viernes, 13 de enero de 2017

UN SUEÑO DE BOSQUES


Nicolás Cruz Valdivieso nació en Santiago en 1981. Estudio Literatura Creativa en la Universidad Diego Portales y realizó un curso de guión en Buenos Aires, Argentina. Se dedica a la escritura narrativa y cinematográfica. Fue guionista de la novela gráfica “El golpe” (Pehuén Editores) y publicó “No le debo nada a Bolaño y otros delirios” (Emergencia Narrativa).Ademas, acaba de presentar su novela Cristo Gitano tambien publicada por (Emergencia Narrativa) Hoy compartimos uno de sus primeros cuentos llamado Un sueño de los Bosques.






Unos segundos más y el leñador me va a rebanar como a un puto pescado. Primero va a dejar la camisa a cuadros rojos y negros en el suelo para no mancharla con mi sangre, luego va a afilar el cuchillo lentamente contra una roca, lo va a mojar con agua del río viendo como su rostro se refleja en el metal, rasparlo una y otra vez contra la roca hasta que el filo le corte levemente el dedo cuando lo pase sobre él. Va a mirarme de reojo para asegurarse que las cuerdas no se hayan soltado, escupir al aire, sonreírle a mi bella niña y clavar la hoja en mi vientre. Lo hará lentamente para que pueda sentir el crujir de los tejidos de mis carnes bajo la hoja de acero, para que vea como la vida se escapa a través de las entrañas que en unos segundos alimentarán el borde rocoso del río. Luego llenarán mi panza con piedras al compás de sus cantos, para que una vez muerto no pueda volver por ellos. La última piedra se la dejará a caperucita. Una vez que mi cuerpo se vuelva de cemento me arrojarán al río, donde las aguas me arrastrarán con su corriente, hasta que el fondo se transforme en un imán más poderoso que mis fuerzas. Si sólo pudiese caminar una vez más a su lado por el bosque y pensar que los árboles son muñecos de papel que nos protegen, si sólo pudiese mirarla una vez más y perderme entre sus sonrisas, toda esta broma macabra cobraría sentido y yo mismo terminaría por ofrecer el cuello para que el cuchillo lo desgarre y con un último aullido me despediría de este mundo de traición y muerte.

Los más viejos nos hablaban de ello cuando éramos sólo unos cachorros y nos acurrucábamos unos sobre otros para protegernos de los vientos del norte. Cuando llegue el hombre a estos bosques deben huir, nos decían con los ojos incendiados por sus profecías, atravesar los campos y los montes hasta que el río se transforme en tierra, caminar durante tres lunas y tres soles, hasta que la tierra se vuelva a convertir en agua. Ese ha de ser su nuevo hogar, a orillas del nuevo río, encontraran el refugio que los alejará y los protegerá para siempre de la presencia de los bípedos.

La mañana del día en que la manada partía en su peregrinaje hacia las nuevas tierras, yo había salido a recorrer por última vez mi bosque, viendo como la primavera hacía que las flores abrazaran los caminos y el olor a humedad se alzase sobre las copas de los árboles. En el momento en que me despedía para siempre del bosque y partía al encuentro de los míos, vi su figura abrirse paso entre los árboles como si se tratara de una aparición, una ninfa que iluminaba el bosque a su paso. Nunca había visto a una criatura así y a pesar de su hermosura, no me le acerqué, ya que sabía que nuestra presencia no les gustaba. Me escondí tras un tronco y observé como la hermosa criatura cortaba una flor, se la llevaba a la nariz y luego tomaba su canasta para continuar su camino. Poco a poco fui siguiendo cada uno de los pasos que la criatura de ojos color musgo daría. Mientras caminaba, a pequeños saltitos, desde su boca salía una melodía similar al trinar de las aves y en sus ojos brillaban los colores del río del cual yo bebía desde que era un cachorro.

El ruido del filo contra la piedra me avisa que el tiempo se acaba, en segundos mi barriga será abierta y mi hermosa niña lanzará contra mí la primera piedra.

A pesar de saber que la manada ya iniciaba su marcha, seguí a la niña hasta un extraño árbol cuadrado en el cual habitaba y en el que luego de golpear dos veces no tardó en entrar. Así me mantuve, observando como en el interior de ese árbol, la niña se fundía en un abrazo mudo con el leñador de anchos brazos que se apresta a regar mi sangre sobre las piedras. A sus espaldas, yacía inerte una anciana de pelo blanco y piel adherida a la calavera. Desde detrás del árbol pude ver como el leñador subía a la anciana criatura sobre sus espaldas, la dejaba caer en una abertura en el suelo del bosque y luego de bajarle los párpados con la mano la cubría de tierra. Así me mantuve con el correr de los días, siguiendo en silencio a la hermosa niña de cabellos dorados mientras daba sus paseos, velando su sueño desde la profundidad de nuestro bosque. Ya no estaba sólo, la manada bebería de otras aguas, pero en las noches aullaríamos a la misma luna, la que nos había visto nacer, cazar y ahora me veía amar.

La primera vez que me vio fue un amanecer en que balanceaba una cesta entre sus manos. Antes de que alcanzara a darme a la fuga por temor a asustarla ella se acercó sonriente, me frotó el lomo lentamente, acarició mis orejas sin temor cuando mostré mis dientes en signo de gratitud y nos recostamos a los pies de un viejo y gigantesco roble. Entre risas sacó desde la canasta una jarra de agua roja, le dio unos sorbos y dejó caer unos chorros en mi hocico. Así el viento que corría entre el follaje se fue llevando el día, los colores en los árboles se fueron haciendo más fuertes y luego de unos instantes el bosque empezó a girar sobre mi cabeza, como si ese brebaje color sangre me estuviese enloqueciendo.

Cuando desperté la niña ya no estaba a mi lado, la busqué en el árbol en que vivía y pude ver como lloraba junto a otra criatura que la abrazaba y la llamaba hija. Fue así como corrí a través del bosque hasta llegar al cerro de tierra donde se encontraba enterrada la criatura anciana y cavé hasta que la sangre cubrió mis garras, y aún volví a cavar un poco más para devolverle la alegría a la niña. Al encontrar a la vieja criatura la quité de la tierra con ayuda de mis dientes, lamí la tierra de su cara y cabello, mientras el corazón parecía estallar en mi pecho. La arrastré a través del bosque de la ropa que la cubría, hasta llegar al árbol donde abrazaban a mi hermosa niña. Luego de aullar largamente al cielo, las dos criaturas salieron a mi encuentro. La niña se mantuvo en silencio, hipnotizada por el cuerpo de la anciana, mientras que la otra criatura se llevó las manos a al boca y se derrumbó, cayendo al suelo.

Después vino el leñador de brazos anchos como árboles y me ató con las cuerdas que ahora me impiden seguir a mi manada a la tierra prometida, culpándome de dar muerte a la criatura que ellos mismos enterraron en el bosque. La niña me mira en silencio, con un extraño brillo en los ojos, mientras sostiene entre sus delgadas manos la piedra que en pocos segundos aventará en mi interior. El cuchillo ya ha sido afilado y se alza sobre mí, en la hoja de acero, puedo ver reflejados los rayos del sol que se apresta a despedirme.




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