viernes, 9 de octubre de 2015

CONSEJOS PARA UN JOVEN CUENTISTA

Claudia Apablaza es una joven escritora chilena publicada y leída en diferentes puntos del mundo latinoamericano y europeo. Sus libros Autoformato (2005), Diario de las Especies (2008) y EME/A: La tristeza de la no historia (2010) han sido reseñados por diferentes medios de comunicación a nivel nacional e internacional, demostrando que su escritura no pasa desapercibida. Hoy la destacamos con su cuento Consejos para un Joven Cuentista




       El 17 de noviembre de 2006, se quedaron de juntar, a las nueve de la noche, en el bar Gigna´s de Barcelona un aspirante a cuentista y un escritor de renombre a conversar acerca del arte de escribir cuentos. El aspirante a cuentista tenía seis libros de cuentos favoritos: En la zona, de Juan José Saer; Ficciones, de Jorge Luis Borges; Obras completas, de Edgard Allan Poe; De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Carver; Escritorios inútiles, de Corina Job; y Delito por bailar el cha cha cha, de Guillermo Cabrera Infante. El escritor de renombre se juntó con el joven escritor porque siempre se creyó el hombre más indicado de la ciudad para dar consejos a los jóvenes escritores en sus primeros pasos por las letras. El joven escritor se juntó con el escritor de renombre porque en conversaciones con sus amigos escritores jóvenes, se comentaba que este escritor de renombre tenía vínculos secretos con editoriales trasnacionales y lo ayudaría a publicar apenas tuviese su primer libro de cuentos listo, lo que significaba una apertura al mundo editorial, no tan sólo para él, sino que también para todo el grupo de jóvenes cuentistas con los que se juntaba. Este joven cuentista era el líder del grupo de escritores llamado Matando a los Oulipo.

El joven cuentista llegó a la reunión una hora antes de lo acordado. Su idea era tomarse unas cervezas antes de poder enfrentar a este escritor de renombre. Sufría de una timidez extrema, a pesar de ser el líder de Matando a los Oulipo. La timidez la enfrentaba con cerveza y cigarrillos. Más de una vez, esa timidez extrema lo había llevado a hacer intentos de suicidio, que no habían terminado en la muerte, sino más bien en clínicas psiquiátricas que estigmatizaban cada vez más a ese joven escritor como un joven con un trastorno de la personalidad severo. Agregaban como nota al pie, que el joven sólo realizaba intentos de suicidio ficticios. Todos los que leían la ficha clínica del paciente se preguntaban qué habrá querido decir el psiquiatra con eso de “intentos de suicidio ficticios”.

El joven cuentista miró la hora en su móvil y vio que faltaban diez minutos para las nueve. Sintió deseos de salir arrancando por la puerta de escape. Pagó la cuenta, salió del bar y fue a instalarse detrás de un árbol enorme que lo tapaba por completo.

A las nueve horas en punto, se acercó a la puerta del bar un hombre de unos cincuenta años, con una camisa a rayas, un pantalón verde y un sombrero negro. El joven cuentista lo reconoció. Ya lo había visto en los periódicos y en las solapas de libros de editoriales trasnacionales. Incluso se había sentido atraído por él cada vez que veía en las librerías aquel rostro en la solapa de esos libros carísimos. Más de una vez se masturbó con esa solapa y su semen cayó sobre las finas hojas. Esperó a que entrara y se dispuso a caminar hacia el bar.

Camino hacia el bar (que estaba a unos cincuenta metros desde el árbol en que se había escondido el joven) el joven cuentista se encontró con otro miembro del grupo Matando a los Oulipo. Un chico de unos veinte años que quería escuchar toda la conversación que se diera entre el joven cuentista y el cuentista de renombre. El joven cuentista se mostró asombrado:

- ¿Qué haces aquí?

- Quiero escuchar lo que hablas con el cuentista de renombre.

- ¿Para qué?

- Tal vez después no nos quieras contar todo lo que conversaron.

- Quedamos en que así lo haría. Me parece raro que desconfíes de mí.

- No es que desconfíe de ti, es sólo que...

- Es sólo que... ¿qué?

- Es solo que se te pueden olvidar algunas cosas.

- Quieres decir que no confías en mí.

- No es eso... es que a veces uno omite algunas ideas cruciales.

- ¿Por qué habría yo de hacerlo?

- Lo has hecho en algunas ocasiones.

- Nómbrame una de esas ocasiones.

- Cuando te juntaste con ese mexicano a entregarle unos cuentos para su revista de jóvenes cuentistas latinoamericanos.

- No recuerdo haber olvidado nada... sólo cosas insignificantes.

- No fue así. Olvidaste decirle que pertenecías a un grupo llamado Matando a los Oulipo y que nosotros éramos un grupo de escritores jóvenes. Le dijiste que eras el único.-

- Eso no fue así. Sólo omití el nombre del grupo para que no nos fueran a plagiar.

- También olvidaste mencionar a los jóvenes Oulipo cuando fuiste al programa de radio de ese chico que habla de los jóvenes talento.

- Mmmh... No lo recuerdo.

- Además esa vez que te entrevistaron en el periódico dijiste que no tenías amigos escritores.

- No fue exactamente así.

- Así fue.

- ¡No!

- Por eso estoy acá. Deberías disculparte.

- ¿De qué voy a disculparme?




Sentado en la mesa número cuatro se encontraba el escritor de renombre esperando al aspirante a cuentista para darle sus consejos para escribir un buen cuento. Comenzó a ensayar lo que le diría al joven cuentista. Hablaba en voz alta:

Primero usted debe poner una letra. Pongamos la A, por ejemplo (sólo a modo de ejemplo). Después usted debe poner otra letra sobre la A. Ponga la C (también como ejemplo). Luego otra letra y luego otra y otra y otra... En fin, debe partir por formar una palabra. Por ejemplo: Acápite, acabar, acacia, acaso, acueducto, en fin, la que usted quiera. Luego de poner la primera palabra debe pensar muy bien si le gusta esa primera palabra. Supongamos que sí le gusta. La deja y continúa con el siguiente paso. Pero supongamos también que no le gusta, que puede ser muy válido, por lo demás. Si no le gusta, pues debe borrarla y olvidarse que iba a comenzar su cuento con esa letra o con esa palabra que escogió. Entonces, debe, primero, borrar de su computador esa letra A (con la tecla enter, que está a mano derecha de su teclado y que casi siempre es una flecha que indica la dirección “izquierda”). En fin, debe dejar la pantalla de su computador en blanco y pensar en otra vocal o consonante para comenzar. Algunos jóvenes acostumbran poner la primera letra en un carácter o formato más alto. Puede usar cuerpo 12 para el texto y 16 para la primera letra que inaugura el texto. Con este solo gesto, algunos editores piensan que el joven que les lleva su cuento para ser leído, es un joven inteligente, distinguido y que posiblemente si lo publican, será una excelente carta editorial, es decir, en palabras vulgares; o mejor dicho, en palabras cotidianas (si a usted así le acomoda): ganarán mucho dinero con él y se creerán la raja por aquél inmenso logro. Pueden incluso que se atribuyan la idea de que lo encontraron, o lo descubrieron... y no sé, tal vez incluso digan que son unos editores brillantes y, bueno... ya aprenderá usted las lecciones a su debido tiempo. En fin, así son los editores de cualquier lugar del mundo. No se sorprenda si alguna vez está usted en la cima y luego está en la sima (jajajajaja). Disculpe, es una broma que me hace mucha gracia (jajajaja).

Volvamos. Luego de poner la letra que estimó conveniente, debe preguntarse, por última vez, si es esa letra la que definitivamente debería dar inicio a su cuento, o si acaso es otra. El convencimiento de la primera letra lo llevará al cuestionamiento de la segunda, que es, sin embargo, un ejercicio más difícil, tanto de explicar como de llevar a cabo. ¿Entiende lo que le digo? Escuche: La idea principal es que usted siempre se cuestione por la primera letra de todo texto, es crucial. Imagine que usted comienza un cuento con la letra A, es muy diferente si la comienza con la letra Z. Es decir, es diferente para los sentidos del lector (que supongo es a quien usted quiere conquistar) si lee la palabra árbol a si lee la palabra zapato. Pero de todas formas ese ejemplo no es el más idóneo. Nadie nunca ha comenzado una novela con la palabra árbol, menos con la palabra zapato. En toda la historia de la literatura universal no se ha dado esa situación que enuncio como ejemplo, por lo tanto tenemos que es un pésimo ejemplo. Me disculpo ante usted, mi querido alumno. Los maestros también nos equivocamos. Reconozco mi error. Si usted quiere castigarme por ese error, hágalo ahora. Puede escupirme.

Bien. Vamos por otro ejemplo. Imagine que comienza su cuento con la letra H. Es una letra muda. Por ejemplo: Había, habrá, hubo, hubieron. Ve usted. Estamos frente al comienzo de una letra muda. Una letra sin sonido. ¿Qué pensará el lector? Imagínese al lector. Un hombre entendido en la materia. Por supuesto que pensará que el autor es un hombre mudo, sin habla, sin ganas de conquistarlo. Incluso puede llegar a pensar que es un hombre sin alma, sin destino cierto, un hombre sin ideales, sin un espíritu humanista, sin una formación renacentista, sin una formación adecuada. Supongo que usted no quiere comenzar así su carrera literaria. Tampoco he conocido a algún joven que quiera comenzar su carrera literaria con la letra H. Qué terrible, imagine un hombre en la historia que comienza su carrera literaria con la letra H, con una letra muda. ¡Oh, no! Me vienen imágenes terribles a la cabeza. Es el infierno. ¡Oh, no!, querido joven. ¡No! ¡No me haga esto, por favor!

Ok. Ya me siento mejor. Sigamos. Veamos con qué vocal han comenzado los grandes hombres de las letras sus carreras literarias. En general, si usted recurre a los grandes, verá que en su mayoría comienzan con la letra M. ¿Le dice esto algo a usted? Bueno, por supuesto. Lo remite a M de mamá. Ah, vio que esto tiene un sentido. M de mamá. Es la primera sílaba que usted aprendió a escribir. Le cuento que muchos grandes hombres de la humanidad usan esa primera sílaba. Es un acierto. ¿No lo cree? También puede ser un desacierto tremendo. Es decir, ¿cómo un hombre se va a quedar pegado en la letra primigenia? En fin, usted es el aspirante a cuentista y usted debe resolver esta situación en su cabeza. Pero nótese, téngase en cuenta que todos quieren triunfar, ver la fama, ver las luces que los alumbran y casi los encandilan, pero no los queman, sino que tan solo les producen una cosquilla de placer en sus gargantas. Unas cosquillas que luego les recorre el cuerpo y sienten la satisfacción en cada poro, aunque sea por minutos, segundos, van sintiendo la satisfacción en cada espacio de su cuerpo hasta que se transforma en una sensación duradera, es decir, sin intervalos de tiempo ni de espacios finitos, y por lo tanto los coge por entero y sienten lo que se llama, vulgarmente, con la palabra fama.

Volvamos. Después usted debe elegir la tercera letra, a no ser que su primera palabra sea un monosílabo con dos letras. Si se encuentra en esta última situación, usted ya deberá pensar en la segunda palabra del texto. Para esto le recomiendo que debe aprender a congelar los estados emocionales y decirse a sí mismo: soy un escritor, soy un escritor, soy un escritor y sé congelar mis estados emocionales. Sé poner en un espacio físico dos palabras juntas, es decir, sé convertir el tiempo real en tiempo ficticio, y sé además convertir el tiempo de la palabra en el tiempo de la novela; y decir en voz alta durante sus ratos de ocio: sé lo que es la diégesis, el dialogismo, la sintaxis, la prosa, la voz narrativa, la elipsis, la fragmentación del discurso, la voz poética, las metáforas, los palíndromos, los acueductos, las cañerías literarias, etc.

Afuera, en la calle Gigna´s, los dos jóvenes seguían hablando sin llegar a ningún consenso.

- No te preocupes demasiado, seguro me va a leer el decálogo de Quiroga y listo.

- No lo creo. Supongo que sabe de algunas herramientas que no son tan populares. Seguro que sabe fórmulas secretas.

- No lo creo, esas no se dicen. Sólo creo que me podría leer ese decálogo y además el de Borges, su famoso Antidecálogo del escritor. O hablarme de Formas breves, de Piglia.

- Ya te lo dije. Yo creo que él debe tener otras herramientas mucho más sofisticadas. Seguro que te va a revelar algo que nos serviría mucho a nosotros los jóvenes Matando a los Oulipo para definitivamente hacer cuajar a nuestro grupo. Incluso podríamos enseñarles nuestros secretos a las chicas de Siempre te creíste la Virginia Woolf. Seducirlas con eso. Además apostaría que con solo mirarlo podemos definir algunas de las ideas que pasan por su cabeza. Tan sólo con mirar sus gestos, sus ademanes, su forma de estirar el rostro, de mover el hocico. De eructar.

- Estás loco. Te repito que iré solo a ese encuentro y tú te quedarás a más de cien metros del bar, si no serás expulsado de los jóvenes Matando a los Oulipo.

- Creo que eres injusto. Eres un escritor menor.

En ese momento apareció por la esquina nororiente otro de los jóvenes Matando a los Oulipo. Venía de la mano de una chica de Siempre te creíste la Virginia Woolf. Se acercaron a los dos jóvenes.

- Hola, dijo el joven. ¿Por qué discuten?

- Él no quiere que yo entre a ese bar a escuchar la conversación que tendrá con el cuentista de renombre.

- No es así... ¡Mientes!

- Así es.

- ¿Por qué razón no quiere que entremos?, dijo la joven.

- Él siempre quiere ser el que tiene más contacto con escritores de trayectoria, con editoriales nacionales y trasnacionales, con editores de diferentes nacionalidades, con periodistas, con agentes.

- ¡Ya basta! ¡No es así! Para comprobarles que no es así, los invito a que entremos todos en el bar. Ustedes se pueden sentar en la mesa contigua a la mesa en que estaré con el escritor de renombre y escuchar los consejos que me dará para escribir un cuento de tinte universal.

- Ok... eso haremos.

- Ok, a mí también me parece, dijo la chica.

- Ok, así será.

- Vamos.

Comenzaron a caminar hacia el bar.

Además debes aprender a titular, decía en voz alta el escritor de renombre. Es decir, después de que termines el cuento debes hacer el siguiente ejercicio: Cierras los ojos. Pones tus manos sobre el PC y sientes cómo el cuento comienza a entrar por tus dedos y se traslada lentamente hacia tus manos, tus brazos, tu pecho, tus órganos interiores, exteriores, y luego sigue y sigue tu cuerpo como una serpiente imaginaria, y te rodea, te ahoga, te suelta, te ata, te suelta y ya te posee y ya puedes pensar en el nombre del cuento. ¿Se entiende? Es una operación llamada: titulación animal. Bueno, también puede ser al revés, es decir, hay algunos escritores que tienen listas de títulos antes de escribir los cuentos o novelas; eso quiere decir que trabajan con el inconsciente y no solo con lo conciente. Además quiere decir que son un poco o bastantes descentrados. Siempre están en un espacio que no es la realidad. Es decir, siempre conectados al espacio ficcional, al espacio de las rarezas de la invención. Quiere decir además que la ficción se los llevó una noche mientras ellos soñaban y tiene atada parte de la psiquis del escritor a una roca. Y es un peligro, joven. Es un peligro. Cuídese usted.

Además, y entre paréntesis, hay algunos jóvenes que no se despegan de la idea de la página en blanco en todo el día. En fin, hay distintos tipos de jóvenes. Podríamos hacer listas infinitas con tipos de jóvenes escritores, es decir, no es difícil pensar que cada escritor es un pedazo de ficción que se reúne a otro pedazo de ficción y que se reúne a otro y otro y en conjunto llegan a crear el espacio ficcional de la juventud escribiente. Y más adelante ese corpus que se ha creado llega a derivar en un corpus menor o mayor de escritores dependiendo de las posibilidades de la impresión que nos entregue el mercado y de muchas otras variables más. Pero volvamos, lo principal es que aprendas a titular, y eso no es un arte menor. Muchas veces es el camino que te abre las posibilidades más inimaginadas. Las posibilidades de publicación en todas las latitudes del mundo. Desde Asia hasta América, desde Europa a Oceanía. Es decir, desde ese rincón donde nació Ami Tan, hasta el rincón en que nació un tal Coloane. Verás con el tiempo que esto es como una cama elástica. Pegas el primer salto, pero no sabes cómo es la caída ni el segundo salto, ni siquiera cuánto rato aguantarás en ese ritmo. Puedes caer y quedar como un membrillo. A muchos les sucede. Quedan realmente tarados, querido joven. ¿Se entiende la metáfora del membrillo? Espero que sí. Podemos también intentar otras metáforas. Por ejemplo. Esto de la escritura es como la manufactura de una tortilla. Es decir, te esmeras en dar la mejor forma, en que los huevos queden muy bien aliados a las verduras, que el fuego no esté demasiado fuerte, que las verduras estén suaves, el aceite caliente. Pero tiras todo en el sartén y ya... no depende de ti. A veces quedan unas mazamorras que parecen vómitos. A veces quedan círculos perfectos envidiados por los grandes matemáticos o por los programadores de complejos programas de informática. Quién sabe. Las tortillas se parecen al camino de los literatos. Es decir, siempre encontrarás relaciones semánticas entre dos elementos existentes. Quieras o no quieras. Sueñes o no sueñes. Vivas o no vivas. Es así. Querido joven, es así.

En fin, vamos a escuchar qué te dice ese escritor de renombre. Ok, pero ustedes sólo deben quedarse en la mesa contigua y no hacer comentarios. No hablar mucho entre ustedes para que escuchen todos los consejos que me hará este escritor de renombre. Para que no se pierdan ninguno. Intenten simular que están aburridos, que están ebrios, que no pueden conversar mucho entre ustedes. Por último que son imbéciles.

- ¿Qué más podemos simular?

- Que están enojados entre ustedes.

- ¿Qué más?

- Que están aburridos, que no quieren hablar, que están ebrios, que están en una reunión del silencio.

- ¿Qué más?

- Que son sordo mudos.

- ¿Qué más?

- Qué se yo. Inventen también algo ustedes.

Luego de titular, debes hablarte a ti mismo y decirte: ¿estoy conforme? O puedes hablarte en tercera persona: ¿está él conforme con lo que lleva escrito? Y debes responderte esa pregunta con extrema sinceridad. Por ejemplo: Sí, él está conforme con su escritura, con su imaginación, con su creación, porque calza a la perfección su imaginario con la letra inscrita. Es decir, porque fue capaz de trasladar la radiografía de su construcción interna a un pedazo de papel. Con lujo de detalles, sin poner comas ni puntos demás, sin poner respiraciones o exclamaciones sin sentido, sin poner personajes o voces de personajes inadecuados, es decir, debes creer en la traslación que ejecuta tu mano. De no ser así, debes tomar el texto, marcarlo completo y poner eliminar. No existe en el computador una función para eliminar todo de una vez. Esto lo debes saber de antemano, pero sí se utiliza la tecla enter sobre el espacio marcado para limpiar la página. Aprende desde ya estas pequeñeces, porque luego cuando estés trasladando la geografía de los interiores, tu proyecto podría fracasar si es que estas funciones no están incluidas al ciento por ciento en tu anatomía. Es simple. Es como aprender a manejar. Apunta: Geografía interior.

Uno de los pasos siguientes, es buscar la forma de construir un volumen de cuentos que te permita acercarte a las editoriales. A las trasnacionales y a las nacionales. A las marginales y las independientes. A las existentes y a las inexistentes. O también podrías elegir un buen agente literario. Bien, hagamos una pausa. Espérame, que iré a orinar.

Ellos caminaron hacia el bar. Iban excitados. Felices. Ansiosos de lo que les podría decir ese escritor de renombre.

Llegaron a la puerta de entrada. Se miraron y entraron apresurados. No fuera a ser que el escritor de renombre se enfadara por el retraso. La chica se fue directo al baño, necesitaba orinar urgente. El baño era unisex. No golpeó la puerta, llegó y entró. Encontró al escritor de renombre subiéndose la cremallera. La chica se excitó de inmediato. Se abalanzó sobre el escritor de renombre. Se bajó los pantalones, luego las bragas. Él también se bajó los pantalones y los calzoncillos. Follaron de inmediato. Follaron una y otra vez. Tirados en el suelo del baño, sobre el water, sobre el lavamanos, de pie, apoyados en la muralla. Ella gimió: ¡Siempre me creí la Virginia Woolf! ¡Siempre te creíste!, le gritó él sin conocerla. ¡Siempre me creí!, repitió ella. Él le tiró el semen en la cara. Ella se lo comió. Se vistieron. Salieron del baño. Se tomaron de la mano. Fueron directo hacia la puerta de salida. No miraron a los jóvenes. Iban felices, iban de la mano. Se subieron a un taxi. Se fueron a doscientos km-h/ por hora. Se fueron directo a publicar el libro de la joven a una gran trasnacional.




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