viernes, 29 de mayo de 2015

TODO ES TAN TONTO, TODO ES TAN TRISTE


Maria Jose Viera Gallo ha sido una de las revelaciones de la narrativa chilena en estos últimos años. Dueña de una propuesta audaz ha logrado una buena critica en sus anteriores trabajos, las novelas: Verano robado (2006) y Memory Motel (2011). Acá un fragmento de uno de los siete cuentos que componen su libro Cosas que nunca te dije, publicado por Tajamar Editores.





       No recuerdo bien cuándo hablamos por primera vez, pero sí cuándo hablamos de verdad. El matrimonio, de un árabe y una tipa de apellido aristocrático, había sido especialmente largo y ruidoso. Terminada la puesta en escena de los postres, nuestro equipo de garzones se encerró en la cocina a conversar y a comer las sobras. Nosotros nos quedábamos fumando al lado de la basura.

—¿Qué lees? —me preguntó Rubén.

Le mostré la tapa de mi libro.

—¿Es sobre drogadictos?

Esa noche la Kennedy estaba tranquila. Sacó de su mochila un Chivas Regal. Le dije que ya habían echado antes a alguien por robarse un whisky. Me dijo que un cuico se lo había regalado, a cambio de que lo dejara jalar coca en la mesa.

Bebimos y hablamos. Sus padres tenían una panadería de barrio en San Miguel, les iba bien, pero querían que a él le fuera mejor. Estudiaba en el Instituto Nacional y odiaba su colegio facho. Lo único que le interesaba era tocar guitarra con unos chicos del barrio. Le conté que estudiaba la carrera de moda de esos años, pero mis planes eran ser escritor. Me dijo que la gente como yo, «mozos de fin de semana», podían darse el lujo de ser artistas. Le dije que ser escritor no era vivir en bata y pasársela tomando vino. Que había escritores normales, que sufrían como todo el mundo. Levantó los ojos: lo que más odiaba de su colegio era la asignatura de Castellano. Esos poemas de La Araucana. Le aclaré que lo mío no tenía nada que ver con la geografía espiritual de la patria. Quería escribir sobre cosas verdaderas.

—¿Cómo qué? —levantó una ceja.

—Como esta noche.

Me miró con sospecha.

—Mejor escribe canciones —me dijo—. En la música no hay cómo hacerse el lindo.

Se puso a cantar fuerte. Cantaba bien.

Le pregunté si el tema era suyo.

—¿Te gusta?

—Mucho.

—¿No lo reconoces? —se sorprendió.

Intenté adivinar el nombre de la banda, sin suerte.

—No te enojes con lo que digo, pero creo que no tienes idea de nada… todavía.

Su comentario me pareció arrogante. Pero yo también lo era con todo aquello que consideraba indispensable.

Siguió bebiendo y cantando.

En Vespucio ya estábamos borrachos. Rubén tenía puesto el corbatín de mozo en la cabeza y la camisa desabotonada. De repente reventó la botella de whisky vacía contra un poste. Escuchamos un pito. Luego otro. Santiago se había vaciado de militares pero llenado de alarmas. Corrimos. Rápido, hacia cualquier lugar. Vimos travestis ofreciendo sus tetas de mentiras. Escuchamos balaceras en un resto-pub de Suecia. Nos detuvimos en Manuel Montt y tratamos de sacar de un muro el afiche psicodélico de una fiesta llamada Spandex. No reímos de un hombre hablando desde un celular parecido a un walkie talkie, de una chica de pelo verde que estaba bajo los efectos de LSD.

Llegamos a Plaza Italia, sudados. Entramos al único lugar abierto a las seis de la mañana, el Prosit, la fuente de soda predilecta de parejas ilegales, travestis, ratis cesantes y taxistas traficantes de coca.

Pedimos dos tazas de Nescafé y pan con mermelada Malloa. Nos arrepentimos de no haber probado las tortas del matrimonio.

Hablamos de la novia. Parecida a la Natassja Kinski pero virgen. Me dijo que para él todas las mujeres vírgenes o no, eran iguales. Iguales cómo. Entonces usó una palabra: insípidas.

Bajé la vista hacia las migas de pan sobre la mesa.

—Te apuesto a que un día te vas a casar como todo el mundo —me dijo.

Untó su marraqueta con más mermelada.

—Te dije que voy a ser escritor.

—¿De qué vas a escribir tú?

—De esta noche.

—Dos giles que se emborrachan y rompen un farol y salen corriendo cagaos de susto. Fome.

—Después se sientan en un café y se cuentan cosas que nunca le han dicho a nadie.

—¿Qué cosas?

—Cosas que da vergüenza contar.

—¿Por ejemplo?

—Mejor se van.

—¿A dónde?

—Lejos. A Nueva York.

—Demasiado lejos.

—Iquique entonces.

—Si es por eso, Valpo.

—Conversan en un Pullman, eso.

—¿A qué hora sale el primer bus?

Su mirada terminó por vencerme. Se estaba haciendo tarde o temprano. Mis papás ya debían estar preocupados.

Al salir a la Alameda el sol sobrevivía tras una capa de smog. Intenté recordar qué micro me servía. Las habían pintado todas de amarillo y los letreros ahora eran números indescifrables. Lo mejor sería caminar por el parque. Me despedí de Rubén, tendiéndole la mano. No me la devolvió.

Caminé unos pasos, me di vuelta.

Estaba apoyado sobre un grafitti que anunciaba un Chile de Verdad y Reconciliación, la pierna doblada, la mirada baja, y el corbatín de mozo todavía en la cabeza.

Caminé hacia él.

—¿Vas al matrimonio de los dueños de Falabella? —le dije.

—Obvio, es pega.

—Juntémonos en la Kennedy y caminamos.

—¿A la ida?

—Y a la vuelta.

—¿Y después?

—Después vemos.

Al despedirnos por segunda vez, en lugar de darme la mano, Rubén se acercó a mi oído:

—Escribe de esto mejor —me dijo y me mordió la oreja, riéndose.

Durante toda la semana me toqué la oreja. Intenté en vano olvidar esa mordida rápida y sin sentido.

Tal como habíamos quedado, lo esperé veinte, cuarenta minutos, casi una hora, en el paradero de micros para irnos juntos al matrimonio. Se me había ocurrido una mejor manera para irnos a Valparaíso: sacar el auto de mi papá.

De vuelta a la casa, dejé las llaves en su lugar y me quedé dormido con ropa. Rubén no apareció nunca más en la banquetera. Nadie sabía nada de él. Contrataron a un mozo nuevo llamado Renzo.

Volví a caminar de madrugada solo por la Kennedy.

Un día me conseguí su número con el coordinador de los garzones.

Caminé hasta San Miguel.

Nunca había llegado tan lejos a pie, pero no me perdí.

Una mujer de bata que hacía el aseo me dijo que Rubén se había ido de la casa. Sus papás lo buscaban por todos lados. Si quería hablar con ellos, me acompañaba a la panadería. Rechacé su invitación y le pregunté si podía dejarle una nota a mi amigo en su pieza.

Me senté en la cama de Rubén unos minutos. Miré los afiches de la pared: Colo-Colo Campeón de la Copa Libertadores, un panfleto que decía No + Perrochet, un poster de Los Smiths. Johnny Marr y Morrissey aparecían en una foto en blanco y negro, apoyados sobre una construcción de ladrillos. Me arrepentí de no haber hablado de Los Smiths con Rubén. Su guitarra eléctrica estaba a un costado de la cama. La cogí, improvisé dos notas y desistí. Prendí su radiocaset. Entonces reconocí las canciones que me había cantado esa noche caminando. La carátula mostraba una camisa blanca —como de mozo—, una mancha roja al lado del corazón.

Me quedé recostado sobre su cama escuchándolo.

Al salir, me llevé el caset conmigo.



A veces con Valentina bailábamos Corazones en el living de casa. Mi canción favorita era “Por amarte”. Todavía no nacían las mellizas. El suplemento que antes leía con devoción ahora era una página online. Los Prisioneros se habían disuelto. Jorge González vivía afuera de Chile. El disco que antes le gustaba sólo a Rubén, ahora estaba de moda o casi.

Los chicos como Rubén habían desaparecido o muerto.

Todas las mujeres me parecían insípidas, incluso las más lindas. Yo había dejado de escribir. Trabajaba para la televisión en libretos de realitys. Mi sueldo me permitía comprarme quesos de la Patagonia en el Jumbo, viajar a la ciudad donde el protagonista de No hay nadie allá afuera terminaba matándose, hacer pedidos de libros por Amazon, saludar por su nombre a algunas actrices. Cuando cumplí treinta y cinco años me compré una casa en el mismo barrio de mis padres. A veces, cuando iba a matrimonios de conocidos, miraba a los mozos de la banquetera y me acordaba de más cosas de las que hubiera querido.

Después del último tenedor caído, del último mantel manchado, sabía que me esperaba mi primer cigarro con Rubén.

—¿Qué es eso? ¿Un libro para drogadictos?

Me reí.

—Hay algunos cocainómanos, pero es ficción, no autoayuda.

—¿Son historias de mentira?

Nos quedamos en silencio, asimilando la única verdad de ese minuto. Rubén siguió fumando, la cabeza caída, el pelo sobre la cara.

—Te lo regalo —dije de pronto.

—¿Por qué?

Las preguntas que en su momento no había sabido responderle al escritor, ahora tenían respuesta. Nunca volví a escribir sobre esa noche, ni a romper faroles ni a caminar más de dos pasos por la ciudad con nadie.

Creo que eso es lo último que escribí en mi libreta.





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