sábado, 3 de octubre de 2015

NOCTURNA

Guillermo Mondaca nació en Coquimbo, en 1991. Es licenciado en Letras y Ciencias del lenguaje con mención en Investigación por la Universidad Finis Terrae (Santiago de Chile). Ha publicado Nocturna (Edit. Fuga, Santiago de Chile, 2013), su primer libro de poesía. Ha sido becario de la Academia de escritores de Lo Prado (Santiago de Chile 2014-015) y de la Fundación Pablo Neruda, La Sebastiana (Valparaíso 2015). Hoy lo destacamos con Nocturna, uno de sus poemas





Pero me vuelvo hacia el valle,
a la sagrada, indecible, misteriosa Noche.
Novalis. Los himnos a la noche.

Pero yo había soñado y el sueño es una tijera
Abierta por los ángeles de la noche.
Rosamel del Valle. Orfeo. 









Somos el humo que abrazado a su propósito de fuego 

quema la luz, borra el incendio. Nos sostiene 

la piel de la imagen arrancada, la palabra 

que se cae y se quiebra en la otra orilla de la voz nos sostiene. 



Somos la mirada que apunta desde el fondo del animal, 

dejándonos huir 

como el fuego a la arcilla persigue la presencia. 



No viene la composición del tiempo, únicamente 

el tacto en la continuidad de algo que no comienza; 

llovida en la ceniza la piel, únicamente, 

como una sed de arena quemante en los ojos, 

un remolino de metal entre tus manos. 

Mientras 

anudas el viento en la hélice vacía ¿Qué es lo que se pronuncia 

en ese nombre borrado que te arrancas?, 

¿A quién despierta la luz dormida al fondo de tus ojos? 

¿A los durmientes o al sueño 

en los durmientes? 

¿A dónde crece la precipitación de lo que junta el vidrio a lo continuo 

sin reflejar jamás? 



Has dicho que no hay accesos, que la cumbre 

es la sombra del fuego 

en un planeta oscuro, un rincón sellado 

de escombros en tus párpados, 

enterrado 

en los entresueños de las manos a tientas; 

solamente un pájaro ciego buscándose la voz 

en el abismo cerrado de la distancia. 



Has dicho que no hay accesos, 

con los brazos desollados entre las costillas 

como dos culebras asidas en el hambre; 

en una dirección de regreso que no vuelve, 

de llamada que se avergüenza; 

de rostro y de figura 

desatadas del cuerpo que propagan. 



Torres se deshacen hacia dentro de tus ojos. 

A la hora en que la sangre lame tus heridas por dentro. 

A la hora en que tobillos pálidos sostienen tu vuelo. 



Pero no puedes cantar con los dientes rotos 

mordiéndote la boca, ni nombrar 

sin que te derrames 

en aquella región jamás pisada que son los días, 

cortados con su espada rota, 

con su sabor a metal de muchas manos, los días, 

arrancados aun en su seca semilla: 

una red de humo que te quema 

en los ojos las imágenes. No puedes sacar 

al animal inconcluso 

que se ahoga creciendo en tu garganta, que te adormece 

de categorías y estructuras 

y horas y semanas lanzadas hacia el cenizado 

petróleo de los comienzos. 



Porque hemos perdido la semilla entre la estría del agua, 

porque algo fue despojado, lento en la respiración de la piedra. 

Porque vimos alejarse la siembra, hacia abajo, 

enredadera de humo en la sien de su brote, 

en pasos opuestos al girar del retorno 

a través del mundo. 



Vimos cerrarse las raíces del árbol sin haber nacido, 

lanzar únicamente un viento de canto quebrado 

entre las ramas; florecer raíces de agua seca. 

Porque los campos están quemados y nuestros hijos 

mueren antes del amanecer oscuro. Vimos a la cierva sin ojos: 

Una espuma en la tierra, 

sucediendo, respiratoria, 

como una lenta cabellera que crece. 



Entonces hemos de viajar, descender, 

hacia el rayo que cierra lo que alrededor cubre de límites: 

generar una línea igual a sí misma para que se incendie la serpiente 

en la voz inmóvil que cruza el fluir, 

en el curso bajo el cual está grabado el río: 



Nuestro rostro está entremedio de la cara y el aire. 



Y allí hundirnos, subir, profundizar, enredar la piel del círculo 

en un trazo que se abra como magnolia de bronce, 

avanzando y hundiéndonos 

de la corola 

hasta la raíz dispersa de la tierra. 



Prendo mi calidoscopio en lo oscuro 

y veo al vacío, como riéndose.






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