sábado, 25 de abril de 2015

NO TE PREOCUPI VIEJA ESTOY BIEN

Hoy sabado queremos destacar nuevamente a un autor de nuestra region. Gonzalo Vilo, escritor del libro Dark Side, publicado por Ediciones la Polla Literaria, comparte con nosotros su relato No Te Preocupi Vieja, Estoy Bien.











            Una botella de ron  barato, casi vacía, estaba erguida sobre la pequeña mesita de centro. Era una botella algo cuadrada, con un extraño dibujo en el exterior: la cara de un demonio guiñando un ojo, y el dibujo producía un extraño efecto si uno se lo quedaba mirando por mucho tiempo, como si pudiera llevarte muy lejos de allí, aunque no sé si al infierno. A su lado Fabián dejó un vaso a medio llenar y tomó el teléfono que estaba a su derecha, arriba del viejo parlante de su radio. Hacía unos cinco segundos que este había roto el silencio de aquel pequeño departamento y Fabián, quien rápidamente colocó el teléfono sobre su oreja izquierda,  tuvo un presentimiento sobre quien podría ser.

- ¿Mamá? -.
- Chanchito – Dijo la voz al otro lado de la línea - ¿Te desperté? -.

Fabián miró hacia la ventana sin cortinas que estaba a su izquierda: dentro  de aquella oscuridad impenetrable, pequeños fulgores plateados flameaban incandescentes.

- No mamita, no – Negó Fabián -  Estoy levantado todavía, estaba, viendo tele -.

- Oh…bueno, trata de no quedarte hasta tan tarde – Le aconsejó  ella - Acuérdate que hoy  recién es martes, y mañana tienes que ir al trabajo -.

- Si mamá, esta bien,  en un par de horas me voy a acostar, no te “preocupi” -.

- ¿Por qué no me habías llamado? – Le reprochó de pronto la madre – Hace meses que no sabía nada de ti, no había querido molestarte porque no quería ser como esas viejas intrusas que no dejan tranquilos a sus hijos, pero....  -. 

- No he tenido tiempo vieja, tu “sabis” como es la vida acá....

- Uno siempre encuentra tiempo hijo,  uno siempre lo encuentra, si uno se lo propone -.

Fabián suspiró entregado y volvió a beber de su vaso, ahora medio vacío.

- ¿Estás bebiendo? – Preguntó ella.

- Ehh.... -.
¿Estás con Fabiola? -.

- No, vieja, Fabiola... -.

- Mándale saludos, siempre le digo a tu padre que ella si que vale la pena, no como esas huecas con las que andabas antes, ¿Cómo era que se llamaba esa rubia? -.

- Mamá, no...  -.

- Gabriela, eso, una hueca y una suelta también -.

Fabián comenzó a buscar por entre los cojines de su destartalado sillón hasta que encontró los cigarros. Sacó dos que estaban doblados. Aun así encendió uno de ellos y le dio una larga y profunda calada. Con el pie acercó el cenicero que estaba en una esquina de la mesa de centro.

- ¿Y cómo está el Matías? - Preguntó Fabián, cambiando el tema.

- Ahí está – Respondió la madre -  Está cada día más parecido a ti, no se despega de su pelota de fútbol, está todo el día afuera jugando con los amigos -.

Fabián miró por la ventana y luego posó su vista en una foto enmarcada que tenía sobre  la mesita de centro. En ella aparecía el con doce años, junto a su padre. Ambos llevaban la camiseta de Colo-Colo. Él sostenía una pelota de fútbol debajo del brazo.

- También empezó a tocar el piano –.  Agregó la madre.

- Eh…. ¿Cómo? -.

- Que también Matías empezó a tocar el piano, igual que tú – Repitió la madre - Me acuerdo cuando tú tocabas, lo hacías tan bien, tocabas tan bonito -.

Él no dijo nada, ahora estaba concentrado tratando de hacer figuras con el humo del cigarrillo.

- ¿Estás fumando? – Exclamó ella.

 Al escucharla, Fabián de pronto movió el pie con brusquedad y  su vaso cayó al suelo, rompiéndose en varios pedacitos.

            Rápidamente Fabián se dirigió a la cocina y trajo algo de papel de diario. Con mucho cuidado colocó algunas páginas en el piso y trató de secar la humedad, pero no pudo evitar que  la mancha  quedara impregnada sobre la alfombra.  La madre por su parte seguía esperando al teléfono y el  incluso podía oír su respiración al otro lado de la línea. Al final, y acompañándose de un resoplido, volvió a tomar el aparato.

- ¿Vieja? -.

- ¿Qué pasó chanchito? -.

- Nada, estoy bien, sólo se me quebró un vaso y…. -.

- De eso ya me di cuenta -.

- Jaja, si -.

- ¿Que pasó? Tú antes no fumabas........ -.

Lo hago sólo de vez en cuando vieja -. Dijo Fabián palpando las  dos cajetillas que comenzaban a hundirse entre dos de los cojines del sofá – Lo hago cuando estoy aburrido, para matar el tiempo y el frío, nada más -.

- No tienes que darme explicaciones, sabes -.

- Lo sé, lo hago para que no te “preocupis” mamita, estoy bien -.

- Ya van dos veces -.

- ¿Dos veces de que? -.

- Dos veces que me dices que estás bien -.

Fabián guardó silencio y tomó una hoja de papel que estaba debajo de la mesita de centro. La hoja estaba escrita a mano con tinta azul y la letra era algo difícil de leer, como si hubiese sido escrita sobre un auto en movimiento o en medio de un largo temblor.

- ¿Y donde está Fabiola? -. Volvió a preguntar la madre  - ¿Está durmiendo? -.

- ¿Qué? -.

- Fabiola ¿Está durmiendo? -.

- Mamá... -.

- Esa niña es tan buena, un pan de dios. Sabes, el primer día que la invitaste a la casa yo supe que era la mujer para ti

- Si, claro... -.

- No, es cierto, al verla a los ojos supe que te amaba y que te haría muy feliz. Es una niña buena e inteligente además, ni se te ocurra dejarla ir, por nada del mundo -.

Fabián suspiró y se apoyó en el respaldo del sillón con el rostro mirando hacia el techo. Sus ojos estaban algo cansados.

- Uno no debe estar solo hijo – Volvió a aconsejarle la madre – Uno no debe estar solo, y menos un hombre, ustedes son un desastre si una no está allí para cuidarlos -.

- Si se mama -.

- Oh, que increíble – Se sorprendió ella - No puedo creer como ha pasado el tiempo. Todavía me acuerdo cuando te llevaba de la mano para todos lados y me hablabas con esa vocecita tan dulce que tenías y ahora…estoy aquí, hablando contigo de mujeres….. -.

Él guardó silencio de nuevo y apretó los dientes. Luego miró la hoja de papel y volvió a darle una larga calada a su cigarrillo.

- En fin, ahora estás grande y tienes una mujer que va a cuidarte – Concluyó  ella – Pronto no te darás ni cuenta cuando estés rodeado de tus pequeños críos saltando a tu alrededor -.

Fabián entonces se enderezó en el sillón, y apretó el teléfono con fuerza. Se mordió los labios.

- Chanchito – Dudó la madre -  ¿Estas allí? -.

- Si vieja, estoy escuchándote -.

- Chanchito, Sabes, hay algo que nunca te hemos dicho, ni yo ni tu padre -.

Un vehículo, sin embargo, se estacionó abajo, en la calle. Fabián, con el teléfono aun en la oreja,  se levantó del sillón  y fue a ver que pasaba.

- Hay algo que nunca te he dicho – Repitió la madre.

- ¿Qué? -.

- Te quiero hijo… -.

- Eso siempre me lo dices, vieja -.

- No hijo, en serio, te quiero, y por eso  me siento tan orgullosa de ti. Nunca te lo dije, no de esta forma al menos, pero siempre supe que te iba a ir bien, que  podías lograrlo -.

Desde la ventana Fabián vio como alguien se encaminaba hacia el edificio. Era un hombre joven, aunque un poco mayor que él y vestía completamente de negro. Debajo del brazo traía un paquete del tamaño de una caja de zapatillas.

- Hijo... -.

- ¿Qué? -.

- ¿Me estás escuchando? -.

- Si vieja, si, oye... -.

- Hijo, yo sé que a veces....yo sé que hemos tenido nuestras diferencias, pero quiero que sepas que nunca he dejado de confiar en ti, nunca -.

- Ya sé vieja – Respondió Fabián mientras se dirigía hacia la puerta.

- Solo quería decírtelo hijo, ahora que estás allá..... tan lejos -.

- No te “preocupi” vieja, estoy... -.

- Bien, si, ya sé.... -.

De pronto se escuchó que alguien llamaba a la puerta. Fabián abrió de inmediato y se encontró con el mismo tipo vestido de negro que vio desde la ventana. Ninguno se dijo nada, sólo se hicieron un gesto con las cejas  y aquel hombre entró al departamento.

- ¿Quién es? -.  Preguntó la madre

- Vieja, espérame un cachito, al tiro vuelvo -.

- ¿Qué pasa hijo? Que... -.

Fabián entonces se perdió en una de las habitaciones interiores, pero enseguida volvió con un sobre. Rápidamente se lo entregó  al tipo, y mientras este se quedaba revisando el contenido, Fabián regresó al teléfono con su madre.

- ¿Mamá? – Al llamarla Fabián miró de reojo al tipo, que seguía allí, contando.

- Si hijo, aquí estoy ¿Quién era? -.

- No, nadie, el vecino, quería.... -.

- Oh, bueno, me alegro de que tengas amigos -.

- Amigos, si... -.

El tipo de negro le hizo un gesto a Fabián y le indicó el paquete, el cual dejó sobre un estante, al lado de una foto en donde aparecía Fabián abrazado con una mujer joven y hermosa. El tipo finalmente se despidió del dueño de casa sin poder reprimir una sonrisa. Fabián comprendió de inmediato y le guiñó un ojo.

- Oh, mira la hora que es – Se quejó la madre – Mañana temprano tengo que llevar a tu padre al médico y.... -.

- Está bien mamita, otro día seguimos hablando -. 

- Sabes -.

- ¿Qué? -.

- Tu voz, me suena extraña, ¿De verdad estas bien chanchito? -.

- Si vieja, ya te dije, no te “preocupi”, estoy bien -.

- Bueno, me voy entonces, pero recuerda lo que te dije hijo -.

- Si vieja, si... -.


No había salido aun el tipo de negro del edificio, cuando otro vehículo se estacionó afuera. Fabián miró la hora y caminó hacia la ventana. Desde allí vio que se bajaba un tipo de edad mediana, vestido con chaqueta y corbata. Traía un maletín en su mano derecha.

- Muchos besos hijo – Siguió despidiéndose la madre – Ojalá que te siga yendo bien, tú sabes que acá estaremos apoyándote siempre, no importa lo que pase -.

- Si vieja, ya se.... -.

 Confiamos en ti hijo, no lo olvides...... -.

Fabián entonces ve que el tipo de chaqueta y corbata entra en el edificio y lo escucha subir por las escaleras. Sin querer perder el tiempo, se acerca a la puerta y espera.
De pronto llaman a la puerta.

- ¿Otra vez el vecino? –.  Preguntó la madre.
 
- ¿Qué? -.

- Te pregunto si es el vecino el que golpea la puerta de nuevo -.

- Si, si, vieja, oye, tengo que colgar..... -.

- Claro hijo, ya es muy tarde.... -.

Con algo de reticencia Fabián abrió la puerta, encontrándose de inmediato con aquel tipo. Con un gesto amistoso lo dejó entrar y aquel hombre se abrió paso lentamente, apoyando luego su maletín sobre la mesa del comedor.

- Hijo – Llamó la madre de nuevo.

- ¿Qué? -.

- Te quiero -.

- Yo también mamita – Respondió Fabián, mirando de reojo hacia donde estaba el tipo – Yo….yo también te quiero -.

- Y no te pierdas quieres, trata de llamarnos de vez en cuando -.

- Claro, vieja, claro, mañana te voy a llamar.... te lo prometo -.

Fabián se dio cuenta de que aquel hombre lo observaba. En su rostro había una amplia y burlona sonrisa.


- Chao hijo, y cuídate –.  Se despidió finalmente la madre

- Claro mamita, claro, igualmente, saludos a todos por allá -.

Después de colgar, Fabián fue de inmediato en busca del paquete y se lo entregó al tipo que aun esperaba de pie, al lado de la mesa del comedor. El hombre entonces abrió aquella cajita de cartón y al ver  lo que había en su interior, sonrió. Luego tomó el maletín y con un suave movimiento lo abrió para que Fabián revisara a su gusto. Sin nada más que hacer, se puso a observar  el interior de aquel departamento. Arrugó el rostro con desagrado.

- ¿Hablaste con ella? -  Preguntó el hombre.

- Si – Respondió Fabián sin quitar la vista de los billetes.

El hombre entonces lo miró con interés.

- ¿Y que te dijo? -.

Fabián volteó el rostro con lentitud hacia él y se encogió de hombros.

- Bueno – Dijo el hombre – Algún día ibas a tener que decírselo -.

Sin mucho ánimo Fabián caminó hacia el interior del departamento. Cuando volvió, traía una bolsa en la mano y con tranquilidad la llenó con el contenido total de aquel maletín. Luego, con un abrazo y un apretón de manos,  se despidió de aquel tipo.

Desde la ventana Fabián lo vio dirigirse de vuelta al vehículo. El tipo caminaba con parsimonia, seguro de si mismo, y atravesó la calle sin problemas mientras se subía las solapas de la chaqueta.  Llevaba el paquete muy seguro dentro del maletín y miraba con atención en ambas direcciones.

Al llegar al vehículo, buscó las llaves en su bolsillo. No pareció dar con ellas, aunque aquello no afectó su tranquilidad en lo absoluto. Es más, en vez de preocuparse, comenzó a silbar una extraña tonada y luego a cantar  una canción que Fabián jamás había escuchado en la vida. Cosas de viejos, pensó. En fin,  Fabián desde la ventana lo vio hurgar en su bolsillo y sabía que aquel hombre jamás lo comprendería, ni a él, ni a nadie como él, que no comprendería nada, nunca, y por primera vez le tuvo lástima.

Estaba pensando en ello cuando observó que alguien se aproximaba. Era el tipo vestido de negro. Aquel hombre hizo un gesto con los dedos y le silbó al hombre de chaqueta y corbata y luego se acercó a él para pedirle fuego. Fabián, apoyado en el marco de la ventana, no hizo más que encender un cigarrillo y esperar.

Con amabilidad el hombre de chaqueta y corbata sacó un encendedor desde el interior de su chaqueta y se lo ofreció al tipo de negro. El otro encendió su cigarrillo y expulsó un poco de humo por la boca. Sus ojos estaban clavados en el cuerpo del hombre de chaqueta y corbata y lo miraba hurgar en su bolsillo con inquietud. Le devolvió el encendedor  y el otro lo recibió dándole la espalda.

-  Llaves de mierda – Exclamó el hombre  con rabia – Pero si las tenía aquí, en mi bolsillo…. -.

El tipo de negro tendría que  haber dado la vuelta y haber seguido su propio rumbo: habría sido, al menos, lo más normal. Pero he aquí que él también comenzó a hurgar en su bolsillo. De pronto, y sin esforzarse mucho, sacó un cuchillo y comenzó a acercarse hacia el hombre de chaqueta y corbata. Lo hizo con sigilo, empuñando su cuchillo y esperando el momento propicio, buscando el mejor ángulo; y cuando lo encontró,  con un diestro movimiento de su mano le atravesó la garganta al hombre de chaqueta y corbata. 

Aquel pobre hombre cayó de inmediato al piso, fulminado, probablemente ya sin vida, y cuando lo vio caer,  el tipo de negro no vaciló en tomar el maletín y salir huyendo con rumbo desconocido.

Sin mucho ánimo Fabián cerró la cortina y volvió al sofá, en donde comenzó a llenar nuevamente su vaso hasta la mitad. No tenía ganas de nada la verdad, pero antes de sentarse, se encontró con la hoja que había quedado tirada y olvidada sobre el sillón y no pudo soportar la tentación de leerla por segunda vez, de principio a fin. Cuando terminó, no hizo más que seguirla observando, releyéndola, a ver si encontraba algo entre líneas que le diera alguna esperanza. No encontró nada obviamente.

 Se quedó allí un par de segundos, pensando, mientras  su cigarrillo se consumía. Antes de apagarlo del todo, lo acercó lentamente hacia la hoja, y la hizo arder. Casi hipnotizado observó como la llama devoraba aquellas palabras y no advirtió  la llegada de los primeros vehículos policiales. Ya nada le importaba

Finalmente se levantó para mirar por la ventana. La carta a esa altura ya se había convertido en un montón de cenizas negras y todas ellas se esparcieron sobre la mesita de centro y sobre la alfombra. Fabián observó a los señores de verde que se paseaban alrededor del cadáver y no experimento el menor grado de angustia. Todo parecía tan irreal, tan absurdo…..

- Ya nada tiene importancia, pensó, todo se ha ido a la mierda -.

Quiso bajar, total, ¿Qué más daba? Pero en vez de eso volvio a acomodarse en el sofá y terminó quedándose dormido.

Antes de dormirse eso si, revisó por ultima vez su bolsillo. Si, allí estaban, las llaves del auto del hombre de chaqueta y corbata.



4 comentarios:

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  3. Amigo Gonzalo, fue una aventura leer tu texto. Es difícir dejarlo una vez comienzas. Se trata de una historia que se cumple en muchos lugares en este momento. Una madre preocupada por su hijo que está lejos. Llama por teléfono. Aquella voz pregunta, aconseja, acaricia a un hijo que le miente. Le miente porque no quiere preocuparla. No podría decirle que no está haciendo lo propio en esa ciudad extraña donde se supone que debía estudiar y trabajar. Mientras conversa, la mafia emerge de la calle. Dos hombres lo visitan. Dejan la mercancia que todos imaginamos. Dejan dinero. Fabian llena varias veces su vaso de licor, chupa un cigarrillo y quema una carta. Los hombres que lo visitan se llevan su parte, pero en la calle el de negro mata al tipo de chaqueta y corbata. Quizás si hubiera encontrado las llaves del auto, no estaría muerto. La policía hace acto de presencia. El protagonista observa todo por la ventana, se sienta y bebe más de ese licor y es cuando saca las llaves del tipo que acaban de asesinar. Me parece un cierre magnífico. Creo entender que Fabian estaba en complot con el hombre de negro para asesinar al de chaqueta y corbata. Excelente trabajo.

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  4. Muchas gracias por tus palabras axel, ha sido un gusto que lo hayas leido hasta el final y que te haya gustado saludos

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