martes, 8 de septiembre de 2015

UNA VISITA AL SEÑOR


Luciano Lamberti nació en Córdoba, Argentina, en 1978. Codirigió la editorial La Creciente que publicó más de 30 títulos de narrativa joven cordobesa. En esa misma editorial publicó el libro de relatos "Sueños de siesta" en el 2004. En el 2008 publicó los poemas de "San Francisco / Córdoba" en editorial Funesiana. Participó con cuentos en las antologías "Hablar de mí" (Lengua de Trapo), "Un grito de corazón" (Mondadori), "Es lo que hay" (Editorial Babel) y "Diez Bajistas" (Edivium). Editorial Tamarisco publicó en el 2010 su segundo libro de relatos: "El asesino de chanchos". Ahora lo destacamos con su cuento Una Visita al Señor








        Mi abuela enfermó de los huesos y fuimos a ver a un sanador. Le decían el Nene, nunca supe porqué, y vivía en San Juan, en medio de un valle rodeado de montañas y a cincuenta kilómetros de cualquier asentamiento civilizado. En esa época no era conocido, o lo era a un nivel subterráneo (no había salido en el diario ni en la televisión) pero la gente iba a verlo desde diversos puntos del país, porque su fama pasaba de boca en boca. Le llevaban flores y velas y aunque el Nene siempre lo rechazó, rezaban por él, a través suyo. Pedían su intercesión. Yo oí hablar de él y creí, aunque nunca creo. Oí que había resucitado al perro de un vecino, que había curado enfermedades, que había materializado de [[la nada]] un puñado de arena a una mujer de Buenos Aires (la mujer todavía conservaba la arena en un frasco). Supongo que creer era inevitable. Al oír hablar del Nene se abría una puerta, una diminuta y oxidada puerta, e ingresaba la luz. No soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarme.
La empresa se llamaba Los Crespines. Organizaban excursiones educativas, familiares y para la tercera edad. Los viajes especiales para ver al Nene salían cada dos meses. No eran baratos, pero tampoco representaban un gasto desmesurado, y el Nene no cobraba a sus fieles más que un alimento no perecedero, una bolsa de arroz, de fideos, de polenta, una lata de arvejas, que luego eran donados a los pobres. Salimos a las diez de la noche. Hacía mucho frío y el colectivo estaba estacionado frente a la terminal. No en la terminal, sino al frente. Habríamos sido unas treinta o treinta y cinco personas. Algunos se habían llevado un banquito de lona y se habían sentado para esperar el colectivo. Otros tomaban mate o café en la tapa de un termo. Mamá me dio muchísimas recomendaciones antes de que subamos al colectivo, y las olvidé a todas excepto a una muy extraña: No dejes que tu abuela se baje antes de llegar. ¿Qué quería decir con eso? Todavía no lo sé. Después el chofer subió a la cabina y abrió la puerta neumática del colectivo. Ayudé a mi abuela a subir la escalera y ella gimió audiblemente mientras yo la sostenía del brazo, pero cuando nos ubicamos en nuestros asientos sonreía con calma y aprovechó la oportunidad para volver a contarme por qué le dolían los huesos. Sus teorías. Cuando era joven, doce o trece años, mi abuela se despertaba a las cuatro de la mañana para ordeñar. Ordeñaba sentada en un banquito de madera, bajo un techo de chapa sin paredes. Hacía mucho frío, las manos se le congelaban y tenía que meterlas en la leche tibia hasta las muñecas para recuperar el movimiento. Al primer rayo de sol caía el rocío. Podía vérselo brillar en el pasto. Sobre ella y sus hermanos, sobre las vacas, sobre los teros y las vizcachas y los gauchos, caía el rocío. El rocío entra en los huesos, por más que uno se abrigue o tome precauciones, atraviesa el abrigo, capa tras capa, y luego la piel y los músculos y enfría el líquido que hay en el interior de los huesos. Como una inyección helada. Un frío imposible de sacar que fue royéndola todos estos años. Mientras lo recordaba, mi abuela se estremeció. El rocío le había desgastado las articulaciones, las rodillas se le hinchaban y le dolían y la habían tenido que operar varias veces en el Hospital San Justo. La operó el doctor Aguirre. Muy buen doctor. Le habían abierto las rodillas y le habían puesto prótesis metálicas en las rótulas. Había estado un par meses con las piernas levantadas, sujetas a poleas y en las semanas posteriores tuvo que aprender a caminar de nuevo como un chico. Todo por el rocío.


Habíamos pasado el primer peaje y ya había cabezas alrededor de nuestro asiento interesadas en oír y opinar y también contar sus relatos de redención. Un hombre pelado con camisa a cuadros dijo que iba porque a su hija, que dormía unos asientos más atrás, le habían diagnosticado leucemia. Una mujer que comía compulsivamente caramelos mentolados nos contó que se estaba quedando ciega. Otro, que el negocio (una ferretería) andaba mal y estaba a punto de quebrar. Incluso cuando el chofer apagó las luces, y el colectivo se hundió en la oscuridad, la oscuridad pura sin estrellas del exterior, las voces continuaron y continuaron, lejanas y veloces como las voces de un sueño o las conversaciones que se oyen en el teléfono cuando las líneas están ligadas. Cerré los ojos y me dormí.


Desperté a la madrugada. Amanecía. Oí el ruido del mate y olí el café barroso del colectivo. Algunos conversaban en voz baja. Alguien dijo que habíamos atravesado hacía un par de horas la capital de San Juan, y al mirar por la ventanilla casi doy un salto. La ruta se internaba en el desierto más puro que vi en mi vida. No había nada, pero nada de nada. Campos sin alambrar. Ni una vaca, ni un árbol. Ni siquiera postes de luz. La tierra seca cubierta de piedras redondas. Al fondo del colectivo, un bebé empezó a llorar. Mi abuela dormía con la boca abierta.
Me levanté a buscar un café y cuando volví se había despertado y había sacado de no sé donde una de esas revistas gratuitas de los Testigos de Jehová. Una "!Despertad!". A veces las leía. Le di mi café y fui a buscarme otro. En el camino me crucé con el pelado de camisa a cuadros, que se había sentado en el apoyabrazos del asiento y charlaba con los que tenía al lado. Me guiñó el ojo.
Me senté, me puse el walkman y oí un par de temas de "Canción animal", de Soda Stereo, que había salido un par de meses antes. Mi abuela me habló y me saqué los auriculares. Me dijo que no faltaba mucho para llegar. El colectivo se internó en un camino de tierra que bordeaba las montañas y al rato el chofer anunció que se veía el techo de la casa. Nos asomamos a la parte derecha del colectivo. Abajo, en medio del valle solitario había una casita diminuta. Al costado de la casa había cinco o seis colectivos estacionados uno al lado del otro. Ya era de día.
Las montañas, quizás por el mineral del que estaban constituidas, eran rojas como las montañas de Marte que uno ve en las fotos de las sondas espaciales. El colectivo fue subiendo en espiral y después de una curva bajó abruptamente hacia el valle. Cuando estábamos llegando, algunos impacientes se pusieron de pie y se amontonaron en el pasillo. La puerta se abrió con una exhalación. Ayudé a bajar a mi abuela. Había otros grupos de personas esperando, veinte o treinta por cada ómnibus. Mi abuela empezó a hablar con dos mujeres de su edad, que habían llevado reposeras. Poco después la vi sentada en una de las reposeras, tomando mates.
Afuera había viento y de inmediato se me taparon los oídos, supongo que por la altura. Oía como a través de una lámina.
La gente decía: si uno no cree, el Nene no puede hacer nada. Si uno no cree, no funciona, así de simple. El Nene usa la energía, la fe de cada uno. El chofer de nuestro colectivo, un hombre que parecía carecer por completo de cuello, pasó entre nosotros diciendo que una chica iba a recoger los alimentos y que quizás el Nene se dirigiría a la multitud antes de empezar a atender. A veces salía y hablaba en voz alta, daba un mensaje que todos más o menos podían considerar como suyo, o rezaba junto a las viejas una novena del rosario. Lo había hecho un par de veces. Esta vez no lo hizo.


La chica que pasó a recoger los alimentos estaba vestida como una Testigo de Jehová. Pollera larga, camisa con hombreras. Decían que era la novia, la hija o la sobrina del Nene. Recolectaba los paquetes en una bolsa de consorcio. Cuando pasó al lado nuestro, mi abuela le mostró los spaguetis antes de dejarlos caer en la bolsa y le preguntó algo, no escuché qué. La chica no respondió.
A las nueve, formamos una fila que entraba por una puerta a la casa del Nene y salía por otra. Pensé que había una cierta organización, por el bien de los que iban a verlo. Empezaron a pasar. Los que esperábamos de un lado tratábamos de ver si en los otros, en los que ya habían salido, podía registrarse algún cambio visible. Mi abuela, que tenía que formar la cola de pie, empezó a quejarse del dolor en las rodillas. Alguien le ofreció un banco de lona y ella se sentó. Había gente en silla de ruedas, gente con el ojo tapado por una gasa, gente con muletas, niños con labio leporino o con un barbijo que les cubría la mitad de la cara. Cuando llegó nuestro turno, me temblaban las piernas, un poco por el cansancio y un poco porque estaba excitado, ansioso. La puerta de la casa estaba abierta y había una esterilla de cuentas colgando del marco. Desde el interior llegaba una luz tenue y olor a incienso y a sahumerios. La chica que había recogido el alimento hacía pasar a las personas de a una, incluso si habían venido a acompañar o ayudar a alguien. En eso el Nene era inflexible. También los choferes tenían que pasar. Dejé a mi abuela primera y me quedé a un metro de la esterilla, mirando alternativamente la luz que venía del interior y a la chica con expresión impasible de empleado público. Oí la voz del Nene hablando con mi abuela. No entendía las palabras pero me asombraba la fuerza y la rispidez de esa voz, como la de un hombre de campo retando a un perro. Después un grupo de personas se puso a cantar y dejé de oírla. No sé si estaban esperando para ver al Nene o si ya lo habían visto. Cantaban:

"Señor, me has mirado a los ojos,
sonriendo, has dicho mi nombre,
en la arena he dejado mi barca,
junto a ti, buscaré otro mar".


Corrí la cortina y entré. Las paredes estaban cubiertas de estampas de la virgen y rosarios de distintos colores. Uno de los rosarios parecía hecho de flores, pequeñas rosas blancas. Había velas encendidas y derretidas en el piso y los muebles. Había olor a rosas, no a incienso ni a sahumerios. Pero no había rosas. El aire me oprimía la cabeza.
El Nene estaba de espaldas, haciendo algo con las manos, y tardó unos segundos en darse vuelta. Era morrudo y alto, muy alto, casi dos metros. Tenía el pelo largo y una barba rojiza, profusa, que le llegaba hasta el pecho. Estaba vestido con botas, camisa y bombacha de gaucho. Se acercó y me miró a los ojos. Se me destaparon los oídos. Me puso una mano en la cabeza y me largué a llorar. No quería hacerlo pero tampoco podía evitarlo. Me dijo: Todo lo que pasa es inevitable. Lo que pasó, no puede volver a pasar, no puede ser arreglado de ninguna forma. Luego me dijo algo que no puedo decirle a nadie. 
Le dije que sí, que entendía. Cuando le iba a hacer una pregunta, me empujó con una fuerza un poco excesiva hacia la salida. Antes de salir, por otra cortina idéntica a la de la entrada, vi, en medio de una silla cubierta de velas, la foto de alguien que corría de espaldas a la cámara.


Mi abuela tomaba mate con otras viejas. Me sequé los ojos, me acerqué y me quedé al lado suyo. No pude hablar, por un largo rato. Cuando recuperé la voz le pregunté qué le había pasado. Yo tenía once años y en el lugar donde el Nene me había apoyado la mano tendría una cicatriz para toda la vida.
No sé muy bien, dijo mi abuela.
¿Pero te sigue doliendo?, pregunté.
Sí, claro, dijo ella. 







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