martes, 7 de abril de 2015

EL MUERTO INOLVIDABLE

Hoy martes queremos dar una mirada al trabajo del gran escritor argentino Osvaldo Soriano. En esta oportunidad, destacaremos Un Muerto Inolvidable











Se llama Mereco mi muerto inolvidable. Para mí su viejo Ford nunca termina dedesbarrancarse de una quebrada puntana, bajo una suave garúa que no amaina nisiquiera cuando vamos con mi padre rumbo a su velorio. ¿Cómo puede ser que Merecoesté muerto si hace cuarenta años que yo lo llevo en mí, flaco y alto como un farol de la plaza.


Cuando mi padre se descuida me acerco al ataúd que está más alto que mi cabeza y uncomedido me levanta para que lo vea ahí, orondo, machucado y con la corbataplanchada. La novia entra, llora un rato y se va, inclinada sobre otra mujer más vieja.Hay tipos que le fuman en la cara, toman copas y otro que entra al living repartiendopésames prepotentes y se desmaya en los brazos de la madre.

Después vinieron otros muertos considerables, pero ninguno como él. Recuerdo a uncolorado que me convidaba pochoclo en el colegio y lo agarró un camión a la salida.También a un insider de los Infantiles Evita que nunca largaba la pelota y se quedópegado a un cable de la luz. Pero aquellos muertos no eran drama porque nosotros, losotros, nunca nos íbamos a morir. Al menos eso me dijo mi padre mientras caminábamos por la vereda, a lo largo de la acequia, cubiertos por un paraguas deshilachado. Casi nunca llovía en aquel desierto pero en esos días de comienzos del peronismo se levantóel chorrillero, empezó a lloviznar y Mereco no pudo dominar el furioso descapotablenegro en el que yo aprendí a manejar.
 
Por mi culpa mi padre estaba resentido con él y sólo de verlo muerto podía perdonarleaquel día en que lo llevaron preso. Salimos del velorio por un corredor y cruzamos unterreno baldío para llegar al depósito de la comisaría. El Ford A estaba en la puerta,aplastado como una chapita de cerveza. Mi padre iba consolando a otra novia que teníael finado y ya no se acordaba de mí. Pegado a la pared para que no me viera el vigilante,me acerqué al amasijo de fierros y alcancé a ver el volante de madera lustrada. Seguíareluciente y entero entre las chapas aplastadas. También estaba intacta la plaqueta deltablero con el velocímetro y el medidor de nafta. Marcaba en millas, me acuerdo, y cuando íbamos a ver a su otra novia, Mereco lo levantaba a sesenta o más por el caminode tierra.

 Nadie sabía nada. Mi padre creía que yo me quedaba en la escuela y la novia deMereco estaba convencida de que íbamos a buscar a mi padre que controlaba el agua enlas piletas del regimiento. Entonces llegábamos a un caserío viejo que el coronel ManuelDorrego había tomado y defendido no sé cuántas veces y Mereco me dejaba solo con elFord A debajo de una higuera frondosa. Ésa era mi fiesta en los días en que Mereconoestaba muerto y el Ford seguía intacto. Me sentaba en su asiento, estiraba las piernashasta tocar los pedales y el que iba a mi lado era Fangio anunciándome curvas y terraplenes.
Mereco no es un muerto triste. Tiene como veinticinco años y todavía lo veo así ahoraque yo tengo el doble y he recorrido más rutas que él. 
Antes del incidente que lo enemistó con mi viejo, solía venir a casa a tomar mate y dar consejos. "Hágame caso,doble siempre golpeando el volante, don José", le decía a mi padre como si mi padretuviera un coche con el que doblar. "En el culebreo suelte el volante hasta que seacomode solo", insistía. "Es un farabute", comentaba mi viejo mientras lo mirabaalejarse con el parabrisas bajo y las antiparras puestas.


Nunca tuvieron un mango ni Mereco ni mi padre. Por las tardes, a la salida de la escuela, yo corría hasta la juguetería para mirar un avión en la vidriera. Era un bimotor de latacon el escudo argentino pintado en las alas. Mi madre me había dicho que nunca podríacomprármelo, que no alcanzaba el sueldo de Obras Sanitarias y que por eso mi padre ibaa cortar entradas al cine. Al menos podíamos ver todas las películas que queríamos. Peroen casi todas mostraban aviones y yo no me consolaba con recortarlos de las láminas del Billiken.
 
Una tarde entré a robarlo. Por la única foto que me queda de ese tiempo supongo quellevaría guardapolvo tableado, un echarpe de San Lorenzo y la cartera en la que pensabaesconder el avión. En el negocio había un par de mujeres mirando muñecas y el dueñome relojeó enseguida. Era un pelado del Partido Conservador que recién se había hechoperonista y tenía en la pared una foto del general a caballo. Busqué con la mirada por losestantes mientras las mujeres se iban y de pronto me quedé a solas con el tipo. Ahí me di
cuenta de que estaba perdido. 

No había robado nada pero igual me sentía un ladrón. Mepuse colorado y las piernas me temblaban de miedo. El pelado dio la vuelta al mostrador y me dio una cachetada sonora, justiciera. Nos quedamos en silencio, como esperandoque el sol se oscureciera. ¿Qué hacer si ya no podía robarle el juguete? ¿Cómo esconderaquella humillación? Me volví y salí corriendo. Mi viejo estaba esperándome en laesquina con la bicicleta de la repartición. Tenía el pucho entre los labios y sonrió al verme llegar. "¿Qué te pasa?", me preguntó mientras yo subía al caño de la bici. Lecontesté que me había retado la maestra, pero no me creyó. "¿No me querés decir nada,no?", dijo y yo asentí. Hicimos el camino a casa callados, corridos por el viento.
 

Una tarde, mientras iba en el Ford con Mereco, no pude aguantarme y le conté. Selevantó las antiparras y como único comentario me guiñó un ojo. Dos o tres días mástarde vino a casa con el plano de un nuevo carburador que quería ponerle al coche. Traíauna botella de tinto y el avión envuelto en una bolsa de papel. "Lo encontré tirado en laplaza", me dijo y cambió de conversación. Mi padre se olió algo raro y a cada ratolevantaba la vista del plano para vigilarnos las miradas. No sé por qué tuve miedo de queel pelado viniera a tocar el timbre y me abofeteara de nuevo.
 
Pero el pelado no vino y Mereco desapareció por un tiempo. Fue por esos días cuando ami padre lo comisionaron para hacer una inspección en Villa Mercedes y me llevó con élen el micro. Un pariente del gobernador tenía una instalación clandestina para regaruna quinta de duraznos, o algo así. Recuerdo que no bien llegamos el jefe del distrito ledijo a mi padre que no se metiera porque lo iban a correr a tiros. "¡Pero si la gente notiene agua para tomar, cómo no me voy a meter!", contestó mi viejo y volvimos a lapensión. No me acuerdo de qué me habló esa noche a solas en el comedor de los viajantes, pero creo que evocaba sus días del Otto Krause y a una mujer que habíaperdido durante la revolución del año 30.

Todo aquello me vuelve ahora envuelto en sombras. Nebulosos me parecen elsubcomisario y el vigilante que vinieron a la mañana a quitarme el avión y a echarnos de Villa Mercedes antes de que mi padre pudiera hacer la inspección. Tenían un pedido decaptura en San Luis y nos empujaron de mala manera hasta la terminal donde esperabaun policía de uniforme flamante. Hicimos el viaje de regreso en el último asientocustodiados por el vigilante y la gente nos miraba feo. En la terminal mi padre mepreguntó por lo bajo si yo era cómplice de Mereco. Le dije que sí pero me ordenó que nodijera nada, que no nombrara a nadie.

 
No era la primera vez que nos llevaban a una comisaría y mi padre se defendió bastante bien. Negó que yo hubiera robado el avión y responsabilizó al comisario de interferir laacción de otro agente del Estado en cumplimiento del deber. Era hábil con los discursosmi viejo. Enseguida sacaba a relucir a los próceres que todavía estaban frescos y siseguía la resistencia también lo sacaba al General que tanto detestaba. A mí me llevarona casa, donde encontré a mi madre llorando. Al rato Mereco cayó en el Ford y nos dijoque lo acompañáramos, que iba a entregarse.

Cuando llegamos, mi padre ya se había confesado culpable y en la guardia se armó unatrifulca bárbara porque Mereco también quería ser el ladrón y mi viejo gritaba que a élsólo le asistía el derecho de robar un juguete para su hijo. Como ninguno de los dostenía plata para pagarlo, mi avión fue a parar a un cajón lleno de cachiporras y cartucheras. Al amanecer llegó el jefe de Obras Sanitarias y nos largaron a todos. Mipadre se negó a subir al descapotable de Mereco y le dijo que si aparecía otra vez porcasa le iba a romper la cara. Fue la última vez que lo vimos antes del velorio. Se calzó lasantiparras, saludó con un brazo en alto y ahí va todavía, a noventa y capota baja,subiendo la quebrada con aquel Ford en el que hace tanto tiempo yo aprendí a manejar.



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