sábado, 6 de junio de 2015

EL SARGENTO PIMIENTA Y LA REBELION DE LOS TOMATES VERDES


El Sargento Pimienta y La Rebelión De Los Tomates Verdes, es la nueva entrega que nos muestra el escritor Roberto Araque, joven promesa de la literatura sudamericana.










        Entró a la habitación como quien enterado de que, a pesar de haber hecho todo lo posible, fracasó en una lucha que a la vista de muchos estaba sentenciada antes de planearse. En su defensa se podría argüir que conservó la compostura aún en los momentos más apremiantes de su circunstancia, y sin embargo, un observador nimio, aunque con gran esfuerzo, advertiría el ligero temblor en su parpado derecho; síntoma inequívoco de su naturaleza neurástica. Sus ojos, representación nostálgica de una época muerta, sin querer le condenaban y hablaban de arrepentimiento, pero no del tipo que comúnmente observamos sino el que golpetea el cráneo y dice que se debió haber hecho lo mismo, pero con mayor descaro.

Mantuvo el estoicismo en todo momento, no flaqueó. Sólo cuando se vio derrotado bajó los hombros y exhaló un aire a todas veces helado. Aún faltaba ser juzgado, poner la frente en alto al asumir la culpa y sentenciarse traidor. 

Desde que ingresó al gran salón no hubo pausa; le mostraron imágenes de las víctimas. Durante el asalto ni un tiro salió de su revólver, tampoco de las armas de quienes le acompañaron, eso no importaba. Preguntaron cada detalle y no cesaron hasta mostrarlo inepto, sanguinario y traidor; lo lograron. Quiso justificarse, no obstante, ya nada podía ser cambiado... 

Y para colmo, muy metido en su interior, yacía una idea; una preocupación. Eran las tres míseras letras que conjugó casi inaudiblemente al entrar: Ana.

***

Un día como hoy, hace varios años, un grupo de oficiales autodenominados “los tomates verdes” se sublevaron. Fracasaron no por falta de valentía, inteligencia, audacia o frialdad. Alguien no muy convencido de sus intenciones informó cada detalle acerca de la insurrección. 

Su plan constaba de tres etapas; Mezclar, sazonar y presentar. Mezclar, reunir y juramentar a todos los efectivos que ejecutarían el plan; sazonar, planificación y logística; presentar, sería lo más complicado.

“Un soldado que nunca ha estado en una guerra es como un bombero que no ha apagado un fuego.”

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Convocaron a todos los que consideraban leales; se encontraban lechugas, pepinos, papas hervidas, algunos quesos, naranjas, cilantros, perejiles, cebollas, pan duro, uvas pasas, repollo morado, trozos de pollo asado y muchos tomates verdes. Para sazonar no había mostaza ni salsa de ajo, pero sí sal gruesa, pimienta negra y blanca, algo de mayonesa y un poco de nuez moscada. Se planificó la ensalada con lo que se tenía, al final llegaron unos aguacates pero eran muy pocos y estaban pintones, sin embargo, eran mejor que nada y si se usaban con moderación podían darle un sabor exótico al plato. Entonces se decidió; primero se agregarían las lechugas, pepinos y las papas hervidas; su función era interceptar a la piña y obligarla a formar parte de una piña colada. Al mismo tiempo los quesos con un poquito de jugo de naranja, cilantros y perejiles buscarían infiltrarse en la licuadora. Debían formar una guasacaca para el pollo asado. Luego presentarían una ensalada con muchos tomates y aguacates, seguidamente agregarían manzanas, peras y con suerte algunas fresas indecisas. Los otros esperarían para incorporarse junto a los aguacates y unos pocos tomates verdes en un comunicado oficial. Estaban seguros de que, gracias al pollo sazonado con la guasacaca especial, se incorporarían más aguacates, algunas patillas, remolachas y muchas zanahorias. Simultáneamente tres tomates verdes se infiltrarían dentro de la tizana y dos uvas pasas aterrizarían en el helado de mantecado. 

***

Todo fue realizado sin resistencia ni bajas en ambos bandos. Hasta allí todo bien. El primer síntoma de que todo iba por mal camino sucedió al trasmitir el comunicado oficial; alguien perdió el vídeo donde aparecían los poquitos aguacates convocando a la lucha. En cambio, improvisaron un mensaje con dos personajes que hasta la fecha nadie sabe de dónde salieron: un par de topochos verdes bañados con salsa rosada que lejos de inspirar confianza espantaron a las poquitas verduras interesadas en apoyar la causa. Para ese instante se habían dado cuenta de que la piña raptada no era piña, sino un mango disfrazado. La real se escapó junto a la guanábana, gracias a la intervención oportuna de algunas manzanas verdes. Las uvas pasas no aterrizaron en el mantecado, se estrellaron. Los tres tomates verdes que se hicieron pasar por peras para entrar en la tizana fueron descubiertos por la patilla mayor y sus secuaces rojos. También los trozos de repollo morado que intentaron tomar el cuartel de las lechugas fueron interceptadosy neutralizados sin esfuerzo, no les dio tiempo ni de bajar. Las guanábanas estaban enteradas del plan, pero no sabían cuando harían el plato así que esperaron a que las manzanas presentaran su informe por medio del traidor; el sargento pimienta. El informe consistía en una oración que sería transmitida en la radio local:

“Si te digo que pareces un ángel me tratarás como a un demonio”

Así sucedió. Algún perejil escuchó el mensaje, lo transmitió y todos estuvieron alerta. Aunque el líder de los tomates sopesaba el riesgo estaba claro que aún si ellos tenían un informante, una vez puesto en marcha el plan, nada era seguro. Sin embargo, toda esperanza de éxito terminó cuando salió por televisión la piña real en un comunicado en vivo y directo desde algún rincón del refrigerador. Con ella estaba la patilla mayor, algunas manzanas y unos leales perejiles. Nadie salió a defender a los tomates verdes, todos fueron apresados sin resistencia. 

***

Cuando la insurrección culminó. Las tropas leales al gobierno detuvieron a muchos transeúntes, algunos curiosos y unos pocos periodistas. Serían testigos, su función consistía en dar fe de que ningún insurrecto fue torturado. Los enviaron al cuartel general de las zanahorias, allí los ejecutaron junto a algunos tomates verdes. Entonces informaron que un grupo de rebeldes quisieron tomar el poder a la fuerza, sin embargo, fueron repelidos por tropas gubernamentales después de intensos combates. Eventualmente surgieron los nombres de las víctimas, tanto civiles como militares fueron fotografiados con sus miembros desmembrados, algunos sumergidos en charcos de sangre y otros con orificios en su cabeza. Las imágenes causaron indignación de la población mientras la piña hablaba de libertad, nuevas ideas y democracia.

Nadie podría entender cuán triste es para una persona justa saber que nadó hasta la orilla equivocada; el sargento pimienta anduvo por ratos en el salón, daba vueltas de un lado a otro sin saber con quién hablar o qué hacer. Fue el héroe del día, sin embargo, no se sentía como tal. Algo en su interior le decía que había fracasado, no pertenecía a un bando en específico. Pensó en cada detalle, trató de convencerse de que la lealtad está por encima de todas las cosas. Al final entendió que sólo era un granito de pimienta negra y el culpable de todas las consecutivas tragedias que sucederían en los próximos meses. La felicidad dura poco, la de él no duró. La pimienta no encontraba con quién juntarse; las fresas no lo querían, no estaba a su nivel; las manzanas ni lo veían, nunca les agradó; los aguacates le dieron la espalda, sólo entre aguacates se entendían; y las naranjas estaban muy ocupadas, ellas eran las encargadas de arreglar todo el desastre. No obstante, la patilla y la piña le felicitaron; eventualmente fue condecorado con la orden “Tizana jugosa”, le nombraron condimento honorario en la ensalada de aguacate y se le permitió ingresar al refrigerador en dos oportunidades. Algunos tomates no se chapucearon como sus compañeros, sin embargo, veían a la pimienta con desprecio. Y, meses después cuando se enteraron lo de los fusilamientos, lo sentenciaron al igual que el líder de los tomates verdes. Él entendió su error mientras observaba cómo él se defendía y pretendía que otros siguieran su causa. Nadie compartía sus ideas, ninguno de los presentes en su improvisada intervención. 

***

En cambio él pensó en Ana. Incluso, cuando se montó en el helicóptero, no dejaba de susurrar su nombre. Era como un rosario, lo repetía. 

Después de dar unas breves declaraciones fue escoltado hasta el aeropuerto, allí recibió el veredicto; durante su traslado la nave sufriría un desperfecto mecánico, por respeto a su nombre no sería fotografiado con su cuerpo desmembrado o desangrado pero no debía colaborar. No le sorprendió la noticia, mantuvo la calma y lo aceptó, al momento de cumplirse la sentencia tuvo miedo. Todo fue rápido.

Los pocos tomates verdes que no participaron en la revuelta le saludaron, aún gozaba de simpatía entre sus tropas pero no se detuvo a hablar con ninguno. Simplemente se dirigió al helicóptero bien escoltado por un par de fresas y un durazno, sus verdugos. En el interior de la aeronave lo esperaba la patilla mayor y un par de manzanas verdes, todos con una sonrisa maliciosa. 

El Sargento Pimienta de lejos vio ascender a la aeronave con el mayor de los tomates verdes en él, al rato pensó:

Lo mismo que condena a unos, engrandece a otros; Ana. 



Y se marchó.





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