viernes, 11 de diciembre de 2015

SOY DE LA PLAZA ITALIA

Ramon Griffero Es un dramaturgo y director teatral chileno, uno de los más destacados exponentes del teatro chileno contemporáneo. Es considerado como una de las figuras emblemáticas del teatro nacional durante la decada de los ochenta, sus primeros montajes se asocian a la resistencia cultural y política a la Dictadura de Pinochet. El también incursiono en el genero del cuento. Soy De La Plaza Italia es una prueba fiel de su estilo literario






      Son, una de esas mañanas en que te da¡ cuenta que la radio es rasca, que le subís el volumen y hasta ahí no más llega, que tu mamá es gorda y fea, la pobre, que tu taita no era na' ingeniero, sino gasfiter municipal, pero te sentís bien,..estái acostado tranquilo, tu hermano ya se puso el terno de junior, te tiró los mismos garabatos de siempre, lo de holgazán y flojo culiao, quizás de dónde sacái la plata. Pero uno está tranquilo con ese sol de las tres de la tarde pecando en ese cuarto piso. Ya están los chicos jugando fútbol, entonces te asomái a la ventana torso al aire, y te dai cuenta que a la tía Betsi del block del frente igual le tiritan las hormonas con uno, ahí te tirái sobre la cama, te veis desnudo y te encontrar grosso y no sabís si echarte una paja o pegarte una ducha. Y tu mamá igual tranquila porque le traís sus regalos, los panty, un rico pollo. "Mamá, ¿se le acabó el balón?, yo le traigo uno". Y te mira y no entiende, igual las sabe todas, pero se hace la tonta.

Ya la tetera hierve, un rico café y te empezái a poner nervioso, te apestan las cortinas del departamento, la vecina que llega a sapear, los llantos de los cabros chicos, entonces mejor vai a ver si se secó la polera, si te plancharon el jean y listo. Ya cuando vai escaleras, te vai sintiendo mejor, como de la sangre, se te alivianar las piernas. Viejas barriendo que te saludan, imaginandose todo, "cómo que llega siempre de madrugada si no es nochero", y se dicen que a ellas no las grupen con los cursos nocturnos, que los cuadernos son para la pura pinta y lo único que esperan es verte algún día en primera página del diario, pegado ahí en el quiosco y todos las viejas sabias diciendo que claro que me tenían cachado, que siempre andaba con la billetera llena, peleándose por aparecer a toda pantalla en el noticiero. ¡Ahí va saliendo la Betsi, es simpática la vieja, se las arregla para pillarme siempre a la salida del block... con su bolsa de feria; se pone colorada y le brillan los ojos. "Hola, pus tía Betsi", uno de estos días me la plancho, igual para darle un gusto, premio al esfuerzo...

Y fijo que me encuentro con el pelao punky sentádo en las escaleras. "Sigue el luto, compadre", le grito y el pelao de volado se ríe.

La cuca estacionada ahí en la Panamericana, asándose los locos, no pescan una. Les robái la pistola y ni se dan ni cuenta; igual les hago una levantada de cejas, a veces les muestro el carnet, legal compadre, legal...

Así uno se va carreteando para el centro, ventana abierta, codo afuera, rico viento, gorditas con mini, buenas gomas y todo tranquilo. Si a veces me siento como si fuera viajando por otro país y no cacho por qué la gente se amarga.

Los jueves es buen día, enero, sol, ricos helados. Primera parada paseo Ahumada, ahí todo moviéndose, un poco temprano, me compro un helado, me juego un video y a la pinta todo güendy.

Ya varios me han clavado los ojos en el paquete o me tiran una sonrisa, pero todavía no. En una de ésas me agarro unas gringas que toman schop en la Plaza de Armas y les armo un cuento.

No faltan, siempre pican. Ahí estaba una con su bolso arrugado, polera hualaila, sin sostenes, leyendo su guía, onda siempre perdidas. "¿Está ocupado?", le pregunté, sonrió y se corrió. Buena onda conocer extranjeros. Le conté que era del sur, del campo, casita frente a un volcán, montaña con fuego, entiendes, volcán, lesa la gringa no entendió ni una. No estaba mal, sonreía como gorrión y justo que llegó la atinada: una gorda grande como yegua, calzaba 43 mínimo, hablaron alemán, onda que le decía cuidado con quien hablái, la chica se puso seria y se fue. justo se deja caer el rucio, me dice que tiene una movida con unas viejas del barrio alto, whisky, coca, todo pasando, cuestión de llamarlas, pero cachaba que el rucio engrupia; seguro que eran unas gordas de la Gran Avenida, secretarias de piscola y luego el rucio te cuentea que pagan a fin de mes, pero que son clientas seguras y entre que todo pasando le di filo.

Al loco de la plaza le daba con gritar que el señor la llegaba, que atención pecadores y las empleadas que le creían todo se arruinaban la salida.

Entonces me fui al cine onda tranquilo, fijo que :ae el viejo que se pone a tu lado, te comenta las fotos , te invita a entrar. Y ahí venía, me preguntó si era Estudiante, le dije que sí que estaba haciendo hora para los cursos vespertinos. Ésa del lolo estudioso y pobre es la que más les gusta. Entonces, en la que “y mo te vas a quedar dando vuelta si falta tanto, yo invito si no te molesta”. Y así como dudando, con cara de no me vaya a pillar mamá, ésa también los pone locos, entramos. Ahí partió con la clásica, “sentémonos atracito que se ve mejor”. “Claro”, le dije, -n la sala todos se dieron vuelta para cachar y ahí estaba el rucio que se hizo el tonto.

Me hundí en la butaca, piernas abiertas, bien echado. El viejo ni miraba la pantalla, llegaba a transpirar. Yo ni pescando, siempre en las mismas. El viejo estaba demasiado nervioso, se acomodaba, se cruzaba de piernas, me pegaba su muslo. “Buena la película”, le dije. Tiró un sí nervioso y nada. La sala estaba azumagada y todos levantándose, cambiándose de asiento, pegándose a los muros. En la típica me puso la mano en la rodilla, uno tranquilo, dejar que se caliente bien, que hierva para pegarle el machete. Me empezó a bajar el cierre y el viejo torpe me atrapó el cuero, así es que le terminé la maniobra le dejé la mercadería a la vista, levantando las caderas para que se viera cototo. El compadre que estaba al otro lado, onda camisa blanca y corbatita, trató de atinar, pero le sujeté la mano y le pegué una mirada onda tate quieto, y ahí se quedó no más. El viejo no se la podía creer y se tiró a comérselo. “¡Ehh! -le dije-, sabís que no me gusta pedir, pero me falta plata para pagar la matrícula, por eso no más que estoy aquí; en la casa estamos mal, si podís ayudarme con algo”. No contestó, movió la cabeza, las butacas se agitaban como locas, el viejo se fue cortado al rato. Se iba a levantar para irse onda arrancando, siempre les pasa lo mismo, como que les baja la culpa. “¡Eyy! -le dije-, la ayuda”. En la más nerviosa me tiró unas monedas, y ahí le cambié la cara de estudiante por la seria; lo miré en la más dura y el viejo soltó el billete.

Igual me vi las dos películas, me fui a peinar al baño y enfilé para la Plaza Italia. Estaban los mismos haciendo movidas en el teléfono, amontonándose en las bancas; yo no los pesco. Un chico flaco narigón que es como de La Pincoya me preguntó si había visto al rucio. Me alegró ver a la Lily, andaba de miedo, mini falda roja, unos aros pegados al cuello. Nos fumamos un Viceroy y con su cara de empepada me tiró un apoyo... “Lorito, ándate con cuidado, andan todos atravesados los huevones, ya ni atinan. Me acabo de tirar un minito, bonito el cabro, así como de spot de tele; yo quería que me comiera al fin uno lindo y nada. El pendejo me tuvo de patas abiertas, todo el rato hurgueteándome, me puse súper tierna, quería que me diera unos besitos, sentirse bien. Nada, ahí mirándome la raja, ni porque le dije mijito si no va salir nada por ahí, usted tiene que comérsela, papito, el cabro culiao no. se calentó. Bueno, lorito, que parece que me necesitan. No alcancé a pedirle una pepa cuando ya estaba ubicada dentro de un Charade.

Ahí enfilé para el parque, caminando como zorro. Detrás del obelisco tenían a una gordita apretada contra el monumento. No sé por qué me acordé de la Betsi y como que se me anduvo parando. Será que desde chico me la ando topando, ahí pasa algo, quizás está noche a la vuelta la paso a ver...

Parece que había pasado la poli, ya que estaba todo tranquilo, rico el viento, el fresco, los arbolitos. En ésa estaba cuando escuché los psst psst. Era el punto fijo, si ese fiato es como inventario de acá, siempre pegado a los troncos, meneándola para que se la mirís, no entiendo qué saca el loco.

El paradero estaba vacío, así es que me senté, puse los cuadernos sobre las rodillas, y ahí encandilandome con los focos de los autos, tirando miradas. Llevaba más de una hora y nada. Un perdido se ubicó a mi lado, tenía pinta de tira; además, el fierro le hacía un bulto junto a sus rollos. Pa'calmar la tensión le dije, “está fría la noche, compadre”. El otro movió la cabeza, nada, falsa alarma, andaba tomado y le bajó la triste, que su novia ya no lo quería. que seguro que le ponía los cuernos con otro y todo el rollo, así es que me levanté y me fui caminando Providencia arriba. Un gordito en Renault pasaba y pasaba, pero no se atrevía a detenerse. Estos indecisos me apestan, te hacen perder el tiempo y te dan esperanzas, entonces me puse a pensar en la Betsi, si yo era medio lento, si esta tía hacían años ya, desde que la dejó el viejo, que me pega sus miradas. Siempre se hace como que le pesan los paquetes para que uno la ayude a subirlos. Si atino voy y le toco el timbre, le cuento una pena, seguro que tiene algo de trago y ahí me consuela y yo de paso a ella.

Igual sería bueno volver con algo para la casa, porque ya se notaba que la cocina estaba media pelada y aunque la vieja no me decía nada, ponía caras de "eyy!, consíguete algo”. Si parece que la tengo mal acostumbrada.

También podría arreglárselas, ir a trabajar a una casa por ahí en vez de pasar todo el tiempo frente a la tele. De volado no me di cuenta que un Nissan me seguía el paso, iban tres lolos medio artistas, querían que me subiera con ellos, onda pasarlo bien, entretenerse. Me preguntaban si acaso andaba perdido, que no me hiciera de rogar, que no sabía lo que me estaba perdiendo. El colorín con aritos, me dijo que si acaso les tenía susto. Fue eso lo que me decidió a subirme, yo susto, no saben a quién le están hablando.

Me preguntaron que por qué andaba con cuadernos a las dos de la mañana. Les dije que era estudiante de sicología y que andaba súper preocupado, ya que se me había perdido un libro de la biblioteca y no sabía cómo reponerlo. El de chaqueta de cuero se las dio dé inteligente y me dijo que lo robara de la biblioteca, a mí dándome esos consejitos, pero igual uno en esto no se puede poner en la dura. El más atinado me las tiró al tiro, "andái trabajando, ya, cuánto cobrái por los tres". Se estaban poniendo fuertes y seguro que éstos me dejaban botado por ahí. De repente me dieron ganas de ser como ellos, tener autos, amigos y andar en la onda sólo por entretenerse. Les tiré una sonrisa, irme en la buena, acompañarlos hasta que la cosa se ponga difícil y ahí uno se hace el desentendido, que se equivocaron con uno, que son súper simpáticos, pero yo no, y todo eso que siempre salva., La sonrisa no los convenció. Con los cabros jóvenes no pasa siempre, no podís engrupirlos, se dan cuenta. Te miran la ropa, las zapatillas, la marca de la polera, donde ponís las manos y te rochan.

"Bueno, di algo, todavía no contestai, cuánto por los tres". Me subí al tren y lea dije, dejémoslo en diez. Ahí se pusieron negociantes, que estaba loco, que además no creían que me las iba a poder. El colorín dijo que ya, que bueno, que me las pagaban, pero tenía que mostrar lo que ofrecía. Ahí me senti mal, me la estaban ganando, "tranquilo, Mauro, tranquilo", me dije, entonces abrí las piernas, me bajé el cierre y se los mostré. El de chaqueta me hirió, me dijo que por eso no daba nada, que debía yo pagarles a ellos, y no sé por qué me puse tan tonto y le contesté que no estaba crecida. El otro disparó con que ni que estuviera crecida, entonces se bajó, me abrió la puerta, y me dijo, "anda a robarte el libro mejor"...

Sabís cómo queda uno después de eso, pura humillación, te dan ganas de volverte terrorista, de ametrallarlos, de abrirles la guata y tirarlos al mar como hacían los milicos. Matarlos a todos desde una torre como hacen los gringos, ahí uno entiende que hay que jugársela.

Me fui de vuelta a la Plaza Italia, bajoneado, queriendo tener un auto, una casita, una buena mujer, depto con todo, pasarlo pepsi.

No sé por qué me dieron ganas de que temblara, que se viniera todo abajo, que los aplastara el cemento y se fueran a la cresta con todas las porquerías que tenían.

El gordo del Renault todavía andaba dando vueltas, se acercó y le saqué la madre. Partió a cien; con la carita de susto, por lo menos no vuelve a salir en un mes. No sé qué les pasa, por qué no se quedan en sus casas tranquilos.

En la plaza me tomé un colectivo. Ahí tuve que escuchar el cuento de los malos, que a la señora tanto le habían rajado la cartera, que a éste otro le pusieron tranquilizantes en el trago, y se fueron metiendo miedo todo el camino. Al llegar, los volados estaban bajo el mismo árbol de siempre, pegados al suelo, seguro imaginándose que colgaban melones de las ramas... 

Y ahí me acordé de la Betsi y se me subió el ánimo. Casi todos los blocks estaban a oscuras, pero en el cuarto piso la Betsi tenía la luz prendida. "Aquí se me arregla la noche". Le golpeé la puerta y la Betsi me hizo pasar, que si andaba con problemas, si alguna desgracia había ocurrido. "Nada -le dije-, que no podía dormir y como vi su luz, podíamos conversar un rato, y si ella tenía tiempo... Se alegró la Betsi, puso la tetera y trajo unas galletitas. Buena gente, así me gusta que a uno 1o consideren, lo atiendan, yo la iba a recompensar.

Hablamos de que las noches estaban calurosas, que le gustaría ir a algún balneario, pero no le alcanzaba con lo que recibía del otro apartamento que arrendaba... Yo de a poco comencé a insinuarme, de que hacía tanto tiempo que éramos vecinos y como nunca nos habíamos juntado. Ella me las tiró directo, que no me olvidara que era mayor y que antes yo era sólo un niño; ahora teníamos los mismos problemas, la vida se hacia dura por parejo...

Ya se alargaba mucho la conversa y no pasaba nada. Así es que me saqué la chaqueta del jean y me fui a sentar a su lado. Le dije que tenía las piernas bonitas, como que se asustó, pero eso siempre pasa con las mujeres, primero como que se sorprenden, les baja el miedo, pero luego en la cama se sueltan y nadie las para. Mejor era ir al hueso al tiro, y me lancé, le sujeté las muñecas y la acosté sobre el sillón y le mandé un medio beso. La Betsi se enfureció, me mordió el labio y comenzó a gritar que era un caliente, que iba sólo a abusar de ella, que no tenía ningún sentimiento, y como que se puso a llorar. Ahí me dio pena y para calmarla la tomé en mis brazos y la pegué contra la pared para que me lo sintiera y le bajara la pasión, pero reaccionó con más fuerza y quiso echarme del departamento. Yo quería demostrarle que estaba equivocada, que no era así, que yo venía en la buena, le iba entregar cariño, no venía a machetear ni a sacarle nada. Entonces la tiré al suelo y le metí las manos debajo del sostén y le atrapé las gomas, pellizcándole el pezón... Cualquiera otra con eso se hubiera rendido y de ahí nos hubiéramos revolcado y seguido toda la noche, pero la Betsi estaba atravesada, no me creía, se levantó como leona y partió a la cocina, salió con un cuchillo amenazándome que tenía tres segundos para salir. Yo me iba a ir, pero se alteró y comenzó a insultarme, que sabía que era un degenerado, igual de mugriento que mi mamá, que me iba a denunciar por venir a violarla, y seguía y seguía con las venas rojas hinchadas del cuello y gritaba como escupiendo. Yo fui a pegarle una cachetada, pero se tiró a cortarme y hasta ahí me llegó la paciencia. Si me iba a denunciar, mejor antes le daba una paliza, pero se puso histérica, me rasguñó y empezó a aletear como loca. Yo la agarré del brazo, le mordí la muñeca y ella empezó a tirarme el pelo. Le dije que la cortara, pero no me hizo caso. Ahí me poseyó la furia, le pegué una patada bien fuerte y sin darme cuenta, para que parara de gritar, le corté el cuello...

Alcanzó a abrir la boca, murmuró algo, y se quedó, ahí tendida. La sangre corría como cuando se revientan las cañerías ... Violento, violento, esto era mucho, no la podía creer y me fui despacio, como pidiendo permiso.

Crucé el pasillo y me tendí en la cama esperando que llegaran a sacarme las fotos, a escuchar a las sapas qué ya todo lo sabían. Pero no llegaron y me quedé dormido. La vieja vino a despertarme, se asustó, estaba rasguñado y moreteado. Ahí le conté que nada, tranquila, que me asaltaron, pero tenía manos para defenderme Le pasé la chaqueta que estaba salpicada y le dije que me la lavara. Nadie vino a ver a la Betsi, así es que fui a comprar el pan, un poco de mortadela y me tomé el desayuno.



A eso de las once llegaron los tiras y los pacos, las ambulancias, todo lo que se ve siempre en la tele. Yo miraba desde la ventana, 1e pregunté al negro qué pasaba. El otro con cara de aturdido me gritó "se echaron a la Betsi"... Me vestí y salí a mirar, medio choclón, todos querían verla. Mi mamá lloraba, decía que por poco nos hubiera pasado algo a nosotros, tan cerca que estábamos.










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