viernes, 22 de mayo de 2015

NIÑOS INCONCLUSOS

Wladimir Rivera Ordenes, autor del reconocido libro de cuentos Que sabe Peter Holder de Amor, publicado por editorial Chancacazo, es dueño de un estilo inquietante y hasta veces sórdido. Niños Inconclusos va en esta misma senda y lo recomendamos absolutamente.





          Llegó a la ciudad de Retiro, en las medianías del río Longaví, a eso de las 20:00 hrs. Más menos. Antes había hecho una parada en un Servicentro, compró una porción de pan miga y un café cortado. Habló con su hija D.F.G, 13 años, muy delgada, cabello largo, castaño claro, mirada de felino. Ella sólo discutió de monstruos, monstruos blancos, de ojos azules claros, en la mayoría arios. D.F.T, su padre, sólo se limitó a escuchar, meintras sorbía de su café. Luego cortó, entró al baño y se mojó la cara. Al salir notó que tarde o temprano llovería. Ya en Retiro, detuvo su camioneta Hummer Will Hinds en las afueras de una casa medianamente pequeña, de adobe, paredes altas, blancas. Afuera, un antejardín con rosas de color rosado, mal cuidado. En un rincón, un pequeño aparato que en otra época fue un radio de automóvil y restos de lo que parecía un cementerio de objetos. Se bajó de la camioneta, tocó la puerta, esperó unos segundos que le abriesen. Miró por la ventana hacia el interior y distinguió una pequeña figura, grácil moverse por la despoblada habitación. Al segundo, abrió la puerta P.H.L de 19 años, contextura pequeña, delgada, de curvas pronunciadas, pechos pequeños pero firmes, piernas cortas, no obstante áureas. El cabello castaño, largo, tomado con un pinche de metal negro, ojos negros y grandes y sonrisa blanca, pequeña. D.F.T la abrazó, la aprisionó entre sus grandes brazos de descendiente de tercera generación de alemanes y la pequeña P.H.L sonrió aún más y le dijo: “llegaste papito, llegaste”. Acto seguido se puso a llorar, como una llorona de funaral de campo. D.F.T la sostuvo entre sus brazos y la levantó aún más. “No llores, ya estoy aquí…¿quieres sostener una estrella?. P.H.L asintió y estiró los brazos al cielo, cerró los ojos, fuertemente, sin trampa. En su fuero interno quería tocar las estrellas, asirlas para sí misma. Huirlas para sí, caminarlas para sí. Con los ojos cerrados, el mundo parecía tan pequeño y tan calmo. De pronto, el sonido de un bebé la despertó y regresó al planeta tierra. Sonrío melancólicamente y corrió al interior. D.F.T bajó su maleta, una grande, de cuero, comprada en la Patagonia argentina una vez que fue a ver las ballenas azules. Ingresó a la habitación, dejó la maleta en el piso y fue al interior. Caminó por el pequeño corredor, dobló en la derecha y salió a un diminuto zaguán, bordeó el patio y al final de éste, una habitación, que según peritos policiales era la más grande de la casa. Desde ahí pudo escuchar el sonido del bebé. Entró y sobre la cama, encontró sentada a P.H.L quien amamantaba a la pequeña I.H.L, de diez años, albina, casi sin cabello, ojos color azul, claros, profundos y un cuerpo que no superaba los 80 centímetros; de extremidades cocidas al cuerpo por una tela también blanca, carnosas y trasparentes, de color casi anaranjado y, en la parte superior del cuerpo, dos pequeñas manos como tenazas y limpia, sobretodo limpia, vestida con su traje rosado, de princesa. D.F.T sonrió y la sostuvo entre sus brazos, la pequeña, de inmediato sonrió. P.H.L le preguntó si le había traído algo a la niña que ya no tenía nada que darle. D.F.T asintió y salió. Al rato regresó con un tocadiscos antiguo, naranja, modelo RCA Víctor, año 72, comprado en una feria de las pulgas en Valparaíso. Lo puso en un rincón de la habitación, la pequeña I.H.L esbozó un sonrisa y bajó hacía el tocadiscos. Se arrastró por el piso de madera. Afirmó sus manitas como lo hacen las iguanas en las Galápagos y a pasos firmes, cortos, pero efectivos, llegó hasta el tocadiscos. Lo olió, lo tocó, pasó sus dedos-tenazas por la aguja. D.F.T le dijo que aún funcionaba y para probarlo puso un disco de Guns N´ Roses. I.H.L sonrió y puso su dedo, haciendo saltar la aguja y a cada salto, esbozaba una pequeña sonrisa, a veces sorprendida, a veces alterada, al ritmo acelerado de “Welcome to the jungle”. Luego, I.H.L apagó el tocadiscos de un tirón y dejó que el disco girases hasta detenerse, en silencio. Lo asió entre sus manos y le quietó la aguja de shibata. La miró y la arrojó. Luego precedió a quitar el brazo fonocaptor, lo destornilló con los dedos, con cuidado, como si se tratase de una bomba de tiempo. Quitó la carcasa naranja, también le quitó parsimoniosamente, el látex de pintura, sin romperla; luego cada una de las piezas interiores. Cerca de las 12 de la madrugada sólo le faltaba los traductores electromagnéticos. D.F.T sólo se limitaba a mirarla con devoción, algo dentro de él, “extraño y lejano-según escribiría en su diario de vida, lo hacía sentirse hinchado de amor”. En eso sonó su teléfono personal. Miró el identificador y distinguió las iniciales de D.F.G y prefirió no contestar. Sin embargo, P.H.L le dijo que podía hablar con su hija. D.F.T contestó de mala gana, aunque después se sabría que fue de temor. Esbozó un aló, lacónico, mustio. D.F.G le cortó en secó, sin eufemismos:”entonces, la vas a matar o no…”. D.F.T miró a su alrededor y cambió la conversación y al segundo cortó. 


- Debí dejar que crecieras un poco más, quizás ser más adulta- reflexionó D.F.T

- Me siento bien así- respondió P.H.I 


Luego se sentó en la cama, devastado y se quedó viendo a su pequeña hija, a su monstruito albo, mientras una a una y lentamente, iba desarmando las piezas más pequeñas del tocadiscos y esperó que terminase antes de ir a buscar el arma.

Afuera sólo había nieblina.






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