viernes, 27 de noviembre de 2015

BAJO TRAGOS

Bajo Tragos, es el nuevo trabajo literario que nos presenta el venezolano Axel Castillo, escritor con un estilo que cada día se ve mas solido















     -Hey Tony, sírveme otro… El gordo Tony se luce. Los hielos en sus manos son canicas que no fallan. Eleva la botella y el chorro cae justo en la boca del vaso. Luego lo arroja sin que se salga una gota… No puedo dejar de pensar en Shirley. En su cabello azabache que se filtra como sombras. En esos ojos grises y rayados, casi hipnóticos. En esa dulce boca mentolada. En tantísimas cosas que extraño… Nube de humo viola mi espacio. – ¿Cómo te llamas?, dice la perpetradora. –Leonardo, digo incómodo. -¿Eres un escritor o algo así? – Trato. -¿Qué escribes? –Si me dices tú nombre, respondo. –Ay pero qué delicado…soy Fedra. -¿Fedra?… me gusta. –A mí también me gusta el tuyo, tiene suin. Aunque te llamaré Leo, si me dejas… –Así me llaman los amigos. Fedra se acerca y lee mi libreta. Dime una cosa, ¿es sobre tu vida o la vida? –Sobre las dos cosas, muñeca. Su teléfono suena. Discute con alguien. Se levanta de la barra y sale con el móvil en la oreja. Su peinado y ese vestido negro, la hacen ver como una actriz de los Golden Globe. Tony estaba tranquilazo cuando ella salió del bar. Al parecer no le preocupaba que se fuera sin pagar. O quizás ya la conocía y regresaría pronto a terminar su trago. Tomé el mío y bebí largo, aparté unas cenizas grises de mi libreta y escribí: -Estoy orgullosa de Flavio. Fue lo que me dijo Shirley al contarle sobre mis errores amorosos. Creí que le iba mejor. Pero cuando detalló su vida, no me convenció. Sonaba acartonado. Comencé a verla con excoriaciones en brazos y pómulos. La esclerótica de su ojo izquierdo en permanente tono violeta. El tal Flavio solía demostrar su amor de forma muy peculiar. Fedra entró taqueando un cigarro con la uña. Indicó al gordo otro Bloody Mary. Se acomodó en la barra inclinándose hacia mí. – ¿Hay chance de que salga en tu cuento? –No lo sé… –Anda vale, compláceme. Hazlo y te invito un trago, ¿sí? Sonreí.



II



Fueron a una discoteca. Shirley no tenía ganas de bailar. Sólo quería aprovechar el momento para hablar. Arreglar las cosas. Sentía que todo se evaporaba. Él no dejaba de coquetearle a una asiática de ropa insuficiente. La dejó allí plantada con su preocupación y salió a bailar. Soportó rato viéndolo rozar su erección contra aquellos muslos de espagueti. En su sangre tenía los ingredientes necesarios para enloquecer: Alcohol, celos e ira. Se levantó de la butaca y se arrojó sobre su rival. Tomó su cabeza y la estrelló varias veces contra el conquer. La sustancia roja la hizo volver en sí. La china quedó inconsciente pero viva. Nunca aprendió Kung fu. Flavio escuchaba la voz imaginaria de sus camaradas del viejo barrio: ¡Así se hace Flavio! ¡Orgullo de nuestra comunidad vernácula! De todos modos la molió a puños al llegar a casa. Por la supuesta vergüenza que le había hecho pasar. Llamó una ambulancia y dijo que la pobre había sufrido una caída. Me enteré que estaba en el hospital general, pero primero fui al departamento. Le dí un carajazo tan fuerte a Flavio, que cayó de nalgas. Mis puños se le iban solos al rostro. No lo maté, pero le regalé un largo reposo. – SÍ LE PONES OTRO DEDO A SHIRLEY, TE MATO PENDEJO, TE MATO. Fedra parecía un tierno Koala aferrada a mi brazo. Estaba imbuida de mi texto. –Ojalá alguien me defendiera así, decía. El gordo lanzaba miradas extrañas, como si estuviera picado de celos. No pana estás equivocado, mi corazón es de Shirley. Quería decirle justamente eso pero All Around the world, sonó en la pista, y Fedra me haló del brazo. –Ven escritor, me encanta Lisa Stansfield. No sabía qué hacer, nunca le había tomado ritmo a la música disco. El cuerpo de ella parecían las franjas de un ecualizador. Yo brincaba como títere, tratando de llevar el paso. Con las Chicas del Can me fue mejor… Ojos vidriosos emergían de nichos oscuros. Prostis iban y venían con encargos de la barra. No sé si eran los tragos, pero me imaginaba girando dentro de un disco de acetato. “MI CORAZÓN AMANECIÓ PRENDIDO EN FUEGO, FUEGO, FUEGO. FUE UN MORENITO QUE PASÓ CERCA DE MÍ, Y QUE ME DEJÓ ASÍ…” Era una salvaje. Besaba mi lóbulo, lo mordía, humedecía con su lengua. Logró que Tutankamón III despertara de su reposo. De vez en cuando echaba un vistazo a mis cosas. En una pillé a Tony escribiendo en mi libreta. Le dije a Fedra que debía terminar mi proyecto. –No chico, pero a quién se le ocurre escribir en un lugar como este… La llevé a la barra contra su voluntad. Me miraba seductora. Percibí que le gustaba mi control. Tony nos cambió los tragos y revisé la libreta. Mi pana me advertía con horrores de ortografía, que Fedra era la amante de Carroña. Un poderoso diputado, dueño del tugurio en que me encontraba: El Copacabana. No voy negar el corrientazo que subió por mi columna vertebral. Pero por qué temer. No la había tocado. Los manoseos en la pista eran parte de la costumbre. El gordo insistía que me fuera. Había agotado su capacidad para hacerme señas de peligro. Yo seguía moviendo mi bolígrafo sobre el papel. Ella no se despegaba de mi brazo, pendiente de cada línea. Pendiente que terminara y atendiera sus necesidades.

III

Shirley dejó al pendejo y se vino conmigo. Por un año no dejamos espacio para la tristeza. Mi ilusión era casarme con ella. Gasté todos los billetes en una boda que nunca se consumó. Fedra tragó su copa hasta el fondo. –Te voy a decir un secretito, yo no amo a Carroña. Estoy con él porque complace mis caprichos. Pero en el fondo soy una mujer infeliz. – ¿Por qué no terminas con él? –Crees que es muy fácil. Se hace lo que él dice. – ¿Entonces hablo con una esclava? –Siendo honesta…sí. –No me gusta tu respuesta a estas alturas de la civilización. –Una vez me enamoré de un tipo, sabes. No sé cómo lo supo. Sólo lo puso frente a mí y dijo: “Míralo bien y despídete.” Estaba aterrada, Leo. Sabía que no lo volvería a ver. Pero sobre todo temía por su vida. -¿Lo mató? –Nunca lo supe, pero no lo ví más. –Podías denunciarlo. –No me hagas reír, Carroña tiene inmunidad parlamentaria. –Pero no está fuera de la ley. –El Poder Público no es el mismo. Los oficialistas lo controlan todo. -¿Y la prensa? –Dejemos la vaina como está, ¿sí? Destapé mi infierno por las cosas tan tristes que has pasado. Espero te sirva de consuelo. Una cosa, ¿por qué te dejó Shirley? –No sé, sólo regresó con aquel patán. –Si regresó con el otro, nunca te amó. Lo siento. –Estoy seguro que sentía algo. Lo que vivimos fue genuino. –Pobre niño, no conoce las mujeres. Despierta papi, nosotras actuamos cuando nos conviene. Carroña jura que he aprendido amarlo a través de los años. Carcajadas. – ¿Incluso después del episodio con aquel tipo? –Sí, parece imbécil verdad. Él sabe que sólo busqué estabilidad. Quizás una figura paternal que me protegiera. Pero tenía mi corazoncito. Me enamoraba de los visitantes. Aquí viene gente muy chévere, Leo. –Cómo te vigila. –Tiene ojos en todos lados. Si ves bien, en aquella mesa, hay un gorilón que es mi guarda espalda o mi carcelero. Bebí largo, hasta el fondo. El gordo se acercó. -¿Quieres la cuenta? –Sí, respondí. Fedra apretó mi brazo. –Quédate cariño. Mi carcelero duerme como niño. Está hasta las chanclas de borracho. Escribe aquí el final de tu historia. No le hice caso. Cerré la libreta y pagué la cuenta. –Quédate, por favor, volvió a decir. Caminé hasta la puerta y salí.

IV

Llegué al departamento. Abrí la nevera y piqué un pedazo de pastel. Me senté y metí un trozo en mi boca. Sonó el timbre. Dos tipos armados me pedían regresar al bar. Mi cuerpo fue arrojado a un auto de vidrios ahumados. En pocos minutos estábamos frente al Copacabana. Tony puso un gesto de tristeza cuando me vió. Los gorilas me ubicaron sobre el mueble de un reservado. Un tipo de traje, como de cincuenta, hizo acto de presencia. Se me quedó viendo con una sonrisa engañosa. Era más bajo, hasta más que yo. Su cabeza era una bola de billar sostenida por un cuerpo obeso e irregular. – ¿Dónde está Fedra?, preguntó. No sabía qué decirle. –No sé. La conocí por casualidad, estaba en la barra tomando un trago. Me buscó conversación… –Responde la pregunta. – ¿Qué quiere que le diga?, no sé dónde está… Carroña hizo un gesto casi imperceptible. Uno de sus matones ajustó mi mano sobre la mesa. –Abre los dedos, dijo. El otro sacó un picahielos y se puso a jugar. –No me subestimes, escritor. Ñoño es un experto en esto, pero no es infalible. ¿Dónde la tienes? Ñoño aumentó la velocidad y la punta del picahielos comenzó a pellizcarme entre los dedos. –POR FAVOR, NO ME HAGA ESTO, YO NO ME LA LLEVÉ. MIRE, PREGÚNTELE A TONY… YO SALÍ SOLO DEL BAR. LO JURO. Carroña movió la cabeza y trajeron al cantinero. –Jefe es verdad, este tipo no se fue con Fedra. Pagó su cuenta y se largó. Ella salió media hora más tarde. –Puede que tengas razón, gordito, pero pudo haberla esperado en otro punto. –Si estuviera en otro punto, sus hombres no me hubieran encontrado, dije. –Coño esa vaina es verdad, respondió Carroña. –Díganme algo muchachos… ¿revisaron el departamento del escritor? Ñoño y Mediaoreja asintieron. No podían negarlo. Exponer tal negligencia les costaría un tiro en la cabeza, como mínimo. Los miré y sonreí con sarcasmo. Carroña hizo un gesto para que me soltaran, pero Ñoño clavó el picahielos. El metal traspasó mi mano y la mesa. La sangre goteaba al otro extremo, formando un charco en el piso. Mediaoreja sonrió viéndome sufrir, pero extrajo el picahielos. Carroña me dio una palmadita en la espalda. –Tranquilo muchacho, sólo fue un susto. Le dijo al gordo que me diera los tragos que quisiera. Pagaba la casa. El cantinero vertió whisky sobre la herida, enrolló mi mano en un trapo seco y me dio un Jack Daniel´s. –Te salvaste de vaina Leo, solo a tí se te ocurre meterte con una tipa prohibida. –Tú sabes que mi amor es Shirley. –Vamos a creértelo brother. Mira, aquí está otro palo para el camino. Cuidado te atropella un carro, tienes una borrachera del carajo.



Eran las tres de la mañana. Las calles estaban desiertas. Una risa incontenible emergió de mi garganta. Eres un loco, Leonardo. Herido, ebrio y muerto de risa por una mujer. Recordé el papel que arranqué de la libreta. Lo que escribí y le pasé por debajo de la barra. Que disimulara y saliera en media hora. Que la siguiente era mi dirección: Colinas del Valle. Torre Bubalú. Piso dos. Apartamento once. Me buscarían, y lo hicieron. Pero ella debe estar allí. Escondida en alguna parte. Esperándome. Con un trago para mí.






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