sábado, 11 de abril de 2015

CARA DE PERRO

Martin Petrozza, joven autor mexicano, nos entrega uno de sus ultimos relatos, Cara de Perro, no apto para lectores normales














            La pequeña Vane arrastraba el pequeño saco de huesos que era ella casi todas las mañanas a tocar a mí puerta. Lo hacía porque una vez le di veinte pesos por comerme la verga. Lo hizo. En adelante venía cada vez que podía con la esperanza de que le volviese a dar dinero. Algunas veces se lo daba, otras, debía largarla con gritos que le asustaran la infancia, lo que estaba muy bien porque no había un compromiso de pago ni un compromiso de algo, excepto de venir cada mañana para que lograse escapar de casa antes de que los borrachos de sus padres se levantasen y notasen la ausencia de su pequeña Vane. Era un barrio de paracaidistas. Veinte pesos eran una fortuna incluso para mí. Debía decidir entre darlos a la chiquilla o comer. Siempre me he considerado un alma caritativa. Le daba a Vane los dineros y le llenaba el estómago con esperma, que, a saber, es nutritivo y toda esa cosa. Era más de lo que podría comer un día cualquiera. Sus padres le obligaban a vender dulces en las esquinas de las calles. En fin. Una vida dura, ¿qué le vamos a hacer?



Una tarde vino el padre de Vane, con Vane cogida por la mano, a golpear mi puerta. Esperaba esto desde hacía meses, así que no me sorprendió. Le miré por un agujero en la puerta. Cogí una botella de vino vacía que había por ahí y abrí, total. No le di tiempo de decir una sola palabra. Le estampé la botella en la sien. El hombre se cogió la cabeza. Iba a alzarse, pero le rajé la mejilla con el filo de los vidrios de la botella rota. Nunca había hecho algo así. Dios santo, había muchísima sangre. Afortunadamente en mi casa no había suelo y la tierra se lo tragó todo. La mancha no tardaría en desaparecer. La niña echó a correr. Yo caminé aprisa en sentido contrario a la niña y dejé todo eso ahí, joder. Bueno, me dije, lo hice bien para ser la primera vez. ¡Asunto arreglado, so cabrón!



Pasé las dos noches siguientes mendigando y durmiendo en el parque. La casa y el parque eran casi la misma cosa porque las paredes de mi casa estaban en tan mal estado que dejaban pasar todo el viento helado y a los insectos y a las miradas de los fisgones. Además, no tenía drenaje ni luz ni gas. El parque estaba muy bien.



Al tercer día me paseé por el centro. Entré a una librería de viejo a la que solía entrar e hice lo que solía hacer. Me robé un libraco al azar. Me fui a una banca, a calentar la sesera, y me leí el libraco aquel. Esta vez tocó uno de George Bataille, titulado La historia del ojo. Era un pedazo de historia. Había personajes que se masturbaban, que se orinaban unos encima de otros y que hacían el amor y tenían orgías y cosas aún más atroces. La verga se me levantó a segundo párrafo. Para cuando terminé de leer estaba tan caliente que le llamé con señas a una princesa que andaba por ahí, dando vueltas, a la que juzgue casi tan pobre como la buena de Vane. Cuando se acercó me levanté la chaqueta. Le mostré mi virilidad erecta y le dije con señas que me la comiera. La pobre se inmutó. La vi andar aprisa hacia un par de adultos. Dios, Dios, Dios, me dije. Acto seguido, envainé y me largué de allí. Escuché un grito, algo como maldito pervertido, o algo. Lo de siempre, Dios. La princesa tendría ocho o nueve años, pero por su reacción estoy seguro que sabía muy bien lo que es una polla bien caliente, Dios.



Por la noche regresé a casa. Todo lucía bien. No había gente alrededor. No había cadáveres, lo que me tranquilizó porque si volvía a inmiscuirme con la policía no iba a soportarlo. Pesaba sobre mi espalda una decena de acusaciones menores: hurto, exhibicionismo, actos inmorales en vía pública, estupro, drogadicción, alteración del orden público, vandalismo, joder, mamarrachadas de esas. ¿Cómo quieren que se gaste la vida un marginado? No puede uno estarse quieto, Dios. Si tuviera dinero la cosa sería diferente. En fin. Entré a casa y cogí una saca de lona donde metí mi colección de libros robados, una botella de vino, un par de calcetines y un chal que solía ponerme entre las piernas para masturbarme en bancas públicas mientras miraba pasar a las princesas y a sus madres y a toda mujer que pudiera proporcionarme estímulo.



Iba a largarme de ahí cuando entró Vane. Hola, muñeca, le dije, ¿está mejor tu padre? La niña asintió con la cabeza. Joder, aquello no me hizo gracia; seguramente quería vengarse. Vale, dije, me marcho para siempre, ¿sabes? La niña no hablaba mucho. Se acercó a mí y me tocó la entrepierna. Bueno, le dije, supongo que querrás tus últimos dineros, ¿no? Asintió. Ya, dije, Dios, no tenía pensado quedarme más de dos minutos, pero, caray, si te pones en ese plan… Me senté en la silla y desenvainé. La chiquilla tenía una chupada buena a estas alturas. Cogía mi cosa con sus pequeñas manos y aunque era tímida al comenzar, apenas unos pequeños lengüetazos, iba haciéndolo mejor gradualmente. La cogía por la cabeza y la obligaba a llegar más y más hondo. A veces se ahogaba. Escupía saliva, tomaba aire y si se rehusaba a continuar le daba pellizcos en los brazos. Ahora no debía pellizcar demasiado. Apenas la rozaba con los dedos en el brazo y le volvían los ánimos de mamar. Era una princesa leal después de todo. Pensé en robarla y prostituirla con los mendigos del puente de la calle 67, o en la colonia Paraíso, no sé, Dios. Yo soy tranquilo. Vamos, no le hago daño, no va morirse por chupar un pito, pero, Dios, el mundo está lleno de pervertidos, de gente mala. Si uno me la jode por el culo seguro me meto en un lío. Habrá que hacerle curaciones y cosas y si se agrava el asunto habrá que llevarla al hospital. ¡Pero cómo voy a llevar al hospital a una niñata con el culo deshecho! ¡Me van a encarcelar! Joder, Dios, no, no, no. Podría dejar claro que la niña sólo sabe chupar pollas, pero… No, esos gamberros no se van a detener, cuando tengan la boca de la niña en sus vergas van a desear algo más. Vamos, me dije, ¿es que no has aprendido algo de los libracos de budismo zen que te leíste? El maestro debe dejar atrás los placeres carnales y materiales de esta Tierra; tomar lo que el presente le ofrece, pero saber dejar en el pasado lo que el pasado le exija dejar. O algo así, caray. Bueno, me corrí por fin; en la hermosa garganta de Vane. Se levantó y me puso esos malditos ojos mientras yo me abrochaba. Había trabajado y quería su pago, sí, ¿cómo no? Mira, princesa, le dije, ahora vuelvo, ¿sí? Tengo tu dinero en la esquina de esta calle, así que espera aquí y regresaré con él. Di un paso hacia afuera. Vane me cogió de la camisa. No era tan imbécil, Dios. Bueno, Vane, amor mío, ¿quieres hacer esto del peor modo? Vane no contestó. Continuó agarrada a mi camisa. ¡Vamos, vamos, vamos muñeca! La pegué con la palma de la mano en la cara. Cayó unos metros más allá, pobre saco de huesos. Suspiré. Dios, no quería hacerlo. En fin. Me acerqué a ver que no estuviese muerta o algo así. Con la punta del pie la moví. Se quejó. Bueno, me dije, es hora de partir. Salí de casa silbando una melodía de Frank Sinatra.



Me instalé con lo vagos del puente de la calle 67. Les conocía a casi todos. Les dije: a qué no saben de lo que me acabo de enterar. Eran una bola de estúpidos. Apenas podían hablar. Se drogaban tanto que hasta babeaban. Bueno, les dije, primero un trago. Saqué la botella de vino y la descorché al estilo Petrozza, es decir, la estrellé contra el filo de la banqueta y soplé los vidrios. Debería meter vidrios en una botella de vino y dárselas de beber a estos desgraciados, pensé. Es lo mejor que podría pasarles, santo Dios. Ninguno vino a pedirme trago. Estaban demasiado drogados con esa cosa.



Cuando la botella se terminó me entró sueño. Me acerqué a uno que dormía sobre unas colchas. Le piqué las costillas con la botella. Vamos, hermano, le dije, hazme espacio, Dios. Estaba muerto. Lo rodé hasta sacarlo de las colchas. Me hice una almohada con la saca y me puse a leer a Bataille. ¡Dios mío, la muy puta le arranca el ojo y se lo mete al culo! Es un buen libro, Dios, sí, joder, Dios, ya debería yo arrancarle los ojos a Vane. Me masturbé un par de veces antes de caer rendido como caen las hojas de los árboles al suelo por efectos de la gravedad.



Al día siguiente me fui al centro y me puse a mendigar. Me eché al suelo sobre mi saca al lado de una iglesia. Saqué el chal y me lo eché sobre las piernas. Me acomodé de tal modo que daba la impresión de que me faltaba una de ellas. Viejo truco, Dios. No falla. No hacía falta poner cara de perro, siempre tuve cara de perro; me lo decía mi madre, joder, me decía: Adrián, ¿por qué tienes esa cara de perro? Una ocasión, por fin le contesté: porque soy el hijo de una perra. Me abofeteó la muy puta. Bueno, al principio es duro, pero luego sale por sí solo: ¡una ayuda por amor a Dios! ¡Una ayuda por el amor de Dios! ¡Una ayuda por favor! Ja.



Regresé al puente de la calle 67. Me quedé alrededor de dos meses en esa podredumbre, Dios. Era una vida ligera, lo que yo llamaba una vida de perro bueno. Mendigar, comer ligero, lo que está muy bien para la digestión, etc., leerse libracos, masturbarse un par de veces al día y beber el trago que traían los mendigos. Ocasionalmente, alguna droga. Dormir hasta tarde. Nada de manosear menores ni nada. La gente se toma muy en serio esos temas.



Un buen día, después de leer, me vivieron ganas de escribir. No sé por qué ni para qué, pero así lo hice. Compré una libreta y un bolígrafo y me puse a escribir sandeces que me venían a la cabeza. Me hice adicto a ello, ¿sabes? Se entra a otro tiempo y otro espacio. Ésta es una de las historias que escribí. No me preguntes por qué ni nada. Es así. En fin. Aquí hay otra historia, empieza así: “Adrián tenía cara de perro porque su madre se acostó con el mamarracho más patán y asqueroso del barrio…” Ja. Y otra: “La madre de Adrián era un perra loca que chupaba pollas por centavos a los carniceros del mercado. En cierta ocasión la emborracharon y la hicieron acostarse con Max, el perro rottweiler que cuidaba la carnicería…” Ja. ¿Ya entendiste? ¡Ahora ve y escribe, maldito seas!







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