sábado, 11 de junio de 2016

NATALIA FIGUEROA POEMAS

La académica de la Universidad de La Serena, Natalia Figueroa, ganó recientemente el premio a la Mejor Obra Publicada en Poesía de los Premios Literarios 2015, del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, por su libro “Una mujer sola siempre llama la atención en un pueblo” (Ediciones Das Kapital, 2014). Esta reconocida poeta ha logrado abrirse un espacio dentro de la literatura nacional dejando bien puesto el nombre de nuestra región. Hoy hemos querido destacar parte de su trabajo.







Rodas

Vi pastar a un cordero atado de sus cuernos
a una grúa empujar al árbol
castillos, mercaderes, turistas
a un hombre rechazar a la que amaba
demasiadas escaleras
y en este momento a una mujer pasar sus dedos por la arena
(deseo que se acerque a mí)

A un viajero ciego bajarse del bus
antes de estar frente a él
y dejarlo tocar mi cara.

(Ahora ella pasa junto a mí, sonríe.
Me doy cuenta después,
no alcanzo a saludarla).





M

Ver salir a los pequeños del sjolío me recuerda
cuando esperaba a mi hermana fuera del kinder.
Era especial reconocernos
después de semanas de estar en Santiago
estudiando.
Su frágil cuerpecito entraba en mis brazos
que la levantaban y nos llenábamos de besos la cara
el cuerpo.
Ella pesaba tan poco.
Escribía Amo a mi hermana y mi hermana me ama
y recuerdo cuando mamá cumplió años y escribió Ámame
mamá. Era cuando aprendía la eme.
Ahora ha cambiado.
Cumple quince años, no me invitó a su fiesta
parece que no entiende mi humor
se escabulle si quiero abrazarla
me dice ojalá no vuelvas. Mi padre me ha dicho
que no sienta pena por cosas de niños pero no sé
cómo evitarlo, ahora que paso frente a la escuela
y llega a mis hombros la ausencia de bracitos de hermana
como si mi cuerpo deseara
que volviésemos a aprender la eme.




Camarines

A mamá no le gustaba
que entrara a los camarines del gimnasio:
mujeres grandes andan desnudas
tú eres pequeña.

Siempre tuve curiosidad
pero al entrar me sentí incómoda:
hermosas mujeres reían.
Intentando no mirar
deseaba desplante,
dejar mi toalla caer
descubrir mis pechos
comentar insignificancias.
Mirar cuerpos firmes resplandecer contra azulejos
figuras de senos caídos
y grasa abultada.
Y las duchas, ay, las duchas
cuando ciertas mujeres
restregaban la esponja o el jabón
o peor aún sus manos
contra sus partes íntimas.

Me paralizaba.

Volvía a casa
repitiéndome la imagen de sus manos
subir y bajar
por esas vaginas
llenas de vello.
Hacían esto con tal naturalidad
que sentía ganas de acercarme
y lavarles cuidadosamente
todos los males del mundo.


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