jueves, 30 de julio de 2015

EL EXTRAÑO


Hoy viernes volvemos a destacar parte del trabajo literario del  reconocido escritor Axel Blanco y su interesante propuesta. En esta oportunidad presentamos el relato El Extraño.


















       La veo… puedo percibir su olor a rosa damascena… Está en el balcón con ese vestido rojo que le queda como una segunda piel. Esa piel que le brilla como si la luna quisiera resaltarla entre los mortales. Como una esmeralda que fulgura sus propiedades lumínicas. Por qué dejar sola una mujer así. Si incluso el viento quisiera tomar forma humana y poseerla.

Ese de allá es el esposo, lo he visto en las páginas de sociales con la misma cara de idiota. Un tipo que aprendes a odiar de sólo verlo. Un grupo de mujeres lo rodean, lo acogen entre sus grandes pechos de silicona. Barraganas de palacio que no le llegan ni a los tobillos a su esposa Marlene. Sí, ella se llama Marlene. Es un hermoso nombre, ¿no? Era miss de belleza antes de caer con ese patán. Me enamoré perdidamente a penas la ví en la portada de una revista. Planifique este encuentro, no podía esperar más para estar con ella. Qué pena que esté tan triste. Su alma agoniza de despecho y se desangra a través de sus ojos de aguamarina. Todo por culpa del payaso aquel que no deja de besarle el cuello a las otras tipas. Se aproxima peligrosamente a la baranda del balcón como si no le importaran los cuarenta pisos que separan el Penthouse del concreto. Me acerco. Ella saca un cigarrillo del bolso y se lo pone en la boca. – ¿Tienes fuego?, me dice. Yo me anexo al club de fumadores con un Belmont en la comisura. Saco mi yesquero y veo como sus pupilas se contraen. Se iluminan de azul de luna. Ella disfruta esa bocanada. La suelta despacio levantando levemente sus labios. Me pregunta cómo me llamo. Le digo mi nombre. -Iván. Mi nombre es Iván. – ¿Quién te invitó? –Uno de los amigos de los amigos de tu esposo. Ella sonríe. Yo sigo atacando:- Por cierto, él no sabe el tesoro que tiene contigo. Vuelve a sonreír. Su rostro ya no refleja la tristeza de hace un momento. –Eres lo más bello que he visto en mucho tiempo. Marlene deja de mirar la ciudad y me abraza. Necesita un abrazo desde hace mucho. Necesita un amor desde hace mucho. Así que le digo que la amo. Aunque esa sea la primera vez que estoy con ella. Su cabeza me busca, sus labios se aproximan a los míos. Su sabor me excita y con ello mi verdadero yo toma control. Levanto su vestido violentamente. Ella sonríe sorprendida mientras deja que le haga todo…

Un Jazz de Chucho Valdez suena al fondo. La fiesta está animada y siguen llegando extraños. Celebran el cierre de un buen negocio con los chinos. Su esposo, el patán, siempre celebra cualquier firma de contrato. Por suerte nadie sale al balcón mientras esos dos consuman su deseo. Marlene se sostiene de la baranda del balcón mientras su amante la embiste. No hay mejor venganza para aquel sinvergüenza que le monta los cuernos cada vez que quiere. Su cuerpo se balancea, la cabeza va y viene, sus ojos ven el vacío por breves instantes. Goza. Goza como nunca. Su sangre es un hervidero loco de alacranes que pican de pasión. Sus uñas arrancan los cueros de la espalda de Iván que no se inmuta. Sus ojos ya no son los mismos. Ya no dicen lo mismo. Parecen dos fríos proyectiles que se pierden en esa borrosa fotografía de la ciudad. Porque Iván ya no es Iván. Iván se ha transformado en Valdemar, el personaje perverso de sus novelas. Por eso Marlene se angustia y grita. Pero la música de la fiesta hace que sus frases salgan mudas. Valdemar mueve las caderas con más fuerza hasta el punto de la comezón en el glande. Es allí que sus manotas aprietan y rompen el cuello de Marlene como un hueso de pollo. Saca su cosa y eyacula el chorro de semen en sus manos. Luego lo limpia con un pañuelo que saca del bolsillo. Termina el champan de su copa y le pasa una servilleta al cristal. Como un infaltable detalle, su navaja entra en una cuenca y le quita uno de sus hermosos ojos aguamarina. Camina lentamente hasta la salida sin despedirse de nadie. Su apariencia es como la de esos hombres comunes que pareces conocer de siempre, pero que nunca recuerdas.






miércoles, 29 de julio de 2015

NAN GOLDIN

Nan Goldin es una artista estadounidense, renovadora de la fotografía documental y narradora de la escena contracultural de Nueva York de los años 70 y 80. Su inquietante estilo es el elegido para hoy jueves


















lunes, 27 de julio de 2015

CONSEJOS PARA ESCRIBIR UN CUENTO, POR ANTON CHEJOV

Muchos consejos se han escrito sobre como escribir un cuento. Varios escritores lo han hecho y han sido una gran ayuda para noveles escritores. En esta oportunidad hemos querido destacar los consejos de quien es dicho por muchos escritores, quizás el mas grande cuentista de todos los tiempos. Anton Chejov







Uno no termina con la nariz rota por escribir mal; al contrario, escribimos porque nos hemos roto la nariz y no tenemos ningún lugar al que ir.

Cuando escribo no tengo la impresión de que mis historias sean tristes. En cualquier caso, cuando trabajo estoy siempre de buen humor. Cuanto más alegre es mi vida, más sombríos son los relatos que escribo.

Dios mío, no permitas que juzgue o hable de lo que no conozco y no comprendo.

No pulir, no limar demasiado. Hay que ser desmañado y audaz. La brevedad es hermana del talento.

Lo he visto todo. No obstante, ahora no se trata de lo que he visto sino de cómo lo he visto.

Es extraño: ahora tengo la manía de la brevedad: nada de lo que leo, mío o ajeno, me parece lo bastante breve.

Cuando escribo, confío plenamente en que el lector añadirá por su cuenta los elementos subjetivos que faltan al cuento.

Es más fácil escribir de Sócrates que de una señorita o de una cocinera.

Guarde el relato en un baúl un año entero y, después de ese tiempo, vuelva a leerlo. Entonces lo verá todo más claro. Escriba una novela. Escríbala durante un año entero. Después acórtela medio año y después publíquela. Un escritor, más que escribir, debe bordar sobre el papel; que el trabajo sea minucioso, elaborado.

Te aconsejo: 1) ninguna monserga de carácter político, social, económico; 2) objetividad absoluta; 3) veracidad en la pintura de los personajes y de las cosas; 4) máxima concisión; 5) audacia y originalidad: rechaza todo lo convencional; 6) espontaneidad.

Es difícil unir las ganas de vivir con las de escribir. No dejes correr tu pluma cuando tu cabeza está cansada.

Nunca se debe mentir. El arte tiene esta grandeza particular: no tolera la mentira. Se puede mentir en el amor, en la política, en la medicina, se puede engañar a la gente e incluso a Dios, pero en el arte no se puede mentir.

Nada es más fácil que describir autoridades antipáticas. Al lector le gusta, pero sólo al más insoportable, al más mediocre de los lectores. Dios te guarde de los lugares comunes. Lo mejor de todo es no describir el estado de ánimo de los personajes. Hay que tratar de que se desprenda de sus propias acciones. No publiques hasta estar seguro de que tus personajes están vivos y de que no pecas contra la realidad.

Escribir para los críticos tiene tanto sentido como darle a oler flores a una persona resfriada.

No seamos charlatanes y digamos con franqueza que en este mundo no se entiende nada. Sólo los charlatanes y los imbéciles creen comprenderlo todo.

No es la escritura en sí misma lo que me da náusea, sino el entorno literario, del que no es posible escapar y que te acompaña a todas partes, como a la tierra su atmósfera. No creo en nuestra intelligentsia, que es hipócrita, falsa, histérica, maleducada, ociosa; no le creo ni siquiera cuando sufre y se lamenta, ya que sus perseguidores proceden de sus propias entrañas. Creo en los individuos, en unas pocas personas esparcidas por todos los rincones -sean intelectuales o campesinos-; en ellos está la fuerza, aunque sean pocos.







MOLINO

La Banda de esta semana ha estado haciendo ruido durante mucho tiempo. Se trata de MOLINO y es uno de los grupos promisorios de la region












Molino es uno de los grupos emergentes de la región. La mayoría de sus presentaciones son en los bares mas conocidos de Coquimbo, como el ya mítico KZI BAR, Pub Duna o Mister x rock. Siempre que los hemos escuchado nos han dejado una grata impresión.




     Su estilo directo y penetrante, con pequeñas influencias grunge o stoner, nos ha llamado mucho la atención y creemos que son una banda a la que no se debería pasar por alto. Temas como bajo el agua o desertia son muestras fieles de su estilo. Esperamos que sigan por este camino y les deseamos toda la suerte. 







Integrantes:


Nano Rivera (voz)

Alejandro Veliz (guitarra)

Rodolfo Barrera (bajo y coros)

Emilio Palma (batería)

Victor Romoligion (guitarra y coros)






Los dejamos con el soundcloud de esta banda





https://soundcloud.com/molino-rockers





sábado, 25 de julio de 2015

TAL VEZ

Roberto Araque es un joven y prometedor escritor venezolano. Natural de la ciudad de Margarita, posee un estilo que deja al lector inquieto y pensativo. Hoy destacamos su cuento Tal Vez.















         La cura está en el consuelo, es como un sedante de olvido. 

Después de todo, mientras ella subía su pantaleta, él comentó:

– Tal vez fallamos en algo. Quizás empezamos mal. Si en vez de intentar amarnos nos hubiésemos esforzado en odiarnos un poco más, de repente todo fuese distinto. El resultado sería el mismo. Total, mis padres no se soportan y llevan cuarenta y cinco años de matrimonio. Los tuyos igual ¿Qué hay de malo en odiarse, convivir y tener sexo de vez en cuando? – Ella no respondió. Él continuó:

–… La clave para una buena convivencia, por lo menos en el matrimonio, está en odiarse. Todos los días un poquito más que el anterior, pero no mucho; lo suficiente como para soportar la presencia del otro. Todo es cuestión de equilibrio…- Ella buscó sentarse en un lugar distante sin que él lo percatase, permanecía muda, pero estaba atenta a lo que decía en caso de que preguntara su opinión. Él se ajustó los pantalones, se recostó sobre la cama y colocó sus manos detrás de su cabeza –… Una vez estuve enamorado, la quería en verdad. Ella era una chica bella y elegante; no una gorda ordinaria como tú. Nada que ver contigo. Pero no me amaba, o mejor dicho, no me odiaba lo suficiente como para vivir conmigo…Aprende a odiar; te ayudará a vivir, eso fue lo último que me dijo. – La observó sentada sobre el borde de la cama, tocó su espalda con su pie derecho en la búsqueda de resistencia. No la encontró. Él comenzó a tararear una canción de cuna, esperaba algún gesto hostil para corresponderlo. Nada de eso pasó. Luego calló, a pesar de que ansiaba dormir permaneció despierto y tieso con el pie apoyado sobre la chica y la mirada fija en su espalda. Así transcurrieron varios minutos. El ambiente estaba húmedo, el calor resultó insoportable.

-Prende el aire.- Ella obedeció. Seguidamente se dirigió hacia la puerta, pero él entendió sus intenciones.

-¿A dónde vas?- 

-A ningún lado.- Giró su cuerpo. La observó con asco; vio sus tetas y el abdomen, parte del cabello le cubría una cicatriz del rostro. Con su andar pausado y con la mirada fija en el suelo, se acercó al borde de la cama.

- Siéntate.- Ella obedeció, se ubicó en el mismo lugar. Él volvió a colgar su pie sobre su espalda. 

Mientras él pensaba, ella permaneció sobre una esquina de la cama con los brazos apoyados sobre sus muslos, soportó el empuje de la pierna. Él al rato reanudó el canto, pero con menor intensidad. Eventualmente dejaba de tararear, luego comenzaba una estrofa aparentemente inconexa. Cuando al fin la borrachera lo venció ella terminó de vestirse y se marchó en dirección a la cocina. Una vez allí tomó el más grande y afilado de los cuchillos que poseía. Luego picó algunos aliños y un trozo de carne, los mezcló en una sartén y cocinó a fuego lento. Inmediatamente montó la pasta. Buscó unos plátanos, los rebanó, fritó y agregó queso fundido y mantequilla sobre ellos. Cuando estuvo lista la pasta la embarrotó con mantequilla, aceite y un poco de mayonesa. Preparó un puré de papas, le agregó trozos de tocineta frita molida mezclada con grasa de cerdo. Al terminar fue a la habitación para cerciorarse de que estuviese dormido; él estaba recostado sobre la cama, medio sonámbulo y borracho. Aún conservaba los pantalones. Su correa, al igual que su camisa, yacía sobre la cama. Recogió la camisa y la guindó en el closet, no tocó la correa. Salió, fue al mini mercado. Compró golosinas y dos litros de Cola. A él le encantaba la Cola, pero de tanto tomarla ya no le encontraba sabor. Ella solucionó el inconveniente con unas cucharaditas de azúcar, cada vez le agregaba un poco más. Al terminar vistió la mesa y esperó. 

Cuando él despertó, ella veía la telenovela en la sala. Nada le causaba mayor satisfacción que encender la televisión y ver esos personajes de ensueños luchar por su felicidad. Sufría por ellos. Odiaba a los antagonistas, incluso, aun sabiendo que todo era una farsa, los despreciaba. En alguna oportunidad se topó en la calle con un actor que interpretaba al villano en una telenovela, quiso escupirle el rostro. Por supuesto nada de eso sucedió, sólo lo ignoró.

-¿Y la comida?- 

- En el microondas.- 

-¿No vas a comer?- No respondió. Él volvió a preguntar:

-¿Acaso estás a dieta?- Seguidamente soltó una carcajada. Ella tomó un brócoli, lo mordió y dijo:

-No.- Continuó observando su telenovela mientras él engullía cada bocado del plato que le había preparado con una voracidad propia de algún animal salvaje. Al terminar fue a la habitación y durmió. Ella, al culminar la novela, fue a la cocina; fregó los platos y pasó un coleto por la sala. Cuando ya hubo terminado entró a la habitación y lo observó mientras dormía. Por alguna razón que no se podría explicar le vino a la mente una frase que decía su abuela:

“Odiar no es bueno… quizás porque de tanto hacerlo puedes terminar queriendo”

Se acercó. Se sentó a un costado de la cama, luego posó su mano derecha sobre su frente. Él, aún entre medio dormido y despierto, la sintió cándida y suave. Ella había pasado por eso; era de su conocimiento, él, como muchos, tenía la manía de obsesionarse por lo inalcanzable. Ella también. Tal vez por eso no lo abandonó, era su gota gemela de agua en un lago de azufre y mercurio.






viernes, 24 de julio de 2015

LOS TITULOS VALEN CALLAMPA

El original estilo de Marco Duran, escritor de nuestra región, mas específicamente de la ciudad de La Serena, es el elegido el dia hoy por Experimental Lunch. En esta oportunidad, presentamos el relato Los Títulos Valen Callampa











          La luz de la lámpara crea un ambiente difuso. El televisor prendido y las rutinarias muertes, sustentan mi letargo. Trato de levantarme, pero apenas consigo enviar esta orden al cerebro, sólo lo pienso. Un impulso repentino, mecánico, mueve mi brazo para alejar una parte de la sábana que cubre mi cara. Una rebuscada sensación se apodera de mí. 

Busco abrigo sumergiéndome en la ropa que cubre la cama: “tres frazadas ya no son suficiente”. Pienso en la voluntad que un día escuché, en la capacidad de encontrar “el fin de mí fin”

La caja de ilusiones dispara animadas carcajadas-comienza el matinal-mis vecinos responden golpeando la enclenque pared que nos separa. Me atrevo a salir de mi refugio para emprender un nuevo y agobiante “día más”. Miro el reloj y sólo han pasado diez minutos desde que su estridente alarido me cuadrara en esta realidad: es un aviso diario para los motivos, esclavos sonrientes de cada mañana. 

Los primeros atisbos de este verano se cuelan entremedio de las cortinas, hasta caer a un costado de la cama, ése, que desde hace dos semanas relleno con cojines y ropa sucia, ése, que aún conserva tu olor y tu saliva pegada en la sábana. Estiro mi brazo para engañarme una vez más, para por último encontrarme con un cabello, y por que no, con un bello que logre reproducirte desnuda a mi lado. 

Son las Ocho Cuarenta y Cinco Hrs. Sonrió y recuerdo lo difícil que resultaba despegarte de tu onírico viaje, la mayoría de las veces simplemente me arrimaba a tu cálido cuerpo para sentir tu aliñado aliento, que conjugaba cebollas y ajos que tanto te gustaban, luego soplaba tu nariz para que abrieras los ojos. 

Hoy es martes 29 de diciembre, mis pasos de autómata toman Espiñeira en dirección al centro de santiago. Miro la hora, suspiro. Antes de irnos a vivir juntos me esperabas en la Estación Central, en la boletería. Nunca llegué a la hora. Siempre me regañabas y me decías que era un irresponsable, que no podría nunca esperar algo de las demás personas, si no era capaz de llegar a tiempo a un compromiso. Tú descendías en la Estación los Leones, yo seguía “subiendo” hasta llegar a Escuela Militar, para luego esperar la famosa micro que pasaba casi siempre llena de gente. 

Hoy tengo una nueva entrevista de trabajo, Julián me recomendó: “esta pega es para ti”-me dijo. Seguro, trabajo en ello como diez años, le conteste. Tengo mi fama, el reconocimiento de una sociedad impaciente y succionadora me aguardan: Gerentes, Subgerentes, Supervisores, Jefes, Subjefes, amigos de los Jefes. Un día antes del despido estuve facturando hasta las seis de la mañana. La Empresa se “reestructurará” era la consigna, muchos serán removidos de sus puestos, los que logren seguir en nuestras filas, será porque se lo han ganado. Con ellos podremos contar para iniciar nuestro retorno al “Competitivo Mercado”. “Seremos la Empresa que todos queremos”. Fue ese día cuando me encontré en casa con tu nota: “lo siento, me marcho”. Llevábamos un año de casados, hacía un mes que nos habíamos encargado de amoblar el living y el comedor. Decidimos adquirir la casa que tanto nos gustaba en Treinta años y estábamos juntado dinero para comprar el “Fito” del vecino. El 147. Pensábamos tener 3 Hijos y llamarlos como nosotros o como nuestros Abuelos. 

-Señor es su turno. Por favor entre a la oficina, al fondo del pasillo-dijo una chillona voz..

Me puse de pie como si hubiese escuchado mi nombre en una sentencia. Eso pensé, voy 

a una audiencia para un veredicto. 

-Tome asiento, me dijo un tipo pequeño, regordete, calvo 

y con estrabismo. Nos interesa su “historial”. Venga mañana a las Nueve para una entrevista con la Psicóloga. 

Me alejé de mi juez sin la sentencia que ansiaba, fue un alargue, un sobre tiempo de la resolución. Mi cuerpo comenzó a pesar más aún que de costumbre, mis pies eran dos bolas 

de acero, con las cuales rodaba por esa roñosa alfombra que me trasladaba hasta la salida. 

La secretaria, la chillona chica, me preguntó cómo me había ido. Levanté la vista y le escupí una mirada, traté 

de dar en sus senos, pero apenas notó mi intención decidió levantarse de la silla y salir disparada a la oficina del tipo que me había “formalizado”. 

Me dirigí a los ascensores a esperar que alguien lo llamara y decidiera mi siguiente paso. Dos chicas se posaron en mi costado izquierdo, una de ella no dejaba de mirarme, la otra chica indiferente, apretó el botón para llamar al ascensor. El elevador no tardó en llegar con dos sujetos que lo abordaban, que al ver a mis acompañantes retrocedieron para quedar detrás de ellas. Encubiertos, patéticos, los imbéciles no dejaban de mirarlas de arriba abajo y hacer cometarios del rico olor que había en el ambiente y seudos piropos que de seguro no se atreverían a lanzarlos si estuvieran cada uno de ellos a solas con las chicas. Llegamos al primer piso y nos desparramamos dispersándonos en el pasillo, para llegar a la salida. Un guardia no dejaba de apuntar su hastiada mirada: “debió registrarse, Señor”. Lo llamé pero usted no respondió. 

Desciendo por la vereda sur. Bajo por Apoquindo despidiéndome de la Estación Alcántara. 

Me propongo caminar hasta mi casa. El cielo esta despejado, limpio de cualquier elemento respirable: “resplandeciente gris perla”, gracias por regalarme la desesperanza, alejar la fe. Que sería de todos los Santiaguinos sin ti. Que sería de esa melancolía y sequedad que veo en la mayoría de los rostros que cobijas. De esos jóvenes muchachos desplazándose como si el tiempo los estuviera persiguiendo, de esas mujeres que no son capaces de saludarte, de agradecerte su depresión. De los arrogantes, que sobran por estos lados. 

Avenida Providencia con Pedro de Valdivia. Ya estoy en otra comuna, pase por los Leones 

y no fui capaz de pensar en ti, me lo recrimino, ya que sólo en este momento, que me encuentro al frente de la farmacia, me llega tu presencia. Me decías que pronto te trasladarían a esta. Que las ventas eran mejores, que incrementarías tus comisiones. Que podrías comprarte “la Carolina Herrera” que deseabas. Te imagino atendiendo y corriendo de un lado para otro: ganas y fuerza se necesitan para trabajar con estos turnos, me decías: 

los Farmacéuticos piensan siempre en ellos, la mayoría son unos insensibles, se hacen los simpáticos, y al pasar el tiempo se transforman en un patrón más, en uno que la Farmacia amolda a su gusto. Pobres criaturas, te contestaba. No son como nosotros…

¡Ahora tú eres igual! Golpeo un parquímetro con mi puño, como si este algo ofensivo me hubiera dicho, como si fuere este frío depósito quien me dijera al oído que tú eres igual al resto del gentío-sacudo mis palabras-vuelvo a golpear al proyecto de cobrador automático, pero ahora le tiro mi mejor patada para tumbarlo y salir corriendo del lugar. Corro. Mis piernas aletean el suelo a calamitosa velocidad. Unos tipos gritan que me agarren, un imbécil lo intenta. Termina de boca en el suelo, mi “fuerza- masa” pudo más. 

Sigo corriendo. Siento que nadie podría ser capaz de detenerme, el ruido de las micros y los autos que pasan a mi lado parecen animarme a seguir. Sigo corriendo. Diviso a Baquedano, sigo corriendo. Atravieso el cruce de Vicuña sin mirar, sigo corriendo. No puedo parar, no tengo por qué parar. Al instante un agudo dolor en ambos muslos me pone en mi lugar. Me derrumbo al suelo y gateando consigo llegar hasta la pared de un añoso edificio que me recibe para degustar mi pena. Las lágrimas se me escapan como el torrente más caudaloso. No puedo dejar de llorar, tampoco quiero. Me pongo de pie con el aliento que me queda. Consigo cerrar las válvulas de la angustia, la rabia, la impotencia, mi falta de madures, el orgullo...

...Sequé las últimas lágrimas con la manga de mi Sueter, Los mocos apelotonados los terminé repartiendo en ambas piernas del pantalón. Mi pelo me colgaba en la cara, recordé a esos Vaqueros del lejano Oeste. Uno moribundo, uno casi entregado por falta de agua y 

de fe…

…Abro los ojos, me golpeas con un cojín en la cara: 

-levántate “flojín”. Tienes que llegar a la hora para la entrevista. 

Es verdad. Tengo una nueva entrevista de trabajo.








jueves, 23 de julio de 2015

FELIPE ABRAHAM

Felipe Abraham estudio cine y en ese proceso descubrió la fotografía, apasionándose por su lenguaje directo y contemplativo. Es estudiante de Licenciatura en Fotografía en Buenos Aires, pero sus raíces están en la ciudad de Linares, Región del Maule, la que ha influido en gran parte de su estética. “La Huella” es su primera serie, en donde reflexiona sobre la ausencia, el tiempo, los lugares, lo fugaz o lo permanente.





















miércoles, 22 de julio de 2015

LOS QUINTETOS DEL DOLOR

Jose Ángel Conde nace en Madrid (España) en 1976. Desarrolla una labor literaria, tanto en prosa como en poesía, que se plasma en colaboraciones en antologías y revistas literarias, artículos y críticas, además de ser finalista en varios concursos. Es autor de los poemarios digitales "Feto oscuro" y "Fiebres galantes", así como de las novelas "Hela" y "Pleamar". También escribe el blog literario"Negromancia".
Actualmente vive y trabaja en Leipzig (Alemania). Hoy lo destacamos con uno de sus poemas Los Quintetos Del Dolor






Atravesando la terquedad 

puedes tener un bosque de certezas 

duras como témpanos de orgullo 

y mostrar colmillos de ira 

allá donde pise otro ser humano. 



Marcas con tu paso 

la estela del tormento vital 

como un Hermes negro y satánico 

sabedor de ciencias negativas 

y caminante de los mundos del subzero. 



Ahora hay nuevos cuadernos 

que escribir con sangre, 

que transcriban las fórmulas y enseñanzas 

de la cábala del dolor diario, 

legajos de un saber eterno y pantanoso. 



Os veo como gusanos amantes 

pero que nunca encontrarán amor, 

debajo de cuerpos de baba insustancial: 

son podridos estertores 

que no afrontar el ruido de fondo 

de la inutilidad de babear. 



¿Quién es el culpable 

de este zarandeo cósmico? 

¿Dios? ¿El caos? ¿Nosotros mismos? 

Qué tierno sería deshojar con caricias 

la rosa suave de nuestras propias vidas. 



Tal vez en un vacío búdico, 

en un dejarme ir ni suave ni violento, 

sin querer queriendo, 

navegante del todo, 

relámpago de luz en medio de la eternidad. 



O bien, sensei dolor, 

llévame a túneles de katanas 

que nunca acaben 

pero que siempre prometan 

la luz en su final sacrificial. 



Pero seguimos empeñados en actuar 

en el corazón mismo del teatro existencial; 

si dejáramos de hacerlo 

la angustia se comería todo lo que tenemos, 

empezando por nuestra alma. 



Pararos, pararos a observar 

qué hay más allá o que hay aquí, 

o regocijaos en el dolor del semiorgasmo de vivir 

o en la posibilidad de que todo el universo estuviese en la punta de 

nuestro dedo meñique







Pagina oficial "Hela": http://josefingel.wix.com/hela

"Hela" en Triskel Ediciones: http://www.triskelediciones.es/hela.html

Facebook: https://www.facebook.com/helfreya

Portfolio Web: http://josefingel.wix.com/josef-a






martes, 21 de julio de 2015

DENTRO Y FUERA

Hermann Hesse fue un gran escritor, poeta y hasta filosofo aleman, grandes obras como Sidharta, Lobo Estepario o Bajo las Ruedas, son de su autoria. Hoy lo destacamos con un faceta no tan conocida de su obra, el cuento. Dentro y Fuera es el relato que a continuación les presentamos.















       Había una vez un hombre llamado Frederick; se dedicaba a tareas intelectuales y poseía una amplia extensión de conocimientos. Sin embargo, no todos los conocimientos significaban lo mismo para él, ni apreciaba cualquier actividad intelectual. Tenía preferencia por un cierto tipo de pensamiento, desdeñando y detestando los otros. Sentía un profundo amor y respeto por la lógica -ese método admirable- y, en general, por lo que él llamaba "ciencia".

"Dos y dos son cuatro -acostumbraba a decir-. Esto es lo que creo; y el hombre debe construir su pensamiento sobre la base de esta verdad."

No ignoraba, sin duda, que existían otras clases de pensamiento y cultura; pero no los consideraba como "ciencia", y tenía una pobre opinión de ellos. Aunque librepensador, no era intolerante con la religión. La religión estaba fundada en un tácito acuerdo entre científicos. Durante varios siglos su ciencia había abarcado casi todo lo que existía sobre la tierra y era digno de conocerse, con una sola excepción: el alma humana. Con el transcurso del tiempo, se convirtió en costumbre abandonar esta materia a la religión, y permitir sus especulaciones sobre el alma, aunque sin considerarlas seriamente. Según esto, Frederick era también tolerante en lo referente a la religión; no obstante, todo lo que significaba superstición le era profundamente odioso y repugnante. Pueblos lejanos, incultos y retrasados podían recurrir a ella; en la remota antigüedad podía admitirse el pensamiento místico o mágico; pero con el nacimiento de la ciencia y de la lógica esas anticuadas y dudosas herramientas carecían de sentido.

Eso es lo que decía y lo que pensaba. Cuando algún vestigio de superstición aparecía ante él, se encolerizaba Y sentía como sí hubiese sido atacado por algo hostil.

No obstante, lo que más le irritaba era hallar tales vestigios entre hombres de su propia clase, educados y versados en los principios del pensamiento científico. Y nada le era tan doloroso e intolerable como el concepto escandaloso -que había oído recientemente formulado y discutido incluso por hombres de gran cultura-, la idea absurda de que el "pensamiento científico" no era posiblemente un hecho supremo, independiente del tiempo, eterno, preordenado e inexpugnable, sino sólo uno de tantos, una transitoria manera de pensar, no impenetrable al cambio y a la decadencia. Esa creencia irreverente, destructiva y venenosa se extendía; ni el propio Frederick era capaz de negarlo; había surgido al azar como resultado de la angustia originada en todo el mundo por la guerra, la revolución, y el hambre, a la manera de un aviso, como espiritual escritura de una blanca mano sobre un blanco muro.

Mientras más sufría Frederick por la existencia de esa idea y por lo profundamente que lograba afligirle, más apasionadamente la atacaba, tanto a ella como a aquéllos a quienes sospechaba sus secretos defensores. Hasta entonces sólo muy pocas personas verdaderamente cultivadas habían proclamado abierta y francamente su fe en la nueva doctrina, que parecía destinada, de lograr difusión y fuerza, a destruir todos los valores espirituales sobre la tierra y a provocar el caos. Pero la situación no había llegado aún a tal extremo y los dispersos mantenedores eran tan pocos en número que cabía considerarlos como casos singulares y excéntricos, elementos peculiares. Pero una gota del veneno, una emanación de esa idea, podía ser percibida en cualquier momento. De un modo u otro podían surgir entre el pueblo y los medios cultivados una serie de nuevas doctrinas esotéricas, con sus sectas y discípulos; el mundo estaba lleno de ellas, por doquier se veía amenazado por la superstición, el misticismo, los cultos espirituales y otras fuerzas misteriosas, a las cuales era necesario combatir; pero la ciencia, por un particular sentimiento de debilidad, les había concedido hasta el presente vía libre.

Un día, Frederick visitó a uno de sus amigos, con quien frecuentemente había investigado. Hacía algún tiempo que no lo había visto. Mientras iba subiendo por la escalera de la casa, intentó recordar cuándo y dónde había estado por última vez en compañía de su amigo, pero, aunque se enorgullecía de su excelente memoria, no lo conseguía. Imperceptiblemente molesto y malhumorado, mientras aguardaba ante la puerta de su amigo intentó liberarse de esta sensación.

Apenas había saludado a Erwin, su amigo, cuando advirtió en su cordial semblante una cierta aunque reprimida sonrisa, que le pareció advertir por primera vez. Apenas vio aquella sonrisa, en cierto modo burlona u hostil pese a su apariencia amistosa, recordó inmediatamente lo que estuvo buscando infructuosamente en su memoria: su último y anterior encuentro con Erwin. Recordó que se habían separado sin haber discutido, desde luego, pero con una sensación de discordia interna y disgusto, porque Erwin había prestado entonces muy escaso apoyo a sus ataques contra los dominios de la superstición.

Era extraño. ¿Cómo podía haber olvidado aquello por completo? Comprendió también que ésa era la única razón de haber evitado a su amigo durante tanto tiempo, simplemente ese descontento, y que desde el principio había sido consciente de ello, aunque se inventó una multitud de excusas para el repetido aplazamiento de esta visita.

Ahora se enfrentaban el uno al otro; Frederick sintió que la pequeña grieta de aquel día había experimentado un tremendo ensanchamiento. Intuyó que algo fallaba entre él y Erwin, algo que hasta entonces siempre estuvo presente: un aura de solidaridad, de espontánea comprensión, de afecto incluso. Ahora existía un vacío. Se saludaron; hablaron del tiempo, de sus conocidos, de su salud y -Dios sabe por qué- a cada palabra Frederick tuvo la molesta sensación de que no comprendía bien a su amigo, de que Erwin no lo conocía realmente, de que sus palabras estaban errando el blanco, de que no era posible hallar ninguna base común para una verdadera conversación. Con mayor motivo por cuanto Erwin exhibía aún en su rostro aquella amistosa sonrisa, que Frederick estaba empezando casi a odiar.

Durante una pausa en la laboriosa conversación, Frederick miró en torno suyo al estudio que conocía tan bien y vio una hoja de papel clavada con un alfiler en la pared. Esta imagen lo conmovió extrañamente y despertó antiguos recuerdos: hacía mucho tiempo, en sus años de estudiante, Erwin tenía ese HÁBITO, a veces, para conservar el dicho de un pensador o el verso de un poeta frescos en su mente. Se levantó y se dirigió hacia la pared para leer el papel.

Allí, en la bella escritura de Erwin, leyó las siguientes palabras: "Nada está fuera, nada está dentro; pues lo que está fuera está dentro".

Pálido, permaneció inmóvil durante un momento. ¡Allí estaba! ¡Eso era lo que temía! En otra ocasión habría ignorado aquella hoja de papel, la habría tolerado caritativamente como una genialidad, como una debilidad inocente a la que cualquiera estaba expuesto, quizá como un frívolo sentimentalismo que pedía indulgencia. Pero ahora era diferente. Sintió que esas palabras no habían sido escritas por un fugaz impulso poético, no era por capricho que Erwin había vuelto después de tantos años a la práctica de su juventud. ¡Aquella frase era una confesión de misticismo!

Lentamente se volvió para mirarle el rostro, cuya sonrisa era de nuevo radiante.

-¡Explícame esto! -exigió.

Erwin hizo un gesto afirmativo con la cabeza, lleno de amistad.

-¿Nunca has leído este dicho?

-¡Naturalmente! -gritó Frederick-. Claro que lo conozco. Es misticismo, es gnosticismo. Quizá sea poético, pero... ¡De todas formas, explícamelo, y dime por qué lo has puesto en la pared!

-Con mucho gusto -dijo Erwin-. El dicho es una primera introducción a una epistemología que he estado investigando últimamente, y que me ha proporcionado ya muchas satisfacciones.

Frederick reprimió su arrebato. Preguntó:

-¿Una nueva epistemología? ¿Qué es? ¿Cómo se llama?

-¡Oh -contestó Erwin-, únicamente es nueva para mí. Es ya muy antigua y venerable. Se llama magia.

La palabra había sido pronunciada. Asombrado y sobrecogido por tan cándida confesión, Frederick comprendió con un estremecimiento que se hallaba enfrentado cara a cara con el archienemigo en la persona de Erwin. No sabía si estaba más cerca de la rabia o de las lágrimas; lo poseía un amargo sentimiento de irreparable pérdida. Durante una larga pausa permaneció callado.

Luego, con pretendida decisión en la voz, atacó:

-¿Así que deseas ahora convertirte en un mago?

-Sí -contestó Erwin sin vacilar.

-Una especie de aprendiz de brujo, ¿eh?

-Ciertamente.

Hubo tanta quietud que podía oírse el tictac de un reloj en laHABITACIÓNcontigua.

Frederick agregó después:

-Esto significa que abandonas toda relación con la ciencia seria y, por tanto, toda relación conmigo.

-Espero que no sea así -contestó Erwin-. Pero si no hay otro remedio, ¿qué puedo hacer?

-¿Qué puedes hacer? -estalló Frederick-. ¡Rompe, rompe de una vez por todas con esa puerilidad, con esa vil y despreciable creencia en la magia! Eso puedes hacer, si deseas conservar mi respeto.

Erwin sonrió un poco, aunque también su alegría se había desvanecido.

-Hablas como si... -murmuró, tan suavemente que a través de sus quedas palabras la irritada voz de Frederick aún parecía resonar por toda la habitación-, hablas como si eso estuviese dentro de mi voluntad, como si me quedara elección, Frederick. No es ése el caso. No tengo, ninguna elección. No fui yo quien escogió la magia: ella me escogió a mí.

Frederick suspiró, profundamente.

-Entonces, adiós -dijo hastiadamente, y se levantó sin ofrecerle su mano.

-¡Así, no! -exclamó Erwin-. No debes separarte de mí de ese modo. Imagina que uno de nosotros yace en su lecho de muerte -¡y en verdad que así es!-, y que debemos decirnos adiós.

-¿Pero quién de nosotros va a morir, Erwin?

-Hoy probablemente yo, amigo mío. Cualquiera que desee nacer de nuevo, debe estar preparado para morir.

Una vez más Frederick se dirigió a la hoja de papel y leyó el dicho.

-Muy bien -admitió al fin-. Tienes razón, no sirve para nada separarnos con ira. Haré lo que deseas; imaginaré que uno de nosotros se está muriendo. Antes de irme, quiero pedirte una última cosa.

-Me alegro -repuso Erwin-. Dime, ¿qué atención puedo demostrarte en nuestra despedida?

-Repito mi primera pregunta, y ésta es también mi petición: explícame ese dicho lo mejor que puedas.

Erwin reflexionó un momento y luego dijo:

-Nada está fuera, nada está dentro. Conoces el significado religioso de esto: Dios está en todas partes. Está en el espíritu y también en la naturaleza. Todo es divino, porque Dios es todo. Antiguamente esto recibía el nombre de panteísmo. En lo que concierne al significado filosófico, estamos acostumbrados a separar el dentro del fuera en nuestro pensamiento; sin embargo, esto no es necesario. Nuestro espíritu es capaz de superar los límites que hemos fijado para él, en el Más Allá. Más allá del par de antítesis que constituye nuestro mundo, comienza un nuevo y diferente conocimiento... Pero, mi querido amigo, debo confesarte que desde que mi pensamiento ha cambiado ya no existen para mí palabras ambiguas ni dichos: cada palabra tiene decenas, centenares de significados. Y ahí empieza lo que temes... la magia.

Frederick. frunció las cejas y estuvo a punto de interrumpirle. Pero Erwin lo miró de forma desarmante y continuó, hablando más distintamente:

-Déjame darte un ejemplo. Llévate algo mío, cualquier objeto, y examínalo un poco de cuando en cuando. Pronto el principio del dentro y el fuera te revelará uno de sus muchos significados.

Dio una ojeada en tomo a la habitación, tomó una pequeña estatuilla de arcilla de un anaquel, y se la dio a Frederick, diciendo:

-Toma esto como regalo de despedida. ¡Cuando este objeto que coloco en tus manos cese de estar fuera de ti y esté dentro de ti, ven a mí de nuevo! ¡Pero si permanece fuera de ti, tal como está ahora, para siempre, entonces esta separación tuya de mí será también para siempre!

Frederick quiso hablar todavía, pero Erwin tomó su mano, la estrechó, y se despidió de él con una expresión que no admitía réplica.

Frederick se retiró; descendió la escalera (¡qué largo le pareció el tiempo desde que la había subido!); se dirigió a través de las calles a su casa, perplejo y angustiado, con la pequeña figura de barro en la mano.

Se detuvo frente a su morada, apretó fieramente el puño sobre la estatuilla durante un momento, y sintió un irresistible impulso de romper el ridículo objeto contra el suelo. Nunca se había sentido tan agitado, tan movido por emociones antagónicas.

Buscó un lugar para el obsequio de su amigo, y puso la figura en la parte superior de un estante de su librería. Por el momento la dejó allí.

Ocasionalmente, según fueron pasando los días, la miró, meditando sobre ella y sus orígenes, considerando el significado que tan disparatado objeto iba a tener para él. Se trataba de una pequeña figura que representaba un hombre, o un dios, o un ídolo , con dos rostros, como el dios romano Jano, modelada más bien toscamente en arcilla y cubierta con un barniz tostado y algo cuarteado. La pequeña imagen tenía un aspecto grosero e insignificante; no era desde luego una obra griega o romana; probablemente se trataba del trabajo de alguna raza inferior y primitiva de África o de los Mares del Sur. Los dos rostros, que eran exactamente iguales, mostraban una sonrisa apática, indolente y débilmente burlona; el pequeño gnomo prodigaba su estúpida sonrisa de modo en especial desagradable.

Frederick no pudo acostumbrarse a la figura. Le resultaba totalmente inestética y ofensiva, se interponía en su camino, lo turbaba. Ya al día siguiente la tomó para dejarla sobre la estufa, y pocos días después la trasladó a un aparador. Pero una y otra vez aparecía en el campo de su visión, como si le estuviese imponiendo su presencia; se reía de él fría y estúpidamente, se daba tono, exigía atención. Tras unas cuantas semanas la puso en la antecámara, entre las fotografías de Italia y los recuerdos triviales que jamás miraba nadie. Ahora, al menos, sólo veía al ídolo al entrar o al salir, pasaba junto a él rápidamente, sin prestarle atención. Pero, también allí el objeto lo fastidiaba, aunque no quiso admitirlo.

Con aquel juguete, con aquella monstruosidad de dos caras, la vejación y el tormento habían entrado en su vida.

Un día, meses más tarde, regresó de un corto viaje. Emprendía ahora tales excursiones de cuando en cuando, como si algo lo empujase secretamente. Entró en su casa, atravesó la antecámara, fue saludado por la criada, y leyó las cartas que lo aguardaban. Pero seguía intranquilo, como si hubiera olvidado algo importante; ningún libro lo tentaba, ningún sillón era cómodo. Empezó a torturar su mente, ¿cuál era la causa? ¿Había descuidado algo importante? ¿Comido algo que pudiese trastornarlo? Al reflexionar, descubrió que esta sensación de inquietud había aparecido al entrar en el apartamento. Volvió a la antecámara e involuntariamente su primera mirada buscó la figura de arcilla.

Un extraño terror se apoderó de él al no ver al ídolo. Había desaparecido. No estaba. ¿Se había marchado caminando con sus pequeñas piernas de barro? ¿Había volado? ¿Desapareció por artes mágicas?

Frederick recobró la calma y sonrió ante su nerviosismo. Luego empezó a buscar tranquilamente por toda la habitación. Al no encontrar nada, llamó a la criada. Parecía turbada, y admitió en seguida que se le había caído el objeto mientras limpiaba.

-¿Dónde está?

Ya no estaba en ninguna parte. Tan sólido como aparentaba ser el pequeño objeto, ella lo tuvo a menudo en sus manos. Sin embargo, se había roto en mil pedazos. Llevó los fragmentos a un taller, donde simplemente se rieron de ella. Luego los había tirado.

Frederick despidió a la criada. Sonrió. Se sentía contento. ¡Qué poco le importaba el ídolo! La abominación había desaparecido; ahora tendría paz. ¿Por qué no habría deshecho el objeto a golpes desde el primer día? ¡Cómo había sufrido todo aquel tiempo! ¡De qué forma indolente, extraña, astuta, perversa, diabólica le había sonreído el ídolo! Ahora que había desaparecido, podía admitir la verdad: había temido verdadera y sinceramente a aquel dios de barro. ¿No era emblema y símbolo de todo cuanto le era repugnante e intolerable, de todo cuanto reconoció siempre como pernicioso, hostil y digno de supresión? ¿Un estandarte de todas las supersticiones, de todas las tinieblas, de toda coerción de la conciencia y el espíritu? ¿No representaba la horrible fuerza que se siente a veces bramando en las entrañas de la tierra, ese lejano terremoto, esa próxima extinción de la cultura, ese naciente caos? ¿No le había robado aquella despreciable figura a su mejor amigo, es más, no robado, sino convertido en enemigo? Ahora el objeto había desaparecido. Desvanecido. Roto en mil pedazos. Acabado. Era mucho mejor que si lo hubiera destruido por sí mismo.

Eso pensó, o dijo. Y volvió a sus asuntos como antes.

Pero la maldición persistió. Justamente cuando había conseguido acostumbrarse más o menos a aquella ridícula figura, precisamente cuando verla en su lugar habitual en la mesa de la antecámara se le había hecho gradualmente familiar y nada importante, era cuando su ausencia empezó a atormentarlo. Sí, la echaba de menos cada vez que cruzaba aquella estancia; veía constantemente el espacio vacío donde había estado, y el vacío emanaba de aquel lugar y llenaba la habitación entera.

Malos días y peores noches empezaron para Frederick. Ya no podía atravesar la antecámara sin pensar en el ídolo de las dos caras, sin echarlo de menos, sin sentir que sus pensamientos estaban unidos a él. Una agónica obsesión creció en su interior. Y no era simplemente al cruzar aquel cuarto cuando se sentía prisionero de su obsesión. De la misma forma en que el vacío y la desolación irradiaban del ahora vacío lugar en la mesa de la antecámara, aquella idea obsesiva irradiaba dentro de él, empujaba todo lo demás a un lado, enconándolo y llenándolo de extrañeza y desolación.

Una y otra vez imaginó la figura con suma claridad, para demostrarse a sí mismo lo absurdo de afligirse por su pérdida. Pudo verla en toda su estúpida fealdad y barbarie, con su vacua pero astuta sonrisa, con sus dos caras; impulsado como por una coacción, lleno de odio y con la boca torcida, se descubrió a sí mismo intentando reproducir aquella sonrisa. Le incomodaba la duda de si las dos caras eran en realidad exactamente iguales. ¿No tenía una de ellas, quizá simplemente por una pequeña aspereza o cuarteo en el barniz, una expresión algo distinta? ¿Algo raro? ¿Algo enigmático? ¡Qué peculiar era el color de aquel barniz! El verde y el azul y el gris, pero también el rojo, se mezclaban en él. Era un barniz que ahora hallaba a menudo en otros objetos, en una reflexión del sol de la ventana o en los reflejos de un húmedo pavimento.

Cavilaba mucho sobre aquel barniz, incluso por la noche. Le extrañó igualmente lo extraña, rara, malsonante, poco familiar, casi maligna que era la palabra "barniz". La analizó hasta invertir el orden de sus letras. Entonces leía "zinrab". Pero, ¿de dónde demonios tomaba su sonido aquella palabra? Conocía la palabra "zinrab", por supuesto que sí; además, era una palabra hostil y mala, una palabra con perversas e inquietantes implicaciones. Durante mucho tiempo lo atormentó esa pregunta. Finalmente dio con la respuesta: "zinrab" le recordaba un libro que había comprado y leído hacía muchos años durante un viaje, y que lo había aterrado, atormentado, pero fascinado secretamente; se titulaba Princesa Zinraka. Era como una maldición: todo lo relacionado con la estatuilla -el barniz, el azul, el verde, la sonrisa- significaba hostilidad, eran sinónimos de torturas y venenos. ¡De qué forma tan peculiar en otro tiempo Erwin, su amigo, había sonreído mientras ponía el ídolo en su mano! Una forma muy peculiar, muy significativa, muy hostil.

Frederick resistió valientemente -y muchos días no sin éxito- la tendencia obsesiva de sus pensamientos. Presentía el peligro claramente: ¡volverse loco! No, era mejor morir. La razón es necesaria, la vida no. Y se le ocurrió que quizá eso era la magia, que Erwin, con la ayuda de aquella figura, lo había encantado en cierto modo, y que debería sucumbir en un sacrificio como el defensor de la razón y la ciencia contra aquellos funestos poderes. Sin embargo, de ser así, si eso era posible, la magia existía, la hechicería existía. ¡No, mejor era morir!

Un médico le recomendó paseos y baños. A veces, en busca de distracción, pasaba la noche en una posada. Pero no le sirvió de nada. Maldecía a Erwin y se maldecía a sí mismo.

Una noche, como solía hacer ahora con frecuencia, se retiró temprano y estuvo inquieto en la cama, imposibilitado de dormir. Se sentía indispuesto e intranquilo. Deseaba meditar, deseaba hallar tranquilidad, decirse cosas reconfortantes, tranquilizadoras, frases de recta serenidad y claridad. "Dos y dos son cuatro". Nada vino a su mente; en un estado casi de delirio musitó sonidos y sílabas para sí. Gradualmente las palabras se formaron en sus labios, y varias veces, sin comprender su significado, repitió la misma frase para sí, como si hubiese tomado forma en él de algún modo. La murmuró una y otra vez, como si absorbiese una droga, como si en ella buscase a tientas su camino hacia el sueño que lo eludía en el estrecho sendero que bordeaba el abismo.

Pero súbitamente, al levantar un poco la voz, las palabras que estaba musitando penetraron en su conciencia. Las conocía: "¡Sí, ahora estás dentro de mí!" E instantáneamente comprendió. ¡Supo lo que significaban, que se referían al ídolo de arcilla, que entonces, en aquella hora gris de la noche, se había cumplido puntual y exactamente la profecía que Erwin le había hecho un espantoso día, que la figura que sostuvo desdeñosamente en sus dedos ya no estaba fuera de él sino dentro de él! "Pues lo que está fuera está dentro".

Incorporándose de un salto, experimentó como si le estuvieran haciendo una transfusión de hielo y fuego. El mundo vacilaba a su alrededor, los planetas lo miraban fija y alocadamente. Encendió la luz, se puso algunas ropas, abandonó su casa y corrió en plena noche hacia la casa de Erwin. Vio una luz encendida en la ventana del estudio que conocía tan bien; la puerta de la casa estaba abierta: todo parecía estar esperándolo. Subió precipitadamente la escalera. Penetró con paso inseguro en el estudio de Erwin y se apoyó con temblorosas manos sobre la mesa. Erwin se hallaba sentado junto a la lámpara, bajo su suave luz, pensativo y sonriente.

Cortésmente Erwin se puso en pie.

-Has venido. Eso está bien.

-¿Has estado esperándome? -preguntó Frederick.

-He estado esperándote, como sabes, desde el momento en que te fuiste de aquí con mi pequeño obsequio. ¿Ha sucedido lo que dije entonces?

-Ha sucedido -admitió-. El ídolo está dentro de mí. Ya no puedo soportarlo más.

-¿Puedo ayudarte? -preguntó Erwin.

-No lo sé. Haz lo que quieras. ¡Explícame más acerca de tu magia. Dime si el ídolo puede salir de mí otra vez.

Erwin puso su mano sobre el hombro de su amigo. Lo condujo hacia un sillón y lo obligó a sentarse en él. Luego dijo cordialmente, en un casi fraternal tono de voz:

-El ídolo saldrá de ti otra vez. Ten confianza en mí. Ten confianza en ti mismo. Has aprendido a creer en él. ¡Ahora aprende a amarlo! Está dentro de ti, pero continúa muerto, es aun un fantasma para ti. ¡Despiértalo, háblale, pregúntale! ¡Pues es tú mismo! ¡No lo odies, no le temas, no lo atormentes! ¡Cómo has atormentado a ese pobre ídolo, que sin embargo eras tú mismo! ¡Cómo te has atormentado a ti mismo!

-¿Es ése el camino de la magia? -preguntó Frederick. Se hallaba profundamente hundido en el sillón, como si hubiera envejecido, y su voz era débil.

-Ese es el camino -contestó Erwin-, y quizá has dado ya el paso más difícil. Has hallado por experiencia que el fuera puede convertirse en el dentro. Has estado más allá del par de antítesis. ¡Te pereció el infierno; aprende ahora, amigo mío, qué es el cielo!. Porque es el cielo el que te espera. Mira, esto es la magia: intercambiar el fuera y el dentro. Pero no por el impulso, ni con la angustia, como tú lo has hecho, sino libremente, voluntariamente. Llama al pasado, llama al futuro: ¡ambos se hallan en ti! Hasta hoy has sido el esclavo del dentro. Aprende a ser su dueño. Eso es la magia.





lunes, 20 de julio de 2015

WEDAWN

Wedawn, legendaria banda de Coquimbo, es la destacada para este dia Lunes en Experimental Lunch
















Extraido desde










¿Quién dijo que en Coquimbo no hay espacio para el hard rock? El bravo puerto pirata, que ha pasado a la leyenda por ser la cuna de los legendarios Viking 5 y por ser uno de los bastiones de la pachanga en nuestro país, barre con el prejuicio y, pese a que la chasconería local se agrupa con abrumadora mayoría en torno al metal, los hardrockeros también muestran su propuesta, pero aún en un carácter embrionario, pues son sólo dos las bandas coquimbanas de este tipo: The Jibias y Wedawn.

Estos últimos se formaron en 2001 como una banda tributo a Black Sabbath, pero luego mutaron a crear su propia propuesta musical. Una propuesta de hard rock moderno, quemante e incendiario, que recuerda al Metallica del álbum negro, a Danzig y a Black Label Society, donde los riffs brutales del guitarrista Ricardo Carmona, un superlativo músico con un estilo en la más pura tradición de Zakk Wylde, se afiatan apretadamente con la sólida base que construyen los también excelentes Manuel Muñoz y Sebastián Vilches, forjando una fuerte y resistente construcción sonora donde relucía la labor del cantante Raimundo Véliz, aguardentosa y rugiente. Con ese lineup registraron en 2005 su primera producción, el álbum-rehearsal “Realidad Absoluta”, del cual cortes como ‘No me quieren ver’, ‘Tinieblas de Cristal’, ‘Arriesga tu Alma’ y ‘Alcohol, Tabaco y…’ constituyen clásicos e infaltables del repertorio que todos los viernes entregan en el pub Duna de Coquimbo, lugar que sirvió de locación para las fotos del interior del disco y del cual son la banda estable.

Hoy Véliz ya no está, y Wedawn (“Güedáun”, mapudungún para “corromperse” o “hacerse malo”, desde el adjetivo “wedá”, que significa “malo”) ahora es un trío donde las labores vocales recayeron en manos del bajista, líder y compositor de la banda, Manuel “Alacran” Muñoz, dueño de un versátil, aguardentoso y grueso timbre que termina de afilar ese cuchillo que es Wedawn en los oídos.

“Reencarnación”, segundo disco de la banda y primero con esta formación de power trío, está compuesto por diez cortes, en los cuales llama notoriamente la atención el excelente sonido que se logró, el cuidado y perfeccionista trabajo de arreglos y, por sobre todo, el alto nivel de combustión que tiene el rock de Wedawn. A mi parecer, suenan con unas pelotas que muy pocas bandas nacionales plasman en el estudio. Pelotas que se hacen evidentes en cortes asesinos como ‘Todo el Poder’, ‘Cadena Perpetua’, ‘No Corras Más’ y la excelente apertura ‘Amor Esquizo’.

Pero Wedawn no se queda en la enorme efectividad de su propuesta cuando arde al máximo. Pese a que el fuego y la potencia son las líneas dominantes del disco, también se atreven a ser melódicos de un modo desprejuiciado y a sonar algo más accesibles, como en la inteligente estructura de ‘Demasiado Tarde’, en el espacio abierto de ‘Ya No Estás’ o en la melodía orientaloide de ‘Reencarnación’. Pero siempre queda en evidencia un gran manejo instrumental por parte de los chicos, una banda ensayada, forzuda y afiatada como pocas puede ofrecer el under local de hoy. A lo largo de 50 minutos, la performance de cada músico muestra gran entrega, destreza técnica (sin caer en el lucimiento gratuito ni lo pomposo), y un nivel que los cabros lograron tocando todos los viernes, a veces por más de tres horas, echando mano a un vasto repertorio de covers.

Pese a todo lo anterior, la nota más alta del disco se la lleva la tremenda, sentida, intensa y –valga la redundancia- oscura balada ‘El Deseo Más Oscuro’. El sexo tortuoso, transpirado y pasional que retrata la letra se hace manifiesto en este impresionante corte, donde los sombríos acordes y los sabrosos punteos de guitarra dan un aire bluesy que trae a la palestra el período clásico de Danzig, y progresando en un crescendo hasta nuevamente llegar a alturas de irresistible fuego.

“Reencarnación” es un trabajo que sorprende y esperanza de cara a lo que puedan entregar las bandas locales. Es un disco de auténtico nivel, que Wedawn debe poner a disposición del público santiaguino lo antes posible, para que su música tenga el impacto que se merece. En Santiago patearían traseros a granel.






Los dejamos con Conciencia Sumergida








domingo, 19 de julio de 2015

GRACE WEINRIB

Grace Weinrib nació en Estados Unidos, pero desde 1992 reside en Santiago. Su trabajo y pinturas son los destacados hoy Domingo




































sábado, 18 de julio de 2015

LEONOR OLMOS POEMAS

El estilo de la poesía de Leonor Olmos, poeta de Coquimbo, y editora de la revista La Soga, es como una ráfaga de sensaciones que estalla y que penetra el alma, la conciencia. Hoy queremos presentarles algunos de sus poemas, esperamos que los disfruten tanto como nosotros









mariposas rojas mariposas empapadas en sangre mariposas que no vuelan sino bajo los abismos las alas dos párpados hermosos que conectan rizoma humedad sangre mortero

mariposas que aúllan en los bordes de mi cama mariposas que penetran el aire furiosas 

mariposas sacrílegas bebidas y tomadas por las sábanas del aire mariposas que han manchado los espejos con sus dientes mariposas que rasgan los contornos mariposas diluvianas bestias puras que abren el fuego y lo consumen





Extracto 5







cuerpos que pierden la carne y las hojas / estructuras y cenizas para esa piel que nos observa
la piel no responde 

he de interrogar esa herida entonces esa interrupción entonces que agota la sombra y la exhibe