viernes, 2 de septiembre de 2016

FANTASIA


Alejandro Zambra es un joven poeta y novelista chileno que ha alcanzado gran prestigio en estos últimos años. Vive en Santiago de Chile. Entre sus publicaciones mas conocidas se encuentran Mis documentos y Bonsai que fueron publicados por Anagrama. Hoy queremos destacar su cuento Fantasía.









1.  Fue en 1996, cuatro o cinco meses después de la muerte de mi padre. Tal vez es mejor que empiece por esa muerte, por ese final. No lo sé. En ese tiempo mi padre era mi enemigo. Yo tenía veinte años y lo odiaba. Ahora pienso que odiarlo era injusto. Mi padre no merecía ese odio. No sé si merecía amor, pero estoy seguro de que no merecía ese odio.

Acababa de comprar, con sus últimos ahorros, un camión Ford del año 88, blanco, en buen estado. El día que se lo entregaron lo estacionó a dos cuadras de nuestra casa, pero a la mañana siguiente murió –murió de un ataque al corazón, al igual que su padre y que el padre de su padre- de manera que durante varias semanas el camión permaneció a la intemperie, estorbando el tráfico. Después del funeral mi madre decidió viajar al sur, volver al sur, en realidad, obedeciendo, quizás, a un plan largamente meditado. No quiso decirme que se iba para siempre. No me pidió que la acompañara. Me quedé, entonces, con la casa y el camión, que una mañana, envalentonado por la soledad, conduje con cuidado por los pasajes aledaños hasta dar con un sitio donde dejarlo.

Pasaba los días medio alcoholizado, viendo películas en la cama grande y recibiendo con hosquedad las condolencias de los vecinos. Era, por fin, libre. Que esa libertad fuera tan semejante al abandono me parecía nada más que un detalle. Dejé la carrera, sin pensarlo demasiado, pues no me veía, de nuevo, por tercera vez, estudiando para el examen de Cálculo I. Con el dinero que me enviaba mi madre me bastaba, por lo que no me acordé del camión sino hasta la noche en que vino el Luis Miguel a pedírmelo. Recuerdo que abrí la puerta con temor, pero la amabilidad de Luis Miguel de inmediato despejó las sospechas. Tras presentarse y disculparse por la hora, dijo que había sabido que yo tenía un camión y quería proponerme que se lo arrendara. Yo puedo conducirlo y pagarte una suma mensual, dijo. Le respondí que el camión me interesaba poco o nada, que mejor sería, para mí, venderlo. Me respondió que no tenía dinero, que al menos lo intentáramos un tiempo, que él mismo podía encargarse de encontrar un comprador. Se veía desesperado, aunque luego comprendí que no, que en su caso la desesperación era más bien un hábito, una forma de ser. Lo invité a pasar, le ofrecí papas fritas y cerveza y lo que sigue es lo de siempre: tomamos tantas cervezas que al día siguiente desperté junto a él, con el cuerpo dolorido y muchas ganas de llorar. Luis Miguel me abrazó con cautela, casi con cariño, e hizo una broma que no recuerdo, una frivolidad que matizó la tristeza y que agradecí o creí agradecer con la mirada. Enseguida cocinamos tallarines e improvisamos una salsa aguachenta y esta vez bebimos dos cajas de vino.

Le había prometido a su mujer que ya no se acostaría con hombres. A ella no le importaba que se metiera con otras mujeres, pero le preocupaba mucho que se acostara con hombres. Por entonces yo ya tenía claro que no me gustaban las mujeres; en un principio me había acostado con mujeres de mi edad pero luego exclusivamente con hombres, casi siempre mayores, aunque no tanto como Luis Miguel, que tenía cuarenta y cuatro años y dos hijos y estaba cesante.

Te contrato al tiro, le dije, y reímos mucho rato, ya de vuelta en la cama.

Los brazos de Luis Miguel eran dos o tres veces más gruesos que los míos.

Su verga era cinco centímetros más larga que la mía.

Y su piel era más oscura y más suave que la mía.

Al mes siguiente Luis Miguel me invitó a La Calera y después a Antofagasta y desde entonces ya no fueron necesarias las invitaciones: durante un año y medio trabajamos juntos, en sociedad, repartiendo las ganancias. Transportábamos lo que fuera: escombros, verduras, madera, frazadas, fuegos artificiales, sospechosas cajas sin rotular. No diré que esos viajes se nos hacían cortos; nos divertíamos, aliviábamos el camino riendo, contándonos la vida, pero de a poco la carretera iba borrando las palabras y aguantábamos los últimos kilómetros con un molesto resuello. Al regreso pasábamos un día entero durmiendo y luego hacíamos el amor hasta saciarnos, o hasta que a Luis Miguel le entraba la culpa, lo que sucedía con frecuencia, cotidianamente; de pronto interrumpía las caricias para llamar a su mujer y decirle que estaba cerca de Santiago, y yo aceptaba sin reclamos esa comedia pues sabía que no era, en realidad, una comedia. Uno de mis hijos tiene tu edad, me dijo una noche, con los ojos inyectados no de sangre o de rabia, como dicen; lo que había en sus ojos era un pudor negro e insondable que entonces yo no entendía ni entiendo ahora ni entenderé nunca.

2.

Es un amigo, le dije a Nadia.

Luis Miguel la saludó con vergüenza; pasó desnudo, acababa de despertar, eran las diez o las once de la mañana, y Nadia sonrió o esbozó una sonrisa: había venido a pedirme que la ayudara con la mudanza, ya no aguanto a mis padres, me dijo, y yo no pedí precisiones pero ella se lanzó a hablar con la nerviosa calidez de siempre. Enseguida fuimos, los tres, a buscar el camión, y luego a casa de Nadia, donde trabajamos con el llanto de mi amiga y los lamentos de su madre como ruido de fondo. Después, durante el viaje, Nadie ya no lloraba sino q reía con ganas, con una especie de vértigo. Fuimos desde Maipú a un departamento pequeño en Diagonal Paraguay donde pensaba vivir junto a una amiga. Era un sexto piso, sin ascensor, pero la mudanza fue sencilla, pues sus cosas (“mis posesiones”, decía ella) eran apenas un colchón y dos maletas y seis cajas con libros. En el camino de vuelta Luis Miguel me preguntó por Nadia y le conté que la conocía desde hacía años, desde niños, que era mi mejor amiga o que al menos había sido, alguna vez, mi mejor amiga.

Dos semanas después tuvimos que rehacer el viaje. Recién volvíamos de Valparaíso cuando Nadia llamó y me suplicó que la salváramos de su amiga, una loca, me dijo, una imbécil que cree que soy su nana. Sólo al final del trayecto entendí que Nadia no regresaba a su casa sino a la mía. Lo hablé con tu mami, me dijo, se puso feliz al saber que viviríamos juntos. Contrariamente a lo que yo esperaba, a Luis Miguel no le desagradó la idea.

Tenemos que buscar un nombre de fantasía, dijo Nadia, esa misma noche, mientras jugábamos scrabble. ¿Para qué? Para nuestra empresa de mudanzas, respondió, con alegría y solemnidad: No más viajes largos, no más carreteras, dijo, y estuvimos de acuerdo, y dedicamos lo que quedaba de noche a elegir el nombre de fantasía, y al final elegimos ése, fantasía, por sugerencia de Nadia, naturalmente: el mejor nombre es fantasía, Mudanzas Fantasía, sentenció, y nosotros aceptamos, felices.

Al día siguiente Nadia diseñó los carteles y compró overoles para los tres. Dos semanas más tarde tuvimos nuestro primer cliente, un abogado a punto de casarse que se mudó a una casa grande en Ñuñoa, y en adelante ya no paramos: en este barrio la gente se cambia mucho de casa, es como un virus, decía Nadia cada vez que nos preguntaban qué tal iba el negocio. Pintamos el camión con unos dibujos extraños que a Luis Miguel le parecían horrorosos, tenía razón, pero nos agradaba la idea de romper ese paisaje uniforme de casas pareadas con el extravagante camión de la mudanza. Nos gustaba esa nueva vida semiempresarial, pasábamos horas haciendo planes y arreglando la casa con las numerosas donaciones que nos dejaban los clientes. El living se llenó de lámparas, sillas cojas y baúles desencajados.

Una mañana llegó, de improviso, mi madre. Por entonces, a casi tres años de la muerte de mi padre, rara vez hablábamos por teléfono. Solía enviarme, eso sí, cartas extensas y cariñosas, escritas con una caligrafía liviana y una cantidad asombrosa de puntos suspensivos (El sur… es el lugar más lindo del universo… Osorno es una ciudad tranquila… donde he vuelto a encontrarme con… mis hermanas). Era el día de mi cumpleaños, pero no esperaba, por cierto, su visita, ni mucho menos que abriera la puerta con su antigua llave y entrara a la que había sido su pieza y me viera durmiendo abrazado a Luis Miguel.

Mi madre echó a llorar o a gemir, yo intenté calmarla pero gritaba más. Nadie y su amigo – ancla –una especie de novio con el que se acostaba de vez en cuando- por fin aparecieron; el amigo – ancla se marchó, Nadia preparó con prisa dos nescafés, y se encerró con mi madre todo el día. Luis Miguel quiso quedarse, acompañarme, escuchar conmigo el llanto y los gritos y los misteriosos paréntesis de silencio que provenían de la pieza vecina. Salieron recién al caer la noche. Mi madre me abrazó y le tendió la mano a Luis Miguel y comimos el queso y los pasteles y el enguindado que había traído y se emborrachó tanto que insistió en que cantáramos el Cumpleaños Feliz. No todos los días estás de cumpleaños, dijo mi madre antes de empezar a cantar y a mover las manos.

Luis Miguel ya casi no veía a su familia pero esta vez debió retirarse a medianoche. Yo dormí en la pieza de Nadia y Nadia a mi lado, en un roñoso sofá – cama que nos habían regalado hacía poco. Mi madre durmió en la cama grande y se fue muy temprano. Dejó una nota y veinte mil pesos encima de la cama.

La nota sólo decía: cuídense.

3.

Teníamos mucho trabajo, pero nos agradaba. Pensábamos, incluso, comprar un segundo camión y tal vez contratar a alguien más. Pero la historia terminó de otro modo:

Luis Miguel venía muy nervioso, con una botella de whisky en la mano; es un regalo, nos dijo, ustedes son mis amigos, tenemos que celebrar, ustedes tienen que alegrarse con la noticia. Y temí lo peor. Y no me equivoqué: después de varios años postulando habían conseguido el subsidio para una casa propia, por lo que a fines de mes se mudarían lejos (pero ese no será el problema, seguiremos trabajando juntos, dijo), a Puente Alto, a una casa un poco más grande. Recibí sus palabras con rabia y tristeza. No quería llorar, pero lloré. Nadia también lloró, aunque no le correspondía llorar. Luis Miguel alzó la voz, como adelantándose a una escena que tal vez había ensayado ante el espejo –parecía fuera de sí, pero era sólo eso, una apariencia: gritaba y golpeaba la mesa con un énfasis falso. Habló de futuro, de sueños, de hijos, de oportunidades, de un mundo real que nosotros no conocíamos. Sobre todo habló de eso, de un mundo real que nosotros no conocíamos. Nadia respondió por los dos: le dijo que el 31 de octubre, a las nueve de la mañana, estaríamos en su casa, que anotara la dirección, que embalara los muebles con cuidado; Mudanzas Fantasía te regalará este viaje, saco de huevas, pero ahora ándate de una vez y empieza a buscar otro trabajo.

Los días siguientes fueron horribles. Horribles e innecesarios.

La mañana del 31 llegamos con quince minutos de retraso. Luis Miguel vivía en una casa interior, un antiguo sitio para inquilinos que arrendaba por muy poco dinero. Nos recibió uno de sus hijos, el mayor, el que tenía mi edad, pero se veía más viejo que yo –se veía, incluso, más viejo que su padre, a quien sin embargo se parecía: las mismas cejas pobladas, sobrepoblados, los ojos negros, el invariable sesgo oscuro en las mejillas, el cuerpo grande y bello. El hijo menor era un niño muy moreno de seis o siete años que se paseaba de un lado a otro leyendo una revista. Su mujer era amable. La tosquedad de sus rasgos contrastaba con su mirada despierta; se hacía difícil no corresponder a esa mirada con un saludo ruboroso. Nos ofreció té y no aceptamos, nos ofreció pan con mermelada de mora pero nos excusamos; no queríamos sentarnos con ellos a la mesa, debía ser un trabajo rápido, debíamos mirar poco, lo justo. Pero Luis Miguel me buscaba, con esa desesperación seca que yo había entrevisto algunas veces, y que ahora se mostraba en plenitud.

Viajamos los tres en la cabina, en completo silencio. La mujer y los hijos llegarían más tarde, de manera que hubo tiempo para despedirnos. No volveremos a vernos, le dije, y él asintió. Nadia lo abrazó con cariño. Yo no lo abracé: yo salí y esperé a mi amiga afuera durante dos o diez minutos interminables. No lo habíamos hablado, pero Nadia y yo sabíamos que queríamos dejarle el camión. Caminamos muchas cuadras en busca de una micro. Tras un viaje eterno llegamos a casa, de la mano.

Hace un par de semanas Nadia ha comenzado a trabajar de secretaria. Sale muy temprano, me deja libros y cigarros y a su regreso bebemos largas tazas de té. Tal vez deberías escribir esta historia, me dijo esta mañana, antes de irse.

Listo, Nadia, ya la escribí.




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