sábado, 27 de febrero de 2016

LA CITA

Roberto Araque es un joven escritor venezolano cuya obra esta empezando a despertar interés entre los lectores latinoamericanos. Desde hace un tiempo ha colaborado con varias paginas y revistas literarias en México, Colombia, Chile entre otros países. Hoy los invitamos a leer otro de sus cuentos llamado La Cita







           Soy una persona responsable; puntual en todo sentido. No acudo a un evento sin haber sido invitado así vaya con alguien que sí lo fue. Esto no es usual en mi país, al venezolano le encanta aparecerse cuando le da la gana y es motivo de orgullo asistir a una reunión sin ser convidado o llegar tarde a donde sea. Es común llegar media hora después del tiempo acordado. Ese fenómeno se da en todos los niveles; cuando se va a una sala de cine, la función comienza quince minutos después de lo estipulado y a nadie parece incomodar ese detalle; los vuelos nunca salen a la hora planificada ni los buses ni los buques ni nada. En conclusión, el venezolano siempre llega puntualmente tarde a lo que sea y eso ya forma parte de su personalidad.




La impuntualidad forma parte de una institución, es tanto así que asistir 15 minutos antes de la hora acordada es considerado un síntoma de desespero, si alguien llega tarde a una reunión no es algo que se suponga indicio de una mala educación ni es causa de reproches, pero si llega muy temprano le llaman madrugador, acelerado o lo que sea pero con un tono jocoso que suaviza el comentario. Eso es otra cosa, todas las impresiones se hacen en tono de broma y no por eso dejan de ser ciertas ni quejumbrosas, de hecho hay cierto refrán: “jugandito, jugandito se dicen las vainas”. También, después de un regaño sobreviene un chiste, tal vez porque la naturaleza del venezolano no es violenta y se siente culpable cuando hace algún reclamo aun si está bien sustentado. 




Lo normal es llegar tarde, es algo que forma parte de nuestra cultura así como la jodedera o la mamadera de gallo. Actualmente a la jodedera, se le conoce como Bullying y durante mi infancia era algo común; al gordo de la clase se le decían vaca, don barriga o cualquier vaina que se le ocurriera a alguno de mis compañeros; al negro, chocolate, le preguntaban por María Joaquina o lo que fuera, pero siempre con el adjetivo negro por delante sin llegar al racismo; nadie se salvaba y la única ley valida se expresaba en el refrán: “El que se pica pierde”, entonces se debía aguantar todo eso hasta que se cansaran y buscasen a otro, si se hacía lo contrario dejarían el apodo por el resto del curso. Pero no pasaba de allí, anteriormente no existía ese nivel de maldad que actualmente impera, eso de que unos niños ofendieran y golpearan a uno de sus compañeros por ser gordo, pobre o negro y luego le orinaran. No, eso era impensable. Eran otros tiempos.

Recuerdo que tenía un compañero que se aparecía por mi casa, gritaba mi nombre y yo, como quien no quería la vaina, salía. No había que acordar citas, simplemente te aparecías y punto. La impuntual puntualidad era algo que se aprendía desde niño. No obstante, tuve la oportunidad de estudiar en el extranjero y copié alguna de sus costumbres, me volví un hombre estricto. Es más, en veinticinco años que transcurrieron después de mi regreso al país sólo falté a una cita; mi funeral. 

Las circunstancias de mi muerte no fueron naturales, producto de la violencia de estos tiempos. Regresé del trabajo, estacioné frente a mi casa. Luego un par de hombres me interceptaron, me pidieron las llaves y, sin pensarlo, las lancé al pipote de basura. Seguidamente uno de ellos sacó un revólver y listo, fue rápido.




Desperté en el hospital, vi mi cuerpo pálido, frío, desnudo y descubierto sobre una camilla apilado junto a otros en condiciones similares. Luego se apareció el encargado de la morgue quien se tomó la molestia de suturar mis heridas y limpiar mis restos. Al terminar se marchó, regresó media hora después sólo para envolver mi cuerpo con una sábana gris. En el pasillo se encontraban mi esposa, mi madre y uno de mis hermanos. Nadie se inmutó cuando la enfermera informó mi fallecimiento, no hubo gritos ni lloradera ni reclamos. Entraron a la habitación para el reconocimiento del cuerpo ni siquiera notaron los otros cadáveres apilados, tampoco les importó el olor ni la sangre ni la falta de iluminación. Salieron, el de la morgue tomó mi cuerpo, amarró a mi dedo una cartulina con mis datos personales, seguidamente dispuso mi cuerpo junto a los otros. Sacó el de un joven, lo colocó sobre la camilla, con la misma premura, lo limpió y envolvió; entraron sus familiares y el mismo procedimiento. Para ese instante el mayor de mis hermanos había llamado a la funeraria y comenzaron los trámites para la deposición final de mis restos. El dinero no alcanzaba para incinerarme, pero la chica de la empresa informó acerca de un plan ejecutivo de servicios funerarios, algo así como un Mac Combo, que incluía transporte, limpieza, velorio, corona fúnebre, urna y una parcela en el cementerio municipal. También estaba el plan “Premium” que incluía todo lo anterior, pero agregaban un mariachi en la marcha fúnebre. El de “Platino”, adicional al servicio de mariachis, presentaba obituarios personalizados en un periódico local realizados por un escritor profesional y una lápida con enchapado de mármol gris o blanco marfil. Se decidieron por el primero porque uno de los amigos de mi hermano menor tocaba en un mariachi, concordaron un precio más o menos aceptable pero me entristeció un poco no tener obituario, me hubiese gustado uno con una frase célebre de algún escritor desaparecido. 

La morgue estaba ubicada en el sótano del hospital. Pocos se adentraban a ese lugar, era oscuro, húmedo y caluroso. La mayoría de los familiares esperan afuera y los trabajadores de allí sólo se asoman para meter y sacar cuerpos. Llevaron mi cadáver a eso de las 6:30 am. Sin embargo, precisamente ese día se presentó un inconveniente; no había papel, los familiares tomaban un número y esperaban ser atendidos, a los míos les tocó el 333. Apenas habían atendido el número 10. Más por nervios que por apuro mi esposa fue a un ciber café, descargó, imprimió y llenó una planilla que había que llenar desde la página oficial del ministerio de sanidad. Sin embargo, no fue aceptada por el personal del la morgue porque la planilla debía ser llenada por un familiar directo y ella aún conservaba su apellido de soltera en su cédula de identidad. Entonces se realizó el mismo procedimiento el siguiente día, pero firmó mi hermano mayor. 

Al entregar las planillas se les permitió, nuevamente, identificar mi cuerpo, mi madre no ingresó a la morgue por el tufo. Pidieron el certificado de defunción, no obstante, debido a que mi muerte fue violenta, debía anexar, además de la planilla, las cuatro copias de mi cédula y de mi hermano, una copia del certificado de la denuncia que fue realizada en el Cuerpo de Investigaciones Penales y Criminalísticas. Por suerte un primo se adelantó y durante la madrugada se anotó en una lista de espera que hacen los mismos solicitantes del documento, lo atendieron a las 4:00 pm porque el sello lo estaba guardado en el archivero de un comisario ausente. 

Mi primo llegó a la morgue con el certificado el día siguiente a eso de las 5:00 am. Para ese momento habían atendido a la familia Nº 50. Ya cuando se entregó la planilla, las cédulas, el certificado del CICPC y el parte médico, les informaron que debían esperar su número para que los patólogos realizaran el examen post mortem. Transcurrieron 4 días más y el sistema de enfriamiento de la morgue dejó de funcionar al tercer día. Algunos cadáveres comenzaron a emanar un hedor distintivo de su condición por lo cual se decidió acelera el proceso. Mis familiares esperaron por los especialistas; sólo asistió uno el cual asitió borracho a eso de las 4:00 pm. Todos los familiares se agolparon en la entrada y el patólogo, sin inmutarse, dijo que como ya estaban muertos y el aire acondicionado estaba dañado no había nada qué hacer y comenzó a sellar papeles una vez que se instaló en su oficina. El encargado de la morgue entregó el certificado de defunción, sólo faltaba la orden para movilizar el cadáver. El personal de la funeraria pidió unos requisitos bancarios y una vez que los obtuvieron llamaron a mi madre. Mi madre y mi esposa fueron a la funeraria, allá le entregaron el permiso de traslado y pudieron descansar. Desde ese momento todos los trámites corrieron por parte de la funeraria; buscaron mi cuerpo en una carroza fúnebre, en vida nunca me monté en una de esas y la encontré muy espaciosa. Una vez en la morgue se presentaron los representantes de la funeraria y los funcionarios encargados se limitaron a sellar los documentos. Al siguiente día se permitió la salida de mi cuerpo y como no había papel no se levantó el acta de defunción, así que entregaron una nota con un número que indicaba que debía recoger el documento la semana siguiente. 

Cabe destacar que confundieron mi cuerpo con el de un muchacho de 17 años muerto en una balacera. En mi funeral nadie abrió la urna, ninguno quería recordar mi rostro difunto, sólo colocaron una poster con mi fotografía el día de mi graduación frente a la urna. 



Y esa fue la única vez en la que falté a una cita.







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