sábado, 11 de julio de 2015

NO A TODOS LES GUSTAN LAS SERIES DE FICCION

Hoy domingo queremos presentar a un joven escritor de nuestra región. Felipe Cortes, prometedor narrador serenense ya es autor del libro de cuentos Alfredo La madrid y otros cuentos. Su original estilo puede atrapar a cualquier lector, como es el caso del siguiente relato, No a Todos Les Gustan Las Series de Ficción










–Entra, no hay nadie –dijo Daniela, luego de abrir la puerta de su casa–. ¡Apúrate, que hace frío! –urgió al ver que Ricardo dudaba si traspasar el umbral o no.

–Gracias.

Ricardo se sintió inundado por la sensación de estar viviendo una situación totalmente irreal mientras traspasaba el umbral de la casa en cuestión. Daniela le venía gustando desde hacía tiempo, y siempre había pensado que nunca lo iba a considerar algo más que un compañero de copas fortuito; pero ahí estaba: en su casa, pasada la medianoche, a solas con ella, algo achispados.

–¿Te sirvo algo, un té, un café?

–No, gracias –replicó Ricardo–. Aunque bueno, si quieres, dame un vaso de agua.

–Inmediatamente –dijo Daniela, partiendo hacia la cocina, encendiendo todas las luces que iba encontrando en el camino. La casa se veía amplia, ordenada y pulcramente ornamentada, llena de cuadros de Matta, fotos familiares y esculturas de animales hechas de cerámica. Ricardo pensó fugazmente en el buen gusto que tenían los padres de la chica–. ¡Pasa a mi pieza por mientras! –le gritó la chica desde la cocina, al tiempo que echaba a andar el agua del lavaplatos–. ¡Es la primera de la derecha!

Ricardo tragó saliva aprovechando que se encontraba solo y partió hacia el lugar señalado por Daniela, encendiendo la luz apenas tuvo el interruptor a mano. El muchacho no pudo no sorprenderse por el extremo cuidado del orden de la chica, quien había dispuesto todas sus muñecas de colección por tamaño y color, al igual que sus peluches; Ricardo supo que si se acercaba lo suficiente a los estantes donde Daniela guardaba sus libros y discos, con toda probabilidad los encontraría estrictamente clasificados por orden alfabético o estilo.

–Toma, aquí tienes –le dijo Daniela a su espalda, pillando por sorpresa al chico-. ¡Disculpa, no quise asustarte!

–¡No, no, no te preocupes, no pasa nada!; es que estaba mirando tus muñecas y esas cosas…

–¿Te gustan las muñecas? –quiso saber Daniela, adoptando una expresión rara, como de asco.

–¡No, no! –se apresuró a decir el chico-. Es sólo que me llama la atención el orden con el que las instalaste.

–¡Ah, sí! –La chica pareció alegrarse en un instante–. Siempre me ha gustado mantener todo limpio y ordenado.

–Eso es muy bueno. Mi mamá hubiera dado un trozo de su alma por tener una hija como tú.

Daniela rió por el comentario.

–¡Eres muy gracioso!

Ricardo sonrió como por toda respuesta.

–Toma, acá tienes tu vaso de agua.

–Gracias –dijo Ricardo antes de beber el agua de un solo trago, mientras Daniela encendía la cálida luz de su mesita de noche y apagaba la que provenía del techo para luego recostarse sobre su cama y decir:

–Ven; puedes ponerte cómodo si quieres.
–Gracias.

Ricardo se acercó a ella lo más tranquilo posible; no fuera que se le notara su extremo nerviosismo y lo echara a perder todo. Haciendo uso de toda su delicadeza, el muchacho se recostó a un lado de Daniela.

Así estuvieron unos cuantos segundos en silencio, hasta que la chica dijo:

–Nunca pensé que fueras una persona tan genial.

–¿Piensas que soy genial? –Ricardo no pudo esconder el dejo de sorpresa en su voz.

–¡Sí, por supuesto! –respondió la muchacha–. Sabes un montón de cosas, haces reír a la gente y no te da miedo hacer el ridículo.

–Ya veo –Ricardo no podía creer lo último que le había dicho Daniela.

–¡Sí, hay muy pocos hombres como tú hoy en día! Es como si todos temieran ser ellos mismos, ser originales, auténticos.
–Me imagino.

–¿Puedes contarme un chiste?

–Eh…, no soy bueno para los chistes.

–Hazme reír.

–Te puedo hacer cosquillas.´

Daniela volvió a reír por el comentario; aún se notaba algo achispada. Ricardo, por su lado, se sentía un tanto incómodo.

–¿Y si mejor me haces otras cosas?

–¡¿Cómo?! –Ricardo estuvo a punto de dar un brinco al escuchar la propuesta de la chica; no pudo no pensar inmediatamente en que todo eso podía tratarse de una broma o un estúpido mal entendido.

–Vamos, no seas tonto –Y dicho esto, Daniela se quitó su blusa con un ágil movimiento, arrojándola violentamente contra un rincón del cuarto; Ricardo notó fugazmente cómo sus pechos bailaban, blancos, dentro de su sostén–. Ven.

La chica entonces izó el cuerpo de Ricardo, aferrándose firmemente de su camisa que no demoró en sacar para luego comenzar a besarse por un buen rato, momento que ambos aprovecharon para quitarse mutuamente las prendas que les cubrían sus torsos.

–Qué rico besas –bufó Daniela, mordiéndose el labio inferior. Sus ojos brillaban ávidos–. Eres mejor que… ¡¿qué es eso?!

Ricardo dio un pequeño salto, totalmente asustado; se le ocurrió que podía tener una araña de rincón bajándole por la cara en ese mismo momento, dispuesto a picarle.

–¡¿Qué cosa, qué cosa?!

–¡Eso, ahí! –Daniela apuntó una parte específica del cuerpo del chico. Ricardo reparó entonces en que ella se refería al tatuaje que tenía en el dorso de su brazo derecho.

–¿Esto, el tatuaje? –Ricardo no podía estar más extrañado por la situación que estaba viviendo.

–¡Sí!

–¿Qué pasa con…?

–¡¿Es el signo de Harry Potter?! –Daniela parecía indignada–. ¡¿Es ése signo?!

–Sí, el de Las…

–¡No puedo creer que seas un maldito friki de mierda!

–¡…! –Ricardo no entendía qué le sucedía a la chica.

–¡No puedo creer que seas un maldito friki de mierda!

–¡Hey, por qué dices eso! ¡Qué te he hecho…!

–¡Cómo mierda puedes tatuarte esa mierda de signo!

–No entiendo; qué onda; qué pasa.

–¡Mi hermana también tenía ese tatuaje, la muy maraca!

Ricardo pensó en responderle algo, pero Daniela fue mucho más rápida.

–¡A la muy maraca también le gustaba Harry Potter! ¡Lo sabía todo sobre Harry Potter! ¡Hasta se tatuó ese tonto signo, como tú! ¿Puedes creerlo?
–…
–Mi papá siempre creyó que ella era la mosquita muerta, la que nunca hacía nada; porque claro, siempre estaba leyendo, siempre estaba escribiendo sobre Harry Potter o viendo esas tontas películas de mierda.

–…

–Hasta que un día conoció a mi ex, la muy zorra –Daniela hizo un agrio silencio, pensando en las palabras con las que continuaría–. No sé cuánto tiempo estuvieron metiéndose a mis espaldas, pero cuando los descubrí, ya había pasado mucho.

Ricardo sintió un poco de duda al respecto.

–¿Cómo…, cómo los descubriste?

–Por unas fotos que le encontré a mi ex en su computadora, donde salía el tatuaje ése eyaculado.

–¿Eyaculado?

–Sí, con semen encima. En las demás salían besándose mientras tiraban.

–…

–Fue horrible.

–¡Pero… ¿qué culpa tengo yo en esto?!

–¡La tienes por tener los mismos gustos que la zorra de mi hermana!

–No entiendo –Ricardo sintió un repentino e inexplicable temor.

Daniela estiró su cuerpo por sobre el suyo, posando indiferentemente sus pechos sobre su cara; cuando volvió a su lugar de origen, sus ojos brillaban demenciales y su mano derecha sostenía una larga tijera.

–No hay nada qué entender –Entonces la chica impulsó su cuerpo contra el de Ricardo, apuntándolo con la tijera.

El chico alcanzó a reaccionar justo a tiempo para correrse y caer fuera de la cama, dándose duramente contra el suelo; ni siquiera le bastó mirar a Daniela para saber que sus malas intenciones eran totalmente ciertas. Se levantó de un brinco, tropezando al enredarse sus pies tontamente; por suerte, alcanzó a llegar hasta la puerta de la habitación sin caerse ni perder su vida, dejando atrás su camisa y su polera.

–¡No! ¡No te vayas! ¡No! ¡No! –Los gritos de Daniela se hacían cada vez más furibundos; al parecer, se había tropezado al bajar de la cama, o algo así, mientras Ricardo, por su lado, abría la puerta del vestíbulo de la casa para salir semi desnudo a una fría madrugada de invierno–. ¡No huyas!

El sentir la voz de Daniela más cerca que antes, hizo que el chico se decidiera por huir de ahí lo más rápido que podía. Para eso tomó impulso y se abalanzó contra la reja del antejardín de la casa, subiéndolo trabajosamente hasta llegar a su cima.

–¡No te vayas, no te voy a hacer nada! –gritó Daniela desde el umbral de la casa, tapándose ligeramente con su chaleco; pero para cuando lo hizo, Ricardo se hallaba ya del otro lado de la reja–. ¡Disculpa! ¡En serio, no ha sido mi intención! ¡Hey, hey, no te vayas! ¡Por favor, no se lo digas a nadie…!

Pero el chico se encontraba lejos corriendo calle abajo, muerto de frío, con su tatuaje de Las Reliquias de la Muerte brillando bajo la luz naranja de los faroles, maldiciendo su gusto por las sagas de ficción que no todos toleraban.















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