miércoles, 30 de septiembre de 2015

DARIO MORALES

Como todo jueves se destaca  la fotografía nacional emergente. En esta oportunidad, hemos elegido mostrar algo del trabajo de Dario Morales, joven fotógrafo nacional.




















martes, 29 de septiembre de 2015

MAMI, ¿DONDE ESTA EL PUNK? PATRICIA HIGHSMITH, LA TORTUGA

Como cada miércoles, ellas tienen un espacio en Experimental Lunch. Hoy en Mami ¿Donde esta el punk? destacamos a la gran e irreverente escritora estadounidense Patricia Highsmith, dueña de un ácido estilo narrativo lleno de critica hacia la humanidad. Hoy hemos querido dejarlos con su cuento La Tortuga.












            Víctor oyó la puerta del ascensor, los rápidos pasos de su madre en el pasillo y cerró el libro de un golpe. Lo escondió debajo del almohadón del sofá y maldijo por lo bajo cuando oyó que el libro se resbalaba entre el sofá y la pared y caía al piso con un ruido sordo. La llave ya giraba en la cerradura.

-¡Vííííctor! -gritó su madre, agitando un brazo en el aire. Con el otro sostenía una bolsa grande de papel madera y de su mano colgaban una o dos bolsitas-. Fui adonde mi editor y al mercado y a la pescadería -le dijo-. ¿Por qué no estás jugando? ¡Es un día lindísimo!

-Salí -dijo él- un ratito. Me dio frío.

-¡Uf! -la madre descargó la bolsa del almacén en la pequeña cocina detrás del vestíbulo-. Debes de estar enfermito. ¡Tener frío en el mes de octubre! He visto a todos los niños jugando en la vereda. Hasta ese nene que te gusta, creo, ¿cómo se llama?

-No lo sé -dijo Víctor. De todos modos, su madre no estaba prestándole verdadera atención. Metió las manos en el bolsillo de sus pantalones cortos, que ya le ajustaban, y empezó a caminar sin rumbo por la sala, mirándose los zapatones gastados. Su madre podría haberle comprado zapatos que le quedaran bien por lo menos. A ella le gustaban ésos porque tenían las suelas más gruesas que jamás hubiera visto y la punta cuadrada, un poquito levantada, como botas de alpinista. Víctor se detuvo frente a la ventana y miró el edificio de enfrente, de color tostado. Vivía con su madre en el piso dieciocho, cerca de la azotea. El edificio al otro lado de la calle era aún más alto que el de ellos. A Víctor le gustaba más el departamento donde habían vivido en Riverside Drive. También le gustaba más la escuela de ahí. En la nueva se reían de la ropa que usaba. En la otra se había cansado de reírse de él.

-¿No quieres salir? -preguntó su madre, entrando en la sala mientras se secaba las manos con energía con una bolsa de papel. Se olió las manos-. ¡Puaj! ¡Qué olor horrible!

-No, mamá -dijo Víctor con paciencia.

-Hoy es sábado.

-Ya lo sé.

-¿Ya sabes los días de la semana?

-Por supuesto.

-¿A ver?

-No quiero decirlos. Los sé -los ojos se le pusieron vidriosos-. Hace años que los sé. Hasta nenes de cinco años saben los días de la semana.

Pero su madre no estaba escuchando. Estaba inclinada sobre el tablero de dibujo en un rincón de la habitación. Había estado trabajando hasta tarde la noche anterior. Víctor estuvo en su sofá cama en el rincón opuesto de la habitación sin poder dormirse hasta las 2, cuando ella fue a acostarse en el sofá 

cama.

-Ven acá, Víííctor. ¿Ves esto?

Víctor se acercó arrastrando los pies, con las manos aún en los bolsillos. No, ni siquiera había echado un vistazo al tablero esa mañana; no había querido.

-Este es Pedro, el burrito. Lo inventé anoche. ¿Qué te parece? Y éste es Miguel, el nene mexicano que lo monta. Andan y andan por todo México y Miguel piensa que están perdidos, pero Pedro sabe cómo volver a casa todo el tiempo y...

Víctor no escuchaba. Deliberadamente pensaba en otra cosa, acto que había aprendido al cabo de muchos años de práctica. Pero el aburrimiento y la frustración -sabía lo que quería decir la palabra frustración; había leído todo al respecto- le pesaban como una piedra sobre los hombros, sentía el odio y las lágrimas amontonadas en sus ojos, como un volcán a punto de estallar en su interior. Había tenido la esperanza de que su madre captara la alusión cuando le dijo que tenía frío en sus estúpidos pantaloncitos cortos. Había tenido la esperanza de que su madre recordara lo que le había contado días antes, que el chico que había querido jugar, que parecía tener su misma edad, once años, se había reído de sus pantalones cortos el lunes por la tarde. "¿Te hacen usar los pantalones de tu hermano o algo así?" Víctor se había alejado lleno de mortificación. ¿Qué habría pasado si el otro se hubiese enterado de que ni siquiera tenía un par de knickers y menos aún un par de pantalones largos, aunque fueran vaqueros? Su madre, por alguna razón disparatada, quería que pareciera como un francés y le hacía usar pantaloncitos cortos y medias tres cuartos y camisas tontas con cuellos redondos. Su madre quería que él siguiera teniendo seis años toda su vida. Le gustaba mostrarle sus dibujos a él. "Víctor es mi tabla de armonía -les decía a veces a sus amigos-. Le muestro mis dibujos y sé de inmediato si a los niños les gustarán o no." A veces Víctor simulaba que le gustaba algunos cuentos que en realidad no le gustaban o dibujos que sentía que le resultaban indiferentes, porque sentía lástima por su madre y porque ella se ponía de mejor humor si él le decía esas cosas. Ya estaba cansado de las ilustraciones de cuentos infantiles, si es que alguna vez le habían gustado -en realidad no podía acordarse- y ahora tenía dos preferidos: las ilustraciones de Howard Pyle en algunos de los libros de Robert Louis Stevenson y las de Cruikshan en los de Dickens. Víctor pensaba que era una desgracia para él que fuera la última persona a la que su madre pedía opinión, pues simplemente odiaba las ilustraciones infantiles. Y era un milagro que su madre no se diera cuenta de ello, porque hacía años y años que no había podido vender ninguna ilustración para libros; nada desde Wimple-Dimple. Un ejemplar de ese libro cuya sobrecubierta lucía agrietada y amarilla estaba ubicado en el estante central de la biblioteca en un espacio libre, para que todos pudieran verlo. Víctor tenía siete años cuando se publicó ese libro. Su madre siempre le contaba a la gente que él le había dicho lo que quería que ella dibujase, la había observado hacer cada dibujo, le había dado su opinión y, en fin, la había guiado totalmente. Víctor tenía sus serias dudas acerca de esto, primero porque el cuento era de otra persona y había sido escrito antes de que su madre hiciera los dibujos y, naturalmente, los dibujos debieron adaptarse a la historia. Desde entonces, su madre sólo había publicado unas pocas ilustraciones para revistas infantiles y preparado calabazas y gatos negros de papel para Halloween, la fiesta de las brujas, aunque siempre llevaba su carpeta de dibujos de editor en editor. Su padre les mandaba dinero. Era un rico hombre de negocios que vivía en Francia, un exportador de perfumes. Su madre decía que era muy rico y muy apuesto. Pero él se había vuelto a casar, nunca escribía y Víctor no tenía interés en él, ni siquiera le interesaba ver una foto de su padre. Su padre era un francés con algo de polaco y su madre era húngara francesa. La palabra húngara le hacía pensar a Víctor en gitanos, pero cuando una vez le preguntó a su madre, ella replicó enfáticamente que no tenía nada de sangre gitana. Se había mostrado muy molesta con Víctor por esa pregunta.



-¡Escucha! ¿Cuál te gusta más? "En todo México no había un burro más inteligente que Miguel, el burrito de Pedro." O si no: "Miguel, el burrito de Pedro, era el más inteligente de todo México."

-Creo... que prefiero la primera.

-¿Cómo era? -preguntó su madre, cubriendo con la palma de la mano la ilustración.

Víctor trató de recordar las palabras, pero se dio cuenta de que sólo estaba mirando las marcas de lápiz en el borde del tablero de dibujo. El dibujo colorido del centro no le interesaba en absoluto. No estaba pensando. Esa era una sensación frecuente y familiar en él; había algo emocionante e importante en el no pensar. Víctor sentía que algún día iba a encontrar algo que hablara sobre eso -quizá con otro nombre- en la biblioteca pública o en los libros de psicología que había en su casa y que él hojeaba cuando su madre no estaba.

-¡Víííctor! ¿Qué estás haciendo?

-Nada, mamá.

-Eso justamente. ¡Nada! ¿No puedes pensar siquiera?

Una ola caliente de vergüenza lo envolvió. Era como si su madre pudiera leerle los pensamientos, acerca del no pensar.

-¡Pero estoy pensando! -protestó-. Estoy pensando acerca del no pensar -su tono era desafiante. ¿Qué podía hacer ella en cuanto a eso, después de todo?

-¿Qué? -su madre inclinó la cabeza negra y enrulada y lo enfrentó con los ojos maquillados entrecerrados.

-El no pensar.

Su madre apoyó las manos llenas de anillos en las caderas.

-¿Sabes, Víííctor, que tienes unas ideas medio raras? Estás enfermo. Enfermo mentalmente. Y eres un retardado. ¿Sabes lo que quiere decir eso? Que tienes la mentalidad de un nenito de cinco años -dijo con lentitud, acentuando las palabras-. Es mejor que pases las tardes de los sábados encerrado. Quién sabe, a lo mejor, si sales, puede pisarte un auto. Pero es por eso que te quiero, mi pequeñito Víííctor. -Le pasó el brazo sobre los hombros y lo atrajo hacia ella. Por un instante, la nariz de Víctor permaneció apretada contra su pecho grande y suave. Ella llevaba su vestido color piel, el que se transparentaba un poco a la altura del busto.

Víctor alejó la cabeza con brusquedad, confundido por las emociones. No sabía si deseaba reír o llorar.

Su madre reía alegremente, con la cabeza echada hacia atrás.

-¡Estás enfermo! ¡Mírate! Mi neniiito, con pantalonciiitos. ¡Ja, ja!

Entonces las lágrimas asomaron en los ojos de él, ¡y su madre se comportaba como si estuviera disfrutándolo! Víctor giró la cabeza para que ella no pudiera verle los ojos. Luego la miró repentinamente.

-¿Te crees que me gustan estos pantalones? A ti te gustan, no a mí, entonces, ¿por qué tienes que burlarte?

-Un neniiito que llora -continuó ella, riendo.

Víctor salió corriendo hacia el cuarto de baño, pero se desvió en el camino y se arrojó de cabeza en el sofá, con la cara contra los almohadones. Cerró los ojos con fuerza y abrió la boca, llorando pero sin llorar, de una manera que había aprendido con la práctica también. Con la boca abierta, la garganta cerrada, sin respirar por casi un minuto, podía en cierto modo sentir la satisfacción de llorar, hasta de gritar, sin que nadie se diera cuenta. Hundió la nariz, la boca abierta, los dientes en el almohadón rojo del sofá y, si bien siguió oyendo la voz de su madre, el tono burlón y la risa, imaginaba que esos sonidos se iban apagando y alejándose. Se imaginaba que estaba muriendo. Pero la muerte no era un escape; sólo un hecho concentrado y doloroso, el clímax de su no llorar. Luego, volvió a respirar y a oír la voz de su madre.

-¿Me oíste? ¿Me oíste? La señora Badzerkian vendrá a tomar el té. Quiero que te laves la cara y que te pongas una camisa limpia. Y también que le recites algún versito. ¿Qué verso vas a recitarle?

-Cuando me voy a la cama en el invierno -dijo Víctor. Ella le había hecho memorizar cada poema de El jardín de versos infantiles. Víctor dijo el primero que se le cruzó por la cabeza, pero eso le causó problemas porque ya lo había recitado en la última visita.

-¡Dije ése porque no podía pensar otro en el momento! -gritó Víctor.

-¡No me grites! -exclamó su madre, lanzándose hacia él. Víctor recibió una bofetada antes de que se diera cuenta de lo que estaba sucediendo.

Quedó apoyado en un brazo del sofá, de espaldas, con las delgadas piernas de rodillas huesudas extendidas. "Está bien -pensó-, si así son las cosas, así son las cosas." La miró con odio. No iba a hacerle ver que la bofetada le había dolido, que aún le dolía. "Basta de lágrimas por hoy -juró-, basta de no llorar." Terminaría el día, soportaría el té como una piedra, como un soldado, sin pestañear siquiera. Su madre caminaba por el cuarto, toqueteándose los anillos sin cesar, mirándolo de vez en cuando, desviando la mirada rápidamente. La mirada de Víctor estaba fija en ella. Él no tenía miedo. Ella podía golpearlo otra vez, pero a él no iba a importarle.

Por fin ella anunció que se iría a lavar la cabeza y se escurrió al baño.

Víctor se levantó del sofá y vagó por el cuarto. Hubiera querido tener un cuarto propio para poder estar solo. El departamento de Riverside Drive tenía tres ambientes: la sala, su cuarto y el de su madre. Cuando ella estaba en la sala, él podía estar en su dormitorio o viceversa, pero luego decidieron derrumbar el viejo edificio de Riverside Drive. No era algo en lo que le gustaba pensar.

De pronto recordó dónde había caído el libro, empujó el sofá y lo alcanzó. Era La mente humana, por Menninger, un libro lleno de historias clínicas fascinantes. Víctor no lo devolvió al estante donde estaba, entre un libro de astrología y otro de cómo dibujar. A su madre no le gustaba que leyera libros de psicología, pero a Víctor le encantaban; sobre todo los que tenían historias clínicas. Los pacientes hacían lo que querían. Se comportaban con naturalidad. Nadie les daba órdenes. Víctor pasaba horas en la biblioteca del barrio, hojeando los libros de psicología. Estaban en la sección para adultos, pero al bibliotecario no le molestaba que se sentara allí porque se comportaba decentemente.

Víctor fue a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Mientras estaba de pie bebiendo, oyó un crujido en una de las bolsas de papel de su madre. Un ratón, pensó, pero cuando movió las bolsas no vio ningún ratón. El sonido provenía del interior de una de las bolsas. La abrió con cuidado y esperó que algo saltara. Miró el interior y vio una cajita de cartón blanco. La sacó con lentitud. El fondo estaba húmedo. Se abría como una caja de masitas. Al hacerlo, Víctor dio un salto de sorpresa. Se encontró con una tortuga, viva y volcada sobre su caparazón. Las patas se agitaban en el aire, el animal intentaba darse vuelta. Víctor se humedeció los labios y, frunciendo el ceño con concentración, tomó la tortuga por los borde del caparazón con las dos manos, le dio vuelta y la volvió a colocar con suavidad en la caja. La tortuga encogió las patas, estiró la cabeza un poco y lo miró con fijeza. Víctor sonrió. ¿Por qué su madre no le había dicho que tenía unREGALO para él? Los ojos de Víctor brillaron, mientras pensaba en sacar la tortuga a pasear, quizá con una correa alrededor del cuello, para mostrársela al que se había reído de sus pantalones cortos. Quizá cambiara de parecer acerca de ser su amigo si descubría que él tenía una tortuga.

-¡Eh, mamá, mamá! -gritó Víctor, apoyado contra la puerta del baño-. ¿Me trajiste una tortuga?

-¿Una qué? -había cesado el ruido de la ducha.

-¡Una tortuga! ¡En la cocina! -Víctor saltaba mientras pronunció estas palabras. De pronto se detuvo.

Su madre había dudado, también. La ducha volvió a oírse. Su madre gritó con voz chillona.

-C'est une terrapène! Pour un ragoût!*

Víctor comprendió y sintió un pequeño escalofrío. Cuando su madre le hablaba en francés era porque estaba dándole una orden que debía obedecer sin réplicas. De modo que la tortuga iría a parar a un guiso. Víctor regresó a la cocina, con perpleja resignación. Para un guiso. Bueno, ya que a la tortuga no le quedaba mucha vida, ¿qué le gustaría comer? ¿Lechuga? ¿Panceta cruda? ¿Papa hervida? Víctor abrió la heladera.

Sostuvo un pedazo de lechuga cerca de la boca callosa de la tortuga. Ésta no abrió la boca, sólo miró. Víctor sostenía la lechuga cerca de los dos agujeritos nasales pero, aunque la tortuga la olió, no mostró ningún interés. Víctor miró debajo de la pileta y sacó un fuentón grande. Lo llenó con dos dedos de agua y con suavidad puso a la tortuga adentro. La tortuga braceó por unos segundos; luego, descubriendo que el vientre se apoyaba en el fondo, se detuvo y encogió las patas. Víctor se puso de rodillas y estudió la cara del animal. El labio superior se encimaba al inferior, dándole una expresión algo testaruda y de pocos amigos, pero los ojos eran brillantes y vivaces. Víctor sonrió cuando los miró con fijeza.

-Está bien, monsieur terrapène -dijo-, dime qué te gustaría comer y te lo conseguiremos. ¿Quizá quieras un poco de atún?

El día anterior habían cenado arroz con atún y había quedado un poco. Víctor tomó un pedacito con los dedos y se lo mostró a la tortuga. La tortuga no estaba interesada. Víctor miró a su alrededor, pensativo; luego, levantó el fuentón, lo llevó a la sala y lo colocó en el suelo de modo que el sol diera en el caparazón de la tortuga. "A todas las tortugas les gusta el sol", pensó Víctor. Se extendió en el piso a su lado, apoyado en un codo. La tortuga lo miró un momento, luego con mucha lentitud y con un aire de prudencia y cautela, estiró las patas y avanzó, se topó con el borde del fuentón y dobló a la derecha, con la mitad del cuerpo fuera del agua poco profunda. Quería salir. Víctor la tomó por el caparazón y dijo:

-Puedes salir y dar un paseíto.

Sonrió, mientras la tortuga comenzaba a andar rumbo al sofá. La agarró con facilidad, pues se movía lentamente. Cuando lo volvió a colocar en la alfombra, el animal permaneció inmóvil, como si se hubiera detenido un poco a pensar lo que iba a hacer después, adónde ir. Era de color verde amarronado. Víctor pensó en el fondo del río, y en los océanos. ¿De dónde venían las tortugas? Se puso de pie de un salto y fue a buscar un diccionario a la biblioteca. El diccionario tenía un dibujo de una tortuga, pero era apagado, en blanco y negro, no se parecía en nada al ejemplar vivo. No aprendió nada nuevo, salvo que el nombre era de origen algonquino, que la tortuga de agua vivía en agua dulce o salobre, y que era comestible. Pero él no pensaba comer ninguna terrapène esa noche. Ese ragoût sería todo para su madre, y aunque ella lo golpeara y le hiciera aprender dos o tres poemas más, él no comería tortuga esa noche.

Su madre salió del baño.

-¿Qué estás haciendo ahí?

Víctor guardó el diccionario en su lugar. Su madre había visto el fuentón.

-Estoy mirando la tortuga -dijo, y enseguida se dio cuenta de que la tortuga había desaparecido. Se puso en cuatro patas y miró debajo del sofá.

-No la pongas encima de los muebles. Deja marcas -dijo su madre. Estaba de pie en el vestíbulo, secándose el pelo enérgicamente con una toalla.

Víctor encontró la tortuga entre el cesto de basura y la pared. La volvió a colocar en el fuentón.

-¿Te cambiaste la camisa? -preguntó su madre.

Víctor se cambió la camisa y luego, siguiendo las órdenes de su madre, se sentó en el sofá con el libro El jardín de versos infantiles a aprender otro poema para la señora Badzerkian. Leía en voz apenas alta, para sí; luego las repetía, dos, cuatro y seis líneas juntas hasta que sabía toda la poesía. Se la recitó a la tortuga. Después preguntó a su madre si podía jugar con la tortuga en la bañera.

-¡No! ¿Para que te salpiques la camisa?

-Puedo ponerme la otra camisa.

-¡No! Ya son casi las 4. ¡Saca ese fuentón de la sala!

Víctor llevó el fuentón de regreso a la cocina. Su madre sacó la tortuga del fuentón sin temor y la volvió a poner en la caja de cartón blanco. Cerró la tapa y puso la caja en la heladera. Víctor se estremeció un poco cuando ella cerró la puerta de un golpe. Seguramente sería mucho frío para una tortuga ahí adentro. Pero pensó que el agua del río estaba fría de vez en cuando, también.

-Víííctor, corta el limón -dijo su madre. Estaba preparando una bandeja grande con tazas y platillos. El agua estaba hirviendo en la olla.

La señora Badzerkian fue puntual como siempre. Su madre sirvió el té tan pronto como se desembarazó del tapado y el libro de bolsillo de la visitante en la silla del vestíbulo. La señora Badzerkian olía a ajo. Tenía una boca recta y chica, y un fino bigote en el labio superior que causaba fascinación a Víctor, pues nunca antes había visto una mujer con bigote, nunca de tan cerca. Jamás había mencionado el bigote de la señora Badzerkian a su madre, sabiendo que ella lo consideraría una cosa fea, pero curiosamente era el bigote lo que más le gustaba de ella. El resto era aburrido, sin interés e inamistoso. Siempre pretendía escuchar con atención mientras él recitaba, pero él sentía que se movía inquieta, que pensaba en otras cosas mientras él hablaba y que se sentía aliviada cuando terminaba. Ese día, Víctor recitó muy bien y sin titubear, de pie en el medio de la sala y frente a las dos mujeres, que estaban tomando la segunda taza de té.

-Très bien -dijo su madre-. Ahora puedes comer una masita.

Víctor eligió una masita pequeña con un poco de dulce de naranja en el medio. Mantuvo las rodillas juntas cuando se sentó. Siempre tenía la sensación de que la señora Badzerkian le miraba las rodillas con disgusto. Muchas veces deseó que le hiciera algún comentario a su madre acerca de que él ya era lo suficientemente grande como para usar pantalones largos, pero nunca había dicho nada, o al menos él no lo había oído. Víctor se enteró por la conversación entre su madre y la señora Badzerkian de que los Lorentz irían a cenar al día siguiente. Probablemente el guiso era para ellos. Víctor se alegró de tener la tortuga un día más para poder jugar. A la mañana siguiente le preguntaría a su madre si podría llevar la tortuga a la vereda un ratito, con correa o dentro de la caja de cartón, si su madre insistía.

-...como un niiiño -decía su madre, riendo, echándole una mirada. La señora Badzerkian sonreía con astucia y la boquita apretada.

Víctor recibió permiso para retirarse y fue a sentarse en el sofá en el otro extremo del cuarto, con un libro. Su madre le estaba contando a la señora Badzerkian que él había estado jugando con la tortuga. Víctor frunció las cejas y miró el libro, simulando que no oía. A su madre no le gustaba que él les hablara a los invitados una vez que le había dado permiso para retirarse. Pero lo que estaba oyendo lo hizo enrojecer de furia. Se incorporó, marcando la hoja que estaba leyendo con el dedo.

-¡No veo qué tiene de infantil mirar a una tortuga! -dijo tartamudeando-. Son animales muy interesantes, son...

Su madre lo interrumpió con una carcajada, pero una vez que la carcajada se desvaneció, dijo con severidad:

-Víííctor, creí que te había dado permiso para retirarte. ¿Correcto?

Él dudó, viendo fugazmente la escena que tendría lugar cuando se fuera la señora Badzerkian.

-Sí, mamá. Perdóname -dijo. Luego se sentó y se concentró en su libro otra vez. Veinte minutos más tarde, la señora Badzerkian se despidió. Su madre lo regañó, pero no fue un regaño de cinco o diez minutos como se había imaginado. Como ella se había olvidado de la crema le pidió a Víctor que bajara a comprarla. Víctor se puso el saco de lana gris y salió. Ese saco lo avergonzaba por llamar la atención, pues le llegaba un poco más abajo que los pantalones cortos y parecía que no tenía nada debajo del saco.

Echó una mirada a su alrededor para ver si encontraba a Frank en la vereda, pero no lo vio. Cruzó la Tercera Avenida y entró en la rosticería del edificio grande que se veía desde la ventana de la sala. A su regreso, vio a Frank caminando por la vereda, haciendo rebotar una pelota. Víctor se dirigió directamente hacia él.

-¡Eh! -dijo Víctor-. Tengo una tortuga de agua en mi casa.

-¿Una qué? -Frank tomó la pelota y se detuvo.

-Una tortuga de agua. Te la mostraré mañana por la mañana, si estás por aquí. Es bastante grande.

-¿Sí? ¿Por qué no la traes ahora?

-Porque debo ir a cenar ahora -dijo Víctor. Entró en su edificio. Sintió que había logrado algo. Frank se había mostrado muy interesado. A Víctor le hubiera gustado poder bajar la tortuga en ese momento, pero su madre no quería que saliera de noche y ya estaba casi oscuro.

Cuando Víctor entró, su madre estaba en la cocina. Vio una cacerola con huevos y una gran olla con agua en la hornalla de atrás.

-¡La sacaste otra vez! -chilló Víctor, viendo la caja de la tortuga sobre la mesada.

-Sí, voy a preparar el guiso esta noche -dijo su madre-. Por eso es que necesitaba la crema. Queda muy rico así.

Víctor la miró.

-¿Vas... vas a matarla esta noche?

-Sí, querido. Esta noche. -Su madre movió la cacerola con los huevos.

-Mamá, ¿puedo llevarla abajo un minuto para mostrársela a Frank? -preguntó Víctor con rapidez-. Sólo un minuto, mamá. Frank está abajo ahora.

-¿Quién es Frank?

-Es el chico que me preguntaste hoy. El rubio que siempre vemos. Por favor, mamá.

Las cejas negras de su madre se fruncieron.

-¿Llevar la terrapène abajo? De ningún modo. No seas absurdo, mi bebé. ¡La terrapène no es un juguete!

Víctor trató de pensar en otra forma de persuadirla. Aún no se había sacado el abrigo.

-Tú querías que me hiciera amigo de Frank.

-Sí, ¿pero qué tiene eso que ver con la tortuga?

El agua en la olla grande comenzó a hervir.

-Verás, le prometí que... -Víctor observó que su madre sacaba la tortuga de la caja y, cuando la echó en el agua hirviendo, abrió la boca espantado-. ¡Mamá!

-¿Qué pasa? ¿Qué es ese alborto?

Boquiabierto, Víctor miró a la tortuga, cuyas patas se batían con desesperación contra las paredes de la olla. La tortuga abrió la boca y, por un instante, fijó la mirada en Víctor, arqueó la cabeza hacia atrás con infinito dolor, hundió la boca abierta en el agua hirviendo... y fue el fin. Víctor pestañeó. Estaba muerta. Se acercó más, vio cuatro patas y una cola y la cabeza extendida en el agua. Miró a su madre.

Ella se estaba secando las manos con una toalla. Lo miró y exclamó:

-Diablos. -Se olió las manos y colgó la toalla en su lugar.

-¿Tenías que matarla de ese modo?

-¿De qué otro? Así es como se mata a las tortugas y las langostas. ¿No lo sabes? No sienten nada.

Él la miró con fijeza. Cuando se acercó para acariciarlo, Víctor retrocedió. Pensó en la boca abierta de la tortuga y, de repente, se le llenaron los ojos de lágrimas. La tortuga lo había mirado y no había podido oírla por el ruido de las burbujas. La tortuga lo había mirado, le había pedido que la sacara de allí, pero él no se movió para ayudarla. Su madre lo había engañado, lo había hecho tan rápido que no pudo salvarla. Retrocedió nuevamente.

-¡No! ¡No me toques!

Su madre le dio una bofetada, con fuerza y rapidez.

Víctor se cubrió la mandíbula con la mano. Después dio media vuelta, se dirigió al ropero, se sacó el abrigo y lo colgó. Fue a la sala y se arrojó en el sofá. No estaba llorando, pero tenía la boca abierta contra el almohadón del sofá. Entonces recordó la boca de la tortuga y cerró los labios. La tortuga había sufrido. De no haberlo hecho, no hubiera movido las patas a tanta velocidad. Víctor empezó a llorar silenciosamente, como la tortuga, con la boca abierta. Se cubrió el rostro con las dos manos para no mojar el sofá. Después de un largo rato, se puso de pie. Su madre tarareaba en la cocina, y de cuando en cuando él oía sus pasos rápidos y decididos mientras trabajaba. Víctor apretó los dientes otra vez. Caminó con lentitud hasta la puerta de la cocina.

La tortuga estaba sobre la tabla de picar y su madre, luego de echarle un vistazo al niño, aún canturreando, tomó un cuchillo, apretó la hoja hacia abajo y le cortó las uñitas a la tortuga. Víctor entrecerró los ojos, pero siguió mirando con fijeza. Su madre separó las uñas de las patas del animal muerto y las dejó caer en la bolsa de residuos. Después hizo girar el cuerpo exánime y, con el mismo cuchillo puntiagudo y filoso, empezó a quitar el pálido caparazón que le cubría el estómago. El pescuezo de la tortuga estaba inclinado hacia un lado. Víctor quería apartar la mirada, pero no pudo. Enseguida aparecieron las vísceras de la tortuga, rojas, blancas y verdosas. Víctor no prestó atención a lo que decía su madre acerca de que había cocinado tortugas en Europa antes de que él naciera. Su voz era suave y tranquilizadora, y de ningún modo se relacionaba con lo que estaba haciendo.

-¡Bueno, no me mires así! -le gritó repentinamente, golpeando el piso con el pie-. ¿Qué te pasa? ¿Estás loco? Sí, creo que estás loco. Estás enfermo, ¿sabías eso?

Víctor no pudo probar bocado de la cena, aunque el guiso de tortuga se serviría a la noche siguiente, y su madre no pudo obligarlo a comer, aunque lo sacudió por los hombros y lo amenazó con darle otra bofetada. No dijo una palabra. Se sentía muy distante de su madre, incluso cuando ella le gritaba en las narices. Se sentía muy raro, como esas veces cuando tenía ganas de vomitar, pero en ese momento no tenía ganas de vomitar. Cuando llegó la hora de acostarse, tuvo miedo de la oscuridad. Veía la cara de la tortuga en todas partes, con la boca abierta y los ojos desorbitados en una mirada de dolor. Víctor hubiera querido salir por la ventana y flotar, irse adonde quisiera, desaparecer y al mismo tiempo estar en todas partes. Imaginó las manos de su madre atenaceando sus hombros, si lo veía intentando salir por la ventana. Odiaba a su madre.

Se levantó y fue en silencio a la cocina. La casa estaba completamente a oscuras, pero Víctor dirigió su mano con precisión a la hilera de cuchillas y tomó con suavidad la que buscaba. Pensó en la tortuga, convertida en pedacitos, mezclada en la salsa de crema y huevo y jerez en la cacerola dentro de la heladera.

El grito de su madre pareció desgarrarle los oídos. La segunda puñalada penetró en su cuerpo y le perforó la garganta otra vez. Sólo el cansancio lo hizo detenerse y, para entonces, oyó gente afuera que trataba de abrir la puerta. Víctor se dirigió a la puerta, corrió la cadena del pasador y abrió.

Lo llevaron a un edificio enorme, lleno de enfermeras y médicos. Víctor era muy callado y hacía todo lo que le pedían y contestaba las preguntas que le hacían, pero sólo eso. Como nadie preguntó nada de la tortuga, no mencionó el tema.






lunes, 28 de septiembre de 2015

SUBSOCIAL

Esta semana queremos empezarla con toda la estridencia y el poder de SubSocial, banda santiaguina caracterizada por su sonido garage y stoner. Ellos disfrutan de un presente expectante y un futuro promisorio, por lo que  hemos decidido destacarla hoy lunes 







Subsocial es una banda de Stoner/Garage nacida a en el Liceo Arturo Perez Canto de Recoleta el año 2010. La banda esta formada por Alexis Miranda en la voz y guitarra, Hugo Maquieira en bajo y voz, Nicolas Ortiz en guitarra y Bastian “Kukin” Gomez en la batería (Siendo Alexis y Hugo sus miembros fundadores y originales de la primera formación). Entre sus principales influencias musicales destacan las antes mencionadas representadas en bandas como Queens of the Stone age y The strokes pero por otro lado aparece una influencia por el Pop rock de The smiths y The cure y tambien del Punk con bandas como The clash , Ramones entre otras. Caracterizados por sus guitarras estridentes , sus poderosas baterias y voces desgarradas , subsocial tiene como principal distintivo sus shows en vivo llenos de energia y entrega hacia el publico como tambien sus letras que hablan del cotidiano vivir , de la sociedad actual y sus acidas liricas sin tapujos ni restricciones para hablar lo que muchos han querido callar.




     A la fecha Subsocial cuenta con dos producciones , su disco debut "Nacer , vivir y resistir" lanzado bajo el sello IGED records en Diciembre del año 2013 y un EP titulado "NueveNoventa" producido en Estudio insular estrenado en Marzo del año 2015. La banda ya ah tenido la oportunidad de tocar en conocidos e importantes escenarios de STGO como las salas SCD , sala master UCH , Bar opera catedral y en el gimnasio olimpico de San miguel junto a We are the grand teloneando a De saloon. Tambien se ha hecho presente en regiones como Valparaiso , Rancagua y Coquimbo teniendo un buen recibimiento del publico.



Para el año 2015 , Subsocial trabaja en su segundo disco de estudio en INSULAR RECORDS el cual sera estrenado en Octubre del mismo año y fue confirmado para ser parte del Festival de la organización cultural M.A.S.A en el mes de Noviembre en el paruqe Quinta normal.



Banda Subsocial
+569 - 75300633 / 85670067


soundcloud.com/sub-social

facebook.com/Bandasubsocial



@Subsocialoficial



Los dejamos con Antropofobia en vivo en la sala SCD en bellavista Santiago











domingo, 27 de septiembre de 2015

PAU QUINTANA JORNET


La pintora y muralista Pau Quintana Jornet es considerada una de las promesas a futuro en la escena del arte gráfico. La búsqueda de sus raíces y de su identidad es el gran tema de su trabajo artístico. Figuras femeninas frágiles y sensuales y la combinación de diversos materiales caracterizan su obra














sábado, 26 de septiembre de 2015

ON FIRE

Alvaro Rojas es un joven escritor serénense, su trabajo, de un estilo de imágenes penetrantes, consigue  enganchar al lector desde un comienzo. Se destaca la reciente publicación de Pesadillas Psicotropicas, plaquette con varios de sus relatos que ya ha estado circulando en varios encuentros literarios y artísticos. Hoy lo destacamos con su relato On Fire.









        Y he aquí la escena grotesca en la que me encuentro, soy un adolecente paliducho, bastante borracho, sin camisa y con el pantalón abierto, con los dedos y la boca rebosantes del olor del sexo femenino y los nudillos manchados con la sangre de otro sujeto sobre el cual me hallo de rodillas. El otro tipo, bastante golpeado y aturdido, intenta gritar que me detenga, le faltan varios dientes, los que se hallan regados por todo el piso de cerámicos, la sangre no le permite hablar con claridad, el público llena los pasillos y murallas, nadie dice nada, nadie graba con el celular, están en shock, alguien vomita, no sé si de asco o borrachera, segundos de silencio, y es entonces cuando me doy cuenta de cómo he llegado aquí.

Todo comienza con Ana, mi pseudopolola, con ella todo había colapsado hace tiempo, vivía conmigo hacía cerca de dos años, éramos la pareja perfecta, pero hasta la pareja perfecta se aburre de la monotonía y la monogamia, hasta un capítulo repetido de los Simpson en canal trece me entregaba más adrenalina que salir con ella, ambos ya preferíamos pasar el día separados, haciendo nuestras cosas y nuestras vidas, y nadie se metía en los problemas de nadie. De vez en cuando salíamos de noche por separado y luego, al vernos, reconocíamos nuestras sínicas sonrisas de placer, ambos jugábamos sucio, lo sabíamos en secreto, buscábamos emoción en personas ajenas, por mi parte me encontraba saliendo esporádicamente con tres chicas más, todas se habían ofrecido voluntariamente a entregarme el cariño y la satisfacción que Ana hacía tiempo se negaba a darme.

Hoy, como de costumbre, Ana y yo saldríamos cada uno por su lado, ella a alguna fiesta en casa de algún conocido, yo había quedado de salir con Camila, una de las tres chicas, la que más me amaba, ella ofrecía prácticamente su vida para complacerme, aún sabiendo que mi corazón se retorcía por Ana.

A las nueve y cuarto me encontré con Camila, nos miramos, nos besamos sin importar si alguien nos veía, en realidad ya nada importaba, tomamos cerveza, nos reímos, recorrí sus muslos con mi mano, disfrute la textura de sus medias, las que había comprado exclusivamente para deleitarme, sin vergüenza, todo tenía un sabor más dulce esta noche. Salimos del bar donde nos escondíamos y tomamos rumbo a la casa de Pablo, un amigo de aquellos, fuimos a la botillería por cigarros y vodka, un agarrón disimulado, una sonrisa coqueta y todo seguía normal. Caminamos varios minutos hasta la casa de Pablo, había gente afuera, más amigos, más adolescentes perdidos, borrachos y drogados, hambrientos de sexo delirante o de llanto descontrolado según fuese el caso. Saludamos, cruzamos la puerta, y ahí, en medio del sofá, estaba Ana, sentada, riendo y besándose con otro chico, el que descaradamente tomaba su cuello, ese lugar que tantas veces había sido mi objetivo predilecto. Su mirada metálica se cruzó con la mía, los nervios en la guata reventaron, la mano del chico soltó la de Ana, el público no pudo disimular los sonidos y vocales de asombro e incomodidad.

Dejé a Camila paralizada junto a la puerta, caminé hasta donde estaba Ana, la besé en la mejilla, le dije: tranquila, sigamos en lo que estábamos, ya habrá tiempo para hablar. Le sonreí, me volví hacia Camila, la bese en la boca, le dije que todo estaría bien y salimos a fumar. Todo acontecía con total normalidad, la gente se preguntaba si con Ana habíamos terminado sin tener el valor de preguntar, todos hicieron vista gorda de lo sucedido, a ratos nos cruzábamos para buscar hielo o para salir a fumar, pero solo éramos dos personajes más en la fauna nocturna de la casa de Pablo.
Cinco vodkas encima, camino al baño y me encuentro a Ana masturbando al chico por sobre el pantalón, la miro a los ojos, escupo al suelo y me doy la vuelta; voy a buscar a Camila, “ven, sígueme”, una mirada sugerente y ella cae en la trampa, la tomo de la mano y la llevo escaleras arriba, la arrojo contra la muralla, la beso, busco con mis dedos bajo su falda, rompo las medias con mis uñas y hundo mis dedos en la cálida humedad de su entrepierna, volteo hacia la puerta de una habitación oscura y antes de poder arrastrar a mi presa escucho una voz: “Ignacio, ¿a dónde vas? hablemos”, Ana se acerca e ignorando la presencia de Camila me toma de la camisa y me arrastra adentro.

No dijo nada, cerró la puerta con pestillo y me reventó los botones de la camisa de un solo tirón, me lamió el pecho, se agachó, con precisión desarmó mi correa y pantalón, comenzó a chupármela como si no hubiera mañana. Lo que podría haber sido uno más de los tantos encuentros sexuales de la noche ocurridos en la casa, se transformó en el acto principal, nuestra naturaleza depredadora no nos permitió pasar inadvertidos, bastaron sólo algunos minutos para que nuestros ruidos exagerados alertaran a toda la casa.

Sin vergüenza alguna nos dimos el lujo de follar casi hora y media, a grito pelado, sin asco, mientras desde afuera nos gritaban y silbaban, nos hacían barra, la hermana de Pablo nos pedía que no mancháramos las sábanas, demasiado tarde, nuestros cuerpos sudados se revolcaban agotados sobre el caos de la cama, que ahora se desarmaba por todas partes. Respiramos un poco y mientras me ponía los pantalones alguien comenzó a patear la puerta, todo acompañado del mismo grito que se repetía “¡maraca culiá abre la puerta!”, la chapa cedió, la puerta se abrió con un latigazo violento, una sombra ingresó iracunda y antes de poder siquiera reaccionar, vi entrar la imagen difusa del amiguito de Ana, quien la botó a piso de un solo puñetazo en la cara.

En un lenguaje alcohólico balbuceaba “hueona maraca, me dejaste en vergüenza delante de toda la gente”, algo más iba a decir creo, cuando lo interrumpí de una sola patada en el hocico, a pata pelá. “Mejor ándate hueon, deja de dar pena”, dije, le ayudé a pararse, lo bajé por la escalera y lo acompañé a la puerta. Por un segundo, de verdad, en mi inocencia creí que había sido suficiente para él, que se iría derrotado, pero estas cosas no pasan en la vida real, el hombre caminó hacia la reja, se agachó y agarró una botella de vino, bebió el concho, dio la vuelta y comenzó a devolverse hacia la puerta. Quizás, en otro lugar, en otro momento, con otro contrincante, habría tenido alguna oportunidad, pero como ya dije, la vida real no es así, yo era un verdadero adicto a la ultra violencia, cuando pendejo me gustaba juntarme con mis amigos a sacarnos la cresta en los recreos, sólo por el gusto de pelear, de sentir la adrenalina en los labios, del dolor de la lucha de llevar nuestros cuerpos al límite, he peleado a combo limpio casi toda mi vida, por años, incluyendo la semana pasada; el tipo caminaba hacia mí con una sonrisa distorsionada, y yo lo esperaba igual de sonriente.

El tiempo se detuvo como tantas otras veces, vi su brazo levantarse, vi la mueca de ira en su rostro, vi cómo las luces de la calle atravesaban el vidrio verde de la botella alzándose en su mano, quise darle en el gusto, como si fuera un juego, me corrí sólo lo justo y necesario, el borde de su arma golpeó mi frente y siguió su curso. Cuando su muñeca estaba frente a mi pecho liberé la tensión, tomé su mano con toda mi fuerza y la giré en contra, hasta que su carne dejó el hueso albino asomarse ensangrentado, al mismo tiempo que mi codo hacia volar sus fracturados dientes por todas partes, la excitación me invadió, cuando el cuerpo lánguido aterrizó me monté sobre él, y lo golpeé en la cara mojada tantas veces como me fue posible, el aplauso de mi puño desnudo en su piel era casi orgásmico, algo me quemaba en el estómago.

“¡Ignacio para! me dijiste que no iba a quedar la cagá”, la voz de Camila reverberaba en el silencio de la habitación llena de espectadores atónitos, todos al borde del desmayo, su voz no mostraba enojo, sólo quería mi bienestar, había un amor casi maternal en aquella súplica, “vámonos por favor, en serio”, vi un par de lágrimas correr por su cara, entonces desperté, me di cuenta que una vez más había hecho una promesa que no podía cumplir, miré al imbécil bajo mis piernas, pensé en mearlo, pero ya había sido suficiente espectáculo por hoy, le escupí en la cara y me levanté, fui a buscar mis zapatillas, Ana no estaba, tampoco me importaba saber su ubicación, me abrigué con una chaqueta ajena, tome una botella de vodka y me llevé a Camila de la mano.




jueves, 24 de septiembre de 2015

HOATZIN

Rodrigo Torres Quezada es un joven escritor chileno, autor del libro Antecesor, publicado por la editorial Libros de Mentira. Según la critica se ve en su estilo narrativo una marcada influencia de autores como Hemingway y Carver. En nuestra opinión, después de haber leído su trabajo, nos parece que hay mucho futuro en sus escritos. Hoy destacamos su relato Hoatzin











           El hielo se apoderaba de sus extremidades ya muy débiles. Aun así, debía cargar ese cajón pues los ojos del emperador del mundo, o más bien, de lo que quedaba del mundo, estaban puestos sobre él. El cajón ora se deslizaba rápidamente por las formaciones glaciares ora se adhería y se quedaba estancado entre peligrosas estalactitas y criaturas congeladas de hacía décadas. Estas permanecían ahí como espectáculo público para el arriesgado observador que osase interrumpir el terrible silencio de vida en aquellos lugares. Su fuerza estaba menguando. Se tiró al suelo. Pasaron minutos pero en su mente parecieron años y escuchó una voz suave como el tibio rayo de sol, dulce como el fruto de un árbol.



– Lictor, despertad de vuestro sueño. Debéis seguir adelante. No os quedéis en las garras de esta tundra.

Lictor levantó su cuerpo y pudo distinguir la figura que le hablaba: era el espíritu del Hoatzin, criatura venerada por las últimas tribus que aún creían en las fuerzas poderosas de la naturaleza. Lictor, que era una mezcla entre humano y coyote, fiel exponente de los últimos avances en tecnologia biogenética, respondió con una voz apagada:

– Dame una razón por la que deba seguir…

– El Behemot de la civilización quiere destruir los últimos reductos del mundo sobreviviente de la expansión del mar, predecesora de la glaciación. Lo que lleváis en vuestro cajón nos será de útil ayuda… Cuando hayáis llegado a la civilización lo entenderéis mejor.

El Hoatzin desapareció. En vano Lictor lo llamó una y otra vez. Sus gritos sólo atrajeron a los feroces depredadores del hielo: los innvikitecus. Estos poseían grandes dientes, fosas nasales enormes y armas con ácido sulfúrico. Era un grupo de seres derivados de unos científicos que años atrás habían probado injertos sobre sus propios cuerpos para soportar una nueva glaciación. Los innvikitecus dispararon una y otra vez sobre el cuerpo de Lictor, pero el escudo de oro que llevaba hacía estallar los ácidos sin dañarle. Las criaturas le siguieron por varios metros. A duras penas Lictor huía aferrando el cajón. Sintió que bajo sus pies la capa de hielo se desquebrajaba. Al parecer, los innvikitecus habían disparado directo al suelo. Lictor se escondió tras un muro en el cual se podía ver pequeños seres congelados. Se sentía frágil y ansioso. Entonces recordó algo. Llevó una mano hasta su cinturón y sacó de este una granada la cual lanzó al grupo de criaturas. Pronto, hubo una explosión que abrió un gran hueco en el hielo, haciendo que los innvikitecus se sumieran en las frías aguas. Lictor tomó su brújula: estaba aún en lo que una vez había sido Norteamérica. Le faltaba un par de kilómetros para llegar a Latinoamérica, último reducto en donde el sol y las praderas cobijaban a la vida resguardándola de los glaciares.


– “12 de octubre del año 2100 d.C., año veinte después de la última guerra bacteriológica. El Emperador Descartes III, rey de reyes, señor de señores, y brillante cometa que alumbra el porvenir de nuestra raza, llama a los señores feudales a no inmiscuirse más en la guerra entre los creacionistas y los evolucionistas. Más bien, hace el llamado a que todos juntos, como sobrevivientes de las últimas catástrofes mundiales, nos unamos en la lucha contra los arcaicos quienes con sus extraños métodos pretenden despertar bestias y demonios desde las profundidades del planeta Tierra”… ¿Qué le parece, mi señor? ¿Le gusta esta proclamación real o bien gusta que redacte otra?

El emperador estaba sentado sobre un tanque en desuso. Una mujer famélica y semidesnuda le daba uvas agrias en su boca. La vestimenta del emperador consistía en diversas aplicaciones metálicas dispuestas a lo largo de su cuerpo: púas, rombos y flechas. El traje remataba en la cabeza con una corona hecha de plumas de la última ave de la especie del hoatzin, que vivió en las tierras de Sudamérica.

– Oh, suena digno de mi majestad. Pero eso de ser “cometa” no me atrae. Suena mucho mejor “asteroide”.

– Sí, señor, tiene toda la razón- contestó nerviosa la ratita humanoide que servía de escribano- ¿Lo cambio, entonces?

-Por supuesto que sí, rata maloliente. ¡Doncellas! Tráiganme mis utensilios reales.

Un grupo de mujeres vestidas de forma extravagante, como indígenas de hacía cien años atrás, le llevaron un conjunto de compases, reglas y utensilios de agrimensura. Descartes III gozaba midiendo y calculando sus planos y mapas. Pero pronto tuvo que dejar a un lado sus juguetes. El jefe de la guardia real, un científico europeo armado con una metralleta de jeringas con veneno, le interrumpió:

– Su majestad, los gobernantes del mundo solicitan hablar con usted inmediatamente.

– Imbécil, a mi señor no le gusta que les digan gobernantes a esas pobres marionetas. Él prefiere decirles cónsules o virreyes– dijo furiosa la ratita.

El científico estuvo a punto de disparar contra la rata pero el rey dijo:

–– Déjala, ya morirá cuando deba. Haz pasar a mis cónsules.

Un grupo de hombres y mujeres vestidos de terno y corbata con maletines en sus manos, rodearon al emperador. Este seguía absorto en sus planos.

– Emperador Descartes III- dijo uno- Nos dirigimos hacia su excelencia para solicitar su ayuda. Latinoamérica, que es lo mismo que decir el mundo, se está tornando un lugar no apto para la vida. Los señores feudales no quieren soltar los que hasta hace ochenta años atrás eran los países de la región. Nos mandan guerrillas que atentan contra nuestras instituciones y lo que es peor, algunos grupos armados o nos atacan en nombre de los creacionistas o nos bombardean en nombre de los evolucionistas. Solicitamos un mayor número de soldados-científicos.

El rey esbozó una sonrisa. Luego comenzó a dibujar en un plano una especie de estructura vertical.

– Señor– dijo una gobernante– la lucha que tiene contra los arcaicos es un capricho. Deje a esa gente tranquila y ayúdenos contra los creacionistas y los evolucionistas que son mucho más peligrosos.

Descartes III miró fijamente hacia un globo terráqueo de cien años de antigüedad. Con una sonrisa brutal contestó:

–– Se nota que todos ustedes son europeos. No tienen idea de cómo manejar la situación en mi continente. Ustedes llegaron arrancando de Europa luego de que África los colisionara, ¿no? Tuvieron miedo cuando el mar mediterráneo comenzó a evaporarse dejando una maldita capa de sal. ¿Y qué hicieron? Venirse corriendo a Latinoamérica. Son unos ineptos, sólo los tengo en sus puestos porque su línea genealógica pertenece a las familias más poderosas de antaño, sólo por eso.

Uno de los gobernantes comenzó a sollozar y gritó:

–– ¡No le permitiré que nos mencione de forma tan vil lo que sucedió en nuestra Europa! Aún recuerdo como si fuese ayer cuando los hielos se apoderaron de todo el continente… Y ahora sólo viven esas mutaciones de androides… y de cyborgs… ¡Qué tristeza!

El emperador miró al hombre con ira. Dio un silbido y al punto un científico-soldado llevó ante todos a un hombre indígena que estaba encadenado en sus pies.

– Esclavo- le dijo el emperador- Demuéstrale a estas personas de lo que es capaz tu sucia tribu de los arcaicos.

La ratita humanoide le entregó al indígena un tambor. El hombre comenzó a tocarlo rítmicamente. De pronto, los gobernantes del mundo sintieron temor: la tierra comenzó a temblar y se escuchó desde las profundidades un sonido gutural. Entonces, sucedió algo increíble: un esqueleto gigantesco de una bestia emergió de la tierra. El ser abrió al máximo sus quijadas y dio un grito ensordecedor que hizo a todos llevarse las manos a los oídos. Luego, observó por unos segundos de forma directa a los ojos del emperador. Este sintió como si un fuego incómodo recorriera su cuerpo. Por ello ordenó que el indígena dejara de tocar. Así, la criatura volvió a sumirse en las profundidades. Los gobernantes no podían creerlo.

– ¿Qué fue eso?- se preguntaban todos.

– Bacon, explícaselos– el emperador se dirigió al soldado-científico que había traído al indígena. El hombre se colocó frente a todos y explicó:

– Señores cónsules. Es por esta razón que el emperador les pide su ayuda para enfrentar a los arcaicos. Estos brutos tienen el poder de revivir a las bestias extintas. Lo que ustedes vieron hace poco era un gliptodonte, un armadillo gigante del plioceno. Es más, se dice que conocen el secreto para revivir a la bestia más importante y peligrosa de todas: ellos le llaman Hoatzin– al decir esto el indígena comenzó a reír y hablar en su lengua– que sería algo así como el espíritu del planeta. Lo que estos brutos quieren es que ese “espíritu” despierte y acabe con nuestra civilización.

– ¿Cuál es el secreto para revivirlo?- preguntó uno de los gobernantes.

– ¿El secreto? Es de lo más interesante para nuestro conocimiento científico: estos brutos dicen conocer las rocas en donde se halla el elemento número 420 en nuestra escala periódica. Este elemento despertaría al Hoatzin.

– ¿Elemento 420? ¡Pero jamás he oído hablar de ese elemento!– gritó fuera de sí la ratita humanoide.

– Así es, el número 420… Lo divertido es que estaría oculto en alguna de las antiguas bases secretas norteamericanas. Pero como ustedes sabrán, todo esto está cubierto por el glaciar. De todas formas, hemos sido precavidos y mandamos a una de nuestras mejores invenciones en el laboratorio: Lictor, la bestia coyote. Dentro de unas horas volverá con ese elemento y podremos apoderarnos de él, antes de que cualquier enemigo de la civilización lo descubra.

Cuando terminó de hablar el soldado-científico, todos quedaron boquiabiertos. El emperador les pidió con frenesí a los gobernantes que se retiraran y siguió sumido en sus cálculos y mapas.


Al sentir los rayos del sol inundar su piel, y el cómodo pastizal de la pradera darle la bienvenida a sus pies, Lictor comprendió que ya estaba en Latinoamérica, el último bastión de la vida en el planeta Tierra. Se tiró al suelo de dicha y gritó para sentirse vivo. Miró ese cargamento que tanto trabajo le había dado y se sintió especial. De pronto, ante él aparecieron dos grupos armados: ambos vestían de albornoz, unos de color gris y otros de color negro. Los grises dijeron:

– Entréganos ese material a nosotros y te daremos un lugar en el cielo con nuestro Dios para que sientas la dicha de ser un elegido y un salvado por medio de la fe. Te haremos eterno en espíritu.

– ¡No!- dijeron en coro los del grupo negro– Danos a nosotros ese elemento y te alzaremos como la maravilla de la adaptación al medio. Con nuestra tecnologia tus descendientes no cambiarán, siempre serán los que conquisten toda clase de biotipos. Junto a nosotros te harás eterno en el ciclo biológico.

Lictor estaba confundido. De a poco aparecieron cientos de seres con albornoces grises y negros. Comenzaron a luchar entre sí con espadas, los grises, y con metralletas químicas, los negros. Lictor abrió el cajón y tomó la piedra. Con ella arrancó hasta que una explosión lo detuvo. Un tanque comandado por un soldado-científico hizo su aparición. Detrás de este, decenas de tanquetas y científicos-cyborgs con bazucas como brazos le resguardaban.

– Lictor, danos la piedra– le dijo el soldado-científico que comandaba el grupo.

– No, Lictor. Ven con nosotros.

Una centena de arcaicos, armados con símbolos rituales aparecieron cantando una antigua alabanza ritual. Con este canto algunos soldados sintieron sus cuerpos petrificarse, tanto así que caían al suelo y se rompían en pedazos. Los evolucionistas no se vieron afectados debido a que se tapaban los oídos con unos aparatos metálicos. Así, avanzaban hasta los tanques de los científicos-cyborgs y los robaban. Las explosiones se hicieron más fuertes. Los gritos de guerra en la palestra, unidos al canto de los arcaicos, producían una sensación hipnótica, como si toda la historia hubiese tenido su sentido en aquel momento, trágico y caótico.

Lictor aprovechó la confusión y corrió. Sintió que las balas no le dañaban y que las explosiones no lo alcanzaban. Comprendió, entonces, que no estaba solo. Luego de un rato, cayó al suelo producto del cansancio. Pero nuevamente la voz lo despertó:

– Vuestra es la decisión, Lictor. Si me dais la piedra, me salvaréis. Pero vuestras conciencias individuales se harán una. Tened esto en mente.

Sin dudarlo, Lictor dejó que el espíritu de Hoatzin tomara la piedra.

–– Esta piedra es mi corazón robado.

Entonces, un esqueleto gigantesco emergió de las profundidades de la Tierra. Los árboles, los pocos animales que había y quienes confiaron en Hoatzin, fueron uniéndose a sus huesos convirtiéndose en músculos. Los océanos se levantaron y se plegaron a través de todo el cuerpo de Hoatzin, transformándose en su sangre. Cientos de animales extintos se adosaron a la criatura creando su cerebro. Lictor fue llevado por un viento hacia la frente de la criatura y se convirtió en su tercer ojo. Desde el trono, el emperador atónito veía la escena. Todos quienes estaban luchando se detuvieron. Cuando estuvo completo, el ser resultó ser un ave llameante que habló con voz de trueno:

-Humanidad, por siglos me llamasteis “planeta Tierra”, pero mi verdadero nombre es Hoatzin. Vosotros no me respetasteis por lo que volaré hacia otras galaxias en donde encontraré la paz. ¡Adiós!

La criatura voló por los cielos hasta perderse en el infinito. Tras de sí, dejó una cáscara vacía que ya no era suelo, que ya no era tierra sino que simplemente una sustancia transparente. Con temor, quienes se quedaron ahí, vieron cómo comenzaba a resquebrajarse.






miércoles, 16 de septiembre de 2015

MAMI ¿DONDE ESTA EL PUNK? HOY, VASO DE LECHE

Como todo miércoles, las chicas se toman Experimental Lunch, hoy Raw Material destaca a Vaso De Leche, banda nacional de una interesante propuesta musical.










Vaso de Leche nace a fines del 2003, de un encuentro sonoro compuesto por Carolina Ozaus en guitarra y voz, Tania Corvalán en bajo y voz, y una drum machine. Su primera placa llamada “Primero” aparece en el 2005, disco inspirado en vivencias personales, con referencias literarias fundidas en melodías, guitarras envolventes, un bajo de pasajes oscuros y una batería programada que suena marcial y dura. El nombre de la banda fue tomado en homenaje al cuento del escritor chileno Manuel Rojas y desde 2004 participan en la organización del festival FEMFEST.

A comienzos del 2006 deciden dejar la máquina sumándose a este viaje Luis (Pollo) en la batería aportando diversos colores e intensos matices rítmicos, formando así un power trío.



En este período editan un par de demos, se presentan en regiones y diversos lugares de Santiago, y aparecen en compilados de revistas independientes.

En el 2008 Tania deja la banda y Álvaro asume con su bajo los ritmos de esos años hasta el 2012, años en que Vaso de Leche experimenta otros paisajes sonoros más cercanos al noise y al rock garage. En estos últimos dos años Lina (sinte, flauta y voz) y sus sonidos del otro mundo se mezclan completando así la nueva formación y propuesta sonora de Vaso de Leche. Hace ya unos meses, Paz es la nueva bajista de este ruidoso y silencioso sendero y parte de la historia que continua debido a que en unas semanas más lanzarán su segunda placa llamada “Vaso de Leche”






Los dejamos con  La Persistencia de la Memoria










lunes, 14 de septiembre de 2015

RIO DE PIEDRA

Río de Piedra es una banda originaria de Santiago de Chile, formada en el año 2012, La banda tiene numerosas influencias musicales, lo que puede verse reflejado en su sonido único y característico. A pesar de la corta edad de sus miembros y de la banda, esta se ha presentado en un sin número de escenarios de la escena rockera underground capitalina, teniendo en todas estas un muy buen recibimiento del publico debido a su entrega, su energía, desenfreno y potencia musical. Río de Piedra ha sido tachada como la banda más prometedora de la escena underground de la comuna de la florida. Hoy los destacamos en Experimental Lunch


Informacion extraida desde http://bandariodepiedra.wix.com/riodepiedraoficial#!la-banda/c1pxr







Río de Piedra es una banda originaria de Santiago de Chile, formada en el año 2012, el grupo está conformado por Alonso Becerra (voz), Mauricio Vidal (guitarra), Alejandro Vidal (batería) y David Catalán (Bajo). 

La banda es el resultado de los experimentos musicales anteriores de todos sus integrantes, Alonso venia del dúo folk PIEDRA ROJA y posteriormente de tocar en SKUNRASH, banda donde habría participado junto con ALEJANDRO y DIEGO (1er guitarrista), Skunrash se disolvería a fines del 2012.



Alonso volvería con la gestación de un nuevo proyecto musical que más tarde sería RIO DE PIEDRA, reuniendo a Alejandro quien estaba tocando junto con su hermano MAURICIO y su primo DAVID en la banda NO PASAR, el proyecto RIO DE PIEDRA estaría formado en su inicio de ALONSO en voz, DIEGO en guitarra, MAURICIO en bajo y ALEJANDRO en Batería, el primer ensayo seria también la fecha de fundación de la banda: 16 DE JULIO DEL 2012.





La nueva banda comienza de inmediato a ensayar sagradamente todos los fines de semana y algunos viernes libres, dando como resultado en sus 4 primeros ensayos 7 temas y 2 covers (Sonic Reducer y RoadHouse Blues).

Rápidamente luego de solo 5 ensayos, la banda, aún sin nombre ya tendría un setlist concreto, 2 presentaciones en vivo y la fecha para entrar a grabar su demo debut.





Después de la segunda presentación en vivo, la cual fue emitida vía streaming, DIEGO informa que dejaría la banda, la banda, que tenía agendada una fecha fuera de la ciudad, busca rápidamente un remplazante, lo que concluiría con la llegada de DAVID. Mauricio pasaría a tocar la guitarra principal y David tomaría las líneas de bajo, dejando a RIO DE PIEDRA con su formación actual.



ALONSO voz, MAURICIO guitarra, DAVID bajo, ALEJANDRO batería.


El Trabajo Debut en estudio de la banda, grabado y producido por Pablo Ramos, su fecha de lanzamiento fue el. 13 de julio del año 2013. Este primer demo trae y es un fiel resumen del proceso de la banda donde se ve la enérgica mezcla de estilos y también la improvisación.



La banda entro a grabar al estudio personal de Pablo Ramos el 31 de Agosto del 2012, en aquel entonces la banda aun no tenía sus componentes muy claros y las letras aún no habían sido terminadas al igual que las estructuras.



Las primeras canciones fueron grabadas en 2 sesiones y fueron llamadas LOS GRANDES EMPEZARON A CAER y SALVARME, Canciones que hablan de la juventud, los problemas sicológicos y la autoestima, estos primeros trabajos fueron exhibidos el 26 y 31 de octubre teniendo una gran respuesta del público.



Luego y con ayuda de los estudios de la AIEP, Río de piedra graba su 3er tema llamado NO PARA VENDER, un himno en contra del consumismo y el egoísmo, aquí también se verían cambios en letras y tiempos del tema original, el 4to tema que compondría el Demo seria DEJANDO MI HABITACION, tema que habla de las familias disfuncionales y las depresiones adolecentes, componiendo del demo con un sonido visceral y juvenil.



El nombre del demo es un tributo al proceso como han confesado los miembros de la banda, “Somos como TODOS PARA UNO Y UNO PARA TODOS”, “Dejar correr el rio es la esencia de la banda, dejamos que fluya el proceso, por eso los cambios de estilo y de decisiones”.



La temática del demo estaría basada tanto en el nombre de la banda y el proceso de la misma, el nombre de la banda tiene un trasfondo oscuro y depresivo y eso se ve reflejado en las letras creadas por ALONSO, vocalista de la banda, quien habla del CONSUMISMO, LA BIPOLARIDAD, EL AMOR, LA AMISTAD, LAS DEPRESIONES Y PROBLEMAS FAMILIARES.

El demo de 13 minutos de duración vería la luz el 13 de Julio del 2013 con gran recibimiento del público en general, dándole a la banda la posibilidad de un paso más hacia el profesionalismo.


La banda con el demo como presentación, se abría paso entre la escena underground, sus shows eran enérgicos y desenfrenados, varias radios online les hacen espacio, incluso como banda de la semana y son comparados con bandas grandes como WEICHAFE entre otras, generando gran aceptación de la crítica y del público.


Pocas semanas después del lanzamiento del demo, el single LOS GRANDES EMPEZARON A CAER llegaría a más de 1000 visitas en YouTube y más de 500 entre otras plataformas de internet, dejándolo como el mayor éxito de la banda hasta la fecha, ganándose también la oportunidad de difundir el demo en una feria musical.



Los meses posteriores al demo serian de gran avance para la banda, IGED RECORDS acepta una audición y los firma para integrarlos a su parrilla de bandas, esto sería un gran paso para la banda, donde se les otorgarían nuevos privilegios y formas para avanzar en su carrera. Como consecuencia de esto, la banda logra llegar a la importante feria PULSAR, donde sonó el single LOS GRANDES EMPEZARON A CAER con gran aceptación de los auditores.



Las presentaciones de fin de año serian otra cosa, la banda demostraría grandes avances gracias al sello y el público respondería favorable y desenfrenadamente, el demo DEJA CORRER EL RIO terminaría de concretarse. En los primeros meses del 2014, la banda ha lanzado un documental biográfico llamado DEJA CORRER EL RIO DOCUMENTAL, que en su primera semana de exhibición ha tenido gran movimiento.






Para el resto del verano del 2014, seria lanza el VIDEOCLIP de LOS GRANDES EMPEZARON A CAER, lo que sería la última promoción del EP para así dar paso a la nueva etapa de RIO DE PIEDRA.



Actualmente la banda está trabajando en un nuevo setlist, giras y en lo que son los primeros aires de un LP






Los dejamos con Los grandes Empezaron a Caer