sábado, 23 de julio de 2016

ADIÓS AL VERDE

Cecilia Ananias es una joven escritora nacional, residente en Concepción, con un precoz talento narrativo. Su estilo, depurado, a veces onírico, presenta historias bien dirigidas, con una profunda voz femenina, muy al estilo de Alejandra Costamagna, la gran escritora chilena de la actualidad. La conocimos hace un tiempo cuando estaba a cargo de la revista Letra Muerta, y hoy al fin nos regala uno de sus excelentes relatos, Adiós al verde.





        Todos nuestros secretos e historias habitan en los ojos. Y los tuyos están muertos. Ya no son mis estrellas ni se estrellan, no tienen luz propia. Te veo desde la cama moviendo tus labios torpemente sin pronunciar ningún sonido, dando vacías bocanadas, como un pez sorprendido por el desierto. Tus puertas del alma tan rojas, tan rotas, mientras nos odiamos encerrados en una habitación llena de exhalaciones verdes y enlentecedores. Afuera, un atardecer húmedo y lleno de grillos.

Sé que fumas para abrir las alas un rato y que alguna vez te quise por ser tan libre, pero ahora sólo me pareces un ave arrollada por el tráfico entero de Avenida Los Carrera. Te miro desparramado sobre un colchón cubierto de manchas indeterminadas y me pregunto una y otra vez “¿por qué lo amé?”. En el lavaplatos se desangra el almuerzo preparado hace tres días o cuatro. Hay roncola en la alfombra y nicotina como aromatizante. Los cigarros están ahí para tapar a otros cigarros, lo mismo que el incienso. Cuelga de las ventanas una persiana metálica a media derribar, descubriendo la visión de un Concepción oxidado de luces y vehículos.

Te toco el rostro, pero ya no te siento. Te beso, pero ya no te siento. Tú con tus latidos tan perdidos, con las hierbas y pastillas apretándote contra el suelo. Estoy a punto de irme y no puedes hacer nada. Las raíces crecieron demasiado profundas y te devoran por dentro. La información contenida en una lámina de ácido te cocinó los cables que conectaban tu corazón a la cabeza. Sé que pudiste observar al universo entero por un breve segundo, breve…

Tiré toda tu ropa por el balcón de este décimo piso y no puedes hacer nada. Rompí todos los muebles de la cocina y apenas parpadeas. Di vuelta tu cultivo indoor y se lo di de comer a un gato, porque todas aquellas veces que sentí que querías más a una planta, que a mí misma. Sí, tú dejaste que me secara el vodka y los silencios que se arrastraban eternos. Me marcho y esta vez es para siempre. Y tú continúas con la mirada estampada en el techo. Con el alma carbonizada por dentro.



…afuera, un Concepción anochecido y bañado en la leche de la luna creciente. Prendo un cigarro y sonrío.






1 comentario:

  1. temí por el final, pero me dio gusto. Me gusta como corre la letra y avanza casi galopando.

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