viernes, 23 de octubre de 2015

SANTO Y SEÑA

Jorge Daniel Ferrera nació en Yucatan México y se autodefine como narrador, escritor y ensayista. Es estudiante de literatura de la Universidad Autónoma de Yucatan ha sido publicado en varias compilaciones y revistas literarias de su país, hoy lo destacamos con su relato Santo Y seña









De profundis clamavi ad te, Domine.

Desde las profundidades clamo tu nombre señor.

Salmo 30

Jueves 1 de Noviembre

3:30 de la mañana



      Tres o cuatro semanas pasaron, desde la muerte de mi padre, cuando dibujé aquel hombre clavándose un martillo en la cabeza. Los doctores alegaron que lo usual era que pintara casas con árboles, arcoíris, inclusive familias tomadas de la mano, pero yo requería dibujar lo que veía en sueños, lo que esas voces me dictaban en la impenetrable noche. En ocasiones, a altas horas de la madrugada, un calor interno me sorprendía a solas llenando mis cuadernos con palabras de odio, rayando los tapices y puertas con círculos, azotándome contra las paredes hasta perder el conocimiento. Lo innegable, es que abominaba las piezas y corredores de esa gigantesca casa ¿Puedes imaginarlo? Por todas partes estaban ataviados con imágenes de santos, vírgenes de porcelana, relojes grabados en bronce, antiguos retratos familiares. Yo sentía que a cado paso me observaban, vigilaban mis movimientos simulando no tener vida. Pero eran ellos los que cambiaban de lugar las cosas, los que arrojaban los platos de la alacena, vagando de un lugar a otro, buscando vaya a saber qué diablos.



Una mañana, como cualquier otra, salí de la recámara en busca de un vaso con agua y mientras caminaba por los pasillos aún encapotados de una luz plomiza, tuve la ligera sensación de que la temperatura de la casa había descendido. Un olor como de azufre, como de a óxido de cañerías, se filtraba paulatinamente a través de las habitaciones, haciéndose cada vez más denso, más espeso, volviéndose a cada minuto irrespirable. Yo sabía que eran ellos que aún no habían podido irse, que necesitaban algo, pero ¿Qué podría ser aquello que anhelaban tan desesperadamente? Tomé del vaso con agua y me dirigí a la pieza del baño. En su interior, una cierta impaciencia me acomodó el glande entre las manos y me dispuso a orinar. Un chorro caliente y amarillo salía de mi cuerpo hasta antes de ver la imagen detrás de la cortina de vidrio. Era una morena hermosa, de larga cabellera negra, bordada de un centenar de estrellas. Tenía los senos grandes y las caderas anchas como una graciosa potranca de corral. Yo la miraba sin poder quitarle los ojos de encima, esperando a que se moviera o a que ocurriera algo, pero en algún momento imprevisto, sólo dios sabe por qué, advertí que me había excitado. Traté de cubrirme pronto, guardándome la pija adentro del pantalón, pero para mi sorpresa, la bella figura comenzó a tocarse los senos, a mover los labios pegándose suavemente a la puerta de cristal que separaba la regadera del retrete. No lo podía creer. La bella escultura me incitaba a fornicarla, se metía los dedos en la vagina, chupaba con ansias la puerta de vidrio. Yo temía con presteza que aquello redundara en un perjuicio para mí, pero sin duda, era la cosa más deseable, más incontenible y al mismo tiempo más horrorosa que había visto en la vida. 



Me acerqué a la regadera aún dudando en si hacía lo correcto y motivado como por una fuerza que me pareció irresistible, la comencé a fornicar. ¿Cómo describir lo que viví en esas horas inciertas de la madrugada? Con la punta de los dedos, alzé los pliegues del vestido estampado que cubría sus preciosas piernas y virándola de espaldas, introduje hasta el final mi engrosado pene. Su vagina estrecha y vacilante era un capullo hermoso que recibía gustosa cada una de mis torpes embestidas. Yo le miraba el trasero redondo y terso que se sacudía cada vez que le apretaba con fuerza las tetas y el cabello; y sus ojos ¡Ah sus ojos y su boca! Eran una invitación continúa a la demencia y la lujuria. Me encontraba al borde del espasmo, recorriendo cada uno de mis nervios un placentero escalofrío, cuando de pronto la manija del baño se entreabrió y escuché la serena voz de mi madre: “¿Está todo bi…?” En ese momento no pude evitar vertir un torrente de semen que se derramó por las paredes. Mi madre, abombada, cerró de golpe la puerta y se dirigió de prisa a su cuarto. Yo evidentemente no supe qué hacer. Sin pensarlo, me trepé los pantalones y de la misma manera que mi madre, me apresuré a subir a mi recamara.



En los días siguientes las pesadillas y las voces continuaron multiplicándose en mi cabeza. Soñaba con arañas de gigantescos ojos y colmillos que trepaban por las paredes llenando de oscuridad mi cuarto con sus lomos afelpados. Una noche, momentos antes de despertar, sentí que la morena hermosa entraba silenciosamente girando la rosquilla de la puerta y descubriendo sus hombros y senos del vestido, subía a la cama montándose en mis piernas. Al mirar bien, descubrí con asombro que el cuerpo sentado sobre el mío, no era el de la bella escultura, sino el de mi madre que cabalgaba jubilosa con lágrimas en los ojos. Ella me repetía muy suave al oído “shh no digas nada, no digas nada” pero yo me sentía impelido a empujarla y al mismo tiempo a desobedecerla. Así pues, aún sin entender cómo o quizás bajo el influjo del ensueño, me dejé llevar por el ritmo vertiginoso de sus caderas.





Los encuentros posteriores con la dulce figura no fueron tan diferentes del de la recamara, sin embargo estuvieron enmarcados, al principio, por un tibio refinamiento, una indiferencia e incomodidad natural para unas vidas tan ordinarias como las nuestras. Todas las noches, al momento de cruzar los altos pasillos de la casa, los cuadros, los espejos y los relojes temblaban y yo sentía otra vez las terribles voces mascullándome al oído y las alucinaciones que dibujaba en mis cuadernos. Entonces caía en un profundo solipsismo del cual sólo me recuperaba después de haber rayado las puertas y tapices con círculos y al azotarme contra las paredes hasta perder el conocimiento. Al abrir los ojos, la dulce morena se recostaba a mi lado con sus enormes pechos desnudos en un claro gesto de cansancio y arrepentimiento. Yo no podía dejar de preguntarme por qué una mujer tan bella se regocijaría de ese modo conmigo, pero ella parecía entenderme y en una significativa muestra de los dedos a la boca, me repetía muy suave al oído: “No digas nada, no digas nada.”





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