viernes, 10 de julio de 2015

EL LOCO GUERRA

En esta oportunidad, Paula Jorquera, joven y prometedora escritora chilena, nos vuelve mostrar algo mas de su talento narrativo con su relato El Loco Guerra, genial personaje. Lo recomendamos absolutamente















       En el ir y venir de su vida marcada por las malas decisiones, el alcoholismo y las drogas el Loco Guerra se acuerda de nuestra casa y vuelve a visitarnos. Después de muchos años, desde que yo tenía cinco y el terreno solo era basural, escombros, un poco de bloquetas que marcaban los límites de la casa y la famosa puerta celeste, el Loco Guerra llegó un día al proyecto de taller ofreciendo sus servicios, decía según su historia que sabía hacer de todo, era maestro chasquilla, sabía algo de mecánica, cocinaba y planchaba también si mi mamá necesitaba ayuda en eso, mi papá que es un hombre demasiado bueno y crédulo a veces, le compró toda la maravilla de cosas que él podía hacer y se quedó por un buen tiempo ayudándole a mi papá a armar los cimientos de la casa y del taller. Contaba sus historias, siempre decía que se había rehabilitado del alcohol y de las drogas, la pasta base en Arica es un tema, todos alguna vez han llegado a estar cerca de ella y el Loco Guerra no era la excepción, se había metido desde muy joven en el mundo marginal de la pasta y circulaba cerca de los bordes del río que hay en la ciudad, buscando y probando, pero él decía que de eso ya se había salido, que solo el copete y el cigarro eran sus vicios y por supuesto las mujeres, pero lamentablemente en el vaivén de sus desenfrenos íbamos a ver al Loco desaparecer y aparecer durante los años que siguieron en construcción de nuestra vida y nuestra casa- taller. Así como también vimos aparecer a su familia, siempre encontrábamos algo que nos hacía recordarlo o saber de él. Tenía muchos hermanos, eran como ocho, todos medios locos, la más cuerda era una hermana que era profesora de inglés y que coincidentemente me hizo clases a mí, eran diferentes pero llevaban la misma locura en la sangre, otros hermanos también aparecieron en nuestras vidas, igual de locos y maleantes como decía mi papá, pero con el Loco Guerra mi papá tenía una relación especial, lo quería de verdad, yo creo que todavía a pesar de las desapariciones, de las vueltas en la cárcel que se dio y de las vueltas al porro y a la pasta, el aún en la actualidad, le tiene estima, incluso le gustaría volver a ver al Loco Guerra que nos hacía reír con sus historias estrafalarias sobre alguna conquista o alguna anécdota. Sacaba risas y carcajadas ya que tenía una forma muy cómica de contar todo. 

Durante mi infancia el Loco era un adulto joven que aún tenía cierta vitalidad, cansado si por tanto bagaje de alcohol y drogas pero todavía tenía las ganas de trabajar y salir adelante, así que yo lo veía con la carretilla acarrear cemento, arena, ayudarle a mi papá, pasar rabias con mi papá y gritar como un loco, contar en la mesa improvisada historias de su infancia con sus hermanos, mi mamá a veces le creía y a veces pensaba que estaba inventando las historias, por lo general tenían que ver con escapar de la autoridad, con líos de faldas, con carretes de la época, etc. Como mi papá siempre ha sido líder y mandón y estábamos saliendo de la dictadura, siempre le decía a mi papá ¡si mi general! Con ademan de firme y tomaba la carretilla y se ponía a trabajar; a nosotros con mis hermanos siempre nos decía que él era nuestro mayordomo y que si necesitábamos algo le dijéramos nomas que estaba para nuestras ordenes, a mí me paseaba por carretilla cuando tenía como seis años, luego cuando crecí y mi hermana mayor me heredo su bicicleta me paraba como carabinero y me pasaba partes por dejar botada la bici en el taller, me pedía mis documentos y yo le pasaba un sobre de carta de esos que llegaban del banco como mis papeles. Cuando tenía mi jeep casa de muñecas me hacía aseo y le tenía que pagar con algún cachureo que tenía en el auto. Cuando mi mamá salía de viaje al sur, mi papá tenía tal confianza con él que el Loco nos cuidaba a mis hermanos y a mí, él nos cocinaba, nos despertaba para ir al colegio y nos esperaba a la hora de almuerzo para hacer las tareas. El Loco jamás fue una mala persona, solo que desaparecía nomas, se volvía a ir al río a encontrarse con sus viejos amigos, al principio desaparecía y volvía, no se perdía tanto tiempo, pero a medida que la casa ya no necesitó tantos arreglos estructurales gruesos, como la loza de la casa, la hechura del baño, los cimientos, etc. el Loco comenzó a irse, no era tan buen ayudante de mecánico como el otro ayudante, que los fines de semana de disfrazaba para cumpleaños y se hacía llamar el perrito Chocolate, pero si trataba de hacerle empeño en la construcción, hasta que dejo el techo chueco de la pieza de mis papás porque se había ido de carrete un día y comenzó a tomar de nuevo, hizo la loza de la pieza de mis papás a medias con otro maestro y se pelearon a muerte porque él siempre traía su caja de vino que no dejaba ni a sol ni a sombra, ahí mi papá no tuvo otra opción que echarlo. Luego supimos que lo metieron en la cárcel por microtráfico, nos sentíamos muy tristes por él. Nuestra época de oro con el Loco de mayordomo y guía de tránsito habían llegado a su fin, desde la primera vez que supimos que el nuevamente había caído en cana, ya no perdimos de vista por un buen rato. 

Supimos que salió y pronto nos fue a ver, ya un poco más demacrado y gastado con los años, tenía en su cara marcas y arrugas no de viejo sino de vida, vida dura y sacrificada que pasó por todos los estados, de bonanza, de vicios, de prisiones. Luego desapareció de nuevo, mi papá esta vez le costó confiar nuevamente en él y además que ya había conseguido a maestros de calidad y de buen prestigio para la construcción de nuestra casa, ahora solo venía de visita y nos contaba que tenía una polola nueva, que se había puesto las pilas para reconocer a su hija, ya que estaba grande y no quería perderla de vista. Tuvimos un almuerzo familiar con él donde compartimos muchas anécdotas de la construcción de las primeras piezas de la casa, de cuando dormíamos todos en la cocina y de cuando nos bañábamos en un tambor de esos gigantes de metal porque no había ni ducha ni baño. Luego de ese almuerzo donde los años pasaron y la cocina ya parecía cocina y el baño ya tenía ducha pasó un tiempo más, al Loco lo pillaron nuevamente y lo metieron en la cárcel, de su mujer nunca supimos. 



Pasó el tiempo y hace un par de años atrás apareció de nuevo, ya no tenía todos los dientes, ya estaba canoso y de la juventud y vitalidad que alguna vez le vi poco y nada quedaba, llegó a la casa a pedirle trabajo a mi papá, “don Antonio necesito plata” le dijo, le contó que ahora vivía solo en una pieza en el centro, que solo tomaba y que ahora tenía una nieta de quién se quería hacer cargo y ser un abuelo como corresponde. Mi papá se apiado de él y le dio un par de pequeñas pegas que podía hacer en el taller, pero ninguno de los dos eran los mismos que hace 30 años, el ya no tenía la paciencia para soportar a mi mandón padre y mi padre ya no tenía las ganas de soportar la terquedad de un loco, así que duró un par de semanas y se nos volvió a ir, luego apareció uno de sus hermanos, nos contó que estaba por ahí tratando de hacer pololos de lo que sea porque quería que su nieta y su hija lo aceptaran como abuelo y padre, seguía fumando porros pero no sé si la pasta base se hizo amiga de él nuevamente, ojalá que no, por mi parte yo prefiero recordarlo como cuando nos cuidaba y hacía de nana, cuando nos hacía arroz con huevo y me decía que no era nana era mayordomo, que mi limusina era la carretilla y que mi jeep casa de muñecas mi casa del árbol al estilo taller mecánico, ¿en dónde estará el Loco Guerra?





1 comentario:

  1. Hermoso, me encanto, me asombra como los recuerdos quedan en la retina.

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