jueves, 10 de septiembre de 2015

VENDAVAL

Además de guionista de Canal 13 –donde ha sido responsable de escribir productos como La ofis, Peleles y Los 80–, Pablo Toro es un escritor publicado, que en Hombres maravillosos y vulnerables –ganador del Premio Municipal de Santiago 2010– narró, en forma de cuentos, varias historias ligadas al ambiente donde se mueve regularmente: el de la televisión. Hoy lo destacamos con Vendaval.






           Por supuesto que yo conocí a mi general Pinochet, yo le di la mano a mi general en un día de nubes amenazantes y rayos eléctricos del noventa y siete, algunos meses antes de que los marxistas celebraran su detención en Londres y la realidad se transformara en un espejo trizado, una acumulación de datos atravesados por el escándalo y veleidades por el estilo, pero yo saludé a mi general ese día del noventa y siete, antes de que la desgracia cayera sobre nuestras cabezas y mi general se veía hermoso, por supuesto, con sus bigotes bien peinados y el pelo grisáceo ondulando como olas desmesuradas en el viento de la tarde, y lo mismo su capa, porque mi general tenía puesta la capa ese día que nos recordaba al ex Presidente de la República, al gestor moral de nuestro íntimo pronunciamiento, prócer ipso facto de la patria y también cabe recordar que ése era el día de su cumpleaños, y ojo, que los cumpleaños de mi general en los años noventa no eran cualquier cosa sino que se trataba de fiestas importantes, fiestas donde la nueva política se hacía ver y donde varios colegas nos tomábamos unos traguitos mirando a las chiquillas, a las señoritas digo, y le echábamos el ojo a la esposa del Marco Antonio que estaba bien linda, pero eso nomás, el ojo, porque todos los colegas sabíamos lo que significaba meterse con Marco Antonio en el año noventisiete, y después bailábamos y cantábamos y recordábamos anécdotas de nuestros días en el ministerio, cuando reconstruíamos el país desde la nada como verdaderos magos y los izquierdistas armaban la pelotera por cualquier declaración desafortunada y racista de mi general; es que habían muchas, pero a mi general se le perdonaban todas porque era muy impulsivo y nunca fue muy bueno con las palabras, algo que nunca importó realmente, porque un hombre de armas no necesita de las palabras, o al menos eso es lo que mi general solía decir y lo que efectivamente me dijo esa tarde del noventisiete, “un hombre de armas no necesita de las palabras, muchacho”, y también hablamos del ministerio que yo manejaba, y me felicitó por la dirección impecable de los planes sociales durante su gobierno, aunque él no utilizó la palabra “sociales” por supuesto, y también me habló de un libro que estaba escribiendo sobre historia militar chilena, y yo le dije me parece muy bien, mi general, estaré deleitado de volver a visitar la prosa fluida e interesante de sus otros libros publicados, y el general Pinochet me miró con esa sonrisa picarona que tenía, como si hubiese sospechado que mis palabras escondían una burla de fondo, pero no dijo nada, y después de tomarse un trago de pisco sour me invitó a posar en una fotografía, la misma foto que ahora inmortaliza los recuerdos de gloria y desesperación en el comedor de mi casa, y juro que se me humedecieron los ojos de emoción, porque mi general me había invitado a posar junto a su familia, sus oficiales de confianza, los políticos del gremialismo y algunas celebridades de fuste como Hermógenes o la Paty Maldonado, y ahí me puse yo, que pese a haber sido un destacado ministro de su gestión nunca lo había conocido en persona, nunca imaginé que mi general me tenía en tan alta estima, y la fiesta transcurrió después como un sueño placentero, un lugar donde las bellas damas y los señores importantes del país blandían con orgullo sus espíritus revolucionarios, pero cuando ya se hacía tarde y varios invitados se habían retirado, fijé de pronto la vista en mi general, que a lo lejos comía unos canapés de centolla en una de las mesas, sentado sin compañía y mirando los canapés con una concentración total, una concentración hasta cierto punto ridícula, y después lo vi echarse a la boca cuatro o cinco canapés de una tirada, y los engullía con extremo desorden, botando pedazos de canapé mezclado con saliva y mostrando todo el contenido que mascaba, imbuido de un cierto abandono feroz e intimidante, y yo no lograba entender cómo era posible lo que estaba presenciando, y sentí que todo el peso del mundo se me venía encima, y esa noche cuando volví a mi casa sentí por primera vez en mi vida el vendaval, y la palabra rondaba mi cabeza como un cuchillo que insistía en clavarse solo, el vendaval, el rastro del vendaval que se oculta en algún espacio remoto, pensé, y después pensé “matamos a mucha gente” y después “torturamos a muchísima gente” y después “matamos y torturamos a mucha gente y reconstruíamos el país desde la nada”, y después no volví a pensar nunca más en el asunto de las muertes, pero se me vino a la mente la palabra vendaval, y durante los siguientes meses las cosas se mantuvieron en un orden relativamente apacible, un orden que era sólo eso, orden, pero el vendaval seguía apareciendo en todos lados junto a la imagen de mi general mascando los canapés de centolla, el vendaval y la muerte y la centolla, y después vino Londres y el juicio y la vuelta a Chile y las persecuciones a los colegas de armas y los procesamientos y los detenidos y pasaron los años y el informe de la tortura y el Banco Riggs y la muerte de mi general, y ese día, cuando en la Escuela Militar se congregaba el pinochetismo alienado y rencoroso para despedir al prócer, cuando se evidenciaba ante el mundo lo podrido que estaba el país de manera irremediable y total, yo decidí pegarme un tiro en la sien, y eso es lo que hice, me pegué un tiro en la sien con mi Colt 45, un regalo del valeroso brigadier Espinoza en los años ochenta que nunca había utilizado antes, y quizás por eso mismo el tiro me salió tan mal que destruí el cráneo en cinco partes, pero aún seguía vivo, y el dolor que sentí en ese momento no tiene descripción en palabras, señor, un dolor que evocaba la placidez atávica de la muerte, y aunque mi rostro quedó tan desfigurado que mi presentación en sociedad se hace insostenible hasta hoy, aunque logré un cierto nivel de aislamiento vital de las atrocidades del resto y de los otros, nunca me deshice del vendaval, ése que arrecia a toda hora y sin razón alguna, el vendaval que mi general me hizo ver esa tarde, y que nunca más se fue, como si fuera el más trágico e indesmentible de sus legados, y eso es todo, espero con esto responder a su pregunta, señor detective, claro que yo conocí a mi general Pinochet, fue una tarde del noventa y siete y él estaba de cumpleaños.







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