sábado, 25 de febrero de 2017

LA NOCHE DE LOS PIES DESCALZOS

Ian Heisman es un estudiante de pedagogía en Historia en la Universidad de La Serena, tiene 18 años y es originario de Copiapó en la región de Atacama. Sus Influencias son las diferentes expresiones del surrealismo y sus variaciones, siendo Cortazar y Rimbaud están entre sus escritores referentes. Hoy lo destacamos con su relato La noche de los pies descalzos




    Mi escritorio, una taza, papeles y unos lentes, la imagen central de la cinematográfica apariencia de un día sábado en la noche, sin polvo, sin golpes… pero había una mariposa nocturna atraída por la lámpara. Por detrás del aparatoso artículo de madera existía una ventana que daba a la calle, noche peligrosa, entre suelas de zapatos y mentes confundidas… pero siempre estaba la mariposa guiada por la lámpara. El asfalto imponente e infinito se situaba al frente de mis ojos, y el cielo que imponía sus luces como tratando de luchar con las mías, creo que por un momento ganó, sus diamantes penetraron de pronto en mi como si todo fuera a acabar, entonces el impulso entro por mis ojos, se apoderó primero de mi garganta, le hizo un nudo grueso que comenzó a bajar de a poco, hasta llegar al pecho y comenzó a inflarse, se infló tanto que llegó a mis piernas, no pude aguantar más y en un movimiento abrupto, salte de la silla, quedando esta inmóvil en el suelo. Algunos pasos más allá estaba el umbral de la puerta que ahora me parecía algo distinto, estaba a punto de cruzar un portal, y en efecto lo sentí cuando pasé, pequeñas enredaderas de cristal pasan rosando el corazón, quemando con su filo la carne, saltando el líquido ardiente, coagulado y putrefacto, al menos todavía no saca chispas amarillas. El camino de la escalera era un poco más complejo, el pie debía estar seguro y el otro debía confiar en él, estuve unos segundos planeando, hasta que por fin la decisión estaba tomada, con un movimiento suave, como el aterrizaje de una bailarina de ballet, bajó uno de los pies, el más valiente, mientras que el otro lo observaba, sin embargo se contagió de su seguridad, saltando él también los escalones y como en un juego de niños llegaron hasta el último escalón, creo que eran 12, número par. Nunca había visto el living tan oscuro, tan solitario, el silencio sangriento me despelleja el centro del pecho y los gusanos brotan de la herida, rodeados y empapados de burbujas de sangre… pero había una mariposa nocturna atraída por la lámpara. Ahora estaba en el momento crucial, estaba frente a la puerta que daba a la calle, en sus bordes se filtraba la desencadenada briza agitada de la ciudad, con una mano temblorosa como arma afirmé la perilla, me congeló la palma de inmediato, pero comencé a girar de apoco las poleas, hasta que por fin cedió por completo, es hasta entonces que saco el último movimiento, el definitivo… con un empuje hacia atrás se abre la puerta y quedé desnudo ante la noche, ante el aire que entra por los ojos, por la boca, la noche tenía ahora otra connotación, el primer paso fuera de la montaña de ladrillos que llamo casa fue toda una experiencia, sentí bajo mis pies la tierra, las piedras se hundían en la piel de la planta, ya no habían más suelas y el sentir escalaba. Pasaron algunos motores rugiendo pero ya no me asustaban, luego una que otra suela con sus tacks resonantes en el cemento, me miraban con repulsión, con desprecio, pero en sus frentes llevaban esos letreros que siempre vi en el espejo, “qué será de aquel niño” o “necesito respirar” asomaban en la calle meditabunda. Aunque lo más sorprendente no eran los motores o las suelas ya nombradas, sino que llegaron de pronto otros pies descalzos a mi lado, con uñas más largas que las mías y con heridas profundas merecedoras de medalla, se situaron a mi lado, una compañía férrea ante la tempestad de la noche, me ofrecieron entendimiento y todo fue reciproco, ya no habían más letreros, solo viento, estrellas, árbol, ojos, piel, tierra, agua, una que otra nube y me invitaron a cruzar el camino de las águilas mecánicas, dudé por un momento, un instante muerto, pero acepté, éramos cuatro piernas temerosas cruzando aquel camino. Al llegar al otro lado nos quedamos mirando los diamantes, dejando que entren por donde se les plazca y comenzó el dominó; llegó otro par descalzo, luego otro y otro… al final de la secuencia éramos más de cien pies iluminados por el diamante mayor, todos con sus respectivas marcas, algunos más sucios que otros, estábamos en todos lados y en ninguno, no nos contenía nadie, aunque algunos hablaron de “revuelta” o “rebeldía”, yo sólo podría hablar de fluir, agua corriendo por el palacio real, de verdad eso se escucha inaceptable… pero ahora había algo distinto, la mariposa no seguía la lámpara, seguía a la luna… estaba a punto de morir ante esa belleza inigualable, la mariposa aleteaba directamente hacia el cielo, hacia el diamante mayor y todos los pies, todos esos rostros descubiertos estábamos llorando como niños, alguno soltaron sollozos desgarradores, pero se sentía la alegría ante el hecho, un ambiente de amor puro se podía respirar, los dichos de “rebeldía” comenzaron a ser mucho más grandes, poderosos, las suelas estaban indignadas, el palacio real se estaba inundando, los letreros comenzaron a acercarse, el miedo comenzó a concentrarse, los golpes empezaron a repartirse, los pies comenzaron a envolverse en cuero y se retiraban lentamente, el cemento los tomó como prisioneros, todos se marchaban y quedaba completamente solo al otro lado de la calle, con los letreros encima de mi cabeza y uno fue el que lanzó la primera cadena, el brazo ya era prisionero, luego la cintura, después las piernas para terminar con los pies y sin aviso el tiempo retrocedió, el letrero apareció, mis pies se protegieron con una suela, en mi mente solo circulaba un pensamiento: “muerte golpea los campos donde pocos juegan” y finalmente mi escritorio, una taza, papeles y unos lentes, un día sábado sin polvo ni golpes, por fin comprendí… siempre la mariposa sigue la maldita lámpara.



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