jueves, 24 de septiembre de 2015

HOATZIN

Rodrigo Torres Quezada es un joven escritor chileno, autor del libro Antecesor, publicado por la editorial Libros de Mentira. Según la critica se ve en su estilo narrativo una marcada influencia de autores como Hemingway y Carver. En nuestra opinión, después de haber leído su trabajo, nos parece que hay mucho futuro en sus escritos. Hoy destacamos su relato Hoatzin











           El hielo se apoderaba de sus extremidades ya muy débiles. Aun así, debía cargar ese cajón pues los ojos del emperador del mundo, o más bien, de lo que quedaba del mundo, estaban puestos sobre él. El cajón ora se deslizaba rápidamente por las formaciones glaciares ora se adhería y se quedaba estancado entre peligrosas estalactitas y criaturas congeladas de hacía décadas. Estas permanecían ahí como espectáculo público para el arriesgado observador que osase interrumpir el terrible silencio de vida en aquellos lugares. Su fuerza estaba menguando. Se tiró al suelo. Pasaron minutos pero en su mente parecieron años y escuchó una voz suave como el tibio rayo de sol, dulce como el fruto de un árbol.



– Lictor, despertad de vuestro sueño. Debéis seguir adelante. No os quedéis en las garras de esta tundra.

Lictor levantó su cuerpo y pudo distinguir la figura que le hablaba: era el espíritu del Hoatzin, criatura venerada por las últimas tribus que aún creían en las fuerzas poderosas de la naturaleza. Lictor, que era una mezcla entre humano y coyote, fiel exponente de los últimos avances en tecnologia biogenética, respondió con una voz apagada:

– Dame una razón por la que deba seguir…

– El Behemot de la civilización quiere destruir los últimos reductos del mundo sobreviviente de la expansión del mar, predecesora de la glaciación. Lo que lleváis en vuestro cajón nos será de útil ayuda… Cuando hayáis llegado a la civilización lo entenderéis mejor.

El Hoatzin desapareció. En vano Lictor lo llamó una y otra vez. Sus gritos sólo atrajeron a los feroces depredadores del hielo: los innvikitecus. Estos poseían grandes dientes, fosas nasales enormes y armas con ácido sulfúrico. Era un grupo de seres derivados de unos científicos que años atrás habían probado injertos sobre sus propios cuerpos para soportar una nueva glaciación. Los innvikitecus dispararon una y otra vez sobre el cuerpo de Lictor, pero el escudo de oro que llevaba hacía estallar los ácidos sin dañarle. Las criaturas le siguieron por varios metros. A duras penas Lictor huía aferrando el cajón. Sintió que bajo sus pies la capa de hielo se desquebrajaba. Al parecer, los innvikitecus habían disparado directo al suelo. Lictor se escondió tras un muro en el cual se podía ver pequeños seres congelados. Se sentía frágil y ansioso. Entonces recordó algo. Llevó una mano hasta su cinturón y sacó de este una granada la cual lanzó al grupo de criaturas. Pronto, hubo una explosión que abrió un gran hueco en el hielo, haciendo que los innvikitecus se sumieran en las frías aguas. Lictor tomó su brújula: estaba aún en lo que una vez había sido Norteamérica. Le faltaba un par de kilómetros para llegar a Latinoamérica, último reducto en donde el sol y las praderas cobijaban a la vida resguardándola de los glaciares.


– “12 de octubre del año 2100 d.C., año veinte después de la última guerra bacteriológica. El Emperador Descartes III, rey de reyes, señor de señores, y brillante cometa que alumbra el porvenir de nuestra raza, llama a los señores feudales a no inmiscuirse más en la guerra entre los creacionistas y los evolucionistas. Más bien, hace el llamado a que todos juntos, como sobrevivientes de las últimas catástrofes mundiales, nos unamos en la lucha contra los arcaicos quienes con sus extraños métodos pretenden despertar bestias y demonios desde las profundidades del planeta Tierra”… ¿Qué le parece, mi señor? ¿Le gusta esta proclamación real o bien gusta que redacte otra?

El emperador estaba sentado sobre un tanque en desuso. Una mujer famélica y semidesnuda le daba uvas agrias en su boca. La vestimenta del emperador consistía en diversas aplicaciones metálicas dispuestas a lo largo de su cuerpo: púas, rombos y flechas. El traje remataba en la cabeza con una corona hecha de plumas de la última ave de la especie del hoatzin, que vivió en las tierras de Sudamérica.

– Oh, suena digno de mi majestad. Pero eso de ser “cometa” no me atrae. Suena mucho mejor “asteroide”.

– Sí, señor, tiene toda la razón- contestó nerviosa la ratita humanoide que servía de escribano- ¿Lo cambio, entonces?

-Por supuesto que sí, rata maloliente. ¡Doncellas! Tráiganme mis utensilios reales.

Un grupo de mujeres vestidas de forma extravagante, como indígenas de hacía cien años atrás, le llevaron un conjunto de compases, reglas y utensilios de agrimensura. Descartes III gozaba midiendo y calculando sus planos y mapas. Pero pronto tuvo que dejar a un lado sus juguetes. El jefe de la guardia real, un científico europeo armado con una metralleta de jeringas con veneno, le interrumpió:

– Su majestad, los gobernantes del mundo solicitan hablar con usted inmediatamente.

– Imbécil, a mi señor no le gusta que les digan gobernantes a esas pobres marionetas. Él prefiere decirles cónsules o virreyes– dijo furiosa la ratita.

El científico estuvo a punto de disparar contra la rata pero el rey dijo:

–– Déjala, ya morirá cuando deba. Haz pasar a mis cónsules.

Un grupo de hombres y mujeres vestidos de terno y corbata con maletines en sus manos, rodearon al emperador. Este seguía absorto en sus planos.

– Emperador Descartes III- dijo uno- Nos dirigimos hacia su excelencia para solicitar su ayuda. Latinoamérica, que es lo mismo que decir el mundo, se está tornando un lugar no apto para la vida. Los señores feudales no quieren soltar los que hasta hace ochenta años atrás eran los países de la región. Nos mandan guerrillas que atentan contra nuestras instituciones y lo que es peor, algunos grupos armados o nos atacan en nombre de los creacionistas o nos bombardean en nombre de los evolucionistas. Solicitamos un mayor número de soldados-científicos.

El rey esbozó una sonrisa. Luego comenzó a dibujar en un plano una especie de estructura vertical.

– Señor– dijo una gobernante– la lucha que tiene contra los arcaicos es un capricho. Deje a esa gente tranquila y ayúdenos contra los creacionistas y los evolucionistas que son mucho más peligrosos.

Descartes III miró fijamente hacia un globo terráqueo de cien años de antigüedad. Con una sonrisa brutal contestó:

–– Se nota que todos ustedes son europeos. No tienen idea de cómo manejar la situación en mi continente. Ustedes llegaron arrancando de Europa luego de que África los colisionara, ¿no? Tuvieron miedo cuando el mar mediterráneo comenzó a evaporarse dejando una maldita capa de sal. ¿Y qué hicieron? Venirse corriendo a Latinoamérica. Son unos ineptos, sólo los tengo en sus puestos porque su línea genealógica pertenece a las familias más poderosas de antaño, sólo por eso.

Uno de los gobernantes comenzó a sollozar y gritó:

–– ¡No le permitiré que nos mencione de forma tan vil lo que sucedió en nuestra Europa! Aún recuerdo como si fuese ayer cuando los hielos se apoderaron de todo el continente… Y ahora sólo viven esas mutaciones de androides… y de cyborgs… ¡Qué tristeza!

El emperador miró al hombre con ira. Dio un silbido y al punto un científico-soldado llevó ante todos a un hombre indígena que estaba encadenado en sus pies.

– Esclavo- le dijo el emperador- Demuéstrale a estas personas de lo que es capaz tu sucia tribu de los arcaicos.

La ratita humanoide le entregó al indígena un tambor. El hombre comenzó a tocarlo rítmicamente. De pronto, los gobernantes del mundo sintieron temor: la tierra comenzó a temblar y se escuchó desde las profundidades un sonido gutural. Entonces, sucedió algo increíble: un esqueleto gigantesco de una bestia emergió de la tierra. El ser abrió al máximo sus quijadas y dio un grito ensordecedor que hizo a todos llevarse las manos a los oídos. Luego, observó por unos segundos de forma directa a los ojos del emperador. Este sintió como si un fuego incómodo recorriera su cuerpo. Por ello ordenó que el indígena dejara de tocar. Así, la criatura volvió a sumirse en las profundidades. Los gobernantes no podían creerlo.

– ¿Qué fue eso?- se preguntaban todos.

– Bacon, explícaselos– el emperador se dirigió al soldado-científico que había traído al indígena. El hombre se colocó frente a todos y explicó:

– Señores cónsules. Es por esta razón que el emperador les pide su ayuda para enfrentar a los arcaicos. Estos brutos tienen el poder de revivir a las bestias extintas. Lo que ustedes vieron hace poco era un gliptodonte, un armadillo gigante del plioceno. Es más, se dice que conocen el secreto para revivir a la bestia más importante y peligrosa de todas: ellos le llaman Hoatzin– al decir esto el indígena comenzó a reír y hablar en su lengua– que sería algo así como el espíritu del planeta. Lo que estos brutos quieren es que ese “espíritu” despierte y acabe con nuestra civilización.

– ¿Cuál es el secreto para revivirlo?- preguntó uno de los gobernantes.

– ¿El secreto? Es de lo más interesante para nuestro conocimiento científico: estos brutos dicen conocer las rocas en donde se halla el elemento número 420 en nuestra escala periódica. Este elemento despertaría al Hoatzin.

– ¿Elemento 420? ¡Pero jamás he oído hablar de ese elemento!– gritó fuera de sí la ratita humanoide.

– Así es, el número 420… Lo divertido es que estaría oculto en alguna de las antiguas bases secretas norteamericanas. Pero como ustedes sabrán, todo esto está cubierto por el glaciar. De todas formas, hemos sido precavidos y mandamos a una de nuestras mejores invenciones en el laboratorio: Lictor, la bestia coyote. Dentro de unas horas volverá con ese elemento y podremos apoderarnos de él, antes de que cualquier enemigo de la civilización lo descubra.

Cuando terminó de hablar el soldado-científico, todos quedaron boquiabiertos. El emperador les pidió con frenesí a los gobernantes que se retiraran y siguió sumido en sus cálculos y mapas.


Al sentir los rayos del sol inundar su piel, y el cómodo pastizal de la pradera darle la bienvenida a sus pies, Lictor comprendió que ya estaba en Latinoamérica, el último bastión de la vida en el planeta Tierra. Se tiró al suelo de dicha y gritó para sentirse vivo. Miró ese cargamento que tanto trabajo le había dado y se sintió especial. De pronto, ante él aparecieron dos grupos armados: ambos vestían de albornoz, unos de color gris y otros de color negro. Los grises dijeron:

– Entréganos ese material a nosotros y te daremos un lugar en el cielo con nuestro Dios para que sientas la dicha de ser un elegido y un salvado por medio de la fe. Te haremos eterno en espíritu.

– ¡No!- dijeron en coro los del grupo negro– Danos a nosotros ese elemento y te alzaremos como la maravilla de la adaptación al medio. Con nuestra tecnologia tus descendientes no cambiarán, siempre serán los que conquisten toda clase de biotipos. Junto a nosotros te harás eterno en el ciclo biológico.

Lictor estaba confundido. De a poco aparecieron cientos de seres con albornoces grises y negros. Comenzaron a luchar entre sí con espadas, los grises, y con metralletas químicas, los negros. Lictor abrió el cajón y tomó la piedra. Con ella arrancó hasta que una explosión lo detuvo. Un tanque comandado por un soldado-científico hizo su aparición. Detrás de este, decenas de tanquetas y científicos-cyborgs con bazucas como brazos le resguardaban.

– Lictor, danos la piedra– le dijo el soldado-científico que comandaba el grupo.

– No, Lictor. Ven con nosotros.

Una centena de arcaicos, armados con símbolos rituales aparecieron cantando una antigua alabanza ritual. Con este canto algunos soldados sintieron sus cuerpos petrificarse, tanto así que caían al suelo y se rompían en pedazos. Los evolucionistas no se vieron afectados debido a que se tapaban los oídos con unos aparatos metálicos. Así, avanzaban hasta los tanques de los científicos-cyborgs y los robaban. Las explosiones se hicieron más fuertes. Los gritos de guerra en la palestra, unidos al canto de los arcaicos, producían una sensación hipnótica, como si toda la historia hubiese tenido su sentido en aquel momento, trágico y caótico.

Lictor aprovechó la confusión y corrió. Sintió que las balas no le dañaban y que las explosiones no lo alcanzaban. Comprendió, entonces, que no estaba solo. Luego de un rato, cayó al suelo producto del cansancio. Pero nuevamente la voz lo despertó:

– Vuestra es la decisión, Lictor. Si me dais la piedra, me salvaréis. Pero vuestras conciencias individuales se harán una. Tened esto en mente.

Sin dudarlo, Lictor dejó que el espíritu de Hoatzin tomara la piedra.

–– Esta piedra es mi corazón robado.

Entonces, un esqueleto gigantesco emergió de las profundidades de la Tierra. Los árboles, los pocos animales que había y quienes confiaron en Hoatzin, fueron uniéndose a sus huesos convirtiéndose en músculos. Los océanos se levantaron y se plegaron a través de todo el cuerpo de Hoatzin, transformándose en su sangre. Cientos de animales extintos se adosaron a la criatura creando su cerebro. Lictor fue llevado por un viento hacia la frente de la criatura y se convirtió en su tercer ojo. Desde el trono, el emperador atónito veía la escena. Todos quienes estaban luchando se detuvieron. Cuando estuvo completo, el ser resultó ser un ave llameante que habló con voz de trueno:

-Humanidad, por siglos me llamasteis “planeta Tierra”, pero mi verdadero nombre es Hoatzin. Vosotros no me respetasteis por lo que volaré hacia otras galaxias en donde encontraré la paz. ¡Adiós!

La criatura voló por los cielos hasta perderse en el infinito. Tras de sí, dejó una cáscara vacía que ya no era suelo, que ya no era tierra sino que simplemente una sustancia transparente. Con temor, quienes se quedaron ahí, vieron cómo comenzaba a resquebrajarse.






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