sábado, 9 de enero de 2016

SIN VOZ

Alejandra Costamagna es una destacada escritora chilena. Ella publica su primera novela, En voz baja, en 1996 y dos años después la sigue Ciudadano en retiro. Ambas obras reciben una crítica muy positiva de parte del escritor Roberto Bolaño: En 2000 aparece su primer libro de cuentos, Malas noches. Aunque ha continuado escribiendo novelas, Costamagna ha desarrollado especialmente el relato, tanto que incluso reconvirtió su primera novela en un cuento, Había una vez un pájaro, que apareció en 2013 en un libro del mismo título acompañado de otros dos textos. Hoy la destacamos con su cuento Sin Voz, que aparece en su libro Malas Noches.







        He llegado a pensar que estoy muerta. Mis pasos van dejando huellas de barro en estas calles desoladas. No comprendo a qué obedece este fastidioso desamparo. Miro muros de pinturas desdibujada, veo raíces de árboles sin hojas ni ramas, veo troncos, veo naranjas repartidas por el suelo, veo gatos y luego ya no los veo.

Abrocho mis zapatos, toco mi panza para comprobar su estado y me pierdo en los innumerables callejones de este pueblo, en sus laberintos de cemento. Hace horas camino hacia la casa de mis padres y siempre retorno hacia la misma esquina. Entonces vuelvo a partir y doy con la esquina y parto y la esquina y así: me cansa esta circularidad.

La noche cae de golpe, aplasta mi sombra en una ronda oscura. Enciendo un fósforo, pero su luz dura un segundo antes de que la brisa la apague. Enciendo todos los fósforos de la caja y uno a uno se van consumiendo en su calor. En penumbras debo hacer un esfuerzo por regresar a la esquina sin tropezarme. A estas calles les han hecho algo, no sé, las han disfrazado ante mi visita. Qué maldad. Yo no hago más que caminar. Golpeo todas las puertas de este pueblo huidizo, me asomo por los patios y los jardines. No hay señales de nada. Con suavidad tiro piedras a las ventanas. Luego lo hago bruscamente. Quiebro un vidrio, incluso. Pero a nadie le afectan acá los cristales rotos. Todos se han ido ¿dónde? No sé. Siento que mi panza se abulta cada vez más y de a poco me invade la intuición de que es una lombriz lo que llevo a dentro. ¿Por qué cargo con este parásito? Se lo traigo a mi madre para que lo acune cuando salga de mí. Respondo a su vieja petición. Pero ella me sorprende con su ausencia. ¿Por qué todos se han ido?

Cuando los encuentre los golpearé. Partiré por mi madre y seguiré por los demás. Serán azotes de protesta los míos. Es muy miserable su abandono. ¿Qué significa esto de desaparecer sin aviso? ¿Acaso creen que tengo toda la vida para encontrarlos? Juegan a las escondidas los malditos y me obligan a levantar las tapas de los basureros, a remover los escombros, a patear las piedras, a gritarles desde la copa de un árbol. ¿Dónde están? Mi madre decía que iba a ser yo quien la perseguiría alguna vez. Hablaba con rabia desde la cama y se tapaba con las sábanas y cerraba los ojos y no me permitía ver su cuerpo desfigurado. Yo entonces me iba, desaparecía un par de semanas, unos meses, muchos años. Pero aquí estoy, mamá: es de noche, volví. ¿Es que el rencor te ha desterrado? Está bien, tenías razón. No debí haberte abandonado en la agonía. Pero no veo por qué el resto, un pueblo entero, me rehuye. Es una gente muy descortés ésta. Yo también nací acá, sacudí los naranjos para que botaran las frutas, coleccioné piedras en la plaza, caminé por los andenes despoblados en las tardes de invierno. Yo me levanté en las mañanas y me acosté en las noches. Y sí, olvidé sus caras también. ¿Cómo eran? Pálidos como yo, seguro. No, qué digo: mi madre era morena. Lo recuerdo porque a veces comparábamos el color de nuestra piel y nos reíamos. Estoy segura de que nos reíamos. ¿Con quién? ¿Qué decía? Las caras, eso, las imágenes. Mueren como gotas mis visiones.

En cada lugar emergen fracciones de recuerdos. Son diminutos, casi podrían no ser. La estación de trenes evoca a mi padre, por ejemplo. ¿Quién era mi padre? Me detengo a mirar los rieles oxidados y hago esfuerzos por traerlos a mi memoria. Algo me bloquea su contorno. Estoy obligada a adivinar sus facciones, su mueca de fatiga. Incluso llego a inventarle un olor. ¿Esto es un engaño, es mi mente escarbadora? Mi padre a veces se iba lejos y no volvía en muchos meses, me engaño o escarbo. Pero tal vez nunca estuvo, nunca se fue, nunca volvió. Apoyo mi oído en el suelo del andén. Hay rumores, voces perdidas. Una de ésas debe ser la suya. Papá ¿me escuchas, papá? Tomo aire, intento retenerlo al respirar, pero entonces su olor se confunde con una pestilencia que invade toda la estación. Hay ratas, hay peste. Me alejo de este lugar sosteniendo mi panza cada vez más pesada. Juro que nunca los dejaré acariciar mi bulto. Corro hacia la esquina fija. Muy pronto advierto que debo disminuir la marcha: si no cuido mis pasos, podría caer dentro de una alcantarilla.

Ahora los caminos se superponen con desorden. No sé dónde está mi esquina. Ésa es la escuela, sí, creo. Me veo, veo a mis hermanos, a mi compañera de banco. Pero está todo en penumbras. A tientas abro la reja y camino por los patios. Me detengo en el quiosco de golosinas. Hay un silencio sepulcral. Intento llegar hasta las salas. No puedo: hay candados en todas las puertas. Me parece ver barreras en los pasillos. ¿Es que también los niños y los maestros y la inspectora de falda ajustada y el vendedor de maní han desaparecido? Tanta soledad no me cabe. De nuevo quiero correr, pero mi panza no me lo permite. Vuelvo a la calle y camino aceleradamente, como si mis piernas fueran algo independiente de mi cuerpo. Llego a la plaza. La compostura de ese farol me abruma. ¿Qué es todo esto? Hay un vendedor ambulante sentado en un banco de madera.

Por fin alguien me dará una explicación. El viejo tiene una lámpara a parafina y se dispone a apagarla. La sopla: desaparece con su aliento. Ya no hay nada. No hay viejo ni farol ni plaza. Intento gritar, pero mi lengua se ha vuelto torpe. Solo enredo y desenredo palabras, letras sueltas. Soy un cuerpo de sonidos difusos, nada más, y me consumo en la mudez.

Una bruma pesada lo confunde todo. No veo. Es como si me hubieran cerrado los ojos con una venda. Y yo sigo rastreando la esquina entre las calles desoladas. Mis pasos son intuiciones. El cemento de las avenidas se mezcla con el aire y muy pronto el pavimento desaparece y es un camino pedregoso el que me toca aplastar. Voy a gritar y confirmo que no tengo voz. Tampoco escucho con claridad. Me parece oír murmullos lejanos, palabras apretadas. ¿Qué son esos ruidos? Tapo mis oídos para no seguir confundiéndome. Huele a humedad en este laberinto. Tal vez llueve y no tengo paraguas. Estiro la palma de mi mano hacia arriba esperando recibir gotas del cielo. Nada. No hay agua, no hay truenos, no hay nada. Por momentos me parece estar debajo de la tierra. Quizás lo que llueve son terrones de barro. ¿Dónde están, por favor? Cada vez es más oscuro y brumoso el aire. Me cuesta caminar. ¿No estaré yendo hacia atrás? La panza me cuelga, tengo la sensación de que se va a desprender de mí. Debería cosérmela al cuerpo. Es imposible; no veo hospitales. Ni siquiera veo una puerta que permita abrir la noche. Qué descuidada, debí haberme cosido antes de partir. Pero no recuerdo el minuto de mi partida. ¿De dónde partí?

Las piernas ya no me sostienen, que peso tan intolerable. Si encontrara una tijera podría acabar con esta gordura inútil. Crece a cada minuto y de a poco se apropia de mis sentidos. Ahora me tiene sin respiración. Es una brutalidad seguir guardando esta carne. Me duele. Debo agacharme y gatear para continuar la búsqueda. No doy un paso sin que la panza me estorbe. El viejo de la lámpara vuelve a aparecer detrás de un farol. Juega conmigo el viejo de mierda: aparece y desaparece riéndose. Deme una tijera, le pido. Me parece distinguir un metal brillando entre sus manos, pero es solo una ilusión. Sáqueme este bulto, por favor. Entrégueselo a ella, le ruego. ¿A quién?, pregunta antes de soplar nuevamente su lámpara. A ella, insistió. A mi madre, señor. La oscuridad se lo lleva definitivamente y vuelvo a estar sola, sola con mi cuerpo deforme.

Creo que de nuevo están cayendo gotas. No, soy yo la que se humedece. Estoy salpicándome. Mi vestido se cubre de rojo. Le arranco una manga para detener el avance de la cañería que se me ha abierto. Maldita la sangre con que me hicieron. Amarro mi cintura con el trapo y vuelvo a la normalidad. Qué alivio. Pero ahí está fluyendo de nuevo, maldita sea. Ahora sale del ombligo, de la garganta, de mi cuerpo completo. Maldito el fruto de mi panza. Me amarro entera, hago un nudo de mi misma. Me sostengo en ese trípode que es mi cuerpo, me desprendo de la curiosidad que me trajo a este lugar y comienzo a olvidar a mis seres perdidos. Soy un ovillo de la roja. Redonda como me he vuelto, ruedo por la noche vacía. Ruedo, ruedo, ruedo sin perder mi circularidad apañada. Puedo ver mi deslizamiento por las rutas disparejas de este pueblo, por la esquina fija. Me invade el vértigo, ay. Estoy superando la velocidad del sol; me pierdo. Pero sé que voy a traer el amanecer por el norte cuando logre traspasar las arterias y este cielo opaco. Malditos ellos que se fueron, ¿quiénes? Maldita yo que los olvidé.





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