viernes, 9 de septiembre de 2016

DE LOS NIÑOS DE CHARLESTOWN

Emmanuelle Kubrick es un. Narrador mexicano. Tiene estudios de Filosofía y letras en la universidad Vizcaya de Chetumal, Quintana Roo. Mención honorífica en primer concurso estatal de cuento 'Regreso a Gutenberg' y participo en la antologia Escritores de la Península Yucateca en 2016. Hoy lo destacamos con su relato De Los Niños De Charlestown.







El martes a temprana hora, mi madre me envió al mercado. Caminaba sobre la acera, cuando un pequeño rubio me llamó desde un carro con insistencia. Vacilante me aproximé. Dijo que quería un pastelillo de coco y que si le acompañaba a la repostería, me compraría uno. 

—Bueno, pero no he de tardar mucho, mi madre me aguarda. 

El chico bajó del carro, le tomé la mano y pregunté dónde se encontraban sus padres.

—Mi madre se ha marchado de compras y mi padre se encuentra en casa del gobernador. Yo le he acompañado, pero me ha hecho esperarle demasiado, tanto, que mi pancita gruñe. 

Al llegar a la repostería, escogió el de coco y yo uno de vainilla. Pagó con una moneda de cincuenta centavos, mientras yo apenas llevaba cinco centavos que había hurtado de la tienda de mi madre. Con ello supe que era un niño de familia rica, y comprendía el porqué de sus buenos atuendos. 

Al salir de la tienda, el pequeño mantenía esa sonrisa, tan jubilosa y yo tan pusilánime, ¡qué pesado! Le sostenía la mano, aún con más fuerza, como para asegurarme de que nada grave pudiese ocurrirle. No podía controlar mis impulsos y supe desde el primer instante que deseaba asesinarle. Pero en esta ocasión tenía que estar seguro de que nadie me interrumpiera o me pillase acribillando a aquel crío. Así que le engañé, le envolví en una treta diciendo que si no gustaba trepar a un barco de vapor. Él se entusiasmó y pidió de inmediato que le llevase a las orillas de la playa. Caminamos un largo rato, hasta llegar a un paraje arenoso, en donde nos sentamos un momento para descansar.

Ese océano de olas titánicas gruñía feroz, como tratando de decirle al pequeño: ¡Huye… huye lejos! Mientras que él, aún no se percataba de que la idea de subir a un barco de vapor no era más que una falacia para asesinarle. La brisa caliente me quemaba la cara, me revolvió el cabello y cubrió mis pies de arena. 

—¿Todavía desea saber más?

—Sí… continúa. 

El pequeño sonreía, y miraba con atención a aquellos barcos pesqueros; dijo que nunca había mirado algo semejante. Y yo, nunca me había sentido tan fastidiado con tanta felicidad desmesurada. Se puso de pie y corrió cerca de la orilla, donde las olas se desintegran en espuma, saltaba señalando a los barcos con pesadez: ¡Mira… mira! 

Era cerca del medio día y volví la vista en ambas direcciones, cerciorándome de que no se encontrase ni un alma en la playa.

Mis puños oprimieron con fuerza la arena, intentándola hacerle añicos, como si eso fuera posible. El pequeño seguía saltando y diciendo: ¡Mira… mira!

Me puse de pie y me le acerqué. Coloqué mi mano derecha sobre de su hombro y le palmeé en dos ocasiones. Él repitió que mirase lo inmenso que era aquel barco. Respondí: ¡Es realmente gigantesco! Cuando descargué un furioso ataque; clavando mi navaja en el cuello de aquel angelical niño.

Cayó sobre de la arena, pero a pesar del sorpresivo ataque, no había muerto y peleaba por su vida. Le desprendí la navaja del cuello y comencé a apuñalarle sin detenerme, son-riendo, como lo hago ahora: Me sentía feliz. 

Él gritaba: ¡Papito! Una y otra vez. Pero vamos, solo fueron unas cortadas, nada como para morirse. Después le arrastré por la arena, agonizante, y le tiré detrás del herbaje, cerca de los pantanos. Tomé una vara y se lo inserté en el ojo derecho. Le bajé los pantaloncillos e intente castrarle como lo hacía a los perros y gatos de mis vecinos. Pero de pronto, dejé de escuchar sus sollozos, y le vi estático, pusilánime, con la boca entreabierta, ¿y su fulgurosa felicidad, dónde quedó? 




Le clavé nuevamente la navaja al cuello, pero no logré arrancarle otro grito. Fue ahí qué, por primera vez, el miedo se apoderó de mi y escapé de la playa, acudiendo al mercado para cumplir con el recado que mi madre me había encargado, pues haberlo hecho, no me hace un hijo desobligado.






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