sábado, 31 de octubre de 2015

TEMPRANO POR LA MAÑANA

Para este día sábado Gonzalo Vilo, autor de los libros Dark Side y Relatos X nos invita a disfrutar de otros de sus relatos, Temprano por la Mañana, extraña y sórdida rareza que nos vuelve a entregar este autor









    Aquella mañana el despertador sonó como siempre y Mr Palmer lo apagó con naturalidad, como cualquier otro día: con un golpecito leve de su mano derecha, sobre la perilla de metal. Parecía una mañana cualquiera, rutinaria, en donde sus movimientos estaban delineados de ante mano para cumplir los mandatos que le imponía la sociedad. Habría de levantarse temprano y con el frío cruel de Londres, darse una ducha, beber un café agrio para despertarse y salir volando para su trabajo. 

Mr Palmer se retorcía en la cama pensando en aquella tortura y no se decidía aun a entregarse a sus verdugos. En cambio, quiso antes acariciar el suave brazo de su mujer y besar su calida y pequeña oreja. Pensó que con ello lograría despertarla, pero no fue así: un caprichoso hechizo se había apoderado de ella y el aun no lo sabia.

- Mary vamos -. Murmuro Mr Palmer aun medio dormido mientras acariciaba su pierna.

De pronto, ya mas despierto, al ver sus propias manos, retrocedió horrorizado. En segundos Mr Palmer observó la escena con absoluta claridad. Había sangre por toda la cama, en el camisón de ella, y en sus piernas, y en su rostro, y en la almohada, y además, vio un cuchillo con rastros de sangre sobre el velador.

Entonces sonó el despertador y Mary lo apagó con rapidez, como ya estaba acostumbrada a hacerlo algunas veces, cuando Mr Palmer se quedaba dormido.

- Este maldito aparato -. Murmuró aun medio dormida.

Aquella mañana Mr Palmer no estaba a su lado. Sin embargo, su costado de la cama aun estaba cálido y un poco hundido por el peso de su cuerpo y Mary deslizó su mano sobre ese lado de la cama. 

Aquello no le sorprendió. Varias veces su marido se había levantado más temprano de lo usual y había olvidado apagar el despertador. Aunque esta vez, Mrs. Palmer realmente lo agradecía, sintiéndose en parte rescatada de su pesadilla. 

Se levantó de la cama para ver si podía hacer el desayuno de su esposo, pero le extraño no escuchar ningún ruido desde la sala.

- Amor ¿Dónde estas? No tienes idea lo que soñé esta noche -.

En la sala, sin embargo, encontró a otra mujer, quien, sentada cómodamente en uno de los sofás, la miraba desde allí con sorpresa. Cuando Mary la vio, no supo que decir.

- ¿Quién es usted? -. Le pregunto la otra en seguida - ¿Qué hace aquí? -.

Era una mujer de contextura delgada, rubia y muy hermosa. 

- Yo vivo aquí -. Dijo al fin Mary aun sorprendida.

Ambas se miraron a los ojos de forma extraña, como si intentaran reconocerse. 

De pronto la otra mujer se levantó y avanzó unos pasos hacia ella.

- Si no se va de inmediato llamaré a la policía -. Amenazó.

- Pero si yo vivo aquí -. Insistió Mrs. Palmer - ¿Quién mierda es usted? -.

Cuando parecía que la rubia se disponía a telefonear a la policía. Algo en su brazo lo sacudió con fuerza. Mr Palmer abrió los ojos, y vio a una niña pequeña a su lado en ropa interior. La niña no pasaba de los seis años.

- Papá -. Murmuró la pequeña entre sollozos – Me hice pipi en la cama -.

El hombre no había visto jamás a aquella criatura, y sin embargo, imbuido por una extraña fuerza, la siguió por el pasillo hasta su cuarto, al que tampoco recordaba haber entrado. Mr Palmer se sorprendió al no ver la cama mojada. Si, en cambio, se conmovió al ver a la niña quitándose el calzón.

- ¿Qué haces? -. Le preguntó Mr Palmer a la pequeña.

- Pero papá -. Contestó la niña – Ayer tu me dijiste que…-

Mr Palmer la miró extrañado. ¿Papá?

- ¿No lo recuerdas papá? -. Insistió la niña – Ayer tu me dijiste que…. -. 

Algo entonces hizo despertar a la mujer. Había sido una pesadilla demasiado horrible y ahora respiraba agitada sentada sobre la cama. Tomó un vaso de agua y negó con la cabeza, sonriendo levemente, incrédula aun ante lo que para ella eran dudas demasiado absurdas. Pero de pronto, ciertos ruidos provenientes del cuarto de su hija la alertaron y le despertaron ciertas sospechas. Nerviosa se levantó de la cama y salió para ver a la pequeña Angie en su cuarto. ¿Dormirá? ¿Estará bien? Algo en su pecho machacaba a un ritmo demasiado acelerado y no la dejaba pensar con claridad. Un mechón rubio le cubría su bello rostro, pero se lo apartó enseguida con un nervioso movimiento de su mano. Al internarse en el pasillo escuchó voces, al parecer de la pequeña Angie, y al llegar al cuarto de su hija, abrió la puerta de un golpe. La mujer, al ver a su pequeña hija semidesnuda junto a esa sombra, comenzó a gritar.

- ¡Angie! -.

Quizás fue ese grito lo que despertó nuevamente a Mrs Palmer, quien agitada se levantó de la cama. Había sido tan real, dios, tan real. Se miró en el espejo y si, su cabello seguía siendo negro, y su rostro aun tenía las mismas facciones de siempre. Sonrió, tranquila, relajada, pero sin alegría, sin aquella dicha tan propia de las mujeres satisfechas consigo mismas. Nada de lo que había pasado era real y se tendió sobre la cama tratando de pensar. Mierda, esos sueños si que no le gustaban, la horrorizaban, pero eran los únicos que de cierta forma lograban hacer olvidar la desgracia en que se había convertido su vida. 

Mr Palmer ya no estaba a su lado y aquello la entristecía enormemente. Su lado de la cama ahora estaba frío, estirado y, quizás lo mas importante, sin su olor. Se lo había llevado todo y en su lugar habían dejado una sombra impenetrable, difusa, en la que ahora le atemorizaba adentrarse.



Pero ella no estaba dispuesta a tolerarlo por más tiempo. Sabía que si seguía soportando aquel sufrimiento, este se infectaría y se transformaría en un doloroso cáncer: había que cortarlo de raíz. Entonces tomó lápiz y papel. Si, estaba loca, todos sabían que estaba loca, pero al menos ahora dirían que se había vuelto loca por amor. Al terminar de escribir la nota, camino hacia la cocina y allí saco del cajón de la despensa uno de los cuchillos que Mr Palmer había olvidado llevarse. Lo tomó y con el volvió hasta su cuarto.





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