sábado, 29 de octubre de 2016

EL LOCO

Aleqs Garrigóz (Puerto Vallarta, México, 1986) Publicó su primer libro de poesía en 2003: Abyección. Posteriormente aparecieron La promesa de un poeta (2005), Páginas que caen (2008, 2013) y La risa de los imbéciles (2013). Ha publicado poemas en medios de México, España, Colombia, Estados Unidos, Colombia, Argentina, Honduras, Perú y Nicaragua.. En esta oportunidad nos ha enviado su poema El Loco






Cuando atravieso la avenida repleta de hombres mecánicos,

escarabajos de hojalata y tardos camiones con cabellos de esmog;

con la mirada fija en nada, monólogo en boca, solo,

los dedos se alzan como saetas a mi alrededor

y entonces alguien grita —¡El loco!



Mi cabeza, como he dicho antes, es una roca sumergida en tiniebla,

el guijarro lanzado a un pozo de sombra

produciendo leves ondas que apenas alguien percibe.

Mis ojos son almendrados como los del venado y otros animales

que entes suprainteligentes de otros mundos

usan para, trasfigurados, andar desapercibidos por este mundo.

Mis brazos son igual a los del niño que apenas come pan.

Mi pecho es un sótano a donde se han ido a vivir

los ocasos marchitos, los pájaros muertos, las rosas secas.

Mi vientre es abultado como el de un embarazo psicológico,

en él escondo chícharos para alimentar mis sueños mórbidos.

Mis piernas son dos espaguetis bajo el diluvio.

Mi pie es un roedor obstinado en el mismo obstáculo.



Acepto que no soy un ser normal:

mis mecanismos de defensa y supervivencia están atrofiados,

tal vez porque nunca los usé.

Aun así, mi tacto sensual o pudoroso,

mi gusto de serpiente haciendo la señal del infinito,

mi olfato agudizado por los vicios,

mi vista cientos de veces recreada en el más allá,

mi oído que capta el pensamiento

y mi memoria fotográfica me confieren

útiles poderes.



Pero voy la vida haciendo no sé qué cosas:

recorriendo la misma frontera que no puedo cruzar,

puliendo minúsculos ataúdes para inhumar mis esporádicas dichas,

llorando a los pies de las estatuas, cuestionando al silencio,

arrojando mis días a las aspas todos los molinos,

contando los fragmentos de mi niñez arrebatada hacia delante,

que llevo como únicos tesoros, pegados a mí con cinta adhesiva,



golpeado por ideas disparatadas que se enmascaran tras plumas

y elegantes antifaces monocromáticos

o se visten con harapos de indigente

y se adornan con incrustaciones de jade:

ideas, al fin, de cosas que no existen,

que los soñadores compulsivos llamamos Poesía.



Y hablando, hablando, hablando

cosas que no tienen más sentido

que los despojos de un otoño que se incendia,

que una nube con la forma idéntica de un ideograma chino

que se desvanece 


o se va.

miércoles, 26 de octubre de 2016

DAVID ALARCON, FOTOGRAFO

Hoy jueves dedicamos un espacio a la fotografía, presentando parte del trabajo del fotógrafo nacional David Alarcon llamado La serie m2, muestra un fragmento del espacio público, ocupado por personajes anónimos, encerrados en un oscuro cubículo, abstraídos o descubiertos, subiendo o bajando atrapados.Ese espacio delimitado, como una vitrina de la sociedad, nos habla desde la claustrofobia, desde la despersonalización, desde el ensimismamiento.





















martes, 25 de octubre de 2016

MAMI ¿DONDE ESTA EL PUNK? HOY ALEJANDRA ROJAS CONTRERAS

Hoy en Mami ¿Donde esta el punk? Gina Marchita nos ha querido presentar parte del trabajo de la artista visual Alejandra Contreras. Ella ha trabajado principalmente desde la pintura para expandirla a otros lenguajes, interesándose en la creación de superficies, texturas y colores para comunicar sus pensamientos/sentimientos/sensaciones, y explorar los límites de la pintura utilizando diferentes lenguajes para cuestionar el espacio y la abstracción.
























domingo, 23 de octubre de 2016

RODRIGO ORDENES, ENTREVISTA

Esta semana hemos querido empezarla con todo el power del rock de nuestra región. Hoy Lunes les presentamos esta entrevista realizada por nuestro editor Gonzalo Vilo a Rodrigo Ordenes, guitarra y voz de Culebrón, en donde hablamos un poco sobre lo que ha sido el segundo disco de la banda Culebrón, Sangra Ines de Suarez.








 



Por Gonzalo Vilo






Hola Rodrigo. Bueno, en primer lugar ¿Cómo va todo con Sangra Inés de Suarez, segundo material de Culebrón? Banda de gran prestigio en nuestra región y de la que eres parte importante.




R. Hemos realizado una serie de presentaciones promocionando la salida física del material, que finalmente a partir del 4 de octubre Día de la Música Nacional, estaremos vendiendo. Nuestro anhelo aparte del formato CD, que finalmente es digital, es llegar a tener alguna vez copias en vinilo por el arte de Jorge Chávez que supo interpretar muy bien el sentido de la banda y de lo que queríamos con el disco. 


     


¿Ha costado mucho el tema de la difusión del disco, o todo ha resultado a esta altura como ustedes pensaban y querían? 

R. A partir de la salida física del disco comienza todo un proceso de difusión que incluye todo el país y con la posibilidad de internacionalizar el producto , dato que en su momento lo daremos a conocer. Respecto de que si todo ha resultado de acuerdo a los planes, la verdad es que por diversos motivos, los planes en la autogestión siempre varían, la dedicación exclusiva a la música es imposible hoy, por lo que compatilizamos tiempos personales y laborales para llevar adelante este proyecto, además que tampoco hemos querido apurar nada.









¿Cómo ha recibido el público el disco en cada una de las presentaciones que han realizado?

R. El ciclo de presentaciones de “Sangra Inés de Suárez” ha tenido muy buena crítica, pero más allá que sea masiva la concurrencia o no, nos interesa que la persona sea tocada por el mensaje y nuestro sonido, no es fácil engullir una propuesta como la nuestra pero como hemos sido honestos y perseverantes en nuestra entrega notamos una buena retribución del público que muchas veces son nuestros compañeros de otras bandas.





1.      

Con respecto al disco en sí ¿Quedaste satisfecho o piensas que hay aspectos que aún se necesitan pulir? y si los hay ¿Cuáles serían?


R. Siempre se puede mejorar lo que hiciste en términos artísticos. Con este disco quisimos plasmar un trabajo más de estudio, que la postproducción sea un elemento gravitante, porque al momento de grabar quisimos la simpleza y lo directo al momento de la composición y la posterior grabación, no dimos tregua en ese momento, como ya habíamos grabado un disco con un gran período de ensayos, aproximadamente un año, en el nuevo quisimos plasmar la espontaneidad y la crudeza, por lo que mezcla fue crucial al momento de elegir la estética sonora. En esta fase de mezcla acá fue mucho más extenso y cuidadoso para llegar a una masterización adecuada. Quizás el disco siguiente sea más estudiado y con menos postproducción.










    


Dentro del disco Sangra Inés de Suarez se encuentran temas de gran nivel sonico, como El Chonchon, Pascualama drenando tu dios o el Chasqui Moribundo ¿Cómo fue el proceso para grabar estas canciones? ¿Fue muy complejo?


R. Como te explicaba fue todo directo y grabado de una vez, después grabamos nuevamente la pista del bajo, luego las guitarras que por cada tema fueron alrededor de 4 a 6 pistas, lo mismo que las voces, la batería en su conjunto fue un desafío montarla con la profundidad y la potencia necesaria, al final la mezcla tuvo un nivel alto de complejidad porque se tuvo que elegir justamente las tomas que se adecuaban de mejor manera con el sentido de la canción. Este trabajo lo hicimos en conjunto con el Carlos Cruz de Estudios Colla, nos orientó en la producción musical de la mezcla para llegar a un sonido integrado.


      
Ustedes son una de las pocas bandas de Coquimbo que utiliza material audiovisual ¿Con quién trabajan para desarrollar los vídeos de cada tema? ¿Cómo es el desarrollo de cada trabajo audiovisual?


R. Ha sido bien variado en el tiempo. El primer vídeo “Con tu calor”, lo desarrollamos con Sergio Espinoza en dirección y edición y Jimmy Campillay en cámaras. El guión acá fue grupal. En el segundo vídeo “En espiral” estuvimos a tres cámaras y esta vez contamos con el guión, edición y la dirección de Sergio Espinoza. En el primer video clip del segundo disco quisimos que Jorge Chávez y Ricardo General desplegaran toda su creatividad en un clip con una actriz profesional Paola XXX, quienes idearon un guión donde se apreciara el personaje sin la presencia nuestra, fue como un pequeño cortometraje con la banda sonora de “Chasqui moribundo”. En estos momentos estamos terminando el segundo video clip “Ritual de medianoche” que contó con el guión de Giorgo Liberona, la edición y Dirección de Diego XXX, contando con la producción integral de Jorge Pizarro y sus camarógrafos.











¿Cuáles son las proyecciones de la banda con respecto a su segundo disco?

R. Seguir difundiendo la obra en varios espacios de internet, vender también el disco físico en nuestras presentaciones, contactar a festivales y otros eventos nacionales, es decir movernos al máximo para fijar fechas donde podamos difundir el segundo disco.


Finalmente ¿Cómo se proyecta la banda durante lo que queda del año, y el próximo? ¿Asoman nuevas tocatas y presentaciones?


R. Estamos tratando de fijar varias fechas de aquí en adelante abarcando en lo posible gran parte del territorio y otros países. No queremos quedarnos solamente con la región o la zona norte, sino abarcar otros espacios donde nuestro rock tenga cabida. Ahora precisamente el 8 de octubre nos vamos a Rock en Cacho, un festival que se realiza anualmente en Olmué, el 15 de noviembre viajamos a Salamanca, en fin queremos seguir en contacto con nuestra gente y la que nos quiera conocer así también nos ayudan a difundir nuestra propuesta. 






Los dejamos con Pasqualama drenando tu Dios.











viernes, 21 de octubre de 2016

¿HAS VISTO UN DIOS MORIR?

Cristian Geisse es un escritor nacional que reside en Vicuña, su especialidad son los cuentos, pero esta a punto de lanzar su primera novela llamada Ricardo Nixon School. Algunos de sus mejores cuentos están en su libro El infierno de los Payasos. Hoy lo destacamos con su relato ¿Has visto un dios morir? que pertenece a su libro En el regazo de Belcebu.





    Valparaíso es algo sucio. Yo también, por eso me siento cómodo aquí. Todos parecemos flaites, o pungas, o rotos. He escuchado eso a muchas personas y ni siquiera me ha dado rabia. No es necesario andar perfumado, ni bien vestido, ni creyéndote la raja. Ahora, si eres vivo y conoces a los personajes claves, puedes entrar a distintos laberintos incluso más enmarañados que el de las subidas y bajadas del Puerto. Yo conozco un par de pasadizos secretos y las entrañas del monstruo al que llegas por ellos; callejones a los que nunca entrarán empresarios, políticos ni profesores universitarios. Yo sí. Pero eso viene después. Quiero hablar ahora de mi abuelo. 

Lo trajeron hace poco hasta la casa, acá en el cerro Jiménez. Cerro pobre éste, pero qué más da. Más cerca del cielo, las casas destartaladas parecen van a estrellarse en cualquier momento con el plan, a caer cerro abajo hasta hundirse duro en el océano. Pero parece no más, porque la mayoría de ellas están clavadas al piso con garras de fierro. Los temporales las hacen tambalear, algunas efectivamente caen con los temblores, otras arden y desaparecen con los incendios. Pero la gran mayoría queda donde mismo. Unas atrincadas por ahí, otras apuntaladas más allá. Barretas, picos, martillos, cemento, alambres: suficiente para esperar el día del juicio en estas casas. Acá mismo llegó mi abuelo. Lo malo es que el único contento con su llegada fui yo. Mi madre le tiene miedo, mi hermana lo desprecia, el Pedro trata de ignorarlo, aunque le cuesta. Lo trajeron porque en el norte empezaron a decir que se había vuelto loco, aunque se sabe que dicen eso de la gente más interesante. A mi abuelo le daba lo mismo. Creo que siempre guardó un odio parido por el mundo entero. Se le vio siempre en la cara: negra y arrugada como una pasa, con una eterna mueca de desprecio en los labios. Creo que nunca lo he visto pelando los dientes. Y raro, raro como pulpo con pelo. Mi mamá se fue bien pronto de su casa en Vicuña por lo mismo: el viejo era rabioso y hacía cada cosa que a veces no podía de vergüenza. De todas formas siempre fue su hija favorita. Las demás –que también se arrancaron lo antes posible de él- no quisieron ir a buscarlo cuando llamaron del hospital. También le tienen miedo, pero en ellas, a diferencia de mi madre, no queda ni un poquito de ternura, cero compasión. Siendo la más pobre de todas, mi mamá tuvo que traérselo no más a Valparaíso, no lo iba a dejar botado. Llamaron avisando que se había paseado por todo Vicuña en pelotas, haciendo gestos raros, a pleno sol. Nadie lo supo nunca, pero mi tata había probado unos polvos alucinógenos con los que se pichicateaban los indios que vivían por allá antes de que los masacraran los españoles primero y los chilenos después. Y nadie supo eso. Lo que vieron las viejas chismosas y los peladores de siempre fue nada más que un viejo locumbeta haciendo el ridículo. Me dijo que había visto a las ánimas en pena vagando por todo el lugar, hablándole en una lengua rara que ya nadie comprende, pero que él algo entendió. Dice que sintió que tenía que empelotarse para entrar a su reino perdido y no vaciló: lo hizo y punto. Así es que mientras se paseaba mostrando las huevas por todo pueblo, parando el escaso tránsito y llenando de espanto a las viejas culiás, en realidad mi abuelo estaba en otro lado, en un lugar sin tiempo, una zona a la que no se entra así como así. La volada le duró más de tres días. En las noches se agazapaba por ahí, dormía cubierto con hojas de palmeras o cartones. También lo vieron en el río mirando el agua correr con cara de tucúquere. Se asustaron y fueron a avisar a una de mis tías que vivía cerca, pero nunca lo fue a buscar. Después un cabrero lo cachó en los cerros, detrás de unas lomas sembrando semillas invisibles. Avisó en Vicuña y los Ramírez que son parientes suyos por el otro lado, partieron a buscarlo y lo dejaron en el hospital. Tampoco se lo llevaron para su casa porque no querían echarse bultos encima. Pasó un tiempo y mi Tata dice que despertó arriba del bus, terneado y de corbata, no entendía bien qué pasaba, pero se dejó hacer. Después de la tremenda volada había quedado sedita. Además, ver a su hija favorita sentada al lado lo tranquilizó. Aterrizó de nuevo en este mundo sin hacer mayores comentarios, dijo que todo le daba igual porque ya había visto lo que quería ver. Y así llegó hasta Valparaíso. ¿Qué será de mi casa?, me dijo un día. Después chistó y se alzó de hombros. Chuto, dijo. No lo vi sonreír, pero parecía que se hallaba conforme. Lo que pasa es que mi tata rallaba la papa con eso de los indios y tenía una tremenda rabia guardada adentro. Quizás todavía la tiene, pero ahora ya no dice nada, ni siquiera a mí. Parece que nosotros, los Godoy, algo de esos indios tenemos. Digamos entonces que a nuestros parientes los hicieron recagar, hasta el punto de que la lengua rara que hablaban desapareció hace tanto tiempo que ya nadie sabe nada de ella. Eso volvía loco de resentimiento a mi tata. Despotricaba solo y nadie lo entendía. Yo sí, me había alcanzado a explicar que los famosos indios esos eran lo más avanzado de su tiempo. Bueno, quizás no tanto, pero casi. Eran pocos, pero eran cosa seria: una alfarería que te la encargo, no había mejor en todo Chile, hasta el día de hoy se dice eso. Lo malo es que eso es todo lo que queda de ellos. Mi abuelo rabeaba con lo de los diaguitas, que es el nombre que les dieron los estudiosos, porque no se llamaban así. Decía mi tata que así les puso el fruncido de Latcham, un investigador que vio sus restos por allá por el año del pico, cuando ya no se le podía preguntar personalmente a ninguno. Y mi tata hueveaba que todo eso es en realidad mentira, pero que todos los bolsa e´ caca creen toda esa mierda, y lo decía así, porque a veces se ponía seco para la chuchada. Porque de verdad era cuático, pero cuático, realmente cuático. Una vez, cuando era inspector de un colegio allá en Vicuña lo mandaron a cuidar un curso de niños chicos. Y justo se pilló un libro de esos que reparte el gobierno donde aparecía lo de los diaguitas. El libro decía –mi tata lo recitaba de memoria-: “los diaguitas habitaban entre los valles Copiapó y Choapa” ¡MENTIRA! gritaba después entre los niños chicos que lo miraban con los ojos redondos y la boca abierta, “elaboraban una alfarería similar a los diaguitas argentinos con los que se encontraban emparentados” ¡MENTIRA! volvía a gritar, “los diaguitas eran transhumantes y vivían de la ganadería y la agricultura” ¡MENTIRA! Así se paseó un buen rato por la sala, despotricando contra todo, hasta que no se aguantó más y con una tremenda vena palpitándole en la sien, rajó el famoso libro frente a todos. Después les habló lo que él sabía: a esos indios los habían masacrado primero los incas, luego los españoles, luego los chilenos. Se defendieron sí, pero igual los hicieron mierda. Quemaron La Serena, se refugiaron en campamentos secretos, pero igual los pillaron y los mandaron a las minas, los mataron de hambre, les violaron las mujeres, les reventaron a los hijos, los hicieron odiar haber nacido. Así pasa, niños, les decía, este mundo es duro y cruel, cochino y maldito, y si ustedes no aprenden a defenderse, van a morir aplastados como bicharracos. ¿Alguien sabe cómo le decían al sol esos indios? ¿Cómo le llamaba la madre al hijo, el hijo a la madre? ¿Cómo le cantaban al sol o a la luna? NADIE, porque los mataron y los golpearon tanto que se les olvidó su propia lengua. Ya no hay palabras en nuestro idioma de las que ellos usaron por tanto tiempo, no queda ninguna ¿y por qué? Porque les dieron duro hasta morir. Y estos indios no eran cualquier cosa, eran los más avanzados de esta parte de Chile, cuando Chile ni existía, pero igual los aniquilaron, los borraron del mapa, los hicieron desaparecer. Era el tiempo de la dictadura, así es que lo llamaron porque creyeron que estaba haciendo propaganda, y si no fuera porque el Director lo conocía de hace tiempo, cuando mi tata era maestro chasquilla y llegaba a su casa a hacer arreglos, lo hubieran puesto de patitas en la calle o quizás qué otra cosa peor le habría pasado. Después comentaban que tenía una secta con otros viejos igual de secos y arrugados que él. Bueno, eso era verdad. Se llamaba la Logia del Bando Fantasma. Se juntaban en la casa de mi abuelo y no hacían más que estudiar, según él, pero los vecinos empezaron a decir que hacían brujerías. Porque así son esos cochinos hijos de puta, lo único que saben es pelar y hablar de lo que no saben. Y empezaba a despotricar contra los imbéciles ignorantes que fueron los culpables de que los indios sintieran vergüenza de ser ellos mismos, malparidos, qué sabían ellos, por culpa de su miedo ahora todos tenemos miedo: brujería le decían, qué va a ser brujería, más brujería parece lo que hacen ellos adorando a un dios al que no se le entiende nada, primero te amenaza con las llamas del infierno y te promete que vas a sufrir por siempre si no lo sigues, y luego te dice que ames a tus enemigos ¿qué diablos es eso? Más encima no hay cosa más fome que una misa, la gente apenas entra quiere salir. Los indios que vivían allá en el valle en cambio, aspiraban sus polvos y conversaban con los dioses cara a cara ¡cara a cara! Te lo digo yo, que averigüé bien las yerbas que usaban y las probé, y hablé, hablé con ellos y con los dioses. ¿Has visto a un dios morir, muchacho? Pues yo sí, y te aseguro que no es nada muy lindo, hay noches en las que no puedo dormir de sólo acordarme lo que tuve que ver. Decía que fue bueno haber jalado esas yerbas, que de haber podido, las hubiera jalado de nuevo. Pero que ya no quería volver más a Vicuña ni al Valle. ¿Para qué? Por alguna razón terminé acá, ahora me da lo mismo, cualquier parte está bien para mí. Después de ver lo que vi, todo me da igual. Así decía a veces. Cuando yo le escuché a mi tata decir que volvería a jalar esas yerbas alucinógenas, se me empezó a ocurrir que algún día podría llevarlo a probar Ñache. Seguro que nunca han oído hablar del Ñache. No es Ñiachi, esa sangre de vaca con cebolla y cilantro que los huasos toman en los mataderos. Pero de ahí viene el nombre. Yo no estoy muy seguro de lo que es en realidad, ni como lo hacen, pero sé que es colorado como sangre y que te deja en una volada tan loca que no te olvidas más. Y es más loca que ninguna otra volada, porque alucinas lo mismo que los que están al lado tuyo, ves exactamente lo que el otro ve, es como caminar por el mismo sueño. Por eso no cualquiera toma Ñache y uno tiene que conocer a los claves para llegar a probarlo. Si uno que ya es Ñache te cotiza y te invita, recién entonces puedes llegar a los sucuchos donde se puede conseguir y tomar sin que nadie te moleste o te haga escándalos. A mí me pasó así: yo estudiaba diseño en un instituto, pero era muy pobre para comprar materiales, así es que me anduve aburriendo luego. Ahí conocí al Tonro, que andaba igual que yo, choreado porque aparte de pagar la tremenda turrada de plata por las mensualidades había que andar comprando huevadas a cada rato, y más encima, vivir pegado al computador. Y yo ni computador tenía. Los dos nos enyuntamos entonces porque llegábamos tarde a clases y empezamos a dejar de sentir interés al mismo tiempo. Conversábamos de todo, no sólo de minas y hueveo, sino también de religión y libros. Un día me preguntó si estaba volado, por una la talla que eché. ¿Por qué?, le pregunté. Chís, dijo secándose las lágrimas de risa, la volaíta en la que te fuiste, así hablan los que están fumados. No pasa, compadre, yo soy así a veces. Entonces tenís que probar Ñache. Esa misma tarde partimos al Barrio Puerto, al Suecia, un local de viejos chichas que pagan a cien pesos la caña. Todos torrantes y caídos al litro. Ni siquiera se dan cuenta de lo que pasa al lado suyo, o si se dan cuenta, les da lo mismo. Uno tiene que comprar un medio pato para disimular y después parte al baño. Empuja una plancha de cholguán, camina un rato por un pasillo oscuro, y llega a un salón terrible de amplio donde hay sillones y todo es un poco menos sucio que allá arriba. Lo cuático es que todos esos locales de Ñache están conectados: toda una red subterránea a los que se puede llegar entrando por distintos tugurios. El ñache es como una gelatina dura y roja, que te pasan en cuadritos junto con un cucharón de lata. Se pone encima de una vela hasta que se derrite, aunque no hay que dejar que hierva. Entonces queda como una yema de huevo roja, bien roja, que es cuando hay que mandársela de una adentro del gaznate. Te la tragas, esperas un rato, te fumas un cigarro o dos, y empieza el baile. Es de verdad como un sueño, con todas las cosas locas de un sueño, pero que puedes vivir junto con otras personas creyendo que todo es verdad. Cuando yo lo probé por primera vez con el Tonro, anduvimos en unas bicicletas hechas con cañerías, nos paseamos por un Valparaíso todavía más loco, donde habían escaleras en las que andábamos de cabeza, y nos enredábamos en una selva de volantines. Desde entonces que puedo entrar y salir de los salones ñache sin ningún problema. A veces uno llega y lo toma solo, pero es más fome. Si no hay nadie que te caiga bien, o que conozcas, puedes pasar por túneles a otros salones que están conectados con otros tugurios, así hasta que ubicas a alguien o te metes en algún grupo. Las combinaciones te pueden dejar loco, se mezclan sueños y hay gente que de verdad delira en sus voladas y uno está ahí para vivirlo con ellos. Por ejemplo está el Marambio, un negro zambo, inmenso, peruano dicen, que sube casi siempre a la misma volada: llega a una pensión pobre, paga la pieza y una vez dentro, se arrodilla y hace en el piso de tabla un círculo con una estrella adentro más otros signos raros y se le aparece el diablo, entonces le pide deseos. Así puede uno ir a una orgía, o bien tocar el saxofón como Charly Parker, que es lo que pide siempre el Marambio porque cuando está en la tierra es el negro más desafinado del mundo. A mí me tenía cachudo eso de ver al dios morir, mi tata lo repetía a cada rato, y se me ocurrió que con el Ñache podría llegar a ver una cosa tan alucinante como esa. Así es que esperé a que me volviera a salir con el mismo asunto, y cuando dijo nadie puede saber lo espantoso que es ver algo así, yo le contesté que tal vez yo sí, no hijo, me dijo, no es imaginárselo, es verlo, y para eso hay que estar ahí… y aquí, dijo apuntando con su dedo negro de uña blanca en la sien. Pues le digo, tal vez yo pueda. Me miró entonces como ladeando la cabeza, sin entender. De qué estás hablando, muchacho, me dijo. Le apuesto todo lo que quiera a que podemos volver a ver a ese dios morir, le respondí. Abrió unos ojos redondos y amarillos, con una cara que en otra ocasión me hubiera dado risa si no conociera bien a mi abuelo y no supiera que algo de espanto había en ella. Y suponiendo que de verdad pudieras verlo, ¿para qué harías una cosa tan idiota, hijo? Esas cosas te quitan años, te hieren duro y te pueden dejar sin ganas de vivir. Si yo le cuento cómo podríamos hacerlo, usted me promete que no se lo dice a nadie y que va a pensar siquiera en hacer el experimento conmigo. Echó la cabeza para atrás, arrugó la boca y abrió los ojos tanto como antes, poniendo una cara tan rara que esta vez casi me largo a reír. A ver, desembucha, me dijo. Entonces yo le conté lo del Ñache. Si bien, mientras le contaba no puso ninguna cara chistosa, en sus ojos yo iba viendo como no creía al principio, y como poco a poco comenzaba a sentir una curiosidad irresistible, que era lo que yo confiaba ocurriría y que terminaría ganándosela a mi tata Así es que finalmente aceptó partir conmigo al Suecia al día siguiente. Me dijo que no me prometía que viésemos al dios morir, pero yo tenía un plan para lograr la hazaña. Le avisé al Tonro y él armó el resto del cuento. Al otro día estábamos clavados después de almuerzo en el Suecia, lo malo fue que el Tonro llevó a otro amigo, un flaco espinilludo y cabezón con lentes y que según mi amigo era un clave para subirse a esta volada. Mi abuelo los saludó huraño y nos acomodamos entre los parroquianos. Pedimos las respectivas cañas y cuando mi abuelo ya iba como en la mitad de la suya, le dije que fuera al baño, empujara el cholguán y me esperara un rato. Cuando partí para allá, el Corcho, que es como le dicen al que vende las cañas y que está coludido con los del Ñache, como que me retó: no será muy viejo tu abuelo pa estos trotes, tontón, me dijo, pero yo confiado le contesté que no pasaba nada, que el hombre era como un roble. 

Llegamos entonces al primer salón, pero estaban todas las mesas llenas y me dio julepe que se subieran muchos al carro, o que se mezclaran las cosas y que no se entendiera nada al final, porque así pasa a veces. Pero ahí aprovechamos de agarrar al Marambio, porque era parte de mi plan para ver al famoso dios morir. Caminamos entonces por un túnel y fuimos a dar al salón que queda debajo de La Aduana. 

Mi tata quería parecer piola, como que nada lo impresionaba, pero le era imposible disimular. Andaba con los tremendos ojos y miraba para todos los lados con la boca bien cerrada pero arrugándola a cada rato sin poder evitar el asombro. Pedimos las calugas de Ñache, nos pasaron los cucharones y partimos a sentarnos en los sillones y mesas que se usan en estos casos. Allí prendimos nuestras respectivas velas. Yo le explicaba todo bien callado a mi tata: le puse a derretir su caluga mientras todos hacían lo mismo. Llegó el momento y nos mandamos para adentro nuestras respectivas dosis. Nos miramos las caras por un rato esperando. Le pregunté al amigo del Tonro qué hacía y contó que estudiaba antropología en la Arcis, pero justo cuando empezaba a contarme todo eso, empecé a verle dos caras y dos pares de lentes: la primera señal de que me estaba subiendo al macho. No pasó mucho rato hasta que el Marambio dijo vamos y estábamos caminando por la calle hasta que llegamos a un pasaje todo meado, donde golpeamos una puerta hasta que la abrieron con una pita de adentro y tuvimos que subir por una escalera hasta el segundo piso. Allí nos atendió un viejo bigotudo bien malagestado. Entramos con el Marambio a la pieza que pidió. Toda charcha la pieza, con catres de campaña, sin ventanas y una ampolleta de 40 watts apenas alumbrando las paredes verdosas y sucias. El Marambio entonces movió una de las camas y después la otra haciendo espacio. Buscó algo en los cajones del velador cojo de la pieza y como no encontró nada filudo, tomó un cenicero de latón y comenzó a rayar las tablas del piso como lo habíamos visto hacer tantas veces con el Tonro. Cuando terminó, se puso de pie y se sentó a esperar; por supuesto todos nosotros esperamos con él. No pasó ni medio minuto cuando de pronto nos dimos cuenta de que había llegado alguien, que otra persona más estaba con nosotros: era un negro muy parecido al Marambio, quizás más alto y más compuesto. Nos miraba a todos con cara de chiste y de un momento a otro peló los dientes y vimos que brillaban feo porque eran de oro, de un oro oscuro. Supimos ahí que era el diablo. Porque el diablo que venía a ver al Marambio siempre cambiaba, aunque era el mismo todas las veces: ya quiere tocar el saxofón este negro de mierda, dijo. Yo me adelanté a cualquier cosa y le conté que no, que yo quería pedir algo esta vez. Eso era algo frecuente entre los amigos del Marambio y era una manera de controlar las voladas y los delirios, por supuesto hasta donde se podía, porque uno no es totalmente dueño de uno mismo, ni siquiera cuando sabe que está soñando. Quiero que veamos lo que mi abuelo vio, dije. Yo miré a mi tata y caché que estaba medio pillado. Terminé entonces por pillarlo: quiero ver al dios morir, le dije. Yo sabía que una vez en esa, mi tata no iba poder evitar vivir de nuevo el recuerdo que según él no lo dejaba dormir algunas noches; yo estaba vivo que su cabeza iba a ser más rápida que él mismo y que con solo decir esas palabras la imagen y la volada que había tenido iba a llenarle los sesos y así íbamos a terminar viendo lo que quizás nunca debimos ver. Cuando volví la mirada de nuevo hacia mi abuelo lo vi en pelotas, con los ojos más grandes que nunca. Y los demás estaban igual, desnudos todos. El más feo era el Marambio que tenía unas estrías rojas a los lados de su tremenda guata negra. El diablo todavía estaba ahí y tenía el manso ni que tu callampón, tan grande que daba miedo. Y el amigo del Tonro, flaco como un galgo, lleno de zarpullidos y espinillas. Y el Tonro, gordinflón y fofo. Y yo mismo, feo también, con la cicatriz de unas puntadas que un día me dieron. Todos indefensos y asorochados. Y de pronto sol, un sol tremendo que quemaba duro nos dio en el cuerpo, agobiándonos y picándonos como pica en el norte. Pero no, acá todo era seco y muerto. Y el azul del cielo era tan claro que casi parecía blanco. Don Sata entrecerró los ojos con el ceño fruncido, poniendo las manos como visera. Ni a mí me gustan estas cosas, ahí se ven, dijo. Y partió solo hasta perderse tras de una loma. El amigo del Tonro, estoy seguro, era el más asustado de todos y no me queda la menor duda de que fue él quien empezó a ver esas ovejas sucias que llegaron balando y a las que unos huasos empezaron a alimentar con carne cruda. Después vimos como hacían lo mismo unos indios que también andaban en pelotas, con las encías sangrando y tan flacos que daban lástima. Y después no eran ovejas, sino que eran unas cabras tirillentas, roñosas, como a medio podrir. Llegaban gritando –no balando, gritando- y caían muertas al lado nuestro y no demoraban nada en llenarse de moscas. Me empecé a asustar, el asunto nunca se trata de pasarlo mal, pero a veces ocurre y se tienen este tipo de pesadillas que lo pueden dejar a uno realmente loco, cagado por varias semanas. Miré a todos los demás, el Marambio se agarraba la cara y el pelo con una mano y con la otra como que se rascaba la espalda, se notaba que no quería estar donde estaba. El Tonro me empezó a gritar que hiciera algo porque mi abuelo estaba mal, que no se nos fuera a morir. Y efectivamente, estaba de espaldas en la tierra inmóvil, con los ojos bien abiertos y sin decir nada. Pero yo me di cuenta de que peor estaba el amigo del Tonro: sentado, abrazándose las rodillas, totalmente cubierto de moscas de todos los tamaños y de todos los colores. El zumbido que se empezó a sentir entonces no dejaba escuchar nada más: millones de moscas haciendo ruido, pegándosenos al cuerpo, rodeándonos por todos lados. De pronto como que el tiempo quedó suspendido, nada se movía y una sensación horrible se apoderó de nosotros: una mezcla de miedo, de tristeza, impotencia, desolación. A lo lejos, entre los cerros totalmente secos, un animal gigante se dirigía hasta nosotros. Uno no podía saber bien qué animal era: primero era como un puma, después una llama, después una cabra. A medida que se acercaba se iba achicando. Un olor a sangre y mierda nos pegó duro en las narices. Los huasos y los indios lo esperaban sin decir nada, sin llorar, sin hablar. Cuando llegó hasta nosotros el dios –porque no había duda de que era el dios- tenía el tamaño de un perro, pero uno le miraba la cabeza y como que se le veía cara de hombre. Un indio le ofreció carne cruda y el dios lo miró con el cuello flojo y no le recibió nada. Después cayó de costado, y entre los pliegues de la piel de tiñoso que traía, se abría como un hueco por donde se le veían las entrañas, el estómago blando y parte de los intestinos. El olor nos pateó más que nunca, y vimos que un huaso se acercaba y metía la mano por el hueco, movía la cabeza y decía algo así como aaaaah, este animal no tiene vuelta. Yo miré hacia donde mi abuelo y lo vi a medio sepultar, con varios indios tirándole tierra encima, mientras él seguía tendido. Entonces vino lo peor. Era como si el sol se llenara de rabia y mandara oleadas y oleadas de un odio que terminó llenándolo todo. Los huasos nos miraban con reproche y los indios comenzaron a caminar con las cabezas gachas, alejándose de nosotros como repudiándonos. Mi abuelo estaba todavía a medio enterrar y comenzó a temblar de pies a cabeza. Ahora todos se tomaban las rodillas, menos yo, que permanecí de pie, paralizado. Ahí no se podía estar, de verdad daban ganas de morirse. Las moscas ya se habían ido, pero el olor seguía envenenándolo todo. Repulsión, náusea, asco. El dios agonizante seguía ahí cerca, tendido. De pronto, todo tembloroso se levantó mientras el olor pateaba más que nunca. Le tiritaban las patas y comenzó a caminar de vuelta por donde había llegado. El pelo se le caía y arrastraba las tripas que se le llenaban de polvo. Cayó un poco más allá y se convirtió en una especie de plasta de mierda negra que empezó lentamente a expandirse. Intentamos protegernos, salir de ahí, pero daba igual, la plasta se acercaba a nosotros como un líquido viscoso. Todo lo que ese líquido tocaba iba muriendo. Los que más sufrían con el showcito ese eran los indios que gemían desesperados, que tomaban la mancha negra entre las manos y se la ponían en la cara y comenzaban a podrirse de apoco. Yo intentaba correr lejos de ahí, pero no podía, igual que en los sueños. Me acordé que mi tata se había enterrado más allá y que la calabrina del dios ese lo iba cubrir y se lo iba a tragar. Sentí una angustia como no he vuelto a sentir jamás, como no espero sentir jamás. El Marambio gritaba y se reía al mismo tiempo. Eran los nervios, porque según supe después, despertó cagado y meado. El Tonro trataba de correr pero apenas se movía de donde estaba. De pronto se puso en cuatro patas y así como que avanzaba un poco más, igual era inútil, no parecía haber escapatoria. El amigo del Tonro seguía donde mismo y la sustancia negra se lo estaba comiendo. No decía nada, tenía los ojos abiertos y le corrían lágrimas negras por las mejillas. Mi abuelo ya había desaparecido por completo. Me vi de pronto en el salón de nuevo, pero la pesadilla no terminaba, porque el olor a mierda seguía y alguien me gritaba que mi abuelo se estaba muriendo, que había que llevarlo a la posta. Los demás estaban sentados, con los ojos bien abiertos, mirándome con rechazo. Nadie me quiso ayudar. Quizás nadie me pudo ayudar. Quizás nunca supieron cuando había terminado la pesadilla y cuando habíamos comenzado a volver. Me tuve que llevar a mi abuelo a la posta, porque le estaba dando un ataque. Carraspeando me decía que lo dejara morirse, y yo pensé por un segundo, por un solo segundo, en cumplir su deseo, pero después no. Atravesé el túnel y salí por la puerta del tugurio. Eran como las diez de la noche y no había nadie en la calle. No pasaban taxis y tuve que subirme a una micro para llegar al hospital. En urgencias les dije que mi abuelo había recibido una mala impresión y que le había dado un ataque, le hicieron de esos masajes, le pusieron una sonda y finalmente lo salvaron. Por supuesto quedó la gran cagada. Me dijeron que me fuera, que no volviera y me echaron de la casa. Pero mi tata sacó la voz y me defendió. No me echaron, pero ahora nadie me quiere, ni siquiera mi tata, que nunca volvió a ser el mismo. Si antes apenas hablaba, ahora ya no habló más, con nadie, ni siquiera conmigo. Siempre trato de sacarle conversación, pero nada. Algo se murió definitivamente dentro de él. Y todo es mi culpa. Los ñaches quedaron cagados para siempre y ahora ni el Marambio ni el Tonro quieren acercarse a mí. Quedamos todos muy mal por varias semanas. Para qué hablar del amigo del Tonro que semanas después se quiso ahorcar y que tuvo que dejar la universidad por la depresión. Hay algunos ñaches bien locos que cuando supieron lo que había pasado, me buscaron para que trajera a mi abuelo y viéramos al dios morir. Hasta plata me ofrecieron. Y es que hay algunos trastornados a los que les gusta tener malos sueños, son como esos giles que duermen con los brazos cruzados sobre el pecho para tener pesadillas. Por supuesto los mandé a la chucha. Yo tampoco me he olvidado nunca de lo que vi. A veces efectivamente me despierto a la mitad de la noche con esas imágenes acosándome. Pero hay que ser duro. Este es un mundo sucio y hay que ser sucio con él. Aguantárselas todas y seguir de pie. 

Creo que algo bueno saqué de todo esto, porque después de la visión del dios pudriéndose, como que ya no siento miedo de nada, creo que nada peor puede pasarme. Trato de disfrutar de cosas muy pequeñas, el olor del pan caliente, las bugambilias cuando están más florecidas, qué se yo, cosas así. De pronto me vienen los tremendos bajones y hasta me pongo a llorar. Pero como les dije, hay que aguantárselas todas hasta donde se pueda. Yo, sinceramente, no le deseo a nadie vivir algo así. Mi tata tenía razón. Mi pobre tata tenía razón. Sé que en el fondo me perdona. Él no podía ser el único testigo de tanta miseria. Pienso que quizás le quité un peso de encima. Pero vaya uno a saber. Ojalá vuelva a hablarme algún día. Y vuelva a despotricar contra los hijos de putas que se cagaron a esos indios. Yo voy a despotricar con él, estamos cagados por haber nacido, le voy a decir, los hombres somos chimpancés desquiciados que aprendimos a hablar, nos gusta mucho la sangre, es nuestro vicio y no hay vuelta. Eso le voy a decir, pero esperando que él me diga que no, que eso sí que no, que todo se puede arreglar, aunque este mundo sea duro y cruel, cochino y maldito, y haya que aprender a defenderse para no morir aplastados como bicharracos. Ojalá pase, ojalá algún día se recupere de su abatimiento y me diga eso. Ojalá. No hay nada peor que sentirse rechazado por aquellos que debiesen amarte, pero que en vez de eso te repudian y te hacen sentir miserable. 









martes, 18 de octubre de 2016

JUST MARIA

Maria Jose Viera Gallo es una escritora nacional de gran trayectoria, pese a su edad. Autora de varias novelas y cuentos hoy en Mami ¿Donde esta el punk? Gina Marchita ha querido destacar un cuento de su libro Cosas que nunca te dije, titulado Just Maria




Oficialmente, era sólo otra intelectual devaluada de la gran manzana. Más encima latina. Para colmo, ilegal. Mi última escalada «profesional» se había caído quince meses después de las Torres, cuando trabajaba de ayudante en un instituto llamado con gran desborde de creatividad The American Language Center Communication. 

Mi trabajo consistía en anotar listados de colores o nombres de frutas en inglés en el pizarrón, mientras mi superior, la profesora Valeska Dragowski, los repetía en voz alta escupiendo noodlespor la boca. También tenía que atender dudas de manos levantadas (¿dónde consigo papel higiénico para el baño?, ¿hay café gratis?), repartir fotocopias apenas legibles y limpiar el escritorio donde Dragowski dejaba chorreados restos de su sopa de tallarines chinos al final de la clase. 

No podía quejarme. Mi título universitario de Traducción e Interpretación de la Universidad de Las Américas no me había llevado a Naciones Unidas, pero al menos no estaba cuidando niños. No todas las chilenas (ni las argentinas ni las bolivianas) podían jactarse de responder al llamado de teacher en lugar dewaitress o nanny. Fuera de mis altos méritos académicos, según Dragowski contaba con otra cualidad escasa entre las chicas de Nueva York: sabía cómo cruzar las piernas. ¿Perdón?, le dije la 

primera vez que la sorprendí mirándome las pantorrillas. Eso; me sentaba como una señorita europea. No como las american girls, que abren sus tenazas de par en par, una observación increíble viniendo de una mujer de pelo tan largo como rara vez lavado, que no tenía ningún pudor en destapar sus potes de instant lunchchinos mientras vociferaba que el sol era yellow y las manzanasred. 

Quizás porque había crecido en la plana comuna de Ñuñoa, y vivía en la igualmente horizontal Greenpoint, cada mañana ansiaba adentrarme por la monumentalidad de la isla como esas hormigas que se inventan sus propias Olimpíadas trepando árboles. Todo en Midtown era grande y macizo, concebido para gigantes y no para seres de mi tamaño (un metro y cincuenta y cinco), cuya máxima aventura en la vida había sido subir el Cerro San Cristóbal. 

Cada vez que llegaba al Hotel Pennsylvania, donde se encontraba el instituto, tenía que empujar su sólida puerta con mi hombro para poder abrirme paso. El lobby, un ancho pasillo de mármol circunscrito por una serie de pilares revestidos en mosaicos de espejos, parecía un templo pagano o un pedazo de escenografía de alguna película de Bollywood, con una antigua tienda de souvenirs especializada en estatuillas de King Kong. 

A veces me quedaba mirando esos chimpancés sólo para esquivar el flujo de los otros chimpancés que hacían la larga fila del check in, esperando ocupar una de las más de mil habitaciones del Pennsylvania. 

Era incomprensible que un hotel compartiera el mismo espacio con un Instituto de Lenguas.

El zoológico de los turistas se interrumpía inexplicablemente en el piso veintinueve donde los números de las habitaciones llevaban a oficinas no siempre legales: un sucucho de la línea aérea Air India que revendía pasajes a Bombay como si se tratara de cupones de supermercado, una implantadora de botox orgánico, una joyería judía, una sucursal fantasma del banco Inmigrant Savings Bank, una hotline de chicas asiáticas. Al fondo, puerta número 2999, sigla alcc , estaba el instituto. 

El American Language Center debía ser el peor sitio para estudiar inglés en Manhattan, lo que no impedía que fuera uno de los más concurridos. A cambio de quinientos dólares trimestrales y apenas ocho horas obligatorias de clases por semana, los estudiantes obtenían algo mucho más valioso que la lengua de Shakespeare para sobrevivir en la ciudad: una visa de estudiante F 1. No era sorpresa —aunque reconozco que al comienzo sí me desanimó— que la mayoría de mis alumnos fueran mexicanos, rumanos, eslovacos, birmanos, bengalíes, refugiados de Timor Oriental y otros lugares impronunciables terminados en kasistán. 

Mi encuesta personal había arrojado que casi el noventa por ciento trabajaba al negro en horarios infernales, la mitad de ellos limpiando pisos en delis, un tercio haciendo de mozos en restaurantes 

24/7 y mucamas de hoteles, y el otro, como handymen de mudanzas y camiones de descarga. A las nueve de la mañana llegaban a la clase a repetir watermelon para luego cabecear escandalosamente sobre el banco.



El cansancio era tal que la mayoría era incapaz de pronunciar mi nombre completo. Díganle just Maria y déjense de joder, alegaba la polaca. 

Cada vez que le hacía ver esta lamentable situación a la profesora Dragowski (la de la explotación laboral que sufría el alumnado), la polaca desplegaba su sonrisa de noodles e intentaba reanimarlos, escribiendo una frase en el pizarrón que yo al final de la clase borraba con algo de amargura: One day you will be American. 

¿Para qué engañar a la humanidad con un pedazo de tiza? Lo que venía después era un largo, sobrecargado y cursi discurso patriótico-sentimental. Afuera el mundo era un burdel de hambruna y terrorismo islámico. Los Estados Unidos era, por lejos, el mejor lugar de la Tierra para cambiar el propio destino. La tierra de la freedom. No debían echarse a morir (ni menos a dormir). Algún día sus esfuerzos serían recompensados. Era cosa de mirarla a ella, pobre europea de la clase trabajadora de Varsovia perseguida por los lobos del régimen comunista, ahora profesional y dueña de una vivienda propia en Queens. ¿Y qué había de María Soledad, joven estudiante chilena de clase media que, sin la ayuda de sus padres ni de su país, había encontrado un final feliz en su carrera como docente? 

¿Era mi ayudantía de una maestra devoradora de sopas chinas un final feliz? Ni siquiera era un final. Si seguía en el instituto era por pura conveniencia; sólo me faltaba juntar treinta y siete horas de clases para dejar de ser un Illegal Alien, una tipificación del Departamento de Inmigraciones a los extranjeros indocumentados que viven en usa , a la que nunca me acostumbré.

Mientras tanto tenía que hacer una sola cosa: cruzar las piernas y sonreír. 

Llegó la Navidad y sus trineos voladores. Cené con otros Illegal aliens chilenos en un restaurant de Queens, donde la nostalgia por Chile significaba mirar tvn satelital bebiendo piscola. No recibí ningún regalo. Al primer cántico de la Universidad de Chile, me fui. 

A diferencia de ellos, yo no fantaseaba con volver a la patria. 

Mi último trabajo en Santiago había sido de vendedora bilingüe en Zara. Mis amigas estaban todas casadas. Mis padres —que era lo mismo que decir mi ex roomates— seguían hablando de las mismas cosas de hacía veinte años: Don Francisco, los veraneos en el Tabo, la revista Muy interesante. 

Ahora vivía sola en un departamento de cuarenta y cinco metros cuadrados con vista parcial y zoom out a Naciones Unidas. Me acostaba con un belga becado en la New York University que al día siguiente en lugar de desaparecer en alguna biblioteca o conferencia, me invitaba a comer brunch de huevos benedictinos. Gracias a mi sueldo del instituto estaba terminando de pagar mi deuda universitaria y enorgulleciendo a mi esforzada familia, que se vanagloriaba de que su hija fuera una exitosa profesional en el extranjero. La primera del árbol genealógico. Pero lo más importante: había empezado a pagar impuestos para obtener mis papeles de residencia.





domingo, 16 de octubre de 2016

SOPONCIO, ENTREVISTA


Una tripleta potente y cargada de fuzz es lo que tenemos hoy lunes en Experimental Lunch. En esta oportunidad, queremos invitarlos a leer esta interesante entrevista realizada por nuestro editor Gonzalo Vilo a una de las buenas bandas nacionales de la actualidad, su nombre es Soponcio y ya tienen dos discos a su haber. el primero, llamado tambien Soponcio y el segundo, Fuerza Oculta



Por Gonzalo Vilo





Después de las dos primeras placas Soponcio y Fuerza Oculta, el sonido de Soponcio ha generado gran interés dentro del público y los medios en general. Muchos se preguntan ¿En que esta la banda ahora? ¿En qué etapa están del tan esperado tercer disco?






R. A pasado tiempo desde que sacamos estos discos, mucha gente a experimentado su sonido y digerido las letras atentamente, humildemente la recepción del oyente fue positivo, surgiendo buenas fechas, vendiendo copias al extranjero y de manera nacional … en estos momentos la banda esta en modo de composición,




buscando nuevos sonidos y ritmos, digiriendo también un poco lo que hemos hecho durante estos años, errores y aciertos musicales, nos estamos tomando el tiempo necesario para crear, analizar y pasarla bien como banda, buscando inspiraciones,anécdotas, para tratar de darle una buena temática al nuevo material. 

El tercer disco aun no tiene fecha de nacimiento, tenemos 5 temas nuevos y vamos a seguir creando más, hasta que que nuestros corazones sientan que tenemos los temas adecuados para general un tercer material. nos tomamos las cosas con calma ya que la vida está un poco agitada y difícil …






En los dos primeros discos antes mencionados se notaba una gran influencia del stoner y el fuzz con algunos sonidos más punk. Pretenden continuar con este estilo, o la idea es variar un poco. Al menos en Leviflot se nota un sonido un poco más crudo e intenso. 


R. Bueno nosotros somos seguidores de varios estilos (fuzzrock, punkrock y blablabla ) nos gusta mezclar y jugar un poco con las influencias que tenemos, generalmente los 3 tenemos gustos similares, no somos mucho de buscar un estilo, creamos el tema y vemos como suena en el ensayo, si nos enamora queda si no NEXT y vamos por otro, dependiendo el estado anímico. 



nos gusta la actitud PUNKROCK y también el sonido sucio del FUZZ creo que es una mezcla perfecta para poder expresar lo que sea … jajaja … leviflot es un claro ejemplo auditivo que estamos componiendo de manera diferente, no sabemos que pueda pasar con los otros temas que vienen en nuestras mentes, pero queremos innovar y buscar nuevos sonidos … 





¿Tienen algún nombre para este futuro tercer disco? ¿Cuántos temas pretenden incluir en esta nueva placa? 



R. No tenemos nombre aun para el tercer disco, pero estamos trabajando para buscar una temática que nos identifique como banda y en el momento en que estamos, que nos represente tanto en diseño como en nombre, pero es cosa de tiempo e inspiración, 

la idea es hacer un tercer disco con 11 o 12 temas, va a depender de la capacidad creativa que tengamos, debemos juntarnos mucho y seguir pensando cosas extrañas.





¿Cuéntenos cómo fue el proceso de grabación de Leviflot ¿Cuál creen ustedes que ha sido la diferencia más grande, si la hay, con los anteriores trabajos? 



R. Primero yo (wazonrock) estaba con una gripe apestosa … pero ya teníamos agendado el día de grabación de 2 demos, leviflot y cardiorespirar, el tema (leviflot) ya lo teníamos dominado, muy ensayado. Rodrigo Córdoba de belive récord fue el encargado de grabar el tema, ya habíamos trabajado con el en FUERZA OCULTA, a si que solo afinó detalles en los amplificadores y regulamos los pedales, microfoneando todo, tocamos todos al mismo tiempo, fue rápido, queríamos tener ideas bien grabadas para poder escucharlas y buscar un sonido nuevo para la banda … fue una buena experiencia, y no teníamos en mente que el tema gustara tanto, así que creo que vamos bien encaminados para el tercer disco … 


la diferencia de grabar leviflot con los trabajos anteriores, es que ahora tenemos la tranquilidad de grabar donde queramos, teniendo el tiempo de crear tranquilamente y disfrutar de proceso, antes no fue tan así, pero cada experiencia de grabación tiene su encanto … lo disfrutamos a concho, pero esta vez vamos con calma !!!




Ustedes se caracterizan por realizar vídeos originales ¿Quedaron conformes con la grabación del vídeo de Leviflot? 




R Bueno el video de leviflot , fue algo que queríamos hacer para promocionar la banda, NO es el vídeo oficial del tema, de hecho cuando tengamos el tercer disco, quien contará con leviflot obviamente, vamos por un vídeo más profesional, con algún concepto mas abstracto, pero en esta ocasión Pedro zamora (bajista soponcio) se encargó de hacer tomas y editar el vídeo realizado en belive récord, para meter un poco de bulla en las redes sociales y que supieran que estamos trabajando … nos gusta hacer cosas para soponcio y divertirnos.







¿Están contentos con la recepción de su música en los medios locales y del resto del país o sienten que falta apoyo? 



R. Mas que contentos estamos muy motivados de saber que existe gente que nos sigue y les gusta nuestro estilo, creo que sin tener pitutos ni contactos estratégicos, hemos logrado muchas cosas, la experiencia de tocar con bandas que te gustaban cuando chico, no tiene nombre, la experiencia de tocar nuevas bandas y buenas es satisfactorio para nosotros como músicos jóvenes, conocer buenos chatos en las tocatas y que te vayan invitando por que les gusta nuestros shows en vivo, es mejor aún, los medios son pocos los que nos apoyan de verdad como lo hace sonidos ocultos que son los mejores, pero la recepción la hace mas el público que un medio especifico, la gente que nos vio habla de la banda y así fluye naturalmente el boca en boca, pocas veces tenemos entrevistas o apoyo de agrupaciones (sellos, marcas no lo se ) creo que existen las oportunidades en la música, el apoyo está, pero es difícil encontrarlo y a la gente adecuada también es difícil, falta más organización entre los medios para apoyar las bandas nuevas del país …



¿Cuáles son las próximas presentaciones de la banda en lo que queda del 2016? 



R. No se cuando saldrá esta entrevista, pero Octubre lo tenemos copado con fechas de alto calibre, con icarus gasoline , la jack, errante, jesusto, bagual, neoyka y DEMORIA que estas 2 ultimas son de la zona … para noviembre y diciembre estamos agendando y devolviendo fechas a medida que se pueda … así es la dinámica … la idea es estar tocando constantemente para ir puliendo los temas nuevos …


¿Han logrado establecer contactos con bandas de otros países como Argentina, Perú o algún otro cercano para intentar realizar alguna gira internacional. Y, si pudieran ¿Qué países visitarían? 




R. Contactos directos no tenemos, pero si vemos que nos comentan en las redes, músicos argentinos y dicen ¿cuando en argentina? pero nada seguro ni organizado, pero todo a su tiempo, creo que la posibilidad la tenemos es cosa de hablar y gestionar.





Por último ¿Qué opinan sobre las bandas que han conocido de la IV región? ¿Hay alguna que les haya causado gran impresión 

R. Genial, el nivel de música que tienen en la IV región es rebuena, nuestros amigos de neoyka nos encantan, tenemos sus poleras y todo … jajajaj nos apoyamos e invitamos, nos gusta su sonido en vivo, es lo que mas nos importa. 

los DEMORIA los chicos DE CULEBRON, MANDRAKE y muchos más … son todos buenos cauros, siempre con el animo de apoyar y difundir la música nacional, es bueno saber que podemos tocar donde sea en Chile por que las conexiones están entre músicos, todos queremos tocar en todos los bares y escenarios posibles, beber fumar y disfrutar. 

La IV región va bien en la ruta del rock, buenos exponentes, pero en general el rock chileno esta en un buen momento creativo y sonoro, es el fruto de la humildad y el constante trabajo que tenemos todos para hacer surgir una banda, es difícil en este país pero poco a poco espero que se abran más puertas para las bandas que se sacan la chucha tocando y auto gestionando eventos … creo y creemos como banda en un futuro con mas conciertos, festivales con bandas originales …


           Los dejamos con Leviflot