal de una buena vez y deja de joder como niña. Te vinieron a ver.



Pensé que mis amigos habían rastreado mis huellas y habían escuchado mis rezos y S.O.S., pero, apenas salí del cuarto, me encontré con Sol, sonriente.




- Hola Jorge, ¡feliz cumpleaños!




Me sentí decepcionado porque no eran mis amigos, pero, incomprensiblemente alegre.





- Sol, hola. Gracias por venir.



- Mira, te traje un regalo. No sabía si te gustaría, pero, espero que lo uses.




- Te compramos una torta, nena. Hubiera querido poder hornearla para que te guste, pero, me disculparás porque no tuve mucho tiempo- aclaró Venegas. Noté la ironía de su frase. Para él no soy más que un niño llorón que se queja de lo que tiene en vez de valorarlo y, claro, yo estaba convencido cada día más que él tenía razón. El resto de la velada no hablé mucho. Escuché cómo Sol le contaba a Jaime sobre vecinos que se habían ido, se habían muerto, sobre sus hijos, sobre las actividades, el aporte o el olvido del municipio, sobre el crecimiento del turismo y yo deseaba que los cumpleaños significaran que te quitaran años hasta hacerte desaparecer en vez de recordarte cuánto te faltaba potencialmente por morir. Me sorprendió que Venegas se mantuviera sobrio hasta que Sol se retiró. Al irse se llevó su sonrisa y la casa volvió a ser igual de parca a como había sido esa quincena que me había pasado allí. El autor parecía haber quedado apenado. No sé si se debía a el hecho de saber sobre sus conocidos o porque ella se había ido.


- Sé que no es como estar en tu casa, con tu familia y con tus amigos, quizá hasta con tu novia, pero espero que lo hayas pasado bien.




- Gracias a usted, Javier.




- Javier me dicen mis amigos.




- Señor Venegas. Gracias.




- Buenas noches.



A la mañana siguiente me dio cerca de cien páginas más que dijo haber redactado en mis ausencias intermitentes. Me pidió transcribirlas de nuevo. Mi vida transcurría en una rutina enferma que estaba consumiéndome. Pese a eso, comencé a escribir en la libreta que me regaló Sol. Nunca leí tanto como en aquella época. Mis primeros textos eran de distintas temáticas. Hablaba sobre cómo




me sentía, de la rabia, de la frustración, de los delirios que me producía sentirme abandonado en una ciudad fea y triste como ésta y comencé a sentirme estático. Luego, encontré una musa sin saberlo. Escribía sobre Sol sin darme cuenta. Eran versos sobre ella, que era la única luz de este espacio vacío. No me atreví a enseñárselos ni tampoco a Venegas. No me atreví ni a admitir que los había escrito. No los volví a leer.



22/7/2014


Treinta y tres días aislado en aquella tierra perdida de mapas y de corazones, de la vista de Dios. Treinta y tres soles y yo me estaba volviendo loco, pero a la vez, estaba terriblemente despierto, desesperado y consciente. No podía evadirme, no podía escaparme no sólo de este plano físico enfermante, sino que de mí, de lo que descubría en mi soledad. Nunca estuve más en paz y aquella plenitud me sofocaba. No sabía manejarla. Había hecho una rutina en base a transcribir por la mañana, cocinar, comer y luego salir a caminar. Ir a la plaza, respirar, sentarme a escuchar al espacio, volver a la orilla de la playa al atardecer a escribir palabras que se desharían, a construir en la arena, a ver cómo el perro corría, a contemplar el ocaso y luego, el infinito. Me habían hecho un abuelo. Se estaban robando mi juventud. Las formas primitivas en las que viví me parecían lejanas, impropias, ridículas. Sentí vergüenza de lo que había sido, de mi comportamiento errático, de mi creencia errónea de que el tiempo me pertenecía. El tiempo nunca fue mío en las noches y en los amores, en los amigos. El tiempo estaba conmigo, allí, presente en cada acción, a cada huella, a cada mirada, a cada sonrisa, en cada versito cursilero que apuntaba en mi libreta. Más bien lo sabía con resignación: el tiempo me dejaría algún día y seguiría su paso. Eso era lo que me perturbaba. Me habían hecho saber qué se sentía reconocer la brevedad de la existencia, pero, era lo que me parecía a la vez liberador.


Antes de que cumpliera un mes en su casa, Jaime Venegas aprovechó la complicidad de la noche en su tenue vista para dejarse ahogar. Esta vez no en el trago ni en las palabras, no el llanto ni en el enojo ni en el silencio. Se escabulló hacia la orilla del mar y entró en él como un marino en la tormenta y quiso que el peso de sus dolores le llevara al fondo hasta hacerlo uno con el abismo. El perro comenzó a golpear los vidrios de la ventana que daba hacia la orilla con fuerza, a ladrar con toda la intensidad que podía, a reclamar la vida de su amo. Me vi obligado a salir de la cama para ver qué le pasaba al San Bernardo y entonces pude apreciar la triste figura del viejo intentando concretar su última obra de arte. Apresurado salí entonces en su búsqueda mientras podía ver cómo, tambaleándose, intentaba cooperar a la marea, dejando que las olas le abrazaran, le arrastraran al lecho de las sirenas. Le llamé en mi carrera, pero, no sólo me ignoró. No podía escucharme. Probablemente sólo oía el llamado de la nostalgia. Probablemente sólo oía sus recriminaciones. Probablemente no atendió mi llamado porque no es más que un bastardo egoísta que no habría tenido reparos en obviarme. Entré también al agua e intenté con todas mis fuerzas encontrarlo para arrebatárselo a la muerte de las fauces. Nadé hasta él y lo arrastré mientras que inconsciente se entregaba a la paz eterna o al tormento infinito, con la claridad de una mañana que deja de soñar en la mirada. En la orilla intenté reanimarlo mientras veía cómo algunos vecinos se acercaban apresurados. Alguien llamó a la ambulancia. Mientras lloraba como un demente, como un enamorado del viejo, como su hijo, como su madre, el infeliz escupió en mi rostro y tomó aire. Parecía cansado, como un viajero que regresa a casa después de perseguir al sol. Me alejé de él quien se encontraba aún tendido en la arena. Lo miré confuso, con el ceño fruncido. No sabía cómo sentirme. Estaba molesto y a la vez aliviado. Lo hubiese matado de rabia y a la vez agradecía que aún estuviera respirando. Él me contempló y sonrió.



- Te has metido con el orden, con el desarrollo de la trama niño. Te he convertido, te has vuelto un Dios.




- ¡Viejo hijo de puta!- Le grité, riendo con notoria irritación.



Lo oí carcajear y toser, intentar normalizar su respiración mientras le trasladaban los paramédicos a la ambulancia y se lo llevaban al hospital. Alguien me cubrió con una manta mientras yo hablaba a solas, lejos de la realidad, oyendo a las voces hacer comentarios y alejarse. Me guiaron a casa algunas manos. Me prometieron que todo estaría bien y yo asentí, aturdido. No recuerdo cómo llegué adentro, sentía el peso de la sal en mi cuerpo abatido, tembloroso, agónicamente agitado, sentía aún el frío mortuorio tratando de rasgarme y así me senté en el comedor en compañía del triste y preocupado perro y cumplí con la primera orden, con la primera regla, con mi primer deber. Cumplí a cabalidad el primer paso. Cogí un vaso y una botella y comencé a beber.



Tuve miedo, lo sé. Lo sentí.




Llamé a mis padres por la madrugada, apenas pudiendo modular mis palabras que fueron más bien lloradas en la línea.



- Sáquenme de aquí. Ya no quiero más. No quiero estar más aquí con un viejo borracho que se trató de matar en el mar. Voy a hacer lo que quieran, lo que pidan, pero ya sáquenme de aquí. Quiero volver a mi casa.










En un par de horas amaneció y me vi en la obligación de despertar y correr al baño para vomitar la angustia. Sentía un mareo digno de una intoxicación crónica gracias a la vida. Traté de volver hasta la mesa, confuso para compensar el desastre en un intento por poner orden pero al pasar por la habitación de Venegas noté que sobre su cama descansaban un par de libros que no había visto antes. Entré en ella con cuidado, como si penetrara en un espacio sacro en el que mi presencia hubiera estado prohibida. Los contemplé nervioso. Sólo podía ver la contraportada. Cogí el primero y descubrí que pertenecían a Jaime. Estaban ordenados según el año de publicación. Eran sólo tres, pertenecían a la misma y respetada editorial y poseían una encuadernación que me parecían perfecta en su preciosura. Apenas abrí el primero pude ver la foto en blanco y negro de un Venegas que posaba dando la cara, más joven y de frente, pero con lentes oscuros y un abrigo negro. A su espalda se alzaba una muralla de ladrillos. Me parecía curiosa, pero, indudablemente digna del autor. Entre los libros había un sobre y dentro de él una carta para mí. Sentí que no era capaz de leer ni la nota ni los textos. Me senté en la cama y noté lo suave que era, a diferencia de la que yo usaba. Abrí con temblor en mis manos la misiva.










“Si vas a escribirlo, niño, trata. Trata y hazlo de la mejor manera. Hazlo cuando no ganes los concursos en que participes. Hazlo cuando conozcas a otros engreídos que creen que su arte es superior a todo lo que haya sido creado con anterioridad y no sean capaces de percibir que son unos idiotas repitiendo la misma fórmula que trabajaron otros idiotas más inteligentes, con más talento y menos engreídos que ellos. Hazlo cuando te rompan el corazón, cuando quieras enamorar, cuando te devore la felicidad, cuando quieras herir. Hazlo cuando las editoriales te cierren la puerta, cuando las revistas te inviten a ser publicado sin acceder a darte un peso a cambio. Hazlo cuando tu padre te humille, cuando tus amigos te olviden, cuando las novias desfilen delante y lejos de ti. Hazlo cuando fracases, cuando te desmorones y cuando triunfes para recordar que debes seguir tratando. Hazlo cuando te atrape la bebida y la noche, cuando el tiempo se haga relativo. Hazlo cuando la muerte te salude. Hazlo cuando la vida te alce en sus brazos. Hazlo desorganizado. Hazlo cuando te pierdas en el bosque, cuando te hagas uno con la lluvia y el mar, cuando pasen a tu lado las estaciones. Hazlo cuando el firmamento te inspire o cuando tu perro-gigante o pequeño, quizá hasta un gato- mueva para ti y junto a ti su cola satisfecha. No me interesa el porqué lo harás, crío. Sé que lo harás, que tratarás y conseguirás ser quien deseas, pero, Jorge










Debes ser alguien mejor.










Trata de ser bueno. No sólo bueno en lo que haces, sino que, en general. Es decir, un buen hijo, un buen hombre, un buen padre y amor, ¡qué sé yo! Todo lo que trates de hacer hazlo con convicción. Yo quisiera tener tu edad para hacer un millón de cosas nuevas, de no cometer mis errores no porque no los valore, sino que porque no me hicieron feliz. No fui un buen hijo, claro, mucho menos un padre. Fui un infeliz hombre que daño todo lo que tuvo en sus manos.










Espero haberte enseñado la tristeza de la vida.










Trata de ser todo lo que Jaime Venegas no hizo. Ésa es la mejor lección que puedo dejarte. Eso y un abrazo.










Nos vemos.










P.D: También te dejo 'La Desierta' terminada para que ocupes lo que te queda de vacaciones en transcribirla y publicarla como mi gran obra póstuma. Ahora se titula 'Deserción', me parece mucho más acorde. Debes darle al público el último pasaje, la última parte de mi saga ¡JÁ! ”










Y Jorge Venegas no había muerto, es cierto, pero, su sacrificio puso en mí una pequeña semilla, un latido de vida que no fui capaz de ignorar. La regué con mi llanto. Revisé un par de páginas de su primer libro sin poder atender al contenido. Oí la puerta y pensé que podía haber vuelto. Corrí a abrir y me encontré con Sol.










- Jorge, ¿cómo estás?










Me lancé a sus brazos y rompí en llanto de forma desconsolada. Me estremecí de forma patética.










- Supe lo de don Jaime.










Fui incapaz de responder. Me aferraba a ella como un niño asustado y con una pena enorme. Como un niño ante la oscuridad de la que sólo su cuerpo, su voz, sus ojos podían salvarme y cobijarme, ocultarme y protegerme. Yo estaba en el mar y ella era entonces aquella orilla desierta.










- ¿Qué te parece si entramos del todo?










La solté y la dejé pasar.










- Lo siento.




- Está bien. Fui a ver a Venegas.




- ¿Cómo está?




- Mejorando. ¿Cómo estás tú?




- Quiero irme.- No supe qué otra cosa responder. La idea estaba germinando dentro de mí.




- Jorge, no creo que sea bueno dejar solo a don Jaime ahora.




- No me importa. No. ¿Sabes qué hizo ese hombre? Dejó una carta, no a su esposa, no a sus hijos, a mí, a Jorge Martínez. A mí, ¡carajo!- Grité, en un estado de histeria e indignación.




- Creo que ha sido muy importante que estés acá para don Jaime.- Sol hablaba con un irritante tono monótono, sin alzar ni alterar la voz como quien trata de explicar a un menor sin perder la paciencia o al menos, intentando disimular el arribo a la locura.




- ¿Dices que ha sido mi culpa que haya intentado matarse?




- No me refiero a eso. Has sido gran compañía para él y creo que- hizo una pausa como si meditara el contenido de su frase-. Jorge, te pareces mucho al hijo de don Jaime. Creo que eso le ha hecho pensar algunas cosas.




- No quiero estar aquí. Menos ahora. Tengo que irme, no me puedo quedar con un hombre así. ¿Qué va a pasarme? Está demente. ¿Y si me hace algo? Nadie piensa en que puede hacerme algo. -Hablaba solo estando con ella, andando de una esquina a otra, compartiendo mis reflexiones con el suelo.




- Jorge, a veces no sólo hay que hacer lo que uno quiere. A veces hay que hacer lo que sea bueno para todos. A todos nos apenaría mucho que te vayas...así.










Volví a escuchar golpes a la puerta mientras miraba a los ojos de Sol casi rogando que hiciera algo para que el momento jamás se disolviera. La existencia misma podía dejar de suceder entonces, en ese instante. Acudí al llamado y abrí para encontrarme a una mujer que me pareció horriblemente altanera.










- ¿Tú quién eres? - Me preguntó, mientras revisaba toda mi presencia de pies a cabeza.




- ¿Quién es usted?- Fue mi respuesta. No me importaba su identidad, sino que estaba interrumpiendo MI momento con Sol.




- ¿Usted? ¿Me haz llamado “usted”? ¡Puaj! - Me hizo a un lado y entró a la casa. Cuando encontró dentro a Sol, nos dedicó una mirada cómplice, como si entendiera de mejor manera porqué estaba aún en pantalones cortos y con aquella indecente polera sin mangas que me hacía ver como un indigente.




- Señorita Valeria, me alegra mucho que viniera- Saludó Sol con honesto afecto.




- ¿Te conozco? No te recuerdo, lo siento.- Soltó la tipa con desdén.




- Soy Soledad Aguirre. De la familia Aguirre del servicentro.




- Sí, creo que recuerdo. ¿Cómo están tus padres?- Preguntó por cortesía, examinando la casa con la vista, como si buscara algo, como. si quisiera saber si todo seguía en su lugar desde su última visita, como si indirectamente quisiera hacer un inventario.




- Bien, gracias. ¿Usted viene para quedarse? - La mujer que Sol identificó como Valeria se giró violentamente para mirarla.




- Evidentemente. Vengo a quedarme con mi padre.










Sol acusó la hostilidad y entonces decidió retirarse. Se despidió cordialmente y prometió volver para visitar a Venegas. Una vez se marchó, Valeria reparó en mí.










- Oye niño, no sé quién eres, pero, la casa de mi padre no es un motel y creo que eso tienes que tenerlo claro a partir de ahora.




- No se trata de eso. Yo no estaba




- No me interesa.




- Pero, ella vino a verme porque...




- No sé si te has dado cuenta de la hora que es. Deberías darte una ducha, al menos eso hace la gente normal después de meterse al mar o después de fornicar y me es difícil decir cuál de las dos cosas hiciste primero.










Y la odié mientras estaba en la ducha. La odié en mi resaca porque me pareció mil veces más insoportable que su padre con su actitud de patrón. Sin duda tenía su sangre, sin lugar a dudas era el resultado de lo que le salía de las gónadas a ese viejo egoísta del carajo. Cuando terminé, no me sentí mejor. Quería irme a la cama, pero, no sabía si era correcto poner la cama cerca del lavamanos para poder vomitar más cómodo. Me vestí y la busqué. Estaba en la habitación de su padre, leyendo sus libros.










- Así que eres Jorge.










Había encontrado mi carta.










- Lo soy.




- Mi nombre es Valeria, soy la hija de Jaime. Bueno, ya lo sabes. - Me estrechó la mano.




- Mucho gusto.




- ¿Vas a quedarte por mucho tiempo más?




- No lo sé. Creo que no. Ayer llamé a mis padres y quedaron de venir a buscarme.










Ahora lamentaba haberlo hecho. No sólo Jaime me necesitaba, sino que también Sol. Probablemente con el tiempo intentaría encontrarle sentido a aquella idea de que ellos me “necesitaban”, porque no era lógica, mas en el momento me pareció verídica.










- Creo que en estos momentos siento un poco de envidia hacia ti. Esta carta es mucho más paternal de lo que Jaime fue con nosotros. Gustavo habría estado feliz de haber recibido consejos como éstos.




- Lo siento.




- No te preocupes. Mi padre es así. Tiende a equivocarse con más frecuencia de lo que parece. No te lo tomes tan en serio. ¿Has estado bebiendo?










No fui capaz de negarlo. Era evidente.










- Tal lección es típica de Jaime Venegas. Todo sabe mejor con alcohol.










Me pareció complejo explicarle todas las tareas que Venegas me había dejado. Toda mi soledad, todas mis reflexiones. Cómo podría explicarle que su padre intentó lanzarse al mar y que no, no había fornicado, sino que había tenido que rescatarlo por la madrugada casi, luego había bebido porque no soportaba la angustia y necesitaba aturdirme para procesar algo de lo que sentía en aquel minuto, el miedo, la culpa, la pena, la frustración, el fracaso. Cómo podría mencionar que su padre me dejó aquella carta porque sabía que yo me creía un fracaso y que además de eso, era un puto cerdo egocéntrico incapaz de ver que mis acciones estaban desesperando a mis padres y arruinando mi futuro. No le dije nada y bajé la vista, culpable.










- Debes sentirte pésimo, pero, aplaudo que hayas estado bebiendo el licor de mi padre mientras está hospitalizado. Me parece un golpe digno de darle a Venegas. Seguro lo tomará y lo pondrá en sus textos. Prepárate para ser hecho mierda y ajusticiado en la literatura.




- ¡No fue esa mi intención!




- ¿Y te bebiste todo con ella? Será una escena encantadora.




- ¿Perdón?




- Me refiero a la chica que estaba aquí.




- No. No es lo que crees. Ella vino a verme solamente. - Traté de explicar.




- Jorge, ¿por qué te sientes tan culpable?- Me consultó de pronto.




- No debí beber el licor de su padre. No debería estar aquí. Debería estar allá, con él.










Ella sonrió.










- Mi padre estará bien, volverá a casa pronto. Quizá antes de lo que crees.




- Eso espero.




- ¿Has comido algo? ¿Has dormido bien? Pareces cansado.




- He estado vomitando.







- La desgracia de la resaca.




- Supongo.




- Te repondrás.










Lo cierto es que me encontraba extremadamente irritable. Creí entender mejor la causa de que Venegas fuese un misántropo apático y sarcástico. Temí volverme un ser cáustico como él. Comimos en silencio. Yo estaba incómodo y Valeria parecía disfrutarlo. Cuando levantaba la vista del plato la notaba mirándome fijo y con una sonrisa burlona que le iluminaba el rostro. Yo la evadía mirando la comida o al perro.










- ¿Cuántos años tienes?




- Diecisiete.




- ¿Por qué no te quitas la polera?




- ¿Qué?




- Me pareces el modelo perfecto, pero, primero tendría que verte el torso desnudo. Bueno, primero el torso y luego, no habría problemas con ver el resto.










Esa mujer estaba loca. Levanté mi plato sin decir nada y me fui. Recogí los libros de Venegas y me encerré en la habitación, aterrorizado. Comencé a leer el primer libro indicado, el de la foto en blanco y negro. Se titulaba "Infumable". Trataba la historia de un hombre que era engañado por su esposa y prefería ignorar la situación debido a que sentía que la había abandonado por su trabajo y aquella culpa justificaba que su universo completo se comenzara a deshacer. Luego llegaban a ocurrirle un millón de situaciones trágicas y cotidianas al personaje principal mientras intentaba estoico resistir los embates de la existencia hasta que su mujer le abandona y se lleva a sus hijos. Allí es cuando comienza a fumar marihuana para intentar evadirse y se da cuenta de que su tristeza no logrará ser erradicada de ningún modo.










- Veo que lo estás leyendo. Niño, deberías revisar algo más alegre.




- Es de tu padre.




- Lo sé. Pero es un libro bastante triste. Jaime se hizo escritor a una edad avanzada. La mayor parte de sus textos son más bien autobiográficos. El que estás leyendo trata sobre la separación de mis padres. Yo era pequeña, creo haber tenido unos doce años, mi hermano Gustavo tenía siete. Tú te pareces mucho a él, ¿sabes? Supongo que por eso mi padre aceptó tenerte como aprendiz. Me imagino que es su intento por suplir la carencia a la que cree que nos sometió.




- ¿Y dónde está Gustavo?




- No está.





Supuse que se había ido del país, que se llevaba mal con su padre y que por eso no vendría a verlo.










- Oye, lamento si te pareció inadecuado mi comentario en la mesa. Te veías muy incómodo así que dije lo primero que pensé que podía distraerte un poco.










Quería estar solo, pero, la verdad es que lo que más quería es que ella dejara de hablar y se retirara porque me asustaba. Me parecía dueña de una energía y una seguridad arrasadora.










- Soy pintora. Me gustan los retratos y estoy trabajando en una representación del Apolo griego. Eres el niño que más se asemeja a lo que quiero conseguir en mi trabajo.










Asentí sin dejar de leer. Ella bufó una sonrisa. Luego suspiró.










- Mira, voy a dormir porque el viaje me pareció cansador. Si necesitas algo, estaré en la habitación de mi padre.




- Claro.




- ¿Tú seguirás aquí?




- Sí. ¿Dónde más?




- No sé. Quizá podrías querer salir a ver a tu novia ¿Sol?




- No es mi novia y no me siento de humor como para salir.




- Entonces, si necesito algo, ¿estarás aquí?




- Supongo.




- Bueno. Permiso.










Sólo semanas después me daría cuenta de que aquella no fue una pregunta ni fueron palabras de cortesía. Pero para el momento en el que produje el insight, ya estaría habituado a las formas de Valeria. Pasaron un par de días hasta que Venegas regresó. No pensé que me alegraría tanto de verlo volver, aunque fuese en una silla de ruedas con su despreciable hija acompañándole como lazarillo.










- Bienvenido a casa, señor Venegas.




- Niño, nunca te interpongas con mi arte. Esa es la cuarta lección. - La frase y su tono seco me tomó por sorpresa.




- Pero no he hecho nada que no me haya pedido.




- He dejado un verso inconcluso sobre los labios del océano si es cierto que el suicidio es la última línea del poeta- Soltó esta vez con tono ceremonial.




- Pues, tendrás que volver a escribirle más líneas a tu texto, Papá.




- En el hospital conocí a una enfermera que me parece una musa perfecta para narrar.




- Cuéntanos más – pidió la hija como si solicitara un cuento antes de dormir.




- No sin un trago.




- Señor Venegas, me bebí su whisky- Me acusé con torpeza antes de ser descubierto. Noté un poco de irritación en su expresión facial. Intentó ponerse de pie, pero, se acomodó nuevamente en la silla. Sonrió con resignación.




- Aunque yo no haya querido, me salvaste la vida. Además, fue la primera tarea que te di y me complace que la hayas realizado. Sólo por eso y porque esa botella estaba casi vacía es porque no voy a molestarme, pero Jorge, la próxima vez que sepa que estás robando mis botellas, te cortaré las bolas para destilarlas.










Y la convicción en las palabras de ese hombre me hacían pensar en que no sólo trataría, sino que lo haría.










- Padre, estoy segura de que Jorge no lo hizo para hacerte enfadar.




- Claro que no. La cosa es que esa enfermera con su trajecito blanco hizo que pensara en cuán prieta estaba.




- ¿No hay un momento en que dejes de pensar en mujeres?




- Estoy viejo pero sigo necesitando la perfecta belleza femenina. Ésa es la razón por la que me aferro aún a la vida y al arte. La belleza y sus perfumes, sus grandes ojos y toda su anatomía. Jorge debe estar de acuerdo conmigo.




- Jorge es un hombre enamorado. Es imposible que no esté de acuerdo en las musas y la inspiración.










Y me sentí acorralado como una rata.










- ¿Pero qué haz estado haciendo en mi ausencia?




- Transcribí su historia y leí sus libros- Me excusé.




- Y además se vio muchas veces con aquella niña... ¿Soledad?




- ¡Oh, Sol! Ella es hermosa. Buena elección niño. No le rompas el corazón.




- Parece muy interesada en ti y se ven muy tiernos juntos. Al menos eso me pareció cuando llegué aquí. Él estaba casi desnudo y ella estaba muy afectada, ¿sabes?




- ¿Afectada?- Preguntó Venegas.




- Parecía muy triste.




- Las cosas no son así.- Quise defenderme y explicar qué había sucedido, qué habíamos hablado con Sol, pero, mis comentarios no tenía cabida. Ellos no hablaban conmigo.




- ¿Y dices que Jorgito estaba casi desnudo?




- Así me pareció.




- Pero pequeño- comenzó Jaime- estoy intentando explicarte el arte, de mostrarte el valor de la escritura y, ya sabes, en esa idea del escritor atormentado y sensible hay un dejo de romanticismo del que debes no sólo aprovecharte sino que deberías hacer gala de ello para poder interesarle a las mujeres. Entiendo tus ansias pero desnudarte hasta hacer a una mujer triste es un error. Primero debes desnudarla a ella. Cuando ya no tenga ropa no estará preocupada de tu desnudez, ¿ves? Luego puedes decirle algo así como que se harán en el amor o que la cubrirás de versos o todas esas cursilerías que te permitan...concretar.




- ¿Así es como enamoraste a mi madre?




- A ella y a muchas otras.




- ¡Por Dios!




- Valeria ¡caes con mucho menos!




- No es mi culpa ser artista y gozar de una sensibilidad diferente al resto del mundo respecto a lo emocional.




- Eso es lo que nos hace unos incomprendidos en este mundo, hija mía. Todo nos afectará siempre de forma diferente y algún día pequeña, sabrás que aquellos que realmente te amen podrán notar que eso te hace valiosa. Los otros se cansarán de ti.










Quise interrumpir, pero, aquella conversación no sólo tenía por intención humillarme y destrozarme, sino que, se trataba de una muestra de complicidad entre padre e hija en la que consideré que no era necesario que participara.










- Sol es una niña buena. No la hagas llorar. Eso es lo que los padres odiamos y queremos evitar.




- ¿No ves lo idiotizado que está? Además, está en La edad de amar por entero y de la forma más tonta posible. Probablemente será inofensivo para ella.




- No es la edad, Valeria. Es el amor. Eso nos idiotiza y nos hace inofensivos o el peor de los espartanos.




- No quisiera incomodarlos, en serio, pero aún estoy aquí y puedo oírles.




- Lo sabemos. Por eso estamos hablando de ti.




- Ya dejemos a Jorge en paz, Papá. Estoy segura de que debes estar cansado y hambriento.




- La verdad quisiera primero darme un baño y luego volver a mi sillón a ver a mis fieles amigas de largo cuello.




- Nada de alcohol por ahora.










Venegas fue a tomar su ducha y a lavarse todas sus partes de viejo borracho. Aproveché su ausencia para hablar con Valeria en la cocina, mientras ella preparaba la comida.










- Oye, entiendo que no te caigo bien, pero agradecería que no sigas tratando de ponerme mal con tu padre.




- ¿Ponerte mal?




- Toda esa mierda sobre Sol, no te hagas la tonta.




- ¿Qué tendría de malo que te guste Sol o alguna otra mujer, Jorgito?




- No hablo de si me gusta o no. Ése no es su asunto. Me refiero a eso de que la traje aquí y que estaba casi desnudo y toda esa basura.




- Jorge, deja de exagerar. A mi padre no le preocupa, no le molesta, ya viste su reacción.




- Mira, no me preocuparía si fuese cierto, pero sabes que no es así.




- No lo sé. Cuando llegué y los encontré aquí no los vi en las mejores condiciones.




- ¡Yo estaba así porque tuve que sacar a tu padre del mar la noche anterior! ¿Es que no sabes que intentó suicidarse? Fui yo el idiota que tuvo que ir de la cama al puto océano a sacar a tu ebrio padre.




- Lo sé. Cuando llegué me lo contaron.




- Sol vino a verme porque supo lo de tu padre. ¿Quién carajo no se enteró en este pueblo de mierda? Estaba preocupada y, Sol lo quiere, no sé porqué.




- Y tú la quieres a ella, niño.




- ¡Dejen de llamarme “niño”!




- ¡Cálmate! Estás haciendo una escena atroz e innecesaria. Oye, lamento haberte molestado si lo hice. No pensé que dramatizaras tanto la situación.




- No quiero que me metas en problemas con tu padre.




- ¿Crees que mi padre está interesado en tu vida amorosa? Oye, acaba de tratar de matarse. Puedes estar seguro de que tiene cosas más importantes en las que reparar que tus amoríos adolescentes que además van a llegar a nada, ¿no? Tendrás que irte cuando termine el verano, genio.










Venegas entró en la cocina. Había escuchado parte de la conversación desde hacia un rato.










- ¿En esta casa no se piensa en comer?




- Ya está lista la comida. La habría terminado antes si es que no tuviera que soportar que me vengan a joder mientras cocino.




- Había cosas que aclarar.




- Ven Jorge. Ayúdame a poner la mesa. Es mejor dejar a mi hija un rato a solas cuando está molesta. No quiero que se desquite poniendo menos porción en mi plato en venganza.




Cuando comíamos, Valeria parecía menos molesta. Venegas no dudó en preguntar, acorralándonos










- ¿Hay algo que haya pasado en mi ausencia que deba saber?




- No Papá, ¿por qué?




- ¿Qué clase de relación hay entre ustedes, Valeria?




- Jorge me parece atractivo. Es un niño bastante inocente, además de sugerente.




- ¿Sugerente? Valeria, eres una adulta. Tienes 23 años, ¿cómo puedes estar interesada en un crío que a lo más suma la mayoría de edad?




- Siento la necesidad de corromperlo. Me encantaría compartir con él mi consolador.




- Perdonen, pero estoy aquí, puedo oírlos y créanme, no quiero saber más.




- Deberías sentirte halagado ante la posibilidad de que mi hija se fije en alguien como tú.




- “Alguien como tú”, padre ¿qué es eso? ¿Qué tratas de decir? Él, hay que reconocerlo, se parece mucho a Gustavo.




- No es cierto.




- Es mi parecer. Por lo demás, siempre me sedujeron los niños menores.




- ¿Podrían parar?




- Saborea este momento, Jorge. Nunca más ninguna mujer te dirá algo tan honesto ni tan incitante como el que está dispuesta a compartirte su consolador.




- ¡Dios, dejen de hablar de mi consolador!




- Tú lo sacaste.




- ¿Siempre tienen discusiones como ésta mientras comen?




- Sólo cuando mi padre percibe que hay algún otro hombre más atractivo que él en la mesa.




- Valeria, por favor.










Y sentí enormes ganas de levantarme y correr.










A la mañana siguiente mi padre y su maldita camioneta aparecieron. El hombre insistió en que venía por mí, no sin antes preguntar cómo se encontraba su amigo Jaime. Hablaron un rato y Venegas le contó la heroica proeza que había realizado el Joven Jorge Martínez, ayer hijo malcriado y hoy buen samaritano, redimido de sus culpas por causa del sacrificio desinteresado de arriesgarse por salvar la triste alma y el triste cuerpo de un olvidado y viejo escritor más maldito. Le habló de cómo luché contra la corriente y cómo me impuse contra sus voluntades, la de Venegas, la del mar y la de la muerte.










- ¡Sí que has tenido aventuras este verano!- Ironizó. - Bueno, vengo a buscarte porque dijiste que querías irte.




- Sí. Lo he estado pensando mejor y creo que no es prudente marcharme ahora.




- ¿Qué cambió desde la última vez que llamaste?




- Venegas...El Señor Venegas necesita compañía y cuidado, creo. No podría ser tan mal agradecido como para dejarlo así, ahora.




- Pero ahora está Valeria conmigo- Acotó Venegas.




- Padre, creo que Jorge tiene razón. Hay cosas que yo no podré hacer sola. Creo que es mejor dos cabezas vigilándote.




- No necesito que se me vigile, ni que fuese un niño.




- No, eres todo un hombre, por eso eres peligroso para ti mismo.










Por momentos se hizo un silencio del que las palabras anteriormente dichas se colgaban y parecían seguir sosteniéndose en el aire.










- Bien Jorge, ¿te irás o no?




- Si al Señor Venegas y su hija no les molesta, preferiría quedarme por un tiempo más.




- Y si a mí no me molesta.










- Claro Padre, y si es tu voluntad también.













- Por mí está bien. Jaime, ¿ha causado mi hijo algún problema?




- Estoy muy agradecido con la labor de tu hijo en mi casa. No sólo ha sido un gran asistente y un perfecto aprendiz, ha sido una compañía muy grata y mi salvador. Tenerlo en casa y tener también a Valeria me hacen sentir muy...feliz. Feliz como cuando










No fue posible que terminara su frase. No fue necesario.










- Entonces, está bien que te quedes hijo. Dime, ¿necesitas algo?




- Una chaqueta que no esté manchada.




- ¿Para qué una chaqueta en la playa, Jorge?




- Hace frío. Frío a veces.




- Arreglaré eso. Si me disculpan, debo retirarme. Me alegra que estés bien Jaime. Mejórate y no vuelvas a asustarnos así.




- No lo haré, lo prometo, por ahora no de nuevo.




- Dale saludos a mamá y dile que me llame.










Y me sentí muy a gusto cuando Papá se marchó. Posteriormente continué la lectura del segundo libro de Venegas. Se llamaba “Insufrible”. Trataba del suicidio del hijo de la pareja que en el libro anterior se había divorciado. Esta vez el personaje se daba cuenta de que el dolor que había tenido que soportar esta vez era mucho peor, le superaba. Gracias a la lectura entendí que el comentario de Valeria. Gustavo, hijo de Jaime se había suicidado a los catorce años, en un campamento de verano. Las razones que explicaba el autor en su historia eran un poco dudosas, como si él respetara el no conocer del todo la interioridad del pequeño. Problemas en su relación con ambos progenitores, una hermana que se marchaba a estudiar afuera, los típicos conflictos de identidad de la adolescencia. Si Valeria tenía razón y yo me parecía a su hermano, entendía mejor porqué Venegas había decidido seguir a su hijo ahora que me encontraba en su casa, porqué su actitud de cierto modo paternalista, porqué incluso había parecido distante en un comienzo. Quise hablar con él. Mencionarle que había leído sus libros, que no me atrevía a leer el siguiente, que agradecía que compartiera conmigo parte de su vida, que me confidenciara sus secretos así, exponiéndose ante mí, pero consideré que no era el momento, que aún debía sentirse débil y que tal vez movilizaría emociones negativas nuevamente.










Valeria se acercó a mi habitación para hablarme.










- Te quedas por ella, ¿no?




- Me quedo por tu padre.




- Eso puedes hacérselo creer a tu propio padre o al mío pero a mí no me engañas, querido. Pensé que lo podrías hacer por gratitud, pensé que lo hacías porque te sentías en deuda con Jaime, pero, ahora veo que es por causa de esa pequeña rata.




- ¡No te atrevas a hablar así de ella!




- Mira, idiota. No dejaré que te aproveches de mi padre, ¿oíste? Y sobre ella, deja de soñar. Ella va a quebrarte y, ¿sabes? Ojalá pueda seguir aquí para ver

Mientras avanzaba el mes, el cuidado de Venegas lo compartíamos con Valeria. Cuando ella se quedaba a cargo, yo tenía la oportunidad de salir a pasear por las calles con el perro y de encontrarme con Sol. Nos veíamos a diario y pasábamos un par de horas caminando o juntos en la plaza. Comenzó a mostrarme sus rincones favoritos en aquel inmundo hoyo triste, cada vez más mío. Yo le enseñaba lo que había escrito sin jamás mencionar que aquellas letras se inspiraban en ella, en su belleza, en lo feliz que me hacía verla. Comencé a creer en que podía escribir, comencé a creer que los otros tenían razón. Me había enamorado de su fragilidad, de su pureza infinita.



- Sol. Yo sé que lo que voy a decirte es raro. Sé que no debería, pero, tú me gustas.




- Tengo que irme. - Respondió, sin mirarme.




- Sol, no te enojes.




- No estoy molesta.




- Yo no te pido que me quieras.




- Deberíamos dejar de vernos un tiempo.




- Sol, no. Yo, ¡no me hagas esto!




Echó a andar a prisa.



- Sol, ¡por favor! Yo te quiero. ¡Me gustas! Eres la razón por la que sigo en este pueblo.




- Jorge, esto no es posible.




- Sé que tendré que irme, pero si quieres puedo quedarme o puedes venir conmigo.




- Jorge, estoy comprometida.




Y sé que los lectores podrían oír mi corazón quebrajándose en aquella línea.




- ¿Comprometida?




- Mis padres me prometieron a un primo cuando éramos niños. Están esperando a que cumplamos la mayoría de edad para casarnos.




- ¿Y cuánto falta para eso?




- Será a fin de febrero- Respondió entre lágrimas.




- ¿Y tú lo quieres?




- ¿Casarme?




- A él.




- Es mi primo- Comenzó a llorar desesperadamente- .Yo lo quería, estaba segura, hasta que te conocí.- Admitió luego, con un hilo de voz apenas audible.




- Sol, no dejaré que te hagan esto. - Tomé sus manos amándola con todas mis células, convencido de que verdaderamente podía y debía hacer algo al respecto, que no dejaría que arrancaran de mí la posibilidad de compartir mi vida junto a ella.




- Jorge, no hay nada que hacer. No me busques, por favor.




- Sol, no me pidas eso. Yo te quiero.




- Y yo a ti, pero es mi familia. No puedo hacer nada.




- Podemos hacer algo.




- Jorge, me tengo que ir.





Sol se marchó y yo me quedé allí, detenido, congelado en aquella escena por unos minutos. La realidad se me hacia relativa, se me hacia imprecisa, se me hacia insoportable. Regresé arrastrándome a casa de Venegas y me encerré en la habitación. Me encerré y lloré. Lloré y escribí las palabras más tristes que jamás conocí. Desde que había llegado hasta ese día llené la libreta que me regaló mi padre y también la que me dio ella en mi cumpleaños, luego continué con los cuadernos que había llevado. Cuando desperté, Venegas estaba leyéndome.




- Hombre, de verdad y sí estás enamorado.




- No debería leer esas cosas- dije con más molestia que con vergüenza.




- Mira, yo no soy poeta, pero considero que tus escritos están muy bien estructurados, muy bien a nivel estético y blá. Me has sorprendido.




- Hay que quemar toda esa mierda.




- ¿Pero es que te has vuelto loco? Imagina cuántos críos a tu edad llegan a escribir como lo has hecho. Créeme, no muchos.




- ¿De qué me sirve? ¿Cree usted que esto es útil? ¿Cree acaso que en el mundo real esto tiene algún valor, alguna validez, algún sentido? La gente perfectamente puede sentarse y limpiarse el orto con mis palabritas.




- Oye, cuida tus palabras en mi casa, más cuando te refieras al arte.




- Esto es inútil y usted lo sabe mejor que yo.




- Puede no ser útil, tal vez, pero sabes que nada va a ser para ti más necesario.




- Lo único que necesito es a una mujer a la que no podré tener.




- Niño, estás demasiado triste ahora. Pronto verás las cosas de otra forma.




- ¡Sol se va a casar!




- No contigo, ¿verdad?




- Con uno de sus primos. Sus padres la comprometieron cuando era niña.




- Dios, es increíble.




- Sol me quiere. Me quiere a mí.




- ¿Y qué van a hacer?




- Me pidió que no volviera a buscarla.




- ¿Es lo que harás?




- No. Seguiré viéndola. Si ella no me quisiera podría dejarla, podría olvidarme de ella sin más.




- Por lo que leo aquí, eso en verdad sería difícil.




- Pero, ¡podría entender lo absurdos que son mis sentimientos! Pero, ella me quiere, eso me lleva a creer que puedo, que debo luchar por ella.




- Jorge, ten cuidado con lo que vas a hacer. A veces la magnitud de nuestros sentimientos no nos dejan ver cuán inmensa es la verdad.




- ¿Y cuál es esa verdad que debería ver según usted?




- Que ella va a casarse, no contigo y que pidió que no la buscaras.




- No me pida que me quede aquí, revolcándome de dolor.




- Te pido que te cuides. Mira, yo te entiendo. Es posible que ahora veas esta situación como lo peor que podría sucederte pero cuando llegues a mi edad sabrás que hay cosas mucho más incurables que podrían pasar y notarás que esto será una anécdota más. - Entendí el significado de sus palabras.




- Leí sus libros. Los primeros dos, al menos.




- Sí. Ahí hay...cosas como las que te digo. Cosas incurables.




- Bueno, pero volviendo a tu tema, yo opino que si Sol va a casarse y aún así ustedes se quieren, traten de disfrutarse todo el tiempo que puedan estar juntos, cada día, cada hora, a cada intento, así como en “Shakespeare Enamorado”, ¿la viste?




- No.




- Shakespeare conoce a una señorita, doncella, que está prometida a otro hombre y entonces, él se dedica a estar con ella todo el tiempo que le es posible antes de que ella y su prometido tengan que irse a otra ciudad. Claro, el director obvio que el escritor estaba ya casado con anterioridad, que tenía hijos y deudas en Avon, ¡qué sé yo! Eso no es lo importante de todos modos. Lo importante es que estén juntos mientras puedan.




- Supongo que sí, pero creo que Sol no piensa lo mismo.




- La gracia es que cuando se quiere, no se piensa un carajo. Disfruta el momento, niño, porque cuando dejes de quererla y vuelvas a la realidad tendrás que pensar en todos aquellos detalles que omitiste. Si ella te quiere, va a estar tan carente como tú de un juicio inteligente. Vivan la enajenación.




Luego de la conversación con Venegas, continué durmiendo. Me sentía incapaz de levantarme. Me sentía incapaz de ponerme en pie. Tuve pesadillas molestas en las que, por ejemplo, veía a Sol caminando delante de mí, sin notarme, en un lugar que yo desconocía. Ella se marchaba a prisa y yo la seguía para darle alcance. Luego entraba en unas casas a buscarla y salía de ellas y volvía a verla en la calle andando ajena, lejos. De pronto se detuvo en una esquina a la espera de que el semáforo le permitiera cruzar al otro lado. Creí que podría llegar hasta ella y caminé, me apresuré hasta que no la vi de nuevo. Había abordado un bus al cruzar y yo me había quedado allí, sin poder atravesar la calle, sin poder llegar hasta ella, sin saber cómo seguirle. Toda mi odisea había sido en vano. Oí la voz de Valeria llamándome entonces desde el otro lado de la puerta.



- Jorge, ¿puedo pasar? Te traje algo de comer. Has dormido todo el día.




La invité a entrar.




- ¿Cómo estás? ¿Te sientes bien? ¿Estás enfermo?




- Estoy bien.




- Te traje de comer porque no has comido en todo el día y...




- ¿Tú lo sabías?




- ¿Saber qué?




- Lo de Sol. Sabías que se casaría.




- Lo supe.




- ¿Cuándo?




- Al poco tiempo de llegar.




- ¿Cuándo?




- Cuando llegué pasé al local de su familia y, bueno, su madre me lo comentó. Es de esas señoras que apenas sabe que llegaste al pueblo quiere contarte la vida de todos los vecinos y ser la primera en informarte, pero, luego lo olvidé porque la verdad es que no recordaba quién era ella y estaba preocupada por lo de mi padre. Sabía que había sido amiga de Gustavo porque tenía su edad, pero, hacía años que no la veía. Luego, cuando llegué y la vi contigo vestido o desvestido así me pregunté qué hacia aquí una niña comprometida con un crío que estaba solo. Por eso fui...hostil con ella.




- ¿Por qué no me lo dijiste?




- No podía. Cuando supe que te gustaba me sentí mal. Mi hermano...No quiero que sufras como mi hermano, ¿sabes?




- ¿Creíste que al no decírmelo ibas a protegerme?




- No sé si lo llamaría protegerte. Sólo pensé que lo descubrirías tú.




- ¡Claro que lo descubrí!




- Probablemente de habértelo dicho no me hubieras creído.




- Es probable- Razoné.




- Pero, véele el lado positivo.




- ¿Cuál es?




- No lo sé. Te... ¿sirve de inspiración?




- ¿Tú y tu padre no piensan en otra cosa que vincular el arte de forma irónica con todo?




- No me refería sólo al arte. Me refiero al vivir. Pasar por estos pequeños episodios de dolor a veces ayuda a saber quién eres y dónde estás, qué quieres y qué eres capaz de hacer por tenerlo. A veces el dolor ayuda a valorar. Ahora, siéntate de una vez a comer.




- Valeria- la detuve antes de que se marchara-, gracias.




- Provecho.




- No, no sólo por la comida. Por todo.




Sonrió para mí y noté su nostalgia.




Durante siete días busqué a Sol por calles y plazas, en aquellos lugares en los que no la encontraba, pero en los que estaba. El mundo estaba poblado de su mirada. La esperé en la playa en los ocasos, por las tardes en aquellos sitios que ella me enseñó. Ella no venía y nunca estuve más con ella. Ella en mi corazón, ella en mi mente, ella en mi boca que la reclamaba intentando conjurar su presencia. Al terminar la semana fui al lugar donde la vi por primera vez. Pensé que la podría hallar, pero, encontré allí a su madre. Hice una compra inútil y pregunté por la hija.




- Fue al pueblo donde vive su prometido. Tenía preparativos que hacer para la boda. Diligencias que sólo puede hacer una novia. Tú debes ser el joven que está con don Jaime, ¿no?




- Sí, soy.




- ¿Algún recado?




- No. Es que no la veía hace unos días atrás y entonces Venegas consideró que era de buena educación preguntar por su estado.




- Ahh...Venegas. Él es muy considerado- No me creyó-. Aprovechando la ocasión, mira, voy a entregarte el parte de la boda ahora mismo, ¿podrías entregárselo a don Jaime?



Y si aquello no fue crueldad, no sé cómo definir el término.



No fui capaz de abrir la invitación durante el camino de regreso a casa. Replicaba en mis oídos aquella frase que intentaba con éxito mofarse de mí: “También estás invitado”. Llegué, entregué el sobre a Valeria, dejé las compras sobre la mesa y me dejé caer sobre el sillón de Venegas mientras el perro se dejaba caer también a mis pies. Cuando Venegas apareció para reclamar su sitio notó mi expresión vacía, mi mirada absorta en un punto indefinible que abarcaba el mar, el cielo, la nada, el piso, la pantalla del televisor, una polilla cerca de la lámpara, un pájaro errante en la lejanía, una mosca en la ventana, los ojos de Sol, el hueco en mi pecho. Valeria alzó el parte indicándoselo a su padre, éste entendió el mensaje, asintió y acarició mi cabeza de forma paternal, acercando mi rostro a su gran pecho, obligándose a adoptar una posición curiosa que me ofrecía más su entrepierna que consuelo, pero, el contacto desató en mi un brote de lágrimas que me costó minutos eternos- unos cuarenta y siete quizá- contener.



***

28/7/14


Valeria me usaba de modelo para su pintura mientras yo intentaba seguir siendo funcional ante mis obligaciones sin hablar, sin tener apetito, pudiendo dormir apenas dos, quizá tres horas diarias, acosado con pesadillas que conseguían perturbarme el sueño y el ánimo con el que me enfrentaba al las labores cotidianas al despertar. Los días eran pesados y el aire me parecía intensamente cargado de metales.


- Me gustaba más el Jorge que encontré casi desnudo.- Soltó, sacudiéndome.




- Ese Jorge estaba con Sol.




- Ése era el Jorge que quería en mi pintura. Éste tiene un aspecto de desolación y de abatimiento que no me parece adecuado.




- Bueno, entonces no poso un carajo.




- Jorge, quédate. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a ir a alguna parte? ¿Vas a encerrarte en tu habitación?




- ¡Déjame!




- ¿Podrías sonreír un poco?




- No tengo ganas. ¿De qué me voy a reír?










Se me acercó con su paleta de pinturas.





- ¡No te muevas! Si lo haces perderé la pose y cambiarás toda la pintura.





Me dibujo unos bigotes frondosos. No me pareció divertido. Me molestó. Metí un dedo en un poco de pintura verde y le dibujé un par de rayas en la cara, desconsideradamente. Ella tomó pintura roja y me dibujó lunares. Yo puse un poco de pintura rosada sobre su cabello oscuro y ella aprovechó mi torso desnudo para dibujar sobre mi pecho un par de ojos amarillos y una sonrisa de color violeta. Miró mi rostro- según ella, pese a que yo me reía, seguía con el ceño fruncido- y se desabotonó la camisa desde el último botón hacia el cuello, embarró mis torpes dedos con algo de pintura y me obligó a dibujarle algo que me parecía más el aborto de una sonrisa.




- Se parece a ti- Dijo. Yo sólo me atreví a mirarla sin decir nada porque notaba que por minutos no me había sentido triste y aquello entonces se convertía en un alivio-. Deberías ser más feliz, “Jorge Sonrisitas”. Te ves demasiado parco.




- Gracias Valeria.




- Vuelve a tu posición, pequeño. Aún queda mucho Apolo por pintar.






Detrás del caballete, absorta en su labor, la luz de la tarde contra su piel desnuda le daba una lectura de seguro mucho más artística que la que pudiera encontrarse sobre mi humanidad desdichada. Seguía pareciéndome linda incluso entre todos aquellos colores desordenados.




- ¿De qué te ríes ahora?




- Nada.




- Te estás riendo.




- No.




- Sí. No quiero un Apolo sonriente.




- Pero me dijiste que fuera más feliz.




- Tú, no el personaje que te pido que encarnes. Es diferente.




- ¿Me pongo serio entonces?




- Nadie puede ser serio como estás. ¡Mírate! Tienes lunares, querido. Lunares rojos por toda la cara y esos grandes bigotes que te hacen ver muy, muy ridículo y con mucha clase.




- Tú no te ves mucho mejor.




- ¿Crees que debería quitarme los sostenes? Quizá así me vería bien, ¿no?










Siguió pintándome muy concentrada.










- ¿Por qué crees que va a casarse?




- Tiene que hacerlo.




- ¿Tiene?




- Está comprometida.




- Sube la mano, estás cambiando la postura. ¿Crees que eso importa?




- Debe ser importante si no quieres que lo haga. Supongo que cambiará el resultado de la pintura.




- Eso no, lo del compromiso.




- Supongo que sí, también.




- ¿Qué le dijiste?




- Que la...que la quiero.




- ¿Y qué dijo ella?




- Que se tenía que ir.




- Entiendo.




- Luego yo le dije que no se enojara, que yo la quería y que podía quedarme aquí.




- ¿Sabes que mi padre tiene que irse cuando termine el verano? Su salud y edad no le permitirían pasar el invierno en la playa.




- Lo sé. Le dije que ella podía irse conmigo.




- Parece demasiado.




- Es menos de lo que se merece.




- Yo una vez tuve un novio y él parecía estar interesado en mí sólo por la posibilidad de acostarse conmigo. Cuando creí notar que él en verdad no me quería, sino que más bien parecía sólo querer rellenar un orificio le dije que si él quería quitarme la virginidad, yo también tenía que penetrarlo.




- No quiero más detalles.




- Tendrás que oírlos. Es importante. Nunca nos acostamos porque Jorge, las mujeres sabemos cuando alguien nos quiere. Lo que ustedes no saben, lo que nunca llegarán a saber es el cómo querernos, cómo hacernos felices. Ustedes no entienden que somos pequeñas princesas que necesitan ser rescatadas, pequeñas niñas que necesitan ser protegidas, doncellas que necesitan ser corrompidas y pequeñas furcias que deben ser devoradas, pero, ustedes no pueden hacer dos cosas a la vez, no pueden atender a todas las mujeres que hay en una sola. O aman a una o fornican a otra, pero, no pueden hacerle el amor a la misma, no pueden amar a una sola y a todas. Probablemente y al punto al que quiero llegar, más allá de la crítica a tu género es que Sol pudo sentir pavor ante la idea de que para ti esto sólo sea una aventurilla de verano. ¿Ves? Tú te irás y, párate un poco más derecho. Tú te irás y todo será igual para ti, pero, en ella y para ella las cosas cambiarían. Yo también temería por mi integridad.




- Yo la quiero, no le haría daño.




- Pues, tendrás que convencerla. Yo le ofrecí a ese novio penetrarlo a cambio de que él me lo hiciera porque sabía que no aceptaría y entonces, eso hacía más fácil el que yo me negara aduciendo que no había simetría entre nosotros. Ella antepone su compromiso, ¿ves?




- Entonces, ¿qué hago?




- Ni idea con ella. Para mí, ya fue suficiente. Puedes moverte ya. Debes estar cansado.




- Me duele todo.




- Ve a limpiarte.




- Pero no sé cómo quitarme esto.




- Eso sale con jabón, con lavalozas, con aguarrás. Métete en la ducha.










Una vez abierta la regadera, dejé que el agua y el jabón intentaran quitarme el óleo de la piel. El agua parecía no surtir efecto, como si a la pintura le fuese inmune. Quise de forma tonta estar recubierto de capas y capas de pintura para así poder permitirme una ilusión de imperturbabilidad.










- ¡Oye! Esto no se sale- Clamé cuando me cansé de fregarme y consideré la posibilidad de que estaba quitándome la piel.




- ¡Pero es que no haces nada bien! - Se apresuró en llegar hasta mí desde la habitación. Tomó la esponja de baño con algo de jabón y comenzó a frotarme la barriga para difuminar la imagen de aquella sonrisa en un intento por desdibujarla del todo. La piel comenzaba a enrojecerse y a arder mientras consideraba el que Valeria tenía una faceta masoquista tallándome así. Estaba terriblemente atenta a la labor de limpiarme a cualquier precio, de modo perfeccionista casi. Cuando ya no podía resistir el dolor que me generaba su labor, le lancé un chorro de agua que dio de lleno en su cara sin lavar. Pareció molestarse y se detuvo abruptamente.





- Ya salió casi todo. Ahora, quítate lo de la cara tú solo.




- Lo siento. No te enojes.




- No me gusta el agua. Es todo.










Valeria podía ponerme feliz pero también podía confundirme de forma absoluta.










Oí que afuera Venegas hablaba con su hija.










- ¿Pero qué haces saliendo en sostenes de la habitación de Martínez y con la cara así? ¡Dios! Te tiras a un crío y además con una nueva forma de parafilia con óleos. Hija mía, no sé si sentirme orgulloso por tu creatividad o decepcionado por la promiscuidad.




- Padre, estoy pintándolo.




- ¿Y por qué estás así, sin la camisa? Además, estás mojada, por lo menos, se te ve mojada. No quiero saber más.




- ¡Dios! ¡Es que todo tiene que tratarse de sexo!




- ¿De qué más va a tratarse con jóvenes como ustedes? ¿Y por qué diablos lo pintas a él? ¿Por qué casi desnuda?




- ¡Porque lo tienes metido aquí en la casa todos los días y yo necesitaba un modelo! ¿A quién más voy a pintar?




- ¿Y porqué no buscaste uno en la playa?




- Porque ninguno vendría a posar todos los días para mí. Además, en este pueblo muerto no hay nada más que abuelos, ¿lo notaste? Es como si toda la vida estuviera aquí esperando el momento justo para desaparecer. Y, sabes que yo no voy a la playa. Sabes que odio el agua desde lo de Gustavo.




- Valeria, ten cuidado. No, no me interesa si te gusta o no ni lo que hagan. Sólo, ten cuidado. Eres adulta, ¿sabes? Él es menor y si no es violación o abuso de menores, podría ser estupro.




- No habrá estupro ni nada, papá. Mira el maldito cuadro y ya.




- Vístete, por Dios. Luego trata de venderme tu arte. Vístete y quítate esa pintura del cuerpo. No quiero ni pensar qué han estado haciendo.




- Papá, no sé si hablas en serio.




- Quiero que se cuiden, eso es en serio.




- Papá, no habrá estupro.




- Sólo cuídense- repitió, marchando a su sillón.










Cuando salí de la ducha, Venegas habló conmigo y de forma autoritaria me explicó que abrirme las puertas de su casa no significaba abrir para mí las piernas de su hija querida, que debía tener respeto, que podía ser como mi madre con aquella diferencia de edad que existía entre nosotros- asumió exagerar en ese punto-, que yo debía ser leal con él y no con mi instinto.










- Jaime, sé que está preocupado, pero, ¿se da cuenta de que es usted quien le falta el respeto a su hija?




- Oye, no soy yo quien la saca de su habitación en ropa interior.




- Valeria estaba pintándome, esa es la verdad. Se quitó la camisa porque según su impresión, yo estaba muy serio.




- ¡Qué excusa más de mierda! Valeria va a tener que escucharme.




- Ella me pintó en la panza una sonrisa con las pinturas y yo parecía molesto cuando lo hizo, así que se quitó la camisa y me obligó a dibujarle algo también, a modo de respuesta. No fue más que eso. Su hija es muy buena conmigo, pero es una mujer más que inteligente. No creo que se sienta atraída por mí o haga todo esto por alguna intención inmoral, además, yo estoy enamorado de Sol.




- A tu edad, cariño, los hombres estamos enamorados de lo que nos dice la entrepierna, no de una mujer. No me trates de engañar.




- Pues, lo que mi entrepierna me dice es que Valeria es una mujer adorable, pero, a la que no quiero.




- Sólo mantén una distancia prudente, hijo. No quiero problemas entre ustedes. Y, saca al perro. Con lo distraído que estás últimamente te has olvidado que este gigante necesita recorrer sus tierras.










Hice caso a la petición de Venegas y salí con el San Bernardo. Lo llevé hasta la plaza y sufrí la misma rutina de siempre: pensar en Sol mientras las horas se me alejaban. De haber entendido antes cómo funciona el destino, habría esperado el golpe que recibiría. Sol se sentó a mi lado en la banca mientras yo estaba mirando al mar pensando en cuánta razón pudo haber tenido Venegas al buscar a las sirenas.










- Supe que fuiste a mi casa.




- Hola-musité.




- No debiste hacerlo.




- Necesitaba verte, saber que estabas bien.




- Lo que hiciste me ha traído muchos problemas. Mis padres te detestan. Creen que eres lo peor que existe.




- ¿Qué les hice?




- Nada. Les preocupa lo que me harás.




- Yo no te haría daño.




- No es eso lo que ellos creen.










Hablaba sin mirarme, con la vista fija en la punta de sus zapatos.










- ¿Y cómo te fue con los preparativos para la boda?




- Bien-. Respondió con tristeza.




- Me alegra saber que todo saldrá en orden.




- Jorge, cállate. No vine aquí por eso.




- Pues, creo que es mejor que me vaya.




- ¡Jorge! Por favor, quédate. Siéntate o, mejor vayamos a otra parte. ¡Sí! Vamos a otro lugar.










Mientras yo recogía al perro, me tomó de la mano y comenzó a correr. Los tres íbamos a la velocidad del furor, al ritmo de la desgracia y de la absurda rebeldía que la juventud provee. Llegamos hasta una casa que según explicó era la de sus padres. Allí vivía con ellos y un hermano mayor, de la edad de Valeria. Me jaló hasta su habitación con el perro incluido. Su cuarto daba hacia el patio y éste a una calle vacía. Una pandereta endeble dividía el mundo exterior de aquel hogar.










- Jorge, yo te quiero. - Oí antes de sentir el peso de sus labios sobre mi boca hambrienta de su amor. Comenzó a llorar sentada sobre la cama mientras yo la abrazaba e intentaba consolarla acariciando su pelo, besando torpemente su cabeza, su frente. - Cuando estoy contigo, soy una mariposa. Soy verdaderamente feliz.










De repente oímos pasos subiendo la escalera y el perro ladró tras la puerta.










- ¿Sol? ¿Estás sola? ¿Por qué escucho un perro?




- ¡Es mi hermano! Tienes que esconderte.




- ¿Dónde?










El hermano trató de girar la perilla de la puerta para abrirla.










- ¡Sol, ábreme! ¿Con quién estás?




- Estoy sola, déjame.




- Abre la puerta Sol, es una orden.




- ¡No voy a abrir!




- Sol, no estamos haciendo nada malo. Déjalo pasar.




- Tú no sabes, Jorge. Nos va a matar.




De cierta forma me sentía capaz de soportar cualquier desafío. Sol me quería. El amor lo justificaba todo, cualquier sacrificio y cualquier bendición. Sol abrió la puerta y el hermano saltó dentro, vio al perro y luego a mí, luego dirigió la mirada hasta su hermana.



- ¡Eres un hijo de puta! - Se lanzó contra mí e intentó golpearme. Sol trató de separarlo de mí luego de que fui embestido y caí sobre la cama. El perro ladraba, ella gritaba, él decía cosas que no recuerdo y yo sangraba y no estaba seguro de poder seguir respirando.










- Levántate y lárgate. ¿Crees que puedes faltarle el respeto así a mi hermana y que todo será como si nada? Escúchame, ¡no vuelvas a buscarla!




Yo estaba mareado pero sonreía y dejaba ver como la sangre me teñía los dientes.










- No es así, no es su culpa. Yo lo traje hasta acá. No hicimos nada malo, hermano.




- ¡Cállate!- Ordenó- ¿Es que acaso no ves que este imbécil no te conviene, que sólo está interesado en ti porque eres una tonta que va a acostarse con él? ¿Crees que te quiere? ¿Crees que le importas? Si te quisiera te dejaría en paz ahora que sabe que vas a casarte. ¡Y tú! Mañana al amanecer quiero verte, infeliz. El honor de mi hermana tendrás que pagarlo. Nadie trata de abusar a mi hermana y se queda sin recibir lo que merece.










Así es como me vi cordialmente invitado a un duelo a muerte por pasear a un perro y llevarlo hasta una plaza en la que una mujer me habló, me dio lo más hermoso del universo que era para mí su sonrisa, su amor y a la vez, la maldición más terrible, la tristeza y la muerte. Unas cuadras antes de llegar a casa de Venegas, el ojo derecho se me hinchó por completo hasta cerrarse. Caminaba apenas mientras el perro me jalaba como asegurándose de que arribara al hogar con él antes de que me cayera en el camino y lo obligara a tener que quedarse acompañando mi cadáver. Seguía tragando sangre y sospechaba que me habían fracturado el pómulo. La nariz estaba rota, eso era un hecho. Al llegar, procuré sonreír.










- ¡Hombre! Cada vez que sacas el perro a pasear llegas en peor estado. ¿No le pasó nada a mi cachorro?- Bromeó Venegas al verme llegar.




- No, nada a él. El amenazado de muerte soy yo.




- Siéntate en el sillón. Debes venir cansado. Ahí estarás más cómodo.










Encendió la luz que estaba estratégicamente posicionada sobre el sillón. Supuse que estaba allí para iluminar mejor a Venegas cuando leía o escribía frente a la tele. Lo vi desaparecer y luego volver con un pequeño botiquín. Valeria llegó desde la cocina con una bolsa de hielo que me lanzó a la falda, la que aterrizó peligrosamente cerca de mi entrepierna.










- Enfríate los huevos, idiota. Quizá te traiga otra para la cara.










Me llevó un vaso con agua y una tira de analgésicos. Puso un comprimido en mi boca y me alcanzó el vaso. No dijo nada más. Venegas trató de hacer magia aplicándome una pasta que según él bajaría la inflamación. Me aconsejó aplicar la compresa improvisada de hielo sobre mi ojo amoratado que parecía querer reventar mientras él se ocupaba de mi nariz sangrante.










- Me ha pegado el hermano de Sol.




- ¿Qué has hecho esta vez?




- La he acompañado hasta su casa.




- ¿Qué parte de la casa?




- Su habitación.










Venegas se rió. Se rió más de lo que esperaba.










- ¿Al menos ha valido la pena?




- Me ha dicho que me quiere.




- ¿Eso es todo?




- ¿Qué más debió haber?




- Tú si que estás loco, Martínez.




- Su hermano quiere verme mañana.




- ¿Para qué? Seguro le agradaste mucho, ¿no?




- De seguro va a matarme. Dice que mancillé la honra de su hermana y quiere reparar el daño.




- Dios, Jorge. Te metiste en un problema grande sólo por pensar con el miembro.




- No, no. A Sol la amo, ¿usted entiende?




- Mira cómo estás. ¿Podrías pensar en ti?




- Estaré bien.




- ¿Vas a ir?




- Iré.




- Es un duelo, ¿no?




- Supongo.




- ¿Entiendes que hay una probabilidad de que realmente te maten? Las cosas no son aquí como son en la ciudad. La gente aquí no juega con eso ni con la honra ni con la palabra empeñada. La gente aquí se quedó atrás en el tiempo, es cosa de que mires cuán viejos son todos. La última generación joven es la de Sol precisamente y ellos están creciendo bajo el alero de abuelos como yo que son tontos graves y, en síntesis, te matarán.




- Tengo que ir. Tengo que hacerlo.




- No. No tienes porqué, hijo.




- Por Sol. Lo haré por ella. Por Sol.




- Tu arriesgarás tu vida por Sol y, ¿ella qué hará por ti? Al parecer sólo te ha causado problemas. Niño, razona. Ella no va a sacrificarse, ella no va a llorarte siquiera cuando te maten o cuando te vayas, ¿sabes por qué? Básicamente porque va a casarse con otro y eso parece no preocuparle lo suficiente como para evitarlo.




- Pero ella no lo quiere, me quiere a mí. Me lo dijo.




- A veces querer no es suficiente, Jorge. A veces hay que hacer más que eso.




- Me iré a la cama. Debo levantarme temprano.




- Jorge, ¿tienes armas?




- No.




- ¿Tienes padrino?




- No.




- Jorge, estás perdido. Será mejor que te maten. Será menos doloroso para ti, sino, la realidad te destazará lentamente como la gangrena y te desorganizará órgano por órgano. Vete a la cama. Mañana veremos qué hacer.










A la mañana siguiente me desperté oyendo los gritos de Valeria










- ¿Cómo puede ser posible que vayas a acompañarlo? Es una locura.




- Déjalo que vaya.




- ¡Lo van a matar!




- Yo estaré allí.




- ¡Esto no se trata de ti! ¡No es sobre un intento barato de ser Capote, señor! Hablamos de la vida, de la vida de un crío. Me jodes a mí porque dices que yo podría hacer esto y lo otro con él y sin embargo estás dispuesto a ser partícipe de toda esta mierda, papá.




- Son dos cosas que no tienen relación entre sí.




- Me pides que sea responsable, eso eso. Quieres que sea responsable y no me lo tire, pero, tú puedes firmar su sentencia, ser el verdugo y el público, puedes ser el sepulturero si quieres, puedes ser el padrino y ¡carajo! Me dices que no es lo mismo. Claro que no es lo mismo. Si me acuesto con él al menos no voy a matarlo.




- Yo tampoco. Es su decisión.




- Nadie va a salir de esta casa. Ese niño no se va a mover de aquí.










Abrió la puerta de mi habitación y entró gritando. Yo me incorporé como pude, apenas. Descubrí que me dolían partes del cuerpo que no sabía que existían, incluyendo el oído al sentirla.










- ¡No es necesario que hagas esto!




- Lo es.- Dije con calma.




- ¡Es que eres idiota! ¿Es que no entiendes? ¡Te van a matar!- Gritó, sacudiéndome como si quisiera comprobar que había despertado.




- Será lo que tenga que ser.




- ¿Crees que ella va a quedarse sola si te mueres? ¿Crees que va a llamar a uno de sus hijos como tú? ¿Crees que va a suicidarse si te matan? Ella no va a hacer nada, Jorge.




- Pero yo haré lo que sea necesario.




- Jorge, mi hermano fue un ciego. Creyó que la vida se definía en un instante breve de su historia. Creyó que la vida se estanca en un episodio específico que no sabía cómo soportar ni superar, pero, tú puedes hacer algo diferente.




- ¿Cómo murió Gustavo?










Se sentó sobre la cama y comenzó a narrar como quien lee un cuento a un niño, totalmente ausente con un tono impersonal.










- Gustavo era un adolescente muy solitario, muy triste. Había sido un niño feliz hasta que sus padres se divorciaron. La separación obligó a la familia a mudarse a otra ciudad lejos del padre, el que era un escritor que comenzaba a alcanzar cierto reconocimiento en el medio, pero que a la vez descendía lentamente en un alcoholismo que estaba robándose más que su salud. Él tenía una hermana mayor que era egoísta, que comenzó a cultivar aquella fascinación por los excesos heredada de su padre a corta edad, un hedonismo y una rebeldía patética que la llevó a marcharse lejos para estudiar una carrera absurda por un par de años. Aquel verano Gustavo contaba con catorce años. Había conocido a una compañera en su nuevo liceo, la que le gustaba mucho. Para el estío ya eran novios. Tanto para su madre como para su hermana fue una conmoción tal asunto debido a que Gustavo era torpe socialmente, era muy retraído y ella parecía ser su contraste y a la vez su complemento perfecto. Parecía ser feliz con ella como no lo había sido nunca con nadie desde su infancia inocente, excepto por los problemas que tenía con sus compañeros de curso que se burlaban de él porque era tímido y delgado, porque era hijo de padres divorciados, porque leía mucho, porque sabía de cine, porque escuchaba música clásica, porque no era un buen deportista, porque era un buen alumno, porque modulaba bien y hablaba raro, porque tenía ojeras siempre y siempre parecía enfermo. En el campamento estuvo un par de semanas y según supe, según leímos en su diario, su noviecita se veía a escondidas con otro compañero. Él los encontró besándose y obviamente se sintió traicionado. La única persona con la que se sintió alguna vez seguro derrumbó toda la confianza que él había construido para ella. No sabía nada de su padre porque éste se encontraba internado en una terapia de rehabilitación, no sabía nada de su hermana porque ella se había ido de viaje con unas amigas antes de entrar a clases. Se sintió solo, se sintió miserable y entonces, una noche aprovechó que el campamento estaba cerca de un rio y- se detuvo.




- Lo siento Valeria.




- Jorge, yo sé que sientes que esto es lo peor que puede pasarte. Sé que para ti este momento significa todo en tu vida, pero, no cometas el error de mi hermano. Mi hermano se mató por una tonta que nunca lo quiso ni lo respetó ni lo valoró jamás y mi hermano valía tanto, Jorge, tanto que me parece injusto que ella siga respirando.




- Valeria, lamento lo de Gustavo, pero, Sol es distinta. Sol me quiere y- me interrumpió.




- ¡Es que no ves que ella va a casarse!




- No si puedo oponerme y para eso necesito demostrarle de lo que estoy dispuesto.










Valeria lloraba sobre la cama mientras aferraba mi brazo como una niña, como un creyente suplicando.










- No vayas.










Me despedí de ella e intenté apartarla con suavidad.










- ¡Papá! ¡Papá, no!




- Tranquila Valeria.




- ¿Vas a dejar que se muera igual que Gustavo?




- Ya decidió, como Gustavo y yo no puedo intervenir. Esta no es mi historia, no puedo variar la trama.




- ¡Serás cómplice y culpable, Jaime Venegas!










Venegas me sentó como copiloto de su camioneta y me llevó al sitio acordado sin decirme nada, viéndome de vez en cuando a través del espejo retrovisor. Yo apenas podía verlo con el ojo izquierdo. El derecho estaba por completo cerrado y mi nariz había alcanzado casi el doble de su tamaño. Aún era temprano y podía verse desde allí el amanecer y la desolación, la soledad del planeta completo, la falta total de esperanza de un lugar devastado por la quietud, como si se hubiera dormido envenenado y solamente soltara la niebla de su sopor. Bajamos del vehículo a esperar. Venegas encendió un cigarrillo y me ofreció uno.










- Es el ritual de los condenados. Fumar en espera de los verdugos.




- Pero yo no fumo.




- Puede ser una buena señal. Quizá no te toque morir hoy.




- Si llega a pasarme algo, dígale a mi padre que lamento no haber sido el hijo que esperaba.- Solicité.




- No va a pasarte nada.




- Realmente lo lamento.




- Es posible que tu padre lo sepa.




- Debí ser un buen hijo. Debí haber pasado ese curso y haberles permitido disfrutar de mi licenciatura y de los sueños que habían depositado en mí. Les fallé. No hice más que defraudarlos.




- Hijo, los padres siempre estamos orgullosos, siempre, incluso cuando nuestros pequeños se equivocan. Si fallan es porque lo han intentado y que tengan la iniciativa de tratar es suficiente mérito, sobre todo cuando por ello se oponen a nuestras órdenes. No es tarea de los hijos ser perfectos, sino que, ir mejorando.




- Yo nunca mejoré.




- No hables en pasado de ti. Estás poniéndole flores a tu tumba.










Terminó su cigarrillo y encendió la radio del auto. Una canción de Nicola Di Bari podía escucharse mientras veía a Venegas cantando y bailando.










“Sin culpas voy yo, gitano es mi corazón”










En la cima, Venegas parecía el único sobreviviente de una devastadora catástrofe: la monótona vida devoradora de almas.










- La gracia es poder sonreirle a la vida mientras le invitas a un trago. No dejarte vencer.- Aconseja. Curiosas palabras de un suicida frustrado que aprendió a amar la sola posibilidad de respirar.










Pasó casi una hora y nadie llegó por mí. Supuse que por hoy la muerte había decidido dejar descansar su guadaña, que se había dormido como todos en el pueblo y había dejado sus labores para otra ocasión, cuando brillase más el sol.










- Bueno, vámonos-. Indicó Venegas, invitándome a subir al carro.




- ¿Por qué no vino?




- Porque tal vez le hizo algún tipo de prueba de la blancura a la hermana y descubrió que no le hiciste nada más que escuchar que te quería y arriesgar el pellejo por nada.




- Quizá me buscará luego.




- Quizá sí. Pasando a otro tema, Jorge. No sé qué piensen tus papás, pero, yo estoy orgulloso de ti. No sólo has cumplido con lo que te pedí, aunque eso significara transcribir una y otra vez mis escritos. No sólo estoy orgulloso de que hayas sido capaz de sacrificarte por salvar mi vida. Estoy orgulloso porque viniste aquí a escribir y lo has hecho, porque creo que has crecido, que has madurado, que te estás comportando como un loco idiota por esa niñita, claro, pero ¿qué artista no ha sido loco al menos una vez? Para mí, has mejorado. He conocido dos Jorges diferentes y me alegra haber podido hacerlo. A veces los padres somos muy duros porque queremos que nuestros hijos sean una cosa y los críos hacen otra y, quizá tenemos que entender que a lo más podemos darles la vida y las herramientas y sus decisiones, buenas o no, son suyas, su responsabilidad. Yo fui mal padre para Gustavo, fui egoísta y me arrepiento, pero a la vez acepto que él tomó su decisión, lamentable o no.










Sólo pude sonreír a Venegas en señal de gratitud infinita. Había sido mi mecenas, mi mentor, mi maestro, mi amigo, mi padre.










Llegamos a casa y Venegas arrojó las llaves de la camioneta sobre la mesa del comedor. Se sentó en su sillón mientras Valeria se levantó de su asiento para recibirnos.










- Jorge, han llamado tus padres. Dicen que la familia de Sol les han contactado y contado todo y que vendrán a recogerte esta tarde.




- Se pudrió todo- Comentó Venegas mientras leía el periódico.




- Por eso no ha llegado a la cita. - Respondí, sintiéndome vacío de toda otra sensación que no fuese la de una nostalgia y una tristeza vital. Me dirigí al cuarto para ordenar mi mochila. Puse allí mis textos y mi ropa, pero dejé todas las lapiceras para que no volvieran a manchar nada. Tomé los libros de Venegas y los dispuse para entregárselos. No había comenzado aún el tercero y último. Valeria entró a mi habitación y se apoyó contra el dintel. No pronunció palabra, sólo me vio hacer y, lo comprendí.










- Tú los llamaste.




- ¡Tenía que hacerlo!




- Tú les avisaste. ¡Tú lo arreglaste todo!




- ¡No podía dejar que te mataran!




- ¡Eres una traidora!- Grité enfurecido, empujándola para abrirme paso hacia afuera.




- Tienes que entender. Lo hice por tu bien.




- ¿Qué pasa ahora?- Preguntó Venegas, dejando su lectura.




- ¡Usted también lo sabía! Por eso accedió a ir conmigo. Sabía que no había riesgo.




- ¿Saber qué?




- Yo llamé a los padres de Jorge apenas se fueron en la mañana. Yo lo arreglé todo con la familia de Sol, por eso no encontraron a nadie.










Cogí de la mesa las llaves de la camioneta y mi mochila y me largué, molesto. Desde la puerta Venegas me observaba sin entender y Valeria corrió un poco tras del auto. No tenía licencia pero dudé que algún policía fuese a encontrarme y me dirigí a casa de Sol. Entré por la calle que daba a su patio, me bajé del auto y salté la pandereta, ciego. Lancé piedrecillas contra su ventana, pero no respondió así que busqué una escalera en su patio y la posicioné en dirección a su ventana. La subí y alcancé a llegar hasta ella. Sol abrió y me vio. Creo que preguntó porqué estaba allí. Yo sólo pude tomar su rostro y besarla. Musité que nos fuéramos, que había que escapar, que la camioneta estaba allí esperándonos. Luego sentí un desequilibrio que hizo temblar la escalera y de pronto, poco a poco la figura de Sol se hizo más y más pequeña mientras yo me hallaba más lejos de ella y más cerca de la tierra.










Y mi última visión es ella,




viéndome desde las alturas con los colores del sol,




horrorizada.










Mientras repito que Creo en Jesucristo, su único hijo quien fue crucificado, muerto y sepultado, como yo lo seré. Creo en el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.



























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