sábado, 16 de julio de 2016

SUS DEMONIOS

Fran Castañeda, joven autora nacional, Muestra una prosa trabajada y un estilo narrativo que estremece, Hoy hemos querido destacar su relato Sus demonios

















Toco mi cabeza y observo la ventana, no sé si el ruido viene de mi cabeza o de la tormenta de afuera. Lo busco, busco captar su atención, pero una lámina de vidrio nos separa. Le hablo a través de ella, pero parece no escucharme, poco a poco comienzo a alzar la voz, y aunque me observa, sólo sonríe como si nada pasase; lloro, golpeo la lámina, pero pareciera que fuera insondable, como si el grosor fuese más extenso de lo que puedo percibir. Me arrodillo en posición fetal y rompo a llorar, lo miro de reojo y comienzo a notar su cara de preocupación. Creo leer en sus labios un "¿Estás bien? ¿Qué pasó ahora?". Me acerco hacia la lámina posando mis manos sobre ella mostrándole mi sonrosado rostro bañado en lágrimas.


"No, no lo estoy, por favor, escúchame"

Él parece sólo quedarse observándome sin saber que hacer. El llanto vuelve y se acrescenta, pero al mismo tiempo crece la ira ¿¡CÓMO NO ES CAPAZ DE ESCUCHARME A MENOS DE 10 CENTÍMETROS?! es imposible, estoy siendo clara, estoy hablándole, y no me escucha. Entonces comienzo a golpear el vidrio con furia hasta que de mis manos brota la sangre.
"Eres un imbécil, un idiota, nunca entiendes nada, cállate y aléjate de mí"

Y entonces la culpa ataca. Él no tiene la culpa de que ésa lámina esté ahí, nadie sabe quién la puso ahí, sólo está.

"Quizás nunca debiste estar conmigo, mis demonios son mucho más fuertes que yo. Estoy cansada de luchar, de sentir. No quiero seguir viviendo..."

Rompo a llorar de nuevo, pero ésta vez de frustración, de rabia y de tristeza. Entonces siento su mano junto a mi hombro.


- ¿Qué pasa, mi amor? Por favor, háblame, explícame, te escucho. Tú eres mejor de todo lo que te pasa ahí - Señalaba al tiempo que acariciaba mi cabeza-


La mesa estaba servida, mi té se había enfríado. No sé cuantos minutos pasaron desde que nos sentamos a cenar, ni cuando comencé a llorar, ni menos aún cuando me quedé en silencio. Sus brazos y su calidez me rodearon, y la tormenta se apaciguó. Los demonios se metieron en el clóset, pegándome una última mirada sentenciando un "volveremos".


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