domingo, 31 de enero de 2016

JAIME AVILA

El  interesante proyecto artístico del pintor chileno Jaime Avila es el destacado para hoy domingo en Experimental Lunch


























sábado, 30 de enero de 2016

EL ARDOR DE LOS REFLEJOS


RODRIGO OLAVARRÍA nació en Puerto Montt en 1979. Desde 1995 es miembro del grupo poético "Quercipinión". Ha cursado estudios de derecho en la Universidad de Concepción. Ha participado en los encuentros "Arcoiris de Poesía" de la ciudad de Puerto Montt desde 1995, y recientemente en el "Encuentro Nacional de Poetas Jóvenes. La angustia de las influencias: los poetas leen a los poetas". Poemas suyos se encuentran en la antología Entre la piedra y el rincón (Concepción, Lar, 1999) y en diversas revistas nacionales. Hoy presentamos su poema El Ardor De Los Reflejos







En los panales donde vive el rocío
busco la flor que encierre su rostro entre las líneas.
Ella me dice el canto de las noches,
viste mi pecho con espigas de sangre blanca,
me enseña a trenzar manos en la sombra de los puentes
y a bailar zurcido al canto que no conozco.

Con un espejo la lluvia enterró sus capullos.
Dibujé un soplo de piedra en los libros de su aliento
para ver germinar nuestros pasos.

Esperaba un golpe de mar,
un gorrión mordía los párpados del gusano,
un perro me enseñaba la confianza en la quietud de sus cabellos,
decía que las manos son el altar donde los bufones lloran
y los ojos del leopardo brillan como la navaja del hambre.

Si tañera una mandolina nupcial
un golpe de mar desgarraría mi pecho
y el estallido deshojaría los arces perseguidos por la tierra.

Nacida en la retirada de las pieles lluviosas,
cuando los días florecen de hinojos bajo el sol
ella tiene su traje de sangre.




viernes, 29 de enero de 2016

EL MUNDO ES UN PAÑUELO

Alex Valdivia es un joven y prometedor escritor serenense. Recientemente publicó La Vida Se Juega En Modo Aleatorio, plaquette de relatos con interesantes trabajos, en donde se aprecia un estilo bastante trabajado. Hoy presentamos su relato El Mundo Es Un Pañuelo








         No tengo idea qué hora es, pero está oscuro. Y las nubes se corren y el tiempo avanza acelerado. Así se diferencia de nosotros, aquí en el cerro, pequeños, ensimismados, enterrando nuestro culo en el sillón y apuntando nuestras pupilas hacia las cosas que verdaderamente tienen vida. La Yeny, reparte las porciones para consumir, como quien enhebra la aguja en el hilo, o algo así. La trajo el flaco Jonathan, que de maricón nos vendió menos por haberme tirado a choro ayer con su compadre. Si te dije que él empezó la güevá, le respondí. Ahora, me queda de recuerdo mi dedo pulgar cocido a la mano y a medio pudrirse. Ya, dice la Yeny. ¿Dónde está el fuego?


Está en la cocina, le digo a Raquel, que pretende que yo me levante de la cama. Has estado todo el día echado- me recrimina- como una vaca. ¿Pero acaso estudiaste tanto como yo?- le respondo- ¿Sabís quién cresta se saca la mugre en la mina una semana entera para mantenerte a vos y a la cría? ¿Ah? Me levanto de un golpe y la abofeteo fríamente. La quedo mirando mientras oculta su rostro. Se aleja de la habitación sin decir nada y mi sensación de culpa es tremenda. Escucho a mi hijo, que deja de jugar y comienza a llorar y gritar ensordecedoramente en la pieza de al lado. Ahora sí que me siento vaca- con el perdón de las vacas- o, peor aun, realmente, una mierda. 


Exactamente eso era el fétido olor que me perseguía hace unas cuadras. Mi zapato café se había adosado a un regalo de la naturaleza, que pasaba a ser la guinda de la torta. No podía sacarme de la cabeza a las personas que me habían recibido en la puerta de sus hogares. Hola, ¿cómo está? ¿Le puedo hacer unas preguntas? Es breve. “Mire, ¿Sabe qué?- me decían- no quiero votar por ningún político, son todos unos ladrones, unos mentirosos, ¿y usted más encima me viene a obligar a votar? no, no soy material de los güeones yo”. Pero señora, sólo son unas preguntas. “¡No!” - sentenciaban y me cerraban la puerta-. Mi paciencia ya no se presta para esto. Recordé que tengo vida. Vida y dignidad. Que se pudran. Doblé los formatos de encuesta que llevaba en la mano para usarlos como guante y asir el excremento. Lo metí en una de las bolsas de papel que servían para transportar los documentos y le encendí un fósforo. Acto seguido, dejo mi obra en la entrada, golpeo la puerta y me retiro caminando lentamente, con una sonrisa en mis labios, mientras me voy quitando la estúpida gorra azul, la camiseta del mismo color y la identificación que decía mi nombre.


Alberto Marcelo Kunstmann Grace: queda usted absuelto de los cargos por homicidio calificado en contra del señor Bairon Esteban Jesús Rodríguez Pizarro. Se levanta la corte- sentenció el juez a cargo. Las cámaras comenzaron su ataque de disparos y flashes. Al otro lado de la puerta, la gente, que deduzco era familiar de este tipo, comenzaron a gritar e insultarme. “Asesino” “Criminal” “Delincuente” “Torturador” escuchaban mis oídos, que lo único que querían era llegar a casa y escuchar a mi señora y mis hijos jugar en la terraza. Me rodeo de cuatro policías quienes firmemente golpean, a quienes, con sus brazos estirados alcanzan a golpearme en la nuca, a encararme y escupirme. Salimos a la calle. “Señor, una pregunta para el noticiario X ¿Usted se siente inocente a pesar de que testigos afirman que usted asesinó al joven?” “Alberto, para la prensa del canal Y ¿Es verdad que durante el proceso judicial rompiste relaciones con tu mujer?” Yo me dedico a caminar, nunca me había sido tan útil la indiferencia en mi vida entera. En el auto me espera el chofer, porque a pesar de la resolución, sigo sin el permiso para conducir por unos días. Abro la puerta. “Don Alberto, ¿a su casa, cierto?” Así es, Jonathan. Suena el motor encendiéndose. El último cargamento de pasta ya está repartido, me dice. Excelente. Convídame un cigarro, flaco.








jueves, 28 de enero de 2016

FABIAN PINO ORTIZ

Jueves de fotografía en Experimental Lunch. Hoy hemos querido dar a conocer parte del interesante trabajo de Fabian Pino Ortiz. 





























miércoles, 27 de enero de 2016

PATTI SMITH

Icono femenino del movimiento punk de los setentas, Paty Smith logró unir música y poesía, a través de un discurso valiente y transgresor. Feminista e intelectual, se convirtió en una de las figuras más influyentes de la música rock. Hoy tiene un lugar más que merecido en nuestra sección mami ¿Donde está el punk?












Patty Smith saltó a la fama durante el movimiento punk con su álbum de debut Horses (1975). Apodada "la madrina del punk", trajo un punto de vista feministaintelectual a la música punk y se convirtió en una de las artistas más influyentes de la música rock, integrándola con un estilo de poesía beat.

Sus letras introdujeron la poesía francesa del siglo XIX a la juventud norteamericana, mientras que su imagen andrógina y poco femenina desafió a la era de la música disco.







Su canción más conocida, "Because the Night", la coescribió con Bruce Springsteen; llegó al puesto número 13 de la lista Billboard de Estados Unidos en 1978, siendo posteriormente versionada por el propio Springsteen, Keel, 10,000_Maniacs, R.E.M., U2, y recientemente Garbage junto a Screaming Females.


En 2005, fue nombrada Comendadora de la Orden de las Artes y las Letras de Francia,2 y en 2007 entró en el Salón de la Fama del Rock3

En 2011 recibió el Premio de Música Polar.4

En 2014 la cantante colaboró en la banda sonora de Noé (dirigida por Darren Aronofsky) con la canción «Mercy Is» que le valió una nominación a los Globo de Orocomo Mejor canción original.


Los dejamos con Poppies, en vivo desde el ya mitico CBGB




lunes, 25 de enero de 2016

RADIO UKRANIA

Hace poco tuvieron el honor de abrir para Emociones Clandestinas en Espacio Filomena. Ellos son el trío Radio Ukrania, banda proveniente de Antofagasta actualmente radicada en Santiago, lugar donde han dado el acabado a los primeros cortes que conformaran su primera placa repleta de referencias al rock alternativo 90s, post-punk y elementos shoegazer para completar su propuesta.



Por Patricio Zenteno 





El proyecto liderado por Paulina Zuñiga aka Aparato Raro (guitarra y voz) Rodrigo Stark (bajo) y César Cancino (batería) se forma a mediados del año 2015 como una consecuencia lógica dada la historia y apetito musical de cada uno de sus miembros. Luego de probar diferentes formaciones, finalmente Rodrigo, quien inicialmente tocaba guitarra, pasó al bajo; Paulina continuó tocando guitarra; y se unió César en batería; lo que gestó la formación definitiva.






   Si bien la formación de la banda es relativamente nueva, Rodrigo y Paulina se conocieron en el colegio en Antofagasta. Paralelamente, ambos integrantes comenzaron a participar en diferentes bandas, Paulina más centrada en el postpunk, el shoegazer y el indie con un sólido desempeño en la memoria del underground Antofagastino a través de bandas como: Daphne, Neural y Clarita Monstruo; y Rodrigo en el punk y hardcore con proyectos como "Crisis" y "Tommy Calavera". Por su parte César también incursionó en agrupaciones de rock alternativo y hardcore ("Atómica" y "Extrema Truculencia"). 



Los tres músicos ya habían coincidido antes en una banda llamada "Desenfocados" (2008), pero en ese entonces optaron por proyectos personales.






   Actualmente, ya radicados en Santiago, se encuentran trabajando en lo que será su primera placa, la que inevitablemente estará basada en un interesante y sónico crossover. Además de tomar el pulso a la recepción de escenarios dentro de la capital y pronto en algunas regiones, donde ya dan vuelta los primeros cortes de la banda. 





Links para seguir y escuchar la banda:

https://www.facebook.com/radioukrania1
http://soundcloud.com/radio-ukrania


Videos: 


https://www.youtube.com/watch?v=4Cad5o4FqLA
https://www.youtube.com/watch?v=5jozl2okhrw
https://www.youtube.com/watch?v=ABJfV50ew4Q
https://www.youtube.com/watch?v=Vc1mKTlAhsA  (opcional es un ensayo) *


Los dejamos con Animal





sábado, 23 de enero de 2016

PATRIA AUTOMATICA

Álvaro Bisama (Valparaíso, 1975). Es profesor de literatura y crítico literario. Ha publicado los libros de ensayo y crónica Zona cero (Gobierno Regional de Valparaíso, 2003), Postales urbanas (Aguilar, 2006) y Cien libros chilenos (Ediciones B, 2008); el libro de relatos Death metal (Estruendo Mudo, 2010), y las novelas Caja negra (Bruguera, 2006), Música marciana (Emecé, 2008), Estrellas muertas (Alfaguara, 2010, Premio Municipal de Literatura de Santiago 2011, Premio Academia 2011 de la Academia Chilena de la Lengua), Ruido (Alfaguara, 2012).  






      Me dijo: esto no es ciencia ficción. Me dijo: esto no es nada. Me dijo: un tío de mi abuelo inventó los robots chilenos. Un hermano de su padre. En el siglo XIX. Ese pariente lejano se fue a su fundo cerca de Rancagua e inventó los robots. Me dijo: no eran robots-robots. No eran como los de las películas. No como se los ve ahora. Eran autómatas. Todo eso me lo contó en un local de completos del portal Fernández Concha, a metros de la Plaza de Armas, a metros de la catedral, a segundos del Paseo Ahumada. No sé por qué lo entrevistaba, o sí sé: en esa época estaba dispuesto a perder el tiempo, a merodear entre las ramas. Estaba hecho mierda pero vestía con cierta elegancia. No me habló de su vida. Sabía que no me importaba. Él sólo era la voz de un relato que, tiempo atrás, le había sucedido a los otros. Tenía más de setenta años. Había sido notario pero el juego lo había arruinado. Se había perdido en la noche. Tenía en la Calera un hijo que lo odiaba y una nieta que no conocía. Había escrito un par de libros de poesía que, salvo sus amigos, nadie había leído. Pero estaba el tío del abuelo, la historia del tío abuelo. Chile está lleno de gente así, gente que escapa del olvido abrazando a sus antepasados como si fueran su último aliento. Chile está lleno de gente así, que se aferra a los apellidos, que vive por las historias de otros. Él era de ésos. Un profesor de la USACH me lo había recomendado como fuente. Yo escribía algo sobre inventores nacionales para una revista. No era muy importante. Ni la revista, ni el artículo que estaba escribiendo. No incluí nada de esa conversación con él, ese relato del tío abuelo, sobre ese mito medio soterrado, medio risible. Nadie había logrado probar nada pero estaba ahí, como una sombra de una sombra: la historia del soldado que se puso a crear autómatas en el valle central en la década de 1830. Nadie había visto uno de esos autómatas. Nadie sabía de ellos más que la referencia en una tesis perdida de la Facultad de Ingeniería donde se hablaba de ese intento, donde se decía que estaba este tipo, que una especie de teniente o capitán o un capo del bando de O’Higgins se había ido al campo a crearlos. Eso era todo. Una leyenda urbana de una facultad universitaria. Lo único que quedaba era este tipo; este notario jubilado, este poeta secreto, este hombre amarrado a la historia de su apellido del mismo modo en que un cadáver que se hunde está amarrado a un escombro de fierro. El profesor me dijo que si lo llamaba y lo invitaba a algo el notario me iba a contar lo de su tío abuelo. Tenía razón. Lo hizo con elegancia y con algo de urgencia. Mal que mal, era el último descendiente de la familia: un notario arruinado que bebía cerveza y comía completos delante mío en el centro de Santiago. Eso era todo. Unos cuantos completos, un local que olía a frituras, una historia que tenía que ser falsa.
***

Yo escuché. Yo escuché al notario que dijo: no se hablaba mucho de ese tío en la familia. Se lo recordaba apenas, se lo recordaba como un energúmeno. Yo no lo conocí. Mi abuelo sí. Él me contó todo lo que le cuento. Ésta es la historia de mi abuelo también. Cuando me la contó yo era casi un niño y él estaba viejo y acabado. Como yo estoy ahora. Las fechas no me las sé todas. Sí sé que era cercano a O’Higgins, que peleó con él en varias batallas, que mató gente y que lo hirieron. Había estudiado en Europa. Lo mandaron para allá tal y como se mandaba a todos los cachorros de nuestra clase: para que se fueran de putas y fornicaran en otro idioma, asistieran a unas cuantas clases y aprendieran los rudimentos básicos de la conspiración. Con él les salió más o menos nomás. Frecuentó algunos círculos de ilustrados pero se la pasó en clases de matemáticas. Tenía talento para eso. De no ser soldado hubiera sido ingeniero. Según mi abuelo, resolvía las cosas así: como si fueran problemas mecánicos, como partes para ensamblar, como rompecabezas. Cuando volvió a Chile lo enrolaron casi sin preguntarle y como los Carrera siempre le parecieron un par de idiotas petulantes, hizo buenas migas con O’Higgins. Peleaba bien y tenía una puntería decente. Pero sobre todo era un buen táctico. Salvó a O’Higgins de un par de escaramuzas muy feas. Veía salidas posibles en medio del fuego. En medio del humo, la sangre y la pólvora, era capaz de abrirse paso y salir vivo. No sé por qué no estuvo en el gobierno, por qué no le dieron un cargo. Por qué nadie le colocó su nombre a una calle. Ahora hasta un animador de la tele tiene una calle con su nombre. Pero él era leal, se quedó cerca de O’Higgins; le hizo los recados al libertador. Posiblemente conspiró y encarceló tipos, posiblemente torturó y fusiló a algunos. No está claro eso. No hay registros de él trabajando para el gobierno, nadie se acuerda del tío de mi abuelo, del tipo que quería ser ingeniero pero que terminó soldado. Fue fiel a O’Higgins, se retiró de la política cuando lo obligaron a renunciar. Pero no se fue al exilio con él. Volvió al campo, que es otra clase de exilio, creo. Dos o tres años antes se había casado con una menor de edad y ahora era padre de dos hijos. Tenía que cuidarlos. El campo estaba bien. Uno podía desaparecer en el campo. Tener su propio país ahí, olvidarse de todo y dedicarse a cultivar la tierra que parecía rendir. Según mi abuelo, su tío quiso hacer eso. Quiso quedarse ahí, en el campo para siempre. No meterse en nada. Estuvo feliz por un rato. A veces llegaba gente a pedir trabajo y se quedaban a trabajar en el fundo. Chile estaba lleno de personas dando vueltas, a la deriva en los caminos, familias de campesinos que avanzaban de localidad en localidad intentando conseguir trabajo o comida en ese país nuevo. A veces el tío le daba trabajo a algunos, se quedaban en los graneros, participaban de las trillas, ayudaban en la vendimia. Mi abuelo me decía que no era una mala vida. Su tío no extrañaba la guerra, no extrañaba la política, no extrañaba la ciudad ni la sangre. Se carteaba con el Libertador un par de veces al año: saludos cordiales donde no había ilusión alguna, nada que no fuera la nostalgia de dos compañeros de armas fingiendo que echaban de menos la guerra. He conocido historias de gente así: que abandonan todo por una paz sencilla, por una vida sin tiempo, por unos días iguales a otros. Por supuesto, todo estuvo bien hasta que su mujer y sus hijos murieron. Fue repentino. Primero una sequía y luego una peste que se los llevó. Él los vio morir y quemó los cuerpos. Mi abuelo me contó que los incineró en una pira en el frontis de la casa patronal. Vio arder todo y no se bañó en meses y se dejó el pelo largo y se convirtió en un espectro tiznado que daba vueltas por las habitaciones. Una carta de O’Higgins, remitida desde Lima, le devolvió la cordura. Dijo el notario jubilado: mi abuelo dice que en esa carta, O’Higgins le pedía que estuviera atento, que lo iba a necesitar en su regreso a Chile. Porque el Libertador soñaba con retornar. Hacía arreglos en Perú para volverse. Nada demasiado escandaloso ni grave, pero soñaba con volver al país. No lo decía así, pero se notaba a la legua: el Libertador odiaba a Portales y a los que estaban en el gobierno; en el fondo, odiaba un país que, de modo desesperado, se había esforzado por olvidarlo. No sé si eso decía la carta, si llegó a tener esas palabras exactas, pero el tío de mi abuelo las entendió así. Se bañó y se afeitó la cabeza y se limpió los piojos. Dejó de gritar en la oscuridad. Decidió que iba a crear un ejército de autómatas para apoyar el retorno de O’Higgins.
***

Por supuesto, no sé de dónde sacó la idea. Quizás fue un sueño. Quizás fue la falta de su familia. O la soledad. O el eco de su propia voz gritando en la casa. Mi abuelo indagó con los años y tenía varias teorías y nunca supo la respuesta exacta. Nunca supo cómo llegó mi tío a pensar en los autómatas ni por qué los recordó en el campo chileno, que queda exactamente a medio camino de ninguna parte. Las únicas explicaciones eran anécdotas que, en el fondo, no explicaban nada. Ésos eran los recuerdos que tenía su tío de Europa: una vez que en un salón de criollos ilustrados alguien le habló de un pato mecánico que comía y cagaba y caminaba; otra vez que fue a un espectáculo donde un jugador de ajedrez autómata venció a varios maestros en un pequeño teatro. El jugador estaba vestido de turco y movía las piezas con la mano izquierda. Su semblante era impenetrable: era la parodia de un rostro, el remedo de una cara, el apunte borroso de algo parecido a un cuerpo. Dicen que el jugador mecánico le había ganado en Suiza una partida a Napoleón. Él vio una partida del jugador mecánico. El ajedrez le importaba un rábano pero sabía mover las piezas, podía entender. Según mi abuelo, a su tío le asombró ese rostro impenetrable y la precisión de sus movimientos. El ingeniero aún no se volvía soldado. Se concentró en esa mano de madera troquelada que movía las piezas con una elegancia triste hasta deslizar a sus oponentes a un jaque mate tan humillante como irreversible. Se concentró en la triste parsimonia del autómata, en la ausencia de sonidos y de emoción, en la claridad de la máquina a la hora de cerrar cada jugada. Nunca pensó lo que con los años se supo del jugador de ajedrez turco: que era un truco, que había un sujeto encogido dentro de la caja, que la maquinaria del autómata era sólo humo y espejos. Eso lo vio en París y luego regresó a Chile y se sumergió en la guerra y la conspiración, y luego se fue al campo, y el campo y la peste acabaron con los suyos hasta que le llegó esa carta lacrada de O’Higgins. Y ahí lo recordó todo: se acordó de los autómatas, del ajedrez, de la sombra del pato mecánico. Y fue ahí donde decidió crear un batallón, un ejército, una legión de autómatas para apoyar a O’Higgins y su retorno.
***

Lo logró: tenía talento. Volvió a estudiar mecánica, consultó libros, se puso al día con la técnica. Transformó esa casa patronal de pilares de madera y adobe en un taller, en una factoría. Se dedicó a estudiar un año completo. Se sumergió en enciclopedias, en manuales, se carteó con expertos. Aprendió de a poco. Tardó cinco años en los primeros autómatas. Primero replicó el pato, que si bien no pudo volar, podía moverse por el campo. Luego fabricó una gallina mecánica. Luego un perro. Eran simples pruebas, juguetes a cuerda a los que les faltaba un ojo o un ala. Pero la gallina sí ponía huevos. Y el perro ladraba, aunque ese ladrido fuera más bien un quejido, el suspiro asmático de los órganos de metal de la máquina cuando llegaban a algo parecido a la asfixia. Mi abuelo me dijo que si ibas a verlo al campo, estaban ahí: todos esos animales mecánicos dando vueltas por los jardines del fundo, como si fueran una fauna verdadera. Pero crear a los soldados fue un problema. Una cosa es diseñar una bestia, la otra, intentar darle vida a un soldado y luego enseñarle a matar. Lo logró. Creó varios modelos: replicó órganos, extremidades, ojos, narices, bocas. Les pintó las mejillas para dotarlos de rubor, talló las cavidades de las orejas, les colocó un corazón de lata en su sitio. Mi abuelo me dijo que nunca vio los diseños, que su tío los guardaba celosamente en una habitación cerrada. No se preocupó por el alma de sus creaciones. Esto no era un cuento infantil, no era literatura. Por lo mismo, sabía que estaba creando máquinas de matar, que aunque tuvieran algo parecido a eso, algo que pasara como un espíritu inmortal, lo iban a perder de inmediato. Que el alma era una pendejada para filósofos de folletín, para ilustrados de última hora como ese imbécil de Andrés Bello, para los pobres curas huevones preocupados de almorzar gratis en la casa de los fieles. Por lo mismo, liberado de las honduras de cualquier debate moral y pensando como hombre de ciencia, hizo modificaciones ad hoc: cuchillas que salían de los dedos de pino, pequeños explosivos que lanzaban esquirlas de latón o mangueras que vomitaban aceite caliente por la boca. Diseñó uno a uno sus soldados. Los construyó pacientemente y luego les enseñó a marchar por un pequeño campo de Marte que hizo arrancando unos sembradíos. Los soldados eran más de cien. No hablaban. Estaban pintados con los mismos colores del uniforme de los húsares de la Independencia. La energía la sacaban de un complejo motor a cuerda y las articulaciones estaban hechas de una estructura de poleas hidráulicas. No podían sonreír. La boca era un rictus congelado, el silencio su única mueca, el aire frío, la sangre que estaba entre la madera y el metal. Nunca anduvieron demasiado bien: eran lentos, se atacaban entre ellos, explotaban solos, el polvo se les metía dentro de las articulaciones, la cuerda les duraba cinco o diez minutos. Quietos, se veían preciosos y amenazantes, como la promesa de una sombra de la muerte que alguna vez sacudirá los valles. En movimiento, por el contrario, parecían un sainete cómico actuado por juguetes. Mi abuelo se dio cuenta de eso: una gallina mecánica es divertida y entrañable, un hombre de lata armado es peligroso o patético.
***

Tardó demasiado en construirlos. O’Higgins nunca volvió a Chile. Murió en el exilio. El tío de mi abuelo no se enteró. Ya había cerrado las puertas de su hacienda al mundo, donde probó una y otra vez a sus soldados hasta fallecer en el sueño en 1850, antes de que estallara en Santiago una miniatura de rebelión liberal para la que, tal vez, sus soldados quizás hubieran servido en los piquetes. Nunca supo de ese aborto de revolución. No alcanzó a ver cómo el país era capaz de inventarse sus propias tragedias sin tener que recurrir a las europeas. Lo enterraron en el cementerio familiar de la hacienda. No hubo funeral vikingo para él sino más bien una ceremonia sin sacerdotes, llantos o canciones. Salvo para la familia, las puertas del fundo permanecieron cerradas al resto del mundo. Mi abuelo y sus hermanos se encargaron de ordenarlo todo. Sus padres no querían saber del tío que era para la familia, a la vez, dos cosas vergonzantes, un traidor y un loco. Así que ellos fueron al campo y embalaron todo: los animales, los soldados, el taller. No pudieron dar con los planos. Les dijeron a los inquilinos que se llevaran lo que quisieran de la casa. Abrieron una fosa en la tierra y enterraron a los soldados envueltos en sacos de harina. Mi abuelo me contó que mientras cavaban escuchó el sonido de los ojos de porcelana de algunos soldados abriéndose y cerrándose mientras cada paletada caía sobre sus rostros tapados por los sacos blancos. Me dijo que imaginó las cuchillas saliendo de las yemas de los dedos. Me dijo que pudo ver cómo algunos movieron los brazos, agitaron las piernas. No habían peleado en ninguna guerra, nunca fueron otra cosa que cadáveres de pino y latón. Me dijo que el sonido de esos cuerpos de metal agitándose en la fosa y chirriando lo acompañó por años como pesadillas. Me dijo que luego él y sus hermanos quemaron la casa hasta sus cimientos, esperaron que el incendio se apagara y luego se fueron. Vendieron el fundo. Olvidaron dónde quedaba. Chile se llenó de nuevos caminos y nuevas guerras y el regreso del Libertador pasó a ser una postal, una pintura, una especie de sombra pelirroja que presidía los discursos oficiales; a lo más, un recuerdo sin sangre. Mi abuelo me dijo que nadie se acordó de mi tío y que por eso me contó esa historia, dijo el notario jubilado. Que yo lo creyera o no, era irrelevante. Ahora yo se la narro a usted, dijo, le relato la vergüenza y el mito de mi familia. Ahora no es más que un cuento, dijo. No es algo que tenga más espesor que esos poemas míos de los que tampoco nadie se acuerda porque nadie los leyó, dijo. En alguna parte están esos soldados durmiendo bajo la tierra, soñando con quizás qué cosas, con una guerra que nunca nadie alcanzó a librar.
***

Me dijo el notario jubilado antes de irse, antes de desaparecer entre el olor a comida y la multitud y el ruido: subido arriba del caballo, lo último que vio mi abuelo del fundo de su tío fue una gallina mecánica caminando por el jardín. No se lo contó a sus hermanos. Se quedó con esa imagen antes de empezar a olvidar. Una gallina mecánica moviéndose en medio de la maleza, una gallina mecánica en medio del pasto seco, de las cenizas, avanzando hacia el valle.




jueves, 21 de enero de 2016

VANELLOPE VON SCHWEETZ

Vanellope Von Schweetz Es una artista chilena radicada en Santiago. Hoy nos muestra parte de su trabajo fotográfico en donde resalta el juego y la mixtura de colores y efectos que caracterizan su estilo 



















                                                      Luz Purpura








                                     Cebra



a


                                  Acuarela





                          Goutes Perle Lumiere





                                  Arte Exp 0






                                     Diapo





                                    Arte Exp 15





                               Arte Exp L 13






                                  Hibiscus










miércoles, 20 de enero de 2016

MAMI ¿DONDE ESTA EL PUNK? HOY, P.J. HARVEY


Polly Jean Harvey, MBE es una cantautora inglesa famosa por álbumes como Let England Shake o Rid of Meou tambien por su tema Down by the Water. Hoy la destacamos en nuestra seccion Mami ¿Donde esta el punk?








    Casi todas las cantautoras femeninas, y ahora hay tropecientas mil, le deben mucho, sea consciente o insconscientemente a la maestra Joni Mitchell. La británica PJ Harvey, uno de los principales nombres de la escena alternativa, no es una excepción, ofreciendo también en su escritura personal, confesional, intensa, emocional, de expresión metafórica sobre asuntos universales como el sexo, la religión, el deseo o el amor, rica imaginería, lírica visceral y teatralidad, huellas de Patti Smith, de Chrissie Hynde, del noise-pop de los Pixies, del post-punk, del garage, del folk, del blues y, por supuesto, de Neil Young y Bob Dylan, dos figuras esenciales de la historia del rock.





El proyecto inicial de PJ (Polly Jean) Harvey fue un trío en el que la cantante, multiinstrumentista y compositora británica, nacida el 9 de octubre de 1969 en la localidad inglesa de Yeovil, Somerset, estaba acompañada por el batería Robert Ellis y el bajista Ian Olliver, sustituido tras un corto período de tiempo por Steve Vaughn.

Harvey crecio en una granja junto a sus padres, hippies que se dedicaban a la escultura, su madre, y a trabajar en una cantera, su padre. Ambos eran muy aficionados a la música, en especial a Bob Dylan y aCaptain Beefheart, a los que pinchaban con asiduidad en su hogar. Así que desde su niñez Polly Jean estuvo bastante habituada a sonidos de primer nivel, como son los elaborados por el genial Zimmerman o el experimental Don Vliet.

En su adolescencia ya sabía tocar con bastante tino la guitarra y el saxofón. Esto le llevó a colaborar en actuaciones de grupos locales como los Polekats, Boulogne, Automatic Dlamini, Grape o Family Cat.






Con la esperanza de poder desarrollar su valía como cantautora y seguir los pasos de su progenitora en la escultura, PJ Harvey se fue a vivir a Londres.

En la gran capital británica y en 1991 Harvey se acompañó en sus ansias musicales por dos ex componentes de los Automatic Dlamini, el bajista Ian Olliver y el batería Robert Ellis.

Después de tocar en directo por diversos locales como PJ Harvey, el trío sufrió su primer cambio de formación. Ian dejó el terceto, siendo reemplazado por Steve Vaughn.

Consiguieron firmar por el sello independiente Too Pure y en 1992 apareció su primer single, “Dress”, que también incluía demos de “Water” y “Dry”.


Estos temas fueron el anticipo de su LP debut, “Dry” (1992), aparecido en Indigo Records en junio de 1992.

El disco, crudo indie rock confesional y catártico co-producido por Vernon e influenciado tanto por los Pixies como por Dylan, Patti Smith, el blues o el garage-punk, también contenía su segundo single, “Sheela-Na-Gig”, tema con un sonido muy deudor del noise de los Pixies y muy similar a Nirvana, quien, de manera confesa, también tomaban a la banda de Frank Black como una de sus máximas referencias.

“Oh my lover”, “Plants and rags”, “Hair” o “Oh Stella” son otros de sus cortes más destacados.

El disco y sus interpretaciones en vivo, como en el Festival de Reading, confirmaron a la banda como un nombre a seguir dentro de los sonidos independientes.

Para la producción de su segundo álbum, “Rid of me” (1993) el trío confió en Steve Albini, conocido por formar parte de Big Black y de producir algunos trabajos de los Pixies, como “Surfer Rosa” o “Come on Pilgrim”.

Albini concedió a las composiciones de PJ una mayor aspereza en una exposición sónica más agresiva y teatral que avivaba el tono intenso, dramático y visceral de la autora inglesa en temas como “Rid of me”, la vibrante “50ft Queenie”, “Dry”, “Hook” o el single “Man-Size”, que incluía una versión del gran Willie Dixon, “Wang Dang Doodle”, tema que popularizó en los 60 el bluesman Howlin’ Wolf.

También incluyeron en el álbum una versión del clásico de Dylan “Highway 61 Revisited”.

Quizá este tratamiento más abrasivo pudo, en un disco realmente magnífico, ensombrecer la desnudez emocional, principalmente el trato a la voz, y melódica de las piezas.

Para solventar esto y ya como solista tras la separación del trío, PJ Harvey decidió sacar al mercado en el mes de octubre (el otro había aparecido en mayo) y con algunas variaciones, el disco “4-Track Demos” 

Después de actuar en escena junto a Bjork cantando el “Satisfaction” de los Rolling Stones durante los premios británicos de la música, PJ se puso manos a la obra para grabar su nuevo disco, el tercero si no se tiene en cuenta como tal el “4-Track Demos”.

Ayudada en la producción por Flood (U2, Depeche Mode…) y John Parish, Harvey editó “To bring you my love” (1995). Álbum más límpido que el previo, con la lírica en su básica esencia sexual y con sus ascendencias más garage-blues sonando (no hay más que escuchar el título homónimo), incluía la acústica “C’mon Billy” o “Down by the water”.

Este disco sonó ya en bastantes radios y televisiones comerciales, hecho que le granjeó a PJ Harvey una exposición mayor a la gran masa y, en consecuencia, mayores ventas.

Un año después Polly Jean colaboró con Nick Caveen el disco de éste “Murder Ballads” y grabó una versión del tema de Peggy Lee “Is that all there is” para la película “Basquiat”. Con Cave mantuvo durante un tiempo una relación sentimental.

En 1997 publicó varios temas junto a John Parish, como “That was my veil” y “Heela”.

Después de un largo período sin grabar en solitario PJ Harvey regresó a las tiendas de discos con “Is This Desire?” (1998).

De nuevo producido entre PJ y Flood, el disco, con temas como los singles “A perfect day Elise” y “The Win”, “Angelene” o “My beautiful Leah”, muestra un desapego de las primeras pautas más abrasivas mostrando mayor experimentación, querencia por la electrónica y énfasis en la producción, reteniendo la oscuridad y el interés en parte de sus textos.

El animado y estupendo sencillo “Good fortune”, brillante en su repique guitarrero y con la cara b de “Memphis”, tema de Jeff Buckley, fue la presentación de su siguiente LP, “Stories from the city, stories from the sea” (2000), disco que retomaba, de manera más aseada y para bien, los sonidos de su primera etapa.

Otras piezas destacadas son “Beautiful feeling”, “This is love”, “Big Exit” o “This mess we’re in”, en donde Polly Jean hace un magnífico dueto con Thom Yorke, el líder de Radiohead.

En el año 2004 PJ colaboraró con la diva de los 60 Marianne Faithfull escribiendo, tocando la guitarra y produciendo un buen número de temas para el excelente álbum de la ex novia de Mick Jagger, “Before the poison” (2004).

El mismo año aparecería su disco “Uh Huh Her” (2004).

Sus últimos álbums son “White Chalk” (2007), disco presentado con el single “When Under Ether”, y “Let England Shake” (2011).



Los dejamos con Rid of Me


lunes, 18 de enero de 2016

MONOTRON

Con influencias de las mejoras bandas alternativas de los noventas, Monotron hizo vibrar al publico que asistió el pasado sábado a la primera Expo Tatto, hoy los destacamos como la banda de esta semana en Experimental Lunch






Pocas veces uno se encuentra frente a propuestas musicales tan convincentes y bien trabajadas como
es el caso de Monotron, la banda elegida para esta semana en Experimental Lunch. 










Durante la primera expo tatto realizada el pasado sábado 16 de enero en el galpón del circo cuarta estación, nos encontramos con algunas bandas de gran trayectoria y prestigio, como es el caso de Undergarden, y otras mas emergentes pero cuyo proyecto musical se ve bastante promisorio, como fue el caso de los muchachos de Semicracia. Sin embargo, ese día, hubo una banda que destaco con luces propias y sorprendió a varios de los asistentes que aun no los conocíamos. Y esta banda no era otra que Monotron.








Formados en serena, la banda desarrolla un sonido versátil, en donde existe una mixtura entre una vertiente alternativa y noise experimental, acompañada con bases de rock mas tradicional. En esta mezcla surgen elementos melódicos y el uso de distorsiones expresivas en sus guitarras y bajos, lo cual le da, como dijimos a un comienzo, un estilo mas original y fresco a sus melodías. También al poder apreciar su sonido en vivo, nos dimos cuenta del fiato que existe entre los tres integrantes de la banda, en donde la potencia de la batería y el sonido delirante de sus guitarras, alcanzaron un nivel sonico increíble  y que contagio al publico con facilidad.



Los dejamos con su presentación en la primera Expo Tatto realizada en el galpon del circo Cuarta Estación









domingo, 17 de enero de 2016

CRISTIAN VALENZUELA

Cristian Valenzuela, joven pintor chileno residente en Santiago. Hoy compartimos parte de su excelente trabajo artístico 

































viernes, 15 de enero de 2016

EL ITINERANTE

Hernan Contreras es un poeta chileno radicado en Santiago. Hace poco ha publicado su primer libro llamado Nostalgias Carcelarias, a través de la editorial Ediciones La Polla Literaria, el cual es una recopilación de poemas que tratan con especial cuidado temas como la memoria, el amor y la reinvindicación, pilares de una sociedad libre. Hoy lo presentamos por primera vez en Experimental Lunch con su poema El Itinerante que también aparece en su libro Nostalgias Carcelarias, a leerlo.







No es el camino fácil 
hay mucho que dejar atrás
 aunque puede estar presente 
en cada paso
 en cada lucha 
Son calles y caminos 
un cielo manchado
una sombra cálida
 lejos de lo gris 
lejos de esa pálida
 en motocicleta 
o en simples zapatos
 navegante o caminante 
y escapando a la nada 
una nueva vida
 lejos de la que se extrañará
 queriendo desearla 
abrazarla y besarla
 horas de silencios
 arrepentimientos y un regreso 
el regreso esperado
 los ojos mojados
 y un tiempo sin haber amado 
será sólo un momento 
lo gris siempre envuelve
 se da vuelta el vaso
 se rompe tu casa
 y de vuelta a los zapatos








jueves, 14 de enero de 2016

CAMILO TOWERS

El simétrico y preciso trabajo fotográfico de Camilo Towers es el destacado para hoy jueves en Experimental Lunch. Esperemos sea de su agrado





















miércoles, 13 de enero de 2016

MAMI DONDE ESTA EL PUNK, HOY CUERPOS DE PAPEL DE LINA MERUANE

Nacida en Santiago de Chile, descendiente de palestinos e italianos, Lina Meruane se inició en las letras como cuentista y periodista cultural. En 1997 recibe una beca de escritura del Fondo Nacional de Desarrollo Cultural y de las Artes de Chile (FONDART) para terminar su primer libro de cuentos. Al año siguiente publicó Las infantas, libro que recibe una critica muy positiva de los reseñistas chilenos así como del escritor Roberto Bolaño. Hoy la destacamos en Mami ¿Donde esta el punk? con su cuento Cuerpos de Papel







Sólo he leído
el obituario de mi muerte.
RITA COSTAGLIOLA


.....



        Lo escucho caer pesadamente sobre la escalinata que da a la puerta; resbala desmembrándose sobre el cemento. Cada madrugada me despierta, y tras ese violento sonido que anuncia la llegada de las noticias no puedo volver a dormirme. Me atormenta pensar que algún intruso abrirá la reja silenciosamente y hurtará el periódico matinal; que algún vendedor de la feria podría interesarse en llevar los cuerpos de papel para envolver pescado, mariscos, para secar la sangre derramada de la carnicería ocasional de los jueves. Para envolver perfumadas manzanas amarillas, y puerros, cebollas, papas. Y huevos. Pienso en todo eso, pero pronto dejo escurrir toda inquietud. Estiro mis piernas bajo la sábana; las puntas de mis pies están frías. Mis manos se han combado en la temperatura de estas madrugadas, en las que peino mi negra cabellera. Algunas canas se enredan en la trama de la peineta, pelos gruesos, ásperos, que crecen esquivando mis meticulosos dedos de pinza. Pero atrapo una, desteñida, y la arranco desde la raíz. La anudo junto a otras canas y extiendo el mechón sobre mi catre esperando la claridad de la mañana.



Hace horas que el sol ilumina la persiana cerrada de mi cuarto. La peineta se desliza ahora sin dificultad y mis dedos no hallan hebras indeseables; terminada la labor me precipito escaleras abajo. Abro la puerta, mi vista recorre el suelo. El periódico está ahí, con sus nefastos titulares, con sus obituarios de tinta impresos dentro de las sábanas de papel. Lo levanto, aliviada; lo enrollo bajo el brazo y siento el aire apenas tibio entre mis piernas; me lo llevo a la cocina, lo desdoblo y apilo sobre los demás. Hoy es jueves. Dentro del canasto hay exactamente siete ediciones amarillentas con sus suplementos ocasionales. Doy cuerda al reloj de mi abuelo, es temprano; faltan tantas horas para la medianoche, pienso, y me meto en la cama a esperar. Y mientras espero, busco canas entre mi cabello; y mientras tiro de ellas, el tiempo se entorpece en los dientes de la peineta.



Ahora, en silencio, puedo escuchar las ruedas del viejo carretón arrastrándose por encima del pavimento. Detienen el avance y mi pulso se acelera. Bajo la escala, de dos en dos. Me quedo tras la puerta, anticipándome al sonido de la reja que se abre. Antes de que él se empine a tocar el timbre y pueda despertar a mis vecinos de sueño ligero, descorro el picaporte.
..... -Buenas noches.
..... Mi trato es formal. El suyo también lo es: no contesta. Repite la venia de cada jueves, con su sombrero raído entre las manos, a la altura del ombligo. Y espera a que le indique el camino que conoce.
..... -Después de usted -le digo, solemne otra vez.
..... Sube hasta la cocina, espera que entre yo y cierra la puerta. Como de costumbre, alcanzo el interruptor con la mano, enciendo la ampolleta y veo cómo se le iluminan sus pequeños ojos turbios de ratón. Se agacha a contar los diarios. Me arrimo a su lado y siento su olor agrio, a vino y a sudor. Agacha la cabeza, apoya su nariz de delgadas venas rojas sobre la pila de papeles. Respira hondo, intentando retener su aroma. Yo acaricio el borde de su cuello transpirado; me río, tontamente, y retiro mis dedos. Él no parece darle importancia, su nariz permanece inmutable sobre el cúmulo de papel. Le tomo la mano Es áspera y pequeña. Acerco su palma a mi mejilla, pero él tiene la vista fija en un título, en alguna foto. Fuerzo sus dedos en el escote de mi camisón y su caricia me raspa. Me raspa y yo me muerdo la lengua y cierro los ojos, y los abro para verlo inclinar la cabeza sin dejar de mirarme con su pupila desviada; se tuerce entero y sonríe tímidamente. Su boca tiene varios dientes de menos, sus labios son delgados y secos como pellejo de animal muerto. Comienza a reír estrepitosamente cuando sirvo dos vasos plásticos de tinto. Me sigue hasta mi pieza.



Renato tiene las mejillas estragadas y ligeramente violeta en el borde de las patillas. Lo miro en el espejo, su frente está cruzada de arrugas profundas. Renato está de pie detrás de mí. Sus manos, engrifadas por los años al mando del carretón, son torpes con la peineta. Toca mi pelo, luego toca el suyo -cano, grueso, raleando sobre su cráneo- y vuelve al mío. Al concluir, veo que se inclina a recoger las hebras que se han desprendido de mi maciza cabellera. Quita las que han quedado adheridas entre los dientes del peine. Entonces me levanto, abro las sábanas y busco, como una ciega, el mechón de canas que le he guardado. Él suma todas las hebras y las mete en el bolsillo de su chaquetón. Toma el nudo de la pita con la que ha amarrado los diarios y los levanta. Lo escucho bajar las escaleras, cerrar la puerta de golpe.



Despierto. La orquesta invernal toca sobre el techo. Me levanto, me enredo en las sábanas y tropiezo. Las rodillas se me enfrían sobre el suelo, las palmas me duelen. Me arrastro como una borracha hasta la cama. Me cubro. Tiemblo. Tomo la peineta y mientras desenredo mi pelo, escucho el diario caer sobre el cemento, envuelto en plástico. Imagino cómo salpica agua en el impacto, cómo resbala suavemente en la lluvia hasta golpear la puerta. No espero el amanecer para ir a buscarlo, si se empapa tardaría demasiado en secarse. Cuido de no resbalar en el piso húmedo. La tranca, el pisaporte. El aguacero por todas artes. La bolsa con el papel dentro ha caído en un charco y escurre cuando la levanto. Abro el nudo para sacar los cuerpos, todavía tibios, oliendo a tinta. Pienso en la boca abierta, desdentada de Renato. Es lunes, la fecha exacta se lee encima del titular, centrada sobre la foto con una pareja de siameses recién separados. Es lunes hoy; ésa es toda la información que me interesa.



Días, noches largas en que nada parece suceder hasta la madrugada. A veces despierto horas antes del golpe periódico y al encender la lámpara de la mesa de noche encuentro las sábanas cubiertas de pelo sedoso y negro. La claridad del día demora en llegar, y a tientas voy buscando el extremo de cada hebra que anudo junto a las demás y que guardo entre mi ropa interior. Me perfumo con agua de colonia. Es medianoche ya. Los minutos se pisan los talones, me tiendo sobre la cama con la mano entre las piernas e imagino qué puede haberle sucedido. Cierro los ojos y lo veo en la barra con una caña. Lo veo tendido en la esquina, sobre uno de los fardos de apio de la feria. Lo veo resbalándose en cajas de huevos. Lo veo tapado con cartones y hojas sueltas de tabloide, dormido dentro del carretón, a pocos metros de esta casa. Me asomo por la ventana y la brisa ya no levanta mis pesados, mis oscuros pezones. La noche no tiene luna, no brillan las estrellas. No hay siluetas dibujadas sobre el pavimento. Irrumpo en la cocina: entre el refrigerador y el cajón de la basura reposan los periódicos que Renato debe venir a buscar. Doy cuerda a la hora y aprovecho de mirar las siniestras manecillas detenidas en mi muñeca. Tomo el diario para cerciorarme de la fecha. Tomo un cabello, lo tiro y me pregunto si faltará Renato precisamente hoy, que es jueves.



Una hora transcurre. He enrollado varias canas en la punta de mis dedos, ahorcándolos, pero él no ha aparecido. Entonces aguzo mi oído y escucho las ruedas avanzando sobre la calle. Descorcho la botella, tomo un sorbo que calienta mi estómago, apuro el trago y me levanto. Abro la puerta, una sonrisa se tambalea en mi rostro. Le muestro el vaso pero Renato no alza su cabeza. Se va acercando, lentamente. Se detiene, suspira como burro carguero. Me parece aún más pequeño que de costumbre esta noche, aplastado por las sombras de los árboles. Me siento en el escalón frío, muerdo entre los labios un mechón de pelo. Cuando Renato al fin se acerca y cruza la reja, separo mis piernas dobladas, cubiertas de vello, y me levanto el camisón. No me mira. La mano le tiembla. No decimos nada, no nos tocamos siquiera. Sube, deteniéndose a cada paso. Yo le ofrezco uno de tinto. Me muestra la oquedad de su boca pestilente, cierra los ojos y comienza a amarrar los papeles con una cuerda. Tomo la botella del gollete y entro a mi cuarto. Renato me sigue. Esta vez no me siento en la silla ni espero que me escobille el pelo, que huela el perfume de mi escote. Tomo los mechones que he ido recolectando, los enrollo y los pongo delicadamente en ese único bolsillo cosido de su chaquetón. Suavemente deslizo mis manos por las solapas, le voy quitando el abrigo y siento su cuerpo escuálido debajo de la camisa. Renato mira el suelo, y la botella que he dejado sobre la alfombra. Cierro los ojos y abro los botones de mi blusa mientras su dedo tembloroso persigue el comienzo de una cana perdida en las sábanas revueltas.



Después de recoger el diario, esta madrugada, vuelvo a la cama con un vaso de vino. Es la última botella. Renato se ha llevado las demás junto con los diarios, los cartones y mi camisa de dormir; también un par de aretes plásticos. Y macizos mechones de mi cabello encanecido. Sigo escobillándome durante horas, interrumpiendo esta delicada labor sólo para tomar otro sorbo, o para untar en el vino un trozo de pan viejo. Hace tanto que no entra aire de la calle por la ventana. Los días pasan imperceptiblemente, marcados por el diario que el repartidor arroja, por inexplicables motivos, en mi patio delantero. ¿Lunes? ¿Domingo? ¿Sábado? La cama aún huele a él, a su vómito. ¿Martes, miercoles? Han llegado algunas cartas, cuentas que no pagaré. El agua apenas escurre por la boca abierta del grifo. Me he acostumbrado a la luz que se cuela entre los listones de las persianas bajas.



Renato tarda, hace semanas que se atrasa. Imagino que hoy llegará de mañana, cuando mi reloj se haya detenido. Tembloroso, pálido. Hediondo a alcohol. Lo acostaré en mi cama y le serviré algo para tomar. Amarraré los diarios para él y, antes de que balbucee sobre la imperiosa necesidad de llevárselos en su viejo carretón para cambiarlos por dinero, desnudaré su cuerpo enjuto, bordado de costillas y de pelos, e insistiré con mis labios alrededor de su pene blando mientras me masturbo. Cierro los ojos y escucho el timbre antes que las ruedas del carretón. Me sorprende, es exactamente medianoche. Renato vuelve a a ser puntual. Tomo la peineta y veo que mis manos tienen una suave tonalidad amarillenta. Odeno las escasas hebras de cabello negro sobre mi cráneo. El resto son canas. Me raspo el cuero cabelludo en el apuro; sangra la piel. Bajo lentamente, descalza, con el vaso ya vacío en la mano. Retiro la lengua del picaporte. Tiemblo. Sólo veo su cuerpo en el contraluz de la luna. Esta vez no lleva sombrero, no trae encima su chaquetón.
..... -Renato -le digo-, lo esperaba. Pase.
..... Abrazo su cuerpo, pero algo en él ha cambiado. Su altura, lo robusto que está, su postura vigorosa. A su lado me siento repentinamente, demasiado frágil, pronta a desmoronarme como una estatua de arena humedecida, alcoholizada. Acaricio su cabeza y mi palma resbala sobre su pelo, sobre su curiosamente larga pelambrera.
.....-¿Renato, es...? -susurro emborrachada de extrañeza. Intento reconocer sus labios en la romántica oscuridad. Su boca se resiste, como siempre, hasta que cede-. Renato...
..... Y contesta, algo dice. Hace tanto que no lo escuchaba hablar, me digo sin emitir una palabra. No recuerdo la última vez, si acaso la hubo. ¿Hubo acaso alguna conversación?, me pregunto súbitamente exhausta. Pero no lo sé, no lo recuerdo. Y me peino con los dedos, y me mojo los labios mientras veo su boca gesticulando, y veo dientes, y su cabeza subre y baja agitando una frondosa cabellera entrecana, arrojándome el mensaje, que hace siete días, que lo encontraron muerto, que ella es, que ella... La voz de la mujer irrumpe hecha pánico en la torpeza de mis oídos.
... ..- He venido por los diarios de la semana -me parece que dice-, por los cuerpos de papel. ¿Los tiene, se los guardó para mí? -Sus palabras se astillan contra el pavimento. Alza entonces la mano hacia mi cabellera, escoge una de mis canas y la tira suavemente, como Renato.
..... -Y tendrá un vaso también -dice, dejándose llevar por mi mano-, un tintito que me convide.