viernes, 18 de diciembre de 2015

LA NOCHE QUE CONOCI A SALAS Y ME ROMPIÓ EL CORAZON

Francisco Diaz Klaasen es un escritor joven chileno. Estudió letras inglesas en la Universidad Catolica y después se ganó una beca para hacer un magíster de escritura creativa en la Universidad De Nueva York. Hoy lo destacamos con su relato La Noche Que Conocí a Salas y Me Rompió El Corazón








Esto pasó hace años, pero todavía me duele recordarlo. 

Digamos que sucedió un sábado, por decir algo. (Ni yo soy capaz de simular que recuerdo la fecha exacta, ni ustedes de pretender que les interesa realmente saberla.) Lo que es seguro es que fue en algún punto del 2007. Yo estaba momentáneamente soltero, Marcelo Salas había vuelto a la Chile y Mark González acababa de firmar por el Liverpool (aunque no se había ido del país, todavía; creo que porque estaba lesionado). 

Menciono estos tres detalles porque serán importantes para el desarrollo de la historia que les voy a contar a continuación. Paciencia.

Es un sábado, entonces. (¿Les molesta si cambio el tiempo verbal? Así me resulta más vívido el recuerdo.) A las siete de la mañana. (O sea, más que un sábado, se trata de la continuación del viernes; del carrete del viernes, esto es.) Estoy en el Burger King del Faro del Apumanque, con un amigo. Pido un Whopper plain e insisto en esto: sólo la carne y el pan, flaco. Mi amigo no sé qué pide y, francamente, me da un poco lo mismo.

Estamos esperando que llegue nuestra orden cuando escuchamos unos ruidos extraños provenientes de la calle. Después se escuchan gritos. Todo el Burger King se encuentra paralizado, a la espera de que se resuelva la duda. Yo me noto impaciente por que llegue mi Whopper: he bebido, esta noche.

Acaba de entrar Marcelo Salas. 

No viene solo. Lo acompañan dos viejujas. Buen cuero, mal relleno. La luz no le hace favores a ninguno de los tres. Salas, que tiene un cigarro en la boca, se ve viejo. Ellas —que lo son— también. Los mortales observamos.

Salas se ve incómodo. Todo el Burger King empieza a corear una canción en su honor. Por pudor, no me atrevo a unírmeles, aunque ganas no me faltan. Una de las viejujas hace la cola por él. No recuerdo qué es lo que pide, a pesar de que su pelo oxigenado llega a estar a escasos centímetros de mi nariz. Huele a colonia de supermercado. Se van a sentar a una mesa alejada. Los mortales observamos.

Entra ahora Mark González. Lo acompañan dos tipos más jóvenes que él, con el pelo parado y engominado, vestidos con zapatillas de colores chillones, collares brillantes, jeans apretados, camisetas apretadas. Es un espectáculo macabro, el que me toca ver. Pienso: o son sus hermanos, o son sus primos, o son... Ya me entienden ustedes. El Burger King no canta nada, esta vez. Mark saluda a Marcelo. Marcelo saluda a los hermanos. Los hermanos saludan a las viejujas. Las viejujas saludan a Mark. Los mortales observamos.

Alguien se pasa de revoluciones. Incita el siguiente canto: «El que no salta es un indio maricón». Todos saltan menos yo. Sé que debería, hasta cierto punto quiero hacerlo, pero mi cuerpo no me responde. Como si tuviera todos los principios de los que yo carezco. Como para estar orgulloso de él, digamos. Se me acerca el incitador. Y voh, culiao, me dice, ¿por qué no saltai, maricón shushetumare? Trago saliva. Lo miro a los ojos —ojos pardos, gatunos, rasgo inconfundible del cuma chileno—, envalentonado por la reacción que tuvo mi cuerpo. Mi cerebro se cuadra con éste y hace hablar a mi boca: Porque soy un indio maricón, le respondo; por eso.

Noto el puño. Pero, por sobre todo, noto la cadena que lo envuelve. Y, en vez de asustarme, de reaccionar, de chillar siquiera, me hago la siguiente pregunta: ¿quién va con cadenas al Burger King?

No alcanzo a pensar una posible respuesta.

Siento que mi pómulo derecho estalla en mil pedazos. Caigo una caída infinita, en la que veo la cara de espanto de mi amigo, la de éxtasis de mi enemigo, la interesada de todos los demás. Pero también veo otra cara, envuelta en una luz blanca —¿estroboscópica?— que se siente cálida pero que al mismo tiempo no termino de entender. Es la cara de Salas. Y luego su mano, que me recoge del suelo. Y luego sus brazos, que me sostienen en un abrazo protector.

Mi héroe. Salvador Salas.

Salimos de ahí los ocho. Entramos a duras penas en un Audi que huele a sexo. Una botella de Jack Daniels a medio tomar sobresale de por debajo del asiento del copiloto. Hay un rollo de papel confort en el asiento trasero. 

Salas se preocupa por mi pómulo. Me pregunta cómo me siento. Yo le miento y le digo que no me duele tanto. Una de las viejujas dice algo que no me molesto en intentar entender. Después se queda callada. Salas me sonríe. Me pasa un brazo por encima del hombro. Dice que me entiende, que él habría hecho lo mismo. Y luego agrega que él también es un indio maricón. Se ríe, cuando dice esto. Yo también lo hago, aunque me duela el pómulo al hacerlo. Mark González, que está manejando, se da vuelta y nos dice algo. Lo ignoramos.

Llegamos al departamento de Salas. No es como me lo habría imaginado. De un ambiente, corte minimalista, sin ninguna referencia deportiva. Quiero decir elegante, pero en realidad pienso en algo frío, impersonal. Nos instalamos en el living. 

Las mujeres callan, Mark González calla, sus acompañantes callan, mi amigo calla. Hablamos, con Salas. Durante horas. Toda la mañana. De literatura y filosofía, principalmente. Me dice que le cargan los humanistas de la Chile. Que no soporta que crean que descubrieron a Derrida y que todo empieza y termina con los filósofos continentales. Yo le digo que no sé de esas cosas, pero que confío en su buen juicio. Le cuento que soy profesor de castellano. Me dice que en el colegio siempre le gustó leer. Que su libro favorito era y es aún 1984. Que se lo mostró una profesora que nunca pudo olvidar y de la que no ha vuelto a saber nada. Le pregunto por qué no la busca. Me responde que ya es muy tarde para eso. Le cuento entonces que soy un escritor frustrado. Me dice que él también, que la gran mayoría de los futbolistas lo son; que entre concentración y concentración se intercambian y comentan novelas y cuentos que por pudor nunca publicarán. Yo le digo que no sabía eso, pero que de alguna manera me hace mucho sentido. Le hablo de mis penas de amor, que son varias, muy parecidas entre sí. 

Hablamos, repito, durante horas. Como si nos conociéramos de toda la vida. No: como si el hecho de conocernos, de haber llegado a conocernos, y haberlo hecho bajo las circunstancias en las que nos conocimos, no fuera más que la conclusión evidente de una serie de eventos desencadenantes; un asunto lógico, en definitiva, algo que tenía que suceder. Predeterminado, digamos, aunque suene chulo hacerlo. 

Pero no coincidimos en todo. De hecho, casi llegamos a las manos, en cierto punto de la conversación: él dice profesar una admiración infinita por la observación intelectual —supremacía, le llama— de George Perec, mientras que yo le digo que creo más en la sensibilidad gutural de Albert Cohen. No nos ponemos de acuerdo, y por un momento el hechizo está a punto de romperse. Tenemos, sin embargo, el suficiente tino como para dejar pasar el tema y sepultarlo, y todo vuelve a la normalidad. 

De repente (¿serán las doce, ya?, ¿la una?), Salas se dirige a las mujeres. Les dice que se vayan. Se dirige a Mark González y a sus hermanos. Les dice que se vayan. Se dirige, finalmente, a mi amigo. Le dice que se vaya. 

Todos obedecen. Llámame, dice una de las mujeres. Me llamas, ¿ya?, remeda la otra. Chao, perro, ladra Mark González. Ídolo, balbucea mi amigo. Eso es lo que dicen, todos, antes de ser tragados por la boca oscura del ascensor. 

Nos quedamos solos. Salas me prepara almuerzo. Dice que es el único plato que sabe cocinar, y que ni siquiera se lo ha cocinado a su esposa o a sus hijas: carne de cerdo escalopada. Yo no le digo que me siento honrado, pero me brillan los ojos. (Recuerdo una canción de Bill Callahan que diceyour eyes say yes, but you don't say yes.) Comemos. Hablamos. Reímos.

El día avanza y los dos, aunque lo disimulamos, estamos cansados. Se nos escapan algunos bostezos. Se nos cierran los ojos. Nos duele la espalda. Se aproxima la hora del adiós. La última hora.

Salas retira los platos y se acerca al equipo de música. Lo veo manipular los mandos, poner un disco, y alejarse. Me mira a los ojos. Escucha esta canción, me dice. Yo necesito escucharla todas las noches o si no no me puedo quedar dormido. Escucha esto:

Now I know it’s not easy
—don’t believe them when they say I’m not right.
Don’t put a hex on me, baby
Because I don’t know what’s wrong or right.
I know that there’s somebody new
Much better than me.
But because my love is true,
All my best to you…
Don’t forget me, dear.

La canción se llama “Don’t Forget Me”, y la canta Mark Lanegan. Nunca he oído hablar de Mark Lanegan. No lo conozco. Pero esa canción —qué importa que lo diga, ahora; ya nada me avergüenza, esta noche— me mueve el piso. Me descoloca. No sé si es la letra (que tal vez) o la voz (que a lo mejor) o qué cosa (que es más probable), pero no consigo sacármela de la cabeza. (Incluso ahora, que escribo esto, alejado de los acontecimientos por cierta indiferencia de la que vuelve presa la vejez, se repiten en mi cabeza los acordes, los acentos, las letras, y me noto desfallecer, descolocado de nuevo por el peso del pasado, por lo frágil que es este presente que me he fraguado.)

Después de que escuchamos la canción me voy. Siento —y sospecho que Salas también siente— que no queda nada más por decir, nada más que hacer. Nos despedimos torpemente, con un abrazo que no tiene gusto a nada, como si después de haber compartido ese momento único todo fuera un remedo de otra cosa, una mala copia, una impostación. Llego a mi casa y, antes de acostarme, pongo en el computador la canción de Mark Lanegan que me mostró Salas. Me quedo dormido con una sonrisa idiota tatuada en la cara. Nunca he dormido mejor.

Pasan algunos días. Todo parece ir bien pero no es así. No consigo concentrarme en el colegio. Me olvido de las cosas. Me cuesta quedarme dormido. Entonces me doy cuenta: echo de menos a Salas. A esas alturas me sé de memoria todas las canciones de Mark Lanegan que están en YouTube. Las he venido escuchando cada noche antes de acostarme. Pero lo cierto es que ya no me hacen efecto. No me dan sueño. Las he ido reemplazando paulatinamente por cortos de whisky en los que ahogo el temor a quedarme solo que me embarga.

Un día me decido y lo llamo. No me contesta. Le escribo un mail. No me contesta. Pasan días, muchos días. Semanas. Vuelvo a repetir la rutina, mintiéndome de paso y diciéndome que su silencio no me dice nada, que no significa nada. Incluso llego a decirme que ya no me afecta (pienso en Neil Young: Doesn’t mean that much to me to mean that much to you). 

Pero miento. No es cierto que nunca me responda. La verdad es que a veces lo hace, como para mantener la tensión narrativa viva. Lo hace usando frases cortas, sin mayúsculas entre los puntos. Lo hace a la usanza de quien escribe algo al pasar. Con un dejo de cariño, sí, pero sin melancolía ni añoranza. Sin arrepentirse por el súbito alejamiento. Sin necesitarme para nada. Me doy cuenta de estas cosas con pesar.

Intento olvidarlo, pero no lo consigo. Me digo: "Fue cosa de una noche; ya pasó, ya fue; olvídate de él", pero no me lo creo. No me lo quiero creer. Recuerdo el almuerzo constantemente, pienso en sus ojos bien abiertos, cuando miraba directamente a los míos... No me queda muy claro qué es lo que quiero de él, pero siento que lo necesito. Pero más que eso: quiero que él me necesite a mí. 

Agoto mis recursos. Voy a todos los partidos de la Chile (en una ocasión me reconoce el sujeto del Burger King, el de la mano enguantada en cadenas, pero por alguna razón no dice ni hace nada). Voy a los de la selección. Voy a los entrenamientos de uno y otro equipo, llevando conmigo una pancarta en la que se puede leer una sola frase: Don’t Forget Me. Nada. Le mando mails con links a otras canciones de Mark Lanegan. Ya ni siquiera contesta esos correos famélicos. Lo llamo, ebrio. El buzón de voz me quita de encima la borrachera. Aún así le dejo mensajes lastimeros, en los que paso sin pausa del llanto a la ira, de la súplica al insulto. Le escribo poemas francamente malos. Le compro libros que no me atrevo a irle a dejar.

Nada. Se olvida de mí. No vuelvo a saber de él. 

A veces pienso que su confesión llegó muy temprano, en mala hora. Y que se arrepintió de haberme mostrado algo suyo que era tan íntimo. Que le dio vergüenza que lo viera así de vulnerable. 

Otras veces pienso que fui un eslabón más en una cadena interminable, que seguramente todavía no se cierra. Cuando pienso eso me avergüenza haberme creído especial. Lo imagino cocinándole carne de cerdo escalopada a veinte tipos más. 

Otras veces —las más de las veces— prefiero no pensar en nada.

Esto pasó hace años, como dije. Muchas cosas han cambiado desde entonces. Dejé de hacer clases en ese colegio. Me afeité la barba. Subí de peso. Bajé de peso. Volví a subir de peso (ya irremediablemente). Pero hay noches —lo admito— en que todavía pongo el computador al lado de mi cama, antes de acostarme, y me quedo dormido, ya no escuchando a Mark Lanegan (ya no soy capaz de escuchar de Mark Lanegan), sino que viendo los goles de Salas. Veo una y otra vez aquel pase magistral de más de treinta metros que le dio el Coto Sierra en Wembley, y después lo veo aparecer a él en pantalla, amortiguar la pelota como si fuera un tesoro, acariciarla con cariño, con amor incluso, para luego despacharla con un zapatazo violento, furibundo, y entonces Salas desaparece del cuadro, y veo sólo a la pelota, y la veo alejarse despechada, siguiendo las órdenes de su dueño. Y es gol. Y yo cierro los ojos con una sonrisa en la boca, mientras adivino que a mi lado mi esposa no consigue conciliar el sueño, que se pregunta qué es lo que sucede, y que no entiende nada de nada. Y me quedo profundamente dormido.






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