viernes, 25 de marzo de 2016

GANSOS

Juan Pablo Ronconne es un joven escritor chileno autor de la novela Los Dias Finales y de un muy buen libro de cuentos llamado Hermano Ciervo, de este libro hemos extraido este relato llamado Gansos.




Llegué a la isla para conocer a mi padre.


Lourdes era delgada y pálida. Tenía los ojos cafés y el pelo negro. Se encargaba de cuidar a mi padre. La contrató un tío que no conozco.



La isla me empujaba a escribir. Las mañanas lentas se arrastraban por el pasto seco, entre los árboles y los animales. Las noches no cambiaban mucho. Tenía tiempo para salir a caminar, fumar y pensar en la vida que había dejado en Santiago: Fernanda y el hijo que esperaba.


Sonó el teléfono. Estaba en mi departamento, recostado dentro de la tina, relajado, sintiendo el vapor del agua caliente en la cara. Fernanda abrió la puerta. Se instaló frente a la tina. La observé con detención: llevaba el pelo recogido, tomado con un cintillo rojo. Se veía bonita, pero ya no me importaba; la separación era inminente y hacíamos todo lo posible por evitarnos.
—Es para ti —dijo, con el auricular en la mano.
—¿No ves que estoy dentro de la tina?
—Parece que es importante.
Salí de la tina. Tomé la toalla y me sequé. Sostuve el auricular entre el hombro y la oreja mientras caminaba hacia el living. Fernanda se quedó en el umbral. Contesté. Era una mujer que se presentó como Lourdes. Dijo: Su padre se está muriendo. Y luego: Su padre quiere verlo antes de morir.


Acababa de cumplir veintinueve años. No quería seguir haciendo clases. En secreto, deseaba ser escritor. Pero nunca estaba conforme con mis cuentos; pensaba que no eran lo suficientemente buenos. No obstante, era porfiado: día por medio me sentaba frente al computador e intentaba escribir algo.


Mi padre nos abandonó a mamá y a mí cuando cumplí tres años. Se fue a vivir a la isla, su tierra natal. Mi madre nunca lo buscó ni lo mandó llamar, porque era un hombre violento, que solía golpearnos cuando llegaba borracho.


Escuché la voz de Lourdes en la oscuridad de mi departamento, con el auricular en una mano y con la otra sosteniendo la toalla que goteaba. Hablaba despacio. Me explicó minuciosamente el estado de salud de mi padre: vomitaba sangre, apenas abría la boca, no defecaba. Un médico de Puerto Montt lo había desahuciado. Me dijo qué debía hacer para llegar a la isla. Le respondí que no era seguro que fuera. Ella insistió: «Sólo quiere verlo, su presencia lo calmará».
Prometí llamarla después de pensarlo. Colgué. Fernanda había salido a fumar al balcón.
—Las embarazadas no fuman —le dije mientras sacaba una Coca-Cola del refrigerador.
Me miró. Luego cerró el ventanal para que el humo no se colara dentro.



Las circunstancias favorecían el viaje: era enero y estaba de vacaciones. En Santiago nadie me extrañaría.
Las decisiones importantes se toman rápido. Eso decía mi madre cuando enfrentábamos un problema económico en casa. Así que no me demoré mucho en pensarlo: decidí viajar a la isla.


Tomé un avión a Puerto Montt. Mi único equipaje era una maleta pequeña de cuero que saqué del clóset de Fernanda. Fue un viaje tranquilo; leí una novela policial y escuché el primer acto de I Puritani. Llegué a Puerto Montt cerca del mediodía y me subí a un taxi que en menos de dos horas me dejó en Calbuco.
Pregunté por el mercado y no me costó dar con Lourdes.
Nos dimos la mano; su mano era suave y sus dedos eran largos.
Caminamos hasta el muelle. Subimos a una lancha. Para cruzar desde Calbuco a la isla había que navegar cuarenta y cinco minutos.
—Su padre ya apenas habla —dijo Lourdes.
—¿Le ha hablado de mí?
—Sí.
El mar se veía calmo.
Una anciana pequeña y arrugada estaba sentada a mi lado. Sostenía un saco de papas. Lourdes iba afirmada al borde de la lancha: su figura, recortada contra el mar y la isla, parecía concentrar toda la luz de la mañana.
Cuando llegamos, ella me ayudó a bajar. La isla parecía más grande de lo que era: imponente, maciza. Un hombre enjuto esperaba a la vieja de las papas. Pusieron el saco sobre una carreta que arrastraba un buey y tomaron otro camino.
Lourdes y yo subimos un cerrito rodeado de arrayanes.
Llegamos al terreno de mi padre. El paisaje, al menos en verano, tenía algo desolador: el pasto seco, la maleza cortada, la columna de árboles amarillentos y la leña amontonada. Detrás de los matorrales había una reja construida con gruesos troncos amarrados.
—Éste es Juan, mi hijo. Tiene diez años —dijo Lourdes, y señaló a un niño que venía a recibirnos junto a dos quiltros.
La casa de mi padre tenía tres pisos. Era una construcción enorme, rodeada de manzanos y caca de gansos.
—Juan y yo ocupamos una pieza del primer piso. Don Carlos está en el último. Debe de estar durmiendo ahora, así que venga como a las seis.
Me condujeron a una casa pequeña en la que me alojaría. Se encontraba a unos cincuenta metros de la casa grande, al lado del gallinero. Juan cargó mi maleta. Lourdes me mostró la casita por dentro: un cuarto y una cocina. Eso era todo. El baño, que estaba a pasos del pozo, era común para ambas casas.
Lourdes me entregó la llave y se fueron.
Vacié la maleta y ordené la poca ropa que había llevado.
Me asomé por la ventana: entre las ramas de los árboles podía ver el tercer piso de la casa de mi padre. Ahí está el desgraciado, pensé.
Silencié el celular: no me interesaba hablar con Fernanda. Estaba nervioso. La idea de conocer a un tipo que había odiado durante tanto tiempo me provocaba sensaciones encontradas: angustia, alivio.
Esperé, echado en la cama, las tres horas que faltaban para que fuesen las seis de la tarde. Encendí un cigarrillo y forcé lo más que pude mi memoria: recordaba pocas imágenes relacionadas con mi padre, sólo sensaciones inconexas, acciones interrumpidas por enormes manchas blancas. En ninguna de esas imágenes pude ver su rostro. Sólo percibía su presencia.
Mi reloj marcó las seis. No me moví. Me dije que no era el momento, que necesitaba descansar, reflexionar.
Cuando Lourdes tocó la puerta no abrí.
Luego me tomé una pastilla y media para dormir y me tapé con una frazada de lana. Y la puerta de la casita permaneció cerrada hasta la mañana siguiente, cuando salí a caminar, muy temprano.
La isla era grande. Tenía forma de mano: varios esteros y pequeños
muelles la iban hundiendo en su centro.
Anduve casi toda la mañana por la orilla del mar. Me gustó lo que vi: pequeñas olas chocaban contra las piedras, el cielo estaba despejado y limpio, las lanchas parecían juguetes dormidos. Durante mi caminata sólo me topé con dos hombres que cargaban leña.
Antes de subir el cerro de los arrayanes vi a Juan que se acercaba.
—Mi mamá lo espera a almorzar en la casa —dijo.
Juan era espigado, tenía los ojos grandes de su madre, y el pelo muy fino.
Uno de los quiltros se entretenía mordiéndose la cola.
Subí el cerro. Golpeé la puerta con fuerza. Sabía que era imposible que mi padre se levantara, bajara tres pisos y abriera.
—¿Qué le pasó ayer? —dijo Lourdes—. Lo fuimos a buscar.
—Me quedé dormido.
—Ahora está despierto don Carlos.
—No —dije—, ahora no. No quiero conocerlo ahora.
—Como usted diga.
—¿Preguntó por mí?
—No, apenas abre los ojos. No sabe que usted está aquí. Hace una semana que no habla.
Los gansos andaban por todos lados. Había olor a ajo.
—¿Va a venir a almorzar entonces?
—¿Mi padre dónde come?
—Arriba, pues, dónde más. Yo le doy por un tubo.
—Avíseme cuando esté listo el almuerzo —dije, y me encaminé hacia la casita.
Entré y me tendí encima de la frazada. Saqué mi cuaderno de notas. Intenté escribir alguna impresión de la isla, pero no conseguí nada. Una hora después apareció Juan. Está servido el almuerzo, dijo.
El piso de la casa de mi padre olía a cera. Me senté a un costado, frente a Lourdes, y el niño se sentó en la cabecera. Comimos en silencio. No pude borrarme la idea de que estaba cometiendo una imprudencia, violando ciertas normas implícitas: odiaba y temía a mi padre, y sin embargo comía en su casa.
A las dos de la tarde volví a la casita.


Lourdes tenía treinta y dos años, pero representaba al menos cuarenta. Era de una belleza solapada, madura, esa belleza indescriptible de las mujeres que han llevado una vida no ajena al sufrimiento. Creo que desde el primer día, desde la primera vez que no enfrenté a mi padre, ella comprendió que me costaría dar el paso y que no debía presionarme.
Después no se habló más de mi padre.


El quinto día decidí intimar con Lourdes. Entré en la casa y la ayudé con el almuerzo. Era extraño estar con ella, a dos pisos de mi padre. Después, cuando nos hicimos amigos y pasaba casi todo el día en la casa, esa extrañeza mermó.



En la noche los gansos se acurrucaban bajo el suelo de la casita, entre los poyos que sostenían los tablones del piso. Los oía moverse y arroparse. Bastaba cualquier ruido, mover una silla o salir al baño, y los gansos despertaban y alegaban durante horas. Si no quería que hicieran ruido debía permanecer en silencio y quieto, lo que era imposible. En la noche me gustaba leer y escribir. Alumbraba mis papeles con una vela larga y blanca. En la casita no había luz. Sólo en la casa de mi padre tenían electricidad, y la obtenían de un generador ubicado junto al pozo.
Cuando le conté a Lourdes lo de los gansos ella sonrió y me dijo que los gansos son los mejores cuidadores, incluso mejores que los perros para avisar si viene algún extraño.
—Y no sólo cuidan. Se reproducen rápido.
—¿Cuántos hay acá?
—Unos treinta. Es que para comerlos cuesta un mundo. Hay que alimentarlos con grano durante un tiempo para que no se llenen de pasto. Es la única forma de que no salgan amargos.
Lourdes era buena cocinera. Y se encargaba de que la casa funcionara: recogía los huevos del gallinero, cambiaba de pasto a los corderos cuando los sacaba, juntaba las manzanas que iban cayendo, hacía el aseo de ambas casas, cortaba y almacenaba la leña. Sin embargo, no era la típica isleña; tampoco su hijo. Si bien se vestían y andaban como la mayoría de los isleños, hablaban sin jerga, no se saltaban las frases, no participaban en las fiestas con los vecinos ni ocupaban el trueque como modo de subsistencia. El abuelo de Lourdes había sido un alemán que llegó a la isla escapando de la policía por un delito tributario. Era, me dijo Lourdes, un hombre inteligente y sensible que terminó en la isla por pura casualidad.


Me gustaba observar a Juan. Nunca había vivido con un niño y prefería observarlo a intentar conversar con él: temía aburrirlo o incomodarlo más de la cuenta.
Acostumbraba a tenderme en el pasto a leer algo mientras el niño se entretenía con los perros, hacía dibujos o me contaba alguna historia.


Una mañana desaparecieron dos corderos.
Estuvimos todo el día buscándolos. Bajamos a la orilla, llegamos al estero norte, preguntamos a los vecinos cercanos —un par de hectáreas al sur— y a los de la salmonera. Lourdes dijo que los corderos nunca se separaban del grupo ni se perdían.
No pudimos encontrarlos.


Lourdes me pidió que le enseñara a nadar a su hijo.
—El agua es fría —dijo—, pero quiero que aprenda.
—No hay problema.
—Aquí los pescadores no saben nadar. Pescador que cae al agua es hombre muerto.
En la isla el futuro de los niños consistía en dedicarse a la pesca o al transporte de personas o carga. Las mujeres mariscaban, sembraban
papas que luego vendían en Calbuco, criaban corderos, chanchos, gallinas y,
las que tenían más dinero, una que otra vaca. Lourdes soñaba con sacar a Juan de la isla. Su objetivo, quizá su única aspiración en la vida, era que el niño terminara de estudiar en Puerto Montt, donde había más posibilidades de aspirar a una educación buena.
El padre de Juan tenía un negocio de abarrotes en Puluqui, una isla vecina. Se habían separado hacía cinco años: él la engañaba y desaparecía durante semanas. Lourdes decía que era un borracho que aún la molestaba. Nunca le pregunté por ese hombre. Me era difícil entender cómo ella podía haberse involucrado con un tipo de esas características. La descripción del padre de Juan me bastaba para relacionarlo con mi padre, y detestarlo.


Una mañana pensé que había llegado el momento de conocer a mi padre. Llevaba doce días en la isla. Me vestí rápido —no me bañaba desde que había llegado—, pero los gansos se habían levantado antes que yo: cuando abrí la puerta encontré a un montón haciendo escándalo. Crucé el gallinero. Los corderos pastaban cerca del baño.
Entré a la casa de mi padre. Caminé por el pasillo. Lourdes me miró de reojo desde la cocina. Subí la primera escalera. Me detuve. Observé por la ventana. Pensé: «No quiero dejar la isla. No todavía». Me dije que aún no le enseñaba a nadar a Juan. Retrocedí un par de pasos. Bajé la escalera. Cuando pasé por el pasillo y vi que Lourdes me esperaba me sentí ridículo. Dijo:
—No se preocupe. Tenemos comida para un buen tiempo.
—Gracias. Todavía no voy a subir —dije apenas, y volví a mi casa.


Comencé las clases con Juan. Lourdes estiró una toalla sobre las piedras y se sentó. Juan y yo entramos al agua. Estaba realmente fría. Tomé al niño de la cintura. Le dije que moviera los brazos y las piernas a medida que yo avanzaba. En ningún momento lo solté. Estuvimos quince minutos dentro del agua.


Lourdes y yo fuimos convirtiéndonos en confesores mutuos de nuestras pequeñas miserias. Ella me hablaba largo rato sobre sus deseos para el futuro de Juan, sobre los problemas con el papá del niño y la angustia que le daba pensar que cuando muriera mi padre tendría que volver a trabajar vendiendo papas y chicha de manzana. Hasta ahora recibía el dinero que mi tío le depositaba, y que ella iba a buscar al banco de Calbuco todos los sábados. Pocas veces me contaba cosas de mi padre. Nunca le pregunté qué tipo de persona era. Sólo le hacía preguntas vagas: «¿Está mejor?, ¿sigue escupiendo sangre?».
Yo le hablaba de Fernanda y su embarazo. Solía desahogarme. Le decía que mi vida era un completo fracaso: no me gustaba hacer clases, no estaba conforme con lo que escribía. Y sobre todo, no quería ser padre: un hijo era lo peor que me podía suceder.


Extrañaba pocas cosas de Santiago: los largos baños con agua caliente, el litro diario de Coca-Cola y el ruido de la gente y la ciudad.


Entramos uno detrás del otro para no chocar. El gallinero era muy angosto. Una caseta con un pasillo de tierra y pequeñas bandejas donde descansaban las gallinas. El techo era bajo y el pasillo formaba dos curvas. Esa mañana, Lourdes sacó los huevos, aún cálidos, y los puso en un canastito que yo sostenía.
—Esta gallina está enferma —dijo, y se detuvo en el pasillo, inclinándose un poco.
La luz dentro del gallinero era escasa y parecía siempre anaranjada.
Lourdes se estiró —sentí cómo se removió el aire encerrado—, giró y se quedó mirando por una de las ventanillas. Yo avancé un paso y quedé dos o tres centímetros detrás de ella; afuera se veía el mar y la casa de mi padre. También se veían los gansos y la leña amontonada.
—Está lindo el día —dije.
—Sí.
Vi su cuello pálido y sus orejas rosadas y perfectas.
Estábamos tan cerca que hubiese bastado un pequeño impulso para tocarla.
Sentí su aroma y el ritmo apaciguado de su respiración.
Esperé a que ella dijera algo porque yo no sabía qué decir.
Pero ninguno de los dos habló. Simplemente nos quedamos ahí, muy cerca y en silencio, contemplando la hermosa mañana.
Luego de un rato decidimos que ya era hora de ir a despertar a Juan para tomar desayuno.


Lourdes me propuso hacer un pequeño paseo por la isla. Caminamos varios kilómetros para llegar a la iglesia y al cementerio. Había preparado pan con queso y jugo para el viaje. La caminata fue agotadora. Hacía mucho calor. Las tumbas del cementerio tenían guirnaldas de color amarillo, verde y azul amarradas a las cruces. Nunca había visto un cementerio así. Me paseé entre las tumbas tomando jugo de manzana. La iglesia estaba cerrada. Tocamos las puertas laterales varias veces, pero nadie abrió. Lourdes lo lamentó. Llevaba algunos aparatos que utilizaba con mi padre para bendecirlos. Ella y Juan vivían la religión fervientemente; yo ni siquiera creía en Dios.
Cuando llegamos a casa ya estaba por esconderse el sol. Antes de guardar los corderos los contamos: faltaban tres animales. Lourdes se puso nerviosa y entró a la casa. Era muy tarde para buscarlos.
Juan se sentó un rato conmigo, a la salida del gallinero, a ver el atardecer. El mar estaba tranquilo y apacible. Ningún barco entorpecía el ritmo del agua.
—Es mi papá —dijo Juan.
—¿Cómo?
—Mí papá es el que se lleva los corderos. Debe de andar en la isla. Siempre hace cosas para molestar a mi mamá. Después se le pasa y desaparece un tiempo.
Esa noche tuve una pesadilla. Soñé que era niño y que en vez de vivir en Santiago junto a mi madre —como en mi infancia—, vivía en la isla con un hombre que sólo veía de espaldas. Un hombre alto y fuerte que me enseñaba a nadar como yo le enseñaba a Juan. Nunca me mostraba su cara y yo no quería verla; sólo podía sentir sus manos ásperas que me aferraban para que yo aprendiera a flotar. Pero de pronto dejé de estar en el mar y me encontré sobre el pasto, viendo a los gansos ir y venir. Y sentí un leve susurro, un soplido que me recorrió el oído, el borde del oído, como una música triste. Giré la cabeza y vi al hombre de frente: tenía mi cuerpo y mi cara y sangraba por la nariz.
Desperté angustiado. Saqué el celular, que estaba dentro de un calcetín, guardado en la maleta, y lo cargué en el generador del estanque. Tenía varias llamadas perdidas de Fernanda.


Las noches en la isla eran despejadas y las estrellas parecían trazar un mapa luminoso, en contraste absoluto con la oscuridad espesa de la vegetación. Y yo me quedaba mucho rato mirándolas, cosa que nunca hice en Santiago, cuando vivía con Fernanda y el tiempo era otra cosa, algo en lo que las estrellas no tenían importancia.


Escribí dos cuentos en la isla. El primero era policial. El segundo narraba la historia de un niño que aprende a nadar. Era un cuento largo, dividido en varios fragmentos. Cuando lo terminé de leer por segunda vez me sentí inexplicablemente alegre. Imaginé por primera vez que quizá mi hijo sería parecido a Juan.


Lourdes me enseñó a usar el hacha. Por las tardes cortaba leña con Juan, la subíamos a la carretilla y la guardábamos en una bodega pequeña, al fondo del baño.

Llevaba treinta días en la isla. Una mañana, después de practicar casi todos los días, Juan aprendió a nadar.
Sus manos estaban agarradas de las mías con fuerza y seguridad. Movía las piernas y los brazos ágilmente. Cuando lo solté no se hundió. Estaba flotando.
Esa noche decidimos celebrar. Nos juntamos en la casita para que mi padre no sintiera ruido y pudiera dormir tranquilo. Lourdes preparó salmón. Después de comer jugamos cartas hasta tarde. Los acompañé hasta la casa de mi padre. Luego, antes de llegar a mi casita, me paré arriba de una roca y oriné mirando el mar.


Seguía arrastrando el tiempo, lo hacía durar, lo llevaba al límite.
Eran días felices: vivía ocioso, irresponsable y libre, escribiendo, nadando con Juan, haciendo tareas domésticas y conversando con Lourdes todas las tardes.


Lourdes me atraía. De eso no tenía dudas. Me gustaba verla caminar por el terreno de mi padre, concentrada en sus faenas, siempre muy apurada.


Uno de los quiltros tomaba agua de un balde. Juan se arregló el gorro. Dijo:
—En la mañana encontramos a don Carlos tirado en el pasillo del primer piso.
—¿Qué? —pregunté asombrado.
—Se levantó para verlo —respondió Lourdes, que venía llegando al pozo—. No sé cómo lo hizo.
—¿Cómo sabes que me quería ver? ¿Le dijiste que estoy acá?
—No. Pero de que sabe, sabe. No se habría levantado si no supiera.


Bajé a la playa con mi cuaderno y me senté a respirar la mañana. Vi los barquitos y las lanchas, a lo lejos, que se dirigían a otras islas.
Entre los arrayanes apareció la figura de Juan que se hacía cada vez más nítida a medida que bajaba el cerro. Venía corriendo hacia mí.
—¿Qué sucede?
—Mi papá está en la casa peleando con mi mamá —dijo—. Lo pilló con los corderos.
Subimos el cerrito.
Cruzamos la cerca de madera.
Estaba nervioso y asustado. Tomé el palo que usaba Juan para apoyarse y manejar a los corderos. Frente a la casa había tres hombres. Uno de ellos era el que discutía a gritos con Lourdes. Era un hombre macizo, de rasgos angulosos. Cuando me vio soltó una risita.
—Así que éste es el tipo —dijo, y se acercó moviendo las manos.
Lo encaré, le pregunté qué quería. Los otros dos hombres rieron. Me dijo que quería de vuelta a su mujer. Me dio un empujón. Caí al suelo. Lourdes comenzó a gritar. Me levanté como pude y, antes de que me golpeara de nuevo, le pegué con el palo en la cabeza. Fue un golpe fuerte y eficaz: el padre de Juan se derrumbó. Yo sostenía el palo en alto y no sabía si volver a pegarle. Trató de levantarse, pero resbaló. Sangraba mucho. Sin que me diese cuenta, uno de los hombres que lo acompañaban me agarró por atrás y me quitó el palo. El otro se abalanzó sobre mí y entre los dos comenzaron a golpearme. Volví a caer al suelo. Me dieron patadas en el estómago y un par de puñetes en la cara. Me sangraba la ceja. El papá de Juan aún no se levantaba. Lourdes intentó defenderme, pero uno de los hombres la amenazó con el palo. De pronto Juan salió de la casa con un rifle. Nadie se había dado cuenta de que había desaparecido. Y ahora hacía fuego: dos disparos al cielo. Los hombres se detuvieron. Miraron al niño. Juan les dijo que se marcharan. Recogieron al padre de Juan y se fueron cargándolo. Lourdes salió hasta la cerca y les gritó algo que no logré escuchar.
Lourdes y Juan me levantaron apenas y me llevaron a la casita. Me sacaron la camisa y me recostaron en la cama. Tenía heridas por todos lados. La sábana estaba salpicada de sangre. Lourdes fue a buscar el botiquín. Me curó con paciencia y cariño, Juan la ayudó a pasarme agua oxigenada por la ceja y el hombro. No comprendía cómo había sido capaz de pegarle a ese hombre.
Aquella noche no pude dormir. No sólo por los dolores. La imagen de Juan, un niño de diez años, me acosaba: rifle en mano había enfrentado a su padre.


La mañana siguiente me levanté tarde. Tenía moretones en los brazos. El dolor era intenso. Saqué el celular de la mochila, salí y lo cargué en la torre. Tenía más llamadas perdidas de Fernanda. Por primera vez tuve miedo de que hubiese pasado algo con el embarazo, y decidí llamarla. Antes de marcar el número Juan me detuvo frente al pozo.
—¿Cómo amaneció?
—Bien, ya estoy bien. ¿Volverá tu padre?
—Sí, pero en un par de meses. No se preocupe, nosotros sabemos manejarlo.
Caminé hacia la casita.
Espanté a los gansos para que me dejaran entrar. Me senté en una silla de mimbre y marqué el número de mi departamento. Contestó Fernanda, nerviosa. Me preguntó qué hacía en la isla tanto tiempo, lejos de todo. No supe responder. Dijo que me extrañaba. Dijo que lo había pasado mal. Que estaba enferma. Que había estado a punto de perder la guagua por problemas de presión arterial. Que tenía que permanecer en cama los cuatro meses que le quedaban. Dijo que a veces pensaba que era mejor abortar.
Yo casi no hablé.
Antes de colgar le prometí que volvería a Santiago para cuidarla mientras estuviera enferma. No lo pensé mucho. Sólo lo dije.


Esa tarde fue la más lenta de todas las tardes que viví en la isla.
Estuve mucho rato pensando.
Durante la once no comí.
En la noche les anuncié mi partida.
—Mañana, antes del mediodía, sale una lancha a Calbuco —dije.
—¿Y don Carlos? —preguntó Lourdes.
—Espero que muera tranquilo.
Lourdes agachó la cabeza. Miré sus manos, sus dedos largos y blancos jugando con las migas de pan.
Les hablé de Fernanda. Les dije que estaba enferma y que tenía que volver a Santiago, no por ella, sino para cuidar a mi hijo.
Sentí en el aire la tristeza de Lourdes: una línea que dividía el espacio. Quise decirle que no quería irme, que quería quedarme con ellos. Pero no fui capaz de hacerlo.


Me despedí rápidamente.
Juan me abrazó. Creo que se puso a llorar.
Lourdes me dio la mano y yo la apreté con fuerza.
Subí a la lancha que esperaba.
Un hombre encendió el motor y la lancha comenzó a moverse.
Vi a Lourdes acariciando a uno de los quiltros y a Juan con el agua hasta las rodillas haciéndome señas con la mano.
La isla se veía más chica a medida que nos alejábamos.
El cielo estaba despejado.
Nunca más supe de mi padre, ni de Lourdes, ni de Juan.
Nunca más volví a la isla.

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