viernes, 24 de julio de 2015

LOS TITULOS VALEN CALLAMPA

El original estilo de Marco Duran, escritor de nuestra región, mas específicamente de la ciudad de La Serena, es el elegido el dia hoy por Experimental Lunch. En esta oportunidad, presentamos el relato Los Títulos Valen Callampa











          La luz de la lámpara crea un ambiente difuso. El televisor prendido y las rutinarias muertes, sustentan mi letargo. Trato de levantarme, pero apenas consigo enviar esta orden al cerebro, sólo lo pienso. Un impulso repentino, mecánico, mueve mi brazo para alejar una parte de la sábana que cubre mi cara. Una rebuscada sensación se apodera de mí. 

Busco abrigo sumergiéndome en la ropa que cubre la cama: “tres frazadas ya no son suficiente”. Pienso en la voluntad que un día escuché, en la capacidad de encontrar “el fin de mí fin”

La caja de ilusiones dispara animadas carcajadas-comienza el matinal-mis vecinos responden golpeando la enclenque pared que nos separa. Me atrevo a salir de mi refugio para emprender un nuevo y agobiante “día más”. Miro el reloj y sólo han pasado diez minutos desde que su estridente alarido me cuadrara en esta realidad: es un aviso diario para los motivos, esclavos sonrientes de cada mañana. 

Los primeros atisbos de este verano se cuelan entremedio de las cortinas, hasta caer a un costado de la cama, ése, que desde hace dos semanas relleno con cojines y ropa sucia, ése, que aún conserva tu olor y tu saliva pegada en la sábana. Estiro mi brazo para engañarme una vez más, para por último encontrarme con un cabello, y por que no, con un bello que logre reproducirte desnuda a mi lado. 

Son las Ocho Cuarenta y Cinco Hrs. Sonrió y recuerdo lo difícil que resultaba despegarte de tu onírico viaje, la mayoría de las veces simplemente me arrimaba a tu cálido cuerpo para sentir tu aliñado aliento, que conjugaba cebollas y ajos que tanto te gustaban, luego soplaba tu nariz para que abrieras los ojos. 

Hoy es martes 29 de diciembre, mis pasos de autómata toman Espiñeira en dirección al centro de santiago. Miro la hora, suspiro. Antes de irnos a vivir juntos me esperabas en la Estación Central, en la boletería. Nunca llegué a la hora. Siempre me regañabas y me decías que era un irresponsable, que no podría nunca esperar algo de las demás personas, si no era capaz de llegar a tiempo a un compromiso. Tú descendías en la Estación los Leones, yo seguía “subiendo” hasta llegar a Escuela Militar, para luego esperar la famosa micro que pasaba casi siempre llena de gente. 

Hoy tengo una nueva entrevista de trabajo, Julián me recomendó: “esta pega es para ti”-me dijo. Seguro, trabajo en ello como diez años, le conteste. Tengo mi fama, el reconocimiento de una sociedad impaciente y succionadora me aguardan: Gerentes, Subgerentes, Supervisores, Jefes, Subjefes, amigos de los Jefes. Un día antes del despido estuve facturando hasta las seis de la mañana. La Empresa se “reestructurará” era la consigna, muchos serán removidos de sus puestos, los que logren seguir en nuestras filas, será porque se lo han ganado. Con ellos podremos contar para iniciar nuestro retorno al “Competitivo Mercado”. “Seremos la Empresa que todos queremos”. Fue ese día cuando me encontré en casa con tu nota: “lo siento, me marcho”. Llevábamos un año de casados, hacía un mes que nos habíamos encargado de amoblar el living y el comedor. Decidimos adquirir la casa que tanto nos gustaba en Treinta años y estábamos juntado dinero para comprar el “Fito” del vecino. El 147. Pensábamos tener 3 Hijos y llamarlos como nosotros o como nuestros Abuelos. 

-Señor es su turno. Por favor entre a la oficina, al fondo del pasillo-dijo una chillona voz..

Me puse de pie como si hubiese escuchado mi nombre en una sentencia. Eso pensé, voy 

a una audiencia para un veredicto. 

-Tome asiento, me dijo un tipo pequeño, regordete, calvo 

y con estrabismo. Nos interesa su “historial”. Venga mañana a las Nueve para una entrevista con la Psicóloga. 

Me alejé de mi juez sin la sentencia que ansiaba, fue un alargue, un sobre tiempo de la resolución. Mi cuerpo comenzó a pesar más aún que de costumbre, mis pies eran dos bolas 

de acero, con las cuales rodaba por esa roñosa alfombra que me trasladaba hasta la salida. 

La secretaria, la chillona chica, me preguntó cómo me había ido. Levanté la vista y le escupí una mirada, traté 

de dar en sus senos, pero apenas notó mi intención decidió levantarse de la silla y salir disparada a la oficina del tipo que me había “formalizado”. 

Me dirigí a los ascensores a esperar que alguien lo llamara y decidiera mi siguiente paso. Dos chicas se posaron en mi costado izquierdo, una de ella no dejaba de mirarme, la otra chica indiferente, apretó el botón para llamar al ascensor. El elevador no tardó en llegar con dos sujetos que lo abordaban, que al ver a mis acompañantes retrocedieron para quedar detrás de ellas. Encubiertos, patéticos, los imbéciles no dejaban de mirarlas de arriba abajo y hacer cometarios del rico olor que había en el ambiente y seudos piropos que de seguro no se atreverían a lanzarlos si estuvieran cada uno de ellos a solas con las chicas. Llegamos al primer piso y nos desparramamos dispersándonos en el pasillo, para llegar a la salida. Un guardia no dejaba de apuntar su hastiada mirada: “debió registrarse, Señor”. Lo llamé pero usted no respondió. 

Desciendo por la vereda sur. Bajo por Apoquindo despidiéndome de la Estación Alcántara. 

Me propongo caminar hasta mi casa. El cielo esta despejado, limpio de cualquier elemento respirable: “resplandeciente gris perla”, gracias por regalarme la desesperanza, alejar la fe. Que sería de todos los Santiaguinos sin ti. Que sería de esa melancolía y sequedad que veo en la mayoría de los rostros que cobijas. De esos jóvenes muchachos desplazándose como si el tiempo los estuviera persiguiendo, de esas mujeres que no son capaces de saludarte, de agradecerte su depresión. De los arrogantes, que sobran por estos lados. 

Avenida Providencia con Pedro de Valdivia. Ya estoy en otra comuna, pase por los Leones 

y no fui capaz de pensar en ti, me lo recrimino, ya que sólo en este momento, que me encuentro al frente de la farmacia, me llega tu presencia. Me decías que pronto te trasladarían a esta. Que las ventas eran mejores, que incrementarías tus comisiones. Que podrías comprarte “la Carolina Herrera” que deseabas. Te imagino atendiendo y corriendo de un lado para otro: ganas y fuerza se necesitan para trabajar con estos turnos, me decías: 

los Farmacéuticos piensan siempre en ellos, la mayoría son unos insensibles, se hacen los simpáticos, y al pasar el tiempo se transforman en un patrón más, en uno que la Farmacia amolda a su gusto. Pobres criaturas, te contestaba. No son como nosotros…

¡Ahora tú eres igual! Golpeo un parquímetro con mi puño, como si este algo ofensivo me hubiera dicho, como si fuere este frío depósito quien me dijera al oído que tú eres igual al resto del gentío-sacudo mis palabras-vuelvo a golpear al proyecto de cobrador automático, pero ahora le tiro mi mejor patada para tumbarlo y salir corriendo del lugar. Corro. Mis piernas aletean el suelo a calamitosa velocidad. Unos tipos gritan que me agarren, un imbécil lo intenta. Termina de boca en el suelo, mi “fuerza- masa” pudo más. 

Sigo corriendo. Siento que nadie podría ser capaz de detenerme, el ruido de las micros y los autos que pasan a mi lado parecen animarme a seguir. Sigo corriendo. Diviso a Baquedano, sigo corriendo. Atravieso el cruce de Vicuña sin mirar, sigo corriendo. No puedo parar, no tengo por qué parar. Al instante un agudo dolor en ambos muslos me pone en mi lugar. Me derrumbo al suelo y gateando consigo llegar hasta la pared de un añoso edificio que me recibe para degustar mi pena. Las lágrimas se me escapan como el torrente más caudaloso. No puedo dejar de llorar, tampoco quiero. Me pongo de pie con el aliento que me queda. Consigo cerrar las válvulas de la angustia, la rabia, la impotencia, mi falta de madures, el orgullo...

...Sequé las últimas lágrimas con la manga de mi Sueter, Los mocos apelotonados los terminé repartiendo en ambas piernas del pantalón. Mi pelo me colgaba en la cara, recordé a esos Vaqueros del lejano Oeste. Uno moribundo, uno casi entregado por falta de agua y 

de fe…

…Abro los ojos, me golpeas con un cojín en la cara: 

-levántate “flojín”. Tienes que llegar a la hora para la entrevista. 

Es verdad. Tengo una nueva entrevista de trabajo.








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