sábado, 21 de mayo de 2016

NADIE DIJO NADA

Alex Valdivia es un joven escritor serenense. Tiene una publicacion, el cuañl en su plaquette de cuentos llamado La Vida se juea en modo aleatorio, el cual es un trabajo muy interesante y que recomendamos conseguir y leer. Asi tambien recomendamos su blog La Cravana Perpetua, donde podran encontrar mas de sus relatos. El dia de hoy presentamos su relato Nadie Dijo Nada.







       Los faroles de la ciudad comenzaban a encenderse uno a uno como las estrellas que yacían fijas en el firmamento. El aire acompañaba aquella noche entregándole un toque de calor particular que, junto a los autos que avanzaban como echando carreras por las calles de asfalto, incitaban a los jóvenes para salir de sus casas a escribir historias, con un cigarrillo en vez de pluma y una botella en vez de tinta. 

Gustavo esperaba en una esquina donde se cruzaban las principales calles de la ciudad. Cigarrillo en mano, expulsaba ligeras bocanadas de humo escrutando con la mirada por si lograba divisar alguna cara conocida. Se comenzaba a notar la presencia del frío. Gustavo esperaba a dos amigos, a quiénes no veía desde que los tres habían ingresado a la universidad; cada uno se había decidido por una carrera distinta, y de áreas totalmente diferentes. Gustavo estudió ingeniería; Arturo, se había decidido por ingresar a estudiar las letras y la filosofía; y Orlando, se había decidido por la agronomía. Cada vez que se juntaban, él podía decir exactamente si un trago era buen fruto del trabajo o simple y rancio alcohol de curar coloreado con elementos repugnantes. Su palabra de experto era categórica. Un necesario conocimiento antes de ir a la botillería. Si no había dinero, bueno, simplemente se reía de sus advertencias y partían seguros, cargados y felices al antro de perdición que estuviera de turno esa noche.


Acababan de salir de la botillería ubicada en la avenida principal, que se encontraba repleta de personas de toda clase; hombres delicados y bien vestidos, vagabundos haciendo el dinero para la caja de vino y mujeres comprando cigarrillos con sabor a menta. Los tres amigos ya se encontraban camino en dirección a la casa de una compañera de clase de Orlando. En ese instante vibró su teléfono.


− ¡Apúrense! ¿Dónde están?−inquirió la voz femenina al otro lado del celular.
− Vamos para allá, flaca−dijo Orlando y colgó con un toque de felicidad en la cara.
Arturo sacó un cigarro mientras en su ala izquierda se afirmaba una bolsa negra con la bebida y el alcohol. Nada podía salir mal, se olía en el aire, se notaba en sus sonrisas.
− ¡Güeón! ¡Tanto tiempo que no salíamos así! –exclamó entusiasmado Gustavo.
− ¡Ja! ¡Pero si te pasas el tiempo carreteando con la gente de ingeniería po’! –reclamó Orlando dando una buena aspirada a su cigarro.
− Nos presentai’ a la gente,… alguna compañerita po’ Orlando−dijo Arturo, haciendo un ademán de sobarse las manos, como una mosca al acecho.
− ¡Sale…! No estoy ni ahí, cabros güeones−dijo riendo el aludido−, lo único que les pido es que no dejen la cagá: ¡esta vez no se curen po’ mierda, oh!
Los amigos se miraron cómplices y poniendo un rostro de total inocencia refutaron:
− ¡Pero cómo se te ocurre!
− Orlando, ¿Alguna vez yo te he fallado? ¿Amigo…?
− ¿Curarme yo? ¿Cómo me podís decir eso?
− ¡Ya! ¡Ya! ¡Ya! … ¡les voy a creer a los güeones, oh! Pero pórtense bien…


El trío de amigos, volvió a reír como en los viejos tiempos, en donde no tenían edad para comprar alcohol, ni lugar para beberlo. Pero, a pesar de todo, avivaban al que tenía el rostro que aparentaba más edad, éste ponía la voz más ronca, y terminaban vendiéndoles lo que les alcanzara al juntar algunos pesos ahorrados en el pasaje de la semana. Beber y ser estudiante de media no era para nada sencillo. Así, encontraban un espacio, en la plaza, en el patio de un amigo(escondidos de los dueños de casa) o algún terreno baldío por allí, para olvidar las malas calificaciones, las suspensiones reiteradas, los eternos problemas de amor y la irrefrenable violencia en la casa. Ahora, eran mayores. Tenían su propio dinero, estudiaban su propia carrera y se encontraban en las afueras de un carrete universitario, uno de los tantos que vendrían en el futuro. Los tres se hallaban ya ansiosos por llegar.


− Aquí es−dijo con seguridad Orlando.


El lugar era una casa alta, color amarillo claro. Dos pisos. «Hormigón sólido», dijo Gustavo. Los otros dos lo callaron. Apagaron las colillas de cigarro pisándolas y golpearon la puerta. Abrió una risueña chica con aire de ya haber bebido bastante.


− ¡Orlando! ¡Qué bueno que viniste! ¡Pasen! ¡Pasen! … ¡Ah…! ¡¿Y ustedes, quiénes son?
La chica se afirmaba como podía en la puerta que se batía ligeramente.


−Naty, ¡Hola! Ellos son unos amigos. Gustavo… y Arturo…


Se presentaron con un beso y algunas miradas un poco perdidas por parte de la chica quien los hizo ingresar. Adentro había un estrecho salón repleto de mujeres y hombres universitarios bebiendo latas de cerveza y vasos con alcohol y bebida. El humo del cigarro y la marihuana que pudieron percibir sus narices, formaba una gran nube en lo alto del techo producto de la poca ventilación del lugar.


Orlando, sin pensarlo, partió a saludar a sus compañeros de manera efusiva, dejando a un lado a quienes venían con él. Éstos se sentaron y abrieron la promoción de bebida cola y el pisco color ámbar que traían bien cuidado.


Chocaron sus vasos, llenados hasta más arriba de la mitad con destilado de pisco. Sabían que sería una noche larga.
Una chica se acercó a Gustavo.
−¿Disculpa…? ¿Tú…? ¿Tú eres el del colectivo?
− ¿Eh…? … ¡Oh! Eres la que iba de copiloto, ¿No?
− ¡Sí! ¡Sí! ¡La misma!
−Oye, una mierda de tipo el que manejaba…
− ¡Sí…! Qué le costaba recibirme las monedas que le pasé. Pero igual pudimos comprar con las niñas…


Su nombre era Maribel. Les mostró a los dos amigos una botella de vodka con un jugo de naranja que no dudó en compartir con ellos mientras se acomodaba en una silla aledaña. Los “salud” que hicieron ya se hacían incontables. El jugo escaseaba y los ojos de los tres no podían volverse más horizontales producto de las risotadas que los invadían por minutos. La conversación fluía y ambos chicos, comenzaban a mostrar interés por la chica. En un momento, ell a se levantó.


−Voy al baño y vuelvo−anunció casi susurrando, mientras guiñaba torpemente un ojo y se marchaba afirmándose de la pared.
− ¡Anda con cuidado, oye! –le gritó Arturo, para luego beber de su vaso color naranja.
Los dos amigos se volvieron a mirar con fuego en los ojos. Gustavo sonrió irónico.
−Así que…¿te gusta la Maribel…?
− ¡Ah…! ¡No sé yo! Límpiate las babas ¡Mira, ahí tenís en la boca, güeon…!
Arturo intentó fingir una sonrisa. Y antes de arremeter con todo contra Gustavo, una mano le tocó el hombro.
− ¡Buena cabros! –articuló Orlando como podía en su estado de evidente ebriedad.
− ¡Mira quién llegó! ¿Ah? –dijo Gustavo.
−Oye, acércate…−le dijo Arturo−, bien buenas tus amigas. Pregúntale nomás al Gustavo…
− ¿¡Yo qué?!
−Ya cabros, si vinimos a disfrutar. Hace tiempo que no nos veíamos−dijo Orlando, apaciguando las aguas−….Cabros−dijo, haciendo el ademán de permitir el paso de alguien−, les presento al Pablo. Él es sordomudo. Así que−y levantó la voz haciendo especial hincapié en lo que iba a decir−, se los voy a encargar, güeones. ¡Cuidenlo! No me vayan a salir con que se me perdió porque,… ¡Él no habla ni escucha, güeón! ¿Está claro?
−Sí. Sí Sí…−dijo Gustavo, mientras saludaba con la mano a Pablo. Arturo hizo el mismo gesto sonriéndole, como dando a entender que lo incluían en su grupo. Orlando le dio un último golpe en la nuca a Gustavo y volvió a gritar “¡Cuídenlo!” antes de marcharse con otros amigos a comprar bebestible y cigarros.


Pablo se sentó y le sirvieron un trago, anunciándole con mímicas que si bebía se iba a emborrachar más pronto que tarde. El sordomudo solamente reía en silencio. Los amigos reían a sonoras carcajadas.
−Oye, y…¿De dónde eres? –preguntaba curioso Gustavo−… … ¡Mierda! ¡Me olvidé, güeón! –le susurraba a Arturo que no podía aguantar reírse en silencio.


Así estuvieron un buen rato, haciendo esfuerzos monumentales para darse a conocer a través de mímicas poniendo todo su empeño en comentarle a Pablo acerca de que estudiaban, de dónde venían y cuanto les gustaba beber y hacer malabares por la vida. A la vez, hacían el mismo colosal esfuerzo por adivinar qué intentaba decir el sordomudo con sus manos haciendo dibujos rutilantes en el aire. El espectáculo que ofrecían los tres, se asimilaba mucho a un juego de charadas, algo así como adivinanza con mímicas y tiempo. La gente los miraba de reojo.


Siguieron un buen rato así, hasta que Maribel regresó del baño. Tenía su cara mojada y pasaba las manos por su rostro para secársela. Resopló tranquila, dando a entender que se sentía más fresca. Había vomitado y el estado de ebriedad ya había quedado en el pasado, según ella. Observó bien lo que sucedía y preguntó:


− ¿A qué están jugando? –rió, mostrando su amplia sonrisa.
− Jaja. Maribel, te presento a Pablo. Es sordomudo−dijo Arturo.


Maribel lo saludó con un gesto de paz, y acercó una silla para allegarse al grupo. Conversaron por un tiempo muy extendido. Prendieron cigarrillos. En un momento le robaron la bufanda a Gustavo y la lanzaron entre ellos por el aire sin que la agarrara. Rieron. Bebieron. Fumaron marihuana. Y entre gestos y palabras los amigos seguían observando cada acción del otro para con Maribel. Gustavo no le perdía la pista a Arturo y viceversa. Sin embargo, ellos no notaban que, al conversar Maribel con Pablo, ella lo miraba a los ojos, trasladaba su vista a los labios de éste, y en un parpadeo de pestañas pintadas, se acomodaba el pelo sonriéndole. Aquello sucedía mientras los amigos se atacaban con odio en sus pupilas.


Golpearon la puerta.


− ¡Debe ser el Orlando! –dijo Arturo.
Cada uno fijó la mirada en el otro, como diciéndose “Ya po’, anda a abrir tú”. Aquello, sacó el lado dictatorial de Maribel, que desesperada pegó un grito.
− ¡YA PO’! ¡VAYAN A ABRIR!


Se levantaron en seguida ambos pretendientes al puesto de amante y se codearon por seguir las órdenes de la chica y abrir la puerta a su amigo. Arturo cogió el pomo de la puerta y tiró.


− Buena chiquillos. Ja ja… los veo agitados…−señaló Orlando, quien parecía ya haber recuperado la conciencia. Traía colgando de sus manos un par de bolsas negras, compradas en una botillería que nunca cierra, junto a sus amigos que venían detrás.
Orlando junto a los confrontados amantes de Maribel, caminaban por el oscuro pasillo para llegar al salón.


− Oye y,…¿Qué les pareció el Pablo?
− No. Nada que decir, loco. Súper buena onda el compadre−aseveró Arturo, complacido por la buena amistad lograda.
− ¡Güeón! –exclamó Gustavo eufórico−Primera vez que conozco a un sordomudo en un carrete, güeón ¡Es de lo mejor, compadre! ¡Es super sociable…! Pero puta que ha costado entendernos güeón,…¡Y más con copete! ¡Jajaja!


Los tres rieron a carcajadas codeándose entre ellos mientras llegaban al salón. Al llegar, tomaron nota con sus ojos de manera panorámica. Algunos estaban botados con un vaso en la mano, sentados en la pared; otros, gritando frenéticos, botando vasos, tirando de las cortinas, lanzándose proyectiles de todo tipo. En una fracción de tiempo mínima, el caos se había apoderado del lugar.


− ¡Mierda! Cabros. Hay que partir de aquí. La tipa, dueña de la casa, va a llamar a la policía sí o sí, loco−advirtió Orlando.
−Dale, vamos−dijeron al unísono los amigos que por fin se podían poner de acuerdo en algo, mientras sus cuerpos se balanceaban ligeros producto del alcohol consumido.
Aquellos seres iban dando media vuelta para partir hacia cualquier otro lugar, cuando de repente, la expresión de Orlando se estremece.
− ¡Güeón! ¡El Pablo! ¡Casi se les queda! … ¿Dónde está?


Los amigos giraron y escrutaron con la mirada cada rincón del salón. Veían a las mujeres agarradas del pelo, discutiendo a gritos. A dos borrachos, lata en mano, abrazados, dándose palmadas en la espalda. Pero no veían a Pablo.


«…ni tampoco a Maribel…» pensó Arturo.


Le preguntaron a todo el que pasaba por el pasillo, pero nadie tenía idea, nadie dijo nada. Revisaron en las piezas de la casa, en el baño. Nada.
Gustavo comenzó a llamarlo al celular−que le había conseguido entre risas−.
− ¡Puta, güeón! ¡Cómo tan idiota! ¡No me va a contestar, po’! –se insultó a sí mismo Gustavo.
Orlando era una bola de nervios.
− ¡PUTA LOS GÜEONES IDIOTAS! ¡Se los encargué! Les dije: “Cuídenlo, no se vaya a perder; es sordomudo” les dije.
− Puta, loco… sorry−farfullaba Arturo de la mejor manera que podía en su estado alcohólico y culposo.


Se escuchó un murmullo inentendible, como cuando llaman por el altoparlante del hospital.
− ¿Aló? –ahora se percibía una firme voz femenina.
−¿Aló, sí…? –contestó Gustavo en el celular, haciendo un silencioso gesto para que se acercaran al auricular del teléfono.
−Sí,…¿Quién es?
−Hablas con Gustavo ¿Éste es el celular de Pablo?
− ¡Gustavo! ¡Hola! Sí, éste es el celular de Pablo…¡Soy Maribel! Mira,…eh…estamos en la casa de Pablo. Nos vinimos porque allá se curó la gente, y bueno, no volvieron nunca ustedes así que…
− ¡Qué hijo de puta…!−les gritó Gustavo a sus amigos cubriendo el celular con la mano.
−Estamos bien, no se preocu….


Gustavo cortó el teléfono, con ganas de lanzarlo con fuerza contra la pared. Pero miró a Orlando, que se reía a carcajada limpia de cómo el chico sordomudo, se había llevado a la chica con la que intentaban flirtear sus amigos de infancia, y se sumó al jolgorio.


Al otro día, cuando se levantó con una tremenda resaca y con algunas pistas de cómo había llegado a su hogar, Gustavo se sirvió una taza de café humeante, se dirigió al living y con la cara maltrecha, prendió el televisor para recordar en qué día estaba y en qué fecha se encontraba. Su inmutable estado pasó a ser desconcierto. Se quedó literalmente sin habla, cuando, en las noticias regionales anunciaban, no sólo la muerte, sino, el crudo descuartizamiento de una chica en plena habitación del centro de la ciudad. Del asesino nada se sabía. Y cuando consultaron a los vecinos, nadie tenía conocimiento si alguien vivía allí o no. Los relatos vertidos por cercanos, daban a entender prácticamente que un espectro era el autor de semejante atrocidad.


Las sospechas de Gustavo no se hicieron esperar y telefoneó de inmediato a Orlando.
−…A-…¿Aló? –se escuchaba la voz de alguien que habla con dificultad.
− ¡Güeón! ¡Mataron a la chica de ayer! ¡Mataron a la Maribel!
− Ah,…¿Ah, sí? –Orlando no mostraba un ápice de impresionarse.
− Pero, ¡Orlando!... ¡Murió! …¡Descuartizada! ¡¿Qué te pasa, güeón?! …
Silencio al otro lado de la línea.
− ¡Ella estaba con el Pablo! ¡Con el sordomudo! ¿A dónde lo conociste, Orlando? … ¡¿A dónde lo conociste?!


Y así siguió esperando Gustavo, una respuesta que nunca llegó, a pesar de que Orlando no cortó nunca la llamada. Del caso, nunca nadie dijo nada, ni nadie dio con el paradero del sordomudo. Desde entonces hasta ahora, los tres amigos nunca más mencionan el tema. Y ya olvidaron si lo hacen por broma, a causa de un ritual que adoptaron o por precaución, pero cada vez que desean recordar lo sucedido, se miran de reojo, elevan sus manos cuidadosamente observando a su alrededor quien se encuentra en la fiesta y, en vez de lenguajear delatoras y cómplices palabras al viento, aprendieron a entenderse a través de sutiles gestos que les recuerdan cada vez más a la cruda y silenciosa muerte.




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