sábado, 16 de mayo de 2015

LA ULTIMA MONEDA

Hoy sábado destacaremos a un prometedor escritor mexicano. Daniel Ferrera es su nombre y hoy compartiremos su cuento La Ultima Moneda


















      ¡Oye! ven, ven, ven aquí, rápido, no te haré daño. No tienes por qué temer. Acércate justo aquí, a lado de la ventana. Eso es.  Nadie nos ve. ¡Ah! Hace mucho que te estaba esperando. ¿Alguna vez has visto rodar una moneda hasta meterse por debajo de la cama? Nadie me cree. Mi papá y mi mamá no me creen. Ellos sólo dicen que por qué lo hice, que por qué hice esa cosa tan espantosa. Pero las personas no saben lo que ocurre mientras duermen. A mí no me gusta estar aquí, mucho menos cuando es de noche. 

Cuando tenía alrededor de siete años, mis padres me regalaron un gatito. Me gustaba mucho porque yo podía jugar con él y porque me hacía compañía. Era un gatito negro, animado, de orejas largas y ojos amarillos. Yo solía treparlo a la cama y acariciar su encrespado pelo hasta que se durmiera. Pero una noche, mientras descansaba, sentí que el gatito se había despertado y que andaba por el suelo hasta meterse por debajo de la cama. Naturalmente, como suele ocurrir en estos casos, pensé que había tenido calor y que sólo estaba buscando un refugio más fresco y cómodo. Pero a los pocos minutos, comencé a escuchar unos sonidos extraños, unos ajetreos como de rasguños, como de pequeños maullidos entrecortados, de movimientos y golpes contenidos. Yo, desde luego, sentí mucho miedo y al principio me cubrí con las sábanas, pero después, cuando hubo un tremendo silencio, me acerqué a la orilla de la cama y bajé la mano para llamarlo. Bis, bis, bis, ven aquí, no te haré daño. El gatito no salía, el gatito no salía. El tiempo me parecía interminable, no se escuchaba nada, ni el más mínimo ruido, hasta que, para mi enorme satisfacción, de entre la oscura y pesada sobrecama, yo pude sentir la áspera y húmeda superficie de su lengua.

A la mañana siguiente, las aspas del ventilador giraban despacio y la luz de la ventana era cegadora. Me había llamado la atención el silencio inusual que hacía. Las sábanas de la cama aún se sentían heladas. Entonces, ¡me acordé! De golpe un súbito estremecimiento me acogió. Rápidamente giré hacia la orilla de la cama y al bajar los pies al suelo vi la oscura mancha de sangre. El gatito estaba despedazado, visiblemente desmembrado de la cabeza y las orejas, rodeado y carcomido por un centenar de hormigas. Yo no lo podía creer. Unas horas antes él me había lamido la mano. ¿Ahora qué le había pasado? ¿Quién le había hecho eso? Mi cabeza discurría en esas y en otras impresiones cuando de pronto mis padres tocaron a la puerta. Claro, esa fue la última vez que vi rodar una moneda hasta meterse por debajo de la cama.



Ahora estoy solo en este horrible hospital psiquiátrico. Mis únicas compañías son los murciélagos, las ratas y las cucarachas. ¿Qué quién pudo hacerlo? Sinceramente, prefiero no pensarlo.







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